
Jonathan Cook
Global Research
Global Research
Traducido del ingl茅s para Rebeli贸n por Germ谩n Leyens
La semana pasada el Guardian, principal peri贸dico liberal de Gran Breta帽a, public贸 un informe exclusivo sobre las tard铆as confesiones de un exiliado iraqu铆, Rafeed al-Janabi, con el nombre de c贸digo “Curveball” utilizado por la CIA. Hace ocho a帽os, Janabi tuvo un papel esencial entre bambalinas -aunque fuese accidental- al posibilitar la invasi贸n de Iraq por EE.UU. Su testimonio reforz贸 las afirmaciones del gobierno de Bush de que el presidente de Iraq, Sadam Hussein, hab铆a desarrollado un programa avanzado de producci贸n de armas de destrucci贸n masiva (ADM).
El relato de Curveball inclu铆a detalles de camiones de armas biol贸gicas m贸viles presentados por Colin Powell, secretario de Estado de EE.UU., en las Naciones Unidas a comienzos de 2003. El caso, aparentemente convincente, de Powell sobre las ADM fue utilizado para justificar el ataque estadounidense a Iraq pocas semanas despu茅s.
Ocho a帽os m谩s tarde, Curveball revel贸 al Guardian que hab铆a inventado la historia de las ADM de Sadam en el a帽o 2000, poco despu茅s de su llegada a Alemania en busca de asilo. Dijo al peri贸dico que hab铆a mentido a los servicios de inteligencia alemanes con la esperanza de que su testimonio ayudara a derrocar a Sadam, aunque parece m谩s probable que simplemente quisiera asegurarse de que el tema de su asilo se tomara m谩s en serio.
Para el lector cuidadoso -y subrayo la palabra cuidadoso- el informe muestra varios hechos inquietantes.
Uno fue que las autoridades alemanas habr铆an comprobado r谩pidamente que su relato sobre las ADM de Iraq era falso. Miembros de los servicios de inteligencia alem谩n y brit谩nico viajaron a Dubai para entrevistarse con Bassil Latif, su ex jefe en la Comisi贸n de Industrias Militares de Iraq. El doctor Latif demostr贸 que las afirmaciones de Curveball no pod铆an ser ver铆dicas. Las autoridades alemanas perdieron r谩pidamente inter茅s por Janabi y no volvieron a entrevistarlo hasta finales de 2002, cuando se hizo m谩s urgente que EE.UU. presentara algo m谩s convincente para atacar a Iraq.
Otra revelaci贸n interesante fue que a pesar de la necesidad de aclarar el testimonio de Curveball -a la vista de lo que estaba en juego si se lanzaba un ataque preventivo contra otro Estado soberano- los estadounidenses nunca se molestaron en entrevistar ellos mismos a Curveball.
Una tercera revelaci贸n fue que el jefe de operaciones de la CIA en Europa, Tyler Drumheller, transmiti贸 advertencias de la inteligencia alemana de que consideraban que el testimonio de Curveball era altamente dudoso. El jefe de la CIA, George Tenet, simplemente ignor贸 esta informaci贸n.
Teniendo en cuenta la admisi贸n de Curveball, as铆 como otros hechos del art铆culo, podemos sacar algunas conclusiones obvias, conclusiones confirmadas por los eventos posteriores.
A falta de una base en derecho internacional y del respaldo de sus principales aliados, el gobierno de Bush necesitaba desesperadamente la historia de Janabi sobre las ADM, por endeble que fuera, para justificar sus planes militares contra Iraq. La Casa Blanca no entrevist贸 a Curveball porque sab铆a que su informe sobre el programa de ADM de Sadam era un invento. Su historia se desintegrar铆a si se analizaba; m谩s val铆a dejar a Washington con la opci贸n de “negaci贸n plausible”.
No obstante, el informe falsificado de Janabi fue de utilidad vital: para gran parte del p煤blico estadounidense agreg贸 un barniz de credibilidad al caso improbable de que Sadam fuera un peligro para el mundo; ayud贸 a reforzar a los aliados vacilantes que se enfrentaban a sus p煤blicos incr茅dulos; e introdujo a Colin Powell, un ex general que sepresentaba como la principal voz de la raz贸n en el gobierno.
En otras palabras, la Casa Blanca de Bush utiliz贸 a Curveball para revivir su mitol贸gica historia sobre la amenaza de Sadam para la paz mundial.
¿Entonces, c贸mo el Guardian, un basti贸n del periodismo liberal, present贸 su exclusiva sobre el episodio m谩s controvertido de la pol铆tica exterior reciente de EE.UU.?
Su titular fue: “C贸mo EE.UU. fue enga帽ado por un iraqu铆 fantasioso que quer铆a derrocar a Sadam”.
¿No comprendi贸 el escritor del titular la historia escrita por los periodistas del peri贸dico? No, el titular encapsul贸 con esmero su mensaje. En el texto nos dicen que la presentaci贸n de Powell ante la ONU “revel贸 que los responsables de las decisiones belicistas del gobierno de Bush se hab铆an tragado” el relato de Curveball. En otro momento nos dicen que Janabi “logr贸 uno de los mayores timos de la historia de los servicios de inteligencia modernos”. Y que: “Sus cr铆ticos -que son muchos y poderosos- dicen que es dif铆cil calcular el coste de su enga帽o”.
En otras palabras el Guardian supuso, a pesar de toda la evidencia desvelada por su propia investigaci贸n, que Curveball enga帽贸 al gobierno de Bush y le hizo cometer un desastroso error de c谩lculo. Desde este punto de vista, la Casa Blanca fue la verdadera v铆ctima de las mentiras de Curveball, no el pueblo iraqu铆, que ha sufrido m谩s de un mill贸n de v铆ctimas mortales como resultado de la invasi贸n, seg煤n las cifras m谩s fiables, y cuatro millones de exiliados forzosos.
No hay nada excepcional en este ejemplo. Lo escog铆 porque relata un evento de continua y actual importancia.
Por desgracia, hay algo tan familiar que llega a ser deprimente en este tipo de informaci贸n, incluso en las principales publicaciones liberales de Occidente. Contrariamente a su objetivo declarado, el periodismo de la tendencia dominante disminuye invariablemente el impacto de nuevos eventos cuando amenazan a las elites poderosas.
Examinaremos el motivo en un minuto. Pero consideremos primero qu茅, o qui茅n, constituye actualmente el “Imperio”. Ciertamente, en su forma m谩s simb贸lica, se puede identificar como el gobierno de EE.UU. y su ej茅rcito, que constituyen la 煤nica superpotencia del mundo.
Tradicionalmente, los imperios se han definido de manera limitada, en t茅rminos de una fuerte naci贸n-Estado que expande con 茅xito su esfera de influencia y poder a otros territorios. El objetivo del Imperio es imponer la dependencia a esos territorios, y luego explotar sus recursos en el caso de pa铆ses poco desarrollados o, con pa铆ses m谩s desarrollados, convertirlos en nuevos mercados para sus excedentes. En este 煤ltimo sentido el Imperio estadounidense ha logrado afirmar a menudo que es una fuerza por el bien del mundo, que ayuda a propagar la libertad y los beneficios de la cultura del consumo.
El Imperio logra sus objetivos de diferentes maneras: mediante la fuerza, como la conquista, cuando se enfrenta poblaciones que se resisten al robo de sus recursos; y de modo m谩s sutil mediante la interferencia pol铆tica y econ贸mica, la persuasi贸n y el control de las mentes, cuando quiere crear nuevos mercados. No importa c贸mo funcione, el objetivo es crear un sentido en los territorios dependientes de que sus intereses y destinos est谩n ligados a los del imperio.
En nuestro mundo globalizado la cuesti贸n de qui茅n se halla en el centro del imperio est谩 muchos menos clara que antes. En la actualidad el gobierno de EE.UU. es menos el coraz贸n del Imperio que su facilitador. Lo que hasta hace poco eran los brazos del Imperio, especialmente las industrias financiera y militar, se ha convertido en una elite imperial transnacional cuyos intereses no est谩n limitados por fronteras y cuyos poderes eluden en gran parte los controles legislativos y morales.
La dirigencia de Israel, deber铆amos se帽alar, as铆 como sus partidarios de la elite en todo el mundo -incluidos los lobbies sionistas, los fabricantes de armas, los militares occidentales, y en cierto grado incluso las tiran铆as 谩rabes tambaleantes de Medio Oriente- forman parte integral de esa elite transnacional.
El 茅xito de las elites imperiales depende en gran medida de una creencia compartida por el p煤blico occidental de que “nosotros” las necesitamos para asegurar nuestro sustento y seguridad y que al mismo tiempo somos realmente sus amos. Algunas de las ilusiones necesarias perpetuadas por las elites transnacionales incluyen:
- Que elegimos gobiernos cuya tarea es controlar a las corporaciones;
- Que nosotros, en particular, y la fuerza laboral global en general, somos los principales beneficiarios de la creaci贸n de la riqueza corporativa;
- Que las corporaciones y la ideolog铆a subyacente, el capitalismo global, son la 煤nica esperanza de libertad;
- Que el consumo no es s贸lo una expresi贸n de nuestra libertad, sino tambi茅n una fuente importante de nuestra felicidad;
- Que el crecimiento econ贸mico puede mantenerse indefinidamente y sin coste a largo plazo para el crecimiento del planeta;
- Y que hay grupos, denominados terroristas, que quieren destruir este ben茅volo sistema de creaci贸n de riqueza y mejora personal.
Esas suposiciones, por fantasiosas que puedan parecer cuando se analizan, constituyen el fundamento ideol贸gico sobre el que se construyen las narrativas de nuestras sociedades en Occidente y del cual se deriva en 煤ltima instancia nuestro sentido de identidad. Este sistema ideol贸gico nos parece -y utilizo “nosotros” y “nuestras” para referirnos s贸lo a p煤blicos occidentales- id贸neo para describir el orden natural.
La tarea de santificar esas suposiciones -y de asegurar que no se analicen- corresponde a nuestros medios dominantes. Las corporaciones occidentales son due帽as de los medios, y su publicidad hace que la industria sea rentable. En ese sentido, los medios no pueden cumplir con su funci贸n de controlar al poder, porque en realidad forman parte del poder. Es el poder de la elite globalizada de controlar y limitar los horizontes ideol贸gicos e imaginativos de los lectores y espectadores de los medios. Lo hacen para asegurar que los intereses imperiales, que son sin贸nimos de los de las corporaciones, no puedan amenazarse.
La historia de Curveball ilustra n铆tidamente el papel de los medios.
Su confesi贸n fue tard铆a -ocho a帽os demasiado tarde, para ser preciso- como para tener alg煤n impacto sobre los eventos que importan. Como sucede tan a menudo con historias importantes que cuestionan los intereses de la elite, losa hechos necesarios de modo vital para permitir que los p煤blicos occidentales lleguen a conclusiones informadas no estaban disponibles cuando eran necesarios. En este caso Bush, Cheney y Rumsfeld se han ido, como sus consejeros neoconservadores. La historia de Curveball ahora interesa sobre todo a los historiadores.
Este 煤ltimo punto vale de un modo bastante literal. Las revelaciones del Guardian no interesaron casi nada en los medios estadounidenses, el supuesto control en el coraz贸n del Imperio de EE.UU. Una b煤squeda en la base de datos medi谩tica de Lexis Nexis muestra que las admisiones de Curveball s贸lo se publicaron en el New York Times en un breve informe en la p谩gina 7, as铆 como en un resumen noticioso en el Washington Times. Los dem谩s peri贸dicos importantes de EE.UU. -docenas-, incluido el Washington Post, no las mencionaron en absoluto.
En vez de eso, la principal audiencia de la historia fuera del Reino Unido fueron los lectores del peri贸dico Hindu de India y Khaleej Times de Dubai.
Pero incluso el Guardian, al que frecuentemente se considera atrevido por enfrentarse a poderosos intereses, envolvi贸 su informe de manera que privaba a la confesi贸n de Curveball de su verdadero valor. Se elimin贸 la verdadera importancia de los hechos. La presentaci贸n asegur贸 que s贸lo los lectores m谩s informados habt铆an comprendido que Curveball no enga帽贸 a EE.UU., sino que m谩s bien la Casa Blanca hab铆a explotado a un “fantasioso” -o a un exiliado desesperado de un r茅gimen brutal, depende de c贸mo se vea- para sus propios fines ilegales e inmorales.
¿Por qu茅 omiti贸 lo principal el Guardian en su propia exclusiva? El motivo es que todos nuestros medios dominantes, por liberales que sean, toman como punto de partida la idea de que la cultura pol铆tica de Occidente es de por s铆 ben茅vola y superior desde el punto de vista moral a todos los sistemas alternativos existentes o concebibles.
En la informaci贸n y en los comentarios esto se demuestra del modo m谩s claro en la idea de que “nuestros” dirigentes siempre act煤an de buena fe, mientras que “sus” dirigentes -los que se oponen al Imperio o a sus intereses- est谩n impulsados por motivos viles o malignos.
De esta manera a los enemigos oficiales, como Sadam Hussein o Slobodan Milosevic, se les puede se帽alar como la personificaci贸n del dictador demente o avieso -mientras que otros reg铆menes igualmente delincuentes como Arabia Saud铆 se describen como “moderados”- porque abren el camino para que sus pa铆ses se conviertan en objetivos de nuestras propias estrategias imperiales.
A los Estados seleccionados para el “abrazo” del Imperio se les deja una alternativa sombr铆a: aceptad nuestras condiciones de rendici贸n y convert铆os en aliados o desafiad al Imperio y enfrentad nuestra ira.
Cuando las elites corporativas pisotean a otros pueblos y Estados para promover sus propios intereses ego铆stas, como en el caso de la invasi贸n de Iraq para controlar sus recursos, nuestros medios dominantes no pueden permitir que su informaci贸n coloque los eventos en un marco honesto. Las suposiciones persisten en los comentarios con respecto al ataque de EE.UU a Iraq. Por ejemplo, como no se encontraron las ADM, el gobierno de Bush se qued贸 en Iraq para impulsar un esfuerzo para desarraigar a los terroristas, restaurar la ley y el orden y propagar la democracia.
Para los medios occidentales, nuestros dirigentes cometen errores, son ingenuos o incluso est煤pidos, pero nunca son malos o aviesos. Nuestros medios no exigen que se juzgue a Bush o Blair en La Haya como criminales de guerra.
Esto, desde luego, no significa que los medios occidentales sean Pravda, el vocero propagand铆stico del antiguo imperio sovi茅tico. Hay diferencias. El disenso es posible, aunque debe mantenerse dentro de los l铆mites relativamente estrechos del debate “razonable”, un espectro de pensamiento posible que acepta sin reservas la presunci贸n de que somos mejores, m谩s morales, que ellos.
De la misma manera, pocas veces se dice a los periodistas -por lo menos directamente- qu茅 tienen que escribir. Los medios han desarrollado procesos cuidadosos de selecci贸n y jerarqu铆as en su personal editorial -llamados “filtros” por los cr铆ticos de los medios Ed Herman y Noam Chomsky- para asegurarse de que los periodistas disidentes o verdaderamente independientes no alcancen posiciones de verdadera influencia.
No existe, en otras palabras, una simple l铆nea del partido. Hay elites y corporaciones en competencia, y sus voces se reflejan en el terreno estrecho que llamamos comentario y opini贸n. En lugar de que los dicten los funcionarios del partido, como suced铆a bajo el sistema sovi茅tico, nuestros periodistas pugnan para que los admitan en las antec谩maras del poder. Esos privilegios hacen carreras pero a un inmenso coste para la independencia de los periodistas.
No obstante la gama de lo permisible se expande lentamente -por encima de la oposici贸n de las elites y de la televisi贸n y la prensa de la tendencia dominante-. La raz贸n se encuentra en los nuevos medios, que gradualmente erosionan el monopolio mantenido durante mucho tiempo por los medios corporativos para controlar la difusi贸n de informaci贸n e ideas populares. WikiLeaks es hasta ahora el resultado m谩s obvio, y m谩s impresionante, de esa tendencia.
Las consecuencias ya son tangibles en todo Medio Oriente, que ha sufrido desproporcionadamente bajo el r茅gimen opresor del Imperio. Las conmociones, mientras los pueblos 谩rabes luchan por deshacerse de sus tiranos, tambi茅n ponen al desnudo algunas de las ilusiones que nos han vendido los medios occidentales. El Imperio, nos han dicho, quiere democracia y libertad en todo el globo. Y sin embargo se le ve mudo e impasible mientras los verdugos del Imperio desencadenan armas hechas en EE.UU. contra sus pueblos que demandan libertades al estilo occidental.
Una pregunta importante es: ¿C贸mo reaccionar谩n nuestros medios ante esta exposici贸n, no s贸lo de la hipocres铆a de nuestros pol铆ticos sino de la suya? Ya est谩n tratando de cooptar a los nuevos medios, incluido WikiLeaks, pero sin verdadero 茅xito. Tambi茅n comienzan a permitir un debate m谩s amplio, aunque todav铆a fuertemente limitado.
La versi贸n occidental de glasnost es particularmente obvia en la cobertura del problema m谩s cercano a nuestros corazones, aqu铆 en Palestina. Lo que Israel califica de campa帽a de deslegitimizaci贸n es realmente la apertura -ligera- del paisaje medi谩tico, para permitir un poco de luz donde hasta hace poco reinaba la oscuridad.
Es es una oportunidad y debemos aprovecharla. Debemos exigir m谩s honestidad a los medios corporativos; debemos avergonzarlos al estar mejor informados que los escribidores que reciclan comunicados de prensa oficiales y claman por el acceso; y debemos descartarlos, como ya sucede, en busca de mejores fuentes de informaci贸n.
Tenemos una ventana. Tenemos que abrirla con fuerza antes de que las elites del Imperio traten de cerrarla de un golpe.
* 脡ste es el texto de una conferencia titulada “Medios como instrumento del Imperio” presentada en Sabeel, Centro Ecum茅nico de Teolog铆a de la Liberaci贸n, en su octava conferencia internacional en Bel茅n el viernes 25 de febrero de 2011.
Jonathan Cook es un escritor y periodista que trabaja en Nazaret, Israel. Sus 煤ltimos libros son Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East, Pluto Press, y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair, Zed Books. Su p谩gian web es www.jkcook.net.
© Copyright Jonathan Cook, Global Research, 2011
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