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martes, 29 de septiembre de 2026

Las anécdotas de la 81.ª Asamblea General de la ONU en crisis: una semana que retrató el mundo que está cambiando

Por Javier Huerta

Hay Asambleas Generales de Naciones Unidas que se recuerdan por una resolución, un acuerdo o un discurso. La 81.ª Asamblea General, celebrada en Nueva York entre el 22 y el 28 de septiembre de 2026, deja algo diferente: una colección de escenas que, vistas juntas, dicen mucho más de la situación del mundo que algunos de los grandes discursos pronunciados desde la tribuna.

Una sala que comenzó a vaciarse cuando Benjamin Netanyahu tomó la palabra; el presidente palestino Mahmoud Abbas obligado a intervenir por vídeo después de que Estados Unidos le negara nuevamente el visado; Donald Trump rechazando una propuesta iraní para reabrir el estrecho de Ormuz mientras los diplomáticos continuaban negociando; Delcy Rodríguez sentándose frente al propio Trump después de años de enfrentamiento entre Washington y Caracas y atravesando después el hemiciclo para hablar con Pedro Sánchez; Lula da Silva advirtiendo que Brasil no es el patio trasero de nadie; África reclamando un lugar permanente en el Consejo de Seguridad; y 128 delegaciones hablando de inteligencia artificial, cuando solamente cuatro años antes lo habían hecho cinco.

Son anécdotas, pero no son irrelevantes. Una delegación que abandona una sala, un dirigente que tiene que intervenir desde una pantalla o dos antiguos adversarios que vuelven a sentarse frente a frente son pequeñas escenas que permiten ver cómo funcionan realmente las relaciones internacionales. Y las escenas de esta Asamblea muestran un mundo en el que las viejas estructuras de poder siguen teniendo una enorme capacidad de presión, pero encuentran cada vez más dificultades para imponer su voluntad sin resistencia.

El propio presidente de la Asamblea General, Khalilur Rahman, lo reconoció al cerrar el debate: durante seis días intervinieron 194 delegaciones, entre ellas 113 jefes de Estado y de Gobierno, y la palabra más repetida fue “paz”. Pero esa paz fue invocada menos como una aspiración abstracta que como una defensa urgente de la Carta de Naciones Unidas, del derecho internacional y de la protección de los civiles.

La contradicción estaba servida. Mientras casi todos hablaban de paz, las principales escenas de la semana estuvieron protagonizadas por guerras, amenazas, sanciones, recursos estratégicos, soberanía y disputas por el poder.

Los escaños vacíos de Netanyahu

Benjamin Netanyahu subió a la tribuna el 24 de septiembre dispuesto a defender la política de su Gobierno y a responder a quienes lo acusan de haber cometido graves crímenes en Gaza. Apenas comenzó a hablar, decenas de delegados abandonaron la sala. Netanyahu reaccionó calificándolos de “cobardes morales” e invitando a marcharse a quienes compartieran su posición.

La imagen fue mucho más potente que cualquier protesta protocolaria. No eran manifestantes que hubieran llegado desde fuera del edificio. Eran representantes de Estados miembros de Naciones Unidas que, dentro del propio hemiciclo, decidían no permanecer durante la intervención del primer ministro israelí.

No sería correcto presentar a todas esas delegaciones como parte de un mismo bloque político. Sus posiciones sobre Israel, Palestina, Hamás o la guerra son diferentes. Pero el gesto sí refleja una realidad que resulta cada vez más difícil de ignorar: la política israelí encuentra una resistencia internacional mucho mayor que en el pasado y la cuestión palestina se ha convertido en una de las principales fracturas del sistema internacional.

La escena tuvo además una segunda parte todavía más significativa. Mientras Netanyahu ocupaba físicamente la tribuna, Mahmoud Abbas no pudo estar en Nueva York. Estados Unidos le había vuelto a negar el visado y la Asamblea General tuvo que autorizar que interviniera por vídeo, como ya había ocurrido el año anterior. La resolución que permitió esa participación fue aprobada por 152 votos a favor, tres en contra y cuatro abstenciones.

La contradicción era demasiado evidente para pasar inadvertida: en la misma Asamblea donde Palestina estaba entre las cuestiones centrales del debate, su presidente no podía sentarse físicamente en la sala mientras el primer ministro israelí pronunciaba su discurso.

No hace falta compartir todas las posiciones de Abbas para comprender lo que representa la escena. Naciones Unidas proclama la igualdad soberana de los Estados y la universalidad del derecho internacional, pero su sede está en territorio estadounidense y Washington conserva la capacidad de decidir quién puede entrar en su país. La institución universal funciona, en último término, dentro de las fronteras de una potencia concreta.

La cuestión palestina puso esa contradicción delante de las cámaras.

Mientras se hablaba de guerra, Ormuz hablaba de petróleo

Si los escaños vacíos mostraron el aislamiento político de Netanyahu, la cuestión iraní permitió observar otra dimensión del poder internacional: aquella en la que la diplomacia termina encontrándose directamente con los mercados.

Durante la Asamblea, Irán presentó una propuesta para poner fin a las hostilidades y planteó la reapertura del estrecho de Ormuz en un plazo de siete días si se cumplían las condiciones acordadas. El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, dejó la pelota en el tejado estadounidense: la decisión, afirmó, correspondía ahora a Washington. Trump rechazó públicamente la propuesta, aunque los contactos indirectos continuaron con mediación de Qatar.

Y entonces ocurrió algo revelador: el petróleo reaccionó.

El Brent llegó a subir más de cuatro dólares por barril en las primeras operaciones después del rechazo estadounidense, antes de moderar la subida. El motivo era sencillo: cualquier incertidumbre sobre el funcionamiento del estrecho podía afectar a un corredor por el que antes del conflicto transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial.

De repente, una disputa entre Washington y Teherán dejaba de ser solamente un problema de Oriente Medio. Podía afectar al precio de la energía en Europa, Asia y América Latina.

Eso explica por qué Ormuz fue una de las grandes anécdotas de esta Asamblea. No se trataba únicamente de un estrecho situado entre Irán y Omán. Era una de las arterias por las que circula una parte fundamental de la economía mundial.

Ahí aparece una de las contradicciones que el capitalismo suele esconder detrás de las cifras de crecimiento y de los discursos sobre el libre comercio. Las mercancías pueden circular libremente mientras las relaciones de poder lo permiten; cuando una ruta estratégica se bloquea, aparece inmediatamente la dimensión política y militar que sostiene ese mercado mundial.

El estrecho volvió a convertirse, por tanto, en una moneda de negociación. Irán ofrecía su reapertura; Estados Unidos exigía condiciones; Qatar intentaba mediar; y los mercados esperaban.

Y la historia no terminó con la Asamblea. En los días posteriores, las conversaciones continuaron sin acuerdo definitivo y Teherán volvió a advertir que Ormuz no se reabriría hasta que se cumplieran las condiciones establecidas en el entendimiento alcanzado previamente con Washington.

La anécdota terminó revelando algo mucho más profundo: cuando están en juego recursos energéticos y rutas estratégicas, la diplomacia internacional y los intereses económicos dejan de ser dos asuntos separados.

La fotografía que nadie esperaba: Trump y Delcy Rodríguez

Pero quizá ninguna escena de la Asamblea resultó tan difícil de imaginar unos años atrás como la protagonizada por Donald Trump y Delcy Rodríguez.

La dirigente venezolana acudió a Nueva York y mantuvo un encuentro con el presidente estadounidense. Trump confirmó posteriormente que hablaron, entre otras cuestiones, sobre las elecciones venezolanas. También estuvieron sobre la mesa la reestructuración de la deuda soberana y la necesidad de cambios políticos.

La fotografía resulta especialmente llamativa si se recuerda el lenguaje empleado por Washington contra Caracas durante los años anteriores. Venezuela había sido presentada como uno de los principales adversarios de Estados Unidos en América Latina. Ahora, los representantes de ambos países volvían a sentarse frente a frente.

No es necesario convertir este encuentro en una prueba de que toda la política exterior estadounidense se explica por el petróleo. La realidad es mucho más compleja. Pero tampoco tiene sentido ignorar que, cuando se reabre un canal diplomático con Venezuela, aparecen inmediatamente sobre la mesa el petróleo, la deuda, las inversiones y la estabilidad económica.

La diplomacia tiene esa curiosa capacidad de transformar a los enemigos de ayer en los interlocutores de hoy cuando cambian las circunstancias.

Y la escena venezolana tuvo todavía otra secuencia.

En plena Asamblea, Delcy Rodríguez se levantó de su asiento y atravesó el hemiciclo para acercarse a Pedro Sánchez, que estaba hablando por teléfono. La dirigente venezolana le pidió mantener abierto el diálogo sobre la situación de su país y Sánchez respondió que España estaba comprometida con el futuro de la región.

No hubo una reunión solemne ni una larga negociación. Fueron unos segundos captados por las cámaras. Precisamente por eso la escena resultó tan significativa.

La diplomacia real no siempre empieza en una sala cerrada con banderas detrás de los protagonistas. A veces empieza cuando alguien se levanta de su asiento, cruza un hemiciclo y pregunta al antiguo adversario si todavía existe un canal para hablar.

Lula: “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”

La escena venezolana encontraba su continuación natural en otra intervención latinoamericana. Lula da Silva utilizó su discurso para advertir contra las injerencias extranjeras y las nuevas tentaciones de dividir el mundo en áreas de influencia.

“Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, afirmó. Y añadió que América Latina no podía aceptar nuevas formas de injerencia en sus procesos electorales ni ataques neocoloniales vinculados a sus recursos estratégicos.

Lula no estaba hablando únicamente de Brasil. Su discurso llegaba en un momento especialmente delicado para la región y mientras su propio país se prepara para unas elecciones presidenciales en las que ha advertido del peligro de cualquier interferencia extranjera.

La frase tiene además una historia detrás. Durante décadas, América Latina fue considerada por Washington como un espacio privilegiado de influencia. Golpes de Estado, dictaduras apoyadas desde el exterior, operaciones encubiertas, sanciones y presiones económicas forman parte de una historia que no puede borrarse simplemente porque hayan cambiado las formas de intervención.

Hoy los mecanismos son diferentes, aunque la disputa por la autonomía de los países latinoamericanos continúa.

Venezuela, Cuba y Nicaragua han denunciado repetidamente las presiones externas y la utilización de sanciones, financiación política y mecanismos de influencia para condicionar sus procesos internos. Cada uno de esos países tiene una realidad política diferente y sería un error colocarlos en el mismo saco. Pero existe una cuestión común: ¿quién tiene derecho a decidir el futuro de un país, sus ciudadanos o una potencia extranjera?

Esa pregunta es especialmente importante cuando se habla de Nicaragua. El Gobierno nicaragüense ha convertido la defensa de la soberanía y el rechazo a la injerencia extranjera en uno de los ejes de su discurso internacional. Sus posiciones pueden ser discutidas y criticadas, como las de cualquier otro Gobierno, pero la cuestión de fondo no desaparece: la soberanía de un Estado no puede depender de que su modelo político resulte agradable para Washington, Bruselas o cualquier otra capital.

Lula introdujo así una cuestión que atravesó buena parte de la Asamblea: el derecho de los pueblos latinoamericanos a decidir su propio rumbo.

Y desde una perspectiva internacionalista, ese principio debería ser defendido independientemente de quién gobierne cada país.

África también quiere dejar de ser espectadora

La reivindicación latinoamericana encontraba un eco evidente en África.

El presidente de la Asamblea General, Khalilur Rahman, fue contundente desde el inicio del debate: “Africa needs to be at the table, not on the menu”. África necesita estar en la mesa, no en el menú. Añadió que el continente no podía seguir esperando indefinidamente su lugar legítimo en el Consejo de Seguridad.

La frase no era una ocurrencia. África continúa sin un puesto permanente en el Consejo de Seguridad, pese a ser la región con mayor número de Estados miembros y uno de los principales escenarios de las operaciones de paz de Naciones Unidas. La Unión Africana reclama al menos dos puestos permanentes y cinco no permanentes para el continente.

La contradicción resulta difícil de esconder: buena parte de las decisiones internacionales afectan directamente a África, pero África no dispone de una representación permanente entre los cinco Estados que conservan el derecho de veto.

La estructura institucional sigue reflejando en buena medida el mundo de 1945, mientras la realidad económica y política del planeta ha cambiado profundamente.

La reclamación africana no es, por tanto, solamente una cuestión de reparto de sillones. Es una discusión sobre quién tiene derecho a participar en las decisiones que afectan a todos.

Y en esa misma discusión apareció otra escena, menos visible pero igualmente reveladora: el jefe del Ejército sudanés, Abdel Fattah al-Burhan, no pudo viajar a Nueva York porque Estados Unidos no le concedió el visado. Washington vinculó la decisión a sus diferencias sobre una propuesta de alto el fuego para Sudán.

No hace falta defender a Burhan para apreciar la paradoja. El país atraviesa una guerra devastadora y, mientras Naciones Unidas intenta encontrar una salida al conflicto, la participación física de uno de sus principales protagonistas queda condicionada por la decisión de la potencia que alberga la sede de la organización.

Otra vez aparece la misma pregunta: ¿hasta dónde llega la universalidad de Naciones Unidas cuando el país anfitrión posee la capacidad material de decidir quién puede entrar?

La inteligencia artificial también tiene clases

Entre guerras, petróleo, Palestina y disputas territoriales apareció una cuestión que hace pocos años habría parecido completamente ajena a una Asamblea General: la inteligencia artificial.

Esta vez no fue un asunto secundario. La propia Presidencia de la Asamblea señaló al cerrar el debate que 128 delegaciones habían hablado de inteligencia artificial, frente a solamente cinco cuatro años antes. El número superó incluso al de delegaciones que hablaron expresamente de derechos humanos o cambio climático.

La pregunta que se repitió no fue únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino quién la controla: quién diseña los sistemas, quién obtiene sus beneficios, quién asume los riesgos y quién responde cuando provocan daños.

La cuestión tiene una dimensión económica evidente.

La inteligencia artificial necesita chips, energía, centros de datos, grandes cantidades de información y enormes inversiones. Esos recursos están concentrados en un número reducido de empresas y países. Por eso existe el riesgo de que la nueva revolución tecnológica reproduzca las desigualdades de las anteriores.

El Sur Global ha empezado a advertirlo. Durante la Asamblea, numerosos países en desarrollo reclamaron participar en la elaboración de las reglas que definirán la inteligencia artificial y alertaron de que, si las decisiones quedan exclusivamente en manos de las grandes potencias tecnológicas, la brecha económica y tecnológica puede hacerse todavía mayor.

La cuestión parece alejada de Palestina, Ormuz o América Latina, pero no lo está.

Durante siglos, controlar territorios y materias primas permitió acumular poder. En el siglo XXI, controlar datos, capacidad de computación, semiconductores y algoritmos puede proporcionar una ventaja igualmente decisiva.

El nuevo campo de batalla del poder mundial no está solamente en los mares y en las fronteras. También está en los servidores.

Una ONU que pide confianza mientras pierde capacidad

Y todas estas escenas ocurrieron dentro de una institución que atraviesa su propia crisis.

El lema oficial de esta 81.ª Asamblea era “Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplen para todos”. El propio presidente de la Asamblea comenzó su intervención con una pregunta que resumía el problema: fuera de las paredes de Naciones Unidas, dijo, la gente no pregunta si la organización existe, sino si funciona.

La pregunta resulta incómoda porque Naciones Unidas continúa siendo indispensable precisamente cuando parece más débil.

Las guerras se multiplican, las grandes potencias bloquean decisiones en el Consejo de Seguridad, los conflictos regionales tienen consecuencias económicas globales y millones de personas dependen de los programas humanitarios de la organización.

Pero la ONU no dispone de un poder independiente comparable al de los Estados que la integran. Su capacidad depende de la voluntad política de esos mismos gobiernos, incluidos aquellos que utilizan su derecho de veto para impedir decisiones colectivas.

Lula lo expresó desde otra perspectiva al afirmar que este era, desde su primera intervención en 2003, el momento más crítico de Naciones Unidas y denunciar la parálisis del Consejo de Seguridad.

La organización necesita reformas, pero reformarla significa precisamente tocar las relaciones de poder que permiten a algunos Estados conservar privilegios que otros consideran anacrónicos.

Por eso la demanda africana, la reivindicación latinoamericana y las discusiones sobre Palestina no son asuntos separados. Todas conducen a una misma cuestión: ¿puede existir un verdadero multilateralismo mientras el poder internacional continúa distribuido de manera tan desigual?

Las anécdotas que cuentan algo más

Al final, quizá lo más interesante de esta Asamblea no esté en ninguna de sus resoluciones, sino en la relación entre todas aquellas escenas.

Los escaños vacíos durante el discurso de Netanyahu mostraron el creciente aislamiento internacional de la política israelí. Abbas hablando desde una pantalla recordó que la universalidad de Naciones Unidas convive con el poder territorial de Estados Unidos. Ormuz demostró que una ruta marítima puede convertirse en una pieza de la negociación entre grandes potencias y que una decisión diplomática puede repercutir inmediatamente en el precio del petróleo.

La fotografía de Trump y Delcy Rodríguez recordó que los enemigos de ayer pueden convertirse en interlocutores cuando cambian las circunstancias. El paseo de Delcy hasta el asiento de Pedro Sánchez mostró cómo un pequeño gesto puede abrir un canal diplomático. Y Lula puso palabras a una preocupación que atraviesa a buena parte de América Latina: que la soberanía no vuelva a ser considerada un privilegio reservado a las grandes potencias.

África recordó que no acepta seguir esperando. Y la inteligencia artificial mostró que la disputa por el poder mundial ya no se desarrolla únicamente alrededor de los territorios y los recursos naturales, sino también alrededor de los datos y de las tecnologías que definirán la economía del futuro.

Todo eso ocurrió durante seis días en el mismo edificio.

Por eso sería un error interpretar la Asamblea únicamente como otro encuentro diplomático anual. Lo que apareció allí fue la fotografía de un mundo en transición.

El viejo orden no ha desaparecido. Estados Unidos continúa disponiendo de una capacidad económica, militar y financiera extraordinaria y mantiene una influencia enorme sobre las instituciones internacionales. Pero esa capacidad ya no garantiza automáticamente que el resto del mundo acepte sus decisiones. China tiene un peso económico que hace imposible ignorarla; Rusia conserva una capacidad estratégica decisiva; los países del Sur Global reclaman mayor representación; América Latina defiende espacios de autonomía; África exige dejar de ser objeto de decisiones ajenas.

Eso no significa que la llegada de un mundo multipolar vaya a producir automáticamente un mundo más justo. Las grandes potencias seguirán defendiendo sus intereses y las desigualdades no desaparecerán porque haya más centros de poder. La cuestión decisiva será si los pueblos consiguen aprovechar esa transformación para ampliar su soberanía y reducir la capacidad de cualquier potencia para decidir por los demás.

Ahí es donde una mirada de izquierdas tiene algo que aportar.

No se trata de escoger qué potencia debe ocupar el lugar de la anterior hegemonía. Se trata de cuestionar la propia lógica que permite que unas potencias se arroguen el derecho de intervenir en los asuntos de otras, controlar recursos estratégicos, imponer sanciones económicas o condicionar las decisiones políticas de pueblos enteros.

La soberanía no debería ser un privilegio de las grandes potencias. La democracia tampoco debería medirse según quién gane unas elecciones, sino también según la capacidad real de los pueblos para decidir su futuro sin que desde fuera se intente determinar previamente cuáles son los resultados aceptables.

Quizá por eso las anécdotas de esta Asamblea resultan más importantes de lo que parecen.

Unos delegados levantándose de sus asientos. Un presidente hablando desde una pantalla. Una dirigente venezolana cruzando el hemiciclo para buscar un interlocutor. Un presidente brasileño diciendo que su país no es el patio trasero de nadie. África reclamando una silla en la mesa. Diplomáticos negociando sobre un estrecho por el que pasa una parte fundamental del petróleo mundial. Y, mientras tanto, 128 países preguntándose quién controlará la inteligencia artificial.

Son pequeñas escenas pero juntas cuentan una historia.

Las instituciones siguen siendo las mismas, pero el mundo que las rodea ya no lo es.

Y quizá esa sea la verdadera anécdota de esta Asamblea General: el viejo orden internacional conserva todavía una enorme capacidad de poder, pero cada vez le resulta más difícil convencer al resto del planeta de que ese poder es el orden natural e inevitable de las cosas.



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lunes, 28 de septiembre de 2026

La Solidaridad Europea con la Revolución Sandinista presente en la Fiesta del PCE para acercar Nicaragua y la Revolución Sandinista

Rivas Vaciamadrid, 27 de septiembre de 2026. La Fiesta del Partido Comunista de España (PCE) ha vuelto a celebrarse este fin de semana en Madrid, reuniendo durante tres jornadas a organizaciones políticas, sindicales y sociales, colectivos, asociaciones y personas vinculadas a diferentes ámbitos de la izquierda y de los movimientos sociales. La 49ª edición, celebrada los días 25, 26 y 27 de septiembre ha reunido a varios miles de personas en unas jornadas de formación, lucha y festividad, combinando el debate político con la cultura, la música, la gastronomía, la solidaridad y diferentes espacios de encuentro, información y participación. Entre los principales asuntos abordados han estado la situación internacional, los derechos humanos, la vivienda, la unidad de acción de la izquierda y el futuro del movimiento obrero.

En este espacio de encuentro y solidaridad internacionalista ha estado presente el Comité Europeo de Solidaridad con la Revolución Popular Sandinista (CES-RPS), que ha instalado un stand informativo desde el que se ha acercado información sobre la actualidad de Nicaragua, el proceso revolucionario sandinista y el trabajo que desarrolla el movimiento europeo de solidaridad con Nicaragua. La presencia del CES-RPS ha permitido mantener un contacto directo con numerosas personas interesadas en conocer la situación del país centroamericano, intercambiar información y dar a conocer las distintas iniciativas que se están desarrollando desde Europa.

Uno de los principales ejes de la actividad del stand ha sido la campaña «NICARAGUA SE RESPETA», impulsada por el CES-RPS desde 2024 para recuperar en el debate público europeo una cuestión que continúa pendiente: el cumplimiento de la sentencia dictada por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya el 27 de junio de 1986, en el caso Nicaragua contra Estados Unidos. La campaña plantea la necesidad de que las sentencias de los tribunales internacionales sean cumplidas y reclama que EEUU  asuma las reparaciones establecidas por la Corte por los daños ocasionados a Nicaragua durante la guerra de agresión de los años ochenta. En el marco de la Fiesta, el CES-RPS ha continuado recogiendo firmas de apoyo a esta iniciativa y explicando sus objetivos a quienes se han acercado al stand.

La actividad desarrollada durante la Fiesta no se ha limitado a la información política. También ha servido para acercar a las personas asistentes una experiencia de economía solidaria vinculada directamente con Nicaragua, poniendo a la venta café producido por pequeñas cooperativas y familias campesinas nicaragüenses. El café comercializado por ESPANICA forma parte de un proyecto que busca establecer una relación directa entre las organizaciones productoras y las personas consumidoras, reduciendo las cadenas tradicionales de intermediación y permitiendo que una mayor parte del valor generado revierta en las propias comunidades productoras. De esta manera, la adquisición de este café en espacios de solidaridad no se plantea únicamente como el consumo de un producto nicaragüense, sino también como una forma concreta de apoyar a las familias campesinas organizadas en cooperativas y un modelo de relaciones comerciales basado en la economía social, la solidaridad y el comercio justo.

El puesto del Comité ha contado también con información turística sobre Nicaragua, con propuestas de rutas y destinos que permitan a las personas interesadas conocer directamente el país, su naturaleza, su patrimonio, su cultura y gastronomía. Desde el Comité se plantea el turismo como otra vía de acercamiento a Nicaragua y, al mismo tiempo, como una oportunidad para que la presencia de visitantes contribuya de manera real a la economía local, generando ingresos directos para familias, pequeños emprendimientos, comunidades y proyectos vinculados al territorio. Se trata de promover un turismo responsable que permita conocer Nicaragua y que, a través del gasto realizado por los visitantes, contribuya a que una parte de los beneficios repercuta positivamente en la economía nicaragüense.

En este marco, el CES-RPS ha aprovechado también estas jornadas para dar a conocer el XI Encuentro Europeo de Solidaridad con la Revolución Popular Sandinista, que tendrá lugar en Italia este año. El Encuentro reunirá nuevamente a comités, asociaciones, colectivos y personas solidarias con Nicaragua procedentes de diferentes países europeos, con el objetivo de compartir experiencias, analizar la situación de Nicaragua y coordinar nuevas iniciativas de solidaridad y defensa de la Revolución Popular Sandinista. Entre los asuntos que se abordarán estará la continuidad de la campaña «NICARAGUA SE RESPETA», junto al fortalecimiento de la información y la comunicación sobre Nicaragua, la recuperación de la memoria del internacionalismo y la coordinación del trabajo de los distintos comités.

La presencia del CES-RPS en la Fiesta del PCE se enmarca en un trabajo que pretende combinar información, solidaridad, cooperación, lucha comunicacional y defensa del derecho internacional, manteniendo en Europa espacios de conocimiento y debate sobre la actualidad de Nicaragua y llevando su voz a nuevos espacios de encuentro social y político. La participación en estas jornadas permite además establecer nuevos contactos con organizaciones, colectivos y personas interesadas en la realidad latinoamericana, fortalecer los vínculos entre quienes forman parte del movimiento europeo de solidaridad con Nicaragua y seguir construyendo nuevas iniciativas de apoyo a la Revolución Popular Sandinista. La Fiesta ha sido, una vez más, un espacio para encontrarse, informar y continuar fortaleciendo la solidaridad con Nicaragua.



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viernes, 25 de septiembre de 2026

Nicaragua contra Alemania en La Haya en defensa del pueblo Palestino: el proceso continúa...


Por Javier Huerta

Mientras sobre Gaza continúan cayendo bombas, mientras cuerpos quedan sepultados entre las ruinas, familias palestinas siguen desplazándose entre edificios destruidos y refugios precarios, y niños quedan huérfanos sin comprender por qué su mundo se ha convertido en un paisaje de muerte y destrucción, a miles de kilómetros de distancia se desarrolla otra batalla, de naturaleza muy diferente, pero profundamente relacionada con esa realidad. En el Palacio de la Paz de La Haya, Nicaragua y Alemania han llevado ante la Corte Internacional de Justicia una disputa que coloca en el centro una cuestión de enorme trascendencia: qué responsabilidad puede tener un Estado cuando proporciona apoyo y material militar a otro Estado en medio de graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Entre el 7 y el 10 de septiembre de 2026, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) escuchó durante cuatro jornadas los argumentos de Nicaragua y Alemania. Pero los jueces no estaban juzgando todavía el fondo de las acusaciones. Lo que estaba en juego era una cuestión previa: determinar si las objeciones presentadas por Berlín deben impedir que el procedimiento continúe o si, por el contrario, Nicaragua podrá llevar sus reclamaciones a una fase posterior en la que la Corte pueda examinarlas en profundidad. Las audiencias terminaron el 10 de septiembre, pero el procedimiento continúa. Ahora corresponde a la Corte deliberar y decidir sobre las objeciones preliminares de Alemania. La fecha en que se dará a conocer públicamente esa decisión todavía no ha sido anunciada.

Para entender por qué Nicaragua ha llegado nuevamente hasta La Haya hay que retroceder hasta marzo de 2024, cuando presentó formalmente una demanda contra Alemania bajo el nombre oficial de “Presuntas violaciones de ciertas obligaciones internacionales con respecto al Territorio Palestino Ocupado”. Nicaragua sostiene que Alemania ha incumplido obligaciones derivadas de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio y del derecho internacional humanitario, entre ellas las relacionadas con la prevención del genocidio y el respeto de los Convenios de Ginebra. En su demanda, Managua cuestiona el apoyo político, financiero y militar alemán a Israel, incluidas las exportaciones de material militar, y también la suspensión de financiación a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, UNRWA. Alemania rechaza las acusaciones y ha planteado objeciones tanto sobre la jurisdicción de la Corte como sobre la admisibilidad de determinadas reclamaciones. El litigio se encuentra ahora precisamente en esa fase preliminar.

La relación entre Nicaragua y Palestina, sin embargo, viene de mucho antes de la actual guerra de Gaza. Tiene raíces que atraviesan buena parte del siglo XX y que están vinculadas a las luchas anticoloniales y de liberación nacional que marcaron aquella época. El artículo “Nicaragua y la causa palestina”, escrito por Stephen Sefton, recupera parte de esa memoria histórica. Allí aparecen episodios como la figura de Ghadeer Abu Sneineh, palestino nacido en Colombia que, según las fuentes recogidas por Sefton y otros autores, se incorporó a las fuerzas de Sandino y Tras el asesinato del general en 1934, tuvo que huir de Centroamérica y viajó a Palestina, donde se incorporó activamente a la Gran Revuelta Árabe de 1936 para combatir el Mandato Británico y la colonización de su tierra de origen.. El investigador y escritor Martín Alejandro Martinelli también ha recuperado gran parte de esta dimensión histórica de los vínculos entre las luchas nicaragüense y palestina.

Aquellos vínculos se profundizaron durante las décadas posteriores. El Frente Sandinista de Liberación Nacional estableció relaciones con organizaciones palestinas y, en los años setenta, la solidaridad adquirió incluso una dimensión internacionalista directa. Militantes sandinistas recibieron entrenamiento junto a fuerzas palestinas y algunos participaron en acciones vinculadas a la lucha palestina. Entre ellos estuvieron Patricio Argüello Ryan y Juan José Quezada. Argüello murió el 6 de septiembre de 1970 durante una operación vinculada a la lucha palestina. Son episodios que hoy pueden parecer lejanos, pero ayudan a comprender por qué Palestina no aparece en la política exterior nicaragüense como una cuestión coyuntural surgida después de octubre de 2023.

La llegada del FSLN al poder en 1979 convirtió aquella relación militante en una relación política, diplomática y de cooperación. Yasser Arafat visitó Managua en julio de 1980, y Nicaragua estableció relaciones con Palestina ese mismo año. Durante las décadas siguientes se desarrollaron intercambios en distintos campos y Managua mantuvo su respaldo al derecho del pueblo palestino a la autodeterminación y a disponer de un Estado. En 2010 Nicaragua rompió relaciones diplomáticas con Israel después del ataque contra la flotilla internacional que intentaba llevar ayuda humanitaria a Gaza. En 2013, el entonces ministro de Relaciones Exteriores palestino, Riad Malki, visitó Nicaragua para profundizar los vínculos entre ambos pueblos, mientras que en 2018 se acordó una cooperación entre la Agencia de Cooperación Internacional de Palestina y el Ministerio de Salud nicaragüense para fortalecer la formación profesional en técnicas quirúrgicas. Esta relación de solidaridad tuvo también una nueva expresión con la visita de Leila Khaled a Nicaragua en 2024, durante los actos conmemorativos del 45.º aniversario de la Revolución Popular Sandinista. Nicaragua desde los actos de celebración busco defender y proyectar, a nivel inernacional la causa y la voz del pueblo palestino, y a su vez, con la presencia de Palestina en Nicaragua, reconocian el buen trabajo desarrollado por la Nicaragua sandinista y su apuesta por construir mejores condiciones de vida, soberanía y futuro para su propio pueblo.

La historia también tiene otra cara. Durante la dictadura somocista, Israel mantuvo relaciones militares con el régimen de Anastasio Somoza, suministrándole armamento. Esa experiencia forma parte de la memoria política desde la que Managua interpreta hoy la situación palestina. Para Nicaragua, las luchas contra la intervención extranjera, el colonialismo y la dominación militar no son episodios separados, sino experiencias históricas conectadas. Esa perspectiva ayuda a entender la intensidad con la que el Gobierno nicaragüense ha reaccionado ante la destrucción de Gaza y explica también por qué ha decidido trasladar parte de esa confrontación al terreno jurídico internacional.

Nicaragua ya conocía ese camino. En 1984 llevó a Estados Unidos ante la Corte Internacional de Justicia por sus actividades militares y paramilitares contra Nicaragua. En su sentencia de 27 de junio de 1986, la CIJ concluyó que Estados Unidos había violado obligaciones derivadas del derecho internacional consuetudinario, entre ellas las relativas a la prohibición del uso de la fuerza, la no intervención, la soberanía y otras obligaciones internacionales. Aquella sentencia se convirtió en uno de los episodios más importantes de la historia jurídica internacional de Nicaragua y constituye un antecedente que ayuda a comprender por qué Managua vuelve ahora a utilizar la Corte como escenario para plantear una controversia frente a un Estado poderoso.

La diferencia fundamental es que ahora Nicaragua no demanda a Israel, sino a Alemania. Esa distinción resulta esencial. La demanda presentada el 1 de marzo de 2024 no pretende que la CIJ juzgue directamente las actuaciones de Israel, sino que examine las obligaciones internacionales que Nicaragua atribuye a Alemania por sus propias actuaciones. Alemania sostiene, entre otros argumentos, que determinadas cuestiones planteadas por Nicaragua no pueden ser resueltas sin abordar jurídicamente la conducta de Israel y que eso afecta a la jurisdicción y a la admisibilidad del caso. En el centro de esta discusión aparece también el denominado principio de Oro Monetario, una cuestión jurídica relacionada con los límites que tiene la Corte cuando la resolución de una controversia podría afectar a los derechos o responsabilidades de un tercer Estado que no es parte del procedimiento.

Y aquí aparecen las armas. Porque detrás de las discusiones sobre jurisdicción y admisibilidad existe una cuestión material que resulta imposible ignorar: qué exporta Alemania a Israel, cuándo lo hace y qué obligaciones tiene un Estado cuando autoriza la transferencia de material militar hacia una zona de guerra en la que existen graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Cuando Nicaragua presentó su demanda, incorporó al expediente datos sobre las autorizaciones alemanas. La propia CIJ recogió en su Orden de 30 de abril de 2024 que Alemania había autorizado en 2023 exportaciones de “material militar y armas de guerra” por más de 326 millones de euros, más de diez veces la cifra correspondiente a 2022. Nicaragua señaló además que casi 300 millones de euros correspondían a licencias de material militar concedidas desde el comienzo de la operación militar israelí en Gaza y que a comienzos de 2024 se habían concedido nuevas licencias por más de 9 millones de euros. Alemania, por su parte, sostuvo ante la Corte que la inmensa mayoría de las licencias concedidas desde el 7 de octubre de 2023 correspondían a la categoría de “otro material militar” y no a “armas de guerra”, y defendió que las autorizaciones se examinaban caso por caso.

La cuestión no quedó congelada en las cifras de 2024. Los datos oficiales del Bundestag muestran que Alemania continuó autorizando exportaciones de material militar a Israel durante 2025 y 2026. Entre noviembre de 2025 y marzo de 2026 se concedieron autorizaciones por unos 167,4 millones de euros, mientras que entre el 1 de abril y el 30 de junio de 2026 el Gobierno alemán autorizó exportaciones por unos 735,76 millones de euros. Esta última cifra requiere una lectura cuidadosa: el propio Gobierno alemán señaló que alrededor del 67% correspondía a un gran proyecto del sector naval y otro 21% a la cooperación entre empresas alemanas e israelíes relacionada con las necesidades de las Fuerzas Armadas alemanas; el resto correspondía a otros bienes militares y, según la respuesta oficial, no incluía armas de guerra. Se trata además de cifras provisionales y parte de la información está limitada por razones de seguridad.

Estos datos, por sí solos, no demuestran que Alemania haya violado el derecho internacional. Esa es precisamente una de las cuestiones que Nicaragua pretende que la Corte pueda examinar. Pero sí permiten entender por qué las transferencias de material militar ocupan un lugar central en el litigio. La discusión no gira únicamente alrededor de declaraciones políticas, sino de decisiones concretas de autorización y transferencia y de las obligaciones que el derecho internacional impone a los Estados cuando existe un riesgo de que ese material pueda ser utilizado para cometer graves violaciones.

La CIJ ya abordó una parte de esta cuestión en abril de 2024, cuando Nicaragua solicitó medidas provisionales para que Alemania suspendiera determinadas formas de asistencia militar a Israel, impidiera que el material ya entregado pudiera utilizarse para cometer graves violaciones del derecho internacional y retomara la financiación de UNRWA. La Corte decidió, por 15 votos contra uno, que las circunstancias existentes entonces no requerían la adopción de las medidas provisionales solicitadas. Pero hay una precisión fundamental: aquella decisión no resolvió el fondo del caso. La propia Corte dejó claro que la decisión no prejuzgaba su jurisdicción sobre el fondo, la admisibilidad de la demanda ni las cuestiones sustantivas planteadas por Nicaragua. Al mismo tiempo, recordó a todos los Estados las obligaciones internacionales relacionadas con la transferencia de armas a las partes de un conflicto armado para evitar el riesgo de que esas armas fueran utilizadas en violación de los Convenios de Ginebra.

Dos años después, aquella advertencia sigue teniendo relevancia. Porque mientras los jueces discuten sobre jurisdicción, admisibilidad y responsabilidad internacional, en Gaza la realidad no se ha detenido. El informe de OCHA del 11 de septiembre de 2026 señalaba que los ataques aéreos israelíes y otros ataques continuaban golpeando zonas pobladas, provocando víctimas, daños materiales y nuevos desplazamientos. Según el Ministerio de Salud de Gaza, citado por OCHA, 35 palestinos fueron reportados muertos y 104 heridos entre el 2 y el 9 de septiembre. El mismo informe situaba en 1.358 los fallecidos y 4.541 los heridos desde el anuncio del alto el fuego del 10 de octubre de 2025, además de otros 160 fallecimientos incorporados posteriormente al registro tras la identificación de las víctimas.

Pero las cifras no cuentan por sí solas la dimensión humana de lo que está ocurriendo. OCHA señalaba también que los hogares encabezados por mujeres se han duplicado desde octubre de 2023 y alcanzan aproximadamente 86.000 familias, casi una de cada cuatro familias de Gaza. El acceso al agua continúa siendo extremadamente precario: el organismo de Naciones Unidas señalaba que el 91% de los hogares evaluados sufrían una inseguridad hídrica moderada o alta. En esas condiciones, hospitales, centros de salud, plantas de agua y otros servicios esenciales siguen dependiendo de recursos que llegan de forma insuficiente y sometidos a enormes restricciones.

Es en esta realidad donde la controversia jurídica adquiere toda su dimensión. Nicaragua sostiene que Alemania tiene obligaciones internacionales propias y que la Corte puede examinarlas sin convertir a Israel en parte del procedimiento. Alemania sostiene, entre otras cosas, que determinados aspectos de las reclamaciones de Nicaragua no pueden ser examinados de la manera planteada y que Israel constituye un elemento indispensable para resolver cuestiones fundamentales del litigio. La discusión sobre el principio de Oro Monetario se sitúa precisamente en ese terreno. No es un simple tecnicismo: afecta a los límites de la jurisdicción de la Corte y a la posibilidad de que un Estado sea juzgado por sus propias obligaciones cuando la controversia está relacionada con la conducta de un tercero que no participa en el proceso.

Las audiencias de septiembre fueron, por tanto, una etapa decisiva, pero no una sentencia. Alemania defendió sus objeciones durante la primera ronda del 7 de septiembre y volvió a intervenir el día 9. Nicaragua respondió el 8 y presentó sus argumentos finales el 10 de septiembre. Al concluir las audiencias, la propia CIJ confirmó que el procedimiento había entrado en la fase de deliberación. Todavía no existe una sentencia sobre el fondo y la Corte tampoco ha declarado que Alemania haya cometido las violaciones que Nicaragua le atribuye.

Sobre estas audiencias resulta especialmente interesante el análisis publicado el 17 de septiembre por el jurista costarricense Nicolás Boeglin, titulado “Exportar armas hacia Israel ¿como si nada pasara en Gaza? Audiencias públicas en La Haya en el marco de la demanda Nicaragua c. Alemania por complicidad”. Su texto permite seguir con detalle los argumentos jurídicos planteados durante las jornadas de La Haya y situar el litigio dentro del debate internacional sobre las transferencias de armas a Israel.

También resulta útil recuperar, antes de las audiencias, el artículo de Becca Renk Foster, “Nicaragua alzará de nuevo su voz en favor de Palestina ante la CIJ”, publicado en agosto de 2026. Aquel texto explicaba el contexto de las nuevas audiencias y recordaba precisamente la experiencia de Nicaragua ante la Corte en el caso contra Estados Unidos. Y el trabajo de Stephen Sefton, “Nicaragua y la causa palestina”, publicado en septiembre, permite completar la dimensión histórica que rodea al actual litigio: desde los primeros vínculos entre revolucionarios nicaragüenses y palestinos hasta las relaciones diplomáticas, la cooperación y la posición mantenida por Managua durante las últimas décadas.

¿Y qué ocurre ahora? La respuesta es más sencilla que todo lo que se ha discutido en la sala, aunque sus consecuencias pueden ser importantes. La Corte debe deliberar y decidir sobre las objeciones preliminares de Alemania. La fecha de lectura pública de esa decisión todavía no ha sido anunciada. Si la Corte acepta objeciones que impidan continuar con determinadas reclamaciones, el procedimiento podría quedar limitado o terminar en esta fase. Si las rechaza total o parcialmente, el caso podrá avanzar hacia una etapa posterior en la que las partes deberán discutir el fondo de las acusaciones. Por ahora, ninguna de esas posibilidades debe presentarse como un resultado anticipado.

Por eso las audiencias de septiembre no deberían convertirse en una supuesta victoria definitiva de Nicaragua ni en una derrota definitiva de Alemania. Lo que ha terminado es una etapa del procedimiento; no el litigio. Lo que sí ha quedado sobre la mesa es una cuestión que trasciende a ambos gobiernos: hasta dónde llegan las obligaciones de un Estado que suministra o autoriza material militar cuando ese material puede terminar siendo utilizado en un conflicto en el que existen graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Y aquí aparecen las dos grandes preguntas que deberían quedar abiertas mucho más allá de los abogados y los jueces de La Haya.

La primera es la responsabilidad de los Estados que suministran armas cuando existe un riesgo grave de que esas armas sean utilizadas para cometer violaciones del derecho internacional. ¿Dónde comienza y dónde termina la responsabilidad de quien fabrica, autoriza, exporta, financia o facilita material militar? ¿Puede un Estado limitarse a afirmar que cada licencia ha seguido sus procedimientos nacionales o el derecho internacional exige una evaluación más profunda cuando las circunstancias sobre el terreno muestran un riesgo grave para la población civil? La propia CIJ recordó en 2024 que los Estados tienen obligaciones respecto de la transferencia de armas a las partes de un conflicto armado. Si el procedimiento llega al fondo, una de las cuestiones será precisamente determinar el alcance jurídico de esas obligaciones.

La segunda pregunta es todavía más amplia: qué hacen los gobiernos del mundo cuando la destrucción y la muerte de la población palestina continúan y millones de personas reclaman en distintos países que se detenga la violencia y se proteja a la población civil. No se trata solamente de lo que ocurra dentro de una sala de la CIJ. Se trata de saber qué significado tienen las declaraciones de defensa del derecho internacional cuando, al mismo tiempo, continúan las operaciones militares, los desplazamientos, la destrucción de viviendas e infraestructuras y la muerte de civiles. Se trata de saber qué mecanismos políticos, diplomáticos, económicos y jurídicos están dispuestos a utilizar los gobiernos ante una situación que Nicaragua y otros actores califican de genocidio y ante unas denuncias de graves violaciones que continúan siendo documentadas por organismos internacionales.

Porque mientras los gobiernos intercambian notas diplomáticas y los abogados preparan alegatos, el pueblo palestino sigue sufriendo y siguen muriendo personas. Esa realidad no puede quedar convertida en el telón de fondo de un procedimiento judicial. Es el motivo por el que la discusión sobre las armas, las responsabilidades y el derecho internacional tiene consecuencias concretas sobre vidas humanas.

Nicaragua ha decidido llevar esa discusión hasta La Haya. Lo hizo en marzo de 2024, después de décadas de vínculos con Palestina y después de haber utilizado anteriormente la misma Corte para enfrentarse jurídicamente a Estados Unidos. En 2026 ha vuelto a situar ante los jueces una cuestión incómoda para cualquier sistema internacional que pretenda hacer valer unas mismas reglas para todos: si el derecho internacional establece obligaciones para los Estados, esas obligaciones deben ser examinadas también cuando afectan a aliados estratégicos y a transferencias de material militar.

La respuesta todavía no está escrita. Primero tendrá que decidirla la Corte en relación con las objeciones preliminares de Alemania. Después, si el procedimiento continúa, llegará el momento de discutir el fondo. Y solamente entonces podrá conocerse qué establecerá jurídicamente la CIJ sobre las responsabilidades concretas denunciadas por Nicaragua.

Mientras tanto, Palestina sigue siendo una realidad viva, no un expediente. Y Nicaragua sigue sosteniendo ante la comunidad internacional que la solidaridad con el pueblo palestino no puede quedarse únicamente en declaraciones. La pregunta que queda sobre la mesa ya no es solamente qué ocurrirá con Nicaragua contra Alemania. La pregunta es qué significa realmente el derecho internacional cuando quienes están en juego son las vidas de miles de personas y cuando el mundo lleva años reclamando que esa muerte termine.


Nicaragua contra Alemania en La Haya en defensa del pueblo Palestino: el proceso continúa…

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domingo, 20 de septiembre de 2026

La ONU entre expectativas y realidad

Por Fabrizio Casari

Por unos días, el mundo vuelve a reunirse bajo el mismo techo. El 22 de septiembre comienza el debate de la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, que se desarrollará hasta el 29 de septiembre. El tema de esta sesión es tan ambicioso como retórico: «Restoring trust, managing transformation: a United Nations that delivers for all»: reconstruir la confianza, gestionar la transformación, hacer de la ONU una organización capaz de actuar para todos.

Será la última sesión dirigida por António Guterres, cuyo mandato termina el 31 de diciembre de 2026. El proceso para elegir al próximo secretario general está en curso y el nombramiento final requiere la recomendación del Consejo de Seguridad y, por tanto, de hecho, el acuerdo de las cinco potencias con derecho de veto.

Ucrania, Oriente Medio, Sudán y otras crisis estarán inevitablemente entre los principales temas de las intervenciones de los líderes y de las reuniones bilaterales. Cabe esperar sobre todo declaraciones políticas, más que decisiones capaces de abrir vías decisivas para resolver las crisis internacionales.

Guerras, crisis energética y climática: la 81.ª Asamblea General pondrá en escena todas las contradicciones de un orden internacional que ya no consigue gestionar sus propias crisis y que elige las guerras militares y comerciales, financieras y diplomáticas contra el Sur Global y el Este para mantenerse al frente del planeta.

La ONU llega a esta Asamblea con una paradoja evidente: sería más necesaria que nunca, pero parece más débil que nunca. Occidente, con la guerra en Ucrania por un lado y el genocidio de los palestinos y la expansión colonial sionista por otro, demuestra su doble rasero respecto al Derecho Internacional: con los enemigos se aplica y con los amigos se interpreta.

El elefante en la habitación sigue siendo la cuestión de las cuestiones: ¿cómo hacer eficaces a las Naciones Unidas en la prevención de las crisis, en su gestión y en los procesos diplomáticos necesarios para reducir los conflictos?

El Consejo de Seguridad sigue condicionado por el derecho de veto de sus cinco miembros permanentes. Una parte creciente del mundo reclama que las instituciones internacionales reflejen finalmente los equilibrios del siglo XXI y no los de 1945. India, África, América Latina, el mundo árabe y muchas otras realidades desean una reforma de la representación internacional, y esta no puede considerarse una simple disputa diplomática.

Como proponía la Reforma concebida por el padre Miguel D’Escoto Brockmann, nicaragüense y sandinista, durante el período en el que fue presidente de la Asamblea General (2008), solo una inversión de los roles entre la Asamblea y el Consejo podría proporcionar criterios de democracia y funcionalidad al futuro de la ONU. Es una cuestión democrática y, al mismo tiempo, de realismo político.

Por eso, el tema de la Reforma de las Naciones Unidas, y en particular el de la relación entre la Asamblea General y el Consejo de Seguridad, debe ser incluido en la agenda lo antes posible. Si no por una cuestión de justicia y de lectura objetiva de las transformaciones planetarias producidas después de Yalta, al menos por la evidencia palpable del estancamiento en el que se encuentra la organización y que la hace, ante la prueba de los conflictos, completamente ineficaz.

La 81.ª sesión de los trabajos presenta también una evidencia simbólica de su ineficacia: la prohibición de participación en los trabajos impuesta por Estados Unidos a Mahmoud Abbas, presidente palestino. El episodio es mucho más que un incidente diplomático. Por tanto, según Estados Unidos, se puede hablar de Palestina, pero solo en ausencia de los palestinos.

La Asamblea General reaccionó autorizando a Abbas y a otros representantes palestinos de alto nivel a participar a distancia. La decisión fue aprobada con 152 votos a favor, 3 en contra y 4 abstenciones.

Por tanto, por un lado, la ONU afirma que los representantes del Estado de Palestina deben poder participar en sus trabajos. Por otro, la sede de la Organización se encuentra en el territorio de un Estado que puede impedirles llegar hasta ella. Pero si el acceso a la sede de la organización universal depende de la voluntad del país que la alberga, ¿qué autonomía le queda a la ONU?

Estados Unidos es el país anfitrión de la ONU, pero no es el «propietario» de la ONU ni tiene el poder de decidir quién puede participar en sus trabajos. Asumió, mediante el Acuerdo de Sede de 1947 (Headquarters Agreement), obligaciones internacionales específicas precisamente para evitar que la jurisdicción territorial impidiera a la ONU funcionar. El artículo XI se refiere al acceso al distrito de las Naciones Unidas: la obligación asumida por Estados Unidos es no imponer impedimentos al tránsito hacia o desde la sede a las personas invitadas por la ONU para actividades oficiales.

Precisamente mientras el imperio unipolar de orientación anglosajona se encamina hacia la fase definitiva de su crisis política, ética, económica y militar, el papel de las Naciones Unidas debería reconsiderarse como una urgencia histórica.

Ochenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, ante una tercera que corre el riesgo de pasar de escenarios regionales a escenarios globales, la pregunta decisiva que la ONU debería plantearse es: ¿qué arquitectura política puede hacer posible una paz basada en los derechos, la seguridad y la autodeterminación?

Ucrania

Con respecto a Ucrania, la ONU se encuentra ante la contradicción entre ambiciones occidentales y realidad. La guerra solo puede terminar mediante una combinación de alto el fuego, negociación, garantías de seguridad y acuerdos políticos, y la búsqueda de una paz posible no puede dejar de contemplar algunas condiciones básicas.

Occidente, que preparó, financió y llevó adelante esta guerra por medio de los ucranianos, debe comprender que la expansión hacia el Este de la OTAN ha terminado; que no puede pensar en declarar a Rusia como enemigo al que infligir una derrota estratégica y después intentar rodearla sin que Moscú reaccione; y que el tema de una arquitectura de seguridad euroasiática debe abordarse también y, sobre todo, teniendo en cuenta la seguridad que Rusia reclama.

Irán

Aún más delicada será la cuestión iraní. La derrota militar de la coalición entre Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí está determinando un escenario inédito y, al mismo tiempo, una gravísima crisis energética debido a la guerra, que mantiene cerrados los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb.

No existe ninguna posibilidad de acuerdo sin la salida de Estados Unidos de la zona que se extiende desde el mar Rojo hasta el golfo Pérsico. Deben promoverse y apoyarse, en cambio, el acercamiento entre Riad y Teherán iniciado con la mediación china que permitió la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países, hoy los dos dentro del área de los BRICS.

El diálogo entre Irán, Arabia Saudí, Omán y los Emiratos Árabes Unidos es necesario para devolver el golfo Pérsico a la soberanía de los países que lo habitan.

No solo guerras

El programa oficial de la Asamblea contiene cuestiones que están lejos de ser secundarias: el derecho al desarrollo, la crisis climática y la transición posible, el aumento del nivel del mar, la prevención de las pandemias, la lucha contra el racismo y el desarme nuclear, la atención a la IA, seguridad alimentaria, sanitaria, energética, climática y laboral.

Pero ¿qué significa hablar de transición ecológica y de desarrollo si los países con economías emergentes son boicoteados por una red de sanciones y amenazas militares del Norte y aquellos de ellos más endeudados que se ven obligados a destinar enormes recursos al servicio de la deuda en lugar de destinarlos a la sanidad y la educación? ¿Qué significa prepararse para la próxima pandemia si el acceso a los medicamentos y a las tecnologías sigue siendo profundamente desigual?

Uno de los elementos más importantes de la actual crisis de la ONU es la creciente distancia entre la arquitectura institucional del mundo y la realidad del propio mundo. ¿Quién decide sobre las guerras? ¿Quién decide sobre las sanciones? ¿Quién decide sobre el uso de la fuerza? ¿Quién puede bloquear una decisión respaldada por la mayoría? Si la ONU debe sobrevivir, tarde o temprano tendrá que afrontar estas preguntas.

No es un tema que pueda posponerse indefinidamente. La tentación podría ser mirar a la ONU únicamente a través de sus contradicciones: las guerras que no consigue detener, los vetos del Consejo de Seguridad, las declaraciones que a menudo no producen consecuencias. Pero sería un error concluir que, porque la ONU es imperfecta, es inútil. Es exactamente lo contrario. Cuanto más multipolar se vuelve el mundo, más necesita instituciones comunes.

Necesita reformas profundas: una mayor representatividad del Consejo de Seguridad, el fortalecimiento de la Asamblea General, el respeto efectivo del derecho internacional, una financiación adecuada y una participación más fuerte de los países del Sur Global.

Nacida en un mundo de unos 4.000 millones de personas, hoy, cuando nos acercamos a los 8.000 millones, debe ser actualizada y revalorizada, ya que es, por definición, el organismo que representa a toda la comunidad internacional.

Pero debe ser devuelta a una democratización efectiva que, teniendo en cuenta el peso demográfico, económico y territorial de sus miembros en los procesos de toma de decisiones, represente la expresión política del Sur Global y de todo ese mundo que emerge a pesar de que las botas imperiales intenten aplastar sus legítimas aspiraciones. Esta es la verdadera partida que se juega en Nueva York.

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Colombia: la larga guerra por la tierra, la riqueza y el poder

Por Javier Huerta

Una historia de violencia, exclusión y excepcionalidad para comprender la Colombia de hoy

Del asesinato de Gaitán al regreso de la mano dura: tierra, oligarquía, capitalismo, militarización y dependencia de Estados Unidos

Colombia vuelve a encontrarse ante una de esas encrucijadas históricas en las que la palabra democracia corre el riesgo de quedarse demasiado pequeña para explicar la realidad. El país mantiene elecciones, Congreso, partidos, tribunales y una Constitución que reconoce derechos fundamentales, pero detrás de esa arquitectura institucional permanece una historia marcada por la concentración de la tierra, la desigualdad económica, la violencia política, el desplazamiento campesino, el paramilitarismo, el narcotráfico, la intervención estadounidense y la persecución de quienes han intentado construir una alternativa política y social al poder tradicional. La llegada a la Presidencia de Abelardo de la Espriella el 7 de agosto de 2026 abre ahora una nueva etapa caracterizada por el fortalecimiento de las políticas de seguridad, la suspensión de buena parte de las negociaciones con organizaciones armadas y un acercamiento especialmente estrecho a Estados Unidos. El propio Gobierno presenta este giro como una recuperación de la autoridad del Estado y de la seguridad nacional; desde otros sectores se advierte del riesgo de regresar a una lógica en la que el conflicto social y territorial se aborda fundamentalmente desde la militarización. La cuestión de fondo, sin embargo, es mucho más profunda: ¿qué democracia puede consolidarse cuando las estructuras económicas y territoriales que alimentaron durante décadas la violencia continúan sin resolverse?

Para entender la Colombia de 2026 hay que regresar necesariamente al 9 de abril de 1948, cuando el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán desencadenó el Bogotazo y abrió una de las etapas más traumáticas de la historia contemporánea del país. Gaitán había construido un discurso de movilización popular que cuestionaba los privilegios de las élites tradicionales y hablaba directamente a unas mayorías campesinas y trabajadoras excluidas del poder. Su asesinato no creó por sí solo la violencia colombiana, pero se convirtió en el símbolo de la ruptura de una posibilidad política y en el comienzo de una etapa de enfrentamientos que acabaría con decenas de miles de muertos. La llamada La Violencia mostró hasta qué punto la disputa política estaba entrelazada con la propiedad de la tierra y el control territorial. El posterior Frente Nacional, establecido entre liberales y conservadores entre 1958 y 1974, consiguió cerrar parcialmente la confrontación entre las dos grandes fuerzas tradicionales, pero lo hizo mediante un sistema de alternancia pactada que dejó fuera a buena parte de las fuerzas políticas y sociales que no encajaban en aquel acuerdo. En ese terreno de exclusión nacieron y crecieron las guerrillas de las décadas siguientes, entre ellas las FARC y el ELN, mientras el Estado desarrollaba una doctrina de seguridad profundamente influida por la lógica de la Guerra Fría.

Pero reducir la historia colombiana a un enfrentamiento entre guerrillas y Estado sería ocultar una parte fundamental del problema. La cuestión agraria ha sido uno de los grandes motores estructurales del conflicto. El Centro Nacional de Memoria Histórica ha documentado cómo la disputa por la tierra, el desplazamiento forzado, el despojo, la actuación de actores armados y las economías ilegales se encuentran profundamente relacionados con la configuración territorial del país. Y los datos del último gran censo agropecuario analizado por Oxfam permiten observar la dimensión de esa desigualdad: el 1 % de las explotaciones agrícolas concentra el 81 % de la tierra, mientras el 99 % restante se reparte apenas el 19 %. Las explotaciones de menos de diez hectáreas representan el 81 % del total, pero ocupan solamente el 5 % de la superficie. No se trata, por tanto, de una desigualdad abstracta. Se trata de quién posee el suelo, quién controla los territorios, quién decide qué se produce, quién puede acceder al crédito, quién tiene capacidad para invertir y quién puede permanecer en el campo. En una sociedad donde millones de campesinos han sufrido desplazamientos y donde la propiedad rural continúa extraordinariamente concentrada, la tierra sigue siendo una cuestión económica, política y de poder de clase.

Es en este escenario donde debe analizarse el fenómeno paramilitar. Las estructuras paramilitares no fueron simplemente otro actor armado más dentro de una guerra interminable. El Centro Nacional de Memoria Histórica ha documentado su capacidad para convertirse en reguladores de la vida social y económica de numerosos territorios y ha señalado la necesidad de investigar sus vínculos con sectores estatales, políticos y económicos legales, así como el papel del narcotráfico y el despojo de tierras. En diferentes regiones, la violencia sirvió para expulsar comunidades, destruir organizaciones campesinas, sindicales e indígenas, imponer controles territoriales y modificar las relaciones de propiedad. La historia colombiana demuestra así que la violencia no siempre fue una anomalía al margen de la economía: en determinados territorios se convirtió también en un mecanismo para reorganizar el poder económico y social.

La tragedia de la Unión Patriótica constituye otro capítulo imprescindible. Surgida en el contexto de los intentos de negociación entre el Estado y las FARC durante los años ochenta, la UP trató de convertir la participación política en una alternativa a la confrontación armada. El resultado fue uno de los episodios más graves de persecución política de la historia reciente colombiana: miles de militantes, dirigentes, candidatos y simpatizantes fueron asesinados, desaparecidos o expulsados de sus territorios. La experiencia dejó una herida que todavía condiciona la relación de amplios sectores de la izquierda colombiana con las instituciones. Porque para entender el concepto de “democracia en estado de sitio” no basta con preguntarse si existen elecciones. Hay que preguntarse también qué ocurre cuando una parte de la sociedad intenta organizarse políticamente para disputar el poder económico y territorial establecido.

Durante las décadas siguientes, el narcotráfico, la expansión paramilitar y la insurgencia contribuyeron a profundizar una guerra que dejó millones de víctimas. Y en ese escenario apareció con enorme fuerza otro protagonista: Estados Unidos. Plan Colombia, presentado como una estrategia contra el narcotráfico y posteriormente vinculado también a la lucha contrainsurgente y al fortalecimiento institucional, convirtió a Colombia en uno de los principales receptores de asistencia estadounidense en América Latina. Según el Congressional Research Service, entre los años fiscales 2000 y 2016 la financiación estadounidense vinculada a Plan Colombia y sus estrategias posteriores superó los 10.000 millones de dólares a través de programas del Departamento de Estado y del Departamento de Defensa. Para Washington, Colombia se convirtió en un socio estratégico en materia de seguridad regional. Para numerosos sectores críticos, aquella relación consolidó una concepción militarizada de los problemas sociales y políticos colombianos. En cualquier caso, los datos permiten afirmar que la relación militar y estratégica entre ambos Estados no es una circunstancia coyuntural de 2026: tiene más de dos décadas de continuidad.

La Constitución de 1991 abrió una nueva etapa y reconoció derechos, mecanismos de participación y una concepción más amplia del Estado social de derecho. Sin embargo, la nueva arquitectura constitucional convivió con la persistencia de la violencia, la desigualdad territorial y la expansión de las economías ilegales. El Acuerdo de Paz firmado en 2016 entre el Estado y las FARC volvió a colocar la cuestión agraria en el centro del debate mediante la Reforma Rural Integral y abrió una oportunidad histórica para atacar algunas de las causas estructurales del conflicto. Pero la implementación fue lenta, desigual y objeto de fuertes disputas políticas. Mientras tanto, numerosos firmantes de la paz y dirigentes sociales continuaron siendo asesinados.

La llegada de Gustavo Petro a la Presidencia en 2022, primer presidente procedente de la izquierda en la historia contemporánea del país, modificó el escenario político. Su proyecto de “paz total”, las reformas sociales y la apuesta por avanzar en la distribución y formalización de tierras representaron una ruptura respecto a décadas de predominio de los sectores tradicionales. Esa ruptura, sin embargo, no significó la desaparición de las estructuras económicas que habían condicionado históricamente al Estado colombiano. El Gobierno Petro tuvo que desenvolverse dentro de un aparato estatal complejo, enfrentó oposición política, conflictos institucionales y problemas de gestión y tampoco logró resolver las múltiples violencias territoriales. No hubo una transformación revolucionaria de las relaciones de propiedad, sino un intento de reforma desde las instituciones existentes. Precisamente por eso resulta importante no confundir la experiencia del primer Gobierno de izquierda con la desaparición del poder económico de las élites tradicionales.

Uno de los terrenos donde esa disputa puede observarse con mayor claridad es precisamente la tierra. En los últimos días del Gobierno Petro, la Agencia Nacional de Tierras informó de la entrega o formalización de más de 61.000 hectáreas en 25 departamentos, destinadas a campesinos, comunidades indígenas, afrodescendientes y organizaciones pesqueras. Más allá de la valoración política que pueda hacerse de aquella política, el dato demuestra que la cuestión agraria seguía siendo una de las grandes batallas pendientes cuando terminó el mandato. El nuevo Gobierno recibe, por tanto, un país donde la propiedad de la tierra continúa extraordinariamente concentrada y donde cualquier reforma territorial afecta directamente a intereses económicos consolidados.

Sobre ese escenario llegó al poder Abelardo de la Espriella, con un discurso centrado en seguridad, autoridad, lucha contra el narcotráfico, control territorial y fortalecimiento de las fuerzas de seguridad. Durante sus primeras semanas de Gobierno, la seguridad pasó a ocupar un lugar central en la comunicación oficial, mientras se fueron abandonando las mesas de negociación abiertas durante la etapa anterior. El cambio no es solamente discursivo. El 19 de septiembre, El País describía la nueva etapa como un abandono de la política de “paz total” en favor de una estrategia de mayor confrontación militar, respaldada por el nuevo marco de seguridad impulsado junto a Estados Unidos. Según esa información, se han cerrado mesas con grupos como disidencias de las FARC, Clan del Golfo y Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, mientras el Gobierno plantea una ley de “acogimiento” basada en el sometimiento a la justicia y no en una negociación política.

La violencia contra quienes ejercen liderazgo social tampoco desapareció con el cambio presidencial. El registro de INDEPAZ contabilizaba, con corte al 11 de septiembre de 2026, 108 líderes, lideresas y defensores de derechos humanos asesinados durante el año, 89 masacres y 11 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Desde enero de 2016 hasta esa misma fecha, el acumulado registrado por el organismo ascendía a 1.998 líderes y defensores asesinados, 783 masacres y 524 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Estos números no permiten atribuir automáticamente al Gobierno iniciado en agosto todos los asesinatos ocurridos durante 2026, pero sí muestran la dimensión de una violencia estructural que el nuevo Ejecutivo ha heredado y que ahora pretende abordar prioritariamente desde una política de seguridad más dura.

El giro adquiere todavía mayor dimensión cuando se observa la relación con Washington. El 8 de septiembre de 2026, después de reunirse con el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, De la Espriella declaró que Colombia quería consolidarse nuevamente como “principal socio de seguridad hemisférica” de Estados Unidos. En ese encuentro propuso desarrollar el denominado “Plan Patriota Siglo XXI”, que incluye la modernización de aviones, radares, drones, helicópteros, sistemas antidrones, defensa aérea, movilidad, inteligencia, ciberdefensa y fuerzas especiales. El 13 de septiembre, la propia Presidencia presentó los acuerdos alcanzados con Estados Unidos bajo la denominación de “Acuerdos de Barranquilla”, articulados alrededor de tres objetivos: “reconstruir la patria, recuperar la economía y blindar el hemisferio”. La Presidencia ha definido esta nueva relación como una asociación estratégica y ha reivindicado explícitamente la alianza histórica entre ambos países.

Desde una lectura antiimperialista, la importancia de estos acontecimientos no reside únicamente en quién ocupa actualmente la Casa de Nariño. Lo fundamental es observar la continuidad histórica: Plan Colombia ayer, nuevas estructuras de cooperación militar hoy; dependencia estratégica de Washington ayer, “principal socio de seguridad” hoy. Cambian los nombres, las tecnologías y los escenarios geopolíticos, pero permanece la centralidad de Colombia dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense en América Latina. El debate, por tanto, no debería limitarse a determinar si un determinado avión, radar o sistema de inteligencia es eficaz contra una organización armada. También debe preguntarse qué modelo de Estado y de relaciones internacionales se está construyendo, qué recursos públicos se destinan a la seguridad frente a las necesidades sociales y hasta qué punto las prioridades estratégicas de Washington terminan condicionando las políticas nacionales.

Existe además un elemento que puede parecer secundario, pero que tiene una enorme importancia democrática: el control de la información y de los aparatos de inteligencia del Estado. El antiguo Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, arrastra una historia de interceptaciones ilegales, persecución y abusos que todavía forma parte de la memoria política colombiana. La cuestión de sus archivos vuelve ahora a cobrar actualidad precisamente cuando el nuevo Gobierno controla esos fondos documentales. Su apertura, conservación y tratamiento son fundamentales para conocer episodios todavía no esclarecidos y para garantizar que la memoria de las víctimas no quede subordinada a los intereses políticos de cada Gobierno. La democracia no consiste únicamente en celebrar elecciones; también significa permitir que una sociedad pueda conocer qué hicieron sus instituciones cuando actuaron clandestinamente contra ciudadanos, organizaciones sociales, periodistas o adversarios políticos.

Incluso las primeras decisiones institucionales del nuevo Ejecutivo muestran que la disputa por el control del Estado no se limita al terreno militar. La destitución del director del DANE, Ricardo Valencia, apenas tres semanas después de su nombramiento, abrió un debate sobre la autonomía técnica del organismo estadístico. El Gobierno argumentó que Valencia incumplió directrices presidenciales sobre comunicación pública, mientras que antiguos responsables del DANE cuestionaron las posibles consecuencias para la independencia y credibilidad de la institución. En un país donde las cifras de empleo, pobreza, desigualdad y crecimiento tienen una importancia decisiva para evaluar las políticas públicas, la autonomía de los organismos que producen información oficial constituye también una cuestión democrática.

Todo esto permite comprender mejor qué puede significar hablar de “democracia en estado de sitio” en Colombia. No significa afirmar que el país haya dejado de ser formalmente una democracia ni que exista una dictadura clásica. Significa señalar una contradicción histórica: instituciones democráticas que conviven con enormes desigualdades materiales; elecciones que se celebran mientras dirigentes sociales son asesinados; derechos constitucionales que coexisten con comunidades desplazadas; una economía moderna que convive con una concentración extraordinaria de la propiedad rural; y un Estado que proclama soberanía mientras mantiene una alianza militar y estratégica extraordinariamente estrecha con la principal potencia mundial.

La cuestión de fondo vuelve así al lugar donde comenzó buena parte de esta historia: la tierra y el poder. Mientras el 1 % de las explotaciones controle el 81 % de la tierra agrícola, mientras existan comunidades campesinas e indígenas disputando el control de sus territorios, mientras las economías ilegales compitan con el Estado por corredores estratégicos y mientras los grandes intereses económicos tengan una capacidad de influencia muy superior a la de millones de trabajadores y campesinos, la violencia colombiana no podrá explicarse únicamente como un problema policial o militar. El propio Centro Nacional de Memoria Histórica ha señalado la relación histórica entre tierra, conflicto, actores armados, narcotráfico, desplazamiento y despojo.

Por eso, la nueva etapa abierta con De la Espriella plantea una pregunta que va mucho más allá de las cifras diarias de capturas, incautaciones o operaciones militares. ¿Puede resolverse una crisis histórica de desigualdad y exclusión mediante una política basada fundamentalmente en la fuerza? La respuesta dependerá de qué otras políticas acompañen a esa estrategia: reforma rural, empleo digno, educación pública, sanidad, vivienda, presencia civil del Estado, protección efectiva de las comunidades y garantías para la participación política. Si la seguridad se convierte únicamente en militarización, el riesgo es volver a reproducir una vieja dinámica en la que las causas sociales del conflicto quedan ocultas detrás de la respuesta armada.

Colombia ha demostrado durante décadas que la violencia puede modificar gobiernos, territorios y relaciones de poder, pero también que la violencia por sí sola nunca ha resuelto las contradicciones que la alimentan. La historia de Gaitán, de La Violencia, del Frente Nacional, de las guerrillas, del paramilitarismo, de la Unión Patriótica, de Plan Colombia y del Acuerdo de Paz forma parte de una misma secuencia histórica en la que la disputa por la tierra, la riqueza y el poder político ha sido una constante. El nuevo Gobierno puede cambiar las prioridades del Estado, reforzar la alianza con Washington y apostar por una estrategia de mayor confrontación, pero ninguna de esas decisiones elimina las estructuras que dieron origen a buena parte del conflicto.

Y ahí se encuentra probablemente la verdadera batalla democrática de Colombia: no solamente quién gobierna desde Bogotá, sino quién tiene capacidad real para decidir sobre la tierra, la riqueza, los territorios y el futuro del país. Una democracia que pueda ser ejercida plenamente por campesinos, trabajadores, pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, estudiantes, organizaciones populares y movimientos sociales exige algo más que depositar una papeleta cada cuatro años. Exige que organizarse no sea una sentencia de muerte, que reclamar tierra no convierta a nadie en objetivo, que defender el territorio no sea considerado una amenaza y que la soberanía nacional no quede subordinada a las necesidades estratégicas de ninguna potencia.

La historia colombiana demuestra que cada vez que una parte de la sociedad ha intentado transformar esas relaciones de poder, la respuesta de los sectores dominantes ha sido intensa. También demuestra que las sociedades cambian cuando las mayorías dejan de aceptar que la desigualdad, la violencia y la exclusión sean consideradas parte inevitable del paisaje. La Colombia de 2026 vuelve a encontrarse ante esa contradicción: una democracia formalmente viva, pero atravesada por desigualdades y violencias que cuestionan su contenido real. Lo que está en juego no es solamente la política de seguridad de un nuevo presidente, sino el tipo de sociedad que Colombia quiere construir después de décadas de guerra, concentración de la riqueza, intervención extranjera y resistencia popular.

En ese sentido, la pregunta fundamental continúa siendo la misma que atraviesa toda la historia contemporánea colombiana: ¿democracia para quién, seguridad para quién y propiedad de quién?




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