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miércoles, 23 de diciembre de 2020

Nicaragua recupera el control de la electricidad: cuando la energía deja de ser un negocio para convertirse en un derecho


Por Javier Huerta

Mientras buena parte de los grandes medios internacionales continúan proyectando una imagen de Nicaragua marcada casi exclusivamente por la confrontación política y reproducen, en gran medida, el relato de los sectores opositores al Gobierno Sandinista, otras noticias de enorme relevancia social apenas encuentran espacio en la agenda informativa internacional. El foco permanece instalado en la crítica permanente al proceso político nicaragüense, mientras decisiones que afectan de forma directa a la vida de millones de personas pasan prácticamente desapercibidas.

Una de ellas acaba de producirse con la aprobación de la Ley de Aseguramiento Soberano y Garantía del Suministro de Energía Eléctrica, mediante la cual el Estado recupera el control de las distribuidoras Disnorte y Dissur. Lejos de tratarse de una simple operación administrativa o empresarial, esta medida representa un nuevo paso en la estrategia del Gobierno Sandinista para recuperar el control de sectores estratégicos y consolidar un modelo de desarrollo basado en el fortalecimiento de los servicios públicos y la ampliación de derechos sociales.

No se trata simplemente de una nacionalización más. Tampoco es una decisión improvisada. Es el desenlace de un proceso que comenzó hace más de una década y que responde a una pregunta fundamental: ¿debe un servicio tan esencial como la electricidad depender de la lógica del beneficio privado o del interés general?

Para comprender esta decisión hay que regresar a los años noventa. Como ocurrió en buena parte de América Latina, Nicaragua abrazó las políticas neoliberales impulsadas por los organismos financieros internacionales. Bajo la promesa de que el mercado gestionaría mejor los servicios públicos, se privatizaron sectores estratégicos con el argumento de atraer inversiones, mejorar la eficiencia y reducir el gasto del Estado.

La realidad terminó siendo bastante distinta.

La distribución eléctrica pasó a manos privadas, pero las inversiones necesarias nunca llegaron en la magnitud esperada. Durante años el país sufrió una infraestructura insuficiente, pérdidas elevadas en la red y frecuentes interrupciones del suministro. A ello se sumó una fuerte dependencia del petróleo para producir electricidad, lo que convirtió a Nicaragua en un país extremadamente vulnerable a las fluctuaciones del precio internacional del crudo.

La crisis energética de mediados de la década de los 2000 dejó imágenes difíciles de olvidar. Apagones diarios de varias horas paralizaban la actividad económica, afectaban a hospitales, comercios, escuelas y hogares. Para miles de familias, disponer de electricidad durante todo el día era un lujo más que un derecho.

Cuando el Frente Sandinista regresó al Gobierno en 2007 se encontró un país con enormes carencias estructurales. Más allá del debate político que siempre acompaña a Nicaragua, existe un hecho difícilmente discutible: el Ejecutivo convirtió las infraestructuras públicas en una de las prioridades de su proyecto de desarrollo.

En estos años el Estado ha impulsado la construcción y modernización de carreteras, puentes, hospitales, centros de salud, escuelas, sistemas de abastecimiento de agua potable, redes de saneamiento y programas de vivienda. Paralelamente se ha llevado a cabo una de las mayores transformaciones del sistema eléctrico de la historia del país.

La electrificación ha sido probablemente uno de los ejemplos más visibles de esa estrategia. Miles de comunidades rurales que durante décadas permanecieron olvidadas comenzaron a conectarse a la red eléctrica. Para muchas familias aquello no significó únicamente tener luz en casa. Significó conservar alimentos en un refrigerador, que los niños pudieran estudiar por la noche, disponer de agua bombeada eléctricamente, mejorar la atención sanitaria o facilitar la instalación de pequeños negocios capaces de generar ingresos.

Detrás de un cable eléctrico no solo hay energía. Hay oportunidades de desarrollo.

Junto a la ampliación de la red, el Gobierno también impulsó una profunda transformación de la matriz energética. Nicaragua, tradicionalmente dependiente del petróleo, comenzó a apostar por la energía eólica, la geotérmica, la hidroeléctrica y la biomasa, reduciendo progresivamente la dependencia de los combustibles fósiles y fortaleciendo su seguridad energética.

Todo este proceso explica por qué la nacionalización de las distribuidoras eléctricas no puede entenderse como un hecho aislado. Es la pieza que faltaba para completar un modelo en el que el Estado pretende coordinar generación, transmisión y distribución bajo una misma planificación pública.

Quienes defienden el modelo privatizador suelen presentar cualquier nacionalización como un ataque a la economía de mercado. Sin embargo, pocas veces se plantea la cuestión de fondo: ¿qué ocurre cuando un servicio imprescindible para la vida cotidiana queda subordinado exclusivamente a la rentabilidad económica?

Una empresa privada tiene la obligación de responder ante sus accionistas. Un Estado, al menos en teoría, debe responder ante su ciudadanía.

La diferencia no es menor. Llevar electricidad a una comunidad rural aislada puede no ser un gran negocio para una empresa privada. Para un Gobierno que concibe la electricidad como un derecho y como una herramienta de desarrollo, esa misma inversión puede resultar estratégica aunque no genere grandes beneficios económicos.

Ese parece ser precisamente el razonamiento que hay detrás de la decisión adoptada por Nicaragua. El objetivo declarado no es aumentar los beneficios empresariales, sino garantizar el suministro, planificar mejor las inversiones y asegurar que la expansión del servicio responda a las necesidades del país.

Naturalmente, ninguna nacionalización constituye por sí sola una garantía de éxito. La gestión pública también debe ser eficiente, transparente y capaz de mantener un elevado nivel de inversión. Pero tampoco puede ignorarse que el modelo anterior dejó importantes déficits y que buena parte de las mejoras experimentadas durante los últimos años se han producido precisamente con una mayor implicación del Estado en la planificación del sistema eléctrico.

La recuperación de las distribuidoras también encaja dentro de una visión más amplia del desarrollo impulsada por el sandinismo. Frente a una concepción donde el Estado se limita a regular y el mercado decide dónde invertir, el Gobierno defiende un modelo en el que las infraestructuras públicas actúan como motor del crecimiento económico y de la reducción de la pobreza.

La ampliación de la red eléctrica se ha complementado con programas de acceso al agua potable, mejora de carreteras, construcción de hospitales, fortalecimiento de la atención sanitaria, alfabetización, apoyo a pequeños productores, créditos para mujeres emprendedoras, viviendas sociales y otras políticas orientadas a reducir las desigualdades históricas del país.

Puede discutirse la gestión política del Gobierno sandinista en muchos ámbitos, pero resulta difícil negar que la apuesta por la inversión pública en infraestructuras ha transformado buena parte del territorio nicaragüense. En un país que hace apenas dos décadas sufría apagones constantes y donde amplias zonas rurales permanecían desconectadas de los servicios básicos, la electrificación ha pasado a convertirse en uno de los pilares del desarrollo nacional.

Por eso esta nacionalización va mucho más allá del cambio de propietario de dos empresas. Representa una determinada manera de entender el papel del Estado y de los servicios públicos. Mientras unos consideran que la electricidad es una mercancía que debe gestionarse bajo criterios de mercado, otros sostienen que constituye un derecho imprescindible para garantizar unas condiciones de vida dignas y crear oportunidades de desarrollo.

La decisión tomada por Nicaragua refleja con claridad esa segunda visión. Una visión que entiende que la energía no puede ser únicamente un negocio, sino una herramienta para construir un país más cohesionado, reducir las desigualdades entre el campo y la ciudad y garantizar que el progreso llegue también a quienes durante demasiado tiempo quedaron al margen del desarrollo.

Porque cuando un niño puede estudiar gracias a la luz eléctrica, cuando una familia conserva sus alimentos, cuando un centro de salud puede atender a sus pacientes o cuando un pequeño agricultor pone en marcha un negocio gracias a que la electricidad ha llegado por fin a su comunidad, la energía deja de ser un simple suministro. Se convierte en una condición indispensable para ejercer otros muchos derechos.

Y es precisamente ahí donde reside el verdadero significado político y social de esta nacionalización.



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jueves, 8 de octubre de 2020

DOCUMENTAL : "ONU, la sombra de la impunidad"



Hace décadas que la ética y la transparencia de la ONU están puestas en tela de juicio. Algunas personas han denunciado que han sido testigos de graves delitos cometidos en nombre de la institución, encargada de mantener la paz mundial.

Un equipo de periodistas franceses ha entrado en la ONU y ha establecido contacto con personas que trabajan o lo han hecho en algún momento para la institución a fin de recoger el excepcional material que se muestra en el documental “ONU, la sombra de la impunidad”.

Corrupción, explotación, sexual, tráfico ilegal y despilfarro. Delitos cometidos a costa del abultado presupuesto financiado por todos los países del mundo y encubiertos, gracias al código de silencio e impunidad que impera en la ONU.

“ONU, la sombra de la impunidad” hace una reflexión sobre por qué el organismo mundial encargado de hacer cumplir la ley no investiga los delitos cometidos en su seno.




miércoles, 10 de junio de 2020

La Revolución Sandinista en manos de una nueva generación de jovenes Sandinistas


Por Javier Huerta

Más de cuatro décadas después del triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, el sandinismo sigue siendo un referente político y social en Nicaragua. Sin embargo, el movimiento que nació de la lucha armada contra la dictadura somocista ha atravesado transformaciones profundas. Hoy, tanto sus significados como sus protagonistas se encuentran en un proceso de relevo generacional que redefine la identidad sandinista frente a los desafíos del siglo XXI.

Un legado histórico que sigue vivo

La Revolución Sandinista marcó un antes y un después en la historia del país. Su legado incluye por ejemplo la alfabetización masiva, reformas sociales, la ampliación de derechos para sectores históricamente marginados y la construcción de una identidad nacional basada en la soberanía y la justicia social.
Ese conjunto de valores —solidaridad, independencia, dignidad— permanece como un pilar en la memoria colectiva.

Pero con el paso del tiempo, el contexto cambió y, con él, la forma en que el sandinismo se interpreta y se practica.

Las nuevas generaciones de sandinistas viven en un entorno completamente distinto al que vivieron las generaciones de los 60, 70 o 80... lucha contra la dictadura, la contra, etc... 
Esta juventud no se identifica únicamente con el pasado heroico, sino con la necesidad de adaptar el proyecto revolucionario a los retos actuales: la desigualdad, la transformación tecnológica, el cambio climático, la migración y la búsqueda de nuevas oportunidades de participación.

Para ellos, sandinismo es sinónimo de continuidad, pero también de renovación.

Cambios en la visión y las formas de participación

La nueva generación tiende a expresar el sandinismo mediante:

  • Enfoque en el desarrollo social y económico sostenido

  • Uso de tecnologías y redes sociales como espacios de organización, comunicación y activismo de confrontación ideológica.

  • Redefinición del liderazgo, con mayor énfasis en la participación comunitaria, la formación educativa y la participación en todos los proyectos sociales del gobierno que están creando  impacto local en su desarrollo y mejora de vida de la población.

  • Mayor sensibilidad frente a problemáticas globales y ambientales, integrando conceptos como sostenibilidad y resiliencia dentro del discurso sandinista.

Este enfoque refleja un sandinismo más adaptado a la realidad contemporánea, sin dejar de lado la esencia histórica del movimiento.

Aunque han cambiado las formas, los ideales fundamentales siguen siendo un punto de unión entre generaciones. La defensa de la soberanía nacional, el derecho del pueblo a decidir su destino, y la preocupación por el bienestar social continúan siendo ejes centrales.
La nueva generación no renuncia al legado histórico, sino que lo reconstruye desde su presente.

La Revolución Sandinista ya no pertenece únicamente a quienes la impulsaron hace más de 60 años; ahora es también —y en muchos casos, sobre todo— un proyecto en manos de jóvenes que buscan mantener vivos sus valores mientras los adaptan a los desafíos actuales.
Este relevo generacional no borra el pasado, sino que abre la puerta a una reinterpretación del sandinismo, permitiendo que el movimiento siga siendo relevante, dinámico y capaz de responder a las demandas de una Nicaragua que evoluciona constantemente.



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lunes, 9 de marzo de 2020

DOCUMENTAL: Subversión en Nicaragua


El documental "Subversión Nicaragua" es un filme oficialista que aborda la historia reciente de la Revolución Popular Sandinista.
Temas centrales del documental:
  • Etapas de la Revolución: Plasma la lucha guerrillera y las distintas fases históricas del movimiento sandinista.
  • Intento de desestabilización del país en el 2018: el documental nos muestra como las protestas y actos violentos de Abril del 2018 y las acciones posteriores fueron como un "intento de golpe de Estado suave" fallido.
  • Pueblo se organiza en la búsqueda de la Paz: Resalta la resiliencia y "valentía" del pueblo nicaragüense al enfrentar el conflicto y consolidar sus victorias políticas. 
Fue presentado a nivel nacional en julio de durante el marco de la celebración del 45/19 (aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista)
 
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