Por Magencio
¿Y si el siguiente en la lista de blancos de Trump en el Caribe no fuese Cuba sino Nicaragua? A estas alturas deberíamos estar alertados de que de Donald Trump se puede esperar cualquier cosa.
La realidad de Nicaragua y Centroamérica es bastante poco conocida fuera de la región y eso hace que a menudo pase desapercibida su importancia geopolítica en la toma de decisiones del imperio.
Un nodo estratégico y tres poderosas razones
Centroamérica es una región con escasos recursos naturales pero de gran peso en cuando a su ubicación geográfica, al ser el paso terrestre más corto entre los océanos Atlántico y Pacífico y entre el sur y el norte del Hemisferio Occidental. Desde hace decenas de miles de años, la región ha sido el nodo por el que han circulado los seres humanos transportando saberes, ideas y riquezas entre diferentes partes del mundo. El colonialismo europeo primero, y el imperialismo estadounidense después, no hicieron sino poner aún más de manifiesto esta realidad.
Nicaragua cobró actualidad para Estados Unidos con el proceso mismo de construcción de la "Nación Americana", el cercenamiento territorial de México y la conquista de la costa oeste de los Estados Unidos. Ya a mediados del siglo XIX, Nicaragua se había convertido en el punto de paso de las mercancías y pasajeros que iban desde Nueva York hasta California. Entonces los pasajeros debían abordar varios barcos y hacer un trayecto por tierra para cubrir el recorrido. Tan importante fue Centroamérica para Estados Unidos que motivó la expedición del filibustero William Walker que buscaba "sanear" la región imponiendo la esclavitud.
Eventualmente, los Estados Unidos encontraron menos atractivo el proyecto del canal a través de Nicaragua y se decantaron por Panamá, país al que desmembraron de Colombia en 1903 y por el que construyeron la obra. A Nicaragua, en cambio, la intervinieron varias veces para asegurarse de que jamás se realizaría un proyecto de ese tipo independiente de Estados Unidos. La idea del Canal fue enarbolada por el General Sandino (que derrotó militarmente a los marines pero no pudo impedir el establecimiento de un protectorado yanqui en el país) y sigue viva hoy en día cuando el gobierno sandinista, sin prisa pero sin olvidarlo, lo está ejecutando con capitales chinos.
Es evidente la importancia que Donald Trump le da al canal de Panamá, cuyo gobierno ha presionado de mil maneras para que restrinja el acceso a China. Demás está decir que un canal chino por Nicaragua no es para nada del agrado de la Casa Blanca. Lo que tal vez sea menos conocido fuera de la región es que tampoco las administraciones demócratas habían visto con buenos ojos el proyecto sandinista del canal con China. En realidad, la política de Trump es una continuación bajo formas más agresivas de la política del Comando Sur trazada bajo las presidencias de Biden, Obama y Bush.
Hay tres grandes razones por las que ningún gobierno estadounidense bajo el actual paradigma geopolítico de la Doctrina Monroe va a aceptar a un gobierno como el sandinista en Managua: La primera razón, como lo dijimos, es el canal; la segunda es que Nicaragua es el país de mayor extensión de Centroamérica y el único que puede cortar el tráfico entre el Caribe y el Pacífico por el norte y por el sur, amenazando con convertirse en una pequeña potencia subregional; la tercera es que se basa en un proyecto y un ideario, el sandinista, que representa a las "clases peligrosas" del istmo, tanto en su vertiente de obrero-campesina como en su dimensión indígena. Un gobierno verdaderamente nacionalista en Nicaragua ya es anatema para Trump; uno que además busque la democracia económica (¡y racial!) lo es muchísimo más. "Comunismo" en su más pura expresión.
El pueblo no respeta a Occidente
En 2018 tuvo lugar un acontecimiento que marcó la historia reciente del país. Una violenta "revolución de colores", planificada durante años por la entonces embajadora Laura Dogu, quien hasta hace poco fue la encargada de negocios de Trump en Venezuela, y antes de eso había sido embajadora en Honduras, fue derrotada.
Durante varias semanas, bandas de delincuentes financiadas por la Embajada Estadounidense y varias embajadas europeas, mantuvieron a la población de rehén con el pretexto de un levantamiento contra los sandinistas. Finalmente, cuando las bandas fueron desalojadas de las calles por excombatientes sandinistas, la población en general recibió aliviada la noticia. Los hechos fueron narrados por la prensa occidental como el aplastamiento de una "rebelión popular" por el "régimen", pero la población nicaragüense en general, independientemente de sus simpatías políticas, sacó conclusiones muy diferentes:
A partir de 2018, una gran mayoría del pueblo perdió todo respeto por la clase política apoyada por Estados Unidos y las embajadas europeas, ya que demostraron en la práctica que su único objetivo es el de defender sus privilegios a costa de la seguridad y la vida misma de la población. Al final los cabecillas del "golpe suave" de Laura Dogu fueron expulsados del país y desde entonces no han sido capaces de organizar nada dentro de Nicaragua. No es por la "represión del régimen", sino por falta de apoyo.
La estabilidad del sandinismo
Tras la fallida "revolución de colores", las relaciones de Nicaragua con los Estados Unidos y la Unión Europea se hicieron cada vez más ríspidas, lo que tuvo su contraparte en un acercamiento mucho más profundo del país hacia China y Rusia. El establecimiento oficial de relaciones con China permitió profundizar el proyecto del Canal Interoceánico y sobre todo establecer un marco de relaciones comerciales, políticas y de todo tipo con el gigante asiático. En lo político, la Nicaragua sandinista fortaleció su tradicional perfil antiimperialista con su apoyo aún más vocal, no solo a Venezuela, Cuba, el ALBA, China y Rusia, sino también a Irán y Palestina.
A pesar de las sanciones impulsadas por Washington y Bruselas, la economía nicaragüense no ha sido igualmente golpeada que las de Venezuela o Cuba por varias razones entre las que destaca la dificultad de bloquear una economía como la de Nicaragua. El país no es una isla como Cuba y no depende de un solo producto, como Venezuela. Además, el istmo centroamericano, por obra del neoliberalismo, ha quedado fuertemente integrado en muchos aspectos, como el energético y como el del tránsito terrestre de mercancías, cuyo paso obligado es por Nicaragua.
Unos meses de desestabilización en Nicaragua mostraron en 2018 el costo astronómico que significó para toda la región el tener cientos de camiones de carga varados durante semanas en ese país. No hace falta hablar del efecto que un cierre de fronteras tendría sobre toda la política aduanera común que existe en Centroamérica. Al mismo tiempo, el sistema eléctrico interconectado hace que si hay un corte de energía en un país de la región eso inmediatamente sea sentido en el resto. Además, desde hace muchos años el gobierno sandinista había venido impulsando la diversificación del comercio internacional estableciendo relaciones con todo tipo de países dentro y fuera de la región con el fin de disminuir la dependencia del mercado estadounidense.
Todos estos factores han hecho que Nicaragua sea un país estable a los ojos de su propia población. El modelo imperante se basa en un contrato social en el que el Estado garantiza un nivel relativamente elevado de servicios básicos (salud, educación y deporte, transporte, infraestructura, seguridad ciudadana, infraestructura, etcétera) a la vez que ofrece amplias facilidades para la atracción de la inversión extranjera. Los salarios en Nicaragua son más bajos que en el resto de la región pero le permiten a la población adquirir más bienes de consumo básico que en la mayoría de ellos.
Tal vez el "mall" más pequeño de Guatemala sea mejor que el más grande de Nicaragua, pero los pobres de Nicaragua pueden consumir mucha más salud, educación, transporte, agua o luz que los pobres de Guatemala o cualquier otro país de Centroamérica. Por otra parte, los salarios bajos de Nicaragua no ofrecen a los inversionistas un panorama de perennes conflictos en un país en el que literalmente "nada funciona" (como fue el caso de la propia Nicaragua antes del retorno de los sandinistas al poder en el año 2008). Ese y no la "represión del régimen" es el secreto detrás de la estabilidad del país antes y después del año 2018.
Pueblo "vacunado" contra la propaganda
Nicaragua no es un país socialista en un sentido estricto. El nivel de precarización de la fuerza de trabajo es altísimo y el panorama de motorizados repartiendo comidas rápidas en las calles, o de músicos cantando en los buses por unas monedas, no difiere de el del resto de las ciudades latinoamericanas. La sindicalización de la fuerza de trabajo, aunque es relativamente alta, es en general muy baja con un predominio de la economía popular (el denominado "sector informal") que a pesar de ello cuenta con buenos canales de relacionamiento con las instituciones del Estado.
Desde el punto de vista ideológico, la gran mayoría de la población cree en valores como la solidaridad desde una lectura cristiana amplia, muy centrada en la familia y opuesta a todo tipo de guerras. En general, lo que prevalece en las calles es una búsqueda de estabilidad independientemente de la opinión que se tenga a favor o en contra del gobierno sandinista. Lo cierto es que los discursos insurreccionales que transpiran medios como el diario La Prensa (que sigue saliendo en Managua) no atraen simpatías por más que su constante desinformación a menudo sí tenga algún efecto.
El pueblo nicaragüense está siendo bombardeado a diario por campañas demonizadoras contra el gobierno en las redes sociales, ya sea en su vertiente trumpista como en su vertiente socialdemócrata. Hay que decir que estas campañas (que han sido ininterrumpidas por casi dos décadas) son igual de agresivas como las que padecen Cuba o Venezuela, pero al mismo tiempo el pueblo nicaragüense sabe en qué situación vive el resto del mundo, especialmente sus familiares en Estados Unidos, Costa Rica o Europa.
Por otro lado, la labor comunicativa del gobierno, basada obsesivamente en mostrar una versión idílica de las cosas, tampoco se presenta como especialmente creíble para la mayoría de la población, que parece adoptar una postura pragmática de escuchar y solo creer en lo que ve (o le parece ver) con sus propios ojos. Es una especie de instinto social formado por cuatro grandes experiencias: La dictadura somocista y la insurrección contra la misma; la revolución de los años 80 y la guerra Contra; el período neoliberal de los años 90 y 2000 y por último, el segundo gobierno sandinista y la fallida revolución de colores de 2018. Estas experiencias han dejado huella en el subconsciente colectivo de una sociedad que ha cambiado profundamente en los últimos 16 años.
Todo lo que hemos planteado hasta el momento no significa en absoluto que Nicaragua esté libre de amenazas. Aunque es cierto que el modelo económico y político sandinista tiene fortalezas innegables, se debe tomar en cuenta que existe dentro de un entorno nada "amigable".
Propaganda de espectro completo
Antes de entrar a analizar algunos aspectos de la correlación regional de fuerzas en Centroamérica, permítasenos hacer una observación acerca de la injerencia imperialista en el istmo centroamericano: No es una injerencia meramente "trumpista". En primer lugar, se trata de una injerencia del Estado Profundo de los Estados Unidos en el sentido en que obedece a una estrategia cuyos rasgos centrales fueron definidos por el Comando Sur antes de la llegad de Trump a la Casa Blanca. En segundo lugar, es una injerencia de la OTAN en su conjunto y abarca todo el espectro político.
La red de injerencia ideológica más importante de Estados Unidos y la OTAN en la región hasta antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca fue el medio Confidencial del nicaragüense Carlos Fernando Chamorro, desde hace varios años basado en Costa Rica.
Con ayuda de fondos del Departamento de Estado, las fundaciones de Soros y los gobiernos de la Unión Europea, el grupo de Chamorro formó una red de medios "alternativos" que abarcaban toda Centroamérica. Derechos de los migrantes, minorías sexuales, derechos laborales, medio ambiente, no había tema para esas redes, que aún así fuese de la manera más retorcida, no estuviera exento del mensaje "los sandinistas en Nicaragua son unos verdaderos monstruos" al lado de otros mensajes de demonización de Venezuela, Cuba, Bolivia (cuando estaba Evo Morales), etcétera.
De esta manera, Confidencial logró reclutar para su labor a medios alternativos y progresistas de México y América del Sur. Con apoyo de instituciones como el Premio de Periodismo Ortega y Gasset del diario El País de España, y de otros premios como el de la Fundación Gabo, así como toda una serie de instituciones internacionales de "periodismo de investigación" fueron instalando el mensaje de la deslegitimación del sandinismo entre sectores que en realidad tenían mucho que perder con una derrota de los sandinistas en Nicaragua y con una derrota del proyecto del ALBA en general.
La otra gran red de injerencia ideológica en la región es la de la mafia de Miami representada por el Secretario de Estado Marco Rubio y que en el caso de Nicaragua durante muchas décadas ha financiado medios como La Prensa, así como tantos otros medios de derecha en Centroamérica. El "cierre" de la USAID a fines del año pasado por la Administración Trump no fue más que una operación cosmética en lo que respecta a América Latina y Centroamérica. Los flujos de dinero siguieron teniendo lugar a través de todas las estructuras de financiamiento formales e informales.
Gobiernos clientes de Trump
En la actualidad, Nicaragua está rodeada de gobiernos que por diferentes razones tratan de hacer todo lo posible para estar en buenos términos con Donald Trump. Desde Panamá, amenazado para que corte sus lazos con China en el Canal, pasando por Costa Rica, El Salvador, Honduras y Guatemala, todos los vecinos de Nicaragua son, cuando no admiradores, al menos muy sensibles a las presiones del presidente estadounidense. Dos casos destacan en este sentido: El Salvador y Honduras.
Mientras que el presidente de El Salvador Nayib Bukele se dice admirador de las políticas de Trump y ha colaborado en todo lo que este le ha demandado en la cuestión migratoria, el actual presidente de Honduras Nasry Asfura, fue directamente puesto por Trump en medio de una campaña de miedo en parte del electorado de perder las remesas de sus familiares en Estados Unidos. Inmediatamente tras la cuestionada elección de Asfura, Trump indultó al expresidente Juan Orlando Hernández, que se encontraba cumpliendo una pena en Nueva York por tráfico de drogas cuando prácticamente al mismo tiempo EEUU atacaba a Venezuela con el pretexto de la lucha contra las drogas.
La Ilustración Oscura y Centroamérica
El interés de Trump por Honduras y El Salvador tiene que ver con los poderosos sectores extremistas libertarianos de derecha vinculados a las criptodivisas que ejercen una influencia muy poderosa sobre su administración, desde el archimillonario Peter Thiel hasta los hijos del propio Trump, que con ayuda de su padre se han convertido en unos de los principales actores en el sector de la minería de bitcóines en Estados Unidos.
La ideología de estos sectores, denominada Ilustración Oscura, se basa en desmontar los Estados-Nación y reemplazarlos con ciudades de propiedad privada regidas por estatutos diseñados por sus dueños, es decir, someter al mundo a la dictadura directa de los capitales corporativos. Y Honduras ha sido uno de los puntales de este proyecto, en la forma del plan del narco Juan Orlando Hernández (JOH) indultado por Trump: Las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDEs).
Las ZEDEs que quería impulsar JOH convertirían todo el norte y parte del sur de Honduras en paraísos para los capitales corporativos, especialmente los dedicados a la especulación con criptodivisas. En 2022, bajo el gobierno de Xiomara Castro, se derogó la ley que las regulaba, y en septiembre de 2024, la Corte Suprema de Justicia las declaró inconstitucionales, anulando su marco legal, pero la lucha de los promotores de las mismas ha seguido, ahora demandando a Honduras ante el CIADI por "incumplimiento de contratos". Otro tanto se puede decir de la versión salvadoreña de las ZEDEs: La "ciudad Bitcóin" que Bukele ha pretendido construir en el vecino país.
Entonces, convertir al istmo centroamericano en una red de centros de minado de criptodivisas con ciudadanías restringidas sería la "oferta" del "trato" que Trump le estaría ofreciendo a los pueblos de la región.
Un entorno muy desfavorable
La correlación política de fuerzas es muy desfavorable para los pueblos centroamericanos en estos momentos, especialmente luego de la derrota electoral de LIBRE en Honduras a fines del año pasado. En país tras país los movimientos populares han perdido posiciones y el descontento en muchos casos ha sido capitalizado por grupos y políticos cercanos al trumpismo. El problema para esos movimientos y políticos no es destruir al gobierno sandinista, sino, en primer lugar, cómo lograrlo, y además hacerlo sin dispararse antes en el pie ya que, como vimos anteriormente, la región está irremisiblemente interconectada.
Un elemento a tomar en cuenta para quienes no conozcan Centroamérica es que nunca los pueblos de la región han sentido mucho entusiasmo por hacerle la guerra a sus vecinos. La guerra "proxy" de Reagan contra Nicaragua en los años 80 del siglo pasado se dio sobre todo desde una Honduras militarizada por un régimen dictatorial. Las fuerzas de la "Contra" basadas en Costa Rica eran mucho menores, y tampoco allí el entusiasmo popular a favor de la guerra fue mayúsculo. Ese entusiasmo hoy en día se puede decir que es inexistente. Tan pronto como una guerra contra Nicaragua hiciera sentir sus efectos en los demás países las poblaciones no lo aceptarían y se rebelarían.
Sin embargo, hay muchas maneras de desestabilizar e intentar derrocar gobiernos molestos para un imperio como los Estados Unidos, ya sea a través del terrorismo, del crimen organizado, de las "operaciones especiales", de la propaganda, de las presiones y/o de una combinación de todos los elementos antes mencionados, varios de los cuales ya se han puesto en práctica en un momento u otro.
Los pueblos de América deben estar alertas
En la coyuntura actual, la amenaza más grave que se cierne sobre nuestros pueblos se llama Cuba. No parecen maduras las condiciones en estos meses para un ataque de los Estados Unidos contra Nicaragua, pero este país centroamericano será el corolario del desenlace de la actual coyuntura, se dé o no un ataque estadounidense contra la isla socialista. La guerra contra el pueblo cubano es una guerra por el Caribe, que en última instancia significa destruir la alternativa política del pueblo nicaragüense y de todos los pueblos de Centroamérica.
En la actualidad asistimos a un amplísimo movimiento de solidaridad con Cuba, tanto en América Latina como en muchos otros países del mundo. Este movimiento abarca partidos, sindicatos, movimientos sociales, comités de solidaridad y personalidades que se oponen a la arrogancia genocida del imperialismo yanqui. Es necesario que este movimiento también tome conciencia de las implicaciones regionales más amplias de la lucha en la que está comprometido.
Con todas sus virtudes y sus limitaciones, la Nicaragua sandinista de hoy en día es heredera de los gobiernos liberales de inicios del siglo XX en América Latina, así como lo es del peronismo en la Argentina y de los movimientos de liberación nacional de los años 60 y 70 en nuestra región. Es heredera y alumna de la Revolución Cubana, así como una de las fuentes de inspiración y compañera leal de la Revolución Bolivariana.
Permitir, por ignorancia, por desidia o por sectarismo, que esa patria de Sandino sea arrastrada a la guerra imperial sería permitir que toda Centroamérica sea arrastrada a la guerra, que todo el Caribe sea arrastrado, que las islas del Caribe que aún luchan por su independencia pierdan toda esperanza y ayudar a que el proyecto genocida de Trump en nuestras tierras de haga realidad.
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