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miércoles, 29 de abril de 2026

39 Aniversario del Asesinato de Benjamín Linder, luz y entrega para Nicaragua


Por Stalin Vladimir Centeno


En un rincón del norte de Nicaragua, donde las montañas abrazan la dignidad de los pueblos humildes, un joven ingeniero nacido en Portland, Oregón, decidió escribir su historia con luz, risa y sangre. Se llamaba Benjamín Linder, y aunque vino de muy lejos, Nicaragua fue su patria elegida, su trinchera y su último suspiro.

A inicios de los años 80, cuando la Revolución Sandinista recién había derrocado a la dictadura de Somoza, Ben, como le decían con cariño, tomó una decisión que cambió su vida: dejar atrás las comodidades del primer mundo, su título de ingeniería mecánica de la Universidad de Washington y su prometedora carrera profesional en Estados Unidos, para venir a un país herido, pero renacido, a ofrecer sus manos, su intelecto y su alma.

Ben no dejó esposa ni hijos. Su entrega fue total, y su familia fue el pueblo nicaragüense. Sus padres, médicos comprometidos con causas sociales, lo educaron en un ambiente de justicia y solidaridad. Desde joven, participaba en actos contra la guerra en Vietnam y en defensa de los derechos civiles. Una anécdota que se volvió entrañable entre quienes lo conocieron es que, en sus días como payasito, a veces cambiaba su nombre a “Tío Ben” y hacía malabares con piedras porque no tenía pelotas de circo; decía que “la alegría no necesita presupuesto, solo voluntad”. Esa capacidad de convertir la carencia en risa, y la tristeza en dignidad, fue su mayor acto de magia.

Benjamín Linder no vino a dar discursos. Vino a construir. Con planos, herramientas y mucho amor, comenzó a trabajar en las zonas más apartadas de Nicaragua, particularmente en San José de Bocay, Jinotega. Allí, donde el Estado apenas llegaba y donde la oscuridad era parte de la rutina, diseñó y ayudó a levantar pequeñas plantas hidroeléctricas que hoy siguen dando luz a comunidades enteras. No fue sólo ingeniero: fue un sembrador de futuro.

Pero Ben, no se detuvo en los cables ni en las turbinas. También se vestía de payasito, con nariz roja, zapatones y un sombrero ridículo, para llevar alegría a los niños pobres, a los que les daba chimbombas, comida, abrigo y ternura. Visitaba hospitales, llevaba vacunas, colaboraba con las brigadas de salud, y nunca pidió nada a cambio. Lo que quería era claro: un mundo más justo, un país más digno, una patria libre de imposiciones extranjeras.

Benjamín entendía la Revolución no solo como un cambio de gobierno, sino como un acto profundo de amor y justicia social. Su vida entera fue una denuncia contra la indiferencia. Cada bombillo encendido en las montañas, cada carcajada de un niño enfermo, cada gota de sudor que dejó en los caminos polvorientos del norte era su manifiesto de paz. No traía armas, traía ideas. No vino a dar órdenes, vino a aprender, a entregarse con humildad, con ternura, con valentía.

El 28 de abril de 1987, mientras trabajaba en la zona rural de El Cuá, fue emboscado y asesinado por la Contra nicaragüense, ese grupo armado y financiado por la CIA para destruir la Revolución y devolverle el poder a los lacayos del imperialismo. Lo asesinaron cobardemente, junto a dos compañeros nicaragüenses. Murió desarmado, con una libreta de apuntes en el bolsillo y un casco de trabajo en la cabeza. Así mataron al gringo bueno. Al que no vino a explotar, sino a liberar.

Después de su paso a la inmortalidad, Benjamín Linder sigue siendo faro y semilla. En los actos de solidaridad internacional, en los proyectos de energía comunitaria, en los brigadistas que llegan a los barrios humildes con amor y convicción, vive su espíritu. Y cada vez que alguien pregunta si vale la pena entregarse por los demás, la respuesta está en su ejemplo. Porque él lo dio todo, incluso la vida, sin pedir nada.

Hoy, a más de cuatro décadas de su siembra, Benjamín sigue iluminando el alma de esta patria. Cada niño que estudia con energía eléctrica en una zona remota, cada familia que enciende su fogón sin miedo, cada brigadista de salud que lleva sonrisas a los barrios más humildes, lleva un poco de Ben.

Si la Revolución tuviera un ángel en bicicleta, un ingeniero con alma de payaso, sería él. Y si el pueblo nicaragüense tuviera que dibujar la solidaridad en un rostro extranjero, sería el de Benjamín Linder.

No murió, lo sembramos. No se fue, se quedó. Y mientras haya niños que sueñen, pueblos que resistan y corazones que amen la libertad, Benjamín vivirá en cada rincón de Nicaragua.



Fuente:

martes, 28 de abril de 2026

Discurso del Comandante Daniel Ortega de reconocimiento a internacionalistas asesinados por la Contra

Benjamín Linder: El eco de las campanas en las montañas de Nicaragua
El 30 de abril de 1987, el cementerio municipal de Matagalpa se convirtió en el epicentro de un duelo que trascendió fronteras. Bajo un sol de justicia y ante una multitud conmovida, el Comandante Daniel Ortega despedía a Benjamín Linder, el joven ingeniero estadounidense que cambió la comodidad de su país por el barro y la esperanza de las comunidades rurales nicaragüenses.
Linder no empuñaba armas; cargaba herramientas. Fue asesinado por la Contra el 28 de abril mientras trabajaba en una pequeña represa hidroeléctrica en San José de Bocay, un proyecto destinado a llevar luz por primera vez a familias campesinas. Su muerte no fue un accidente de guerra, sino un ataque directo contra la solidaridad internacionalista. ✊🏾
Un discurso para la historia: Puntos fundamentales
Aquel día, Ortega pronunció una de las piezas oratorias más emblemáticas de la Revolución Sandinista, cargada de simbolismo y denuncia política:
  1. La resonancia de Hemingway: El Comandante inició su intervención evocando a Ernest Hemingway con la pregunta: “¿Por quién doblan las campanas?”. Al hacerlo, elevó el sacrificio de Linder al nivel de los voluntarios que lucharon contra el fascismo en la Guerra Civil Española, subrayando que la muerte de un hombre que lucha por la humanidad es una pérdida para toda la especie.
  2. Dardo al corazón de Washington: El discurso fue una denuncia frontal contra la administración de Ronald Reagan. Ortega señaló la contradicción ética de un gobierno que hablaba de "libertad" mientras financiaba a grupos mercenarios para destruir escuelas y proyectos eléctricos, calificando la política estadounidense como una agresión contra su propio pueblo representado en jóvenes como Benjamín.
  3. El altar de los internacionalistas: Ortega no solo honró a Linder, sino que convirtió el funeral en un homenaje a todos los internacionalistas que cayeron en suelo nicaragüense (suizos, franceses, españoles, alemanes). Reafirmó que la hermandad entre los pueblos es el arma más poderosa contra la soberanía violentada.
Benjamín Linder sigue vivo en cada rincón de Nicaragua donde brilla una bombilla gracias a la energía rural. Su legado es el recordatorio de que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia y cooperación mutua. 🟥⬛️




lunes, 27 de abril de 2026

Nunca Podrán Detener la Primavera»: Se Proclama en Nicaragua el Día del Héroe Internacionalista - Benjamín Linder: ¡Presente!

Por Becca Renk Foster


Bajo la carpa que da sombra en el patio del colegio, con la mirada fija y solemne al frente, se alinea una fila de niños que llevan camisetas con la imagen del norteamericano más famoso de este pueblo montañoso de Nicaragua. La foto de la camiseta no es de un cantante pop ni de una estrella de cine, sino de un flaco ingeniero eléctrico de Portland, Oregón: Benjamín Linder.

«Benjamín Linder: ¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!», gritan los niños, levantando sus pequeños puños en el aire para enfatizar que el espíritu de Benjamín Linder está hoy aquí con nosotros.

Benjamín Linder se trasladó a Nicaragua en 1983 para aportar sus habilidades a la Revolución Popular Sandinista. Era payaso y monociclista y trabajaba en el circo nacional. Como ingeniero, trabajó para llevar la electricidad a las zonas de guerra del norte de Nicaragua, donde la contrarrevolución financiada por Estados Unidos atacaba las aldeas en la oscuridad; la electricidad les proporcionaba mayor seguridad. Tras construir con éxito una central hidroeléctrica en El Cuá, Benjamín y sus compañeros comenzaron a trabajar en una nueva central en San José de Bocay, cerca de la frontera con Honduras.

El 28 de abril de 1987, Benjamín subió río arriba para tomar medidas para una presa con dos albañiles locales —Pablo Rosales, padre de cuatro hijos, y Sergio Hernández, padre de siete—, ambos voluntarios en el proyecto. Los tres fueron emboscados y asesinados por fuerzas contrarrevolucionarias.

Treinta y nueve años después, nuestro pequeño grupo, en representación de la Casa Ben Linder de Managua, ha viajado seis horas para honrar a estos héroes y mártires junto con los estudiantes, las familias, y autoridades locales en el Centro Escolar Benjamín Linder.

Día del Héroe Internacionalista

Al llegar a San José de Bocay en la noche del día anterior, nos enteramos de que la Asamblea Nacional acababa de declarar el 28 de abril Día del Héroe Internacionalista en Nicaragua. Es un honor poder compartir este momento de orgullo con la gente de Los Ángeles, el pueblo donde Benjamín fue asesinado, situado en lo alto de San José de Bocay, con unas vistas panorámicas del valle del río y las espectaculares montañas al fondo.

Juan Ramón Obregón Valdivia, el diputado de la Asamblea Nacional que representa a la región, está compartiendo el texto de la ley con los allí reunidos.

«Nicaragua ha sido bendecida con una legión de héroes y heroínas internacionalistas quienes, a lo largo de nuestra historia y en las distintas etapas de lucha por nuestra Soberanía, han asumido nuestros ideales y han defendido la Paz», lee.

«El hermano norteamericano Benjamín Linder, fue asesinado…convirtiéndose en un símbolo eterno de la lucha de los pueblos contra la injusticia. debemos conmemorar a todos nuestros héroes internacionalistas, reafirmando el vínculo indisoluble entre el Pueblo Nicaragüense y la Solidaridad Internacional, convirtiendo el ideal del internacionaliśmo en luz que guía la gesta por el progreso y la construcción de un futuro de Unidad y Paz», concluye el diputado.

Héroes Inesperados

Tras celebrar con bailes, discursos, poemas y piñatas, nos dirigimos a la presa que ahora alimenta la central hidroeléctrica, terminada en 1994 por APRODELBO, la organización que hoy suministra electricidad a 2.000 familias de la región. A continuación, caminamos a través del espeso bosque hasta el lugar donde fueron asesinados Benjamín, Pablo y Sergio.

De pie sobre las rocas en la quebrada, José Luís Olivas, jefe de la unidad de gestión ambiental de APRODELBO, habla de su heroísmo. Con sus gafas de montura metálica y los bolsillos de la camisa llenos de bolígrafos, Ben Linder no daba la impresión de ser valiente. Pero en el contexto de la guerra de la Contra, todo el mundo sabía que el simple hecho de intentar llevar la electricidad a las comunidades era motivo suficiente para que tu nombre acabara en una lista de muerte.

«En este entonces estaban los grupos armados financiados por el gobierno de los estados unidos», explica José Luís.

«El señor Ronald Reagan no quería que los nicaragüenses siguiéramos prosperando, nos quería ver enterrados en miseria y por eso financiaba la contrarrevolución».

Sin embargo, Benjamín y miles más como él siguieron trabajando para mejorar las vidas de las familias en las zonas rurales en guerra, aun sabiendo el riesgo personal que corrían.

«Lucharon por ver una comunidad organizada, ver jóvenes estudiando, ver médicos profesionales que son de la misma comunidad dando atención médica a la misma población», explica José Luís.

Cuenta la historia de Ambrosio Mogorrón Martínez, un enfermero vasco de España. Ambrosio, conocido como «El Doctorcito», también fue asesinado en Bocay, apenas un mes después de Benjamín. Se dirigía a llevar medicamentos a la comunidad cuando una mina antitanque de fabricación estadounidense detonó bajo su camioneta, matándolo a él y a otras nueve personas que lo acompañaban. El hospital primario de Bocay lleva el nombre de Ambrosio Mogorrón.

«Lastimosamente murieron estos internacionalistas, pero dejaron una semilla sembrada en buena tierra, y esa semilla ha germinado y esa semilla sigue creciendo aquí», concluye José Luís. «Por eso es que tenemos energía eléctrica, tenemos agua potable, tenemos hospitales, tenemos escuelas, tenemos universidades».

Nunca detendrán la primavera

Cuando vamos de salida, miramos una ranita sobre la piedra, justo arriba del punto donde dispararon a Ben a quemarropa. La rana es de un rojo vivo y negro, los colores de la Revolución Sandinista. Amablemente, va saltando de un lado a otro, dejándonos tomarle fotos. Un amigo me cuenta que, según la tradición indígena, Rana canta para traer la lluvia, simbolizando la nueva vida y la armonía.

Mientras bajamos la montaña, reflexiono sobre lo oportuno que es celebrar las contribuciones de nuestros internacionalistas caídos cuando ahora tantos de sus sueños para Nicaragua se han hecho realidad: la paz y seguridad, la educación gratuita, el servicio de salud gratuita, la vivienda digna, las buenas carreteras.

«Podrán arrancar todas las flores, pero jamás detendrán la primavera», cita la copresidenta de Nicaragua, Rosario Murillo, al anunciar el Día del Héroe Internacionalista. «Benjamín Linder, una flor allá en Bocay, una flor del pueblo nicaragüense…Luchamos por la paz, luchamos por la floración que deja la Paz, luchamos para vivir como hermanos…luchamos por la alegría, jamás detendrán la primavera».

En este 28 de abril, mientras celebramos el primer Día del Héroe Internacionalista, sabemos que la primavera ha llegado a Nicaragua.

Becca Renk Foster es originaria de Idaho, EE. UU. Lleva 25 años viviendo y trabajando en el desarrollo comunitario sostenible en Nicaragua. Coordina el trabajo de la Casa Benjamín Linder en Managua y forma parte de la Coalición de Solidaridad con Nicaragua.

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