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domingo, 23 de agosto de 2026

23 de Agosto. Cuando la oscurana se hizo claridad en Nicaragua

Por Javier Huerta

Nicaragua, 46 años después de aquella hermosa batalla, la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización 

Entre finales de marzo y agosto de 1980, cuando comenzaba a caer la noche en cualquier comunidad de Nicaragua, una pequeña lámpara iluminaba una mesa alrededor de la cual se sentaban un joven alfabetizador y varias personas que apenas empezaban a reconocer las letras. No había grandes aulas ni pupitres. Muchas veces tampoco había electricidad. Había una cartilla, un lápiz, una lámpara, paciencia y, sobre todo, el deseo de aprender. En aquellas noches sencillas, en medio de la pobreza y de las dificultades de una Nicaragua que acababa de salir de una larga dictadura, comenzó a escribirse una de las páginas más hermosas de la Revolución Sandinista.

Aquella escena se repetía una y otra vez por todo el país. En casas campesinas, bajo los árboles, junto a los caminos y en las montañas, Nicaragua entera se había convertido en una escuela. Miles de jóvenes habían dejado temporalmente sus hogares y sus familias para internarse en una Nicaragua que muchos apenas conocían. Iban cargados con una cartilla y unos pocos materiales, pero llevaban consigo algo mucho más importante: la convicción de que la Revolución que había triunfado el 19 de julio de 1979 no podía limitarse a haber derrotado a la dictadura. La victoria tenía que llegar hasta las comunidades más apartadas, hasta las familias campesinas, hasta quienes durante décadas habían permanecido al margen de la educación y de las oportunidades.

Hacía apenas ocho meses que el pueblo nicaragüense había derribado a la dictadura somocista, una dictadura familiar que durante más de cuatro décadas había mantenido el poder mediante la represión, la desigualdad y la exclusión. El 19 de julio había abierto una enorme esperanza, pero la Revolución recibía un país profundamente herido. La guerra contra Somoza había dejado miles de muertos, familias destruidas y comunidades devastadas. La pobreza era especialmente dura en las zonas rurales, donde durante generaciones habían faltado escuelas, maestros, asistencia sanitaria, caminos, electricidad, agua potable y muchas de las condiciones básicas para desarrollar una vida digna.

El analfabetismo era una de las expresiones más visibles de aquella realidad. El régimen somocista había dejado una tasa nacional del 50,3 %, mientras que en algunos departamentos la situación era todavía mucho más dramática: en Río San Juan, por ejemplo, alcanzaba el 96,32 %. Aquella cifra permite comprender mejor lo que significaba que un joven llegara a una comunidad con una cartilla en las manos. No se encontraba simplemente ante una persona que desconocía las letras. Se encontraba ante las consecuencias de décadas de abandono.

Por eso, para la Revolución Sandinista, transformar Nicaragua no significaba únicamente cambiar las estructuras políticas. Había que reconstruir un país devastado y, al mismo tiempo, comenzar a construir una sociedad diferente. Había que atender la salud, impulsar la educación, mejorar las condiciones de vida, llevar servicios a las comunidades y devolver a millones de personas algo que durante demasiado tiempo les había sido negado: el derecho a aprender.

Y así comenzó una de las mayores epopeyas educativas de la historia de Nicaragua.

Una revolución que también tenía que enseñar

Carlos Fonseca Amador había dejado una consigna que resumía una parte esencial de aquella concepción revolucionaria: “Y también enséñenles a leer y escribir”. Aquellas palabras, pronunciadas años antes en medio de la lucha revolucionaria, adquirían ahora una dimensión concreta. La Revolución había triunfado y había llegado el momento de convertir aquella orientación en una realidad que alcanzara hasta el último rincón del país.

No se podía esperar a construir una red educativa perfecta para comenzar. Había que actuar inmediatamente. La pobreza no podía esperar y la ignorancia tampoco. Por eso, el 23 de marzo de 1980, apenas ocho meses después del triunfo revolucionario, comenzó oficialmente la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización “Héroes y Mártires por la Liberación de Nicaragua”.

Miles de jóvenes se pusieron en camino hacia las comunidades rurales. Algunos procedían de Managua y de otras ciudades y nunca habían vivido durante meses en una comunidad campesina. Otros tampoco conocían las montañas, los caminos interminables, las largas jornadas de trabajo agrícola, la falta de electricidad o las dificultades cotidianas de aquellas familias. Muchos iban a descubrir por primera vez una parte de Nicaragua que había permanecido prácticamente invisible para quienes vivían en las ciudades.

El analfabetismo la consecuencia de una sociedad que durante décadas había negado a buena parte de su población el derecho a aprender. Enseñar a leer significaba mucho más que aprender el abecedario. Significaba poder escribir un nombre, comprender una carta, leer un periódico, interpretar un documento, realizar una gestión y dejar de depender de otra persona para acceder a una palabra escrita.

Significaba abrir una puerta que había permanecido cerrada durante generaciones.

La Cruzada tampoco fue concebida como una enseñanza mecánica. La coordinación estudió experiencias de alfabetización desarrolladas en países como Cuba, Mozambique, Guinea-Bissau y Cabo Verde y consultó a especialistas como Paulo Freire, el célebre pedagogo brasileño y autor de Pedagogía del oprimido. La experiencia nicaragüense recibió así aportaciones internacionales, pero desarrolló también sus propios métodos y materiales a partir de la realidad del país.

La cartilla no pretendía solamente enseñar letras. Pretendía que quien aprendía pudiera leer también su propia realidad. Porque aprender a leer era comenzar a descubrir que el mundo podía comprenderse y que, una vez comprendido, también podía transformarse. UNESCO destaca precisamente que aquella experiencia permitió a miles de jóvenes de las ciudades descubrir la otra mitad del país y conocer de cerca las condiciones de pobreza y marginación heredadas de décadas de dictadura.

La Nicaragua que esperaba a los alfabetizadores

Cuando aquellos jóvenes salieron hacia las montañas, no se dirigían simplemente a un territorio desconocido. Entraban en el corazón de una sociedad que acababa de despertar de una larga noche.

La pobreza era especialmente dura en las zonas rurales. Muchas comunidades carecían de escuelas y maestros, de asistencia sanitaria y de servicios básicos. El acceso a la educación dependía demasiado a menudo del lugar donde una persona había nacido y de las posibilidades económicas de su familia. Para muchos campesinos, la escuela había sido una realidad lejana, casi imposible.

La guerra contra la dictadura había dejado además una profunda huella. Había familias que habían perdido a padres, madres, hijos y hermanos. Había comunidades que habían conocido la violencia y el miedo. La Revolución abría una esperanza inmensa, pero el país no podía recuperarse de décadas de abandono de un día para otro.

La Revolución tenía que reconstruir mientras transformaba.

En ese escenario, la educación ocupaba un lugar central. Porque una persona que aprendía a leer no solamente adquiría una habilidad. Ganaba autonomía. Podía comprender una carta enviada por un hijo, leer las noticias, escribir sus pensamientos, entender un documento o participar de otra manera en la vida de su comunidad.

Por eso la Cruzada no fue concebida únicamente como una operación contra las estadísticas del analfabetismo. Era también una batalla contra una de las formas más profundas de la pobreza: la imposibilidad de acceder al conocimiento.

Y por eso aquellos jóvenes no llevaban solamente una cartilla. Llevaban una idea de país.

Sabían que el camino también podía ser peligroso

Existe, sin embargo, una dimensión de aquella historia que a veces queda relegada cuando se recuerda la Cruzada.

Aquellos jóvenes no se marcharon hacia las comunidades rurales en un país en paz.

La Revolución Sandinista acababa de triunfar y sus adversarios ya comenzaban a organizarse. Al otro lado de la frontera con Honduras se agrupaban antiguos miembros de la Guardia Nacional somocista y otros sectores opositores al nuevo Gobierno. Las primeras acciones armadas y las incursiones en determinadas zonas comenzaban a mostrar que el proceso revolucionario no iba a desarrollarse tranquilamente. La guerra de la Contra todavía no había alcanzado la dimensión que adquiriría posteriormente, pero el escenario de confrontación ya comenzaba a formarse.

Los proyectos sociales de la Revolución se convirtieron desde muy pronto en objetivos de quienes pretendían desestabilizar al nuevo Gobierno. La alfabetización, por su carácter masivo y por su llegada a las comunidades más pobres y alejadas, era una de las expresiones más visibles de aquella transformación.

No se trataba únicamente de adaptarse a las duras condiciones de la vida rural, caminar durante horas por senderos difíciles, dormir en casas humildes o convivir con familias a las que hasta entonces no conocían. Se trataba también de entrar en un país donde una revolución recién nacida comenzaba a ser amenazada y donde una guerra se encontraba en proceso de gestación.

Y, sin embargo, miles de jóvenes dieron un paso adelante.

Había ideales que pesaban más que el miedo. Había una convicción profunda de que la victoria del 19 de julio tenía que convertirse en escuelas, hospitales, alimentos, derechos y conocimiento. Había también una idea sencilla y poderosa: si la Revolución había abierto una puerta para ellos, ellos podían ayudar a abrirla para otros.

Sabían que iban a combatir la ignorancia. Y sabían también los peligros que les acechaban.

Un pueblo entero convertido en escuela

Entre el 23 de marzo y el 23 de agosto de 1980, Nicaragua vivió una movilización extraordinaria. 95.582 jóvenes, maestros, trabajadores de la salud, asesores pedagógicos, conductores, oficinistas, amas de casa y otros colaboradores participaron en aquella gran tarea y llevaron la enseñanza a todos los rincones posibles del país. En cinco meses, 406.056 nicaragüenses aprendieron a leer y escribir, mientras la tasa de analfabetismo descendía del 50,3 % al 12,9 %.

Detrás de aquellas cifras había miles de historias. Había campesinos que por primera vez podían escribir su nombre. Mujeres que podían leer una carta. Personas mayores que descubrían, quizá después de toda una vida, que aquellas letras que habían visto durante años dejaban de ser signos incomprensibles. Y había jóvenes que regresaban de las comunidades conociendo la realidad de su país y comprendiendo que enseñar también significaba aprender.

La convivencia produjo algo que ninguna estadística puede medir completamente. Jóvenes procedentes de las ciudades compartieron durante meses la vida cotidiana de familias campesinas, conocieron sus problemas, trabajaron junto a ellas y descubrieron una Nicaragua que hasta entonces les había sido distante. UNESCO ha destacado precisamente esa dimensión de la Cruzada: los jóvenes no solamente enseñaron a leer, sino que conocieron de cerca la pobreza y la marginación heredadas de décadas de dictadura.

La Nicaragua profunda dejó de ser una abstracción.

Tenía rostro, nombre, familia, pobreza, dignidad y esperanza.

Y aquellos jóvenes regresaron a sus ciudades siendo diferentes.

Pero aquella gran batalla tuvo también un precio. En el camino de la Cruzada cayeron 59 compañeros alfabetizadores, convertidos en héroes y mártires de aquella epopeya. Su recuerdo forma parte inseparable de la historia de quienes salieron hacia las comunidades convencidos de que enseñar a leer era una tarea por la que valía la pena comprometerse hasta las últimas consecuencias.

Nicaragua no estaba sola

La batalla contra el analfabetismo fue nicaragüense, pero también tuvo una profunda dimensión internacionalista. Brigadas de profesores voluntarios procedentes de dieciséis países colaboraron en distintos aspectos de la Cruzada, desde la organización técnica y la preparación de materiales hasta la formación de los jóvenes nicaragüenses.

Desde Cuba llegó la Brigada “Augusto César Sandino”, integrada por maestros que se incorporaron al esfuerzo educativo y llevaron su experiencia hasta algunas de las comunidades más apartadas. También participaron profesores y estudiantes de otros países, entre ellos Costa Rica, España y organizaciones internacionales de estudiantes.

La solidaridad no llegó únicamente en forma de palabras. Llegó caminando por los caminos de Nicaragua.

Entre aquellos internacionalistas europeos estuvo por ejemplo Ambrosio Mogorrón, el “Doctorcito”, que llegó a Nicaragua en 1980 para participar en la Cruzada. Su compromiso no terminó cuando concluyó aquella campaña. Después se internó en las montañas de Jinotega y dedicó su vida a acompañar a comunidades campesinas y a combatir enfermedades olvidadas.

También estuvo Joël Fieux, francés de 28 años, formado en micromecánica y vinculado a trabajos de imprenta y comunicación relacionados con movimientos sociales. Después de la Cruzada colaboró en la instalación de imprentas y en la producción de materiales de comunicación

Sus compromiso con Nicaragua continuaron hasta que fueron asesinados por la Contra.

Ambrosio y Joël representan una historia que merece ser contada con especial cariño: la de aquellos hombres y mujeres que llegaron desde lejos para enseñar y terminaron haciendo de Nicaragua parte de sus propias vidas.

Algunos regresaron a sus países. Otros permanecieron durante años.Y unos pocos entregaron sus vidas.

La Cruzada terminó. El camino, no

El 23 de agosto de 1980 terminó oficialmente la campaña de alfabetización en español, pero la tarea educativa continuó. El 30 de septiembre comenzó la alfabetización en inglés criollo, miskito y sumo, con el objetivo de llegar a miles de personas de la Costa Caribe. La educación de adultos siguió desarrollándose durante los años posteriores, porque aquella primera victoria había demostrado que la alfabetización no podía entenderse como un acontecimiento aislado, sino como el comienzo de un proceso educativo más amplio.

En ese largo camino encontró un espacio especialmente importante Río San Juan, territorio donde la educación popular se convirtió en una experiencia de vida para quienes decidieron permanecer junto a las comunidades.

Fue también en aquella continuidad donde surgió una figura que merece un reconocimiento especial: el Maestro Orlando Pineda.

Orlando entendió desde joven que alfabetizar no consistía simplemente en llegar a una comunidad, reducir el porcentaje de personas iletradas y marcharse. Había que caminar con las comunidades, conocer sus problemas, compartir sus esperanzas y convertir la educación en una herramienta para transformar la vida. Río San Juan fue para él mucho más que un territorio de trabajo. Fue una escuela de humanidad.

Por eso, cuando hablamos de Orlando Pineda, hablamos de maestro en el sentido más profundo de la palabra. De un hombre que convirtió la educación popular en una forma de vida y que durante décadas ha defendido la idea de que ninguna persona ni ninguna comunidad deben quedar condenadas a la oscuridad.

Cuando cambió el Gobierno, la llama permaneció encendida

La derrota electoral del FSLN en 1990 cambió el rumbo político del país. Pero no consiguió apagar aquella vocación.

El 26 de febrero de 1990 nació la Asociación de Educación Popular Carlos Fonseca Amador (AEPCFA), que mantuvo viva la experiencia de educación popular durante los años neoliberales. San Francisco Libre, Palacagüina, Río San Juan y otras comunidades siguieron formando parte de aquel largo camino.

Allí estuvieron hombres y mujeres que comprendieron que la revolución no podía depender exclusivamente de que hubiera o no un determinado Gobierno. La educación popular había echado raíces en las comunidades y continuaba siendo una herramienta para mantener viva la organización, la esperanza y el derecho a aprender.

Entre sus fundadores, estaba Abner Pineda. Un maestro rural que vivió antes del triunfo de la Revolución, como alumnos dejaban las aulas para huir a las montañas por miedo a ser asesinados por la guardia. Mas tarde él también se comprometería con el frente sandinista y después de la victoria se implicaría en la gran Cruzada Nacional. Hoy ya no podemos conversar con Abner, pero su legado esta presente en los frutos del trabajo que realizo, con mucho compromiso hacia su país y su revolución, tan solo con el deseo de construir un futuro mejor. Su nombre permanece unido a la historia de la Cruzada, de la AEPCFA y de quienes durante aquellos años se negaron a aceptar que la alfabetización y la educación popular fueran solamente un recuerdo.

Y Nicaragua tampoco caminó sola.

Miquel Soler Roca, Jaume Botey y Sebas Parra forman parte de esa memoria internacionalista. Miquel, referente de la educación de adultos y antiguo director de la División de Alfabetización de UNESCO; Jaume, maestro, profesor universitario y profundamente vinculado a la escolarización de adultos; y Sebas, maestro y con gran influencia de Paulo Freire, cuyo compromiso con Nicaragua y con la AEPCFA terminó convirtiéndose en una parte esencial de su propia vida.

Los tres ya no están entre nosotros. Pero existe una forma hermosa de recordarlos: continuar aquello en lo que creyeron.

Cuba como siempre solidaria

Durante los años neoliberales, los avances de la alfabetización fueron parcialmente revertidos y el analfabetismo volvió a crecer. Organizaciones sociales y la propia AEPCFA estimaron que el índice real de vulnerabilidad educativa en diversas zonas llegó a situarse entre el 30 % y el 36,9 %.

Entonces Cuba volvió a ofrecer su solidaridad a Nicaragua. Y de la mano de Orlando Pineda y de la AEPCFA llegó el método “Yo, sí puedo”, creado por la pedagoga y profesora cubana Dra. Leonela Inés Relys Díaz, que permitía desarrollar el proceso de alfabetización en aproximadamente tres meses.

La AEPCFA desarrolló experiencias piloto en diversos municipios y departamentos, especialmente en zonas rurales, en coordinación con las alcaldías. Y después del regreso del FSLN al Gobierno en 2007, aquel esfuerzo adquirió una dimensión nacional.

Entre 2007 y 2009 se desarrolló una nueva campaña nacional de alfabetización y, en 2009, Nicaragua volvió a situarse por debajo del 5 % de analfabetismo, alrededor del 4,7 %, dentro de los parámetros utilizados internacionalmente para considerar a un país territorio libre de analfabetismo.

La historia parecía cerrar un círculo. Pero en realidad estaba comenzando otra etapa.

De aquella cartilla a la educación del siglo XXI

La alfabetización había demostrado que era posible transformar una realidad que parecía condenada a repetirse. Pero el desafío educativo era mucho mayor.

Durante los primeros años del siglo XXI, bajo los gobiernos neoliberales, alrededor de 800.000 niños y adolescentes quedaban fuera del sistema educativo. La Tasa Neta de Escolaridad alcanzaba solamente el 41,7 % en educación preescolar y el 44,3 % en educación secundaria, dejando a una parte enorme de la juventud fuera de las aulas.

La nueva etapa revolucionaria iniciada en 2007 recuperó la gratuidad de la educación pública y amplió progresivamente las posibilidades de acceso.

La escuela dejó de ser solamente el lugar donde aprender las primeras letras. Pasó a formar parte de un sistema mucho más amplio que incluye educación inicial, primaria, secundaria, educación especial, jóvenes y adultos, formación técnica y universidad.

Para 2026 el sistema educativo proyecta una matrícula de 1,8 millones de niñas, niños, adolescentes, jóvenes y adultos. El acceso se ha acompañado de programas sociales como la merienda escolar, que llega aproximadamente a un millón de estudiantes de centros públicos y subvencionados, además de libros, tecnología educativa, educación en el campo, rehabilitación y construcción de centros escolares y formación continua del profesorado.

La transformación alcanza también a la educación superior. Las universidades públicas pasaron de atender 77.710 estudiantes de licenciatura en 2006 a más de 207.000 jóvenes y adultos en 2025, con una participación femenina mayoritaria. La gratuidad universitaria, las becas, la ampliación de carreras, laboratorios, infraestructura y presencia territorial han abierto posibilidades que antes resultaban inaccesibles para muchas familias. Para 2026 las universidades públicas proyectan el acceso de alrededor de 82.000 estudiantes.

La educación técnica también ha experimentado una expansión profunda: de 26 centros en 2006 a 71 en 2025, con una oferta mucho mayor de carreras y cursos y cientos de miles de protagonistas atendidos cada año.

La idea continúa siendo aquella misma que animaba a los alfabetizadores de 1980: que estudiar no sea un privilegio reservado a unos pocos y que cada joven pueda encontrar un camino para construir su futuro, trabajar, emprender y contribuir al desarrollo de su comunidad.

Y la alfabetización tampoco ha desaparecido.

El programa “Luz y Verdad”, iniciado en 2023, continúa trabajando con jóvenes y adultos e incorporando formación para el trabajo. La alfabetización vuelve así a ser entendida como lo que siempre debió ser: no el punto final, sino el primer peldaño de un proceso educativo que debe continuar durante toda la vida.

La Costa Caribe y los caminos que todavía quedan por recorrer

Quizá sea precisamente en la Costa Caribe donde mejor se comprende que aquella historia todavía no ha terminado.

Allí la educación tiene que recorrer enormes distancias, respetar las lenguas y culturas de los pueblos indígenas y afrodescendientes y responder a realidades diferentes. La alfabetización en miskito, mayagna e inglés criollo y la continuidad de la educación de jóvenes y adultos forman parte de un desafío que exige paciencia, recursos y compromiso.

La pregunta ya no es solamente cuántas personas han aprendido a leer. La pregunta es cuántas pueden continuar estudiando, acceder a una profesión, participar plenamente en la vida de su comunidad y escribir su propio futuro.

Y ahí vuelven a aparecer quienes continúan caminando desde los años ochenta: Eveling Vanegas, Guillermo Fuentes, Adrián Cruz y, de manera muy especial, el Maestro Orlando Pineda. Son parte de una generación que entendió que la alfabetización no podía quedar convertida en una fotografía de 1980, sino que debía seguir siendo una tarea viva.

A ellos debemos agradecer que aquella llama no haya quedado encerrada en un museo.

La luz que pasa de unas manos a otras

En este 46.º aniversario regresan también los nombres de quienes ya no podemos abrazar: Abner, Miquel, Jaume, Sebas, Ambrosio y Joël, junto a los 59 alfabetizadores que cayeron durante aquella epopeya y tantos otros hombres y mujeres que entregaron su juventud, su trabajo y, en algunos casos, su propia vida. Sus nombres forman parte de una historia que no pertenece solamente al pasado, porque aquello que defendieron continúa expresándose cada vez que una persona puede acceder a la educación y abrir con ella nuevas posibilidades para su vida.

Hace 46 años, miles de jóvenes salieron hacia las montañas con una cartilla, un lápiz y una lámpara. Sabían que iban a encontrarse con la pobreza, con comunidades olvidadas durante décadas y con unas condiciones de vida muy diferentes a las de las ciudades. Sabían también que la Revolución recién triunfada comenzaba a ser amenazada y que el camino podía ser peligroso. Y, sin embargo, caminaron. Lo hicieron porque creían que la victoria del 19 de julio debía convertirse en algo concreto: escuelas, salud, derechos, oportunidades y dignidad para quienes durante generaciones habían sido excluidos.

Muchos pensaban que iban a enseñar a leer a un pueblo. Regresaron comprendiendo que también habían aprendido a mirar de otra manera a su propio país. Descubrieron que detrás de cada cifra había una persona, una familia y una historia; que detrás del analfabetismo había pobreza y abandono, pero también un enorme deseo de aprender. Descubrieron, en definitiva, que compartir el conocimiento podía convertirse en una forma de solidaridad y de transformación.

Esa fue quizá la verdadera grandeza de la Cruzada: no solamente enseñó a leer palabras, sino que ayudó a un pueblo a comenzar a leer su propia realidad y a sentirse capaz de escribir su propio destino.

La historia tampoco terminó cuando se cerró oficialmente la campaña el 23 de agosto de 1980. Continuó en la educación de adultos, en las comunidades de la Costa Caribe, en la experiencia de la AEPCFA, en el método cubano “Yo, sí puedo”, en las campañas posteriores y en las generaciones que han llegado después a las escuelas, a la formación técnica y a las universidades. El reconocimiento internacional a aquella epopeya, incluida su incorporación a la Memoria del Mundo de la UNESCO, demuestra que aquella experiencia trascendió las fronteras de Nicaragua y se convirtió en una referencia de la educación popular.

Hoy Nicaragua es diferente a aquella Nicaragua de 1980. Persisten desafíos, desigualdades y necesidades, especialmente en las comunidades más alejadas y en la Costa Caribe, pero también existen generaciones que han podido acceder a oportunidades educativas que sus padres y abuelos nunca tuvieron. La gratuidad de la educación pública, la expansión de la formación técnica y universitaria y los programas dirigidos a jóvenes y adultos forman parte de esa transformación que comenzó, de alguna manera, aquella noche de 1980.

Por eso, quizá el mejor homenaje a quienes emprendieron aquel camino no sea solamente recordar sus nombres ni repetir sus cifras. Es mantener viva la razón por la que caminaron.

Porque una revolución no se mide únicamente por aquello que derriba, sino también por aquello que consigue construir.

Y aquella pequeña lámpara que una noche iluminó una mesa campesina sigue siendo una poderosa imagen de lo que puede hacer un pueblo cuando decide que el conocimiento no debe ser privilegio de unos pocos.

La Cruzada terminó hace 46 años. La luz, no.

Pasó de unas manos a otras, de una generación a la siguiente. Y mientras haya alguien dispuesto a enseñar, alguien dispuesto a aprender y un pueblo decidido a defender la educación como un derecho, aquella hermosa batalla seguirá teniendo sentido.

Porque aquella lámpara no se encendió solamente para iluminar una noche. Se encendió para abrir un camino.


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