El 11 de septiembre de 1973 no solamente cambió la historia de Chile. Las imágenes de La Moneda en llamas, los comunicados de la Junta Militar, las detenciones masivas y las primeras noticias sobre la represión provocaron una conmoción que atravesó las fronteras. En distintos lugares de Europa y América Latina comenzaron a organizarse manifestaciones, concentraciones, campañas de denuncia, recogidas de fondos y redes de acogida para los chilenos perseguidos. Lo que inicialmente podía parecer una reacción espontánea terminó convirtiéndose en uno de los movimientos internacionales de solidaridad política más importantes de la década de 1970.
La solidaridad no apareció de la nada. Antes del golpe ya existían relaciones políticas, sindicales y culturales entre Chile y numerosos países europeos. La experiencia de la Unidad Popular había despertado un enorme interés entre sectores de la izquierda internacional, pero también entre organizaciones sociales que veían en el proceso chileno una experiencia singular: la posibilidad de avanzar hacia transformaciones socialistas utilizando mecanismos democráticos. Después del 11 de septiembre, aquellas relaciones adquirieron otro significado. Ya no se trataba solamente de acompañar un proceso político que estaba desarrollándose en Chile, sino de defender a un pueblo sometido a una dictadura y mantener abierta, desde fuera, la denuncia de lo que estaba sucediendo dentro del país.
Las primeras respuestas fueron extraordinariamente rápidas. El 22 de septiembre de 1973, apenas once días después del golpe, una reunión europea de organizaciones juveniles y estudiantiles celebrada en París reunió a representantes de quince países de Europa occidental y siete países socialistas. De aquella reunión salieron campañas de información, manifestaciones, recogidas de dinero para la resistencia y llamamientos para crear comités de solidaridad. Pocos días después, entre el 29 y el 30 de septiembre, Helsinki acogió una Conferencia Internacional de Solidaridad con el pueblo chileno que reunió a representantes procedentes de diferentes tradiciones políticas y del movimiento internacional por la paz. La solidaridad con Chile comenzaba a adquirir una dimensión internacional organizada cuando la dictadura apenas llevaba unas semanas en el poder.
Aquello tuvo una importancia política que merece ser recordada. En plena Guerra Fría, la solidaridad con Chile consiguió reunir en determinadas iniciativas a comunistas, socialistas, sindicalistas, organizaciones estudiantiles, movimientos por la paz, organizaciones cristianas y asociaciones de defensa de los derechos humanos. No todos compartían la misma concepción del socialismo, ni la misma relación con la Unión Soviética, ni siquiera la misma interpretación de cuál debía ser el futuro de Chile. Pero existía un punto de encuentro: la condena al golpe militar, la defensa de las libertades y la exigencia del fin de la represión. La investigación histórica ha señalado precisamente esta capacidad de la causa chilena para crear espacios de colaboración entre corrientes políticas que normalmente estaban separadas.
En Europa, además, aquella solidaridad se convirtió en una experiencia profundamente vinculada a la lucha antifascista. El golpe chileno se produjo cuando todavía estaban abiertas las heridas de las dictaduras de España, Portugal y Grecia. Para muchos militantes europeos, Chile no era una tragedia distante, sino una advertencia. La caída de la democracia chilena y la persecución de la izquierda podían ser comprendidas dentro de una realidad internacional en la que el anticomunismo, el autoritarismo y la intervención contra los procesos de transformación social seguían formando parte de la política internacional. Por eso, en determinados sectores de la izquierda europea, la solidaridad con Chile comenzó a relacionarse también con la lucha contra las dictaduras del sur de Europa.
Italia constituye uno de los ejemplos más importantes y, para nosotros, merece un espacio especial. Después del golpe, representantes de la Unidad Popular que se encontraban fuera de Chile comenzaron a establecer contactos con las fuerzas de la izquierda italiana. El 18 de septiembre, apenas una semana después del golpe, dirigentes de la Unidad Popular encabezados por Volodia Teitelboim participaron en Roma en iniciativas destinadas a movilizar a las fuerzas democráticas italianas e internacionales. Poco después comenzó a organizarse en la capital italiana una estructura permanente de coordinación e información de la Unidad Popular para Europa occidental. En noviembre, Jorge Arrate llegó a Roma para asumir responsabilidades en aquel organismo, mientras la Associazione nazionale Italia-Cile, integrada por partidos de izquierda, sindicatos y personalidades italianas, se convertía en uno de los espacios importantes de aquella solidaridad.
Italia también sería protagonista de una experiencia política de enorme relevancia: la colaboración entre distintas familias de la izquierda europea alrededor de la causa chilena. En julio de 1974 se celebró en París la Conferencia Paneuropea de Solidaridad con Chile, impulsada fundamentalmente desde las izquierdas italiana y francesa, con participación de fuerzas comunistas y socialistas de distintos países europeos. Aquella iniciativa tenía un significado que iba más allá de la solidaridad humanitaria. Chile se estaba convirtiendo en un terreno común para reconstruir espacios de cooperación internacional entre sectores de la izquierda que durante años habían mantenido importantes diferencias políticas.
Suecia ofrece otro ejemplo extraordinario. Allí ya existía un movimiento de solidaridad con Chile antes del golpe y, después de septiembre de 1973, la organización creció rápidamente. El movimiento sueco combinó la denuncia política con la acogida de refugiados y con una intensa actividad social y cultural. El papel del embajador sueco Harald Edelstam, que ayudó a perseguidos políticos y utilizó la embajada para proteger a personas amenazadas por la represión, se convirtió en uno de los símbolos más conocidos de aquella respuesta internacional. Pero sería injusto reducir la experiencia sueca a una figura diplomática: detrás de ella existió una amplia red de organizaciones, militantes y ciudadanos que hicieron de la solidaridad con Chile una práctica cotidiana.
La solidaridad tampoco se limitó a las grandes organizaciones políticas. Hubo sindicatos que organizaron campañas, estudiantes que ocuparon las calles, asociaciones que recogieron dinero, iglesias que ofrecieron espacios, periodistas que difundieron información censurada, artistas que organizaron conciertos y familias que abrieron sus casas para recibir a personas que acababan de escapar de Chile. La investigación sobre Francia y Suecia muestra precisamente cómo las actividades culturales —carteles, exposiciones, conciertos, publicaciones y encuentros— se convirtieron en instrumentos de denuncia y de construcción de redes internacionales. La solidaridad no fue solamente una declaración política: fue también trabajo cotidiano.
La música desempeñó un papel extraordinario. La Nueva Canción Chilena ya había alcanzado una dimensión internacional antes del golpe y, después de 1973, artistas y grupos exiliados como Inti-Illimani y Quilapayún llevaron a escenarios europeos la memoria de la Unidad Popular y la denuncia de la dictadura. Sus canciones permitieron que personas que jamás habían estado en Chile conocieran su historia, sus luchas y sus esperanzas. El exilio convirtió así una parte de la cultura chilena en una herramienta internacional de resistencia. No fue casual que la dictadura intentara controlar y perseguir precisamente aquellos espacios culturales asociados a la izquierda y a la movilización popular.
También fue decisiva la batalla por la información. Durante los primeros meses de la dictadura existía una enorme necesidad de conocer qué estaba sucediendo realmente en Chile. Las organizaciones de solidaridad publicaron boletines, organizaron charlas, difundieron testimonios de exiliados y establecieron contactos con organizaciones internacionales. Amnesty International realizó una misión de investigación en Chile en 1973, una iniciativa que contribuyó a colocar la situación de los derechos humanos bajo la mirada de la opinión pública internacional. La experiencia chilena sería, de hecho, uno de los acontecimientos que contribuyeron al crecimiento de las redes transnacionales de defensa de los derechos humanos durante la década de 1970.
A medida que pasaban los años, aquellas redes fueron adquiriendo mayor organización. La Conferencia de Helsinki de 1973, la Conferencia Paneuropea de París de 1974 y otras iniciativas posteriores fueron construyendo una infraestructura internacional de solidaridad. En 1978, Madrid acogió la Conferencia Mundial de Solidaridad con Chile, que representó un nuevo momento de convergencia de aquellas redes europeas y latinoamericanas. España, todavía bajo la dictadura franquista, adquiría así un papel singular en una campaña internacional contra otra dictadura. La solidaridad con Chile también comenzó a dialogar con las luchas democráticas existentes en la propia Europa.
Hay algo especialmente importante en toda esta historia: los pueblos no tuvieron que esperar a que los gobiernos decidieran qué posición adoptar. Muchas veces fueron las organizaciones sociales las que presionaron a sus propios gobiernos para que condenaran a la Junta Militar, acogieran refugiados, rompieran determinadas relaciones o adoptaran medidas contra el régimen. La movilización internacional fue construyendo una presión política desde abajo que obligó a numerosos gobiernos y parlamentos a posicionarse. En octubre de 1973, por ejemplo, el Parlamento Europeo aprobó una resolución reclamando el retorno de la democracia y el fin de las violaciones de los derechos humanos en Chile.
Y aquí aparece quizá la principal razón por la que recuperar esta historia 53 años después. La solidaridad internacional no derribó por sí sola a la dictadura. No debemos convertir la historia en una leyenda en la que las manifestaciones europeas aparecen como la causa directa del final del régimen. La realidad fue mucho más compleja y la resistencia dentro de Chile resultó fundamental. Pero tampoco podemos aceptar la idea contraria, según la cual aquellas campañas fueron meramente testimoniales. Ayudaron a proteger exiliados, a difundir información, a mantener viva la denuncia, a generar recursos para organizaciones chilenas, a aislar políticamente a la dictadura y, sobre todo, a impedir que el régimen consiguiera convertir la tragedia chilena en un asunto exclusivamente interno.
Por eso, cuando hoy hablamos de internacionalismo, conviene recordar que aquella solidaridad se construyó con recursos limitados y con enormes dificultades. No existían las redes sociales, ni internet, ni las posibilidades actuales de comunicación instantánea. Había que imprimir un boletín, organizar una reunión, conseguir una sala, pegar carteles, convocar una manifestación, traducir documentos, enviar cartas, recoger dinero o viajar para explicar lo ocurrido. La solidaridad tenía rostro, tiempo, esfuerzo y compromiso militante. Y precisamente por eso consiguió crear vínculos que, en algunos casos, sobrevivieron durante décadas.
Chile también dejó una huella profunda en quienes participaron en aquellas campañas. La experiencia europea demuestra que la solidaridad internacional no funciona únicamente en una dirección. Europa ayudó a los chilenos perseguidos, pero Chile también transformó políticamente a quienes se solidarizaron con Chile. Sus organizaciones, sus músicos, sus militantes y sus exiliados llegaron a sindicatos, universidades, barrios y movimientos sociales europeos, aportando experiencias que después formarían parte de otras luchas contra el fascismo, el imperialismo y las dictaduras. La solidaridad terminó siendo, por tanto, un encuentro entre pueblos y no simplemente una relación entre quien ayuda y quien recibe ayuda.
Quizá por eso merece la pena recuperar aquellas imágenes de estudiantes marchando por las calles de Hamburgo pocos días después del golpe, los comités que aparecieron en distintas ciudades europeas, los trabajadores que hicieron campañas sindicales, los conciertos organizados para recaudar fondos, los exiliados que recorrían Europa explicando lo que estaba ocurriendo y las conferencias internacionales en las que hombres y mujeres de diferentes países intentaban encontrar una respuesta común. Aquello formó parte de una memoria internacionalista que no pertenece exclusivamente a Chile, porque fue construida también por miles de personas de otros pueblos que entendieron que la derrota de la Unidad Popular no podía ser recibida con silencio.
Cincuenta y tres años después, cuando todavía existen intentos de relativizar el golpe, de presentar la dictadura como una inevitable respuesta al conflicto político chileno o de convertir la memoria en una disputa partidista más, recordar aquella solidaridad adquiere una dimensión diferente. El 11 de septiembre de 1973 fue una derrota terrible para quienes habían intentado construir una sociedad diferente, pero la dictadura descubrió desde sus primeros días que Chile no estaba solo. Había pueblos, organizaciones, sindicatos, estudiantes, artistas, partidos políticos y personas anónimas dispuestas a salir a la calle para decir que aquello que estaba sucediendo no podía ser aceptado.
La historia de Chile también es, por tanto, la historia de quienes estuvieron junto a Chile sin haber nacido allí. De quienes acogieron a un exiliado, imprimieron un boletín, organizaron una manifestación, prestaron un local, cantaron una canción, levantaron una pancarta o simplemente decidieron que no iban a permanecer indiferentes. En aquellos años, la solidaridad internacional demostró que una dictadura puede cerrar las fronteras de un país, pero no puede cerrar las fronteras de la solidaridad entre los pueblos.
Y quizá sea esa la enseñanza que merece ser recuperada hoy. No para convertir el pasado en una postal heroica, ni para idealizar todas las organizaciones que participaron en aquellas campañas, sino para recordar algo mucho más concreto: cuando el pueblo chileno sufrió una de las grandes derrotas políticas de la historia latinoamericana contemporánea, hubo personas en muchos lugares del mundo que entendieron que la solidaridad también era una forma de lucha. Salieron a las calles, abrieron sus organizaciones, acogieron a quienes llegaban perseguidos y mantuvieron viva una causa cuando dentro de Chile la represión intentaba imponer el silencio.
Chile fue una causa internacional porque su tragedia fue entendida como una cuestión universal: la defensa de la democracia, de la soberanía de los pueblos, de la libertad y de la posibilidad de construir sociedades diferentes. Y aquella solidaridad, nacida en las calles de Europa y de otros lugares del mundo inmediatamente después del golpe, sigue formando parte de la historia de Chile. Pero también forma parte de la historia de quienes, desde otros pueblos, decidieron que frente al fascismo, la represión y el imperialismo no bastaba con mirar. Había que organizarse, denunciar y estar al lado de quienes resistían.
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