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domingo, 21 de junio de 2026

Cuba en la mira: la guerra cognitiva y el viejo fantasma del intervencionismo estadounidense

Por Javier Huerta

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible acción militar contra Cuba han vuelto a encender las alarmas en América Latina. Más allá de si se trata de una amenaza concreta, una maniobra electoral o una provocación calculada, el episodio obliga a reflexionar sobre algo mucho más profundo: la persistencia de una lógica imperial que, desde hace más de un siglo, considera a América Latina como un espacio de influencia natural de Washington.

En este contexto, las amenazas contra Cuba no pueden analizarse como un hecho aislado ni como una simple ocurrencia de Trump. Forman parte de una estrategia política, comunicacional y geopolítica donde la presión económica, la intimidación diplomática y la guerra cognitiva actúan como herramientas complementarias para condicionar la soberanía de los pueblos.

La confusión como arma de guerra

Cada cierto tiempo, Cuba vuelve a aparecer en el discurso político estadounidense como una amenaza, una anomalía o un problema por resolver. Cambian los presidentes, cambian los lenguajes y cambian los escenarios internacionales, pero la obsesión permanece. Desde la Enmienda Platt hasta las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible acción militar contra la isla, la historia parece repetirse con distintos rostros: la dificultad de Washington para aceptar la existencia de una nación latinoamericana que reclama el derecho a decidir su propio destino.

Las palabras de Trump han generado preocupación dentro y fuera de Cuba. Algunos las interpretan como una provocación electoral, otros como una demostración de fuerza dirigida a determinados sectores políticos de Estados Unidos. Sin embargo, centrar el debate únicamente en la figura del expresidente sería un error. La cuestión de fondo es mucho más profunda y tiene que ver con una larga tradición política que atraviesa administraciones republicanas y demócratas por igual: la convicción de que Estados Unidos posee el derecho de influir, condicionar o incluso determinar el rumbo político de aquellos países que considera estratégicos para sus intereses.

Una historia que se repite

La relación entre Estados Unidos y Cuba no comenzó con la Revolución de 1959 ni con la llegada de Fidel Castro al poder. Sus raíces se hunden mucho más atrás, en una historia marcada por la dificultad de Washington para aceptar una Cuba plenamente soberana. Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, Estados Unidos se presentó ante el mundo como el libertador de la isla frente al dominio colonial español. Sin embargo, aquella liberación pronto mostró sus límites. La Enmienda Platt, impuesta en 1901 bajo presión estadounidense, otorgó a Washington el derecho de intervenir militarmente en Cuba cuando considerara amenazados sus intereses y consolidó una relación profundamente desigual que incluía la cesión de territorios estratégicos como Guantánamo.

Aquella disposición jurídica no fue un episodio aislado, sino la expresión temprana de una doctrina que consideraba a América Latina como una zona natural de influencia estadounidense. Esta visión hundía sus raíces en la Doctrina Monroe de 1823, resumida en la célebre fórmula "América para los americanos", que con el paso del tiempo terminó interpretándose como el derecho de Washington a intervenir en los asuntos del continente cuando considerara amenazados sus intereses estratégicos. Cuba podía ser formalmente independiente, pero no completamente libre para decidir su propio destino.

Por primera vez, un gobierno latinoamericano desafiaba abiertamente la hegemonía de Washington a escasos kilómetros de sus costas. La respuesta llegó en abril de 1961, cuando la CIA organizó y financió la invasión de Bahía de Cochinos mediante una fuerza de exiliados cubanos entrenados para derrocar al nuevo gobierno revolucionario. La operación terminó en un fracaso histórico para Estados Unidos, pero dejó al descubierto algo mucho más importante: la disposición de la principal potencia mundial a intervenir cuando un proceso político escapa a su control.

Lejos de representar una excepción, Bahía de Cochinos formó parte de un patrón que se repetiría en distintos momentos y lugares del continente. En 1954, Estados Unidos impulsó el derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala. En 1965 intervino militarmente en República Dominicana. Durante las décadas de 1970 y 1980 respaldó o colaboró con dictaduras militares que asolaron buena parte de América Latina. La Operación Cóndor, coordinada entre diversos regímenes autoritarios sudamericanos, dejó miles de desaparecidos, presos políticos, torturados y asesinados bajo la bandera de la lucha anticomunista. Detrás de aquellos acontecimientos existía un mismo principio: impedir que surgieran proyectos políticos capaces de cuestionar los intereses estratégicos de Washington.

Por eso las amenazas actuales contra Cuba no pueden interpretarse como simples declaraciones coyunturales. Forman parte de una continuidad histórica que atraviesa generaciones y administraciones. Cambian los métodos, cambian los discursos y cambian las justificaciones, pero la lógica de fondo permanece sorprendentemente intacta.

La guerra cognitiva y la doble vara de Washington

En el siglo XXI, sin embargo, las formas de presión han evolucionado. Las guerras ya no se libran exclusivamente mediante invasiones militares o golpes de Estado. Hoy también se combaten a través de sanciones económicas, campañas mediáticas, operaciones psicológicas y estrategias de influencia destinadas a moldear la percepción pública.

Es en este contexto donde adquiere relevancia el concepto de guerra cognitiva. No se trata simplemente de difundir información falsa. La guerra cognitiva busca crear incertidumbre, generar miedo, saturar el debate público con mensajes contradictorios y erosionar la capacidad de las sociedades para distinguir entre hechos, interpretaciones y propaganda. Su objetivo es conquistar la mente antes que el territorio.

Trump ha convertido esta lógica en una herramienta habitual de comunicación política. Sus declaraciones ambiguas y provocadoras generan impacto inmediato, desplazan el debate hacia el terreno emocional y obligan a gobiernos, medios de comunicación y ciudadanos a reaccionar constantemente ante escenarios inciertos. Pero reducir este fenómeno a la personalidad de Trump sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente importante es que la incertidumbre se ha convertido en un instrumento de poder dentro de una estrategia más amplia de presión geopolítica.

La amenaza, incluso cuando no llega a concretarse, ya cumple una función política.

A ello se suma una herramienta que durante décadas ha demostrado ser tan eficaz como silenciosa: las sanciones económicas. El bloqueo impuesto contra Cuba constituye uno de los ejemplos más prolongados de coerción económica contemporánea. Durante más de sesenta años, la isla ha enfrentado restricciones comerciales, financieras y tecnológicas que han condicionado profundamente su desarrollo económico y social. Las dificultades para acceder a créditos internacionales, adquirir determinados bienes o establecer relaciones comerciales normales con numerosos países han tenido un impacto directo sobre la vida cotidiana de millones de cubanos.

Washington presenta estas medidas como instrumentos destinados a promover la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, resulta difícil ignorar una contradicción evidente. Si el objetivo es mejorar las condiciones de vida de la población cubana, ¿cómo justificar políticas que contribuyen precisamente a deteriorarlas? La lógica parece responder menos a una preocupación humanitaria que a una estrategia de desgaste destinada a generar presión interna sobre el gobierno de la isla.

Es aquí donde emerge con claridad la doble vara que caracteriza buena parte de la política exterior estadounidense. Estados Unidos se presenta frecuentemente como defensor global de la democracia, los derechos humanos y el orden internacional basado en normas. Sin embargo, a lo largo de su historia ha mantenido estrechas alianzas con monarquías absolutas, gobiernos autoritarios y regímenes responsables de graves violaciones de derechos humanos cuando estos resultaban funcionales a sus intereses geopolíticos.

La contradicción es difícil de ocultar. Washington condena determinadas vulneraciones de derechos fundamentales mientras guarda silencio ante otras. Defiende con firmeza su soberanía nacional frente a cualquier injerencia externa, pero cuestiona la de aquellos países que se niegan a alinearse con sus prioridades estratégicas. Exige respeto a las normas internacionales cuando estas favorecen sus intereses, mientras no duda en ignorarlas cuando las considera un obstáculo.

No se trata de una incoherencia accidental, sino de una forma de entender las relaciones internacionales donde los principios universales suelen quedar subordinados a los intereses de poder.

América Latina ante un desafío histórico

La discusión sobre Cuba trasciende ampliamente las fronteras de la isla. Cuba representa mucho más que un pequeño país del Caribe. Para millones de personas en América Latina simboliza la posibilidad —con todas sus contradicciones, aciertos y errores— de sostener un proyecto político independiente frente a la principal potencia del planeta. Esa dimensión simbólica explica en parte por qué sigue ocupando un lugar tan relevante en el imaginario político regional y por qué continúa siendo objeto de una presión tan persistente.

Cada amenaza de intervención, cada nueva sanción y cada intento de aislamiento envían un mensaje que va mucho más allá de La Habana. El mensaje es que la autonomía política sigue teniendo límites cuando entra en conflicto con determinados intereses geopolíticos. Por eso el debate no debería reducirse a la simpatía o antipatía que cada persona pueda sentir hacia el gobierno cubano. La cuestión central es otra: si una potencia extranjera tiene derecho a decidir qué gobiernos son legítimos y cuáles deben ser reemplazados.

Las declaraciones de Trump deben entenderse dentro de ese marco más amplio. No son simplemente una anécdota ni una excentricidad política. Son el reflejo de una visión del mundo que continúa considerando legítimo ejercer presión permanente sobre aquellos países que intentan seguir caminos propios.

La historia latinoamericana demuestra que las intervenciones externas rara vez han traído democracia, estabilidad o prosperidad duradera. Lo que sí han dejado con frecuencia son heridas profundas, dependencia económica, fracturas sociales y generaciones enteras marcadas por la violencia política.

Tal vez la pregunta no sea cuándo dejará Estados Unidos de intervenir, presionar o amenazar a los países de América Latina. Tal vez la verdadera pregunta sea cuándo América Latina terminará de convencerse de que su soberanía no puede depender de la autorización de ninguna potencia extranjera.

Porque la independencia no se pierde únicamente cuando desembarcan los marines. También se pierde cuando los pueblos aceptan que otros tienen derecho a decidir por ellos.

Y mientras esa lógica continúe vigente, la soberanía latinoamericana seguirá siendo una tarea pendiente, una conquista inacabada y uno de los grandes desafíos políticos de nuestro tiempo.

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sábado, 20 de junio de 2026

La Unión Soviética y la derrota del fascismo: "85 años de la Gran Guerra Patria, la lección antifascista que Europa no debe olvidar"


Por Javier Huerta

Este junio del 2026 se cumplen 85 años del inicio de la Gran Guerra Patria, la lucha heroica librada por los pueblos de la Unión Soviética contra la invasión nazi entre 1941 y 1945. Aquella guerra, que constituyó el principal frente de la Segunda Guerra Mundial en Europa, no fue únicamente una confrontación militar entre Estados. Fue una batalla decisiva por el futuro de la humanidad, una lucha existencial contra el fascismo, el racismo, el colonialismo y la barbarie representados por el Tercer Reich.

En la madrugada del 22 de junio de 1941, la Alemania hitleriana lanzó la Operación Barbarroja, la mayor invasión militar de la historia. Más de tres millones de soldados, apoyados por miles de tanques, piezas de artillería y aviones, atravesaron las fronteras soviéticas con el objetivo de destruir la Unión Soviética, esclavizar a sus pueblos y convertir amplias regiones de Europa Oriental en colonias al servicio de la maquinaria nazi.

Hitler y sus generales estaban convencidos de que la campaña concluiría en pocas semanas. Tras las rápidas victorias obtenidas en gran parte de Europa occidental, los dirigentes del Tercer Reich creían que el Estado soviético se derrumbaría ante el empuje de la Alemania nazi. Se equivocaron.

La resistencia soviética alteró por completo los planes nazis. En diciembre de 1941, el Ejército Rojo frenó a las fuerzas alemanas a las puertas de Moscú, infligiendo la primera gran derrota estratégica a Hitler y desmontando el mito de la invencibilidad de la Wehrmacht. Poco después, la ciudad de Leningrado resistió cerca de 900 días de asedio, convirtiéndose en uno de los mayores símbolos de resistencia popular de toda la guerra. Sin embargo, sería en Stalingrado donde se produciría el gran punto de inflexión del conflicto. Entre 1942 y 1943, las tropas soviéticas cercaron y destruyeron al Sexto Ejército alemán, cambiando definitivamente el rumbo de la guerra. Meses después, la victoria soviética en Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia, acabó con la capacidad ofensiva del ejército nazi en el frente oriental.

Frente a la maquinaria de guerra más poderosa de su tiempo se levantó la resistencia de millones de trabajadores, campesinos, soldados, mujeres y jóvenes soviéticos que comprendieron que aquella guerra no era únicamente una cuestión de fronteras o intereses geopolíticos. Era una lucha por la supervivencia de sus pueblos y por la defensa de un proyecto social que el fascismo pretendía exterminar.

Para los pueblos de la Unión Soviética, aquella guerra fue mucho más que una campaña militar. Fue una lucha por la supervivencia nacional frente a un proyecto de conquista y exterminio que pretendía convertir amplias regiones del Este europeo en territorios coloniales sometidos al dominio nazi. La magnitud de aquella amenaza explica por qué la memoria de la Gran Guerra Patria continúa ocupando un lugar central en la conciencia histórica de millones de personas.

La victoria soviética transformó el curso de la historia. El frente oriental constituyó el escenario principal de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Fue allí donde Alemania concentró la mayor parte de sus fuerzas militares y donde sufrió sus pérdidas más devastadoras. Mientras otros frentes contribuyeron al esfuerzo aliado común, fue en territorio soviético donde se decidió fundamentalmente la suerte del Tercer Reich.

Fue en las estepas, bosques y ciudades de la Unión Soviética donde el nazismo sufrió sus principales derrotas. Fue el Ejército Rojo quien liberó amplias regiones de Europa del dominio nazi y quien finalmente izó la bandera de la victoria sobre las ruinas del Reichstag en Berlín en mayo de 1945.

Ningún país pagó un precio tan elevado por la derrota del fascismo como la Unión Soviética. Las estimaciones históricas sitúan en torno a 27 millones las víctimas soviéticas entre militares y civiles. Miles de ciudades, pueblos y aldeas fueron destruidos por la guerra y regiones enteras quedaron devastadas por la ocupación nazi. La victoria de 1945 fue también la victoria de un pueblo que soportó el mayor sacrificio humano de toda la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, ochenta y cinco años después, la memoria de aquella gesta sigue siendo objeto de disputas y tergiversaciones. En demasiadas ocasiones se minimiza el papel decisivo desempeñado por la Unión Soviética en la derrota del fascismo o se pretende reducir su contribución a una simple nota al pie de página de la historia. Frente a esos intentos de revisionismo histórico, resulta necesario reivindicar los hechos: sin el sacrificio de los pueblos soviéticos y sin la resistencia organizada de millones de comunistas y antifascistas en toda Europa, la derrota de Hitler habría sido impensable.

Durante décadas, buena parte de la cultura popular occidental ha tendido a presentar el desembarco de Normandía como el acontecimiento decisivo de la guerra, relegando a un segundo plano el papel desempeñado por el frente oriental. Sin restar importancia a la contribución de los aliados occidentales, los hechos históricos muestran que fue en territorio soviético donde el Tercer Reich sufrió sus principales derrotas militares y humanas. Reconocer este hecho no implica restar mérito a otros pueblos que combatieron al fascismo, sino situar los acontecimientos en su justa dimensión histórica.

Pero recordar la Gran Guerra Patria no es únicamente un ejercicio de memoria histórica. También es una reflexión sobre el presente. En una Europa donde vuelven a crecer fuerzas ultraderechistas, nacionalistas excluyentes y movimientos que cuestionan conquistas sociales y democráticas logradas durante décadas de lucha popular, las enseñanzas de la victoria sobre el fascismo adquieren una renovada actualidad.

La memoria como herramienta de combate

Ochenta y cinco años después del inicio de la Gran Guerra Patria, la principal lección que nos deja aquella gesta histórica no pertenece únicamente al pasado. También interpela directamente a nuestro presente.

La victoria sobre el fascismo no cayó del cielo. No fue fruto de la casualidad ni de una supuesta evolución natural de la historia. Fue conquistada mediante la organización popular, el sacrificio colectivo y el compromiso político de millones de personas que comprendieron que el fascismo representaba una amenaza existencial para los trabajadores, para las libertades democráticas y para el futuro de la humanidad.

Los pueblos soviéticos derrotaron al nazismo porque decidieron resistir. Porque entendieron que la neutralidad ante la barbarie favorece siempre a los opresores. Porque comprendieron que los derechos conquistados solo pueden defenderse mediante la movilización consciente de quienes se benefician de ellos.

Hoy, cuando en numerosos países europeos observamos el crecimiento de fuerzas ultraderechistas, xenófobas, racistas y reaccionarias, la memoria de la Gran Guerra Patria adquiere una nueva relevancia.

La historia demuestra que el fascismo nunca aparece de un día para otro. Crece progresivamente aprovechando las crisis económicas, el descontento social, el miedo y la desmovilización popular. Avanza cuando las fuerzas democráticas y progresistas renuncian a organizarse y a disputar la conciencia de la sociedad.

Por ello, recordar la victoria soviética no debe limitarse a la colocación de flores ante los monumentos o a la celebración de efemérides históricas. Debe servir para extraer enseñanzas útiles para nuestro tiempo.

La mejor forma de honrar a quienes combatieron en Moscú, Leningrado, Stalingrado, Kursk o Berlín es continuar defendiendo los valores por los que lucharon millones de antifascistas: la solidaridad entre los pueblos, la igualdad social, la justicia económica, la paz, la cooperación internacional y la defensa de los derechos de las mayorías trabajadoras.

La lucha política del siglo XXI no se libra en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Se libra en los centros de trabajo, en las universidades, en los barrios, en los sindicatos, en los movimientos sociales, en los medios de comunicación y en las instituciones democráticas. Se libra en el terreno de las ideas y de la organización popular.

La defensa de los valores antifascistas exige también participación democrática. La historia demuestra que la desmovilización de los sectores populares deja espacio al avance de proyectos reaccionarios. Por ello, la implicación ciudadana en la vida política, sindical, asociativa y electoral constituye una herramienta fundamental para defender y ampliar los derechos conquistados durante generaciones de lucha social. Ninguna conquista democrática puede preservarse si quienes se benefician de ella renuncian a participar activamente en su defensa.

El papel de los comunistas en la resistencia antifascista europea

La victoria sobre el fascismo no fue únicamente el resultado de grandes operaciones militares. También fue fruto de la resistencia organizada de millones de hombres y mujeres que, en los territorios ocupados, decidieron enfrentarse a la barbarie nazi.

En prácticamente todos los países europeos ocupados por el Tercer Reich, los comunistas desempeñaron un papel destacado en la organización de movimientos clandestinos, redes de sabotaje, guerrillas y estructuras de resistencia popular.

Desde Francia hasta Grecia, desde Italia hasta Yugoslavia, miles de militantes comunistas participaron en primera línea de la lucha contra el fascismo, pagando en muchos casos un precio extremadamente alto en forma de encarcelamientos, torturas y ejecuciones. Particularmente significativa fue la experiencia de Yugoslavia, donde los partisanos dirigidos por Josip Broz Tito lograron construir uno de los movimientos de resistencia más eficaces de toda Europa. Del mismo modo, en Italia, las Brigadas Garibaldi desempeñaron un papel fundamental en la lucha contra el régimen de Mussolini y la ocupación nazi, mientras que en Francia numerosos combatientes comunistas participaron activamente en la Resistencia.

La historia del antifascismo europeo también mantiene una estrecha relación con España. La Guerra Civil Española fue uno de los primeros escenarios de confrontación contra el fascismo internacional y miles de voluntarios de las Brigadas Internacionales acudieron a defender la legalidad republicana frente al golpe militar apoyado por Hitler y Mussolini. Tras la derrota de la República, numerosos exiliados españoles continuaron la lucha contra el fascismo integrándose en la Resistencia francesa y en otros movimientos de liberación europeos. Del mismo modo, la oposición antifranquista mantuvo durante décadas la defensa de los valores democráticos y antifascistas frente a la dictadura.

La propia Unión Soviética vio surgir una poderosa red de partisanos que actuó tras las líneas enemigas. Estos grupos llevaron a cabo operaciones de sabotaje contra infraestructuras militares, líneas ferroviarias y centros logísticos alemanes, dificultando enormemente las operaciones de ocupación.

Tras expulsar a las fuerzas nazis de su territorio, el Ejército Rojo participó decisivamente en la liberación de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria y otros países europeos sometidos por el Tercer Reich. Miles de soldados soviéticos murieron lejos de sus hogares durante estas operaciones, que culminaron con la batalla de Berlín y la derrota definitiva del régimen hitleriano.

Fascismo y poder económico: una alianza histórica

La llegada de Hitler al poder en 1933 no puede entenderse sin el apoyo de importantes sectores industriales, financieros y empresariales alemanes que veían en el movimiento nazi una herramienta para frenar el crecimiento del movimiento obrero organizado.

Las grandes organizaciones patronales y numerosos grupos empresariales consideraban que el nazismo podía garantizar la estabilidad de un sistema económico amenazado por la crisis y por el avance de las organizaciones obreras.

Frente a la economía de guerra nazi, la Unión Soviética demostró una extraordinaria capacidad de movilización productiva. Durante los primeros meses de la invasión, miles de fábricas fueron trasladadas desde las zonas amenazadas hacia los Urales, Siberia y Asia Central. Aquella gigantesca operación permitió mantener la producción industrial y garantizar el suministro de armamento al Ejército Rojo. La planificación económica y el esfuerzo colectivo de millones de trabajadores constituyeron un factor decisivo para la victoria sobre el fascismo.

Las lecciones de la Gran Guerra Patria para la Europa del siglo XXI

El antifascismo del siglo XXI debe responder al crecimiento de la extrema derecha con inteligencia política, organización y participación social.

La mejor respuesta frente al avance reaccionario no consiste únicamente en denunciar discursos de odio. También exige construir alternativas capaces de mejorar las condiciones materiales de vida de la mayoría social: empleo digno, vivienda accesible, servicios públicos de calidad, derechos laborales garantizados, igualdad efectiva y defensa de la paz.

Del mismo modo que las generaciones que derrotaron al fascismo comprendieron la importancia de organizarse y actuar colectivamente, las generaciones actuales tienen la responsabilidad de participar activamente en la vida democrática. La abstención, la apatía y la desmovilización nunca han favorecido a las mayorías trabajadoras. La defensa de los derechos sociales, de los servicios públicos y de las libertades democráticas exige una ciudadanía consciente, organizada y comprometida con la construcción de alternativas políticas capaces de frenar cualquier retroceso reaccionario.

La historia no se repite de forma mecánica, pero sí ofrece enseñanzas valiosas. Una de ellas es que ningún avance social está garantizado para siempre. Otra, que los pueblos organizados poseen una capacidad transformadora mucho mayor de la que a menudo imaginan.

La victoria sobre el fascismo pertenece a la historia. La construcción de una Europa más justa, democrática y solidaria pertenece al presente. Y su futuro dependerá, como entonces, de la capacidad de los pueblos para organizarse, participar y luchar por él.

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lunes, 15 de junio de 2026

Nicaragua. El Sandinismo como fuerza civilizacional


Por Stephen Sefton


Sandinismo como fuerza civilizacional - Aldo Díaz Lacayo y Padre Miguel d'Escoto y su indispensable aporte revolucionario

La constante guerra psicológica imperialista contra los gobiernos independientes del mundo mayoritario siempre afirma la superioridad cultural y moral del Occidente a pesar de su innegable historia centenaria de genocidio y criminal saqueo. Una tarea fundamental para los pueblos del mundo es la de resistir y superar la constante agresión de los poderes occidentales contra nuestras culturas. Esta lucha por la identidad soberana resalta la relevancia de la Iniciativa de Civilización Global lanzado en 2023 por el presidente Xi Jinping como un claro desafío contra los anti-valores de la cultura occidental que tanto daño han causado al desarrollo humano de los pueblos alrededor del mundo.

En el caso de América Latina y el Caribe, las centenarias luchas por la independencia y la soberanía de los pueblos han aportado grandemente a la civilización humana. El Sandinismo es una de las expresiones más puras de esta fuerza civilizacional por la Paz y la Hermandad que contrarresta la anti-civilización occidental de soberbia, envidia, avaricia y odio. Es precisamente este choque civilizacional que provoca la interminable agresión e injerencia político-militar, económica y cultural norteamericana. En el largo proceso de la liberación regional, la Revolución Popular Sandinista sigue siendo un punto de referencia esencial, por motivo de la auténtica democratización del país y también por su indispensable aporte a la emancipación cultural de los pueblos.

En ese sentido, Aldo Díaz Lacayo y Padre Miguel d’Escoto, a lo largo de sus extraordinarias vidas, proyectaron  a nivel internacional la esencia antiimperialista de Nicaragua y la Revolución Popular Sandinista, con toda la fuerza moral y espiritual de Rubén Darío y del General Sandino. El legado de Aldo y Miguel sigue vivo y vibrante entre nosotros por motivo de su capacidad de sensata percepción, sus extensos conocimientos, su enfático compromiso ideológico y su comprensivo dominio de la práctica. La gran obra vital de ambos juntos permite apreciar plenamente las formidables dimensiones de los logros de la Revolución Popular Sandinista, de todas y todos sus héroes y mártires, del Comandante Carlos, del Comandante Daniel y de la Compañera Rosario.

Dos caminos, una fe revolucionaria

Padre Miguel nació en 1933 y el compañero Aldo en 1936, así que llegaron a ser adultos en el tiempo del golpe de estado en Guatemala de 1954, del heroico acto de ajusticiamiento de Rigoberto López Pérez y del triunfo de la Revolución Cubana. Aunque sus trayectorias como jóvenes fueron muy diferentes, Aldo como militante revolucionario y Miguel como sacerdote, sus experiencias los llevaron al mismo destino en defensa de la Revolución Popular Sandinista como diplomáticos comprometidos con un actuar de la más alta integridad moral y una incuestionable lealtad política.  Ambos siempre afirmaron e insistieron en el liderazgo del Comandante Daniel. Por ejemplo, el Padre Miguel recuerda en una reflexión en 2011 sobre sus 50 años de sacerdocio:

“El segundo y definitivo llamado de Dios lo recibí cuando tenía apenas 16 años de ordenado sacerdote. Me vino a través del Frente Sandinista de Liberación Nacional en la persona de Daniel a quien Él había encomendado guiar la liberación de nuestro pueblo, proyecto que aun sigue avanzando, firmemente, pero que aun requiere, y seguirá necesitando por mucho tiempo a Daniel, para seguir consolidándose y para consolidar también la monolítica unidad de América Latina y el Caribe, indispensable para hacer realidad nuestra definitiva independencia, soberanía e integridad territorial, aun amenazadas por diabólicas pretensiones de dominación de las potencias imperiales.”

El compañero Aldo también enfatizaba el liderazgo de Daniel al frente del proceso colectivo revolucionario. En una entrevista con el documentalista Thierry Deronne en 2010, Aldo explicó lo esencial de la tendencia estructural de la historia, él observó, “...esto es lo que hay que descubrir y por esto es que hay que seguir a Chávez, a Daniel, a Fidel, porque son los que lo descubren, tan sencillo como eso… los líderes saben que ellos emergen como producto de la lucha popular. No la dirigen. En el sentido de crear la dirección de la lucha.… el dirigente parte del colectivo, ya lo sabemos. Pero el colectivo finalmente requiere la unidad y esa unidad se expresa en alguien... que parte del colectivo, pero que se expresa en alguien.”

Por ese motivo, en Nicaragua, Tod@s Somos Daniel.

Victorias de la diplomacia sandinista

El Padre Miguel y el compañero Aldo implementaron su exitosa diplomacia a base de esta clara comprensión de estar aportando sus grandes talentos para defender y para llevar a cabo un proyecto revolucionario colectivo. Ésta es una parte fundamental de su legado porque sus valores de irrevocable compromiso con el pueblo, de humildad y lealtad en su actuar, siguen muy vivos en la práctica de nuestra Cancillería, como lo ha expresado el compañero Valdrack Jaentschke, “En el Sandinismo no hablamos de individualidades y de éxitos personales; hablamos de Luchas, de Compromisos y de Victorias que las construimos colectivamente".

Gracias al liderazgo del Comandante Daniel,  a los talentos y la labor comprometida del Padre Miguel y Aldo Díaz Lacayo  y sus compañer@s, la diplomacia sandinista logró dos tremendas victorias en los extremadamente difíciles años de los 1980s. Una fue el proceso de negociaciones regionales libre de la interferencia norteamericana desarrollados inicialmente, pero sin éxito, por el Grupo de Contadora que culminó finalmente en los Acuerdos de Esquipulas II de 1987. La otra fue la sentencia en 1986 a favor de Nicaragua de la Corte Internacional de Justicia que condenó la guerra terrorista del presidente Ronald Reagan contra el pueblo nicaragüense.

En relación al complejo y largo proceso de negociación de los Acuerdos de Esquipulas que facilitaron el fin de los conflictos centroamericanos, independientemente de la injerencia norteamericana, el compañero Aldo explicó en una entrevista con el hermano Alberto Mora de Canal 4 en 2012, “Esquipulas fue el triunfo de Nicaragua en el Campo de la Diplomacia contra Estados Unidos. Eso sí es cierto, fue la última batalla librada a favor de la Revolución Popular Sandinista, esto también es cierto. Gracias a Esquipulas se da la pacificación interna, pero gracias a Esquipulas quedan vivos todos los Movimientos Guerrilleros, y gracias a Esquipulas queda vivo el Frente Sandinista.”

Y en relación al triunfo jurídico y diplomático de la condena del gobierno norteamericano por la Corte Internacional de Justicia, nuestro Comandante Daniel recordó en el Acto de Homenaje al Padre Miguel en 2017, “Recuerdo aquel momento en que reunidos con Miguel, él empezó a plantear que llevásemos a los Estados Unidos a la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Bueno, yo le escuchaba con mucha atención, algunos Compañeros presentes... me decían aparte: “Esa es locura de Miguel”; pero yo le dije a Miguel: ¡Vamos adelante!… Y al final, por primera vez en la Historia era condenado un Estado, una Potencia; la mayor Potencia del Planeta era condenada por actos de terrorismo en contra de Nicaragua, por acciones criminales en contra de Nicaragua… Si entonces Estados Unidos le debía a Nicaragua más de 17,000 millones de dólares por los daños causados a este País, pues ahora eso seguramente está cuadruplicado o quintuplicado. ¡La Sentencia está viva!”    

Darío, Sandino – unión y soberanía

Varios hilos de inspiración moral y espiritual se entrelazaron para fortalecer los lazos del compromiso revolucionario político y cultural que unieron al Padre Miguel y el compañero Aldo en la causa del Sandinismo. Ambos celebraban nuestro General Sandino como profeta de la unión latinoamericana y caribeña. Padre Miguel observó como, “Sandino era gran admirador de Bolívar. Sandino se entusiasmaba, porque las palabras de Bolívar resonaban en sus entrañas… Bolívar y Sandino estaban absolutamente claros que para que nos respetaran, nos teníamos que hacer respetar, y que la única manera era adquiriendo la fuerza que nos da la unión.”

Ambos también celebraban a Rubén Darío junto con Sandino. Aldo Díaz Lacayo señala que "Sandino y Darío no son ajenos el uno al otro. En su propia esfera, ambos son expresiones supremas del inconsciente colectivo nacional. Ambos invocan la sangre y la cultura de los pueblos originarios como base de su propia identidad y ambos reconocen la transculturación española como un factor irrevocable, pero no fundamental, de esa identidad. Ambos están igualmente abiertos al mundo, dedicados a la defensa de la libertad y a una visión religiosa y filosófica de la vida. En consecuencia, ambos son paradigmas nacionales, los máximos representantes de la identidad nicaragüense.”

El Padre Miguel profundiza esta apreciación cuando escribe en una reflexión, “A todos los que aún no hayan logrado insertar su espíritu en la corriente de Darío, Sandino y nuestros Héroes y Mártires, los invito a que lo hagan, conscientes de que para lograrlo no basta con haber leído sobre nuestra historia y sobre las hazañas de nuestros grandes próceres y héroes. Para muchos, lograr insertarse en lo medular de nuestra identidad y dignidad nacional implica tener que deshacerse de la influencia de los valores de la clase dominante que imposibilitan o, por lo menos, dificultan entrar en la lógica de las desposeídas mayorías”.

De manera más amplia, Aldo Díaz Lacayo y el Padre Miguel destacaron el aporte de la América Latina y Caribe revolucionaria a la causa un nuevo orden mundial a base de la solidaridad, el respeto, la igualdad y la Paz. En una entrevista de diciembre 2011 con el compañero Roberto Zuñiga, el Padre Miguel observó, “América Latina predica al Mundo... miren Compañer@s, ¡somos hermanos! Somos herman@s, tenemos que vivir junt@s por el Bien Común. Tenemos que Amar y Cuidar a nuestra Madre Tierra, conscientes de que ella puede vivir sin nosotros, pero nosotros no podemos vivir sin ella. Estas son las ideas maravillosas que América Latina y El Caribe, están presentando al Mundo en este momento... por un lado, la necesidad de la Unidad ¡importantísimo! Pero por otro lado, una Unidad con contenido.”

Paz, Solidaridad, Amor Cristiano

En 2017 Aldo elaboró sobre como, “Resurge el pensamiento de Simón Bolívar, creador de la unidad geopolítica de América, y de su inserción en el mundo con el peso específico que le corresponde... Resurgen, con el mismo ímpetu revolucionario de hace doscientos años, los principios político-ideológicos independentistas de América, definidos mejor que nadie por Sandino cien años después: el nacionalismo, el antimperialismo, el latinoamericanismo, el internacionalismo, y el constitucionalismo. Valores propios.” Y el compañero Aldo también observó. “"En América Latina, la cultura de la Paz nació junto con la Independencia. No es nada nuevo. La gran preocupación de Simón Bolívar era la Paz.”

Es precisamente ese mensaje de Paz y Unión del Comandante Daniel y la Compañera Rosario que la Compañera invoca diariamente en sus mensajes a la nación.  Nuestra Copresidencia siempre enfatiza la invencible continuidad de una cosmovisión derivado de los pueblos originarios, desarrollada por todos los y las héroes nacionales, desde los tiempos de la colonia española y la agresión de los filibusteros, desde Zeledón, Darío, Sandino, Blanca Araúz y el Comandante Carlos y sostenido ahora con toda su fuerza por el Comandante Daniel y la Compañera Rosario. Toda la vida el compañero Aldo Díaz Lacayo y el Padre Miguel d’Escoto afirmaban y fortalecían este gran aporte de Nicaragua a la civilización global y un nuevo mundo de Paz y Solidaridad.

En el comunicado sobre su fallecimiento del compañero Aldo, nuestra Copresidencia declaró, “Al confirmar este viaje de Aldo a la Eternidad donde nos reunimos tod@s, damos constancia, agradecidos, de todo lo que su tránsito por esta Tierra y esta Patria Bendita, ha representado para la Historia, la Memoria y el contínuo Compromiso de tod@s con el Siempre Más Allá, Espiritual, Místico, Iluminado y Verdadero, que hemos hecho nuestro, siguiendo el legado de todos nuestros Héroes Patrios, y de Sandino, General de Hombres y Mujeres Libres.”

Y la Compañera Rosario declaró después del Acto Solemne en Homenaje al Padre Miguel D´Escoto,
“...qué és lo que nos llena a nosotr@s de Vigor todos los días ? El Amor Cristiano. Y ahí está Miguel, el Alma de Miguel, en ese Amor y en ese Compromiso que como Cristian@s hemos asumido, de Seguir Cambiando Nicaragua, Para Bien, y Para Mejor !… El Padre Miguel, con nosotr@s Siempre ! Y con nosotr@s caminando las Rutas de Victorias en las que vamos tod@s : Jóvenes de Ayer, Jóvenes Eternos, Jóvenes de Hoy, y l@s Jóvenes de Mañana. Vamos Adelante, Compañer@s...! Y Vamos Adelante, En Amor a Nicaragua, y en Amor entre nosotr@s mism@s, fortaleciendo todos los días la Paz, que és el principal Tesoro que tiene el Pueblo y las Familias nicaragüenses.”


Fuente:

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domingo, 14 de junio de 2026

CUBA NO ESTÁ SOLA: BLOQUEO, RESISTENCIA Y SOLIDARIDAD FRENTE A LA NUEVA ESCALADA DE ESTADOS UNIDOS

Por Javier Huerta

Durante el último mes se ha desarrollado una nueva escalada de tensiones entre Estados Unidos y Cuba. Amenazas procedentes de sectores de la administración estadounidense, nuevas medidas de presión económica, denuncias sobre la crisis energética cubana y una intensa campaña política contra la isla han vuelto a colocar a Cuba en el centro de la confrontación geopolítica hemisférica.

Sin embargo, los acontecimientos de estas semanas también han puesto de manifiesto otra realidad que rara vez ocupa los titulares de los grandes medios occidentales: la capacidad de resistencia del pueblo cubano, el respaldo popular a la defensa de la soberanía nacional y una creciente solidaridad internacional frente a las presiones de Washington.

Lo que está ocurriendo no puede analizarse como una simple disputa diplomática. Se trata de un nuevo episodio de una confrontación histórica que enfrenta dos proyectos antagónicos: por un lado, la voluntad de Estados Unidos de mantener su capacidad de influencia sobre América Latina; por otro, la determinación de Cuba de defender su independencia y su modelo político frente a cualquier forma de injerencia.

LA GUERRA ECONÓMICA SE RECRUDECE

La principal arma utilizada contra Cuba no son los portaaviones ni las bases militares Es la guerra económica.

Durante décadas, el bloqueo estadounidense ha condicionado el desarrollo de la economía cubana, limitando el acceso a mercados, créditos internacionales, inversiones, tecnologías y suministros estratégicos.

Las autoridades cubanas denuncian que las medidas coercitivas impuestas por Washington provocan pérdidas económicas de miles de millones de dólares cada año y afectan directamente sectores esenciales como la energía, el transporte, la salud y la alimentación.

La crisis energética que atraviesa actualmente la isla se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de esta situación.

Según las denuncias de La Habana, las restricciones financieras y comerciales dificultan enormemente la adquisición de combustible y equipos necesarios para garantizar la estabilidad del sistema eléctrico nacional.

Las consecuencias son visibles: apagones prolongados, dificultades en el transporte, retrasos en la producción y afectaciones en múltiples sectores de la vida cotidiana.

Incluso la distribución de ayuda internacional se ha visto comprometida. Autoridades cubanas denunciaron recientemente que más de 170 contenedores con suministros valorados en aproximadamente 6,3 millones de dólares permanecían sin poder llegar a sus destinatarios debido a la escasez de combustible y a las dificultades logísticas derivadas de la crisis energética.

Para Cuba, estos problemas no son consecuencia de un fenómeno aislado, sino el resultado directo de una estrategia de asfixia económica diseñada para generar descontento interno y debilitar al país.

LA FALSA AYUDA DE LOS 100 MILLONES DE DÓLARES

La contradicción más evidente de esta política quedó expuesta cuando Washington anunció una ayuda de 100 millones de dólares destinada al pueblo cubano.

La propuesta fue presentada como una iniciativa humanitaria para aliviar las dificultades económicas que atraviesa la isla.

Sin embargo, la respuesta de Cuba fue contundente.

El canciller Bruno Rodríguez cuestionó públicamente la propuesta y planteó una pregunta que rápidamente se convirtió en el centro del debate:

"¿Qué pueden significar 100 millones de USD, cuando su bloqueo económico y el cerco energético provocan afectaciones anuales de más de 5.000 millones de USD?

 Rodríguez también cuestionó preguntando quién aportaría realmente los fondos, cómo serían entregados y si estarían destinados a necesidades urgentes del pueblo cubano, como combustibles, alimentos y medicinas. “¿Será una donación, un engaño o un sucio negocio para cercenar nuestra independencia?”, escribió entonces el canciller.

La respuesta del Departamento de Estado a que los fondos serían distribuidos en coordinación con la Iglesia Católica y con organizaciones consideradas "independientes" por Washington plantea interrogantes políticos que no pueden ser ignorados.

Desde la perspectiva del Gobierno cubano y de numerosos sectores solidarios con la Revolución, esta propuesta trasciende el ámbito estrictamente humanitario y se inserta en una estrategia política más amplia. La cuestión central no radica únicamente en la cuantía de los recursos anunciados, sino en quiénes serían los destinatarios reales de esos fondos y qué objetivos políticos podrían perseguirse mediante su distribución.

Resulta significativo que, en lugar de canalizar cualquier ayuda a través de las instituciones públicas cubanas o mediante mecanismos acordados con el Estado cubano, Washington haga énfasis en organizaciones que considera "independientes". Para muchos analistas críticos, esta formulación deja entrever la intención de fortalecer estructuras sociales, políticas y mediáticas ajenas al proyecto revolucionario cubano, promoviendo actores capaces de disputar influencia al Estado en un momento especialmente complejo para la isla.

En un contexto marcado por la crisis energética, las dificultades económicas y el endurecimiento de las sanciones, la financiación selectiva de determinadas organizaciones podría interpretarse como un intento de ampliar espacios de oposición política interna aprovechando las consecuencias de la propia asfixia económica denunciada por Cuba.

La contradicción resulta evidente. Mientras Estados Unidos mantiene una política que, según las autoridades cubanas, provoca pérdidas de miles de millones de dólares y agrava las dificultades cotidianas de la población, presenta simultáneamente programas de ayuda dirigidos hacia actores escogidos por Washington. Desde esta óptica, la ayuda no aparecería como un gesto neutral de solidaridad, sino como una herramienta de influencia política destinada a incrementar la presión sobre el Gobierno revolucionario.

Por ello, numerosos sectores de izquierda e internacionalistas consideran que la verdadera ayuda al pueblo cubano no consistiría en financiar estructuras seleccionadas desde el exterior, sino en poner fin a las medidas coercitivas que afectan a toda la sociedad cubana. Desde esta perspectiva, cualquier programa de asistencia impulsado por Washington mientras continúe vigente el bloqueo corre el riesgo de ser percibido como parte de una estrategia de injerencia política más que como una respuesta genuinamente humanitaria.

La Habana sostiene que la oferta constituye una operación propagandística destinada a ocultar la responsabilidad de Washington en la crisis económica que afecta al país.

La comparación resulta reveladora.

Mientras Estados Unidos anuncia una ayuda de 100 millones de dólares, Cuba denuncia daños económicos anuales que superan ampliamente los miles de millones de dólares como consecuencia del bloqueo y las medidas coercitivas.

Desde la perspectiva cubana, la verdadera ayuda no consistiría en entregar fondos condicionados o gestionados por terceros, sino en eliminar las sanciones que limitan el desarrollo económico de la isla.

Por ello, numerosos sectores políticos y sociales han calificado la propuesta como una maniobra destinada a construir una imagen de solidaridad mientras permanecen intactos los mecanismos que generan el problema.

En palabras de numerosos analistas, se trata de la paradoja de quien provoca la herida y luego pretende presentarse como médico.

FABRICAR UNA AMENAZA PARA JUSTIFICAR LA AGRESIÓN

Otro de los elementos que ha marcado las últimas semanas ha sido el intento de determinados sectores estadounidenses de presentar a Cuba como una amenaza estratégica.

Las referencias a supuestos vínculos con Rusia, China o Irán han sido utilizadas para alimentar una narrativa que busca legitimar nuevas medidas de presión contra la isla.

La Habana rechaza estas acusaciones y recuerda una realidad difícil de cuestionar: Cuba no posee bases militares fuera de sus fronteras, no mantiene tropas desplegadas alrededor de Estados Unidos y no representa una amenaza militar para ninguna nación.

Por el contrario, son las autoridades cubanas quienes denuncian décadas de agresiones, sabotajes, operaciones encubiertas y medidas económicas destinadas a provocar un cambio de régimen.

En este contexto deben interpretarse las advertencias realizadas por el presidente Miguel Díaz-Canel sobre las consecuencias de una eventual agresión militar.

Cuando el mandatario cubano alertó sobre un posible "baño de sangre" en caso de una intervención, estaba subrayando el enorme costo humano que tendría cualquier intento de imponer por la fuerza una solución al conflicto.

EL PUEBLO CUBANO SE MOVILIZA

Frente a las amenazas y las presiones externas, la respuesta de Cuba no ha sido el repliegue.

Ha sido la movilización.

Durante las últimas semanas miles de cubanos han participado en actos, concentraciones y movilizaciones en defensa de la soberanía nacional y de la Revolución.

Las imágenes difundidas desde distintos puntos del país muestran plazas llenas, banderas cubanas y una participación popular que desmiente los pronósticos de quienes esperaban un escenario de desmoralización o aislamiento interno.

Para amplios sectores de la sociedad cubana, la defensa de la Revolución no constituye únicamente una opción ideológica.

Representa la defensa de la independencia nacional conquistada frente a décadas de dominación extranjera.

La movilización popular ha transmitido un mensaje inequívoco: el pueblo cubano rechaza cualquier intento de imponer desde el exterior el rumbo político del país.

LA REVOLUCIÓN SE DEFIENDE

La dirigencia cubana ha reiterado que no busca la confrontación militar.

Sin embargo, también ha dejado claro que la soberanía nacional no es negociable.

La doctrina defensiva cubana se basa en un principio histórico consolidado desde el triunfo revolucionario de 1959: cualquier agresión encontrará la resistencia organizada de la nación.

La idea de la defensa popular de la Revolución ha reaparecido con fuerza en las últimas semanas.

Las autoridades cubanas han insistido en que el país está preparado para defender su independencia frente a cualquier amenaza y que la voluntad de resistencia del pueblo constituye la principal garantía de soberanía.

Más de seis décadas después del triunfo revolucionario, el mensaje sigue siendo el mismo: Cuba no renunciará a decidir su propio destino.

LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL CRECE

Mientras aumentan las presiones contra Cuba, también crecen las expresiones de solidaridad internacional.

Nicaragua ha condenado las amenazas contra la isla y ha denunciado que las acciones estadounidenses vulneran principios fundamentales del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas.

Venezuela ha reiterado su rechazo a las sanciones unilaterales y ha defendido el derecho del pueblo cubano a desarrollar su proyecto político sin injerencias externas.

México ha mantenido su histórica oposición al bloqueo y ha defendido de manera constante la soberanía cubana en los foros internacionales.

China continúa denunciando las sanciones unilaterales y fortaleciendo sus relaciones económicas y diplomáticas con La Habana.

Pero el respaldo más significativo ha llegado desde Rusia.

Moscú ha elevado la cuestión cubana al más alto nivel geopolítico al incorporar la situación de la isla en sus conversaciones con Washington.

El vicecanciller Serguéi Riabkov denunció el "cinismo" de quienes mantienen políticas de bloqueo mientras afirman buscar el diálogo, y el propio presidente Vladímir Putin confirmó que la situación de Cuba ha sido abordada en contactos entre ambas potencias.

Se trata de un hecho de enorme relevancia.

Cuba ya no aparece únicamente como un asunto bilateral entre La Habana y Washington.

Forma parte de una discusión internacional más amplia sobre soberanía, sanciones económicas y equilibrio geopolítico.

EL MUNDO CONTRA EL BLOQUEO

Existe además un dato que suele quedar fuera de los debates mediáticos.

Año tras año, la inmensa mayoría de los países del mundo vota en las Naciones Unidas contra el bloqueo estadounidense.

En la última votación, 165 países respaldaron la resolución que exige el fin de las sanciones contra Cuba.

El aislamiento diplomático no es el de Cuba.

Es el de la política estadounidense hacia Cuba.

Países de América Latina, África, Asia, Europa y el Caribe han expresado reiteradamente su rechazo a una política que consideran contraria al derecho internacional y perjudicial para la población cubana.

La existencia de este consenso internacional demuestra que la defensa de Cuba no es únicamente una cuestión ideológica.

Es también una defensa de principios fundamentales como la soberanía, la no injerencia y el derecho de los pueblos a decidir libremente su futuro.

LOS BRICS Y EL MUNDO MULTIPOLAR

En medio de esta situación, Cuba ha intensificado sus llamados a fortalecer la cooperación con los países del Sur Global y con los BRICS.

Para La Habana, la consolidación de un mundo multipolar representa una oportunidad para reducir la dependencia de estructuras dominadas históricamente por Occidente y para construir mecanismos alternativos de cooperación económica y financiera.

La defensa de la soberanía cubana se conecta así con una discusión global sobre el futuro del orden internacional.

Cada vez más países cuestionan el uso de sanciones unilaterales, bloqueos económicos y medidas coercitivas como instrumentos legítimos de política exterior.

CUBA NO ESTÁ SOLA

Los acontecimientos de las últimas semanas dejan una conclusión clara.

La presión contra Cuba ha aumentado.

También lo han hecho las amenazas, las campañas políticas y los intentos de asfixia económica.

Pero al mismo tiempo se han fortalecido las muestras de solidaridad internacional, se ha intensificado la movilización popular dentro de la isla y se ha reafirmado la voluntad de resistencia del pueblo cubano.

Lejos de encontrarse aislada, Cuba continúa contando con el respaldo de gobiernos, movimientos sociales, organizaciones populares y millones de personas en todo el mundo que consideran que ningún país tiene derecho a imponer por la fuerza el destino de otro.

Más de sesenta años después del triunfo revolucionario, la isla vuelve a enfrentarse a una nueva escalada de presión.

Y vuelve a responder de la misma manera.

Con soberanía.

Con resistencia.

Y con la convicción de que el futuro de Cuba sólo corresponde decidirlo al pueblo cubano.

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domingo, 7 de junio de 2026

Miguel d'Escoto Brockmann: Internacionalista, sacerdote revolucionario y defensor de los pueblos. El Canciller de la Dignidad que llevó la voz de Nicaragua al mundo

Por Javier Huerta

Hubo muchos comandantes, dirigentes y militantes que defendieron la Revolución Popular Sandinista en los años más difíciles de la agresión contra Nicaragua. Pero Miguel d'Escoto Brockmann libró una batalla distinta: la batalla diplomática internacional.

Mientras miles de nicaragüenses defendían la patria dentro de sus fronteras, él llevó la causa de Nicaragua a las Naciones Unidas, a las cancillerías y a los principales foros del mundo. Allí donde otros veían un pequeño país centroamericano, d'Escoto hizo escuchar la voz de un pueblo digno que reclamaba su derecho a la soberanía y a la autodeterminación.

A un nuevo aniversario de su tránsito a la inmortalidad, recordamos al sacerdote, revolucionario y estadista que convirtió la diplomacia en una trinchera de lucha y se transformó en el gran rostro internacional de la defensa de Nicaragua.

El 8 de junio de 2017, Nicaragua despedía a uno de sus hijos más universales, a un sacerdote comprometido con los pobres, a un revolucionario consecuente y al diplomático que llevó la defensa de la soberanía nacional a los escenarios más importantes del planeta.

Años después de su partida física, su figura continúa creciendo en la memoria histórica de la nación. No solamente por los cargos que ocupó, sino porque supo convertir la diplomacia en una trinchera de lucha al servicio de Nicaragua y de los pueblos que defienden su derecho a vivir libres de la dominación y la injerencia extranjera.

La vida de Miguel d'Escoto estuvo marcada por una profunda vocación cristiana y un firme compromiso con la justicia social. Desde muy temprano comprendió que la fe no podía ser indiferente frente a la pobreza, la exclusión y la desigualdad que sufrían millones de latinoamericanos.

Cuando el pueblo nicaragüense derrotó a la dictadura somocista el 19 de julio de 1979 e inició una nueva etapa histórica bajo la conducción de la Revolución Popular Sandinista, Miguel d'Escoto puso su experiencia, su prestigio internacional y su vocación de servicio al lado del proyecto revolucionario.

Aquella decisión no fue simplemente política. Fue una expresión coherente de su visión cristiana de la solidaridad, la justicia y la dignidad humana. Mientras Nicaragua emprendía profundas transformaciones sociales orientadas a beneficiar a las grandes mayorías históricamente excluidas, d'Escoto asumió la tarea de explicar al mundo el significado de aquel proceso.

Como Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Reconstrucción Nacional, Miguel d'Escoto enfrentó uno de los escenarios internacionales más complejos de la historia contemporánea de Nicaragua.

La joven Revolución impulsaba campañas masivas de alfabetización, ampliaba el acceso a la salud pública, promovía programas de reforma agraria y desarrollaba políticas orientadas a reducir las desigualdades sociales. Sin embargo, estas transformaciones se desarrollaban en medio de una creciente confrontación internacional y de una intensa campaña destinada a aislar diplomáticamente al país.

Frente a esa ofensiva, d'Escoto asumió una misión histórica: defender la Revolución en el escenario internacional. Recorrió continentes, dialogó con gobiernos, organizaciones sociales y movimientos de solidaridad, explicando la realidad nicaragüense y construyendo una amplia red de apoyo para Nicaragua.

La Revolución tenía muchas trincheras. Algunas estaban en las cooperativas agrícolas, otras en las campañas de alfabetización, otras en los frentes de defensa del país. Pero también existía una Trinchera Diplomática, ese era otro escenario donde Nicaragua tenia que librar la batalla por la verdad ante el mundo. Allí Miguel d'Escoto se convirtió en uno de sus principales combatientes denunciando la agresión contra Nicaragua, defendió el principio de no intervención y convirtió la causa nicaragüense en un asunto de debate mundial.

En la Asamblea General de las Naciones Unidas y en otros foros multilaterales defendió con firmeza y claridad el financiamiento, entrenamiento y apoyo brindado a las fuerzas contrarrevolucionarias que operaban contra el pueblo nicaragüense. Frente a las acusaciones y campañas de desinformación, respondió con argumentos jurídicos, políticos y morales que lograron atraer la atención de la comunidad internacional.

Cada intervención suya representaba una defensa apasionada de la soberanía nacional. No hablaba únicamente en nombre de Nicaragua. Hablaba también en nombre de los pueblos que históricamente habían sufrido intervenciones, bloqueos y presiones externas.

Uno de los capítulos más trascendentales de su trayectoria fue la lucha diplomática y jurídica que condujo al caso presentado por Nicaragua ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, una de las mayores victorias diplomáticas de la Revolución Sandinista.

Miguel d'Escoto desempeñó un papel fundamental en la internacionalización de aquella causa, contribuyendo a que el conflicto dejara de ser presentado como un asunto interno para convertirse en una cuestión de derecho internacional observada por el mundo entero.

La sentencia emitida en 1986 por la Corte Internacional de Justicia representó una victoria histórica para Nicaragua. El máximo tribunal internacional reconoció la responsabilidad de Estados Unidos por acciones contrarias al derecho internacional y reafirmó principios fundamentales relacionados con la soberanía de los Estados.

Aunque las circunstancias políticas impidieron el pleno cumplimiento de aquel fallo, la decisión quedó inscrita como una victoria moral, jurídica y diplomática del pueblo nicaragüense.

Para muchos observadores internacionales, aquella fue una demostración de que incluso una nación pequeña podía defender sus derechos frente a las grandes potencias utilizando los instrumentos del derecho internacional.

Décadas después, el prestigio acumulado por Miguel d'Escoto en la arena internacional lo llevó a ocupar uno de los cargos más relevantes del sistema multilateral: la Presidencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas durante el período 2008-2009.

Desde esa posición continuó defendiendo los principios que habían guiado toda su vida pública.

Promovió el fortalecimiento del multilateralismo, impulsó el diálogo entre las naciones del Sur Global y denunció las profundas desigualdades que caracterizan al sistema internacional contemporáneo.

Fue una voz crítica frente a las guerras, las intervenciones militares y las políticas que perpetúan relaciones de dominación entre países ricos y países empobrecidos.

Asimismo, abogó por reformas que permitieran construir una Organización de las Naciones Unidas más democrática, más representativa y más cercana a las necesidades reales de los pueblos del mundo.

Su presidencia de la Asamblea General confirmó que aquel sacerdote nicaragüense que había defendido a su patria durante los años más difíciles se había convertido también en una referencia internacional para quienes luchan por la paz, la justicia y la cooperación entre las naciones.

Miguel d'Escoto Brockmann pertenece a una generación de hombres y mujeres que entendieron la política como una forma de servicio y la diplomacia como una herramienta para defender la dignidad de los pueblos. Este es su legado que trasciende el tiempo y continúa inspirando a nuevas generaciones.

Su legado no se limita a los cargos que desempeñó ni a los reconocimientos que recibió. Vive en cada defensa de la soberanía nacional, en cada esfuerzo por construir relaciones internacionales más justas y en cada voz que se levanta contra la desigualdad y la dominación.

A un nuevo aniversario de su tránsito a la inmortalidad, Nicaragua recuerda al sacerdote, al revolucionario y al diplomático. Pero, sobre todo, recuerda al hombre que convirtió la palabra en una herramienta de lucha y que llevó la causa de su pueblo desde las calles de Managua hasta las tribunas más importantes del mundo.

Por eso su nombre permanece ligado para siempre a una de las más nobles distinciones otorgadas por la memoria popular: la de haber sido, en los momentos decisivos de la historia nacional, el auténtico Canciller de la Dignidad.


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