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s谩bado, 10 de octubre de 2026

La 81.陋 Asamblea General de la ONU: entre Imperialismo, Crisis del Multilateralismo y lucha por imponer el relato

Por Javier Huerta

La 81.陋 Asamblea General de las Naciones Unidas ha terminado dejando una impresi贸n dif铆cil de resumir en una sola palabra. Durante varios d铆as, representantes de 194 delegaciones, entre ellos 113 jefes de Estado y de Gobierno, ocuparon la tribuna de la organizaci贸n para hablar de guerras, soberan铆a, desarrollo, Palestina, Ucrania, Ir谩n, deuda, cambio clim谩tico, inteligencia artificial y reforma de las instituciones internacionales. Al cerrar el debate, el presidente de la Asamblea General, Khalilur Rahman, resumi贸 algunas de las principales preocupaciones expresadas por los Estados: la protecci贸n de la poblaci贸n civil, el acceso humanitario, la rendici贸n de cuentas, las soluciones pol铆ticas basadas en el derecho internacional y la necesidad de que el Consejo de Seguridad cumpla las responsabilidades que le asigna la Carta. El lema de esta sesi贸n —«Restoring Trust, Managing Transformation: A United Nations That Delivers for All»— condensaba precisamente el desaf铆o: recuperar la confianza en una organizaci贸n cuya autoridad se encuentra sometida a una presi贸n creciente.

Pero detr谩s de la sucesi贸n de discursos aparece una cuesti贸n m谩s profunda. La Asamblea no ha sido 煤nicamente otro escenario para enumerar los problemas del planeta, sino un espacio donde se ha hecho visible la disputa por las reglas que deben organizar las relaciones internacionales en un mundo que ya no se corresponde con el reparto de poder de 1945. Ant贸nio Guterres advirti贸 de la profundizaci贸n de las fracturas internacionales y situ贸 entre los grandes desaf铆os de nuestro tiempo la guerra y la paz, la desigualdad, el cambio clim谩tico y la inteligencia artificial. Lo que est谩 en juego, por tanto, no es solamente si Naciones Unidas funciona mejor o peor, sino qui茅n tiene capacidad para definir qu茅 significan la seguridad, la soberan铆a, el desarrollo, la legalidad internacional y la cooperaci贸n en el siglo XXI.

En «La ONU entre expectativas y realidad», Fabrizio Casari examina la distancia entre los objetivos fundacionales de la organizaci贸n y los l铆mites que impone la realidad internacional. Y en el articulo, «Las an茅cdotas de la 81.陋 Asamblea General de la ONU en crisis: una semana que retrat贸 el mundo que est谩 cambiando», donde repaso algunos de los episodios m谩s significativos de la semana de alto nivel. Este art铆culo contin煤a esa reflexi贸n desde una perspectiva pol铆tica y econ贸mica: m谩s all谩 de las escenas y los discursos, interesa examinar las relaciones de poder y las contradicciones institucionales que ayudan a explicar la crisis del multilateralismo y las fuerzas que pugnan por definir el orden internacional que est谩 tomando forma.

Una organizaci贸n nacida en 1945 ante un mundo transformado

La arquitectura institucional creada despu茅s de la Segunda Guerra Mundial contin煤a siendo el marco jur铆dico fundamental del sistema internacional, pero el mundo que la sostiene ha cambiado profundamente. Las potencias que entonces concentraban gran parte de la capacidad econ贸mica, militar y pol铆tica conservan una influencia extraordinaria, aunque junto a ellas han aparecido nuevos centros de poder econ贸mico, tecnol贸gico y demogr谩fico. China ocupa una posici贸n central en la econom铆a mundial; India ha incrementado su peso econ贸mico y pol铆tico; Rusia mantiene una considerable capacidad militar y energ茅tica; y numerosos pa铆ses latinoamericanos, africanos y asi谩ticos reclaman un mayor margen de decisi贸n. Agrupaciones como BRICS expresan, pese a la heterogeneidad y los intereses diferentes de sus miembros, la b煤squeda de mecanismos de cooperaci贸n que no dependan exclusivamente de instituciones dominadas hist贸ricamente por las potencias occidentales.

La cuesti贸n no consiste simplemente en sustituir un centro de poder por otro, sino en determinar si la transformaci贸n de la distribuci贸n internacional del poder puede traducirse en instituciones m谩s representativas y en mayores m谩rgenes de decisi贸n para los pa铆ses que hist贸ricamente han tenido menos capacidad para establecer las reglas.

En este debate vuelve a adquirir actualidad la figura de Miguel d’Escoto Brockmann. Durante su presidencia de la Asamblea General, en 2008-2009, el diplom谩tico y sacerdote nicarag眉ense defendi贸 una democratizaci贸n profunda de la ONU y cuestion贸 que el Consejo de Seguridad concentrar谩 una capacidad pol铆tica desproporcionada respecto de la Asamblea General, donde est谩n representados todos los Estados miembros. Sus propuestas no resolvieron aquella contradicci贸n, pero permiten recordar que la discusi贸n sobre la reforma de la ONU no naci贸 con la crisis actual: lleva d茅cadas vinculada al problema de qui茅n decide en nombre de la comunidad internacional. Para profundizar en este legado, puede consultarse el art铆culo «Miguel d’Escoto y la reinvenci贸n de la ONU: una propuesta sandinista para democratizar el mundo».

La necesidad de reformar la organizaci贸n no puede separarse de la desigualdad de poder que caracteriza su funcionamiento. La existencia de un Consejo de Seguridad con cinco miembros permanentes dotados de derecho de veto condiciona la respuesta internacional ante numerosas crisis. Mientras tanto, regiones enteras contin煤an reclamando una representaci贸n acorde con su peso demogr谩fico y pol铆tico. 脕frica, cuya exclusi贸n de los puestos permanentes sigue siendo uno de los principales asuntos pendientes, recuerda que la reforma institucional no es una discusi贸n meramente administrativa: tambi茅n es una disputa por corregir las jerarqu铆as heredadas de un orden mundial anterior.

Soberan铆a, doble rasero y poder de las grandes potencias

La disputa se hizo particularmente visible en el discurso de Estados Unidos. La Administraci贸n Trump present贸 ante la Asamblea una concepci贸n de las relaciones internacionales basada en la soberan铆a nacional, la primac铆a de los intereses estadounidenses y el rechazo de una mayor transferencia de competencias hacia estructuras internacionales. La propia Casa Blanca resumi贸 la intervenci贸n de Donald Trump como una defensa de la fortaleza estadounidense, de sus intereses y de su soberan铆a. Esa posici贸n puede consultarse en la declaraci贸n oficial de la Casa Blanca del 22 de septiembre de 2026.

Sin embargo, la defensa de la soberan铆a debe contrastarse con las actuaciones concretas de Washington y con el trato que dispensa a otros pa铆ses cuando sus decisiones no coinciden con los intereses estadounidenses. Uno de los episodios m谩s significativos fue la denegaci贸n o revocaci贸n de visados a representantes palestinos, incluido el presidente Mahmud Ab谩s, que impidi贸 su participaci贸n presencial en la sede de Naciones Unidas durante la semana de alto nivel. El 17 de septiembre, la Asamblea General aprob贸 una resoluci贸n para permitir que Palestina participara mediante una intervenci贸n pregrabada: obtuvo 152 votos a favor, tres en contra —Estados Unidos, Israel y Paraguay— y cuatro abstenciones —Colombia, Honduras, Panam谩 y Per煤—. La resoluci贸n lament贸 expresamente la decisi贸n estadounidense. Los detalles figuran en la informaci贸n oficial de Naciones Unidas sobre la votaci贸n.

El episodio muestra una contradicci贸n dif铆cil de ignorar: mientras Washington reivindica su soberan铆a nacional y cuestiona las limitaciones que puedan imponerle las instituciones multilaterales, su pol铆tica de visados restringi贸 la participaci贸n palestina en el principal foro universal de la organizaci贸n. La votaci贸n no demuestra que todos los pa铆ses que apoyaron la resoluci贸n compartan una misma posici贸n sobre el conjunto del conflicto palestino-israel铆, pero s铆 refleja un amplio respaldo a que Palestina pudiera intervenir en el debate general.

El problema es m谩s amplio que este episodio. Las grandes potencias tienden a interpretar los principios internacionales en funci贸n de sus alianzas e intereses, presentando sus propias actuaciones como defensa de la seguridad o del orden mientras cuestionan las de sus adversarios. Se帽alar este doble rasero no exige afirmar que todas las situaciones sean id茅nticas ni que las responsabilidades de los Estados sean intercambiables; exige aplicar criterios coherentes a las actuaciones de todos ellos. Si la soberan铆a y el derecho internacional deben servir para limitar los abusos de poder, no pueden convertirse en argumentos que se invocan para proteger los intereses propios y se relativizan cuando amparan a pueblos o gobiernos enfrentados a una gran potencia.

La cuesti贸n adquiere mayor relevancia al comparar el discurso estadounidense con las posiciones de Nicaragua, Cuba o Ir谩n, pa铆ses que tambi茅n invocan la soberan铆a, aunque desde contextos y proyectos pol铆ticos diferentes. Sus declaraciones deben atribuirse a sus respectivos gobiernos y someterse a examen cr铆tico, pero no por ello cabe ignorar la cuesti贸n material que plantean: ¿qu茅 margen real de autodeterminaci贸n conserva un pa铆s cuando las sanciones, la presi贸n financiera, las restricciones comerciales o la amenaza militar condicionan sus decisiones? El problema no es qui茅n utiliza con mayor frecuencia el lenguaje de la soberan铆a, sino qui茅n dispone de capacidad para imponer sus decisiones y qui茅n puede exigir que las reglas se apliquen tambi茅n a las grandes potencias.

La guerra entre Estados Unidos e Ir谩n convirti贸 esa disputa en una cuesti贸n especialmente concreta. El presidente iran铆, Masoud Pezeshkian, afirm贸 ante la Asamblea que su pa铆s no capitular铆a ante la presi贸n militar estadounidense, pero sostuvo que Ir谩n segu铆a abierto a la diplomacia. Rechaz贸 negociar bajo amenaza, defendi贸 el car谩cter pac铆fico que Teher谩n atribuye a su programa nuclear y denunci贸 las acciones militares estadounidenses. La delegaci贸n estadounidense abandon贸 la sala al comienzo del discurso iran铆, seg煤n inform贸 Reuters el 23 de septiembre. Estas afirmaciones recogen la posici贸n del Gobierno iran铆 y no deben confundirse con una verificaci贸n independiente de todas sus acusaciones.

El episodio pone de manifiesto una de las contradicciones centrales de la pol铆tica internacional: la diplomacia contin煤a present谩ndose como instrumento para resolver las crisis, pero su eficacia queda gravemente limitada cuando la negociaci贸n se desarrolla bajo presi贸n militar, econ贸mica o financiera. El control de las rutas energ茅ticas, las sanciones, el petr贸leo y el estrecho de Ormuz no son cuestiones separadas de la geopol铆tica; forman parte de una misma disputa por la capacidad de los Estados para decidir sobre sus recursos y sus relaciones exteriores.

Algo semejante ocurre con Palestina y Ucrania, aunque sus contextos hist贸ricos y pol铆ticos sean diferentes. La Asamblea volvi贸 a escuchar llamamientos a proteger a la poblaci贸n civil y respetar el derecho internacional, mientras las posiciones de los Estados mostraron profundas diferencias sobre la aplicaci贸n pr谩ctica de esos principios. La credibilidad del sistema multilateral depende de que las normas no queden subordinadas permanentemente a las alianzas y a las relaciones de fuerza. No basta con proclamar la vigencia del derecho internacional: tambi茅n hay que examinar qu茅 ocurre cuando su aplicaci贸n entra en conflicto con los intereses de una potencia.

El Sur Global y la b煤squeda de un orden multipolar

Desde esta perspectiva deben leerse las intervenciones de varios pa铆ses del Sur Global. Nicaragua defendi贸, durante la reuni贸n dedicada al 40.潞 aniversario de la Declaraci贸n sobre el Derecho al Desarrollo, la eliminaci贸n de medidas que obstaculizan el desarrollo y vulneran la soberan铆a, la igualdad soberana, la no injerencia y la autodeterminaci贸n. Su representaci贸n reclam贸 una reforma de la arquitectura econ贸mica y financiera internacional para avanzar hacia un orden m谩s justo, democr谩tico, inclusivo y multipolar. La intervenci贸n puede consultarse en la transcripci贸n de Naciones Unidas de la reuni贸n del 23 de septiembre de 2026.

En el debate general, el Gobierno nicarag眉ense destac贸 asimismo la importancia creciente de BRICS, vincul贸 esa agrupaci贸n con el derecho al desarrollo, expres贸 solidaridad con Cuba, respald贸 el principio de una sola China (no reconoce a Taiw谩n como un Estado independiente de China) y manifest贸 su apoyo a la posici贸n rusa en favor de la paz. Estas declaraciones permiten identificar las prioridades diplom谩ticas de Managua, aunque no convierten a BRICS en una organizaci贸n homog茅nea ni demuestran que todos sus miembros compartan una misma concepci贸n del orden mundial. La agrupaci贸n re煤ne pa铆ses con intereses econ贸micos, estrategias internacionales y sistemas pol铆ticos diferentes, unidos en parte por la b煤squeda de mayor capacidad de negociaci贸n dentro de las instituciones mundiales.

Cuba plante贸 una problem谩tica relacionada al situar el bloqueo y las presiones econ贸micas estadounidenses en el centro de su reivindicaci贸n de soberan铆a y desarrollo. Para el Gobierno cubano, las restricciones econ贸micas y financieras limitan las posibilidades de desarrollo del pa铆s y forman parte de una pol铆tica de coerci贸n. El debate debe atender tanto a las consecuencias econ贸micas y sociales de esas medidas como a los argumentos que ofrece Washington para justificarlas. En cualquier caso, el uso de instrumentos econ贸micos para condicionar las decisiones pol铆ticas de otros Estados constituye una cuesti贸n central para comprender los l铆mites materiales de la soberan铆a.

Venezuela, por su parte, vincul贸 soberan铆a, recursos naturales, energ铆a, industria, comercio, tecnolog铆a e inteligencia artificial dentro de una misma concepci贸n de autonom铆a nacional. Su representaci贸n present贸 las sanciones y las presiones externas como obst谩culos para el desarrollo y para el control nacional de los recursos. Estas posiciones deben distinguirse de los hechos comprobables y de las interpretaciones sobre la pol铆tica venezolana, pero permiten identificar un argumento compartido por varios gobiernos del Sur: la soberan铆a pierde contenido material cuando las decisiones econ贸micas fundamentales quedan condicionadas por restricciones financieras, dificultades de acceso a mercados, tecnolog铆a o energ铆a.

Rusia defendi贸 una interpretaci贸n del futuro internacional basada en la construcci贸n de un mundo multipolar y en la oposici贸n a estructuras que considera dominadas por una minor铆a de potencias. Esa posici贸n debe analizarse teniendo en cuenta tambi茅n las actuaciones del propio Estado ruso y las controversias que suscita su pol铆tica exterior. La utilizaci贸n del lenguaje de la multipolaridad no exime a ning煤n gobierno de la obligaci贸n de respetar el derecho internacional.

China, por su parte, defendi贸 la centralidad de Naciones Unidas y de la Carta de la organizaci贸n, reclam贸 respeto a la soberan铆a y a la seguridad de los pa铆ses y abog贸 por resolver las controversias mediante el di谩logo y las consultas. Tambi茅n defendi贸 el principio de que sean los palestinos quienes gobiernen Palestina. Estas posiciones forman parte de la pol铆tica exterior del Gobierno chino y conviven con sus propios intereses estrat茅gicos y econ贸micos, que deben evaluarse, como los de cualquier gran potencia, a partir de sus declaraciones y de sus actuaciones.

La diversidad de posiciones se aprecia tambi茅n en pa铆ses que no pueden reducirse simplemente a uno u otro bloque. India advirti贸 sobre los efectos globales de los conflictos y reclam贸 proteger a la poblaci贸n civil y mantener los flujos de energ铆a y comercio, al tiempo que describi贸 las dificultades que afrontan los pa铆ses del Sur en materia de alimentos, combustibles, fertilizantes y financiaci贸n. Brasil ha defendido el multilateralismo, la soberan铆a latinoamericana y la reforma de las instituciones internacionales. Numerosos Estados africanos contin煤an reclamando una representaci贸n permanente del continente en el Consejo de Seguridad. Para muchos de estos pa铆ses, reformar el sistema significa corregir estructuras heredadas de una 茅poca colonial y ampliar la capacidad de decisi贸n de Estados cuya representaci贸n institucional no corresponde a su peso demogr谩fico y pol铆tico.

Ahora bien, ser铆a insuficiente describir esta transformaci贸n como una simple sustituci贸n de la hegemon铆a estadounidense por una futura hegemon铆a china, rusa o de cualquier otra potencia. La multipolaridad describe una distribuci贸n m谩s diversificada del poder, pero no garantiza por s铆 misma un orden internacional m谩s justo. Puede abrir espacios de autonom铆a para determinados Estados y, al mismo tiempo, mantener profundas desigualdades econ贸micas y sociales. La existencia de m谩s polos no elimina autom谩ticamente las relaciones de explotaci贸n, dependencia o concentraci贸n de riqueza. La transformaci贸n del equilibrio entre Estados y la transformaci贸n de las relaciones sociales no son procesos id茅nticos.

La econom铆a pol铆tica del nuevo orden mundial

La geopol铆tica no puede separarse de la econom铆a pol铆tica internacional. La disputa por el poder mundial tambi茅n pasa por qui茅n controla el cr茅dito, las monedas de reserva, los sistemas de pago, las cadenas de suministro, los recursos minerales, la energ铆a, los semiconductores, las infraestructuras digitales y las tecnolog铆as estrat茅gicas. Las sanciones pueden restringir el acceso a mercados, financiaci贸n y tecnolog铆a; la deuda reduce el margen de maniobra de numerosos pa铆ses; y la competencia por minerales cr铆ticos y fuentes energ茅ticas est谩 adquiriendo una importancia creciente. Al mismo tiempo, las grandes empresas tecnol贸gicas acumulan capacidades que hace apenas unas d茅cadas estaban reservadas casi exclusivamente a los Estados.

Por eso, la capacidad jur铆dica de un pa铆s para declararse soberano puede no coincidir con su capacidad material para ejercer esa soberan铆a. Cuando los pa铆ses endeudados encuentran dificultades para financiar pol铆ticas de desarrollo, cuando el acceso a tecnolog铆a depende de un reducido n煤mero de proveedores y cuando las cadenas de producci贸n est谩n concentradas en determinados territorios, la autonom铆a nacional se ve condicionada por relaciones econ贸micas que desbordan las fronteras. La discusi贸n sobre una nueva arquitectura financiera internacional, planteada por Nicaragua y otros pa铆ses del Sur, afecta as铆 al reparto mundial de recursos y de capacidad de decisi贸n, no solo al funcionamiento administrativo de las instituciones.

La inteligencia artificial constituye uno de los ejemplos m谩s claros de esta transformaci贸n. En su discurso de clausura del debate general, el presidente de la Asamblea General se帽al贸 que cuatro a帽os antes solo cinco delegaciones hab铆an abordado esta cuesti贸n, mientras que en 2026 lo hicieron 128, m谩s que las que hablaron sobre derechos humanos y cambio clim谩tico. El dato muestra la velocidad con la que la IA ha pasado de ocupar un lugar secundario a convertirse en una preocupaci贸n central de la agenda internacional. Puede consultarse en el discurso de clausura de Khalilur Rahman, del 28 de septiembre.

Pero la amplitud del debate no significa que todos los pa铆ses tengan la misma capacidad para intervenir en las decisiones. Seg煤n el informe de Naciones Unidas Governing AI for Humanity, publicado en 2024, 118 pa铆ses no eran parte de ninguna de las siete iniciativas internacionales de gobernanza de la inteligencia artificial examinadas en el documento. La cifra no significa que esos Estados estuvieran ausentes de todos los debates sobre IA, sino que no participaban en ninguno de esos siete mecanismos concretos. La desigualdad afecta, por tanto, tanto al acceso a las herramientas tecnol贸gicas como a la capacidad para influir en las reglas que determinar谩n su desarrollo y utilizaci贸n.

La concentraci贸n de los sistemas m谩s avanzados en un n煤mero reducido de pa铆ses y empresas plantea un problema que rebasa la innovaci贸n t茅cnica. Quien controla los centros de datos, los semiconductores, la capacidad de computaci贸n, las plataformas y los grandes conjuntos de datos dispone de una ventaja econ贸mica y estrat茅gica que puede condicionar a otros Estados. La presidencia de la Asamblea advirti贸 precisamente del riesgo de que un peque帽o n煤mero de pa铆ses y empresas controle los datos, la capacidad de computaci贸n y las reglas que afectar谩n al conjunto de la humanidad.

La IA se convierte as铆 en una cuesti贸n de soberan铆a tecnol贸gica, pero tambi茅n de clase: sus beneficios, los empleos que transforme, los riesgos que genere y el poder que concentre depender谩n de qui茅n posea las infraestructuras y de qui茅n pueda decidir sobre su uso. No basta con preguntar qu茅 pa铆ses liderar谩n la innovaci贸n; hay que preguntarse qui茅n se apropiar谩 de sus beneficios, qu茅 sectores soportar谩n sus costes y qu茅 capacidad tendr谩n los pueblos para intervenir en decisiones que afectar谩n a sus condiciones de vida.

La misma l贸gica atraviesa la cuesti贸n energ茅tica y los recursos naturales. Las guerras contempor谩neas no pueden analizarse exclusivamente a partir de declaraciones diplom谩ticas o movimientos militares cuando el petr贸leo, el gas, los minerales estrat茅gicos, las rutas mar铆timas y las infraestructuras forman parte de las condiciones materiales que permiten ejercer poder. El caso de Ir谩n y el estrecho de Ormuz lo ha vuelto particularmente evidente, pero la competencia por recursos estrat茅gicos se extiende desde Am茅rica Latina hasta 脕frica y Asia. El derecho de los pueblos a disponer de sus recursos aparece as铆 unido a la discusi贸n sobre desarrollo y soberan铆a que Nicaragua y otros pa铆ses del Sur llevaron a la Asamblea.

Desarrollo, desigualdad y crisis clim谩tica

La distancia entre los compromisos internacionales y sus resultados tambi茅n puede medirse en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El informe de Naciones Unidas de 2026 indica que, de las 139 metas para las que hab铆a datos de tendencia disponibles, solo el 36 % estaba en v铆as de cumplirse o mostraba avances moderados; el 49 % progresaba demasiado lentamente y el 15 % hab铆a retrocedido respecto de los niveles de 2015. El informe se帽ala entre los obst谩culos los conflictos, la desigualdad, la crisis clim谩tica, el endeudamiento y la insuficiencia de financiaci贸n.

Estas cifras impiden reducir la crisis del multilateralismo a un desacuerdo diplom谩tico entre gobiernos: tambi茅n reflejan la dificultad de convertir las declaraciones sobre desarrollo sostenible en mejoras suficientes para las mayor铆as sociales. Cuando los pa铆ses destinan recursos al servicio de la deuda, afrontan costes crecientes de financiaci贸n y carecen de acceso adecuado a tecnolog铆a e inversi贸n, su capacidad para desarrollar pol铆ticas propias queda condicionada. La reforma de la arquitectura econ贸mica y financiera internacional tiene consecuencias directas sobre la educaci贸n, la sanidad, el empleo, la alimentaci贸n y las posibilidades de desarrollo de millones de personas.

La cuesti贸n clim谩tica introduce otra contradicci贸n. Muchos pa铆ses que han contribuido relativamente menos a las emisiones hist贸ricas se encuentran entre los m谩s expuestos a sus consecuencias, mientras las grandes transformaciones energ茅ticas requieren inversiones, tecnolog铆a y financiaci贸n distribuidas de manera desigual. La discusi贸n medioambiental resulta inseparable de la cuesti贸n econ贸mica: qui茅n paga la transici贸n, qui茅n controla las nuevas tecnolog铆as, qui茅n posee los recursos necesarios para llevarla a cabo y qu茅 pa铆ses terminan asumiendo sus costes sociales y econ贸micos.

La crisis clim谩tica, el endeudamiento y la desigualdad no son problemas independientes que puedan resolverse mediante declaraciones separadas. Condicionan la capacidad de los Estados para responder a las necesidades de sus poblaciones y muestran hasta qu茅 punto las reglas econ贸micas internacionales pueden facilitar o limitar el desarrollo. Sin cambios en esas condiciones materiales, los compromisos multilaterales corren el riesgo de quedarse en objetivos declarados sin recursos suficientes para hacerlos realidad.

La batalla por el relato y la legitimidad internacional

La sucesi贸n de crisis vuelve a poner sobre la mesa la cuesti贸n de la informaci贸n. Palestina, Ucrania, Ir谩n, Venezuela, Cuba y otros conflictos muestran que la batalla internacional no se libra 煤nicamente mediante la diplomacia, las sanciones o la fuerza militar. Tambi茅n existe una disputa por la interpretaci贸n de los acontecimientos, por las categor铆as con las que se describen las guerras, por la legitimidad de determinados gobiernos y por la definici贸n de qui茅n aparece como defensor del derecho internacional y qui茅n como violador de sus principios.

Imponer un relato no es un elemento decorativo de la geopol铆tica: influir sobre la percepci贸n internacional condiciona la legitimidad pol铆tica de las medidas econ贸micas, militares y diplom谩ticas que posteriormente pueden adoptarse. Pero el an谩lisis cr铆tico debe examinar qui茅n produce y difunde cada relato, qu茅 pruebas lo sostienen y qu茅 intereses pueden beneficiarse de 茅l. La versi贸n de un Gobierno no se convierte en verdadera por el mero hecho de contradecir la de otro, ni la cr铆tica a una potencia obliga a aceptar sin examen las posiciones de sus adversarios.

En este contexto, Naciones Unidas contin煤a siendo una instituci贸n limitada, atravesada por las mismas relaciones de poder que pretende gestionar, pero al mismo tiempo dif铆cilmente sustituible. La presidencia de la Asamblea General se帽al贸 al cierre del debate que los Estados hab铆an defendido el multilateralismo en funci贸n de su capacidad para transformar las realidades concretas. Esa observaci贸n resulta fundamental: la organizaci贸n no recuperar谩 legitimidad simplemente multiplicando declaraciones y reuniones si las decisiones adoptadas no consiguen modificar las condiciones que producen las guerras, el hambre, la desigualdad, el endeudamiento o la destrucci贸n ambiental.

Por eso la reforma de Naciones Unidas vuelve inevitablemente al problema que Miguel d’Escoto plante贸 hace casi dos d茅cadas: qui茅n decide. La composici贸n del Consejo de Seguridad, el derecho de veto, la autoridad de la Asamblea General y la selecci贸n del pr贸ximo secretario general no son cuestiones meramente administrativas. El propio presidente de la Asamblea record贸 que, seg煤n la Carta, el Consejo de Seguridad recomienda al secretario general y la Asamblea General realiza el nombramiento, y reclam贸 un proceso transparente, inclusivo y basado en los m茅ritos. La elecci贸n de quien ocupar谩 la Secretar铆a General constituye otra expresi贸n de la disputa por la legitimidad y la autonom铆a de la organizaci贸n.

La 81.陋 Asamblea General deja, por tanto, un panorama en el que conviven concepciones diferentes del futuro internacional. Washington reivindica una soberan铆a nacional vinculada a la defensa de sus intereses; Mosc煤 presenta la multipolaridad como v铆a hacia una distribuci贸n diferente del poder; Nicaragua reclama soberan铆a, autodeterminaci贸n y una reforma econ贸mica y financiera internacional; Cuba insiste en las consecuencias de las medidas coercitivas y en su derecho al desarrollo; China defiende la centralidad de la Carta de Naciones Unidas y la soluci贸n de las controversias mediante el di谩logo; mientras India, Brasil y numerosos Estados africanos reclaman mayor representaci贸n, autonom铆a estrat茅gica y capacidad de decisi贸n. Son posiciones distintas, con intereses y proyectos propios, y precisamente por ello la Asamblea permite observar la transformaci贸n del sistema mundial.

El problema hist贸rico consiste ahora en saber qu茅 emerger谩 de esa transformaci贸n. Una mayor pluralidad de centros de poder puede abrir espacios para pa铆ses que durante d茅cadas tuvieron un margen limitado de decisi贸n, pero tambi茅n puede intensificar la competencia entre grandes potencias si no se acompa帽a de instituciones capaces de establecer reglas comunes. La alternativa no se reduce a elegir entre una hegemon铆a y otra. En 煤ltima instancia, la disputa internacional contin煤a teniendo una dimensi贸n material: qui茅n controla los recursos, el cr茅dito, la tecnolog铆a, la energ铆a, las cadenas de producci贸n, la informaci贸n y la fuerza militar; qui茅n determina las reglas que regulan esos recursos; y qu茅 capacidad conservan los pueblos y los Estados para decidir sobre su propio desarrollo.

La ONU naci贸 en 1945 con la promesa de impedir que las grandes potencias volvieran a arrastrar al mundo a una cat谩strofe semejante a la que acababa de terminar. Ocho d茅cadas despu茅s, aquella promesa sigue siendo necesaria, pero las relaciones de poder sobre las que se construy贸 la organizaci贸n ya no son las mismas. La 81.陋 Asamblea ha mostrado esa tensi贸n: un sistema internacional que necesita cooperaci贸n para afrontar problemas que ning煤n Estado puede resolver por s铆 solo y, simult谩neamente, unas relaciones de poder que dificultan establecer reglas aceptadas y aplicadas de manera uniforme.

La pregunta que queda abierta no es solamente si Naciones Unidas ser谩 capaz de reformarse, sino qui茅n tendr谩 capacidad para definir esa reforma, qu茅 intereses terminar谩n orient谩ndola y para qui茅n se organizar谩 el nuevo orden internacional que est谩 tomando forma.


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jueves, 8 de octubre de 2026

El internacionalismo del Che: luchar m谩s all谩 de las propias fronteras

Por Javier Huerta 

Cada 8 de octubre, la memoria de Ernesto Che Guevara regresa a una fecha que marc贸 profundamente la historia de las luchas revolucionarias del siglo XX. Aquel d铆a de 1967, en la quebrada del Yuro, en Bolivia, el ej茅rcito boliviano captur贸 al guerrillero argentino-cubano, que ser铆a ejecutado al d铆a siguiente por orden de las autoridades militares. Su muerte, cuando ten铆a 39 a帽os, no puso fin a la influencia de sus ideas ni a los debates sobre la estrategia revolucionaria que hab铆a defendido. Al contrario, convirti贸 su trayectoria en un terreno permanente de disputa pol铆tica, hist贸rica y cultural. Cincuenta y nueve a帽os despu茅s, recordar al Che exige ir m谩s all谩 de la evocaci贸n de su muerte y examinar el principio que dio sentido a buena parte de su actuaci贸n: la convicci贸n de que la emancipaci贸n de los pueblos no pod铆a quedar encerrada dentro de las fronteras nacionales.

El internacionalismo de Guevara se desarroll贸 en una 茅poca atravesada por las luchas de liberaci贸n nacional, la descomposici贸n de los imperios coloniales europeos, la Revoluci贸n cubana y la confrontaci贸n entre grandes bloques de poder. En Asia y 脕frica, numerosos pueblos conquistaban su independencia formal despu茅s de d茅cadas de dominaci贸n colonial; en Am茅rica Latina, las estructuras econ贸micas heredadas del colonialismo segu铆an condicionando el desarrollo de las sociedades. La concentraci贸n de la tierra, la explotaci贸n del trabajo y la dependencia de los capitales extranjeros limitaban las posibilidades de transformaci贸n social. La independencia pol铆tica no garantizaba por s铆 misma la soberan铆a econ贸mica: la bandera de un Estado pod铆a ondear sobre un territorio cuyas principales riquezas, inversiones y decisiones estrat茅gicas continuaban sometidas a intereses externos. En ese contexto, el Che entendi贸 el internacionalismo como una respuesta a un sistema de dominaci贸n que conectaba las relaciones de clase dentro de cada pa铆s con las desigualdades existentes entre las naciones.

De Am茅rica Latina a la Revoluci贸n cubana

Ernesto Guevara naci贸 en Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928. Su formaci贸n como m茅dico y los viajes que realiz贸 por Am茅rica Latina durante su juventud contribuyeron a ampliar su comprensi贸n de las condiciones materiales en las que viv铆an amplios sectores de la poblaci贸n del continente. El contacto con comunidades ind铆genas, trabajadores, campesinos y personas sometidas a la pobreza y la precariedad le permiti贸 observar realidades que no pod铆an explicarse 煤nicamente a partir de las circunstancias individuales. La miseria que encontr贸 en distintos pa铆ses estaba relacionada con estructuras agrarias profundamente desiguales, econom铆as orientadas a satisfacer intereses externos y Estados que, con frecuencia, proteg铆an los privilegios de las clases propietarias. Sus experiencias posteriores, particularmente su estancia en Guatemala durante el derrocamiento del Gobierno de Jacobo 脕rbenz en 1954, reforzaron su convicci贸n de que las reformas sociales pod铆an enfrentarse a una resistencia organizada cuando amenazaban intereses econ贸micos y pol铆ticos poderosos.

La ca铆da de 脕rbenz, cuyo proyecto reformista hab铆a afectado a los intereses de la United Fruit Company y despertado la oposici贸n de sectores de la oligarqu铆a guatemalteca y del Gobierno estadounidense, constituy贸 un momento decisivo en la evoluci贸n pol铆tica de Guevara. La intervenci贸n estadounidense en Guatemala, articulada mediante una operaci贸n encubierta de la CIA y el apoyo a fuerzas opositoras, mostr贸 hasta qu茅 punto la soberan铆a formal de un pa铆s pod铆a verse limitada por la capacidad de una potencia extranjera para intervenir en su vida pol铆tica. Para el joven m茅dico argentino, aquella experiencia contribuy贸 a consolidar la idea de que la transformaci贸n de las estructuras econ贸micas y sociales no pod铆a separarse de la lucha por la independencia pol铆tica efectiva.

En M茅xico conoci贸 a Fidel Castro y a otros exiliados cubanos que preparaban una expedici贸n para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista. En 1956 se incorpor贸 al grupo del Granma y particip贸 en la lucha guerrillera que culmin贸 con el triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959. La experiencia cubana fue decisiva para su trayectoria, pero tambi茅n para el desarrollo de su pensamiento internacionalista. La revoluci贸n hab铆a derrotado a una dictadura sostenida por amplios intereses econ贸micos y pol铆ticos, pero deb铆a afrontar una transformaci贸n mucho m谩s compleja: modificar las relaciones de propiedad, redistribuir la riqueza, ampliar los derechos sociales y construir una econom铆a capaz de sostener un proyecto soberano en un entorno internacional adverso.

La reforma agraria, las nacionalizaciones y las medidas dirigidas a ampliar el acceso a la educaci贸n y la sanidad alteraron las relaciones entre el nuevo poder revolucionario y los sectores que hab铆an controlado buena parte de la econom铆a cubana. La confrontaci贸n con Estados Unidos se intensific贸 a medida que avanzaba aquel proceso, hasta incluir sanciones econ贸micas, la ruptura de relaciones diplom谩ticas y la invasi贸n de Playa Gir贸n en abril de 1961, derrotada por las fuerzas cubanas. La revoluci贸n dej贸 de ser 煤nicamente una transformaci贸n del poder pol铆tico dentro de una isla caribe帽a y pas贸 a convertirse en un conflicto de alcance internacional, en el que se enfrentaban proyectos sociales y econ贸micos incompatibles.

Para Guevara, la experiencia cubana demostraba que una revoluci贸n pod铆a abrir posibilidades hist贸ricas para las mayor铆as populares, pero tambi茅n que su supervivencia depend铆a de condiciones que exced铆an las fronteras nacionales. La presi贸n econ贸mica, el aislamiento diplom谩tico y la amenaza militar constitu铆an mecanismos capaces de limitar las decisiones de un pa铆s que pretend铆a reorganizar su econom铆a en beneficio de sectores hist贸ricamente subordinados. La solidaridad internacional adquir铆a as铆 una dimensi贸n material: defender una revoluci贸n implicaba contribuir a que pudiera sostener sus conquistas sociales, desarrollar sus capacidades productivas y mantener su autonom铆a frente a las potencias que intentaban condicionar su rumbo.

El internacionalismo como pr谩ctica pol铆tica

El compromiso internacionalista del Che no se redujo a la defensa de Cuba. Durante los primeros a帽os de la revoluci贸n desempe帽贸 importantes responsabilidades en el nuevo Estado, entre ellas la presidencia del Banco Nacional y la direcci贸n del Ministerio de Industrias, al tiempo que particip贸 en misiones diplom谩ticas que lo llevaron a establecer contactos con dirigentes de 脕frica, Asia, Europa y Am茅rica Latina. Aquellas funciones le permitieron observar directamente las dificultades de los pa铆ses que intentaban salir de la dependencia colonial y construir modelos de desarrollo propios. Tambi茅n alimentaron su reflexi贸n sobre las relaciones econ贸micas internacionales y sobre las limitaciones que encontraba un pa铆s socialista cuando deb铆a comerciar con un mercado mundial organizado, en gran medida, seg煤n los intereses de las econom铆as capitalistas m谩s poderosas.

Uno de los documentos m谩s significativos de esta etapa fue su intervenci贸n ante el Segundo Seminario Econ贸mico de Solidaridad Afroasi谩tica, celebrado en Argel el 24 de febrero de 1965. Guevara vincul贸 all铆 la lucha contra el colonialismo y el neocolonialismo con la necesidad de superar la pobreza y el atraso econ贸mico, y sostuvo que la independencia pol铆tica resultaba insuficiente si no iba acompa帽ada de una transformaci贸n de las relaciones econ贸micas que manten铆an a determinados pa铆ses en una posici贸n subordinada. Su cr铆tica alcanzaba tambi茅n a las relaciones comerciales entre pa铆ses socialistas y naciones empobrecidas, pues consideraba que la solidaridad deb铆a reflejarse en intercambios que no reprodujeran los mecanismos de explotaci贸n propios del mercado capitalista.

Esta posici贸n iba m谩s all谩 de una declaraci贸n de principios. Guevara cuestionaba que las relaciones entre Estados se rigieran exclusivamente por la rentabilidad comercial cuando estaban en juego las posibilidades de supervivencia de pueblos sometidos a agresiones o que intentaban conquistar su independencia. A su juicio, la ayuda econ贸mica, la transferencia tecnol贸gica y la cooperaci贸n deb铆an contribuir a superar las desigualdades estructurales, en lugar de consolidar nuevas formas de subordinaci贸n. Su planteamiento no estaba exento de dificultades pr谩cticas, especialmente para econom铆as con recursos limitados, pero expresaba una preocupaci贸n central: una solidaridad que reprodujera las mismas relaciones de dependencia que pretend铆a combatir terminar铆a debilitando sus propios objetivos emancipadores.

La formulaci贸n m谩s contundente de su compromiso con una lucha que trascendiera las fronteras nacionales qued贸 recogida en su Mensaje a los pueblos del mundo a trav茅s de la Tricontinental, difundido en 1967. All铆 escribi贸: «No hay fronteras en esta lucha a muerte». La frase resum铆a una idea que atravesaba su pensamiento: la victoria de un pueblo frente a las estructuras de dominaci贸n pod铆a debilitar un sistema internacional de explotaci贸n, mientras que la derrota de una revoluci贸n pod铆a repercutir sobre las posibilidades de emancipaci贸n de otros pueblos. Desde esta perspectiva, el internacionalismo proletario no era una declaraci贸n de simpat铆a entre movimientos afines, sino una obligaci贸n pol铆tica derivada de la relaci贸n que Guevara establec铆a entre la explotaci贸n de clase, la dependencia econ贸mica y la dominaci贸n imperialista.

El internacionalismo guevarista se situaba, por tanto, en el cruce entre la lucha de clases y la cuesti贸n nacional. La dominaci贸n extranjera no pod铆a comprenderse al margen de las alianzas entre capitales internacionales y sectores propietarios locales que obten铆an beneficios de la subordinaci贸n econ贸mica de sus pa铆ses. Al mismo tiempo, la liberaci贸n nacional no garantizaba autom谩ticamente la desaparici贸n de la explotaci贸n dentro de las nuevas fronteras. De ah铆 que Guevara relacionara la soberan铆a pol铆tica con la transformaci贸n de las estructuras econ贸micas y con la participaci贸n de las mayor铆as trabajadoras en la construcci贸n de una sociedad diferente.

脕frica y el Congo: los l铆mites de la solidaridad revolucionaria

En 1965, el Che llev贸 sus convicciones internacionalistas a una nueva experiencia cuando se incorpor贸 a la lucha revolucionaria en el Congo, en 脕frica central. La regi贸n atravesaba una etapa de enorme inestabilidad desde la independencia de B茅lgica en 1960. El asesinato de Patrice Lumumba en enero de 1961, la intervenci贸n de actores extranjeros y las disputas entre fuerzas pol铆ticas y militares hab铆an convertido el pa铆s en uno de los escenarios m谩s visibles de la confrontaci贸n internacional en torno a los procesos de descolonizaci贸n. Para Guevara, el Congo representaba una lucha cuya importancia desbordaba el 谩mbito nacional, pues el desenlace de los conflictos africanos afectaba al equilibrio de fuerzas entre las potencias y los movimientos que aspiraban a romper con la dominaci贸n colonial.

La participaci贸n cubana pretend铆a contribuir a la preparaci贸n militar de las fuerzas congole帽as que combat铆an al Gobierno central. Sin embargo, la experiencia se desarroll贸 en condiciones muy distintas de las que hab铆an permitido el triunfo de la guerrilla cubana. Las fuerzas insurgentes estaban divididas, carec铆an de una coordinaci贸n suficiente y afrontaban dificultades de organizaci贸n, disciplina y apoyo pol铆tico. Las diferencias entre los combatientes cubanos y sus aliados locales, junto con la complejidad del escenario congole帽o, limitaron la capacidad de la expedici贸n para alcanzar sus objetivos. Guevara abandon贸 el pa铆s a finales de 1965 y posteriormente elabor贸 una valoraci贸n cr铆tica de aquella experiencia, que reconoc铆a como un fracaso.

El episodio permite comprender tanto la coherencia como los l铆mites de su internacionalismo. Guevara estaba dispuesto a asumir riesgos personales en una lucha que consideraba vinculada a la emancipaci贸n de otros pueblos, pero su compromiso no pod铆a resolver por s铆 solo las debilidades pol铆ticas y organizativas de un movimiento revolucionario. La solidaridad internacional pod铆a aportar experiencia, formaci贸n y recursos, aunque no sustitu铆a la necesidad de construir una fuerza arraigada en las condiciones sociales del pa铆s, capaz de comprender sus conflictos internos y de obtener el respaldo de las mayor铆as populares. La experiencia congole帽a plante贸 as铆 un problema que reaparecer铆a en Bolivia: la distancia entre la voluntad de contribuir a una revoluci贸n y la posibilidad real de crear las condiciones pol铆ticas para que esa revoluci贸n pudiera desarrollarse.

Bolivia: la 煤ltima experiencia y el fracaso de una estrategia

Tras su paso por 脕frica, Guevara decidi贸 impulsar una nueva experiencia guerrillera en Bolivia, pa铆s que consideraba situado en una posici贸n estrat茅gica para extender la lucha revolucionaria por Sudam茅rica. La elecci贸n respond铆a a su convicci贸n de que la revoluci贸n deb铆a adquirir una dimensi贸n continental y de que las fronteras nacionales no pod铆an convertirse en l铆mites infranqueables para la lucha contra la dependencia. Sin embargo, el proyecto boliviano se encontr贸 con dificultades que terminaron por aislar a la guerrilla y debilitar sus posibilidades de supervivencia.

La campa帽a, iniciada en 1966, no logr贸 construir una relaci贸n s贸lida con el campesinado ni establecer una coordinaci贸n suficiente con las fuerzas de la izquierda boliviana y el movimiento obrero. La guerrilla operaba en un territorio dif铆cil, con recursos limitados y crecientes problemas de abastecimiento, mientras las fuerzas gubernamentales intensificaban la persecuci贸n con apoyo estadounidense. El aislamiento pol铆tico y militar, la falta de nuevos combatientes y las dificultades para obtener informaci贸n y respaldo entre las comunidades rurales redujeron progresivamente el margen de maniobra del grupo. La investigaci贸n hist贸rica sobre aquella campa帽a ha destacado, entre otros factores, los errores de c谩lculo estrat茅gico, la desconexi贸n con sectores de la izquierda local y la incapacidad de reproducir en Bolivia las condiciones que hab铆an contribuido al triunfo de la Revoluci贸n cubana [1].

La derrota boliviana obliga a examinar cr铆ticamente una de las ideas asociadas a la estrategia guerrillera del Che: la posibilidad de que un foco insurgente contribuyera a crear las condiciones revolucionarias mediante su propia actuaci贸n. La experiencia demostr贸 que la voluntad y la disciplina de un grupo de combatientes no bastaban para generar una movilizaci贸n popular capaz de sostener una guerra prolongada. Las condiciones hist贸ricas, la estructura de clases, la relaci贸n con las organizaciones pol铆ticas existentes y las expectativas de la poblaci贸n deb铆an formar parte del an谩lisis desde el comienzo. Sin una base social suficiente, la acci贸n armada pod铆a quedar aislada de los sectores a los que aspiraba a representar.

El 8 de octubre de 1967, Guevara fue capturado por el ej茅rcito boliviano en la quebrada del Yuro. Se encontraba herido, pero los documentos desclasificados del propio Gobierno estadounidense se帽alan que estaba vivo y en condiciones de ser interrogado cuando fue trasladado a la escuela de La Higuera. Al d铆a siguiente, a las 11:50 de la ma帽ana, el Segundo Batall贸n de Rangers recibi贸 la orden directa del cuartel general del Ej茅rcito boliviano, en La Paz, de ejecutarlo. Guevara fue asesinado a las 13:15, y su muerte se present贸 inicialmente mediante versiones oficiales que pretend铆an hacer creer que hab铆a fallecido como consecuencia de las heridas sufridas durante el combate [2].

Para comprender la responsabilidad que rode贸 aquel asesinato, es necesario situarlo en el marco de la operaci贸n contrainsurgente que permiti贸 localizar, perseguir y capturar a la guerrilla. Estados Unidos hab铆a contribuido al entrenamiento y equipamiento del batall贸n boliviano que particip贸 en la operaci贸n, mediante instructores militares estadounidenses y asistencia t茅cnica y de inteligencia. La CIA tambi茅n ten铆a personal sobre el terreno, incluidos asesores vinculados a las fuerzas bolivianas, y recibi贸 informes de lo ocurrido en La Higuera. Entre los agentes presentes durante las 煤ltimas horas del Che se encontraba F茅lix Rodr铆guez, cuya actuaci贸n forma parte de las investigaciones sobre la participaci贸n estadounidense en aquel episodio [3].

Los documentos oficiales estadounidenses atribuyen la orden formal de ejecuci贸n al alto mando militar boliviano. Algunas reconstrucciones documentales, sin embargo, se帽alan que F茅lix Rodr铆guez intervino en la transmisi贸n de esa decisi贸n a los militares presentes. M谩s all谩 de las diferencias sobre el papel concreto de cada agente en los instantes finales, existe una realidad documentada que no puede omitirse: el ej茅rcito que captur贸 al Che hab铆a sido entrenado y apoyado por Estados Unidos, y la CIA segu铆a de cerca la operaci贸n. La responsabilidad estadounidense no puede reducirse a una mera presencia diplom谩tica ni separarse del dispositivo militar y de inteligencia desplegado contra la guerrilla. El asesinato fue ejecutado por militares bolivianos, pero se produjo dentro de una operaci贸n contrainsurgente respaldada por Washington, cuyo objetivo era derrotar una experiencia revolucionaria que pod铆a extenderse por Am茅rica Latina.

La derrota boliviana no obliga a reducir toda la trayectoria de Guevara a ese desenlace. S铆 exige distinguir entre el compromiso internacionalista, como principio de solidaridad entre pueblos, y una estrategia concreta de lucha, cuyos resultados depend铆an de condiciones pol铆ticas y sociales que no pod铆an darse por supuestas. La experiencia de Bolivia dej贸 una ense帽anza fundamental para cualquier proyecto emancipador: la transformaci贸n revolucionaria requiere arraigo social, organizaci贸n colectiva y comprensi贸n de las fuerzas que intervienen en cada realidad nacional. La voluntad de sacrificio de los dirigentes, por intensa que sea, no puede sustituir la participaci贸n consciente de los sectores populares ni resolver por s铆 sola las dificultades de una coyuntura hist贸rica.

La vigencia de una idea: solidaridad y emancipaci贸n en el presente

La muerte del Che convirti贸 su figura en un s铆mbolo internacional de rebeld铆a, pero la expansi贸n de su imagen tambi茅n abri贸 una paradoja que sigue vigente. Su rostro, reproducido en carteles, camisetas y productos comerciales, pas贸 a circular por los mismos mercados que su pensamiento cuestionaba. Esa apropiaci贸n comercial contribuy贸 a difundir su figura, aunque con frecuencia separ贸 el s铆mbolo de los debates econ贸micos y pol铆ticos que hab铆an dado sentido a su trayectoria. El internacionalismo que defendi贸 resulta dif铆cil de comprender si se reduce a una imagen de rebeld铆a individual, desligada de las relaciones de clase, de los conflictos por la soberan铆a y de las experiencias colectivas que marcaron su vida.

Recuperar esa dimensi贸n exige situar sus ideas en el presente sin trasladarlas mec谩nicamente desde los a帽os sesenta. El mundo ha cambiado, las relaciones entre Estados se han transformado y los movimientos populares actuales afrontan condiciones distintas de las que conoci贸 Guevara. Sin embargo, sus reflexiones sobre la dependencia econ贸mica, las desigualdades internacionales y la necesidad de establecer relaciones de cooperaci贸n que no reproduzcan la subordinaci贸n siguen ofreciendo elementos para analizar los conflictos contempor谩neos. La soberan铆a de un pa铆s no depende 煤nicamente de su reconocimiento diplom谩tico, sino tambi茅n de su capacidad para decidir sobre sus recursos, organizar su econom铆a y desarrollar pol铆ticas p煤blicas sin que las presiones externas determinen por completo sus opciones.

En Am茅rica Latina, las experiencias de Cuba, Nicaragua y Venezuela, con sus diferencias hist贸ricas, institucionales y pol铆ticas, forman parte de debates actuales sobre autodeterminaci贸n, modelos de desarrollo, integraci贸n regional y relaciones con las grandes potencias. Las sanciones, las presiones diplom谩ticas y las disputas por el control de recursos estrat茅gicos plantean preguntas sobre los l铆mites de la soberan铆a en una econom铆a mundial profundamente desigual. Analizar estos procesos exige atender a los hechos concretos, a sus resultados y a las condiciones espec铆ficas de cada pa铆s, pero tambi茅n permite recuperar una de las preocupaciones centrales del Che: la posibilidad de que las decisiones econ贸micas y pol铆ticas de una naci贸n queden subordinadas a intereses externos que no responden a las necesidades de sus mayor铆as sociales.

El internacionalismo contempor谩neo tampoco puede limitarse a la defensa abstracta de los gobiernos que se enfrentan a una potencia dominante. Su contenido emancipador depende de que la solidaridad contribuya a mejorar las condiciones de vida de los pueblos, fortalezca la cooperaci贸n entre sus organizaciones sociales y respete su capacidad para decidir su propio camino. La lucha contra las relaciones de dependencia pierde profundidad si se desentiende de las desigualdades de clase dentro de cada pa铆s; del mismo modo, las reivindicaciones sociales dif铆cilmente podr谩n desarrollarse plenamente si ignoran las presiones econ贸micas y geopol铆ticas que condicionan las decisiones nacionales. La relaci贸n entre soberan铆a y justicia social constituye, por ello, uno de los terrenos en los que el legado internacionalista del Che puede seguir siendo discutido y estudiado.

La solidaridad entre los pueblos adquiere un significado concreto cuando se traduce en cooperaci贸n educativa, sanitaria, cient铆fica y cultural; cuando contribuye a defender los derechos de las poblaciones afectadas por la guerra, la pobreza o la explotaci贸n; y cuando establece v铆nculos duraderos entre organizaciones populares que comparten objetivos, sin convertir sus diferencias en motivo de subordinaci贸n. Tambi茅n requiere analizar cr铆ticamente las experiencias hist贸ricas, aprender de sus errores y reconocer que ninguna revoluci贸n puede exportarse como una f贸rmula universal, al margen de la realidad social y pol铆tica en la que pretende desarrollarse. El compromiso internacionalista que el Che defendi贸 conserva su fuerza como pregunta pol铆tica precisamente porque obliga a examinar la relaci贸n entre las aspiraciones de emancipaci贸n y los medios concretos necesarios para alcanzarlas.

A cincuenta y nueve a帽os de su captura y en v铆speras del aniversario de su asesinato, la trayectoria de Ernesto Che Guevara contin煤a suscitando debates sobre la revoluci贸n, la lucha de clases y las responsabilidades que implica la solidaridad internacional. Su experiencia en Cuba mostr贸 que una transformaci贸n social pod铆a alterar las relaciones de poder y abrir nuevas posibilidades para las mayor铆as populares; el Congo y Bolivia evidenciaron, a su vez, los l铆mites de una estrategia que no consigui贸 construir las bases pol铆ticas y sociales necesarias para sostener sus objetivos. Ambas dimensiones forman parte de su legado y permiten comprenderlo sin convertirlo en una figura intocable ni reducirlo a sus derrotas.

El internacionalismo del Che sigue planteando una pregunta que trasciende su biograf铆a: qu茅 responsabilidad tienen los pueblos ante la explotaci贸n y la dominaci贸n que padecen otros pueblos, y qu茅 formas de cooperaci贸n pueden contribuir a transformar las condiciones que las reproducen. Su respuesta estuvo marcada por las circunstancias de su 茅poca, por su compromiso revolucionario y por decisiones que deben analizarse cr铆ticamente. Recuperar su legado significa mantener abierto ese debate, relacionar la solidaridad con las condiciones materiales de la emancipaci贸n y comprender que la lucha por una sociedad m谩s justa no puede desarrollarse al margen de las relaciones internacionales que condicionan la vida de las clases trabajadoras.

Porque luchar m谩s all谩 de las propias fronteras significa comprender que la emancipaci贸n de un pueblo no puede construirse ignorando la suerte de los dem谩s, y que la solidaridad solo adquiere toda su dimensi贸n pol铆tica cuando contribuye a ampliar la capacidad de los pueblos para decidir su futuro.


Referencias

[1] Pablo Adriano Rodr铆guez-Merino, «Fuera de foco: un an谩lisis estrat茅gico de la campa帽a guerrillera del Che Guevara en Bolivia (1966-67)», Revista de Pensamiento Estrat茅gico y Seguridad CISDE, vol. 3, n.潞 2, 2018.

[2] U.S. Department of State, Office of the Historian, Foreign Relations of the United States, 1964–1968, vol. XXXI, documento 171, «Memorandum From Director of Central Intelligence Helms: Capture and Execution of Ernesto “Che” Guevara», 11 de octubre de 1967. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1964-68v31/d171

[3] U.S. Department of State, Office of the Historian, Foreign Relations of the United States, 1964–1968, vol. XXXI, documento 170, nota editorial sobre la asistencia estadounidense a la operaci贸n contrainsurgente boliviana y la ejecuci贸n de Guevara. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1964-68v31/d170

Documento complementario: U.S. Department of State, Office of the Historian, documento 172, memorando de la CIA sobre las circunstancias de la ejecuci贸n, 13 de octubre de 1967. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1964-68v31/d172


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martes, 29 de septiembre de 2026

Las an茅cdotas de la 81.陋 Asamblea General de la ONU en crisis: una semana que retrat贸 el mundo que est谩 cambiando

Por Javier Huerta

Hay Asambleas Generales de Naciones Unidas que quedan asociadas a una resoluci贸n, a un acuerdo diplom谩tico o a un discurso que termina marcando una 茅poca. La 81.陋 Asamblea General, celebrada en Nueva York durante la semana de alto nivel de septiembre de 2026, probablemente ser谩 recordada de otra manera. M谩s que por un gran acuerdo capaz de resumir lo ocurrido, dej贸 una sucesi贸n de escenas que, observadas conjuntamente, permiten comprender el momento de profunda transformaci贸n que atraviesa el sistema internacional: decenas de delegados abandonando la sala cuando Benjamin Netanyahu tom贸 la palabra; Mahmoud Abbas obligado a intervenir mediante una declaraci贸n pregrabada despu茅s de que Estados Unidos negara los visados a la delegaci贸n palestina; Donald Trump amenazando con destruir Ir谩n mientras continuaban los contactos diplom谩ticos y el estrecho de Ormuz aparec铆a en las negociaciones; Delcy Rodr铆guez reuni茅ndose con Trump despu茅s de la captura de Nicol谩s Maduro por fuerzas estadounidenses y cruzando posteriormente el hemiciclo para conversar con Pedro S谩nchez; Lula da Silva reclamando que Brasil no sea tratado como el “patio trasero” de ninguna potencia; 脕frica volviendo a exigir una representaci贸n permanente en el Consejo de Seguridad; y la inteligencia artificial ocupando un espacio cada vez mayor en los discursos de los gobiernos.

Tomadas individualmente, cada una de estas escenas podr铆a parecer una an茅cdota m谩s dentro de una semana cargada de discursos, reuniones y declaraciones. Observadas en conjunto, permiten reconstruir una imagen bastante m谩s profunda: las instituciones creadas despu茅s de la Segunda Guerra Mundial contin煤an existiendo, pero las relaciones de poder que durante d茅cadas determinaron su funcionamiento est谩n sometidas a una presi贸n creciente. La ONU sigue siendo el principal espacio multilateral del planeta, pero dentro de sus paredes se enfrentan concepciones muy diferentes sobre la soberan铆a, el derecho internacional, la guerra, los recursos estrat茅gicos, la tecnolog铆a y el futuro del orden mundial.

Durante el debate general intervinieron 194 delegaciones, entre ellas 113 jefes de Estado y de Gobierno. La Presidencia de la Asamblea situ贸 precisamente como tema de la sesi贸n la necesidad de “restaurar la confianza” y gestionar una transformaci贸n mundial que afecta simult谩neamente a la geopol铆tica, la econom铆a, la tecnolog铆a y las instituciones internacionales. El secretario general Ant贸nio Guterres describi贸 el momento como una reconfiguraci贸n del poder mundial en la que las instituciones contin煤an ancladas en una 茅poca diferente.

La contradicci贸n entre el lenguaje diplom谩tico y la realidad internacional estuvo presente durante toda la semana. Mientras pr谩cticamente todos los gobiernos hablaban de paz, las escenas que ocuparon los titulares estuvieron protagonizadas por guerras, amenazas militares, petr贸leo, rutas estrat茅gicas, sanciones econ贸micas, disputas por la soberan铆a y una creciente lucha por el control de las nuevas tecnolog铆as. La Asamblea General termin贸 funcionando as铆 como una especie de espejo en el que aparecieron reflejadas las tensiones de un mundo que todav铆a conserva las instituciones del viejo orden, pero en el que cada vez m谩s pa铆ses cuestionan la distribuci贸n del poder que esas instituciones heredaron.

Los esca帽os vac铆os cuando Netanyahu comenz贸 a hablar

Benjamin Netanyahu subi贸 a la tribuna el 24 de septiembre para defender la actuaci贸n de Israel y responder a las crecientes cr铆ticas internacionales por la guerra de Gaza. Antes incluso de que comenzara su intervenci贸n, decenas de delegados abandonaron la sala. Netanyahu respondi贸 calific谩ndolos de “cobardes morales” y pidi贸 que quienes compartieran esa posici贸n abandonaran tambi茅n el hemiciclo. Reuters confirm贸 el abandono masivo, mientras im谩genes de la sesi贸n mostraron numerosos asientos vac铆os.

La escena tuvo una enorme fuerza pol铆tica porque no eran manifestantes situados en las calles de Nueva York, sino representantes de Estados miembros de Naciones Unidas que decid铆an no permanecer en la sala durante el discurso del primer ministro israel铆. Un recuento publicado posteriormente situ贸 en 76 los pa铆ses cuyos representantes no estuvieron presentes durante la intervenci贸n, aunque conviene se帽alar que esa cifra incluye tanto delegaciones que abandonaron la sala como pa铆ses cuyos representantes ya no estaban en ella; por eso, para describir estrictamente el acto de protesta, la formulaci贸n m谩s segura es hablar de “decenas de delegaciones”.

Entre los pa铆ses europeos que s铆 participaron en el boicot estuvieron Espa帽a y Eslovenia. Otros pa铆ses europeos permanecieron en sus asientos, al igual que Estados Unidos y varias de las principales potencias occidentales. La distribuci贸n de quienes abandonaron la sala y quienes decidieron permanecer en ella mostr贸 as铆 una divisi贸n pol铆tica que tampoco puede reducirse a una simple fractura entre Israel y sus adversarios: numerosos pa铆ses de 脕frica, Asia, Oriente Medio y Am茅rica Latina expresaron su rechazo a la pol铆tica israel铆, mientras buena parte de Europa mantuvo a sus representantes dentro del hemiciclo.

No ser铆a correcto presentar a todas las delegaciones que se marcharon como integrantes de un mismo bloque pol铆tico. Sus gobiernos tienen intereses diferentes y mantienen posiciones distintas ante el conflicto. Pero s铆 resulta significativo que la protesta alcanzara una dimensi贸n internacional tan amplia y que, entre los pa铆ses que participaron, aparecieran Estados con relaciones diplom谩ticas muy diversas con Israel. La imagen de la sala vaci谩ndose se convirti贸, por s铆 misma, en una representaci贸n gr谩fica del creciente aislamiento internacional de la pol铆tica del Gobierno de Netanyahu.

La cuesti贸n palestina ofreci贸, adem谩s, otra de las escenas m谩s reveladoras de la Asamblea. Mahmoud Abbas no pudo viajar a Nueva York despu茅s de que Estados Unidos negara o revocara los visados necesarios a representantes palestinos. La Asamblea General aprob贸 el 17 de septiembre una resoluci贸n por 152 votos a favor, tres en contra —Estados Unidos, Israel y Paraguay— y cuatro abstenciones, que permiti贸 al presidente palestino intervenir mediante una declaraci贸n pregrabada. La propia resoluci贸n record贸 las obligaciones establecidas en el acuerdo de 1947 entre Naciones Unidas y Estados Unidos sobre la sede de la organizaci贸n, que establece que no deben imponerse impedimentos al tr谩nsito de representantes hacia y desde Naciones Unidas.

Cuando lleg贸 el momento de la intervenci贸n, Abbas habl贸 efectivamente desde una grabaci贸n. El representante palestino introdujo el v铆deo y el presidente de la Asamblea concedi贸 posteriormente la palabra al mandatario palestino. Abbas se帽al贸 que, por segundo a帽o consecutivo, la delegaci贸n palestina hab铆a sido privada de los visados necesarios para participar f铆sicamente en la Asamblea.

La imagen resultaba dif铆cil de ignorar: mientras el primer ministro israel铆 ocupaba f铆sicamente la tribuna de Naciones Unidas, el presidente palestino interven铆a desde una pantalla porque el pa铆s anfitri贸n hab铆a impedido que su delegaci贸n estuviera presente. No hace falta compartir todas las posiciones pol铆ticas de Abbas para comprender la contradicci贸n. Naciones Unidas proclama la igualdad soberana de los Estados y la universalidad del derecho internacional, pero su sede se encuentra en territorio estadounidense y Washington conserva una capacidad decisiva sobre el acceso a su propio territorio.

La cuesti贸n palestina volvi贸 a colocar as铆 delante de las c谩maras uno de los problemas estructurales del sistema multilateral: la distancia que puede existir entre la igualdad jur铆dica proclamada por las instituciones internacionales y las relaciones de poder que determinan en la pr谩ctica qui茅n dispone de mayor capacidad de presi贸n.

Trump, Ir谩n y el estrecho de Ormuz

Si los esca帽os vac铆os mostraron el aislamiento pol铆tico de Netanyahu, el episodio iran铆 permiti贸 contemplar otra dimensi贸n del poder internacional: aquella en la que las amenazas militares, los intereses econ贸micos y la negociaci贸n diplom谩tica se desarrollan simult谩neamente.

Donald Trump utiliz贸 su intervenci贸n ante Naciones Unidas para lanzar una de las amenazas m谩s contundentes de toda la Asamblea contra Ir谩n. Pero mientras desde la tribuna estadounidense se endurec铆a el discurso, los canales diplom谩ticos segu铆an abiertos. La delegaci贸n iran铆 permaneci贸 en Nueva York para participar en conversaciones indirectas mediadas por Qatar, en las que aparec铆an cuestiones relacionadas con el conflicto, el programa nuclear y el estrecho de Ormuz. La posterior decisi贸n estadounidense de ordenar la salida anticipada de la delegaci贸n iran铆 mostr贸 hasta qu茅 punto aquellas negociaciones estuvieron rodeadas de tensiones y desconfianza.

Ormuz introdujo adem谩s una dimensi贸n econ贸mica que resulta imposible separar de la pol铆tica militar. Durante la Asamblea, Ir谩n plante贸 que el estrecho pod铆a ser reabierto en un plazo de siete d铆as si se cumpl铆an determinadas condiciones establecidas en el entendimiento alcanzado entre ambas partes. La propuesta fue transmitida mediante mediadores qatar铆es y estuvo vinculada a las conversaciones sobre la situaci贸n regional. Posteriormente, Ir谩n insisti贸 en que la reapertura depend铆a del cumplimiento de esas condiciones y no constitu铆a una concesi贸n unilateral.

La importancia de Ormuz explica por qu茅 esta cuesti贸n trascendi贸 r谩pidamente el 谩mbito estrictamente militar. Por ese estrecho circula aproximadamente una quinta parte del petr贸leo y del gas natural licuado mundial, de manera que una interrupci贸n prolongada del tr谩fico mar铆timo tiene consecuencias sobre los precios energ茅ticos, las cadenas de suministro y la econom铆a internacional.

La situaci贸n permiti贸 comprobar hasta qu茅 punto la geopol铆tica y la econom铆a est谩n unidas. Mientras los dirigentes hablan de seguridad nacional, soberan铆a y amenazas militares, detr谩s de esas palabras aparecen rutas comerciales, energ铆a y materias primas cuya importancia afecta directamente al funcionamiento de la econom铆a capitalista mundial. Ormuz no es solamente un estrecho mar铆timo situado entre Ir谩n y Om谩n; es uno de los principales corredores energ茅ticos del planeta y, por tanto, un espacio en el que confluyen intereses econ贸micos, militares y estrat茅gicos de las grandes potencias.

El episodio iran铆 mostr贸 as铆 una de las caracter铆sticas m谩s contradictorias del actual sistema internacional: incluso cuando dos Estados se amenazan p煤blicamente con una escalada militar, los intereses econ贸micos y estrat茅gicos pueden obligarlos a mantener abiertos los canales de negociaci贸n. La paz, en estas circunstancias, no aparece 煤nicamente como un principio diplom谩tico, sino tambi茅n como una necesidad material para preservar las rutas comerciales de las que depende buena parte de la econom铆a mundial.

Trump y Delcy Rodr铆guez: cuando los enemigos vuelven a sentarse

Otra de las im谩genes m谩s sorprendentes de la semana fue protagonizada por Donald Trump y Delcy Rodr铆guez.

La presidenta encargada de Venezuela lleg贸 a Nueva York despu茅s de la captura de Nicol谩s Maduro por fuerzas estadounidenses en enero. Su participaci贸n en la Asamblea form贸 parte de la nueva etapa diplom谩tica que Caracas y Washington estaban intentando construir y estuvo acompa帽ada de conversaciones sobre elecciones, deuda, energ铆a y recuperaci贸n econ贸mica. Rodr铆guez afirm贸 ante la Asamblea que Venezuela celebrar铆a elecciones como parte de un proceso hacia una “democracia plena”, aunque no fij贸 una fecha concreta.

El contexto hac铆a que el encuentro con Trump resultara extraordinario. Washington y Caracas hab铆an mantenido durante a帽os una relaci贸n marcada por sanciones, enfrentamientos pol铆ticos y acusaciones cruzadas. Ahora, despu茅s de una transformaci贸n radical del escenario venezolano, representantes de ambos gobiernos volv铆an a sentarse frente a frente para negociar. El propio Trump y Rodr铆guez mantuvieron un breve encuentro al margen de la Asamblea, mientras funcionarios estadounidenses se帽alaban que se hab铆an discutido cuestiones pol铆ticas y la reestructuraci贸n de la deuda venezolana.

La fotograf铆a no puede separarse de los intereses materiales que rodean a Venezuela. Petr贸leo, deuda, recuperaci贸n econ贸mica, inversi贸n y recursos naturales forman parte de cualquier negociaci贸n sobre el futuro del pa铆s. La diplomacia internacional tiene precisamente esa caracter铆stica: los adversarios que durante a帽os se presentan como irreconciliables pueden terminar negociando cuando las circunstancias pol铆ticas y econ贸micas cambian.

La semana venezolana produjo otra escena significativa cuando Delcy Rodr铆guez se acerc贸 a Pedro S谩nchez dentro del propio hemiciclo. Rodr铆guez se levant贸 de su asiento, recorri贸 parte de la sala y se dirigi贸 hacia el lugar donde se encontraba la delegaci贸n espa帽ola. S谩nchez estaba pendiente de su tel茅fono; ambos se saludaron y mantuvieron una breve conversaci贸n. Seg煤n fuentes de La Moncloa, Rodr铆guez le pidi贸 poder seguir hablando sobre la situaci贸n de Venezuela y S谩nchez respondi贸 que Espa帽a estaba comprometida con el futuro de la regi贸n. No se trat贸 de una reuni贸n formal, pero s铆 de un gesto que permiti贸 visualizar la voluntad de mantener abierto un canal pol铆tico.

Precisamente por su car谩cter informal, aquella escena resulta interesante. Las relaciones diplom谩ticas no siempre se construyen exclusivamente alrededor de mesas oficiales, con declaraciones previamente redactadas y c谩maras esperando el apret贸n de manos. Tambi茅n pueden comenzar con un encuentro improvisado dentro de los propios asientos de una Asamblea en la que, mientras los gobiernos mantienen p煤blicamente posiciones enfrentadas, sus representantes buscan espacios para hablar.

Lula y la disputa por la soberan铆a latinoamericana

La cuesti贸n venezolana conect贸 con uno de los discursos latinoamericanos m谩s significativos de la Asamblea: el de Luiz In谩cio Lula da Silva.

El presidente brasile帽o afirm贸 que “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie” y denunci贸 la injerencia extranjera en los procesos pol铆ticos latinoamericanos. Lula habl贸 de las “tentaciones hegem贸nicas”, critic贸 la divisi贸n del mundo en zonas de influencia y calific贸 de anacr贸nicas las incursiones neocoloniales en busca de recursos estrat茅gicos. Tambi茅n defendi贸 que el pueblo venezolano debe decidir su propio destino sin injerencias externas.

Pero el discurso de Lula conten铆a tambi茅n una cr铆tica directa a Nicaragua. Despu茅s de defender la autodeterminaci贸n de los pueblos, afirm贸 que “Nicaragua no resolver谩 sus problemas impidiendo que la oposici贸n se presente a las elecciones”. La declaraci贸n forma parte de la posici贸n expresada por el presidente brasile帽o ante la Asamblea y no debemos ocultarla si queremos realizar una lectura rigurosa de aquella intervenci贸n.

Precisamente porque ambas afirmaciones aparecen juntas, el discurso de Lula permite abordar una cuesti贸n compleja desde una perspectiva de izquierdas. Una posici贸n internacionalista no tiene por qu茅 convertir a ning煤n Gobierno en intocable ni asumir que toda cr铆tica procedente del exterior constituye autom谩ticamente una conspiraci贸n. Los gobiernos pueden ser sometidos a cr铆tica pol铆tica y los pueblos tienen derecho a debatir y transformar sus propios sistemas pol铆ticos.

La cuesti贸n diferente es qui茅n tiene derecho a intervenir en esos procesos desde fuera. Defender la soberan铆a nacional no significa afirmar que todos los gobiernos act煤an correctamente; significa rechazar que una potencia extranjera pueda decidir qu茅 fuerzas pol铆ticas deben recibir apoyo, qu茅 gobiernos deben ser reconocidos o qu茅 modelo pol铆tico debe imponerse a otro pueblo. Una cosa es el derecho de una sociedad a cuestionar a sus propias autoridades y otra muy diferente es convertir los procesos pol铆ticos de otros pa铆ses en escenarios de presi贸n geopol铆tica.

Esta distinci贸n resulta especialmente importante en Am茅rica Latina, una regi贸n marcada hist贸ricamente por golpes de Estado, operaciones encubiertas, intervenciones militares, sanciones econ贸micas y presiones pol铆ticas de las grandes potencias. La defensa de la soberan铆a no puede quedar reservada a los gobiernos que nos gustan; si se convierte en un principio selectivo, deja de ser un principio.

La intervenci贸n de Lula tuvo precisamente el inter茅s de colocar ambas cuestiones en la misma mesa: el rechazo a la injerencia extranjera y la cr铆tica a las restricciones internas que afectan a la participaci贸n pol铆tica. Para una izquierda internacionalista, ambas preocupaciones pueden coexistir sin necesidad de convertirlas en argumentos contradictorios.

脕frica reclama dejar de ser espectadora

La reivindicaci贸n latinoamericana encontr贸 un eco inmediato en 脕frica.

El presidente de la Asamblea General, Khalilur Rahman, reclam贸 una reforma urgente del Consejo de Seguridad y utiliz贸 una frase que resumi贸 buena parte de la reivindicaci贸n africana: “Africa needs to be at the table, not on the menu”, 脕frica necesita estar en la mesa y no en el men煤. La Presidencia de la Asamblea volvi贸 a citar esta expresi贸n al hacer balance de la semana de alto nivel.

La frase tiene una carga pol铆tica evidente porque resume una reclamaci贸n hist贸rica. 脕frica contin煤a sin disponer de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad, pese a su peso demogr谩fico, econ贸mico y pol铆tico y a su papel central en numerosas cuestiones tratadas por Naciones Unidas.

La reivindicaci贸n africana no consiste 煤nicamente en ocupar una silla adicional. Tiene que ver con qui茅n decide sobre las guerras, las sanciones, las intervenciones y las operaciones internacionales que afectan directamente al continente. La estructura actual del Consejo contin煤a reflejando en buena medida el equilibrio de poder establecido al final de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido conservan el derecho de veto, mientras 脕frica reclama una representaci贸n permanente.

La Rep煤blica Democr谩tica del Congo volvi贸 a plantear durante la Asamblea la posici贸n africana de obtener dos puestos permanentes con derecho de veto mientras este mecanismo exista, adem谩s de dos puestos no permanentes adicionales. La reivindicaci贸n est谩 vinculada al Consenso de Ezulwini y a la Declaraci贸n de Sirte, que constituyen la posici贸n com煤n africana sobre la reforma del Consejo.

La pregunta que plantea esta situaci贸n afecta al conjunto del sistema multilateral. ¿C贸mo puede pedirse a los pa铆ses del Sur Global que conf铆en plenamente en unas instituciones cuya estructura de decisi贸n contin煤a reflejando un equilibrio de poder nacido en 1945? La reivindicaci贸n africana no es, por tanto, una cuesti贸n secundaria de protocolo diplom谩tico. Forma parte de la disputa por la democratizaci贸n de las relaciones internacionales.

La silla vac铆a de Sud谩n

Sud谩n ofreci贸 otra de esas escenas que permiten comprender las contradicciones del sistema.

El general Abdel Fattah al-Burhan, jefe del Ej茅rcito sudan茅s, no pudo viajar a Nueva York despu茅s de que Estados Unidos retuviera su visado. Seg煤n fuentes citadas por Reuters, la decisi贸n estaba relacionada con la negativa de las autoridades sudanesas a aceptar una propuesta estadounidense de alto el fuego de 90 d铆as.

El Gobierno sudan茅s denunci贸 que impedir la participaci贸n de su dirigente violaba las obligaciones internacionales del pa铆s anfitri贸n, mientras Estados Unidos cuestionaba la legitimidad constitucional de los actores enfrentados en la guerra sudanesa.

No es necesario defender pol铆ticamente a Burhan para comprender la paradoja. Naciones Unidas aspira a ser un espacio universal en el que los Estados puedan presentar sus posiciones y negociar, pero la Asamblea General se celebra f铆sicamente en territorio de una potencia que dispone de capacidad para controlar el acceso a su propio territorio.

La cuesti贸n vuelve a remitir a la misma tensi贸n que apareci贸 en el caso palestino: la igualdad jur铆dica entre Estados convive con una realidad internacional profundamente desigual en t茅rminos econ贸micos, militares y pol铆ticos.

La inteligencia artificial entra en la lucha por el poder

Cuando parec铆a que la Asamblea hab铆a concentrado toda su atenci贸n en guerras y conflictos diplom谩ticos, apareci贸 una cuesti贸n que hace pocos a帽os habr铆a parecido alejada de una cumbre internacional: la inteligencia artificial.

Seg煤n el balance oficial de la Presidencia de la Asamblea, m谩s del 60 % de los oradores mencionaron la inteligencia artificial durante el debate general. La cifra resulta significativa porque muestra hasta qu茅 punto una tecnolog铆a que hace apenas unos a帽os ocupaba un lugar marginal en las discusiones diplom谩ticas se ha convertido en una cuesti贸n central de la pol铆tica internacional.

El debate no se limit贸 a las posibilidades de la nueva tecnolog铆a. Los pa铆ses en desarrollo plantearon qui茅n dise帽a estas herramientas, qui茅n controla los datos, qui茅n obtiene sus beneficios y qui茅n soportar谩 los riesgos derivados de su utilizaci贸n.

La cuesti贸n es fundamentalmente pol铆tica y econ贸mica. La inteligencia artificial necesita enormes cantidades de energ铆a, centros de procesamiento, semiconductores, datos, infraestructura y capital. Una parte considerable de esos recursos est谩 concentrada en un n煤mero reducido de pa铆ses y grandes empresas tecnol贸gicas.

Por ello, varios pa铆ses del Sur Global reclamaron una participaci贸n mucho mayor en la elaboraci贸n de las normas que gobernar谩n la inteligencia artificial. La Rep煤blica Democr谩tica del Congo defendi贸 que los pa铆ses en desarrollo puedan participar en la definici贸n de sus reglas y reclam贸 mecanismos de creaci贸n de capacidades para impedir que la brecha digital termine convirti茅ndose tambi茅n en una brecha de inteligencia.

La disputa por el poder mundial ya no se desarrolla 煤nicamente alrededor de territorios, petr贸leo o minerales. Tambi茅n se desarrolla alrededor de los datos, los chips, la infraestructura digital y los sistemas de inteligencia artificial. Durante siglos, controlar territorios y materias primas permiti贸 acumular riqueza y poder; en el siglo XXI, controlar las infraestructuras tecnol贸gicas que condicionar谩n buena parte de la econom铆a puede producir una concentraci贸n de poder de dimensiones comparables. La discusi贸n sobre la inteligencia artificial es, por tanto, tambi茅n una discusi贸n sobre soberan铆a tecnol贸gica y sobre qui茅n tendr谩 capacidad para decidir c贸mo se utilizar谩n unas tecnolog铆as que afectar谩n a sociedades enteras.

Una ONU que necesita recuperar la confianza

Todas estas escenas ocurrieron dentro de una instituci贸n que atraviesa su propia crisis.

El lema de esta Asamblea era “Restoring trust, managing transformation: A United Nations that delivers for all”, restaurar la confianza y gestionar la transformaci贸n para construir unas Naciones Unidas que cumplan para todos. El propio presidente de la Asamblea hab铆a se帽alado al inaugurar el nuevo periodo de sesiones que la organizaci贸n necesitaba recuperar la confianza p煤blica en un momento marcado por guerras, crisis humanitarias, cambio clim谩tico y transformaciones tecnol贸gicas.

Ant贸nio Guterres, por su parte, present贸 el momento como una reconfiguraci贸n del poder mundial y reclam贸 un multilateralismo capaz de someter el poder a las reglas y al derecho internacional. En su intervenci贸n situ贸 entre los grandes desaf铆os del presente la guerra, la desigualdad, la crisis clim谩tica y la inteligencia artificial.

La ONU contin煤a siendo indispensable precisamente porque el mundo se ha vuelto m谩s conflictivo. Sin embargo, su capacidad para resolver esos conflictos depende de Estados que poseen capacidades muy diferentes y, en 煤ltima instancia, de un Consejo de Seguridad en el que cinco potencias conservan el derecho de veto.

Ah铆 aparece una de las grandes contradicciones del sistema. Cuanto m谩s necesita el planeta una instituci贸n multilateral capaz de contener los conflictos, m谩s evidente resulta que esa instituci贸n no dispone de herramientas suficientes para actuar con independencia de las grandes potencias. La reforma del Consejo de Seguridad, la representaci贸n africana, la cuesti贸n palestina y la capacidad de hacer cumplir el derecho internacional no son asuntos separados: forman parte de una misma discusi贸n sobre la legitimidad y la democratizaci贸n del orden mundial.

Un mundo que ya no acepta con la misma facilidad las viejas reglas

La sucesi贸n de acontecimientos ocurridos durante esta 81.陋 Asamblea General permite observar un sistema internacional en el que el viejo orden todav铆a conserva una enorme capacidad de poder, pero encuentra cada vez m谩s dificultades para presentar sus reglas como universales e incuestionables.

Estados Unidos contin煤a disponiendo de una capacidad econ贸mica, militar y financiera extraordinaria. Sus alianzas siguen siendo poderosas y su influencia sobre las instituciones internacionales contin煤a siendo considerable. Pero al mismo tiempo, Am茅rica Latina reclama mayor autonom铆a, 脕frica exige una representaci贸n acorde con su peso pol铆tico, los pa铆ses del Sur Global reclaman participar en la definici贸n de las reglas tecnol贸gicas y diferentes Estados cuestionan abiertamente que las grandes potencias puedan intervenir unilateralmente en los asuntos de otros pa铆ses.

Esto no significa que el mundo que est谩 emergiendo vaya a ser autom谩ticamente m谩s justo. La aparici贸n de nuevos centros de poder no elimina las desigualdades econ贸micas ni impide que las grandes potencias contin煤en defendiendo sus propios intereses. Un orden verdaderamente multipolar no deber铆a limitarse a sustituir una hegemon铆a por otra, sino avanzar hacia unas relaciones internacionales en las que la soberan铆a y el derecho internacional tengan un car谩cter universal y no dependan de la posici贸n econ贸mica o militar de cada Estado.

Desde una perspectiva de izquierdas, ese deber铆a ser uno de los debates centrales. La alternativa al imperialismo no puede consistir simplemente en cambiar el nombre de la potencia dominante, del mismo modo que la multipolaridad no garantiza por s铆 misma una sociedad internacional m谩s igualitaria. La cuesti贸n fundamental es si los pueblos tendr谩n mayor capacidad para decidir sobre sus recursos, sus instituciones y sus modelos pol铆ticos, y si los Estados podr谩n relacionarse entre s铆 sin que las diferencias de poder econ贸mico y militar se conviertan en un derecho permanente a intervenir en los asuntos de los dem谩s.

Esta discusi贸n adquiere especial importancia cuando se observa la relaci贸n entre pol铆tica y econom铆a que apareci贸 durante toda la Asamblea. En Palestina, la guerra y la posici贸n de las grandes potencias condicionan la capacidad de Naciones Unidas para hacer cumplir sus propias resoluciones; en Ir谩n, una ruta por la que circula una parte esencial de la energ铆a mundial se convierte en una pieza de la negociaci贸n militar; en Venezuela, petr贸leo, deuda, elecciones y relaciones internacionales aparecen inseparablemente unidos; en 脕frica, la ausencia de representaci贸n permanente en el Consejo de Seguridad mantiene una estructura de poder heredada de otra 茅poca; y en la inteligencia artificial, los datos, la energ铆a, los semiconductores y el capital empiezan a determinar qui茅n tendr谩 capacidad para establecer las reglas del futuro.

Las escenas de esta Asamblea permiten, por tanto, leer la transformaci贸n del mundo desde varios 谩ngulos. Las delegaciones que abandonaron la sala durante el discurso de Netanyahu expresaron el creciente rechazo internacional a la pol铆tica israel铆 en Gaza; la intervenci贸n de Abbas desde una pantalla volvi贸 a poner sobre la mesa la contradicci贸n entre la universalidad de Naciones Unidas y las restricciones impuestas por el pa铆s anfitri贸n; las amenazas contra Ir谩n y las negociaciones paralelas sobre Ormuz demostraron que la confrontaci贸n militar y la diplomacia pueden avanzar simult谩neamente; el encuentro entre Trump y Delcy Rodr铆guez record贸 que incluso adversarios profundamente enfrentados pueden terminar negociando cuando cambian las relaciones de fuerza; el breve acercamiento de Delcy a S谩nchez mostr贸 que los canales diplom谩ticos pueden reconstruirse incluso despu茅s de a帽os de tensi贸n; Lula combin贸 la defensa de la soberan铆a latinoamericana con una cr铆tica concreta a Nicaragua; 脕frica volvi贸 a exigir que no se decida sobre su futuro sin su participaci贸n; y la inteligencia artificial confirm贸 que la pr贸xima disputa por el poder mundial tendr谩 tambi茅n un componente tecnol贸gico decisivo.

Lo importante de estas escenas no reside 煤nicamente en su valor anecd贸tico. Su verdadera relevancia aparece cuando se observan las relaciones que las unen. En todas ellas vuelve a aparecer la misma pregunta sobre qui茅n tiene capacidad para imponer condiciones y qui茅n dispone de margen suficiente para rechazarlas. Esa es, en buena medida, la disputa que est谩 atravesando actualmente el sistema internacional.

La ONU contin煤a siendo necesaria porque no existe ninguna otra instituci贸n capaz de reunir en un mismo espacio a pr谩cticamente todos los Estados del planeta. Pero para recuperar credibilidad necesita afrontar precisamente las contradicciones que la Asamblea ha vuelto a poner delante de las c谩maras: una estructura de poder que todav铆a conserva rasgos de 1945, un Consejo de Seguridad en el que cinco Estados mantienen el veto, una relaci贸n conflictiva entre soberan铆a nacional e intervenci贸n externa y una creciente desigualdad en el acceso a los recursos econ贸micos y tecnol贸gicos que determinar谩n el futuro.

La transformaci贸n del equilibrio mundial tampoco garantiza que las relaciones internacionales vayan a ser m谩s justas. China, Rusia, India, Brasil, los pa铆ses africanos y otras potencias emergentes pueden contribuir a limitar la hegemon铆a estadounidense, pero todos ellos tienen tambi茅n intereses propios y ninguno est谩 exento de contradicciones. Por eso, desde una perspectiva antimperialista, el objetivo no deber铆a ser reemplazar una hegemon铆a por otra, sino avanzar hacia un sistema en el que ning煤n Estado pueda convertir su superioridad militar, econ贸mica o tecnol贸gica en un privilegio para decidir por los dem谩s.

Las peque帽as escenas de la 81.陋 Asamblea General permiten entender precisamente esa transici贸n. El viejo orden internacional contin煤a teniendo una enorme capacidad de resistencia, pero ya no consigue imponer con la misma facilidad la idea de que sus jerarqu铆as son naturales e inmutables. Cada vez m谩s pa铆ses reclaman soberan铆a, representaci贸n, autonom铆a econ贸mica y capacidad para participar en las decisiones que afectan a su futuro.

La pregunta que deja esta Asamblea no es, por tanto, qui茅n gan贸 aquella semana en Nueva York. Lo verdaderamente decisivo ser谩 determinar si la transformaci贸n del equilibrio mundial puede abrir paso a unas relaciones internacionales m谩s democr谩ticas o si simplemente producir谩 una nueva distribuci贸n de las mismas estructuras de dominaci贸n. La respuesta depender谩 de la capacidad de los pueblos y de los Estados del Sur Global para defender su soberan铆a, construir relaciones de cooperaci贸n y exigir que el multilateralismo deje de ser 煤nicamente un lenguaje diplom谩tico y se convierta en una pr谩ctica efectiva de igualdad entre naciones.



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