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domingo, 23 de agosto de 2026

23 de Agosto. Cuando la oscurana se hizo claridad en Nicaragua

Por Javier Huerta

Nicaragua, 46 años después de aquella hermosa batalla, la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización 

Entre finales de marzo y agosto de 1980, cuando comenzaba a caer la noche en cualquier comunidad de Nicaragua, una pequeña lámpara iluminaba una mesa alrededor de la cual se sentaban un joven alfabetizador y varias personas que apenas empezaban a reconocer las letras. No había grandes aulas ni pupitres. Muchas veces tampoco había electricidad. Había una cartilla, un lápiz, una lámpara, paciencia y, sobre todo, el deseo de aprender. En aquellas noches sencillas, en medio de la pobreza y de las dificultades de una Nicaragua que acababa de salir de una larga dictadura, comenzó a escribirse una de las páginas más hermosas de la Revolución Sandinista.

Aquella escena se repetía una y otra vez por todo el país. En casas campesinas, bajo los árboles, junto a los caminos y en las montañas, Nicaragua entera se había convertido en una escuela. Miles de jóvenes habían dejado temporalmente sus hogares y sus familias para internarse en una Nicaragua que muchos apenas conocían. Iban cargados con una cartilla y unos pocos materiales, pero llevaban consigo algo mucho más importante: la convicción de que la Revolución que había triunfado el 19 de julio de 1979 no podía limitarse a haber derrotado a la dictadura. La victoria tenía que llegar hasta las comunidades más apartadas, hasta las familias campesinas, hasta quienes durante décadas habían permanecido al margen de la educación y de las oportunidades.

Hacía apenas ocho meses que el pueblo nicaragüense había derribado a la dictadura somocista, una dictadura familiar que durante más de cuatro décadas había mantenido el poder mediante la represión, la desigualdad y la exclusión. El 19 de julio había abierto una enorme esperanza, pero la Revolución recibía un país profundamente herido. La guerra contra Somoza había dejado miles de muertos, familias destruidas y comunidades devastadas. La pobreza era especialmente dura en las zonas rurales, donde durante generaciones habían faltado escuelas, maestros, asistencia sanitaria, caminos, electricidad, agua potable y muchas de las condiciones básicas para desarrollar una vida digna.

El analfabetismo era una de las expresiones más visibles de aquella realidad. El régimen somocista había dejado una tasa nacional del 50,3 %, mientras que en algunos departamentos la situación era todavía mucho más dramática: en Río San Juan, por ejemplo, alcanzaba el 96,32 %. Aquella cifra permite comprender mejor lo que significaba que un joven llegara a una comunidad con una cartilla en las manos. No se encontraba simplemente ante una persona que desconocía las letras. Se encontraba ante las consecuencias de décadas de abandono.

Por eso, para la Revolución Sandinista, transformar Nicaragua no significaba únicamente cambiar las estructuras políticas. Había que reconstruir un país devastado y, al mismo tiempo, comenzar a construir una sociedad diferente. Había que atender la salud, impulsar la educación, mejorar las condiciones de vida, llevar servicios a las comunidades y devolver a millones de personas algo que durante demasiado tiempo les había sido negado: el derecho a aprender.

Y así comenzó una de las mayores epopeyas educativas de la historia de Nicaragua.

Una revolución que también tenía que enseñar

Carlos Fonseca Amador había dejado una consigna que resumía una parte esencial de aquella concepción revolucionaria: “Y también enséñenles a leer y escribir”. Aquellas palabras, pronunciadas años antes en medio de la lucha revolucionaria, adquirían ahora una dimensión concreta. La Revolución había triunfado y había llegado el momento de convertir aquella orientación en una realidad que alcanzara hasta el último rincón del país.

No se podía esperar a construir una red educativa perfecta para comenzar. Había que actuar inmediatamente. La pobreza no podía esperar y la ignorancia tampoco. Por eso, el 23 de marzo de 1980, apenas ocho meses después del triunfo revolucionario, comenzó oficialmente la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización “Héroes y Mártires por la Liberación de Nicaragua”.

Miles de jóvenes se pusieron en camino hacia las comunidades rurales. Algunos procedían de Managua y de otras ciudades y nunca habían vivido durante meses en una comunidad campesina. Otros tampoco conocían las montañas, los caminos interminables, las largas jornadas de trabajo agrícola, la falta de electricidad o las dificultades cotidianas de aquellas familias. Muchos iban a descubrir por primera vez una parte de Nicaragua que había permanecido prácticamente invisible para quienes vivían en las ciudades.

El analfabetismo la consecuencia de una sociedad que durante décadas había negado a buena parte de su población el derecho a aprender. Enseñar a leer significaba mucho más que aprender el abecedario. Significaba poder escribir un nombre, comprender una carta, leer un periódico, interpretar un documento, realizar una gestión y dejar de depender de otra persona para acceder a una palabra escrita.

Significaba abrir una puerta que había permanecido cerrada durante generaciones.

La Cruzada tampoco fue concebida como una enseñanza mecánica. La coordinación estudió experiencias de alfabetización desarrolladas en países como Cuba, Mozambique, Guinea-Bissau y Cabo Verde y consultó a especialistas como Paulo Freire, el célebre pedagogo brasileño y autor de Pedagogía del oprimido. La experiencia nicaragüense recibió así aportaciones internacionales, pero desarrolló también sus propios métodos y materiales a partir de la realidad del país.

La cartilla no pretendía solamente enseñar letras. Pretendía que quien aprendía pudiera leer también su propia realidad. Porque aprender a leer era comenzar a descubrir que el mundo podía comprenderse y que, una vez comprendido, también podía transformarse. UNESCO destaca precisamente que aquella experiencia permitió a miles de jóvenes de las ciudades descubrir la otra mitad del país y conocer de cerca las condiciones de pobreza y marginación heredadas de décadas de dictadura.

La Nicaragua que esperaba a los alfabetizadores

Cuando aquellos jóvenes salieron hacia las montañas, no se dirigían simplemente a un territorio desconocido. Entraban en el corazón de una sociedad que acababa de despertar de una larga noche.

La pobreza era especialmente dura en las zonas rurales. Muchas comunidades carecían de escuelas y maestros, de asistencia sanitaria y de servicios básicos. El acceso a la educación dependía demasiado a menudo del lugar donde una persona había nacido y de las posibilidades económicas de su familia. Para muchos campesinos, la escuela había sido una realidad lejana, casi imposible.

La guerra contra la dictadura había dejado además una profunda huella. Había familias que habían perdido a padres, madres, hijos y hermanos. Había comunidades que habían conocido la violencia y el miedo. La Revolución abría una esperanza inmensa, pero el país no podía recuperarse de décadas de abandono de un día para otro.

La Revolución tenía que reconstruir mientras transformaba.

En ese escenario, la educación ocupaba un lugar central. Porque una persona que aprendía a leer no solamente adquiría una habilidad. Ganaba autonomía. Podía comprender una carta enviada por un hijo, leer las noticias, escribir sus pensamientos, entender un documento o participar de otra manera en la vida de su comunidad.

Por eso la Cruzada no fue concebida únicamente como una operación contra las estadísticas del analfabetismo. Era también una batalla contra una de las formas más profundas de la pobreza: la imposibilidad de acceder al conocimiento.

Y por eso aquellos jóvenes no llevaban solamente una cartilla. Llevaban una idea de país.

Sabían que el camino también podía ser peligroso

Existe, sin embargo, una dimensión de aquella historia que a veces queda relegada cuando se recuerda la Cruzada.

Aquellos jóvenes no se marcharon hacia las comunidades rurales en un país en paz.

La Revolución Sandinista acababa de triunfar y sus adversarios ya comenzaban a organizarse. Al otro lado de la frontera con Honduras se agrupaban antiguos miembros de la Guardia Nacional somocista y otros sectores opositores al nuevo Gobierno. Las primeras acciones armadas y las incursiones en determinadas zonas comenzaban a mostrar que el proceso revolucionario no iba a desarrollarse tranquilamente. La guerra de la Contra todavía no había alcanzado la dimensión que adquiriría posteriormente, pero el escenario de confrontación ya comenzaba a formarse.

Los proyectos sociales de la Revolución se convirtieron desde muy pronto en objetivos de quienes pretendían desestabilizar al nuevo Gobierno. La alfabetización, por su carácter masivo y por su llegada a las comunidades más pobres y alejadas, era una de las expresiones más visibles de aquella transformación.

No se trataba únicamente de adaptarse a las duras condiciones de la vida rural, caminar durante horas por senderos difíciles, dormir en casas humildes o convivir con familias a las que hasta entonces no conocían. Se trataba también de entrar en un país donde una revolución recién nacida comenzaba a ser amenazada y donde una guerra se encontraba en proceso de gestación.

Y, sin embargo, miles de jóvenes dieron un paso adelante.

Había ideales que pesaban más que el miedo. Había una convicción profunda de que la victoria del 19 de julio tenía que convertirse en escuelas, hospitales, alimentos, derechos y conocimiento. Había también una idea sencilla y poderosa: si la Revolución había abierto una puerta para ellos, ellos podían ayudar a abrirla para otros.

Sabían que iban a combatir la ignorancia. Y sabían también los peligros que les acechaban.

Un pueblo entero convertido en escuela

Entre el 23 de marzo y el 23 de agosto de 1980, Nicaragua vivió una movilización extraordinaria. 95.582 jóvenes, maestros, trabajadores de la salud, asesores pedagógicos, conductores, oficinistas, amas de casa y otros colaboradores participaron en aquella gran tarea y llevaron la enseñanza a todos los rincones posibles del país. En cinco meses, 406.056 nicaragüenses aprendieron a leer y escribir, mientras la tasa de analfabetismo descendía del 50,3 % al 12,9 %.

Detrás de aquellas cifras había miles de historias. Había campesinos que por primera vez podían escribir su nombre. Mujeres que podían leer una carta. Personas mayores que descubrían, quizá después de toda una vida, que aquellas letras que habían visto durante años dejaban de ser signos incomprensibles. Y había jóvenes que regresaban de las comunidades conociendo la realidad de su país y comprendiendo que enseñar también significaba aprender.

La convivencia produjo algo que ninguna estadística puede medir completamente. Jóvenes procedentes de las ciudades compartieron durante meses la vida cotidiana de familias campesinas, conocieron sus problemas, trabajaron junto a ellas y descubrieron una Nicaragua que hasta entonces les había sido distante. UNESCO ha destacado precisamente esa dimensión de la Cruzada: los jóvenes no solamente enseñaron a leer, sino que conocieron de cerca la pobreza y la marginación heredadas de décadas de dictadura.

La Nicaragua profunda dejó de ser una abstracción.

Tenía rostro, nombre, familia, pobreza, dignidad y esperanza.

Y aquellos jóvenes regresaron a sus ciudades siendo diferentes.

Pero aquella gran batalla tuvo también un precio. En el camino de la Cruzada cayeron 59 compañeros alfabetizadores, convertidos en héroes y mártires de aquella epopeya. Su recuerdo forma parte inseparable de la historia de quienes salieron hacia las comunidades convencidos de que enseñar a leer era una tarea por la que valía la pena comprometerse hasta las últimas consecuencias.

Nicaragua no estaba sola

La batalla contra el analfabetismo fue nicaragüense, pero también tuvo una profunda dimensión internacionalista. Brigadas de profesores voluntarios procedentes de dieciséis países colaboraron en distintos aspectos de la Cruzada, desde la organización técnica y la preparación de materiales hasta la formación de los jóvenes nicaragüenses.

Desde Cuba llegó la Brigada “Augusto César Sandino”, integrada por maestros que se incorporaron al esfuerzo educativo y llevaron su experiencia hasta algunas de las comunidades más apartadas. También participaron profesores y estudiantes de otros países, entre ellos Costa Rica, España y organizaciones internacionales de estudiantes.

La solidaridad no llegó únicamente en forma de palabras. Llegó caminando por los caminos de Nicaragua.

Entre aquellos internacionalistas europeos estuvo por ejemplo Ambrosio Mogorrón, el “Doctorcito”, que llegó a Nicaragua en 1980 para participar en la Cruzada. Su compromiso no terminó cuando concluyó aquella campaña. Después se internó en las montañas de Jinotega y dedicó su vida a acompañar a comunidades campesinas y a combatir enfermedades olvidadas.

También estuvo Joël Fieux, francés de 28 años, formado en micromecánica y vinculado a trabajos de imprenta y comunicación relacionados con movimientos sociales. Después de la Cruzada colaboró en la instalación de imprentas y en la producción de materiales de comunicación

Sus compromiso con Nicaragua continuaron hasta que fueron asesinados por la Contra.

Ambrosio y Joël representan una historia que merece ser contada con especial cariño: la de aquellos hombres y mujeres que llegaron desde lejos para enseñar y terminaron haciendo de Nicaragua parte de sus propias vidas.

Algunos regresaron a sus países. Otros permanecieron durante años.Y unos pocos entregaron sus vidas.

La Cruzada terminó. El camino, no

El 23 de agosto de 1980 terminó oficialmente la campaña de alfabetización en español, pero la tarea educativa continuó. El 30 de septiembre comenzó la alfabetización en inglés criollo, miskito y sumo, con el objetivo de llegar a miles de personas de la Costa Caribe. La educación de adultos siguió desarrollándose durante los años posteriores, porque aquella primera victoria había demostrado que la alfabetización no podía entenderse como un acontecimiento aislado, sino como el comienzo de un proceso educativo más amplio.

En ese largo camino encontró un espacio especialmente importante Río San Juan, territorio donde la educación popular se convirtió en una experiencia de vida para quienes decidieron permanecer junto a las comunidades.

Fue también en aquella continuidad donde surgió una figura que merece un reconocimiento especial: el Maestro Orlando Pineda.

Orlando entendió desde joven que alfabetizar no consistía simplemente en llegar a una comunidad, reducir el porcentaje de personas iletradas y marcharse. Había que caminar con las comunidades, conocer sus problemas, compartir sus esperanzas y convertir la educación en una herramienta para transformar la vida. Río San Juan fue para él mucho más que un territorio de trabajo. Fue una escuela de humanidad.

Por eso, cuando hablamos de Orlando Pineda, hablamos de maestro en el sentido más profundo de la palabra. De un hombre que convirtió la educación popular en una forma de vida y que durante décadas ha defendido la idea de que ninguna persona ni ninguna comunidad deben quedar condenadas a la oscuridad.

Cuando cambió el Gobierno, la llama permaneció encendida

La derrota electoral del FSLN en 1990 cambió el rumbo político del país. Pero no consiguió apagar aquella vocación.

El 26 de febrero de 1990 nació la Asociación de Educación Popular Carlos Fonseca Amador (AEPCFA), que mantuvo viva la experiencia de educación popular durante los años neoliberales. San Francisco Libre, Palacagüina, Río San Juan y otras comunidades siguieron formando parte de aquel largo camino.

Allí estuvieron hombres y mujeres que comprendieron que la revolución no podía depender exclusivamente de que hubiera o no un determinado Gobierno. La educación popular había echado raíces en las comunidades y continuaba siendo una herramienta para mantener viva la organización, la esperanza y el derecho a aprender.

Entre sus fundadores, estaba Abner Pineda. Un maestro rural que vivió antes del triunfo de la Revolución, como alumnos dejaban las aulas para huir a las montañas por miedo a ser asesinados por la guardia. Mas tarde él también se comprometería con el frente sandinista y después de la victoria se implicaría en la gran Cruzada Nacional. Hoy ya no podemos conversar con Abner, pero su legado esta presente en los frutos del trabajo que realizo, con mucho compromiso hacia su país y su revolución, tan solo con el deseo de construir un futuro mejor. Su nombre permanece unido a la historia de la Cruzada, de la AEPCFA y de quienes durante aquellos años se negaron a aceptar que la alfabetización y la educación popular fueran solamente un recuerdo.

Y Nicaragua tampoco caminó sola.

Miquel Soler Roca, Jaume Botey y Sebas Parra forman parte de esa memoria internacionalista. Miquel, referente de la educación de adultos y antiguo director de la División de Alfabetización de UNESCO; Jaume, maestro, profesor universitario y profundamente vinculado a la escolarización de adultos; y Sebas, maestro y con gran influencia de Paulo Freire, cuyo compromiso con Nicaragua y con la AEPCFA terminó convirtiéndose en una parte esencial de su propia vida.

Los tres ya no están entre nosotros. Pero existe una forma hermosa de recordarlos: continuar aquello en lo que creyeron.

Cuba como siempre solidaria

Durante los años neoliberales, los avances de la alfabetización fueron parcialmente revertidos y el analfabetismo volvió a crecer. Organizaciones sociales y la propia AEPCFA estimaron que el índice real de vulnerabilidad educativa en diversas zonas llegó a situarse entre el 30 % y el 36,9 %.

Entonces Cuba volvió a ofrecer su solidaridad a Nicaragua. Y de la mano de Orlando Pineda y de la AEPCFA llegó el método “Yo, sí puedo”, creado por la pedagoga y profesora cubana Dra. Leonela Inés Relys Díaz, que permitía desarrollar el proceso de alfabetización en aproximadamente tres meses.

La AEPCFA desarrolló experiencias piloto en diversos municipios y departamentos, especialmente en zonas rurales, en coordinación con las alcaldías. Y después del regreso del FSLN al Gobierno en 2007, aquel esfuerzo adquirió una dimensión nacional.

Entre 2007 y 2009 se desarrolló una nueva campaña nacional de alfabetización y, en 2009, Nicaragua volvió a situarse por debajo del 5 % de analfabetismo, alrededor del 4,7 %, dentro de los parámetros utilizados internacionalmente para considerar a un país territorio libre de analfabetismo.

La historia parecía cerrar un círculo. Pero en realidad estaba comenzando otra etapa.

De aquella cartilla a la educación del siglo XXI

La alfabetización había demostrado que era posible transformar una realidad que parecía condenada a repetirse. Pero el desafío educativo era mucho mayor.

Durante los primeros años del siglo XXI, bajo los gobiernos neoliberales, alrededor de 800.000 niños y adolescentes quedaban fuera del sistema educativo. La Tasa Neta de Escolaridad alcanzaba solamente el 41,7 % en educación preescolar y el 44,3 % en educación secundaria, dejando a una parte enorme de la juventud fuera de las aulas.

La nueva etapa revolucionaria iniciada en 2007 recuperó la gratuidad de la educación pública y amplió progresivamente las posibilidades de acceso.

La escuela dejó de ser solamente el lugar donde aprender las primeras letras. Pasó a formar parte de un sistema mucho más amplio que incluye educación inicial, primaria, secundaria, educación especial, jóvenes y adultos, formación técnica y universidad.

Para 2026 el sistema educativo proyecta una matrícula de 1,8 millones de niñas, niños, adolescentes, jóvenes y adultos. El acceso se ha acompañado de programas sociales como la merienda escolar, que llega aproximadamente a un millón de estudiantes de centros públicos y subvencionados, además de libros, tecnología educativa, educación en el campo, rehabilitación y construcción de centros escolares y formación continua del profesorado.

La transformación alcanza también a la educación superior. Las universidades públicas pasaron de atender 77.710 estudiantes de licenciatura en 2006 a más de 207.000 jóvenes y adultos en 2025, con una participación femenina mayoritaria. La gratuidad universitaria, las becas, la ampliación de carreras, laboratorios, infraestructura y presencia territorial han abierto posibilidades que antes resultaban inaccesibles para muchas familias. Para 2026 las universidades públicas proyectan el acceso de alrededor de 82.000 estudiantes.

La educación técnica también ha experimentado una expansión profunda: de 26 centros en 2006 a 71 en 2025, con una oferta mucho mayor de carreras y cursos y cientos de miles de protagonistas atendidos cada año.

La idea continúa siendo aquella misma que animaba a los alfabetizadores de 1980: que estudiar no sea un privilegio reservado a unos pocos y que cada joven pueda encontrar un camino para construir su futuro, trabajar, emprender y contribuir al desarrollo de su comunidad.

Y la alfabetización tampoco ha desaparecido.

El programa “Luz y Verdad”, iniciado en 2023, continúa trabajando con jóvenes y adultos e incorporando formación para el trabajo. La alfabetización vuelve así a ser entendida como lo que siempre debió ser: no el punto final, sino el primer peldaño de un proceso educativo que debe continuar durante toda la vida.

La Costa Caribe y los caminos que todavía quedan por recorrer

Quizá sea precisamente en la Costa Caribe donde mejor se comprende que aquella historia todavía no ha terminado.

Allí la educación tiene que recorrer enormes distancias, respetar las lenguas y culturas de los pueblos indígenas y afrodescendientes y responder a realidades diferentes. La alfabetización en miskito, mayagna e inglés criollo y la continuidad de la educación de jóvenes y adultos forman parte de un desafío que exige paciencia, recursos y compromiso.

La pregunta ya no es solamente cuántas personas han aprendido a leer. La pregunta es cuántas pueden continuar estudiando, acceder a una profesión, participar plenamente en la vida de su comunidad y escribir su propio futuro.

Y ahí vuelven a aparecer quienes continúan caminando desde los años ochenta: Eveling Vanegas, Guillermo Fuentes, Adrián Cruz y, de manera muy especial, el Maestro Orlando Pineda. Son parte de una generación que entendió que la alfabetización no podía quedar convertida en una fotografía de 1980, sino que debía seguir siendo una tarea viva.

A ellos debemos agradecer que aquella llama no haya quedado encerrada en un museo.

La luz que pasa de unas manos a otras

En este 46.º aniversario regresan también los nombres de quienes ya no podemos abrazar: Abner, Miquel, Jaume, Sebas, Ambrosio y Joël, junto a los 59 alfabetizadores que cayeron durante aquella epopeya y tantos otros hombres y mujeres que entregaron su juventud, su trabajo y, en algunos casos, su propia vida. Sus nombres forman parte de una historia que no pertenece solamente al pasado, porque aquello que defendieron continúa expresándose cada vez que una persona puede acceder a la educación y abrir con ella nuevas posibilidades para su vida.

Hace 46 años, miles de jóvenes salieron hacia las montañas con una cartilla, un lápiz y una lámpara. Sabían que iban a encontrarse con la pobreza, con comunidades olvidadas durante décadas y con unas condiciones de vida muy diferentes a las de las ciudades. Sabían también que la Revolución recién triunfada comenzaba a ser amenazada y que el camino podía ser peligroso. Y, sin embargo, caminaron. Lo hicieron porque creían que la victoria del 19 de julio debía convertirse en algo concreto: escuelas, salud, derechos, oportunidades y dignidad para quienes durante generaciones habían sido excluidos.

Muchos pensaban que iban a enseñar a leer a un pueblo. Regresaron comprendiendo que también habían aprendido a mirar de otra manera a su propio país. Descubrieron que detrás de cada cifra había una persona, una familia y una historia; que detrás del analfabetismo había pobreza y abandono, pero también un enorme deseo de aprender. Descubrieron, en definitiva, que compartir el conocimiento podía convertirse en una forma de solidaridad y de transformación.

Esa fue quizá la verdadera grandeza de la Cruzada: no solamente enseñó a leer palabras, sino que ayudó a un pueblo a comenzar a leer su propia realidad y a sentirse capaz de escribir su propio destino.

La historia tampoco terminó cuando se cerró oficialmente la campaña el 23 de agosto de 1980. Continuó en la educación de adultos, en las comunidades de la Costa Caribe, en la experiencia de la AEPCFA, en el método cubano “Yo, sí puedo”, en las campañas posteriores y en las generaciones que han llegado después a las escuelas, a la formación técnica y a las universidades. El reconocimiento internacional a aquella epopeya, incluida su incorporación a la Memoria del Mundo de la UNESCO, demuestra que aquella experiencia trascendió las fronteras de Nicaragua y se convirtió en una referencia de la educación popular.

Hoy Nicaragua es diferente a aquella Nicaragua de 1980. Persisten desafíos, desigualdades y necesidades, especialmente en las comunidades más alejadas y en la Costa Caribe, pero también existen generaciones que han podido acceder a oportunidades educativas que sus padres y abuelos nunca tuvieron. La gratuidad de la educación pública, la expansión de la formación técnica y universitaria y los programas dirigidos a jóvenes y adultos forman parte de esa transformación que comenzó, de alguna manera, aquella noche de 1980.

Por eso, quizá el mejor homenaje a quienes emprendieron aquel camino no sea solamente recordar sus nombres ni repetir sus cifras. Es mantener viva la razón por la que caminaron.

Porque una revolución no se mide únicamente por aquello que derriba, sino también por aquello que consigue construir.

Y aquella pequeña lámpara que una noche iluminó una mesa campesina sigue siendo una poderosa imagen de lo que puede hacer un pueblo cuando decide que el conocimiento no debe ser privilegio de unos pocos.

La Cruzada terminó hace 46 años. La luz, no.

Pasó de unas manos a otras, de una generación a la siguiente. Y mientras haya alguien dispuesto a enseñar, alguien dispuesto a aprender y un pueblo decidido a defender la educación como un derecho, aquella hermosa batalla seguirá teniendo sentido.

Porque aquella lámpara no se encendió solamente para iluminar una noche. Se encendió para abrir un camino.


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domingo, 16 de agosto de 2026

Cien años de Fidel, sin Fidel, con Fidel

Por Fabrizio Casari

Hace cien años nació el Comandante en Jefe de la Revolución cubana, Fidel Castro Ruz, el estadista más grande del siglo XX que hizo de Cuba el primer territorio libre de las Américas. Hace 10 nos dejó físicamente para mudarse en nostalgia. La gigantesca estatua erigida en Managua recuerda el vínculo indisoluble entre las dos revoluciones. Un acto de reconocimiento y afecto en la Nicaragua revolucionaria, porque Fidel está en el olimpo de los grandes revolucionarios que cambiaron el curso de la historia. Una historia que fue capaz de anticipar, afrontar y dominar. Fue maestro y guía para todos aquellos que, en cualquier rincón de la tierra, hayan intentado hacer del mundo un lugar más justo y digno que el que tenían ante sus ojos.

Fidel es el patrimonio histórico y humano de Cuba y de los cubanos, pero no solamente de ellos. Se lo puede encontrar precisamente en la estatua erigida en la Avenida Bolívar de Managua, donde, a poca distancia, descansan los restos de Carlos Fonseca Amador y Tomás Borge. Pero en realidad, al igual que los dos fundadores del FSLN, Fidel está en cada calle, en cada aula y en cada hospital de Nicaragua, donde, si hoy pudiera caminar, comprobaría cómo aquello que se prometió se ha cumplido. Y se lo puede encontrar en las calles destruidas de Gaza y en las ciudades liberadas del Donbás como en los países de África que le deben parte de su libertad. Fidel fue y continúa siendo el ejemplo que cada uno de nosotros exhibe con orgullo al argumentar, protagonista del relato de los mejores ideales, de las mayores victorias, de nuestros sueños más hermosos.

Fidel solo supo vencer. Se había acostumbrado a la victoria al derrotar a Batista y a Estados Unidos, que lo apoyaba con la ayuda de la mafia ítalo-estadounidense. Desde su entrada el 1.º de enero de 1959, La Habana se convirtió en una ciudad cubana; Miami, en cambio, fue condenada a convertirse en el basurero de América, todavía incubadora de los restos de toda tiranía, cloaca que contiene toda náusea. Allí viven terroristas, contrarrevolucionarios y antiguos supuestos revolucionarios, aquellos que por dinero y ambición personal traicionaron todo y a todos: aquellos contra los que Fidel era implacable.

En Nicaragua como en Venezuela, como antes en Vietnam, las victorias fueron guiadas por líderes y comandantes que encontraron en Fidel al mejor amigo y al mejor consejero, aquel capaz de exaltar las cualidades y corregir los defectos de cada proceso político, que podía leer desde lejos como si estuviera inmerso en él y que, por más íntimamente involucrado que estuviera, sabía apartarse para observar las cosas desde la distancia adecuada. Era el padre de todo anhelo de libertad y el hermano de todos aquellos que luchaban por ella. Nada de lo que sugería podía ser subestimado, para bien o para mal: después de todo, lo que no sabía sobre revoluciones se podía escribir en el reverso de un sello postal.

Fidel es sinónimo de rebelión victoriosa, de esa extraordinaria matemática de los sueños que calcula el número de enemigos y su poder únicamente para comprender cómo derrotarlos. Enseñó a no tener miedo, a buscar en cada detalle, por pequeño que sea, la posibilidad de poner a nuestro favor incluso el escenario más problemático. Que, por poderoso y formidable que sea el opresor, los oprimidos son mayoría y pueden convertirse en el todo. Enseñó a creer que la batalla de las ideas es decisiva en la lucha por conquistar la justicia. A construir una sociedad diferente donde se pueda recorrer ese surco que separa la democracia formal de la sustancial, a no confundir el número de partidos con los índices de desarrollo. Recordó a todos que la diferencia entre independentismo y anexionismo también se expresa en el rechazo o la aceptación de la injerencia extranjera, y que las certificaciones de democracia otorgadas por el imperio poscolonial no tienen ningún valor, ni político ni ético.

Lo hizo señalando que los derechos son de todos y que la búsqueda de la igualdad es un presupuesto fundamental para definir qué es democracia y qué no lo es, convirtiendo a una isla en ejemplo global de independencia y dotándola de un extraordinario antídoto contra el veneno ideológico que se inocula desde fuera. Enseñó a leer la deuda del Sur global con las lentes adecuadas, aquellas que muestran la enorme expoliación de recursos de la que se apropia el Norte sin derecho alguno. A denunciar la insostenibilidad de un mundo en el que el 4 % de su población consume el 26 % de los recursos disponibles. Y, sobre todo, demostró al mundo entero cómo la palabra solidaridad es prólogo, desarrollo y epílogo del libro de los abrazos a escala global.

Se puede hablar de él y de sus hazañas, de su grandeza y de su carisma, leyendo sus palabras y observando sus acciones, nunca en contradicción entre sí. Se puede hablar de él como el mayor icono del Socialismo, artífice del renacimiento de Cuba y de su proyección internacional, que convirtió a la isla en la mayor reserva de fuerza moral y solidaridad con cada movimiento revolucionario, tanto en América Latina como en África. Enseñó que la defensa de la Patria no es solo nacionalismo, sino punto de partida del internacionalismo. La isla fue refugio y consuelo, laboratorio de ideas y principios, escuela del hacer y del pensar. No hay victoria revolucionaria o liberación nacional que se haya consolidado sin su contribución política, humana y también militar cuando fue necesario.

Estos años sin Fidel no han conseguido que nos acostumbremos a su ausencia. Imaginar el mundo, pensar cómo analizarlo e intentar cambiarlo no es lo mismo con Fidel que sin Fidel. Su ausencia nos privó de su extraordinaria capacidad de análisis e interpretación de los fenómenos, de su lucidez estratégica, de su grandeza política. Todos necesitamos reconstruir una teoría y una práctica de la transformación, y sería útil contar con su visión de futuro, con su capacidad para prever los procesos históricos y la dirección política que toman. Nos habría ofrecido una lectura de lo inmanente con otras categorías y otros paradigmas, sin sucumbir al encanto de esta supuesta modernidad ideológica que es la otra cara de la moneda de la rendición. Hoy, cuando el imperio en decadencia ha descubierto el paso del tiempo como un reloj de arena invertido que señala su final, hoy que el Sur parece querer mezclar todas sus lenguas para conseguir hablar con una sola voz, la presencia de Fidel habría sido fundamental.

Diez años después de sus exequias, resuena como memoria y, al mismo tiempo, como presente y futuro, la voz del Comandante Sandinista Daniel Ortega, quien, desde la Plaza de la Revolución de La Habana, frente a un millón de cubanos, preguntaba: «¿Dónde está Fidel?».

Estaba allí, residente de todas partes. Nunca se fue, Comandante Daniel. Los hombres como Fidel no se van un día precisamente porque no llegan un día. Están desde siempre y para siempre, independientemente del tiempo y de la biología, de los enemigos y los amigos, de la historia y de la crónica. Su existencia biológica es solo una parte de su existencia política. Están porque ese conjunto de hombres y pueblos, de circunstancias y condiciones que la historia se empeña en mezclar y que nosotros, por brevedad, llamamos destino, se cumple. Y esto lo han comprendido todos aquellos que saben que revolucionar el mundo es la única manera de salvarlo.

Por eso Fidel está en cada lugar donde hace falta, allí donde alguien lucha y se desvive por identificarse con el destino de todos. Está para quienes han elegido no abjurar de los ideales de justicia e igualdad, a quienes les brillan los ojos ante los humildes que se convierten en titulares de derechos. Está para quienes no han titubeado ante las oleadas reaccionarias, quienes no han retrocedido frente a las dificultades y no han traicionado a sus compañeros ni a su pueblo; para quienes no se han vendido al enemigo ni siquiera cuando este se presentó vestido con las ropas de la sensatez y la moderación. Está para quienes prefieren morir antes que arrodillarse y que no han renunciado a levantar su bandera de combate. Todos ellos son quienes pueden sentirse parte de su legado. Quienes tienen derecho a decir: «Yo soy Fidel».

Fidel estuvo, está y estará: porque, ante la inútil espera de la justicia divina, la justicia de los hombres tarde o temprano llega. Quizás tarde, pero llega. Y tiene su rostro.


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lunes, 10 de agosto de 2026

Sáhara Occidental: ¿hacia dónde va un conflicto que lleva medio siglo esperando una solución?

Por Javier Huerta

Cinco años después, la diplomacia internacional vuelve a mover sus piezas mientras el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui continúa pendiente


Han pasado casi cinco años desde que publique un artículo sobre el Sáhara Occidental, «Sáhara Occidental: la descolonización que España dejó pendiente», el 14 de noviembre de 2021. Apenas cuatro meses después, el 20 de marzo de 2022, publique otro análisis, «Sáhara Occidental: treinta años de una promesa incumplida por Naciones Unidas», cuando la ruptura del alto el fuego de 2020 había devuelto la guerra al territorio y España acababa de modificar profundamente su posición respecto al conflicto. Hoy volvemos sobre la cuestión porque el escenario internacional ha cambiado de manera importante. Naciones Unidas continúa buscando una salida, Marruecos ha ganado apoyos para su propuesta de autonomía, Estados Unidos desempeña un papel cada vez más activo en las negociaciones y la Unión Europea ha tenido que afrontar importantes límites jurídicos en sus relaciones con Marruecos. Pero, mientras tanto, la pregunta fundamental continúa siendo la misma: ¿qué lugar ocupa el derecho del pueblo saharaui a decidir libremente su futuro?

La novedad más importante de los últimos años se produjo en octubre de 2025, cuando el Consejo de Seguridad aprobó la resolución 2797 y prorrogó el mandato de la MINURSO hasta el 31 de octubre de 2026. La resolución introdujo un cambio significativo en el lenguaje del proceso al pedir que las negociaciones tomasen como base la propuesta marroquí de autonomía, aunque mantuvo como objetivo una solución política definitiva que proporcione la autodeterminación del pueblo del Sáhara Occidental. Fue aprobada por 11 votos a favor, ninguno en contra y tres abstenciones; Argelia no participó en la votación.

El cambio merece atención. La MINURSO fue creada en 1991 con el objetivo de organizar un referéndum de autodeterminación. Treinta y cinco años después, el referéndum nunca se ha celebrado y la misión continúa existiendo. El nombre de la operación internacional se ha convertido así en el símbolo de una contradicción: una misión creada para preparar una consulta popular que lleva décadas sin poder realizarse. La resolución 2797 no elimina formalmente la autodeterminación, pero desplaza el centro de gravedad de las negociaciones hacia una propuesta concreta: la autonomía dentro de la soberanía marroquí.

Desde Rabat, este cambio es presentado como un reconocimiento de que la autonomía constituye la solución más realista. Desde el Frente Polisario y Argelia, por el contrario, se ha advertido que convertir la propuesta marroquí en el punto de partida principal puede terminar reduciendo las posibilidades de una verdadera autodeterminación. La propia resolución, sin embargo, mantiene abierta la posibilidad de que las partes presenten otras propuestas y señala que el resultado debe ser mutuamente aceptable y compatible con la Carta de Naciones Unidas. Esa diferencia es importante: la autonomía marroquí ha ganado peso diplomático, pero jurídicamente el conflicto no ha quedado cerrado.

Washington entra con fuerza en el proceso

La nueva etapa tiene además un protagonista que ha adquirido una importancia creciente: Estados Unidos. En febrero de 2026, Staffan de Mistura, enviado personal del secretario general de Naciones Unidas, copresidió en Washington nuevas negociaciones junto al representante estadounidense Michael Waltz, con apoyo del asesor presidencial Massad Boulos. Naciones Unidas informó de que las conversaciones estaban tomando como base la propuesta marroquí de autonomía conforme a la resolución 2797, aunque subrayó que todavía quedaba un trabajo importante, especialmente sobre la cuestión fundamental de la autodeterminación del pueblo saharaui.

Aquí aparece una de las grandes incógnitas de 2026. ¿Estamos ante una nueva oportunidad para alcanzar una solución política después de décadas de bloqueo o ante una transformación progresiva del proceso internacional que puede terminar haciendo de la autonomía marroquí la única salida realmente disponible?

La diferencia no es solamente diplomática. Si la negociación comienza tomando como referencia una propuesta que mantiene la soberanía marroquí como condición, el margen de discusión sobre el estatuto final del territorio cambia considerablemente respecto al referéndum planteado en 1991. El problema vuelve a ser el que señalábamos en nuestro segundo artículo: una cosa es negociar una solución y otra que el pueblo que debe ejercer la autodeterminación pueda decidir directamente cuál quiere que sea esa solución.

Europa se encuentra con los límites del derecho internacional

Mientras la diplomacia avanzaba en esta dirección, los tribunales europeos introdujeron un elemento que no puede ignorarse.

En octubre de 2024, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó que los acuerdos comerciales entre la UE y Marruecos de 2019 relativos a productos agrícolas y pesca aplicados al Sáhara Occidental habían sido celebrados sin el consentimiento del pueblo del territorio y vulnerando los principios de autodeterminación y de efecto relativo de los tratados. El Tribunal consideró además que el Frente Polisario tiene legitimidad para impugnar determinadas decisiones europeas relacionadas con el territorio.

La importancia de esta sentencia va más allá de un conflicto comercial. El Tribunal recordó que el Sáhara Occidental no puede ser tratado jurídicamente como si fuera simplemente una parte más de Marruecos. El pueblo del territorio es titular del derecho a la autodeterminación y su consentimiento tiene consecuencias jurídicas cuando se aplican acuerdos internacionales sobre el territorio.

La contradicción resulta evidente. Mientras una parte de la diplomacia internacional se aproxima a la propuesta marroquí, la justicia europea ha recordado que existen límites jurídicos derivados precisamente del carácter particular del Sáhara Occidental.

Y esto vuelve a situar en el centro una cuestión que parece olvidarse con demasiada facilidad: el Sáhara no es solamente un problema diplomático; continúa siendo una cuestión de descolonización.

España mantiene el giro de 2022

En este nuevo escenario, España también ha consolidado el giro iniciado en marzo de 2022.

La XIII Reunión de Alto Nivel entre España y Marruecos, celebrada en Madrid en diciembre de 2025, confirmó que el Gobierno español mantiene la posición adoptada en 2022. La declaración conjunta señala expresamente que España acoge favorablemente la resolución 2797 y las negociaciones que toman como base la propuesta marroquí de autonomía. También destaca que una autonomía genuina bajo soberanía marroquí podría constituir una solución viable.

El cambio resulta especialmente significativo por la responsabilidad histórica española. España fue la potencia colonial del territorio hasta 1975 y abandonó el Sáhara sin culminar su proceso de descolonización. Desde entonces, los sucesivos gobiernos españoles han tenido que equilibrar esa responsabilidad histórica con los intereses estratégicos, económicos, migratorios y de seguridad existentes en su relación con Marruecos.

En 2022, el Gobierno de Pedro Sánchez decidió acercarse claramente a la posición marroquí. Cuatro años después, aquella decisión ya no parece una modificación coyuntural, sino una orientación consolidada de la política exterior española.

Desde una perspectiva crítica, resulta inevitable preguntarse qué significa este cambio para la responsabilidad histórica de España. Si el territorio continúa pendiente de descolonización para Naciones Unidas, ¿puede España considerar cerrada su responsabilidad simplemente porque haya cambiado su posición diplomática?

La guerra tampoco ha desaparecido

La diplomacia avanza, pero las armas continúan recordando que el conflicto no está resuelto.

El 5 de mayo de 2026, el Frente Polisario lanzó un ataque con cohetes cerca de Smara. Naciones Unidas expresó su preocupación por los disparos en zonas civiles y Staffan de Mistura reclamó evitar una nueva escalada y regresar al alto el fuego.

Un mes después, en junio, un ataque marroquí con drones causó la muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz, dirigente militar del Frente Polisario considerado una figura importante dentro de su estructura, junto a otros combatientes saharauis. El ataque coincidió con la visita de De Mistura a los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf.

Estos acontecimientos demuestran que la ruptura del alto el fuego de 2020 no fue simplemente un episodio pasajero. El conflicto militar continúa, aunque con características diferentes a las de la guerra de las décadas de 1970 y 1980. El uso de drones, los ataques a distancia y la superioridad tecnológica marroquí han modificado profundamente el equilibrio militar.

Y aquí vuelve a aparecer una enseñanza que ya señalábamos en 2022: un conflicto congelado no es un conflicto resuelto.

¿Qué está cambiando realmente?

Si observamos el conjunto de acontecimientos, existe una tendencia clara. Marruecos ha conseguido ampliar considerablemente el respaldo internacional a su propuesta de autonomía. Estados Unidos ha asumido un papel central en la actual dinámica diplomática y el Consejo de Seguridad ha situado la propuesta marroquí como base de las negociaciones. España mantiene el giro de 2022 y dentro de Europa también se ha producido una evolución favorable a considerar la autonomía como una vía posible.

Pero sería igualmente incorrecto afirmar que el derecho internacional ha dejado de reconocer la autodeterminación saharaui.

La propia resolución 2797 continúa hablando de una solución que proporcione la autodeterminación. Naciones Unidas mantiene la MINURSO. Y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reafirmado que el pueblo del Sáhara Occidental es titular de ese derecho.

Nos encontramos, por tanto, ante una contradicción que puede definir los próximos años: la diplomacia está avanzando hacia una solución basada en la autonomía, mientras el principio jurídico de autodeterminación continúa formalmente vigente.

La cuestión decisiva será saber si ambos conceptos pueden compatibilizarse y, sobre todo, quién tendrá la capacidad de decidir si esa fórmula satisface realmente las aspiraciones del pueblo saharaui.

Medio siglo después, la pregunta continúa siendo la misma

En 2021 hablábamos de una descolonización que España había dejado pendiente. En 2022 analizábamos el fracaso de Naciones Unidas para convertir en realidad el referéndum prometido. En 2026 podemos afirmar que el escenario ha cambiado profundamente, pero que el problema fundamental permanece.

La propuesta marroquí ha ganado peso. Las negociaciones han adquirido un nuevo impulso. Estados Unidos participa activamente. España mantiene su nueva posición. La Unión Europea se mueve en un escenario más complejo y sus propios tribunales han establecido límites jurídicos. Naciones Unidas intenta encontrar una salida y la MINURSO continúa desplegada hasta octubre de 2026.

Pero el pueblo saharaui continúa sin haber podido decidir libremente el estatuto definitivo de su territorio.

Esa debería seguir siendo la cuestión central.

Desde una perspectiva de izquierda e internacionalista, defender la autodeterminación del Sáhara Occidental no significa negar la necesidad de negociar ni desconocer la complejidad política del Magreb. Significa recordar que los intereses de los Estados, las alianzas militares, los recursos económicos y las estrategias de las grandes potencias no pueden sustituir indefinidamente la voluntad del pueblo directamente afectado.

La historia del Sáhara Occidental demuestra que aplazar una solución no hace desaparecer un conflicto. Lo transmite de una generación a otra. Lo convierte en exilio, en separación familiar, en muro, en campamentos de refugiados y, cuando la diplomacia fracasa, nuevamente en guerra.

Quizá la gran pregunta de 2026 no sea solamente qué solución está ganando terreno en las cancillerías, sino otra mucho más sencilla: ¿está avanzando también el derecho del pueblo saharaui a decidir su propio futuro?

Porque si la respuesta continúa siendo negativa, podremos cambiar las fórmulas diplomáticas, las resoluciones y los protagonistas de las negociaciones, pero seguiremos ante el mismo problema que hace medio siglo: una descolonización pendiente.



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viernes, 7 de agosto de 2026

En solidaridad con el pueblo y el Gobierno de Nicaragua. En defensa de su soberanía y de su modelo de democracia participa


CES-RPS expresa su más firme solidaridad con el pueblo de Nicaragua y con su Gobierno frente a la campaña internacional de desinformación y manipulación mediática desatada tras el acto conmemorativo del 47.º aniversario del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, celebrado el pasado 19 de julio.


Una vez más, numerosos medios de comunicación y operadores políticos han construido un relato falso difundiendo apenas unos segundos de la intervención del Comandante Daniel Ortega, descontextualizando su mensaje para hacer creer que en Nicaragua «se acaban las elecciones». Esa interpretación no se corresponde con el contenido íntegro de su intervención ni con el proceso político que vive el país.


La manipulación de las palabras de los dirigentes nicaragüenses forma parte de una estrategia destinada a desacreditar a Nicaragua, justificar nuevas formas de injerencia y negar al pueblo nicaragüense el derecho soberano de decidir libremente cómo organiza su sistema político.


La democracia no responde a un modelo único impuesto desde determinados centros de poder. Cada pueblo tiene el derecho de construir las instituciones que mejor respondan a su historia, su cultura y sus necesidades. Pretender que solo existe una forma válida de democracia supone desconocer el principio de libre determinación de los pueblos.


El modelo democrático nicaragüense se fundamenta en la combinación de la representación surgida de las elecciones con mecanismos de participación directa y permanente de la ciudadanía en la vida pública.


Ese protagonismo popular puede apreciarse, entre otros ejemplos, en:


La participación de comunidades, barrios y organizaciones sociales en procesos de consulta y elaboración de políticas públicas.


Los espacios de articulación comunitaria que trasladan las prioridades de la población a las instituciones del Estado en materias como salud, educación, vivienda, infraestructura o producción.


El actual proceso nacional de consulta sobre la propuesta de Reforma Parcial de la Constitución Política, mediante el cual ciudadanos, organizaciones e instituciones realizan aportes antes de su aprobación definitiva.


La propuesta de Reforma Parcial de la Constitución Política busca fortalecer ese modelo de democracia participativa, consolidar la soberanía nacional, la paz y la independencia, así como reforzar las garantías frente a cualquier forma de injerencia extranjera en los asuntos internos del país. Su finalidad es dotar al Estado de un marco constitucional acorde con la realidad política y social de Nicaragua y con la voluntad de su pueblo.


Todo Estado soberano posee el derecho de adecuar su Constitución conforme a la voluntad de su pueblo y a sus intereses nacionales. Como han hecho numerosos países a lo largo de su historia, Nicaragua tiene pleno derecho a debatir, consultar y aprobar las reformas que considere necesarias mediante los procedimientos establecidos en su propio ordenamiento jurídico, sin presiones ni tutelas externas.


Resulta especialmente contradictorio que quienes hoy cuestionan las reformas impulsadas por Nicaragua guarden silencio frente a sistemas políticos donde no existe elección directa del jefe del Estado, donde importantes decisiones quedan condicionadas por poderes económicos o donde la participación ciudadana se limita prácticamente al momento electoral. Ningún país está legitimado para erigirse en juez de la democracia de otro pueblo.


El CES-RPS reafirma que corresponde exclusivamente al pueblo nicaragüense decidir el presente y el futuro de su nación y definir el modelo democrático que considere más adecuado para garantizar la paz, la justicia social, la independencia y el desarrollo del país.


Reiteramos nuestra solidaridad con el pueblo y el Gobierno de Nicaragua y defendemos su derecho soberano a construir y fortalecer sus propias instituciones democráticas sin presiones, amenazas ni injerencias externas.


Porque la soberanía no se negocia.
Porque la democracia pertenece a los pueblos y no a quienes pretenden definirla desde el exterior.
Porque Nicaragua tiene el derecho irrenunciable de construir, desde la participación de su pueblo, el modelo político que libre y soberanamente decida.
¡Con Nicaragua, siempre!
¡Respeto a la soberanía de Nicaragua!
¡La democracia se fortalece cuando el pueblo participa directamente en la construcción de su propio destino!


Agosto de 2026





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miércoles, 5 de agosto de 2026

Nicaragua alzará de nuevo su voz en favor de Palestina ante la CIJ.


 Por Becca Renk Foster

En el contexto de los renovados ataques de Israel contra Palestina, la Corte Internacional de Justicia celebrará  audiencias públicas en septiembre sobre el proceso judicial iniciado por Nicaragua contra Alemania por complicidad en el genocidio de Gaza mediante el suministro de armas a Israel. Durante sus alegatos, Nicaragua sin duda hará uso de su experiencia al haber llevado a la nación más poderosa del mundo ante la Corte Internacional de Justicia… y haber ganado. 

Nicaragua condena los ataques

“Nicaragua expresa su inquebrantable solidaridad con el heroico pueblo palestino, que sigue enfrentando el sufrimiento, la ocupación, la destrucción y el desplazamiento perpetrados por el gobierno sionista de Israel y sus fuerzas de ocupación”, reza un  comunicado del gobierno de Nicaragua publicado el 29 de julio. 

La declaración condenó los renovados ataques de Israel, calificándolos de “escalada inaceptable de violencia contra el pueblo palestino”, y repudió “las continuas y crecientes violaciones del derecho internacional y humanitario, así como los intentos de Israel de criminalizar a la población palestina que solo busca proteger a sus familias, hogares y medios de subsistencia”.

Esta declaración constituye la más reciente muestra de solidaridad de Nicaragua con Palestina, en el marco de su larga historia de amistad con el pueblo palestino: Nicaragua fue el primer país centroamericano en establecer relaciones diplomáticas con Palestina. En 1980, apenas un año después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el líder palestino Yasser Arafat realizó una visita histórica a Nicaragua que marcó el inicio de las relaciones diplomáticas entre el Estado de Palestina y la República de Nicaragua.

Nicaragua lidera la solidaridad Sur-Sur

Desde entonces, ambos países han mantenido una amistad que se ha fortalecido desde que comenzó el genocidio israelí en Gaza. En el ámbito internacional, Nicaragua ha estado a la vanguardia de la movilización Sur-Sur en apoyo a Palestina:  reafirmando su solidaridad con Palestina el 7 de octubre de 2023; enviando a su  ministro de Relaciones Exteriores a Ramala para reunirse con las autoridades palestinas en diciembre de 2023; firmando en febrero de 2024 como el  primero de 18 países en intervenir en nombre de Sudáfrica en su caso contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ); y el 1 de marzo de 2024, presentando  cargos contra Alemania ante la CIJ por ayudar e instigar el genocidio al proporcionar apoyo político, financiero y militar a Israel y al retirar la financiación al Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (ONURP). 

La presión ejercida por Nicaragua sobre Alemania en la Corte Internacional de Justicia ya ha dado resultados positivos para Palestina: en abril de 2024, Alemania  revirtió su política de suspender la financiación de la UNRWA a Gaza y declaró que había  reanudado la ayuda . En marzo pasado, el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán anunció que  retiraba su apoyo a Israel en el caso de Sudáfrica para centrarse en su defensa en el proceso judicial iniciado por Nicaragua.

Nicaragua contra Estados Unidos

Nicaragua, un país del tamaño del estado de Nueva York con una población de poco menos de siete millones de personas, es uno de los países del mundo con mayor experiencia en la Corte Internacional de Justicia (CIJ). De hecho, en 1986, la Corte Internacional falló a favor de Nicaragua en un caso histórico contra Estados Unidos por la Guerra de los Contras.

Inmediatamente después del derrocamiento del dictador Anastasio Somoza, respaldado por Estados Unidos, por jóvenes revolucionarios sandinistas en 1979, Estados Unidos creó, financió y dirigió una fuerza contrarrevolucionaria conocida como los contras. Mientras la Revolución Sandinista de Nicaragua enseñaba a leer y escribir a su población analfabeta y brindaba atención médica y educación gratuitas, simultáneamente combatía a la guerrilla de los contras, armada por Estados Unidos. Los contras atacaron objetivos civiles que representaban los logros de la Revolución —trabajadores de la salud, maestros, escuelas y cooperativas agrícolas—, asesinando a 50.000 personas en un país que entonces contaba con tan solo tres millones de habitantes.

“La situación se agravó tanto que en 1983 se produjo un ataque en nuestro principal puerto, Corinto, donde explotaron más de 1,6 millones de galones de gas”, recordó el embajador Carlos Argüello, agente de Nicaragua ante la Corte Internacional de Justicia, durante una videoconferencia desde los Países Bajos el 4 de mayo de 2024. “Este acto fue perpetrado por la CIA bajo la dirección de Estados Unidos”. 

Unos meses más tarde, Estados Unidos colocó artefactos explosivos submarinos en puertos nicaragüenses sin notificar a otros países; un ciudadano británico resultó muerto.

“Fue asombroso”, recordó Argüello. “Públicamente en el Congreso discutían cuánto dinero darles a los contras, y no se mencionaba el derecho internacional… Por eso acudimos a la Corte Internacional de Justicia, porque no se trataba simplemente de que la nación más poderosa hiciera lo que quisiera, [necesitábamos] recordarle al mundo que el derecho internacional existe”.

En 1986, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) dictó sentencia en el caso Nicaragua contra Estados Unidos, condenando a este último por violar los principios fundamentales del derecho internacional general y consuetudinario. De esta manera, Estados Unidos se convirtió en el único país del mundo condenado por la CIJ por violaciones masivas de los derechos humanos. La Corte ordenó a Estados Unidos el pago de reparaciones, lo cual nunca ha hecho. Hasta el día de hoy, Estados Unidos mantiene una deuda pendiente con el pueblo nicaragüense, estimada en 12 mil millones de dólares en 1988 y que actualmente asciende a al menos 36.5 mil millones de dólares.

El caso de Nicaragua: un punto de inflexión

Con motivo del  40 aniversario del fallo de la CIJ en el caso Nicaragua, Augusto Zamora Rodríguez, ex embajador de Nicaragua en España y profesor de derecho internacional que trabajó en el caso Nicaragua contra Estados Unidos, explicó que dicho caso marcó un punto de inflexión en el derecho internacional. 

“[Esto] dejó a Estados Unidos sin argumentos legales. Y los dejó completamente desprovistos de ellos para siempre, porque lo que se dijo sobre Nicaragua en 1986 se aplica hoy a Irán; se aplica hoy a países bajo ataque, como tantos en África y algunos en América Latina. Y también sirve para recordar a los gobiernos que aplauden este tipo de políticas que son absolutamente ilegales, no porque alguien lo diga voluntariamente o por convicción, sino porque así lo dictaminó el principal órgano judicial de las Naciones Unidas.”

Zamora prosiguió destacando que otros países que sufren ataques injustos pueden aprovechar el precedente sentado en el caso de Nicaragua.  

“En ese sentido, nuestro país, la Revolución y el gobierno sandinista prestaron un enorme servicio no solo al país, sino también a la comunidad internacional y a los pobres del mundo. Les dejamos un fallo en el que pueden confiar, y estoy seguro de que, en el caso del genocidio en Gaza —la barbarie que Israel ha perpetrado contra el pueblo palestino durante 80 años—, cuando la Corte se pronuncie sobre el caso del genocidio, citará el fallo de Nicaragua en más de una ocasión.”

En opinión de Zamora, el caso de Nicaragua es más pertinente que nunca. «…El fallo sobre Nicaragua no solo no ha perdido relevancia», afirmó, «sino que sigue cobrando importancia y ha establecido un marco jurídico esencial para la defensa de los derechos de los pueblos y las naciones débiles, que son, de hecho, quienes realmente necesitan invocar este derecho… El mundo ya es diferente, pero creo que ese mundo encontrará en el fallo de esta Corte un marco sólido y competente para construir el nuevo orden multipolar que la sociedad internacional necesita». 

Otro caso histórico

De igual modo, el caso que Nicaragua ha presentado contra Alemania ante la CIJ también se describe ahora como un " caso histórico ". Nicaragua no pudo presentar cargos contra Estados Unidos por ayudar al genocidio de Gaza porque Estados Unidos se retiró de la jurisdicción obligatoria de la CIJ. Sin embargo, presentar cargos contra Alemania es significativo no solo porque Alemania  sigue siendo el segundo mayor proveedor de armas de Israel después de Estados Unidos, sino también porque la extrema derecha alemana busca actualmente estrechar aún más sus lazos con Israel: recientemente, la cámara alta alemana  aprobó un proyecto de ley que penaliza la negación del "derecho a existir" de Israel, con penas de hasta cinco años de prisión.

Aunque cualquier procedimiento judicial en la Corte Internacional de Justicia avanza muy lentamente, ahora hay novedades en el caso Nicaragua contra Alemania: el 1 de agosto, la Corte Internacional de Justicia anunció que celebrará audiencias públicas del 7 al 10 de septiembre sobre las objeciones preliminares planteadas por Alemania, que cuestionan la jurisdicción y la admisibilidad en el caso presentado por Nicaragua. 

A pesar de ser una nación pequeña del sur global, Nicaragua sin duda recurrirá a su larga experiencia con la CIJ y a su constante adhesión al derecho internacional para defender al pueblo palestino ante la Corte Internacional de Justicia.

«El pueblo de Nicaragua seguirá alzando la voz en favor de la causa palestina y clamando por justicia y paz, por la libertad y la dignidad del pueblo palestino», reza el reciente comunicado de Managua. «La solución de dos Estados es una exigencia internacional y la única vía hacia una paz justa y duradera».

Becca Renk Foster es originaria de Idaho, Estados Unidos. Durante 25 años, ha vivido y trabajado en el desarrollo comunitario sostenible en Nicaragua. Coordina el trabajo de  Casa Benjamín Linder en Managua y forma parte de la  Coalición de Solidaridad con Nicaragua