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domingo, 5 de julio de 2026

Buitres acechan terremoto venezolano. Escombros y guerra contrarrevolucionaria

Por Javier Huerta

Mientras Venezuela cuenta a sus muertos, entierra a sus vecinos y saca con las manos a los suyos de debajo del hormigón, una maquinaria de guerra mediática y política trabaja sin descanso para convertir el dolor en munición. No es casualidad. Es el mismo guión de siempre: donde hay un desastre, aparece el buitre.

El 24 de junio, dos terremotos gemelos —de magnitud 7,2 y 7,5— sacudieron la costa central de Venezuela en cuestión de segundos. La falla que recorre La Guaira se abrió como un tajo bajo edificios, autopistas y playas repletas de gente en día feriado. El balance oficial, que sigue actualizándose día a día, ya habla de miles de muertos y decenas de miles de heridos y damnificados que han perdido su vivienda: la tragedia sísmica más letal que vive el país en más de medio siglo, solo comparable al terremoto de Caracas de 1967 (alrededor de 245 víctimas) o al histórico sismo de 1812, aquel que sorprendió a la naciente república en plena guerra de independencia. Venezuela no es ajena a la sismicidad —el doblete de Zulia y Lara en 2025, el terremoto de Cariaco de 1997, el propio de Caracas de 1967—, pero lo del 24 de junio no tiene precedente reciente en magnitud ni en vidas arrancadas. Mientras el pueblo venezolano continúa enterrando a sus muertos y organizando la reconstrucción en condiciones extremas, se ha abierto otro frente que no aparece en los partes de emergencia: la batalla por el relato. Porque junto a los escombros también ha comenzado otra reconstrucción, la de la narrativa política sobre Venezuela.

 

Otro terremoto, esta vez digital

Desde las primeras horas tras el sismo, las redes sociales y parte del ecosistema mediático internacional se llenaron de imágenes falsas: vídeos reciclados de otras catástrofes —de los terremotos de Turquía, Siria o distintos puntos de Asia—, contenidos generados con inteligencia artificial y supuestas informaciones que no se correspondían con lo que ocurría realmente en el país. No son casos aislados: la desinformación ha funcionado como un segundo terremoto, este digital, que ha contribuido a confundir, distorsionar y amplificar una visión interesada de la tragedia. Como ha señalado la periodista Carmen Parejo en un análisis publicado en RT en Español, las mentiras también matan: no porque derriben edificios, sino porque destruyen la posibilidad de comprender lo que pasa en tiempo real, porque convierten el dolor en espectáculo, porque preparan el terreno para justificar decisiones que poco tienen que ver con la realidad sobre el terreno. Hoy la mentira no necesita imprenta ni portada: se propaga sola, impulsada por algoritmos diseñados para premiar el impacto emocional, la indignación y el choque, no la verificación ni el contexto. Y en ese terreno la verdad siempre llega tarde.

Lo ocurrido tampoco puede separarse del modelo de comunicación global dominante.donde un reducido grupo de agencias internacionales —Reuters, AP, AFP, EFE— marca cada día la agenda informativa mundial; miles de medios se nutren de las mismas fuentes y entonces el relato se repite, se copie y se multiplique hasta convertirse en sentido común. ¿Es esto una campaña coordinada contra el gobierno venezolano con intenciones explícitas? No podemos afirmarlo con certeza. Lo que sí es constatable es que en esas grandes mesas de debate apenas hay representación de voceros del Estado venezolano capaces de desmontar en el momento la mentira o la calumnia: como mucho, cinco minutos de entrevista a un cónsul frente a horas de programación construida sobre el mismo marco repetido. Y ese sentido común mediático, en el caso venezolano, lleva años construido sobre la misma base: la idea de un país en colapso permanente, incapaz de sostenerse a sí mismo. Cada crisis, cada dificultad y ahora cada catástrofe natural se reinterpreta dentro de ese marco heredado.

 

La otra realidad: un pueblo que no esperó a nadie

Mientras se multiplicaban los titulares sobre un supuesto colapso institucional total, miles de personas se organizaban en barrios, comunas y comunidades. Bomberos, personal sanitario, Protección Civil, milicianos, organizaciones populares y vecinos actuaron desde el primer minuto sin esperar directrices externas ni cobertura mediática. En la Comuna El Panal de Caracas, por ejemplo, los propios comuneros evaluaron el estado de los edificios de su barrio y abrieron refugios para los desplazados. Esa imagen —la de un pueblo organizado en medio del desastre— apenas ha tenido espacio en la narrativa internacional dominante, que ha preferido centrarse en la sospecha institucional antes que en la épica colectiva de motorizados, comuneros, médicos y rescatistas trabajando codo a codo. Esa respuesta no puede entenderse sin el proceso de organización popular desarrollado durante años en Venezuela —con todas sus contradicciones, tensiones y debates internos, que tampoco conviene idealizar—, y buena parte de las edificaciones construidas por la Gran Misión Vivienda Venezuela, el plan de vivienda que desde 2011 ha entregado más de cinco millones de viviendas, resistieron el sismo; donde hubo daño grave, en general se trató de inclinaciones y no de colapsos totales. El bulo concreto que circuló sobre esto tiene nombre y titular: el diario español ABC publicó "Las viviendas sociales de Hugo Chávez se desploman como castillos de arena" a propósito del derrumbe de un único complejo en La Guaira, ilustrado con una fotografía en la que, de fondo, se aprecia otro edificio de ese mismo programa en pie y en buen estado; no existe ningún estudio que muestre una correlación entre ese programa de vivienda y la tasa de derrumbes, y entre los edificios colapsados hay construcción pública y privada ( hoteles, empresas, viviendas), de este siglo y del anterior. A eso se suma la respuesta internacional de países con lazos de hermandad con Venezuela: Cuba desplegó desde el primer momento contingentes de rescate y personal médico del Contingente Henry Reeve —presente en el país desde 2003, mucho antes del terremoto, como recuerda el meme que circuló estos días de un médico cubano respondiendo "ya estábamos aquí" a quien le agradecía la rapidez de su llegada—, México envió a los históricos Topos —herederos de su propio terremoto de 1985—, Brasil instaló un hospital de campaña en La Guaira, y China aportó ayuda material e imágenes satelitales para las operaciones de rescate. La movilización interna tiene también cifras concretas que rara vez aparecen en la cobertura internacional: más de 4.000 funcionarios trabajando ya en las primeras 24 horas, más de 14.000 efectivos militares y más de 100 vehículos desplegados solo en La Guaira, y 25 campamentos habilitados para los damnificados —13 en La Guaira, ocho en Caracas, dos en Miranda, uno en Carabobo y uno en Yaracuy—, a los que se sumaron otros tres hospitales de campaña de la ONU. Más de 2.600 rescatistas extranjeros se unieron a esas labores, procedentes de al menos 24 países, incluidos algunos con los que Venezuela no mantiene relaciones diplomáticas, como Perú.

Frente a las críticas por la lentitud de la respuesta, la propia Delcy Rodríguez ha respondido con dureza, calificando de "miserables" las acusaciones y acusando a "laboratorios mediáticos" de sembrar el caos. Sobre la reconstrucción, el Gobierno ha anunciado ya un plan concreto: un fondo llamado "Venezuela Renace", con un desembolso inicial de 200 millones de dólares provenientes de reservas venezolanas bloqueadas en el Fondo Monetario Internacional, una cuenta específica en la CAF para canalizar donaciones internacionales, subsidios de hasta el 80% en la cartera hipotecaria pública y privada para reconstruir vivienda, una asignación mensual durante seis meses para las familias más afectadas, y la activación de diez sectores económicos para sostener el empleo durante la recuperación.

Tampoco puede ignorarse el contexto de asedio económico, sanciones y bloqueo financiero que ha limitado durante años la capacidad del país para acceder a recursos básicos, repuestos de maquinaria de rescate, equipos médicos o financiación internacional. Este factor, señalado por numerosos análisis críticos —entre ellos el del economista Mark Weisbrot para el CEPR de Washington, que junto a Jeffrey Sachs estimó más de 40.000 muertes evitables asociadas a las sanciones solo entre 2017 y 2018, antes de que la tierra temblará—, suele desaparecer de buena parte de la cobertura mediática internacional, como si no formara parte de la ecuación. Conviene decirlo con la misma honestidad con que lo dijo el propio Sachs: la cifra es una estimación básica, no una medición precisa, y estudios posteriores han cuestionado si es posible separar el efecto de las sanciones de otras tendencias económicas previas; pero ni sus críticos han logrado explicar por qué, siendo o no exacto el número, un país sometido a semejante asfixia financiera iba a estar mejor preparado para una catástrofe de esta escala. La propia relatora especial de la ONU sobre el impacto de las medidas coercitivas unilaterales, Alena Douhan, concluyó tras su visita oficial a Venezuela en 2021 que las sanciones sectoriales sobre el petróleo, el oro y otros sectores estratégicos, el congelamiento de activos y el "exceso de cumplimiento" de bancos y empresas por miedo a sanciones secundarias han tenido un "efecto devastador" sobre la población; según le fue reportado durante esa visita, los ingresos del Estado venezolano cayeron un 99%, dejando al país con apenas el 1% de los recursos previos al endurecimiento de las sanciones. Las fallas que el terremoto reveló no son solo geológicas: son también las fracturas que deja una década de asfixia económica deliberada. No es la primera vez que un desastre natural se convierte en campo de batalla narrativo y económico: ya ocurrió en Haití en 2010, cuando la "ayuda humanitaria" estadounidense llegó en forma de portaaviones y unos 20.000 soldados, con pérdida documentada de soberanía y una epidemia de cólera importada por las propias tropas de ocupación. Frente a ese patrón, medios como Cubainformación han empezado a advertir bajo el título de "los buitres del terremoto" sobre el riesgo de que la ayuda de emergencia se convierta en la puerta de entrada para intereses económicos ajenos al pueblo venezolano, y de que la reconstrucción termine siendo negocio antes que derecho.

La asimetría es más flagrante de lo que parece a primera vista. El viceministro de Política Antibloqueo, William Castillo, informó en mayo de 2026 que Venezuela ha sido objeto de 1.088 medidas coercitivas unilaterales en los últimos once años —desde diciembre de 2014—, de las cuales 1.040 permanecen activas; es la misma cifra que recoge Iñaki Etaio en su citado artículo de Cubainformación, y que ya documentaba a cierre de 2025 el Observatorio Venezolano Antibloqueo, órgano del propio Estado. El propio Gobierno ha estimado además, en distintas comparecencias oficiales, pérdidas acumuladas desde 2015 de entre 100.000 y más de 230.000 millones de dólares. A esa cifra hay que sumar el oro que Venezuela no puede tocar: 31 toneladas depositadas en el Banco de Inglaterra desde 2018, hoy valoradas en más de 4.000 millones de dólares, y otras 127 toneladas retenidas en Suiza desde 2013, valoradas en más de 5.000 millones adicionales; en conjunto, más de 9.000 millones de dólares en reservas venezolanas bloqueadas en cámaras de seguridad europeas mientras el país cuenta a sus muertos. Frente a esa cifra, la ayuda comprometida por la Unión Europea tras el terremoto asciende a apenas 5 millones de euros —mil veces menos que el oro que retiene en sus propias bóvedas—, en un momento en que el propio bloque europeo ha anunciado planes para disparar su gasto militar en los próximos años. Para que la comparación tenga la escala real: ese mismo bloque aprobó, apenas unos meses antes, un préstamo de 90.000 millones de euros para financiar a Ucrania entre 2026 y 2027, de los cuales 60.000 millones se destinan directamente a la compra de armamento. Quien tiene la llave de la caja fuerte no necesita mentir para hacer daño: le basta con no abrirla.

 

La disputa y la presión por una transición

Lo ocurrido en Venezuela no es solo una tragedia natural: es también un nuevo episodio de disputa política sobre el futuro del país, y aquí conviene ser precisos con los hechos, porque el terremoto llegó en el peor —o el más oportuno, según quién lo mire— de los momentos políticos. El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales de EE.UU secuestraron en Caracas a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, y los trasladaron a territorio estadounidense. Aquella operación tuvo también su propio costo en vidas, que el tiempo no ha logrado esclarecer del todo: el Gobierno venezolano habló de 100 muertos, Cuba confirmó oficialmente 32 de sus propios efectivos de seguridad caídos, investigaciones periodísticas independientes identificaron por nombre a 55 fallecidos, y Washington reconoció "más de setenta" víctimas venezolanas; ninguna cifra coincide con otra, pero todas confirman que la captura de Maduro no fue la operación quirúrgica y sin sangre que se vendió en su momento. Desde entonces gobierna como presidenta encargada Delcy Rodríguez, designada por el Tribunal Supremo de Justicia, cuyo gobierno ha pactado con Washington la reapertura de la embajada, la flexibilización de sanciones y la apertura del país a la inversión petrolera occidental. El propio mandato interino de Rodríguez, fijado constitucionalmente en 180 días, venció el pasado viernes 3 de julio —en plena emergencia sísmica— sin que ni el Gobierno ni la Asamblea Nacional hayan aclarado qué ocurre a partir de ahora. Ese vacío institucional, más que el cálculo de una u otra facción, es el verdadero centro de la tormenta política que se ha desatado sobre los escombros.

Sobre ese terreno inestable, la derecha regional ha entrado con fuerza. El 1 de julio, treinta y tres expresidentes y exjefes de Gobierno iberoamericanos, agrupados en la Iniciativa Democrática de España y las Américas (Grupo IDEA), firmaron un manifiesto exigiendo el regreso de María Corina Machado y calificando al gobierno de Rodríguez de "dictadura cleptócrata". Entre los firmantes figuran Mauricio Macri, Felipe Calderón, Vicente Fox, Álvaro Uribe, Iván Duque, Mariano Rajoy, José María Aznar, Guillermo Lasso, Luis Alberto Lacalle Pou, Mario Abdo Benítez y Jeanine Áñez, entre otros: el mapa de la derecha continental que durante años impulsó sanciones y embargos contra Caracas, ahora reunida bajo el envoltorio de la solidaridad humanitaria para presionar un desenlace político concreto. Dentro del país, voceros de la Plataforma Unitaria —Juan Pablo Guanipa, de Primero Justicia, y Henry Ramos Allup, de Acción Democrática— reclamaron el mismo derecho de entrada para Machado. Y en un giro revelador, hasta Henrique Capriles Radonski, que durante años ha chocado abiertamente con las tesis de la propia Machado, salió a respaldar públicamente su regreso. Juan Guaidó anunció que también volvería "a ayudar", aunque sin dejar de sugerir que lo "inteligente" sería que Machado se sometiera a nuevas primarias: un gesto que muestra que la convergencia opositora tiene más de necesidad táctica compartida que de unidad sin fisuras.

Ni siquiera Washington habla con una sola voz. El Wall Street Journal y Axios revelaron que fue la propia Administración Trump la que frenó en el aire el vuelo privado de Machado hacia Curazao, y que funcionarios de esa misma Administración calificaron su insistencia en volver de "oportunismo político grotesco"; una aerolínea panameña, además, se negó a transportarla por temor a represalias comerciales de Caracas. Desde Panamá, Machado ha denunciado por su parte que el gobierno venezolano cerró el espacio aéreo comercial para impedir su entrada —una acusación que ningún medio, ni siquiera los más cercanos a ella, ha podido confirmar de forma independiente—. Ambas cosas, la fricción dentro de Washington y la acusación contra Caracas, siguen hoy en el terreno de lo disputado, no de lo zanjado; lo que sí es un hecho verificable es que ni Washington ni el gobierno de Rodríguez han fijado todavía una fecha de elecciones, y que ese aplazamiento indefinido —más que cualquier maniobra puntual— es lo que alimenta la indignación creciente dentro del propio país.

El despliegue estadounidense en Venezuela, además, no es solo logístico: es también un despliegue de inteligencia, y esto no lo denuncia solo la prensa alternativa, lo reconoce el propio Pentágono. El general Francis Donovan, comandante del Comando Sur de EE.UU, confirmó a Reuters que el operativo incluye al menos cinco drones MQ-9 Reaper sobre territorio venezolano y una célula de fusión de información en Miami que están "reforzando el panorama de inteligencia para las autoridades venezolanas"; con sus propias palabras, Washington está usando "los mismos recursos" que emplearía para "rastrear amenazas hemisféricas" para ahora vigilar carreteras y suministros. No es una novedad: el propio secuestro de Maduro el 3 de enero se ejecutó con inteligencia de la CIA sobre el terreno, según ha documentado la prensa estadounidense. Y no es solo la izquierda antiimperialista quien lo ve con preocupación: cuarenta organizaciones no gubernamentales enviaron una carta pública denunciando la militarización de la respuesta humanitaria en La Guaira, donde el buque anfibio USS Fort Lauderdale y más de 900 efectivos e infantes de marina estadounidenses operan a pocos minutos de Caracas. La emergencia no se puede convertir en excusa para naturalizar una presencia militar permanente.

 

La Izquierda, El internacionalismo y la Solidaridad Internacional

Frente a este cuadro, buena parte de la izquierda internacional ha respondido con silencios incómodos o reacciones tibias. Y eso también merece decirse, porque el internacionalismo no puede ser selectivo: o es coherente —con la solidaridad ante la tragedia, con la denuncia del bloqueo económico, con la exigencia de elecciones libres allí donde haga falta— o deja de ser internacionalismo y se convierte en fidelidad de bando. Frente a los designios del imperialismo, buena parte del campo popular venezolano y sus aliados internacionales viene repitiendo tres demandas concretas, tan simples como incómodas para Washington: el levantamiento total de las sanciones, la devolución de todos los activos venezolanos congelados en el exterior, y el regreso de Nicolás Maduro y Cilia Flores a Venezuela. Lo que está ocurriendo en Venezuela no es solo una catástrofe natural: es también una disputa por el sentido de lo que ocurre. Y en esa disputa, los buitres del desastre siempre aparecen.


Venezuelanoestasola.com

Ahora es importante realizar solidaridad en algo concreto, existe una vía oficial: venezuelanoestasola.com, el portal habilitado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela para canalizar donaciones internacionales destinadas a las zonas afectadas, cuyos fondos se dirigen al Fondo para la Recuperación y Reconstrucción de Venezuela, administrado por el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF). Frente a los buitres del desastre, la respuesta más eficaz sigue siendo la más antigua de todas: la solidaridad organizada, de pueblo a pueblo.



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sábado, 27 de junio de 2026

28/06/26 Ponencia online con Augusto Zamora -NICARAGUA ¡40 años de dignidad frente al imperio! Sumate a la conmemoración histórica!


El próximo
27 de junio se cumplen cuatro décadas de un hito que marcó un antes y un después en la historia del derecho internacional: el fallo de la Corte Internacional de Justicia a favor de Nicaragua, condenando las acciones de Estados Unidos.

Hoy, la exigencia sigue vigente: ¡Nicaragua se respeta! 

Para analizar la vigencia histórica de este fallo, por qué, hoy más que nunca, es necesario exigir el pago de la indemnización y profundizar en la lucha por la soberanía, te invitamos a una ponencia online imperdible a cargo del reconocido experto Augusto Zamora. Destacado jurista, experto en derecho internacional y exembajador nicaragüense. Durante la década de 1980, ejerció como director jurídico del Ministerio del Exterior de su país. En ese rol, fungió como abogado de Nicaragua ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya y lideró la exitosa demanda.

��️ ¿Cuándo? Domingo, 28 de junio de 2026.

● Hora: 18:30 h (Hora España).

● Consulta en la imagen los horarios específicos para tu país.


Presentación de la Campaña: ¡NICARAGUA SE RESPETA!

Durante este encuentro, realizaremos la presentación oficial de la nueva Campaña Internacional "¡Nicaragua se respeta!".

✊ ¡Hacemos un llamado a la solidaridad internacional!

Convocamos a todos los Comités de Solidaridad, organizaciones sociales, colectivos y personas comprometidas con la autodeterminación de los pueblos,y amigos del proceso revolucionario a nivel mundial a unirse a este espacio. Es momento de alzar la voz, recordar nuestra historia y fortalecer la exigencia de ¡que se pague la deuda histórica!.

 

�� El enlace de acceso - Inscripción al seminario web - Zoom

https://zoom.us/webinar/register/WN_ifs1D8HMRFCGKrzjw84YkA#/registration







comparte esta convocatoria en todos tus espacios! No dejemos que el silencio borre la memoria.

En defensa del Derecho Internacional y la Soberanía de los Pueblos.


#NicaraguaSeRespeta

#SolidaridadInternacional

#RevoluciónSandinista

#Soberanía

#DerechoInternacional

#AugustoZamora

#40AñosDelFallo

#JusticiaParaNicaragua

#Soberanía l

ORGANIZA Y CONVOCA:

-Comite Europeo de Solidaridad con la Revolución Popular Sandinista

-Nicaragua Solidarity Coalition





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Nicaragua contra Estados Unidos: 40 años de una sentencia histórica que sigue esperando justicia


NOTA CONMEMORATIVA EMITIDA POR EL CES-RPS


Este 2026 se cumplen cuarenta años de una de las sentencias más importantes de la historia contemporánea. El 27 de junio de 1986, la Corte Internacional de Justicia de La Haya dictó su fallo en el caso Nicaragua contra Estados Unidos, una decisión que marcó un antes y un después en la defensa de la soberanía de los pueblos y en la definición de los límites del derecho internacional.


Actualmente, aquel caso continúa estudiándose en universidades de todos los continentes y sigue siendo una referencia fundamental para comprender principios como la soberanía de los Estados, la no intervención y la prohibición del uso de la fuerza.

Cuarenta años después, la cuestión ya no es únicamente qué ocurrió en los años ochenta. La verdadera pregunta es qué nos enseña hoy aquel proceso y qué revela sobre los límites del derecho internacional cuando entra en conflicto con los intereses de las grandes potencias.


La sentencia de La Haya demostró que incluso la mayor potencia del planeta podía ser llevada ante un tribunal internacional y declarada responsable de violar principios fundamentales del derecho internacional. Para muchos pueblos del mundo, aquella decisión representó una victoria de la razón jurídica frente a la fuerza y una demostración de que el derecho podía convertirse en una herramienta de defensa para los países frente a las presiones de las grandes potencias.


EEUU nunca cumplió la sentencia ni indemnizó a Nicaragua por los daños causados. Y aunque el fallo ordenó a Washington cesar su apoyo armado, continuaron financiando y asistiendo a los grupos insurgentes hasta la firma de los acuerdos de paz a finales de la década. La Corte pudo establecer responsabilidades, pero carecía de mecanismos efectivos para imponer el cumplimiento de sus decisiones. De esta forma quedó al descubierto una de las contradicciones fundamentales del sistema internacional contemporáneo: la existencia de normas jurídicas universales cuya aplicación, en muchas ocasiones, depende de la voluntad política de quienes poseen más poder.


Durante más de seis décadas, Cuba ha vivido bajo un bloqueo económico impuesto por EE.UU que ha condicionado profundamente su desarrollo económico y social. Año tras año, la mayoría de los países representados en la ONU ha reclamado el fin de esta política. Sin embargo, esas resoluciones han sido insuficientes para acabar con el bloqueo.


Para numerosos movimientos sociales y organizaciones de solidaridad, el caso cubano constituye uno de los ejemplos más evidentes de la distancia que puede existir entre la voluntad expresada por la comunidad internacional y la capacidad real para hacerla efectiva. La cuestión de fondo es la misma que planteó Nicaragua hace cuarenta años: ¿qué sucede cuando el poder se sitúa por encima de las normas?


La tragedia que vive el pueblo palestino devuelve estas preguntas al centro del debate internacional. La destrucción de ciudades e infraestructuras, el sufrimiento y aniquilación de la población civil, los desplazamientos masivos y las acusaciones de graves violaciones del derecho internacional por parte de Israel con el apoyo de los EEUU, han generado una profunda conmoción mundial. ¿pueden las instituciones internacionales responder ante situaciones de extrema gravedad?.


La situación de Venezuela añade otra dimensión a este debate. Además de años de sanciones económicas y restricciones internacionales impulsadas principalmente por EEUU, la denuncia venezolana sobre el secuestro de su presidente y ser juzgado por tribunales estadounidenses plantea interrogantes fundamentales sobre soberanía, jurisdicción e igualdad entre Estados. La cuestión de fondo es inquietante: ¿cómo puede defenderse diplomática y jurídicamente un país cuando considera que una potencia extranjera actúa contra sus máximas autoridades al margen de los mecanismos internacionales? ¿Puede un Estado atribuirse la facultad de detener y juzgar al presidente de otro país?


Más allá de las diferencias históricas y jurídicas entre cada caso, existe un elemento común que conecta a Nicaragua, Cuba, Venezuela y Palestina: la cuestión de fondo es si un país dispone realmente de mecanismos eficaces para defenderse cuando considera que una potencia extranjera vulnera su soberanía.


La impunidad nunca afecta únicamente al pasado. También condiciona el futuro. Cuando una violación del derecho internacional queda sin consecuencias efectivas, se envía un mensaje peligroso: que el incumplimiento puede resultar rentable y que la fuerza continúa teniendo más peso que el derecho. Por el contrario, cuando existen mecanismos capaces de garantizar la aplicación de las normas internacionales, se fortalece la capacidad disuasoria del propio sistema y se reducen los incentivos para nuevas agresiones, intervenciones o políticas de injerencia.

Desde esta perspectiva, la cuestión pendiente no es únicamente la indemnización a Nicaragua, por legítima que sea esa reivindicación. Lo que está en juego es algo más profundo: la credibilidad misma del derecho internacional.

Esa es, probablemente, la enseñanza más importante que nos deja el caso Nicaragua. No fue únicamente una batalla jurídica entre dos países. Fue una advertencia para el mundo sobre los límites de la justicia internacional y, al mismo tiempo, una demostración de que los pueblos pueden resistir, denunciar y hacer oír su voz incluso frente a los poderes más grandes.


Por eso la sentencia de La Haya sigue siendo mucho más que un episodio de la historia de Nicaragua. Es un símbolo de la defensa de la soberanía de los pueblos y un recordatorio de que la construcción de un orden internacional basado en la justicia, el derecho y la igualdad entre las naciones continúa siendo una tarea pendiente.




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domingo, 21 de junio de 2026

Cuba en la mira: la guerra cognitiva y el viejo fantasma del intervencionismo estadounidense

Por Javier Huerta

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible acción militar contra Cuba han vuelto a encender las alarmas en América Latina. Más allá de si se trata de una amenaza concreta, una maniobra electoral o una provocación calculada, el episodio obliga a reflexionar sobre algo mucho más profundo: la persistencia de una lógica imperial que, desde hace más de un siglo, considera a América Latina como un espacio de influencia natural de Washington.

En este contexto, las amenazas contra Cuba no pueden analizarse como un hecho aislado ni como una simple ocurrencia de Trump. Forman parte de una estrategia política, comunicacional y geopolítica donde la presión económica, la intimidación diplomática y la guerra cognitiva actúan como herramientas complementarias para condicionar la soberanía de los pueblos.

La confusión como arma de guerra

Cada cierto tiempo, Cuba vuelve a aparecer en el discurso político estadounidense como una amenaza, una anomalía o un problema por resolver. Cambian los presidentes, cambian los lenguajes y cambian los escenarios internacionales, pero la obsesión permanece. Desde la Enmienda Platt hasta las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible acción militar contra la isla, la historia parece repetirse con distintos rostros: la dificultad de Washington para aceptar la existencia de una nación latinoamericana que reclama el derecho a decidir su propio destino.

Las palabras de Trump han generado preocupación dentro y fuera de Cuba. Algunos las interpretan como una provocación electoral, otros como una demostración de fuerza dirigida a determinados sectores políticos de Estados Unidos. Sin embargo, centrar el debate únicamente en la figura del expresidente sería un error. La cuestión de fondo es mucho más profunda y tiene que ver con una larga tradición política que atraviesa administraciones republicanas y demócratas por igual: la convicción de que Estados Unidos posee el derecho de influir, condicionar o incluso determinar el rumbo político de aquellos países que considera estratégicos para sus intereses.

Una historia que se repite

La relación entre Estados Unidos y Cuba no comenzó con la Revolución de 1959 ni con la llegada de Fidel Castro al poder. Sus raíces se hunden mucho más atrás, en una historia marcada por la dificultad de Washington para aceptar una Cuba plenamente soberana. Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, Estados Unidos se presentó ante el mundo como el libertador de la isla frente al dominio colonial español. Sin embargo, aquella liberación pronto mostró sus límites. La Enmienda Platt, impuesta en 1901 bajo presión estadounidense, otorgó a Washington el derecho de intervenir militarmente en Cuba cuando considerara amenazados sus intereses y consolidó una relación profundamente desigual que incluía la cesión de territorios estratégicos como Guantánamo.

Aquella disposición jurídica no fue un episodio aislado, sino la expresión temprana de una doctrina que consideraba a América Latina como una zona natural de influencia estadounidense. Esta visión hundía sus raíces en la Doctrina Monroe de 1823, resumida en la célebre fórmula "América para los americanos", que con el paso del tiempo terminó interpretándose como el derecho de Washington a intervenir en los asuntos del continente cuando considerara amenazados sus intereses estratégicos. Cuba podía ser formalmente independiente, pero no completamente libre para decidir su propio destino.

Por primera vez, un gobierno latinoamericano desafiaba abiertamente la hegemonía de Washington a escasos kilómetros de sus costas. La respuesta llegó en abril de 1961, cuando la CIA organizó y financió la invasión de Bahía de Cochinos mediante una fuerza de exiliados cubanos entrenados para derrocar al nuevo gobierno revolucionario. La operación terminó en un fracaso histórico para Estados Unidos, pero dejó al descubierto algo mucho más importante: la disposición de la principal potencia mundial a intervenir cuando un proceso político escapa a su control.

Lejos de representar una excepción, Bahía de Cochinos formó parte de un patrón que se repetiría en distintos momentos y lugares del continente. En 1954, Estados Unidos impulsó el derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala. En 1965 intervino militarmente en República Dominicana. Durante las décadas de 1970 y 1980 respaldó o colaboró con dictaduras militares que asolaron buena parte de América Latina. La Operación Cóndor, coordinada entre diversos regímenes autoritarios sudamericanos, dejó miles de desaparecidos, presos políticos, torturados y asesinados bajo la bandera de la lucha anticomunista. Detrás de aquellos acontecimientos existía un mismo principio: impedir que surgieran proyectos políticos capaces de cuestionar los intereses estratégicos de Washington.

Por eso las amenazas actuales contra Cuba no pueden interpretarse como simples declaraciones coyunturales. Forman parte de una continuidad histórica que atraviesa generaciones y administraciones. Cambian los métodos, cambian los discursos y cambian las justificaciones, pero la lógica de fondo permanece sorprendentemente intacta.

La guerra cognitiva y la doble vara de Washington

En el siglo XXI, sin embargo, las formas de presión han evolucionado. Las guerras ya no se libran exclusivamente mediante invasiones militares o golpes de Estado. Hoy también se combaten a través de sanciones económicas, campañas mediáticas, operaciones psicológicas y estrategias de influencia destinadas a moldear la percepción pública.

Es en este contexto donde adquiere relevancia el concepto de guerra cognitiva. No se trata simplemente de difundir información falsa. La guerra cognitiva busca crear incertidumbre, generar miedo, saturar el debate público con mensajes contradictorios y erosionar la capacidad de las sociedades para distinguir entre hechos, interpretaciones y propaganda. Su objetivo es conquistar la mente antes que el territorio.

Trump ha convertido esta lógica en una herramienta habitual de comunicación política. Sus declaraciones ambiguas y provocadoras generan impacto inmediato, desplazan el debate hacia el terreno emocional y obligan a gobiernos, medios de comunicación y ciudadanos a reaccionar constantemente ante escenarios inciertos. Pero reducir este fenómeno a la personalidad de Trump sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente importante es que la incertidumbre se ha convertido en un instrumento de poder dentro de una estrategia más amplia de presión geopolítica.

La amenaza, incluso cuando no llega a concretarse, ya cumple una función política.

A ello se suma una herramienta que durante décadas ha demostrado ser tan eficaz como silenciosa: las sanciones económicas. El bloqueo impuesto contra Cuba constituye uno de los ejemplos más prolongados de coerción económica contemporánea. Durante más de sesenta años, la isla ha enfrentado restricciones comerciales, financieras y tecnológicas que han condicionado profundamente su desarrollo económico y social. Las dificultades para acceder a créditos internacionales, adquirir determinados bienes o establecer relaciones comerciales normales con numerosos países han tenido un impacto directo sobre la vida cotidiana de millones de cubanos.

Washington presenta estas medidas como instrumentos destinados a promover la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, resulta difícil ignorar una contradicción evidente. Si el objetivo es mejorar las condiciones de vida de la población cubana, ¿cómo justificar políticas que contribuyen precisamente a deteriorarlas? La lógica parece responder menos a una preocupación humanitaria que a una estrategia de desgaste destinada a generar presión interna sobre el gobierno de la isla.

Es aquí donde emerge con claridad la doble vara que caracteriza buena parte de la política exterior estadounidense. Estados Unidos se presenta frecuentemente como defensor global de la democracia, los derechos humanos y el orden internacional basado en normas. Sin embargo, a lo largo de su historia ha mantenido estrechas alianzas con monarquías absolutas, gobiernos autoritarios y regímenes responsables de graves violaciones de derechos humanos cuando estos resultaban funcionales a sus intereses geopolíticos.

La contradicción es difícil de ocultar. Washington condena determinadas vulneraciones de derechos fundamentales mientras guarda silencio ante otras. Defiende con firmeza su soberanía nacional frente a cualquier injerencia externa, pero cuestiona la de aquellos países que se niegan a alinearse con sus prioridades estratégicas. Exige respeto a las normas internacionales cuando estas favorecen sus intereses, mientras no duda en ignorarlas cuando las considera un obstáculo.

No se trata de una incoherencia accidental, sino de una forma de entender las relaciones internacionales donde los principios universales suelen quedar subordinados a los intereses de poder.

América Latina ante un desafío histórico

La discusión sobre Cuba trasciende ampliamente las fronteras de la isla. Cuba representa mucho más que un pequeño país del Caribe. Para millones de personas en América Latina simboliza la posibilidad —con todas sus contradicciones, aciertos y errores— de sostener un proyecto político independiente frente a la principal potencia del planeta. Esa dimensión simbólica explica en parte por qué sigue ocupando un lugar tan relevante en el imaginario político regional y por qué continúa siendo objeto de una presión tan persistente.

Cada amenaza de intervención, cada nueva sanción y cada intento de aislamiento envían un mensaje que va mucho más allá de La Habana. El mensaje es que la autonomía política sigue teniendo límites cuando entra en conflicto con determinados intereses geopolíticos. Por eso el debate no debería reducirse a la simpatía o antipatía que cada persona pueda sentir hacia el gobierno cubano. La cuestión central es otra: si una potencia extranjera tiene derecho a decidir qué gobiernos son legítimos y cuáles deben ser reemplazados.

Las declaraciones de Trump deben entenderse dentro de ese marco más amplio. No son simplemente una anécdota ni una excentricidad política. Son el reflejo de una visión del mundo que continúa considerando legítimo ejercer presión permanente sobre aquellos países que intentan seguir caminos propios.

La historia latinoamericana demuestra que las intervenciones externas rara vez han traído democracia, estabilidad o prosperidad duradera. Lo que sí han dejado con frecuencia son heridas profundas, dependencia económica, fracturas sociales y generaciones enteras marcadas por la violencia política.

Tal vez la pregunta no sea cuándo dejará Estados Unidos de intervenir, presionar o amenazar a los países de América Latina. Tal vez la verdadera pregunta sea cuándo América Latina terminará de convencerse de que su soberanía no puede depender de la autorización de ninguna potencia extranjera.

Porque la independencia no se pierde únicamente cuando desembarcan los marines. También se pierde cuando los pueblos aceptan que otros tienen derecho a decidir por ellos.

Y mientras esa lógica continúe vigente, la soberanía latinoamericana seguirá siendo una tarea pendiente, una conquista inacabada y uno de los grandes desafíos políticos de nuestro tiempo.

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sábado, 20 de junio de 2026

La Unión Soviética y la derrota del fascismo: "85 años de la Gran Guerra Patria, la lección antifascista que Europa no debe olvidar"


Por Javier Huerta

Este junio del 2026 se cumplen 85 años del inicio de la Gran Guerra Patria, la lucha heroica librada por los pueblos de la Unión Soviética contra la invasión nazi entre 1941 y 1945. Aquella guerra, que constituyó el principal frente de la Segunda Guerra Mundial en Europa, no fue únicamente una confrontación militar entre Estados. Fue una batalla decisiva por el futuro de la humanidad, una lucha existencial contra el fascismo, el racismo, el colonialismo y la barbarie representados por el Tercer Reich.

En la madrugada del 22 de junio de 1941, la Alemania hitleriana lanzó la Operación Barbarroja, la mayor invasión militar de la historia. Más de tres millones de soldados, apoyados por miles de tanques, piezas de artillería y aviones, atravesaron las fronteras soviéticas con el objetivo de destruir la Unión Soviética, esclavizar a sus pueblos y convertir amplias regiones de Europa Oriental en colonias al servicio de la maquinaria nazi.

Hitler y sus generales estaban convencidos de que la campaña concluiría en pocas semanas. Tras las rápidas victorias obtenidas en gran parte de Europa occidental, los dirigentes del Tercer Reich creían que el Estado soviético se derrumbaría ante el empuje de la Alemania nazi. Se equivocaron.

La resistencia soviética alteró por completo los planes nazis. En diciembre de 1941, el Ejército Rojo frenó a las fuerzas alemanas a las puertas de Moscú, infligiendo la primera gran derrota estratégica a Hitler y desmontando el mito de la invencibilidad de la Wehrmacht. Poco después, la ciudad de Leningrado resistió cerca de 900 días de asedio, convirtiéndose en uno de los mayores símbolos de resistencia popular de toda la guerra. Sin embargo, sería en Stalingrado donde se produciría el gran punto de inflexión del conflicto. Entre 1942 y 1943, las tropas soviéticas cercaron y destruyeron al Sexto Ejército alemán, cambiando definitivamente el rumbo de la guerra. Meses después, la victoria soviética en Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia, acabó con la capacidad ofensiva del ejército nazi en el frente oriental.

Frente a la maquinaria de guerra más poderosa de su tiempo se levantó la resistencia de millones de trabajadores, campesinos, soldados, mujeres y jóvenes soviéticos que comprendieron que aquella guerra no era únicamente una cuestión de fronteras o intereses geopolíticos. Era una lucha por la supervivencia de sus pueblos y por la defensa de un proyecto social que el fascismo pretendía exterminar.

Para los pueblos de la Unión Soviética, aquella guerra fue mucho más que una campaña militar. Fue una lucha por la supervivencia nacional frente a un proyecto de conquista y exterminio que pretendía convertir amplias regiones del Este europeo en territorios coloniales sometidos al dominio nazi. La magnitud de aquella amenaza explica por qué la memoria de la Gran Guerra Patria continúa ocupando un lugar central en la conciencia histórica de millones de personas.

La victoria soviética transformó el curso de la historia. El frente oriental constituyó el escenario principal de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Fue allí donde Alemania concentró la mayor parte de sus fuerzas militares y donde sufrió sus pérdidas más devastadoras. Mientras otros frentes contribuyeron al esfuerzo aliado común, fue en territorio soviético donde se decidió fundamentalmente la suerte del Tercer Reich.

Fue en las estepas, bosques y ciudades de la Unión Soviética donde el nazismo sufrió sus principales derrotas. Fue el Ejército Rojo quien liberó amplias regiones de Europa del dominio nazi y quien finalmente izó la bandera de la victoria sobre las ruinas del Reichstag en Berlín en mayo de 1945.

Ningún país pagó un precio tan elevado por la derrota del fascismo como la Unión Soviética. Las estimaciones históricas sitúan en torno a 27 millones las víctimas soviéticas entre militares y civiles. Miles de ciudades, pueblos y aldeas fueron destruidos por la guerra y regiones enteras quedaron devastadas por la ocupación nazi. La victoria de 1945 fue también la victoria de un pueblo que soportó el mayor sacrificio humano de toda la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, ochenta y cinco años después, la memoria de aquella gesta sigue siendo objeto de disputas y tergiversaciones. En demasiadas ocasiones se minimiza el papel decisivo desempeñado por la Unión Soviética en la derrota del fascismo o se pretende reducir su contribución a una simple nota al pie de página de la historia. Frente a esos intentos de revisionismo histórico, resulta necesario reivindicar los hechos: sin el sacrificio de los pueblos soviéticos y sin la resistencia organizada de millones de comunistas y antifascistas en toda Europa, la derrota de Hitler habría sido impensable.

Durante décadas, buena parte de la cultura popular occidental ha tendido a presentar el desembarco de Normandía como el acontecimiento decisivo de la guerra, relegando a un segundo plano el papel desempeñado por el frente oriental. Sin restar importancia a la contribución de los aliados occidentales, los hechos históricos muestran que fue en territorio soviético donde el Tercer Reich sufrió sus principales derrotas militares y humanas. Reconocer este hecho no implica restar mérito a otros pueblos que combatieron al fascismo, sino situar los acontecimientos en su justa dimensión histórica.

Pero recordar la Gran Guerra Patria no es únicamente un ejercicio de memoria histórica. También es una reflexión sobre el presente. En una Europa donde vuelven a crecer fuerzas ultraderechistas, nacionalistas excluyentes y movimientos que cuestionan conquistas sociales y democráticas logradas durante décadas de lucha popular, las enseñanzas de la victoria sobre el fascismo adquieren una renovada actualidad.

La memoria como herramienta de combate

Ochenta y cinco años después del inicio de la Gran Guerra Patria, la principal lección que nos deja aquella gesta histórica no pertenece únicamente al pasado. También interpela directamente a nuestro presente.

La victoria sobre el fascismo no cayó del cielo. No fue fruto de la casualidad ni de una supuesta evolución natural de la historia. Fue conquistada mediante la organización popular, el sacrificio colectivo y el compromiso político de millones de personas que comprendieron que el fascismo representaba una amenaza existencial para los trabajadores, para las libertades democráticas y para el futuro de la humanidad.

Los pueblos soviéticos derrotaron al nazismo porque decidieron resistir. Porque entendieron que la neutralidad ante la barbarie favorece siempre a los opresores. Porque comprendieron que los derechos conquistados solo pueden defenderse mediante la movilización consciente de quienes se benefician de ellos.

Hoy, cuando en numerosos países europeos observamos el crecimiento de fuerzas ultraderechistas, xenófobas, racistas y reaccionarias, la memoria de la Gran Guerra Patria adquiere una nueva relevancia.

La historia demuestra que el fascismo nunca aparece de un día para otro. Crece progresivamente aprovechando las crisis económicas, el descontento social, el miedo y la desmovilización popular. Avanza cuando las fuerzas democráticas y progresistas renuncian a organizarse y a disputar la conciencia de la sociedad.

Por ello, recordar la victoria soviética no debe limitarse a la colocación de flores ante los monumentos o a la celebración de efemérides históricas. Debe servir para extraer enseñanzas útiles para nuestro tiempo.

La mejor forma de honrar a quienes combatieron en Moscú, Leningrado, Stalingrado, Kursk o Berlín es continuar defendiendo los valores por los que lucharon millones de antifascistas: la solidaridad entre los pueblos, la igualdad social, la justicia económica, la paz, la cooperación internacional y la defensa de los derechos de las mayorías trabajadoras.

La lucha política del siglo XXI no se libra en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Se libra en los centros de trabajo, en las universidades, en los barrios, en los sindicatos, en los movimientos sociales, en los medios de comunicación y en las instituciones democráticas. Se libra en el terreno de las ideas y de la organización popular.

La defensa de los valores antifascistas exige también participación democrática. La historia demuestra que la desmovilización de los sectores populares deja espacio al avance de proyectos reaccionarios. Por ello, la implicación ciudadana en la vida política, sindical, asociativa y electoral constituye una herramienta fundamental para defender y ampliar los derechos conquistados durante generaciones de lucha social. Ninguna conquista democrática puede preservarse si quienes se benefician de ella renuncian a participar activamente en su defensa.

El papel de los comunistas en la resistencia antifascista europea

La victoria sobre el fascismo no fue únicamente el resultado de grandes operaciones militares. También fue fruto de la resistencia organizada de millones de hombres y mujeres que, en los territorios ocupados, decidieron enfrentarse a la barbarie nazi.

En prácticamente todos los países europeos ocupados por el Tercer Reich, los comunistas desempeñaron un papel destacado en la organización de movimientos clandestinos, redes de sabotaje, guerrillas y estructuras de resistencia popular.

Desde Francia hasta Grecia, desde Italia hasta Yugoslavia, miles de militantes comunistas participaron en primera línea de la lucha contra el fascismo, pagando en muchos casos un precio extremadamente alto en forma de encarcelamientos, torturas y ejecuciones. Particularmente significativa fue la experiencia de Yugoslavia, donde los partisanos dirigidos por Josip Broz Tito lograron construir uno de los movimientos de resistencia más eficaces de toda Europa. Del mismo modo, en Italia, las Brigadas Garibaldi desempeñaron un papel fundamental en la lucha contra el régimen de Mussolini y la ocupación nazi, mientras que en Francia numerosos combatientes comunistas participaron activamente en la Resistencia.

La historia del antifascismo europeo también mantiene una estrecha relación con España. La Guerra Civil Española fue uno de los primeros escenarios de confrontación contra el fascismo internacional y miles de voluntarios de las Brigadas Internacionales acudieron a defender la legalidad republicana frente al golpe militar apoyado por Hitler y Mussolini. Tras la derrota de la República, numerosos exiliados españoles continuaron la lucha contra el fascismo integrándose en la Resistencia francesa y en otros movimientos de liberación europeos. Del mismo modo, la oposición antifranquista mantuvo durante décadas la defensa de los valores democráticos y antifascistas frente a la dictadura.

La propia Unión Soviética vio surgir una poderosa red de partisanos que actuó tras las líneas enemigas. Estos grupos llevaron a cabo operaciones de sabotaje contra infraestructuras militares, líneas ferroviarias y centros logísticos alemanes, dificultando enormemente las operaciones de ocupación.

Tras expulsar a las fuerzas nazis de su territorio, el Ejército Rojo participó decisivamente en la liberación de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria y otros países europeos sometidos por el Tercer Reich. Miles de soldados soviéticos murieron lejos de sus hogares durante estas operaciones, que culminaron con la batalla de Berlín y la derrota definitiva del régimen hitleriano.

Fascismo y poder económico: una alianza histórica

La llegada de Hitler al poder en 1933 no puede entenderse sin el apoyo de importantes sectores industriales, financieros y empresariales alemanes que veían en el movimiento nazi una herramienta para frenar el crecimiento del movimiento obrero organizado.

Las grandes organizaciones patronales y numerosos grupos empresariales consideraban que el nazismo podía garantizar la estabilidad de un sistema económico amenazado por la crisis y por el avance de las organizaciones obreras.

Frente a la economía de guerra nazi, la Unión Soviética demostró una extraordinaria capacidad de movilización productiva. Durante los primeros meses de la invasión, miles de fábricas fueron trasladadas desde las zonas amenazadas hacia los Urales, Siberia y Asia Central. Aquella gigantesca operación permitió mantener la producción industrial y garantizar el suministro de armamento al Ejército Rojo. La planificación económica y el esfuerzo colectivo de millones de trabajadores constituyeron un factor decisivo para la victoria sobre el fascismo.

Las lecciones de la Gran Guerra Patria para la Europa del siglo XXI

El antifascismo del siglo XXI debe responder al crecimiento de la extrema derecha con inteligencia política, organización y participación social.

La mejor respuesta frente al avance reaccionario no consiste únicamente en denunciar discursos de odio. También exige construir alternativas capaces de mejorar las condiciones materiales de vida de la mayoría social: empleo digno, vivienda accesible, servicios públicos de calidad, derechos laborales garantizados, igualdad efectiva y defensa de la paz.

Del mismo modo que las generaciones que derrotaron al fascismo comprendieron la importancia de organizarse y actuar colectivamente, las generaciones actuales tienen la responsabilidad de participar activamente en la vida democrática. La abstención, la apatía y la desmovilización nunca han favorecido a las mayorías trabajadoras. La defensa de los derechos sociales, de los servicios públicos y de las libertades democráticas exige una ciudadanía consciente, organizada y comprometida con la construcción de alternativas políticas capaces de frenar cualquier retroceso reaccionario.

La historia no se repite de forma mecánica, pero sí ofrece enseñanzas valiosas. Una de ellas es que ningún avance social está garantizado para siempre. Otra, que los pueblos organizados poseen una capacidad transformadora mucho mayor de la que a menudo imaginan.

La victoria sobre el fascismo pertenece a la historia. La construcción de una Europa más justa, democrática y solidaria pertenece al presente. Y su futuro dependerá, como entonces, de la capacidad de los pueblos para organizarse, participar y luchar por él.

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jueves, 18 de junio de 2026

Cumbre de la unidad de los pueblos contra la OTAN. Barcelona 2026 (RETRANSMISIÓN EN VIVO)


La cumbre de la OTAN que se celebrará en Ankara los días 7 y 8 de julio de 2026 no es una reunión diplomática cualquiera. Refleja cómo se está reorganizando el orden militar mundial en medio de una crisis económica profunda, rivalidades geopolíticas y un aumento de la desigualdad social.



Es un momento clave donde se toman decisiones sobre orientación militar, estructuras de mando y prioridades operativas. Allí se prevé establecer uno de los mayores cuerpos militares de la región para hacer guerras imperialistas.



El gobierno turco, colaborador del imperialismo estadounidense, se alineará con esas exigencias. La posición geopolítica de Turquía —puente entre Europa, Asia occidental, el Cáucaso y Asia Central— la convierte en un nodo central para la OTAN, por lo que lo que se decida en Ankara tendrá repercusiones globales.



En respuesta a esta cumbre, se convoca una Cumbre Anti-OTAN en Barcelona (Catalunya) a finales de junio de 2026. Ambos eventos están conectados: uno es la consolidación del plan imperialista; el otro, el intento de construir una resistencia internacional coordinada.


 BARCELONA LUGAR PARA LA CUMBRE DE LA UNIDAD DE LOS PUEBLOS CONTRA LA OTAN.


Barcelona acogerá la Cumbre de la Unidad de los Pueblos contra la OTAN los días 27 y 28 de junio de 2026 en la Casa de la Solidaritat. El evento reúne a organizaciones progresistas, antiimperialistas e internacionalistas de toda Europa y de otros lugares para debatir y coordinar acciones colectivas contra la OTAN y la agresión imperialista.


La cumbre se celebra en el contexto previo a la Cumbre de la OTAN de 2026, prevista para los días 7 y 8 de julio en Ankara, Turquía. Los organizadores buscan ofrecer un espacio para el análisis crítico del papel global de la OTAN, sus estrategias militares y sus consecuencias sociales, políticas y económicas.

La conferencia se centrará en:

Construir la solidaridad internacional antiimperialista

Desarrollar un programa común de lucha contra la OTAN

Analizar el impacto de las alianzas militares y las bases extranjeras, también en el Estado español

Fortalecer la coordinación entre movimientos y organizaciones antiimperialistas


Los participantes incluirán organizaciones políticas y redes de solidaridad comprometidas con la justicia y la lucha contra las agresiones imperialistas en todo el mundo.

Los organizadores, People’s Front (Turquía) y el Anti-Imperialist Front, junto con los coorganizadores Grup Yorum, Partido Comunista de los Pueblos de Catalunya, Asambleas Catalanas contra el Imperialismo y la OTAN, Plataforma Antirepressiva de Barcelona y Samidoun Barcelona, hacen un llamamiento a todas las organizaciones e individuos interesados a asistir, contribuir y participar en la construcción de una respuesta unificada frente al imperialismo y las políticas de guerra de la OTAN.






Detalles del evento:

Retransmision en VIVO y Contenido Multimedia: Canales de activismo político como Anti Imperialist Front TV han programado paneles de discusión en DIRECTO y retransmisiones en vídeo vinculadas a las ponencias de la cumbre.
PRIMER DIA (27/06/26)


Fechas: 27–28 de junio de 2026

SÁBADO 11:00 – 20:00

DOMINGO 12:00 – 16:00
Acto en directo del segundo día 28/06/26


Concierto de Grup Yorum y artistas invitados 18:00 – 20:00

Lugar: Casa de la Solidaritat, Carrer de Vistalegre 15, Barcelona






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