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lunes, 28 de septiembre de 2026

La Solidaridad Europea con la Revoluci贸n Sandinista presente en la Fiesta del PCE para acercar Nicaragua y la Revoluci贸n Sandinista

Rivas Vaciamadrid, 27 de septiembre de 2026. La Fiesta del Partido Comunista de Espa帽a (PCE) ha vuelto a celebrarse este fin de semana en Madrid, reuniendo durante tres jornadas a organizaciones pol铆ticas, sindicales y sociales, colectivos, asociaciones y personas vinculadas a diferentes 谩mbitos de la izquierda y de los movimientos sociales. La 49陋 edici贸n, celebrada los d铆as 25, 26 y 27 de septiembre ha reunido a varios miles de personas en unas jornadas de formaci贸n, lucha y festividad, combinando el debate pol铆tico con la cultura, la m煤sica, la gastronom铆a, la solidaridad y diferentes espacios de encuentro, informaci贸n y participaci贸n. Entre los principales asuntos abordados han estado la situaci贸n internacional, los derechos humanos, la vivienda, la unidad de acci贸n de la izquierda y el futuro del movimiento obrero.

En este espacio de encuentro y solidaridad internacionalista ha estado presente el Comit茅 Europeo de Solidaridad con la Revoluci贸n Popular Sandinista (CES-RPS), que ha instalado un stand informativo desde el que se ha acercado informaci贸n sobre la actualidad de Nicaragua, el proceso revolucionario sandinista y el trabajo que desarrolla el movimiento europeo de solidaridad con Nicaragua. La presencia del CES-RPS ha permitido mantener un contacto directo con numerosas personas interesadas en conocer la situaci贸n del pa铆s centroamericano, intercambiar informaci贸n y dar a conocer las distintas iniciativas que se est谩n desarrollando desde Europa.

Uno de los principales ejes de la actividad del stand ha sido la campa帽a «NICARAGUA SE RESPETA», impulsada por el CES-RPS desde 2024 para recuperar en el debate p煤blico europeo una cuesti贸n que contin煤a pendiente: el cumplimiento de la sentencia dictada por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya el 27 de junio de 1986, en el caso Nicaragua contra Estados Unidos. La campa帽a plantea la necesidad de que las sentencias de los tribunales internacionales sean cumplidas y reclama que EEUU  asuma las reparaciones establecidas por la Corte por los da帽os ocasionados a Nicaragua durante la guerra de agresi贸n de los a帽os ochenta. En el marco de la Fiesta, el CES-RPS ha continuado recogiendo firmas de apoyo a esta iniciativa y explicando sus objetivos a quienes se han acercado al stand.

La actividad desarrollada durante la Fiesta no se ha limitado a la informaci贸n pol铆tica. Tambi茅n ha servido para acercar a las personas asistentes una experiencia de econom铆a solidaria vinculada directamente con Nicaragua, poniendo a la venta caf茅 producido por peque帽as cooperativas y familias campesinas nicarag眉enses. El caf茅 comercializado por ESPANICA forma parte de un proyecto que busca establecer una relaci贸n directa entre las organizaciones productoras y las personas consumidoras, reduciendo las cadenas tradicionales de intermediaci贸n y permitiendo que una mayor parte del valor generado revierta en las propias comunidades productoras. De esta manera, la adquisici贸n de este caf茅 en espacios de solidaridad no se plantea 煤nicamente como el consumo de un producto nicarag眉ense, sino tambi茅n como una forma concreta de apoyar a las familias campesinas organizadas en cooperativas y un modelo de relaciones comerciales basado en la econom铆a social, la solidaridad y el comercio justo.

El puesto del Comit茅 ha contado tambi茅n con informaci贸n tur铆stica sobre Nicaragua, con propuestas de rutas y destinos que permitan a las personas interesadas conocer directamente el pa铆s, su naturaleza, su patrimonio, su cultura y gastronom铆a. Desde el Comit茅 se plantea el turismo como otra v铆a de acercamiento a Nicaragua y, al mismo tiempo, como una oportunidad para que la presencia de visitantes contribuya de manera real a la econom铆a local, generando ingresos directos para familias, peque帽os emprendimientos, comunidades y proyectos vinculados al territorio. Se trata de promover un turismo responsable que permita conocer Nicaragua y que, a trav茅s del gasto realizado por los visitantes, contribuya a que una parte de los beneficios repercuta positivamente en la econom铆a nicarag眉ense.

En este marco, el CES-RPS ha aprovechado tambi茅n estas jornadas para dar a conocer el XI Encuentro Europeo de Solidaridad con la Revoluci贸n Popular Sandinista, que tendr谩 lugar en Italia este a帽o. El Encuentro reunir谩 nuevamente a comit茅s, asociaciones, colectivos y personas solidarias con Nicaragua procedentes de diferentes pa铆ses europeos, con el objetivo de compartir experiencias, analizar la situaci贸n de Nicaragua y coordinar nuevas iniciativas de solidaridad y defensa de la Revoluci贸n Popular Sandinista. Entre los asuntos que se abordar谩n estar谩 la continuidad de la campa帽a «NICARAGUA SE RESPETA», junto al fortalecimiento de la informaci贸n y la comunicaci贸n sobre Nicaragua, la recuperaci贸n de la memoria del internacionalismo y la coordinaci贸n del trabajo de los distintos comit茅s.

La presencia del CES-RPS en la Fiesta del PCE se enmarca en un trabajo que pretende combinar informaci贸n, solidaridad, cooperaci贸n, lucha comunicacional y defensa del derecho internacional, manteniendo en Europa espacios de conocimiento y debate sobre la actualidad de Nicaragua y llevando su voz a nuevos espacios de encuentro social y pol铆tico. La participaci贸n en estas jornadas permite adem谩s establecer nuevos contactos con organizaciones, colectivos y personas interesadas en la realidad latinoamericana, fortalecer los v铆nculos entre quienes forman parte del movimiento europeo de solidaridad con Nicaragua y seguir construyendo nuevas iniciativas de apoyo a la Revoluci贸n Popular Sandinista. La Fiesta ha sido, una vez m谩s, un espacio para encontrarse, informar y continuar fortaleciendo la solidaridad con Nicaragua.



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viernes, 25 de septiembre de 2026

Nicaragua contra Alemania en La Haya en defensa del pueblo Palestino: el proceso contin煤a...


Por Javier Huerta

Mientras sobre Gaza contin煤an cayendo bombas, mientras cuerpos quedan sepultados entre las ruinas, familias palestinas siguen desplaz谩ndose entre edificios destruidos y refugios precarios, y ni帽os quedan hu茅rfanos sin comprender por qu茅 su mundo se ha convertido en un paisaje de muerte y destrucci贸n, a miles de kil贸metros de distancia se desarrolla otra batalla, de naturaleza muy diferente, pero profundamente relacionada con esa realidad. En el Palacio de la Paz de La Haya, Nicaragua y Alemania han llevado ante la Corte Internacional de Justicia una disputa que coloca en el centro una cuesti贸n de enorme trascendencia: qu茅 responsabilidad puede tener un Estado cuando proporciona apoyo y material militar a otro Estado en medio de graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Entre el 7 y el 10 de septiembre de 2026, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) escuch贸 durante cuatro jornadas los argumentos de Nicaragua y Alemania. Pero los jueces no estaban juzgando todav铆a el fondo de las acusaciones. Lo que estaba en juego era una cuesti贸n previa: determinar si las objeciones presentadas por Berl铆n deben impedir que el procedimiento contin煤e o si, por el contrario, Nicaragua podr谩 llevar sus reclamaciones a una fase posterior en la que la Corte pueda examinarlas en profundidad. Las audiencias terminaron el 10 de septiembre, pero el procedimiento contin煤a. Ahora corresponde a la Corte deliberar y decidir sobre las objeciones preliminares de Alemania. La fecha en que se dar谩 a conocer p煤blicamente esa decisi贸n todav铆a no ha sido anunciada.

Para entender por qu茅 Nicaragua ha llegado nuevamente hasta La Haya hay que retroceder hasta marzo de 2024, cuando present贸 formalmente una demanda contra Alemania bajo el nombre oficial de “Presuntas violaciones de ciertas obligaciones internacionales con respecto al Territorio Palestino Ocupado”. Nicaragua sostiene que Alemania ha incumplido obligaciones derivadas de la Convenci贸n para la Prevenci贸n y la Sanci贸n del Delito de Genocidio y del derecho internacional humanitario, entre ellas las relacionadas con la prevenci贸n del genocidio y el respeto de los Convenios de Ginebra. En su demanda, Managua cuestiona el apoyo pol铆tico, financiero y militar alem谩n a Israel, incluidas las exportaciones de material militar, y tambi茅n la suspensi贸n de financiaci贸n a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, UNRWA. Alemania rechaza las acusaciones y ha planteado objeciones tanto sobre la jurisdicci贸n de la Corte como sobre la admisibilidad de determinadas reclamaciones. El litigio se encuentra ahora precisamente en esa fase preliminar.

La relaci贸n entre Nicaragua y Palestina, sin embargo, viene de mucho antes de la actual guerra de Gaza. Tiene ra铆ces que atraviesan buena parte del siglo XX y que est谩n vinculadas a las luchas anticoloniales y de liberaci贸n nacional que marcaron aquella 茅poca. El art铆culo “Nicaragua y la causa palestina”, escrito por Stephen Sefton, recupera parte de esa memoria hist贸rica. All铆 aparecen episodios como la figura de Ghadeer Abu Sneineh, palestino nacido en Colombia que, seg煤n las fuentes recogidas por Sefton y otros autores, se incorpor贸 a las fuerzas de Sandino y Tras el asesinato del general en 1934, tuvo que huir de Centroam茅rica y viaj贸 a Palestina, donde se incorpor贸 activamente a la Gran Revuelta 脕rabe de 1936 para combatir el Mandato Brit谩nico y la colonizaci贸n de su tierra de origen.. El investigador y escritor Mart铆n Alejandro Martinelli tambi茅n ha recuperado gran parte de esta dimensi贸n hist贸rica de los v铆nculos entre las luchas nicarag眉ense y palestina.

Aquellos v铆nculos se profundizaron durante las d茅cadas posteriores. El Frente Sandinista de Liberaci贸n Nacional estableci贸 relaciones con organizaciones palestinas y, en los a帽os setenta, la solidaridad adquiri贸 incluso una dimensi贸n internacionalista directa. Militantes sandinistas recibieron entrenamiento junto a fuerzas palestinas y algunos participaron en acciones vinculadas a la lucha palestina. Entre ellos estuvieron Patricio Arg眉ello Ryan y Juan Jos茅 Quezada. Arg眉ello muri贸 el 6 de septiembre de 1970 durante una operaci贸n vinculada a la lucha palestina. Son episodios que hoy pueden parecer lejanos, pero ayudan a comprender por qu茅 Palestina no aparece en la pol铆tica exterior nicarag眉ense como una cuesti贸n coyuntural surgida despu茅s de octubre de 2023.

La llegada del FSLN al poder en 1979 convirti贸 aquella relaci贸n militante en una relaci贸n pol铆tica, diplom谩tica y de cooperaci贸n. Yasser Arafat visit贸 Managua en julio de 1980, y Nicaragua estableci贸 relaciones con Palestina ese mismo a帽o. Durante las d茅cadas siguientes se desarrollaron intercambios en distintos campos y Managua mantuvo su respaldo al derecho del pueblo palestino a la autodeterminaci贸n y a disponer de un Estado. En 2010 Nicaragua rompi贸 relaciones diplom谩ticas con Israel despu茅s del ataque contra la flotilla internacional que intentaba llevar ayuda humanitaria a Gaza. En 2013, el entonces ministro de Relaciones Exteriores palestino, Riad Malki, visit贸 Nicaragua para profundizar los v铆nculos entre ambos pueblos, mientras que en 2018 se acord贸 una cooperaci贸n entre la Agencia de Cooperaci贸n Internacional de Palestina y el Ministerio de Salud nicarag眉ense para fortalecer la formaci贸n profesional en t茅cnicas quir煤rgicas. Esta relaci贸n de solidaridad tuvo tambi茅n una nueva expresi贸n con la visita de Leila Khaled a Nicaragua en 2024, durante los actos conmemorativos del 45.潞 aniversario de la Revoluci贸n Popular Sandinista. Nicaragua desde los actos de celebraci贸n busco defender y proyectar, a nivel inernacional la causa y la voz del pueblo palestino, y a su vez, con la presencia de Palestina en Nicaragua, reconocian el buen trabajo desarrollado por la Nicaragua sandinista y su apuesta por construir mejores condiciones de vida, soberan铆a y futuro para su propio pueblo.

La historia tambi茅n tiene otra cara. Durante la dictadura somocista, Israel mantuvo relaciones militares con el r茅gimen de Anastasio Somoza, suministr谩ndole armamento. Esa experiencia forma parte de la memoria pol铆tica desde la que Managua interpreta hoy la situaci贸n palestina. Para Nicaragua, las luchas contra la intervenci贸n extranjera, el colonialismo y la dominaci贸n militar no son episodios separados, sino experiencias hist贸ricas conectadas. Esa perspectiva ayuda a entender la intensidad con la que el Gobierno nicarag眉ense ha reaccionado ante la destrucci贸n de Gaza y explica tambi茅n por qu茅 ha decidido trasladar parte de esa confrontaci贸n al terreno jur铆dico internacional.

Nicaragua ya conoc铆a ese camino. En 1984 llev贸 a Estados Unidos ante la Corte Internacional de Justicia por sus actividades militares y paramilitares contra Nicaragua. En su sentencia de 27 de junio de 1986, la CIJ concluy贸 que Estados Unidos hab铆a violado obligaciones derivadas del derecho internacional consuetudinario, entre ellas las relativas a la prohibici贸n del uso de la fuerza, la no intervenci贸n, la soberan铆a y otras obligaciones internacionales. Aquella sentencia se convirti贸 en uno de los episodios m谩s importantes de la historia jur铆dica internacional de Nicaragua y constituye un antecedente que ayuda a comprender por qu茅 Managua vuelve ahora a utilizar la Corte como escenario para plantear una controversia frente a un Estado poderoso.

La diferencia fundamental es que ahora Nicaragua no demanda a Israel, sino a Alemania. Esa distinci贸n resulta esencial. La demanda presentada el 1 de marzo de 2024 no pretende que la CIJ juzgue directamente las actuaciones de Israel, sino que examine las obligaciones internacionales que Nicaragua atribuye a Alemania por sus propias actuaciones. Alemania sostiene, entre otros argumentos, que determinadas cuestiones planteadas por Nicaragua no pueden ser resueltas sin abordar jur铆dicamente la conducta de Israel y que eso afecta a la jurisdicci贸n y a la admisibilidad del caso. En el centro de esta discusi贸n aparece tambi茅n el denominado principio de Oro Monetario, una cuesti贸n jur铆dica relacionada con los l铆mites que tiene la Corte cuando la resoluci贸n de una controversia podr铆a afectar a los derechos o responsabilidades de un tercer Estado que no es parte del procedimiento.

Y aqu铆 aparecen las armas. Porque detr谩s de las discusiones sobre jurisdicci贸n y admisibilidad existe una cuesti贸n material que resulta imposible ignorar: qu茅 exporta Alemania a Israel, cu谩ndo lo hace y qu茅 obligaciones tiene un Estado cuando autoriza la transferencia de material militar hacia una zona de guerra en la que existen graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Cuando Nicaragua present贸 su demanda, incorpor贸 al expediente datos sobre las autorizaciones alemanas. La propia CIJ recogi贸 en su Orden de 30 de abril de 2024 que Alemania hab铆a autorizado en 2023 exportaciones de “material militar y armas de guerra” por m谩s de 326 millones de euros, m谩s de diez veces la cifra correspondiente a 2022. Nicaragua se帽al贸 adem谩s que casi 300 millones de euros correspond铆an a licencias de material militar concedidas desde el comienzo de la operaci贸n militar israel铆 en Gaza y que a comienzos de 2024 se hab铆an concedido nuevas licencias por m谩s de 9 millones de euros. Alemania, por su parte, sostuvo ante la Corte que la inmensa mayor铆a de las licencias concedidas desde el 7 de octubre de 2023 correspond铆an a la categor铆a de “otro material militar” y no a “armas de guerra”, y defendi贸 que las autorizaciones se examinaban caso por caso.

La cuesti贸n no qued贸 congelada en las cifras de 2024. Los datos oficiales del Bundestag muestran que Alemania continu贸 autorizando exportaciones de material militar a Israel durante 2025 y 2026. Entre noviembre de 2025 y marzo de 2026 se concedieron autorizaciones por unos 167,4 millones de euros, mientras que entre el 1 de abril y el 30 de junio de 2026 el Gobierno alem谩n autoriz贸 exportaciones por unos 735,76 millones de euros. Esta 煤ltima cifra requiere una lectura cuidadosa: el propio Gobierno alem谩n se帽al贸 que alrededor del 67% correspond铆a a un gran proyecto del sector naval y otro 21% a la cooperaci贸n entre empresas alemanas e israel铆es relacionada con las necesidades de las Fuerzas Armadas alemanas; el resto correspond铆a a otros bienes militares y, seg煤n la respuesta oficial, no inclu铆a armas de guerra. Se trata adem谩s de cifras provisionales y parte de la informaci贸n est谩 limitada por razones de seguridad.

Estos datos, por s铆 solos, no demuestran que Alemania haya violado el derecho internacional. Esa es precisamente una de las cuestiones que Nicaragua pretende que la Corte pueda examinar. Pero s铆 permiten entender por qu茅 las transferencias de material militar ocupan un lugar central en el litigio. La discusi贸n no gira 煤nicamente alrededor de declaraciones pol铆ticas, sino de decisiones concretas de autorizaci贸n y transferencia y de las obligaciones que el derecho internacional impone a los Estados cuando existe un riesgo de que ese material pueda ser utilizado para cometer graves violaciones.

La CIJ ya abord贸 una parte de esta cuesti贸n en abril de 2024, cuando Nicaragua solicit贸 medidas provisionales para que Alemania suspendiera determinadas formas de asistencia militar a Israel, impidiera que el material ya entregado pudiera utilizarse para cometer graves violaciones del derecho internacional y retomara la financiaci贸n de UNRWA. La Corte decidi贸, por 15 votos contra uno, que las circunstancias existentes entonces no requer铆an la adopci贸n de las medidas provisionales solicitadas. Pero hay una precisi贸n fundamental: aquella decisi贸n no resolvi贸 el fondo del caso. La propia Corte dej贸 claro que la decisi贸n no prejuzgaba su jurisdicci贸n sobre el fondo, la admisibilidad de la demanda ni las cuestiones sustantivas planteadas por Nicaragua. Al mismo tiempo, record贸 a todos los Estados las obligaciones internacionales relacionadas con la transferencia de armas a las partes de un conflicto armado para evitar el riesgo de que esas armas fueran utilizadas en violaci贸n de los Convenios de Ginebra.

Dos a帽os despu茅s, aquella advertencia sigue teniendo relevancia. Porque mientras los jueces discuten sobre jurisdicci贸n, admisibilidad y responsabilidad internacional, en Gaza la realidad no se ha detenido. El informe de OCHA del 11 de septiembre de 2026 se帽alaba que los ataques a茅reos israel铆es y otros ataques continuaban golpeando zonas pobladas, provocando v铆ctimas, da帽os materiales y nuevos desplazamientos. Seg煤n el Ministerio de Salud de Gaza, citado por OCHA, 35 palestinos fueron reportados muertos y 104 heridos entre el 2 y el 9 de septiembre. El mismo informe situaba en 1.358 los fallecidos y 4.541 los heridos desde el anuncio del alto el fuego del 10 de octubre de 2025, adem谩s de otros 160 fallecimientos incorporados posteriormente al registro tras la identificaci贸n de las v铆ctimas.

Pero las cifras no cuentan por s铆 solas la dimensi贸n humana de lo que est谩 ocurriendo. OCHA se帽alaba tambi茅n que los hogares encabezados por mujeres se han duplicado desde octubre de 2023 y alcanzan aproximadamente 86.000 familias, casi una de cada cuatro familias de Gaza. El acceso al agua contin煤a siendo extremadamente precario: el organismo de Naciones Unidas se帽alaba que el 91% de los hogares evaluados sufr铆an una inseguridad h铆drica moderada o alta. En esas condiciones, hospitales, centros de salud, plantas de agua y otros servicios esenciales siguen dependiendo de recursos que llegan de forma insuficiente y sometidos a enormes restricciones.

Es en esta realidad donde la controversia jur铆dica adquiere toda su dimensi贸n. Nicaragua sostiene que Alemania tiene obligaciones internacionales propias y que la Corte puede examinarlas sin convertir a Israel en parte del procedimiento. Alemania sostiene, entre otras cosas, que determinados aspectos de las reclamaciones de Nicaragua no pueden ser examinados de la manera planteada y que Israel constituye un elemento indispensable para resolver cuestiones fundamentales del litigio. La discusi贸n sobre el principio de Oro Monetario se sit煤a precisamente en ese terreno. No es un simple tecnicismo: afecta a los l铆mites de la jurisdicci贸n de la Corte y a la posibilidad de que un Estado sea juzgado por sus propias obligaciones cuando la controversia est谩 relacionada con la conducta de un tercero que no participa en el proceso.

Las audiencias de septiembre fueron, por tanto, una etapa decisiva, pero no una sentencia. Alemania defendi贸 sus objeciones durante la primera ronda del 7 de septiembre y volvi贸 a intervenir el d铆a 9. Nicaragua respondi贸 el 8 y present贸 sus argumentos finales el 10 de septiembre. Al concluir las audiencias, la propia CIJ confirm贸 que el procedimiento hab铆a entrado en la fase de deliberaci贸n. Todav铆a no existe una sentencia sobre el fondo y la Corte tampoco ha declarado que Alemania haya cometido las violaciones que Nicaragua le atribuye.

Sobre estas audiencias resulta especialmente interesante el an谩lisis publicado el 17 de septiembre por el jurista costarricense Nicol谩s Boeglin, titulado “Exportar armas hacia Israel ¿como si nada pasara en Gaza? Audiencias p煤blicas en La Haya en el marco de la demanda Nicaragua c. Alemania por complicidad”. Su texto permite seguir con detalle los argumentos jur铆dicos planteados durante las jornadas de La Haya y situar el litigio dentro del debate internacional sobre las transferencias de armas a Israel.

Tambi茅n resulta 煤til recuperar, antes de las audiencias, el art铆culo de Becca Renk Foster, “Nicaragua alzar谩 de nuevo su voz en favor de Palestina ante la CIJ”, publicado en agosto de 2026. Aquel texto explicaba el contexto de las nuevas audiencias y recordaba precisamente la experiencia de Nicaragua ante la Corte en el caso contra Estados Unidos. Y el trabajo de Stephen Sefton, “Nicaragua y la causa palestina”, publicado en septiembre, permite completar la dimensi贸n hist贸rica que rodea al actual litigio: desde los primeros v铆nculos entre revolucionarios nicarag眉enses y palestinos hasta las relaciones diplom谩ticas, la cooperaci贸n y la posici贸n mantenida por Managua durante las 煤ltimas d茅cadas.

¿Y qu茅 ocurre ahora? La respuesta es m谩s sencilla que todo lo que se ha discutido en la sala, aunque sus consecuencias pueden ser importantes. La Corte debe deliberar y decidir sobre las objeciones preliminares de Alemania. La fecha de lectura p煤blica de esa decisi贸n todav铆a no ha sido anunciada. Si la Corte acepta objeciones que impidan continuar con determinadas reclamaciones, el procedimiento podr铆a quedar limitado o terminar en esta fase. Si las rechaza total o parcialmente, el caso podr谩 avanzar hacia una etapa posterior en la que las partes deber谩n discutir el fondo de las acusaciones. Por ahora, ninguna de esas posibilidades debe presentarse como un resultado anticipado.

Por eso las audiencias de septiembre no deber铆an convertirse en una supuesta victoria definitiva de Nicaragua ni en una derrota definitiva de Alemania. Lo que ha terminado es una etapa del procedimiento; no el litigio. Lo que s铆 ha quedado sobre la mesa es una cuesti贸n que trasciende a ambos gobiernos: hasta d贸nde llegan las obligaciones de un Estado que suministra o autoriza material militar cuando ese material puede terminar siendo utilizado en un conflicto en el que existen graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Y aqu铆 aparecen las dos grandes preguntas que deber铆an quedar abiertas mucho m谩s all谩 de los abogados y los jueces de La Haya.

La primera es la responsabilidad de los Estados que suministran armas cuando existe un riesgo grave de que esas armas sean utilizadas para cometer violaciones del derecho internacional. ¿D贸nde comienza y d贸nde termina la responsabilidad de quien fabrica, autoriza, exporta, financia o facilita material militar? ¿Puede un Estado limitarse a afirmar que cada licencia ha seguido sus procedimientos nacionales o el derecho internacional exige una evaluaci贸n m谩s profunda cuando las circunstancias sobre el terreno muestran un riesgo grave para la poblaci贸n civil? La propia CIJ record贸 en 2024 que los Estados tienen obligaciones respecto de la transferencia de armas a las partes de un conflicto armado. Si el procedimiento llega al fondo, una de las cuestiones ser谩 precisamente determinar el alcance jur铆dico de esas obligaciones.

La segunda pregunta es todav铆a m谩s amplia: qu茅 hacen los gobiernos del mundo cuando la destrucci贸n y la muerte de la poblaci贸n palestina contin煤an y millones de personas reclaman en distintos pa铆ses que se detenga la violencia y se proteja a la poblaci贸n civil. No se trata solamente de lo que ocurra dentro de una sala de la CIJ. Se trata de saber qu茅 significado tienen las declaraciones de defensa del derecho internacional cuando, al mismo tiempo, contin煤an las operaciones militares, los desplazamientos, la destrucci贸n de viviendas e infraestructuras y la muerte de civiles. Se trata de saber qu茅 mecanismos pol铆ticos, diplom谩ticos, econ贸micos y jur铆dicos est谩n dispuestos a utilizar los gobiernos ante una situaci贸n que Nicaragua y otros actores califican de genocidio y ante unas denuncias de graves violaciones que contin煤an siendo documentadas por organismos internacionales.

Porque mientras los gobiernos intercambian notas diplom谩ticas y los abogados preparan alegatos, el pueblo palestino sigue sufriendo y siguen muriendo personas. Esa realidad no puede quedar convertida en el tel贸n de fondo de un procedimiento judicial. Es el motivo por el que la discusi贸n sobre las armas, las responsabilidades y el derecho internacional tiene consecuencias concretas sobre vidas humanas.

Nicaragua ha decidido llevar esa discusi贸n hasta La Haya. Lo hizo en marzo de 2024, despu茅s de d茅cadas de v铆nculos con Palestina y despu茅s de haber utilizado anteriormente la misma Corte para enfrentarse jur铆dicamente a Estados Unidos. En 2026 ha vuelto a situar ante los jueces una cuesti贸n inc贸moda para cualquier sistema internacional que pretenda hacer valer unas mismas reglas para todos: si el derecho internacional establece obligaciones para los Estados, esas obligaciones deben ser examinadas tambi茅n cuando afectan a aliados estrat茅gicos y a transferencias de material militar.

La respuesta todav铆a no est谩 escrita. Primero tendr谩 que decidirla la Corte en relaci贸n con las objeciones preliminares de Alemania. Despu茅s, si el procedimiento contin煤a, llegar谩 el momento de discutir el fondo. Y solamente entonces podr谩 conocerse qu茅 establecer谩 jur铆dicamente la CIJ sobre las responsabilidades concretas denunciadas por Nicaragua.

Mientras tanto, Palestina sigue siendo una realidad viva, no un expediente. Y Nicaragua sigue sosteniendo ante la comunidad internacional que la solidaridad con el pueblo palestino no puede quedarse 煤nicamente en declaraciones. La pregunta que queda sobre la mesa ya no es solamente qu茅 ocurrir谩 con Nicaragua contra Alemania. La pregunta es qu茅 significa realmente el derecho internacional cuando quienes est谩n en juego son las vidas de miles de personas y cuando el mundo lleva a帽os reclamando que esa muerte termine.


Nicaragua contra Alemania en La Haya en defensa del pueblo Palestino: el proceso contin煤a…

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domingo, 20 de septiembre de 2026

La ONU entre expectativas y realidad

Por Fabrizio Casari

Por unos d铆as, el mundo vuelve a reunirse bajo el mismo techo. El 22 de septiembre comienza el debate de la 81.陋 Asamblea General de las Naciones Unidas, que se desarrollar谩 hasta el 29 de septiembre. El tema de esta sesi贸n es tan ambicioso como ret贸rico: «Restoring trust, managing transformation: a United Nations that delivers for all»: reconstruir la confianza, gestionar la transformaci贸n, hacer de la ONU una organizaci贸n capaz de actuar para todos.

Ser谩 la 煤ltima sesi贸n dirigida por Ant贸nio Guterres, cuyo mandato termina el 31 de diciembre de 2026. El proceso para elegir al pr贸ximo secretario general est谩 en curso y el nombramiento final requiere la recomendaci贸n del Consejo de Seguridad y, por tanto, de hecho, el acuerdo de las cinco potencias con derecho de veto.

Ucrania, Oriente Medio, Sud谩n y otras crisis estar谩n inevitablemente entre los principales temas de las intervenciones de los l铆deres y de las reuniones bilaterales. Cabe esperar sobre todo declaraciones pol铆ticas, m谩s que decisiones capaces de abrir v铆as decisivas para resolver las crisis internacionales.

Guerras, crisis energ茅tica y clim谩tica: la 81.陋 Asamblea General pondr谩 en escena todas las contradicciones de un orden internacional que ya no consigue gestionar sus propias crisis y que elige las guerras militares y comerciales, financieras y diplom谩ticas contra el Sur Global y el Este para mantenerse al frente del planeta.

La ONU llega a esta Asamblea con una paradoja evidente: ser铆a m谩s necesaria que nunca, pero parece m谩s d茅bil que nunca. Occidente, con la guerra en Ucrania por un lado y el genocidio de los palestinos y la expansi贸n colonial sionista por otro, demuestra su doble rasero respecto al Derecho Internacional: con los enemigos se aplica y con los amigos se interpreta.

El elefante en la habitaci贸n sigue siendo la cuesti贸n de las cuestiones: ¿c贸mo hacer eficaces a las Naciones Unidas en la prevenci贸n de las crisis, en su gesti贸n y en los procesos diplom谩ticos necesarios para reducir los conflictos?

El Consejo de Seguridad sigue condicionado por el derecho de veto de sus cinco miembros permanentes. Una parte creciente del mundo reclama que las instituciones internacionales reflejen finalmente los equilibrios del siglo XXI y no los de 1945. India, 脕frica, Am茅rica Latina, el mundo 谩rabe y muchas otras realidades desean una reforma de la representaci贸n internacional, y esta no puede considerarse una simple disputa diplom谩tica.

Como propon铆a la Reforma concebida por el padre Miguel D’Escoto Brockmann, nicarag眉ense y sandinista, durante el per铆odo en el que fue presidente de la Asamblea General (2008), solo una inversi贸n de los roles entre la Asamblea y el Consejo podr铆a proporcionar criterios de democracia y funcionalidad al futuro de la ONU. Es una cuesti贸n democr谩tica y, al mismo tiempo, de realismo pol铆tico.

Por eso, el tema de la Reforma de las Naciones Unidas, y en particular el de la relaci贸n entre la Asamblea General y el Consejo de Seguridad, debe ser incluido en la agenda lo antes posible. Si no por una cuesti贸n de justicia y de lectura objetiva de las transformaciones planetarias producidas despu茅s de Yalta, al menos por la evidencia palpable del estancamiento en el que se encuentra la organizaci贸n y que la hace, ante la prueba de los conflictos, completamente ineficaz.

La 81.陋 sesi贸n de los trabajos presenta tambi茅n una evidencia simb贸lica de su ineficacia: la prohibici贸n de participaci贸n en los trabajos impuesta por Estados Unidos a Mahmoud Abbas, presidente palestino. El episodio es mucho m谩s que un incidente diplom谩tico. Por tanto, seg煤n Estados Unidos, se puede hablar de Palestina, pero solo en ausencia de los palestinos.

La Asamblea General reaccion贸 autorizando a Abbas y a otros representantes palestinos de alto nivel a participar a distancia. La decisi贸n fue aprobada con 152 votos a favor, 3 en contra y 4 abstenciones.

Por tanto, por un lado, la ONU afirma que los representantes del Estado de Palestina deben poder participar en sus trabajos. Por otro, la sede de la Organizaci贸n se encuentra en el territorio de un Estado que puede impedirles llegar hasta ella. Pero si el acceso a la sede de la organizaci贸n universal depende de la voluntad del pa铆s que la alberga, ¿qu茅 autonom铆a le queda a la ONU?

Estados Unidos es el pa铆s anfitri贸n de la ONU, pero no es el «propietario» de la ONU ni tiene el poder de decidir qui茅n puede participar en sus trabajos. Asumi贸, mediante el Acuerdo de Sede de 1947 (Headquarters Agreement), obligaciones internacionales espec铆ficas precisamente para evitar que la jurisdicci贸n territorial impidiera a la ONU funcionar. El art铆culo XI se refiere al acceso al distrito de las Naciones Unidas: la obligaci贸n asumida por Estados Unidos es no imponer impedimentos al tr谩nsito hacia o desde la sede a las personas invitadas por la ONU para actividades oficiales.

Precisamente mientras el imperio unipolar de orientaci贸n anglosajona se encamina hacia la fase definitiva de su crisis pol铆tica, 茅tica, econ贸mica y militar, el papel de las Naciones Unidas deber铆a reconsiderarse como una urgencia hist贸rica.

Ochenta a帽os despu茅s del final de la Segunda Guerra Mundial, ante una tercera que corre el riesgo de pasar de escenarios regionales a escenarios globales, la pregunta decisiva que la ONU deber铆a plantearse es: ¿qu茅 arquitectura pol铆tica puede hacer posible una paz basada en los derechos, la seguridad y la autodeterminaci贸n?

Ucrania

Con respecto a Ucrania, la ONU se encuentra ante la contradicci贸n entre ambiciones occidentales y realidad. La guerra solo puede terminar mediante una combinaci贸n de alto el fuego, negociaci贸n, garant铆as de seguridad y acuerdos pol铆ticos, y la b煤squeda de una paz posible no puede dejar de contemplar algunas condiciones b谩sicas.

Occidente, que prepar贸, financi贸 y llev贸 adelante esta guerra por medio de los ucranianos, debe comprender que la expansi贸n hacia el Este de la OTAN ha terminado; que no puede pensar en declarar a Rusia como enemigo al que infligir una derrota estrat茅gica y despu茅s intentar rodearla sin que Mosc煤 reaccione; y que el tema de una arquitectura de seguridad euroasi谩tica debe abordarse tambi茅n y, sobre todo, teniendo en cuenta la seguridad que Rusia reclama.

Ir谩n

A煤n m谩s delicada ser谩 la cuesti贸n iran铆. La derrota militar de la coalici贸n entre Estados Unidos, Israel y Arabia Saud铆 est谩 determinando un escenario in茅dito y, al mismo tiempo, una grav铆sima crisis energ茅tica debido a la guerra, que mantiene cerrados los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb.

No existe ninguna posibilidad de acuerdo sin la salida de Estados Unidos de la zona que se extiende desde el mar Rojo hasta el golfo P茅rsico. Deben promoverse y apoyarse, en cambio, el acercamiento entre Riad y Teher谩n iniciado con la mediaci贸n china que permiti贸 la reanudaci贸n de las relaciones diplom谩ticas entre ambos pa铆ses, hoy los dos dentro del 谩rea de los BRICS.

El di谩logo entre Ir谩n, Arabia Saud铆, Om谩n y los Emiratos 脕rabes Unidos es necesario para devolver el golfo P茅rsico a la soberan铆a de los pa铆ses que lo habitan.

No solo guerras

El programa oficial de la Asamblea contiene cuestiones que est谩n lejos de ser secundarias: el derecho al desarrollo, la crisis clim谩tica y la transici贸n posible, el aumento del nivel del mar, la prevenci贸n de las pandemias, la lucha contra el racismo y el desarme nuclear, la atenci贸n a la IA, seguridad alimentaria, sanitaria, energ茅tica, clim谩tica y laboral.

Pero ¿qu茅 significa hablar de transici贸n ecol贸gica y de desarrollo si los pa铆ses con econom铆as emergentes son boicoteados por una red de sanciones y amenazas militares del Norte y aquellos de ellos m谩s endeudados que se ven obligados a destinar enormes recursos al servicio de la deuda en lugar de destinarlos a la sanidad y la educaci贸n? ¿Qu茅 significa prepararse para la pr贸xima pandemia si el acceso a los medicamentos y a las tecnolog铆as sigue siendo profundamente desigual?

Uno de los elementos m谩s importantes de la actual crisis de la ONU es la creciente distancia entre la arquitectura institucional del mundo y la realidad del propio mundo. ¿Qui茅n decide sobre las guerras? ¿Qui茅n decide sobre las sanciones? ¿Qui茅n decide sobre el uso de la fuerza? ¿Qui茅n puede bloquear una decisi贸n respaldada por la mayor铆a? Si la ONU debe sobrevivir, tarde o temprano tendr谩 que afrontar estas preguntas.

No es un tema que pueda posponerse indefinidamente. La tentaci贸n podr铆a ser mirar a la ONU 煤nicamente a trav茅s de sus contradicciones: las guerras que no consigue detener, los vetos del Consejo de Seguridad, las declaraciones que a menudo no producen consecuencias. Pero ser铆a un error concluir que, porque la ONU es imperfecta, es in煤til. Es exactamente lo contrario. Cuanto m谩s multipolar se vuelve el mundo, m谩s necesita instituciones comunes.

Necesita reformas profundas: una mayor representatividad del Consejo de Seguridad, el fortalecimiento de la Asamblea General, el respeto efectivo del derecho internacional, una financiaci贸n adecuada y una participaci贸n m谩s fuerte de los pa铆ses del Sur Global.

Nacida en un mundo de unos 4.000 millones de personas, hoy, cuando nos acercamos a los 8.000 millones, debe ser actualizada y revalorizada, ya que es, por definici贸n, el organismo que representa a toda la comunidad internacional.

Pero debe ser devuelta a una democratizaci贸n efectiva que, teniendo en cuenta el peso demogr谩fico, econ贸mico y territorial de sus miembros en los procesos de toma de decisiones, represente la expresi贸n pol铆tica del Sur Global y de todo ese mundo que emerge a pesar de que las botas imperiales intenten aplastar sus leg铆timas aspiraciones. Esta es la verdadera partida que se juega en Nueva York.

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Colombia: la larga guerra por la tierra, la riqueza y el poder

Por Javier Huerta

Una historia de violencia, exclusi贸n y excepcionalidad para comprender la Colombia de hoy

Del asesinato de Gait谩n al regreso de la mano dura: tierra, oligarqu铆a, capitalismo, militarizaci贸n y dependencia de Estados Unidos

Colombia vuelve a encontrarse ante una de esas encrucijadas hist贸ricas en las que la palabra democracia corre el riesgo de quedarse demasiado peque帽a para explicar la realidad. El pa铆s mantiene elecciones, Congreso, partidos, tribunales y una Constituci贸n que reconoce derechos fundamentales, pero detr谩s de esa arquitectura institucional permanece una historia marcada por la concentraci贸n de la tierra, la desigualdad econ贸mica, la violencia pol铆tica, el desplazamiento campesino, el paramilitarismo, el narcotr谩fico, la intervenci贸n estadounidense y la persecuci贸n de quienes han intentado construir una alternativa pol铆tica y social al poder tradicional. La llegada a la Presidencia de Abelardo de la Espriella el 7 de agosto de 2026 abre ahora una nueva etapa caracterizada por el fortalecimiento de las pol铆ticas de seguridad, la suspensi贸n de buena parte de las negociaciones con organizaciones armadas y un acercamiento especialmente estrecho a Estados Unidos. El propio Gobierno presenta este giro como una recuperaci贸n de la autoridad del Estado y de la seguridad nacional; desde otros sectores se advierte del riesgo de regresar a una l贸gica en la que el conflicto social y territorial se aborda fundamentalmente desde la militarizaci贸n. La cuesti贸n de fondo, sin embargo, es mucho m谩s profunda: ¿qu茅 democracia puede consolidarse cuando las estructuras econ贸micas y territoriales que alimentaron durante d茅cadas la violencia contin煤an sin resolverse?

Para entender la Colombia de 2026 hay que regresar necesariamente al 9 de abril de 1948, cuando el asesinato de Jorge Eli茅cer Gait谩n desencaden贸 el Bogotazo y abri贸 una de las etapas m谩s traum谩ticas de la historia contempor谩nea del pa铆s. Gait谩n hab铆a construido un discurso de movilizaci贸n popular que cuestionaba los privilegios de las 茅lites tradicionales y hablaba directamente a unas mayor铆as campesinas y trabajadoras excluidas del poder. Su asesinato no cre贸 por s铆 solo la violencia colombiana, pero se convirti贸 en el s铆mbolo de la ruptura de una posibilidad pol铆tica y en el comienzo de una etapa de enfrentamientos que acabar铆a con decenas de miles de muertos. La llamada La Violencia mostr贸 hasta qu茅 punto la disputa pol铆tica estaba entrelazada con la propiedad de la tierra y el control territorial. El posterior Frente Nacional, establecido entre liberales y conservadores entre 1958 y 1974, consigui贸 cerrar parcialmente la confrontaci贸n entre las dos grandes fuerzas tradicionales, pero lo hizo mediante un sistema de alternancia pactada que dej贸 fuera a buena parte de las fuerzas pol铆ticas y sociales que no encajaban en aquel acuerdo. En ese terreno de exclusi贸n nacieron y crecieron las guerrillas de las d茅cadas siguientes, entre ellas las FARC y el ELN, mientras el Estado desarrollaba una doctrina de seguridad profundamente influida por la l贸gica de la Guerra Fr铆a.

Pero reducir la historia colombiana a un enfrentamiento entre guerrillas y Estado ser铆a ocultar una parte fundamental del problema. La cuesti贸n agraria ha sido uno de los grandes motores estructurales del conflicto. El Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha documentado c贸mo la disputa por la tierra, el desplazamiento forzado, el despojo, la actuaci贸n de actores armados y las econom铆as ilegales se encuentran profundamente relacionados con la configuraci贸n territorial del pa铆s. Y los datos del 煤ltimo gran censo agropecuario analizado por Oxfam permiten observar la dimensi贸n de esa desigualdad: el 1 % de las explotaciones agr铆colas concentra el 81 % de la tierra, mientras el 99 % restante se reparte apenas el 19 %. Las explotaciones de menos de diez hect谩reas representan el 81 % del total, pero ocupan solamente el 5 % de la superficie. No se trata, por tanto, de una desigualdad abstracta. Se trata de qui茅n posee el suelo, qui茅n controla los territorios, qui茅n decide qu茅 se produce, qui茅n puede acceder al cr茅dito, qui茅n tiene capacidad para invertir y qui茅n puede permanecer en el campo. En una sociedad donde millones de campesinos han sufrido desplazamientos y donde la propiedad rural contin煤a extraordinariamente concentrada, la tierra sigue siendo una cuesti贸n econ贸mica, pol铆tica y de poder de clase.

Es en este escenario donde debe analizarse el fen贸meno paramilitar. Las estructuras paramilitares no fueron simplemente otro actor armado m谩s dentro de una guerra interminable. El Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha documentado su capacidad para convertirse en reguladores de la vida social y econ贸mica de numerosos territorios y ha se帽alado la necesidad de investigar sus v铆nculos con sectores estatales, pol铆ticos y econ贸micos legales, as铆 como el papel del narcotr谩fico y el despojo de tierras. En diferentes regiones, la violencia sirvi贸 para expulsar comunidades, destruir organizaciones campesinas, sindicales e ind铆genas, imponer controles territoriales y modificar las relaciones de propiedad. La historia colombiana demuestra as铆 que la violencia no siempre fue una anomal铆a al margen de la econom铆a: en determinados territorios se convirti贸 tambi茅n en un mecanismo para reorganizar el poder econ贸mico y social.

La tragedia de la Uni贸n Patri贸tica constituye otro cap铆tulo imprescindible. Surgida en el contexto de los intentos de negociaci贸n entre el Estado y las FARC durante los a帽os ochenta, la UP trat贸 de convertir la participaci贸n pol铆tica en una alternativa a la confrontaci贸n armada. El resultado fue uno de los episodios m谩s graves de persecuci贸n pol铆tica de la historia reciente colombiana: miles de militantes, dirigentes, candidatos y simpatizantes fueron asesinados, desaparecidos o expulsados de sus territorios. La experiencia dej贸 una herida que todav铆a condiciona la relaci贸n de amplios sectores de la izquierda colombiana con las instituciones. Porque para entender el concepto de “democracia en estado de sitio” no basta con preguntarse si existen elecciones. Hay que preguntarse tambi茅n qu茅 ocurre cuando una parte de la sociedad intenta organizarse pol铆ticamente para disputar el poder econ贸mico y territorial establecido.

Durante las d茅cadas siguientes, el narcotr谩fico, la expansi贸n paramilitar y la insurgencia contribuyeron a profundizar una guerra que dej贸 millones de v铆ctimas. Y en ese escenario apareci贸 con enorme fuerza otro protagonista: Estados Unidos. Plan Colombia, presentado como una estrategia contra el narcotr谩fico y posteriormente vinculado tambi茅n a la lucha contrainsurgente y al fortalecimiento institucional, convirti贸 a Colombia en uno de los principales receptores de asistencia estadounidense en Am茅rica Latina. Seg煤n el Congressional Research Service, entre los a帽os fiscales 2000 y 2016 la financiaci贸n estadounidense vinculada a Plan Colombia y sus estrategias posteriores super贸 los 10.000 millones de d贸lares a trav茅s de programas del Departamento de Estado y del Departamento de Defensa. Para Washington, Colombia se convirti贸 en un socio estrat茅gico en materia de seguridad regional. Para numerosos sectores cr铆ticos, aquella relaci贸n consolid贸 una concepci贸n militarizada de los problemas sociales y pol铆ticos colombianos. En cualquier caso, los datos permiten afirmar que la relaci贸n militar y estrat茅gica entre ambos Estados no es una circunstancia coyuntural de 2026: tiene m谩s de dos d茅cadas de continuidad.

La Constituci贸n de 1991 abri贸 una nueva etapa y reconoci贸 derechos, mecanismos de participaci贸n y una concepci贸n m谩s amplia del Estado social de derecho. Sin embargo, la nueva arquitectura constitucional convivi贸 con la persistencia de la violencia, la desigualdad territorial y la expansi贸n de las econom铆as ilegales. El Acuerdo de Paz firmado en 2016 entre el Estado y las FARC volvi贸 a colocar la cuesti贸n agraria en el centro del debate mediante la Reforma Rural Integral y abri贸 una oportunidad hist贸rica para atacar algunas de las causas estructurales del conflicto. Pero la implementaci贸n fue lenta, desigual y objeto de fuertes disputas pol铆ticas. Mientras tanto, numerosos firmantes de la paz y dirigentes sociales continuaron siendo asesinados.

La llegada de Gustavo Petro a la Presidencia en 2022, primer presidente procedente de la izquierda en la historia contempor谩nea del pa铆s, modific贸 el escenario pol铆tico. Su proyecto de “paz total”, las reformas sociales y la apuesta por avanzar en la distribuci贸n y formalizaci贸n de tierras representaron una ruptura respecto a d茅cadas de predominio de los sectores tradicionales. Esa ruptura, sin embargo, no signific贸 la desaparici贸n de las estructuras econ贸micas que hab铆an condicionado hist贸ricamente al Estado colombiano. El Gobierno Petro tuvo que desenvolverse dentro de un aparato estatal complejo, enfrent贸 oposici贸n pol铆tica, conflictos institucionales y problemas de gesti贸n y tampoco logr贸 resolver las m煤ltiples violencias territoriales. No hubo una transformaci贸n revolucionaria de las relaciones de propiedad, sino un intento de reforma desde las instituciones existentes. Precisamente por eso resulta importante no confundir la experiencia del primer Gobierno de izquierda con la desaparici贸n del poder econ贸mico de las 茅lites tradicionales.

Uno de los terrenos donde esa disputa puede observarse con mayor claridad es precisamente la tierra. En los 煤ltimos d铆as del Gobierno Petro, la Agencia Nacional de Tierras inform贸 de la entrega o formalizaci贸n de m谩s de 61.000 hect谩reas en 25 departamentos, destinadas a campesinos, comunidades ind铆genas, afrodescendientes y organizaciones pesqueras. M谩s all谩 de la valoraci贸n pol铆tica que pueda hacerse de aquella pol铆tica, el dato demuestra que la cuesti贸n agraria segu铆a siendo una de las grandes batallas pendientes cuando termin贸 el mandato. El nuevo Gobierno recibe, por tanto, un pa铆s donde la propiedad de la tierra contin煤a extraordinariamente concentrada y donde cualquier reforma territorial afecta directamente a intereses econ贸micos consolidados.

Sobre ese escenario lleg贸 al poder Abelardo de la Espriella, con un discurso centrado en seguridad, autoridad, lucha contra el narcotr谩fico, control territorial y fortalecimiento de las fuerzas de seguridad. Durante sus primeras semanas de Gobierno, la seguridad pas贸 a ocupar un lugar central en la comunicaci贸n oficial, mientras se fueron abandonando las mesas de negociaci贸n abiertas durante la etapa anterior. El cambio no es solamente discursivo. El 19 de septiembre, El Pa铆s describ铆a la nueva etapa como un abandono de la pol铆tica de “paz total” en favor de una estrategia de mayor confrontaci贸n militar, respaldada por el nuevo marco de seguridad impulsado junto a Estados Unidos. Seg煤n esa informaci贸n, se han cerrado mesas con grupos como disidencias de las FARC, Clan del Golfo y Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, mientras el Gobierno plantea una ley de “acogimiento” basada en el sometimiento a la justicia y no en una negociaci贸n pol铆tica.

La violencia contra quienes ejercen liderazgo social tampoco desapareci贸 con el cambio presidencial. El registro de INDEPAZ contabilizaba, con corte al 11 de septiembre de 2026, 108 l铆deres, lideresas y defensores de derechos humanos asesinados durante el a帽o, 89 masacres y 11 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Desde enero de 2016 hasta esa misma fecha, el acumulado registrado por el organismo ascend铆a a 1.998 l铆deres y defensores asesinados, 783 masacres y 524 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Estos n煤meros no permiten atribuir autom谩ticamente al Gobierno iniciado en agosto todos los asesinatos ocurridos durante 2026, pero s铆 muestran la dimensi贸n de una violencia estructural que el nuevo Ejecutivo ha heredado y que ahora pretende abordar prioritariamente desde una pol铆tica de seguridad m谩s dura.

El giro adquiere todav铆a mayor dimensi贸n cuando se observa la relaci贸n con Washington. El 8 de septiembre de 2026, despu茅s de reunirse con el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, De la Espriella declar贸 que Colombia quer铆a consolidarse nuevamente como “principal socio de seguridad hemisf茅rica” de Estados Unidos. En ese encuentro propuso desarrollar el denominado “Plan Patriota Siglo XXI”, que incluye la modernizaci贸n de aviones, radares, drones, helic贸pteros, sistemas antidrones, defensa a茅rea, movilidad, inteligencia, ciberdefensa y fuerzas especiales. El 13 de septiembre, la propia Presidencia present贸 los acuerdos alcanzados con Estados Unidos bajo la denominaci贸n de “Acuerdos de Barranquilla”, articulados alrededor de tres objetivos: “reconstruir la patria, recuperar la econom铆a y blindar el hemisferio”. La Presidencia ha definido esta nueva relaci贸n como una asociaci贸n estrat茅gica y ha reivindicado expl铆citamente la alianza hist贸rica entre ambos pa铆ses.

Desde una lectura antiimperialista, la importancia de estos acontecimientos no reside 煤nicamente en qui茅n ocupa actualmente la Casa de Nari帽o. Lo fundamental es observar la continuidad hist贸rica: Plan Colombia ayer, nuevas estructuras de cooperaci贸n militar hoy; dependencia estrat茅gica de Washington ayer, “principal socio de seguridad” hoy. Cambian los nombres, las tecnolog铆as y los escenarios geopol铆ticos, pero permanece la centralidad de Colombia dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense en Am茅rica Latina. El debate, por tanto, no deber铆a limitarse a determinar si un determinado avi贸n, radar o sistema de inteligencia es eficaz contra una organizaci贸n armada. Tambi茅n debe preguntarse qu茅 modelo de Estado y de relaciones internacionales se est谩 construyendo, qu茅 recursos p煤blicos se destinan a la seguridad frente a las necesidades sociales y hasta qu茅 punto las prioridades estrat茅gicas de Washington terminan condicionando las pol铆ticas nacionales.

Existe adem谩s un elemento que puede parecer secundario, pero que tiene una enorme importancia democr谩tica: el control de la informaci贸n y de los aparatos de inteligencia del Estado. El antiguo Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, arrastra una historia de interceptaciones ilegales, persecuci贸n y abusos que todav铆a forma parte de la memoria pol铆tica colombiana. La cuesti贸n de sus archivos vuelve ahora a cobrar actualidad precisamente cuando el nuevo Gobierno controla esos fondos documentales. Su apertura, conservaci贸n y tratamiento son fundamentales para conocer episodios todav铆a no esclarecidos y para garantizar que la memoria de las v铆ctimas no quede subordinada a los intereses pol铆ticos de cada Gobierno. La democracia no consiste 煤nicamente en celebrar elecciones; tambi茅n significa permitir que una sociedad pueda conocer qu茅 hicieron sus instituciones cuando actuaron clandestinamente contra ciudadanos, organizaciones sociales, periodistas o adversarios pol铆ticos.

Incluso las primeras decisiones institucionales del nuevo Ejecutivo muestran que la disputa por el control del Estado no se limita al terreno militar. La destituci贸n del director del DANE, Ricardo Valencia, apenas tres semanas despu茅s de su nombramiento, abri贸 un debate sobre la autonom铆a t茅cnica del organismo estad铆stico. El Gobierno argument贸 que Valencia incumpli贸 directrices presidenciales sobre comunicaci贸n p煤blica, mientras que antiguos responsables del DANE cuestionaron las posibles consecuencias para la independencia y credibilidad de la instituci贸n. En un pa铆s donde las cifras de empleo, pobreza, desigualdad y crecimiento tienen una importancia decisiva para evaluar las pol铆ticas p煤blicas, la autonom铆a de los organismos que producen informaci贸n oficial constituye tambi茅n una cuesti贸n democr谩tica.

Todo esto permite comprender mejor qu茅 puede significar hablar de “democracia en estado de sitio” en Colombia. No significa afirmar que el pa铆s haya dejado de ser formalmente una democracia ni que exista una dictadura cl谩sica. Significa se帽alar una contradicci贸n hist贸rica: instituciones democr谩ticas que conviven con enormes desigualdades materiales; elecciones que se celebran mientras dirigentes sociales son asesinados; derechos constitucionales que coexisten con comunidades desplazadas; una econom铆a moderna que convive con una concentraci贸n extraordinaria de la propiedad rural; y un Estado que proclama soberan铆a mientras mantiene una alianza militar y estrat茅gica extraordinariamente estrecha con la principal potencia mundial.

La cuesti贸n de fondo vuelve as铆 al lugar donde comenz贸 buena parte de esta historia: la tierra y el poder. Mientras el 1 % de las explotaciones controle el 81 % de la tierra agr铆cola, mientras existan comunidades campesinas e ind铆genas disputando el control de sus territorios, mientras las econom铆as ilegales compitan con el Estado por corredores estrat茅gicos y mientras los grandes intereses econ贸micos tengan una capacidad de influencia muy superior a la de millones de trabajadores y campesinos, la violencia colombiana no podr谩 explicarse 煤nicamente como un problema policial o militar. El propio Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha se帽alado la relaci贸n hist贸rica entre tierra, conflicto, actores armados, narcotr谩fico, desplazamiento y despojo.

Por eso, la nueva etapa abierta con De la Espriella plantea una pregunta que va mucho m谩s all谩 de las cifras diarias de capturas, incautaciones o operaciones militares. ¿Puede resolverse una crisis hist贸rica de desigualdad y exclusi贸n mediante una pol铆tica basada fundamentalmente en la fuerza? La respuesta depender谩 de qu茅 otras pol铆ticas acompa帽en a esa estrategia: reforma rural, empleo digno, educaci贸n p煤blica, sanidad, vivienda, presencia civil del Estado, protecci贸n efectiva de las comunidades y garant铆as para la participaci贸n pol铆tica. Si la seguridad se convierte 煤nicamente en militarizaci贸n, el riesgo es volver a reproducir una vieja din谩mica en la que las causas sociales del conflicto quedan ocultas detr谩s de la respuesta armada.

Colombia ha demostrado durante d茅cadas que la violencia puede modificar gobiernos, territorios y relaciones de poder, pero tambi茅n que la violencia por s铆 sola nunca ha resuelto las contradicciones que la alimentan. La historia de Gait谩n, de La Violencia, del Frente Nacional, de las guerrillas, del paramilitarismo, de la Uni贸n Patri贸tica, de Plan Colombia y del Acuerdo de Paz forma parte de una misma secuencia hist贸rica en la que la disputa por la tierra, la riqueza y el poder pol铆tico ha sido una constante. El nuevo Gobierno puede cambiar las prioridades del Estado, reforzar la alianza con Washington y apostar por una estrategia de mayor confrontaci贸n, pero ninguna de esas decisiones elimina las estructuras que dieron origen a buena parte del conflicto.

Y ah铆 se encuentra probablemente la verdadera batalla democr谩tica de Colombia: no solamente qui茅n gobierna desde Bogot谩, sino qui茅n tiene capacidad real para decidir sobre la tierra, la riqueza, los territorios y el futuro del pa铆s. Una democracia que pueda ser ejercida plenamente por campesinos, trabajadores, pueblos ind铆genas, comunidades afrodescendientes, estudiantes, organizaciones populares y movimientos sociales exige algo m谩s que depositar una papeleta cada cuatro a帽os. Exige que organizarse no sea una sentencia de muerte, que reclamar tierra no convierta a nadie en objetivo, que defender el territorio no sea considerado una amenaza y que la soberan铆a nacional no quede subordinada a las necesidades estrat茅gicas de ninguna potencia.

La historia colombiana demuestra que cada vez que una parte de la sociedad ha intentado transformar esas relaciones de poder, la respuesta de los sectores dominantes ha sido intensa. Tambi茅n demuestra que las sociedades cambian cuando las mayor铆as dejan de aceptar que la desigualdad, la violencia y la exclusi贸n sean consideradas parte inevitable del paisaje. La Colombia de 2026 vuelve a encontrarse ante esa contradicci贸n: una democracia formalmente viva, pero atravesada por desigualdades y violencias que cuestionan su contenido real. Lo que est谩 en juego no es solamente la pol铆tica de seguridad de un nuevo presidente, sino el tipo de sociedad que Colombia quiere construir despu茅s de d茅cadas de guerra, concentraci贸n de la riqueza, intervenci贸n extranjera y resistencia popular.

En ese sentido, la pregunta fundamental contin煤a siendo la misma que atraviesa toda la historia contempor谩nea colombiana: ¿democracia para qui茅n, seguridad para qui茅n y propiedad de qui茅n?




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s谩bado, 19 de septiembre de 2026

Los Vargas Llosa, el fujimorismo y el nuevo Per煤 de Trump: cuando el neoliberalismo se encuentra con la ultraderecha

Por Javier Huerta


Hay apellidos que forman parte de la historia pol铆tica de un pa铆s hasta el punto de convertirse en aut茅nticos s铆mbolos de una determinada 茅poca. En el Per煤 contempor谩neo, Vargas Llosa y Fujimori representan dos de esos apellidos. Durante d茅cadas estuvieron enfrentados y llegaron a encarnar proyectos pol铆ticos que parec铆an irreconciliables dentro del campo de la derecha peruana. En 1990, Mario Vargas Llosa concurri贸 a las elecciones presidenciales al frente del Frente Democr谩tico, defendiendo un programa de profundas reformas econ贸micas basado en la liberalizaci贸n, la apertura de la econom铆a y una reducci贸n sustancial de la intervenci贸n del Estado. Frente a 茅l apareci贸 Alberto Fujimori, un candidato hasta entonces pr谩cticamente desconocido para buena parte de las 茅lites pol铆ticas y econ贸micas del pa铆s, que acabar铆a imponi茅ndose en las urnas. Lo que vino despu茅s marcar铆a profundamente la historia peruana: el autogolpe de 1992, la concentraci贸n del poder, la corrupci贸n y las graves violaciones de derechos humanos cometidas durante su r茅gimen. Vargas Llosa se convirti贸 entonces en uno de los principales adversarios intelectuales del fujimorismo. Sin embargo, tres d茅cadas despu茅s, aquella antigua frontera pol铆tica se ha desdibujado hasta pr谩cticamente desaparecer. El hijo del hombre que se enfrent贸 electoralmente a Alberto Fujimori se prepara ahora para representar en Washington al Gobierno de su hija, Keiko Fujimori, precisamente cuando Lima estrecha sus relaciones pol铆ticas y de seguridad con la Administraci贸n de Donald Trump.

La evoluci贸n pol铆tica de Mario Vargas Llosa ayuda a comprender c贸mo se ha producido este desplazamiento. El escritor no comenz贸 su trayectoria en la derecha. Durante su juventud mantuvo posiciones de izquierda y lleg贸 a simpatizar con la Revoluci贸n cubana, pero su posterior ruptura con el castrismo y su evoluci贸n intelectual le llevaron hacia el liberalismo pol铆tico y econ贸mico. A partir de los a帽os ochenta se convirti贸 en uno de los principales defensores latinoamericanos de las pol铆ticas de mercado, la propiedad privada, la reducci贸n del papel econ贸mico del Estado y la apertura de las econom铆as nacionales. Su candidatura presidencial de 1990 fue la expresi贸n pol铆tica de esa transformaci贸n. A partir de entonces, Vargas Llosa pas贸 a ser una de las figuras intelectuales m谩s influyentes del liberalismo latinoamericano, participando activamente en los debates pol铆ticos de la regi贸n y respaldando durante a帽os proyectos que defend铆an la aplicaci贸n de pol铆ticas econ贸micas neoliberales. Pero aquella evoluci贸n continuar铆a. Con el paso del tiempo, su oposici贸n a la izquierda fue adquiriendo una importancia cada vez mayor y sus alianzas pol铆ticas comenzaron a aproximarle a sectores conservadores que ya no representaban 煤nicamente el viejo liberalismo econ贸mico. Su apoyo a Jair Bolsonaro en Brasil, a Jos茅 Antonio Kast en Chile y a otras candidaturas de la derecha radical latinoamericana mostr贸 hasta qu茅 punto hab铆a cambiado el espacio pol铆tico en el que se mov铆a. Lo significativo no es solamente la trayectoria individual del escritor, sino un fen贸meno mucho m谩s amplio: una parte del antiguo liberalismo latinoamericano ha terminado encontrando espacios de coincidencia con las nuevas derechas radicales, incorporando a su defensa del mercado posiciones mucho m谩s duras en materia de seguridad, inmigraci贸n, identidad, orden p煤blico y confrontaci贸n con la izquierda.

El cambio resulta especialmente revelador cuando se observa la relaci贸n con el fujimorismo. Durante a帽os Vargas Llosa sostuvo una oposici贸n frontal a Alberto Fujimori y posteriormente a su hija Keiko. Sin embargo, en 2021, ante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo, el escritor pidi贸 votar por la candidata de Fuerza Popular. El argumento utilizado entonces fue que, frente a Castillo, hab铆a que optar por Fujimori como alternativa para impedir el avance de la izquierda. Aquella decisi贸n cerr贸 una de las grandes contradicciones de su trayectoria pol铆tica: quien hab铆a construido buena parte de su identidad p煤blica enfrent谩ndose al fujimorismo termin贸 respaldando electoralmente a su principal heredera pol铆tica. Despu茅s de su muerte, esa aproximaci贸n no desapareci贸 con 茅l. 脕lvaro Vargas Llosa asumi贸 p煤blicamente el respaldo a Keiko Fujimori durante las elecciones de 2026, llegando a sostener que su padre probablemente tambi茅n habr铆a apoyado su candidatura. El movimiento adquiri贸 una dimensi贸n institucional cuando Keiko Fujimori anunci贸 que 脕lvaro Vargas Llosa ser铆a propuesto como embajador del Per煤 en Estados Unidos. Si el proceso diplom谩tico culmina formalmente, ser谩 precisamente el hijo de aquel candidato presidencial que en 1990 se enfrent贸 a Alberto Fujimori quien representar谩 en Washington al Gobierno de la hija de su antiguo adversario.

La fotograf铆a pol铆tica adquiere todav铆a mayor significado por el momento en que se produce. El anuncio del futuro embajador coincide con una ofensiva diplom谩tica del Gobierno peruano para estrechar sus relaciones con Estados Unidos y con la visita a Lima del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio. Durante esa visita, Keiko Fujimori confirm贸 la incorporaci贸n del Per煤 al denominado Escudo de las Am茅ricas, iniciativa promovida por Washington para reforzar la cooperaci贸n entre distintos gobiernos del continente en materia de seguridad y lucha contra las organizaciones criminales transnacionales. La medida ha sido presentada por el Gobierno peruano como una respuesta necesaria ante el crecimiento del crimen organizado y como una forma de mejorar la cooperaci贸n internacional, pero se produce dentro de un contexto geopol铆tico mucho m谩s amplio. La Administraci贸n Trump est谩 tratando de recuperar espacio pol铆tico y estrat茅gico en Am茅rica Latina, al mismo tiempo que observa con creciente preocupaci贸n la expansi贸n de la presencia econ贸mica de China en la regi贸n. Per煤 ocupa una posici贸n especialmente importante en esta disputa debido a sus relaciones comerciales con China y a la importancia estrat茅gica adquirida por el puerto de Chancay. De esta manera, la nueva relaci贸n con Washington no puede contemplarse 煤nicamente desde la perspectiva de la lucha contra el narcotr谩fico o la delincuencia: forma parte tambi茅n de una pugna por la influencia econ贸mica, pol铆tica y estrat茅gica en el Pac铆fico latinoamericano.

El Gobierno de Keiko Fujimori est谩 construyendo buena parte de su discurso alrededor de la seguridad y de la necesidad de recuperar la autoridad del Estado frente al crimen organizado. En un pa铆s que arrastra una profunda crisis institucional y una percepci贸n creciente de inseguridad, ese discurso encuentra un terreno especialmente favorable. El problema aparece cuando la respuesta a la criminalidad comienza a traducirse en una ampliaci贸n permanente de las facultades de las fuerzas de seguridad, una reducci贸n de los controles sobre su actuaci贸n o una utilizaci贸n cada vez m谩s amplia de instrumentos excepcionales. En julio de 2026, por ejemplo, fue promulgada una reforma que ampl铆a la competencia de la justicia militar y policial sobre determinados delitos cometidos por integrantes de las Fuerzas Armadas y la Polic铆a, incluso en circunstancias que afectan a civiles. Organizaciones como Amnist铆a Internacional y Human Rights Watch han expresado preocupaci贸n por las consecuencias que este tipo de reformas pueden tener para la investigaci贸n y persecuci贸n de posibles violaciones de derechos humanos. La Comisi贸n Interamericana de Derechos Humanos tambi茅n ha advertido sobre actuaciones que pueden afectar a la independencia judicial. Estas advertencias adquieren un significado especial en Per煤 porque la historia reciente del pa铆s est谩 marcada precisamente por los abusos cometidos bajo gobiernos que utilizaron la lucha contra el terrorismo y la defensa del orden p煤blico como justificaci贸n para ampliar el poder de los aparatos estatales de seguridad.

No se trata de negar la existencia del crimen organizado ni la necesidad de combatirlo. Per煤 se enfrenta a problemas reales de violencia, narcotr谩fico, extorsi贸n y penetraci贸n de organizaciones criminales, y cualquier gobierno tiene la obligaci贸n de proteger a la poblaci贸n. La cuesti贸n pol铆tica es otra: qu茅 instrumentos utiliza el Estado para hacerlo y cu谩les son los l铆mites que est谩 dispuesto a respetar. La experiencia hist贸rica demuestra que la seguridad puede convertirse en una herramienta pol铆tica extraordinariamente poderosa cuando se presenta como una cuesti贸n absoluta frente a la cual cualquier garant铆a democr谩tica aparece como un obst谩culo. Ese fue uno de los mecanismos utilizados durante el fujimorismo de los a帽os noventa, aunque el contexto actual sea diferente y no pueda establecerse una equivalencia autom谩tica entre ambos periodos. Precisamente por ello resulta necesario observar con atenci贸n la evoluci贸n de las instituciones, el papel concedido a las Fuerzas Armadas y a la Polic铆a, las reformas judiciales y la utilizaci贸n pol铆tica del discurso de la mano dura.

El paralelismo con la experiencia fujimorista tampoco puede reducirse a la cuesti贸n de la seguridad. Existe una dimensi贸n econ贸mica que resulta fundamental para comprender la continuidad de determinadas pol铆ticas. El r茅gimen de Alberto Fujimori consolid贸 en los a帽os noventa un modelo econ贸mico basado en la apertura de los mercados, las privatizaciones, la reducci贸n de la intervenci贸n estatal y la atracci贸n de capital extranjero. Aquel proceso transform贸 profundamente la econom铆a peruana y dej贸 una estructura neoliberal que, con diferentes gobiernos y matices, ha sobrevivido durante d茅cadas. Las fuerzas pol铆ticas que se han sucedido en el poder han discutido sobre numerosas cuestiones, pero el modelo econ贸mico fundamental ha demostrado una extraordinaria capacidad de permanencia. El debate actual se desarrolla, por tanto, sobre una estructura que contin煤a concediendo un enorme peso a la inversi贸n privada y al mercado, mientras amplios sectores sociales siguen reclamando respuestas frente a la desigualdad, la precariedad y la debilidad de los servicios p煤blicos. El neoliberalismo no desapareci贸 con Fujimori; se convirti贸 en parte estructural del sistema pol铆tico y econ贸mico peruano.

Lo que est谩 cambiando ahora es la forma de proteger y reforzar ese modelo en un contexto pol铆tico mucho m谩s polarizado. Las derechas latinoamericanas de las 煤ltimas d茅cadas han aprendido que ya no basta con defender las privatizaciones, la liberalizaci贸n econ贸mica o la reducci贸n del Estado. Las nuevas derechas incorporan un discurso mucho m谩s agresivo contra la izquierda, los movimientos sociales y las pol铆ticas redistributivas, al tiempo que convierten la seguridad, la autoridad y la defensa del orden en elementos centrales de su identidad. Es una combinaci贸n que puede observarse, con caracter铆sticas diferentes, en varios pa铆ses de la regi贸n y que mantiene una relaci贸n cada vez m谩s estrecha con determinadas corrientes de la derecha estadounidense. En este nuevo escenario, Trump no representa simplemente una referencia electoral para los conservadores latinoamericanos, sino un modelo pol铆tico que combina nacionalismo, proteccionismo selectivo, confrontaci贸n con la izquierda, endurecimiento de las pol铆ticas migratorias, fortalecimiento del aparato de seguridad y una pol铆tica exterior destinada a recuperar la primac铆a estadounidense en el hemisferio.

La Administraci贸n Trump est谩 intentando reconstruir precisamente esa influencia. La seguridad constituye uno de los instrumentos principales, pero detr谩s de ella existe una agenda geopol铆tica m谩s amplia. Washington quiere fortalecer sus alianzas con gobiernos considerados pr贸ximos, aumentar la cooperaci贸n militar y policial, contener la influencia de China y recuperar capacidad de intervenci贸n pol铆tica en una regi贸n donde durante las 煤ltimas d茅cadas otros actores han ganado espacio. La nueva pol铆tica estadounidense hacia Am茅rica Latina est谩 encontrando interlocutores especialmente receptivos entre los gobiernos de derecha que comparten la preocupaci贸n por la expansi贸n de China y que consideran la cooperaci贸n con Estados Unidos una herramienta para combatir el crimen organizado. La incorporaci贸n de Per煤 al Escudo de las Am茅ricas encaja en esa estrategia y sit煤a a Lima dentro de una red de cooperaci贸n regional impulsada directamente desde Washington.

La cuesti贸n de China resulta especialmente relevante para entender el inter茅s estadounidense por Per煤. Durante los 煤ltimos a帽os, China se ha convertido en uno de los principales socios comerciales del pa铆s y su presencia en infraestructuras estrat茅gicas ha crecido considerablemente. El puerto de Chancay, construido con participaci贸n de la empresa china COSCO Shipping Ports, es el ejemplo m谩s visible. Para Per煤, la relaci贸n econ贸mica con China tiene una importancia indiscutible; para Washington, la expansi贸n de la presencia china en el Pac铆fico sudamericano constituye un desaf铆o estrat茅gico. El Gobierno de Keiko Fujimori no ha roto sus relaciones econ贸micas con Pek铆n, pero su decisi贸n de profundizar el v铆nculo pol铆tico y de seguridad con Estados Unidos introduce una nueva dimensi贸n en el equilibrio internacional peruano. La disputa entre Washington y Pek铆n se proyecta as铆 sobre un pa铆s que se encuentra en una posici贸n econ贸mica y geogr谩fica especialmente sensible.

En este escenario es donde el nombramiento de 脕lvaro Vargas Llosa adquiere un significado que va mucho m谩s all谩 de su condici贸n de embajador. Su trayectoria familiar representa una parte de la evoluci贸n de las 茅lites intelectuales de la derecha latinoamericana: del liberalismo cl谩sico al neoliberalismo y, posteriormente, a una aproximaci贸n cada vez mayor a las nuevas derechas conservadoras. Su llegada a Washington como representante de un Gobierno fujimorista que est谩 estrechando sus v铆nculos con Trump convierte esa evoluci贸n en una imagen pol铆tica dif铆cil de ignorar. El apellido Vargas Llosa, que durante d茅cadas fue asociado a la oposici贸n al fujimorismo, aparece ahora integrado en el proyecto internacional del nuevo fujimorismo. La contradicci贸n hist贸rica no es menor, porque revela hasta qu茅 punto las antiguas divisiones dentro de la derecha peruana han quedado subordinadas a una nueva confrontaci贸n pol铆tica en la que el principal enemigo com煤n es la izquierda y en la que la alianza con Washington vuelve a ocupar un lugar central.

Esta transformaci贸n tambi茅n obliga a revisar una idea que durante mucho tiempo se present贸 como incuestionable: que liberalismo econ贸mico y autoritarismo pol铆tico pertenecen necesariamente a campos diferentes. La historia latinoamericana demuestra que pueden coexistir y que, en determinados momentos, las 茅lites econ贸micas pueden considerar 煤til un Estado fuerte para garantizar la estabilidad del modelo econ贸mico. Eso no significa que todo liberal sea autoritario ni que cualquier gobierno que defienda pol铆ticas de mercado termine necesariamente recurriendo a pr谩cticas autoritarias. Significa que la defensa del mercado y la defensa de las libertades pol铆ticas no son autom谩ticamente la misma cosa, y que la experiencia peruana de los a帽os noventa constituye uno de los ejemplos m谩s claros de c贸mo ambas dimensiones pueden separarse.

El Per煤 actual se encuentra ante una situaci贸n diferente, pero algunas de aquellas tensiones vuelven a aparecer bajo nuevas formas. El Gobierno de Keiko Fujimori combina la defensa de un modelo econ贸mico consolidado durante d茅cadas con un discurso de autoridad y seguridad cada vez m谩s marcado, mientras refuerza su relaci贸n estrat茅gica con Estados Unidos. En paralelo, distintos organismos internacionales han expresado preocupaci贸n por determinadas reformas relacionadas con la justicia, las fuerzas de seguridad y la independencia institucional. No ser铆a correcto afirmar que todas estas medidas convierten autom谩ticamente al Per煤 en una dictadura ni que el pa铆s reproduce exactamente el r茅gimen de Alberto Fujimori. Pero tampoco resulta razonable ignorar las se帽ales que generan preocupaci贸n cuando el fortalecimiento del poder ejecutivo, la ampliaci贸n de las competencias de las fuerzas de seguridad y el debilitamiento de determinados controles institucionales aparecen simult谩neamente.

La historia de los Vargas Llosa permite observar esta transformaci贸n desde una perspectiva particularmente reveladora. Mario Vargas Llosa pas贸 de la izquierda de su juventud al liberalismo y termin贸 apoyando a candidatos situados en la derecha radical. Despu茅s de su muerte, su hijo 脕lvaro se ha convertido en uno de los apoyos p煤blicos de Keiko Fujimori y est谩 llamado a ocupar un puesto clave en Washington. Mientras tanto, la presidenta peruana profundiza la relaci贸n con una Administraci贸n estadounidense que est谩 tratando de reorganizar las alianzas pol铆ticas y de seguridad del continente. Lo que hace treinta a帽os parec铆a una contradicci贸n —Vargas Llosa y Fujimori enfrentados— hoy aparece como una convergencia pol铆tica dentro de una derecha peruana que ha cambiado profundamente.

No estamos simplemente ante la historia de una familia ni ante una reconciliaci贸n entre dos viejos adversarios. Lo que se est谩 produciendo es una transformaci贸n de las derechas latinoamericanas en la que el viejo programa neoliberal permanece, pero se combina cada vez m谩s con discursos de orden, seguridad, nacionalismo y confrontaci贸n frontal con la izquierda. El fujimorismo peruano se inserta en esa corriente mientras busca estrechar sus relaciones con Washington y participar en la arquitectura de seguridad que la Administraci贸n Trump est谩 impulsando en Am茅rica Latina. Y los Vargas Llosa, que durante d茅cadas representaron una de las expresiones intelectuales m谩s conocidas del liberalismo latinoamericano, han terminado ocupando un espacio dentro de esa misma convergencia.

Per煤 vuelve as铆 a convertirse en un laboratorio pol铆tico de enorme importancia para Am茅rica Latina. El pa铆s deber谩 afrontar simult谩neamente la inseguridad, la desigualdad, la crisis de representaci贸n, la debilidad de sus instituciones y la presi贸n de una disputa geopol铆tica cada vez m谩s intensa entre Estados Unidos y China. La respuesta que est谩 ofreciendo el Gobierno de Keiko Fujimori pasa por reforzar la seguridad, consolidar el modelo econ贸mico heredado del ciclo neoliberal y estrechar la alianza con Washington. El problema que queda abierto es si ese camino permitir谩 resolver las profundas fracturas sociales del pa铆s o si terminar谩 profundizando un modelo en el que la autoridad del Estado se fortalece mientras las causas sociales de la desigualdad y la exclusi贸n permanecen intactas.

La fotograf铆a de este nuevo Per煤 resulta, en ese sentido, tremendamente significativa. Keiko Fujimori ocupa la Presidencia; Marco Rubio llega a Lima para reforzar la cooperaci贸n con Washington; Trump intenta recuperar el control estrat茅gico de Am茅rica Latina; China mantiene una posici贸n econ贸mica fundamental en el pa铆s; y 脕lvaro Vargas Llosa se prepara para representar al Gobierno peruano ante Estados Unidos. Los protagonistas han cambiado respecto a 1990, pero los grandes conflictos contin煤an atravesando la pol铆tica peruana: neoliberalismo frente a demandas sociales, seguridad frente a derechos, soberan铆a frente a dependencia y un pa铆s situado en medio de una disputa geopol铆tica que vuelve a convertir a Am茅rica Latina en un escenario prioritario para Washington.

Y quiz谩 sea precisamente ah铆 donde se encuentre la mayor paradoja de esta historia. El apellido Vargas Llosa naci贸 pol铆ticamente enfrentado al fujimorismo y termina formando parte de su nueva arquitectura de poder internacional. Aquella derecha que en otros tiempos aparec铆a dividida entre liberalismo y fujimorismo parece haber encontrado hoy un enemigo com煤n y una nueva referencia internacional. La Administraci贸n Trump ofrece el marco geopol铆tico; el neoliberalismo proporciona buena parte de la estructura econ贸mica; el fujimorismo aporta su tradici贸n pol铆tica y su discurso de autoridad; y los Vargas Llosa aportan una legitimidad intelectual construida durante d茅cadas en defensa del liberalismo latinoamericano.

El Per煤 de 2026 est谩 escribiendo, por tanto, un nuevo cap铆tulo de una vieja historia. Una historia en la que las derechas cambian de nombre, renuevan sus discursos y modifican sus alianzas, pero contin煤an disputando el control del Estado y del modelo econ贸mico. Esta vez, con Washington mirando hacia Lima y con un Vargas Llosa dispuesto a ocupar el lugar de embajador que simboliza, quiz谩 mejor que cualquier discurso, la extraordinaria transformaci贸n de la derecha peruana durante las 煤ltimas d茅cadas.



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