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martes, 29 de septiembre de 2026

Las anécdotas de la 81.ª Asamblea General de la ONU en crisis: una semana que retrató el mundo que está cambiando

Por Javier Huerta

Hay Asambleas Generales de Naciones Unidas que quedan asociadas a una resolución, a un acuerdo diplomático o a un discurso que termina marcando una época. La 81.ª Asamblea General, celebrada en Nueva York durante la semana de alto nivel de septiembre de 2026, probablemente será recordada de otra manera. Más que por un gran acuerdo capaz de resumir lo ocurrido, dejó una sucesión de escenas que, observadas conjuntamente, permiten comprender el momento de profunda transformación que atraviesa el sistema internacional: decenas de delegados abandonando la sala cuando Benjamin Netanyahu tomó la palabra; Mahmoud Abbas obligado a intervenir mediante una declaración pregrabada después de que Estados Unidos negara los visados a la delegación palestina; Donald Trump amenazando con destruir Irán mientras continuaban los contactos diplomáticos y el estrecho de Ormuz aparecía en las negociaciones; Delcy Rodríguez reuniéndose con Trump después de la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y cruzando posteriormente el hemiciclo para conversar con Pedro Sánchez; Lula da Silva reclamando que Brasil no sea tratado como el “patio trasero” de ninguna potencia; África volviendo a exigir una representación permanente en el Consejo de Seguridad; y la inteligencia artificial ocupando un espacio cada vez mayor en los discursos de los gobiernos.

Tomadas individualmente, cada una de estas escenas podría parecer una anécdota más dentro de una semana cargada de discursos, reuniones y declaraciones. Observadas en conjunto, permiten reconstruir una imagen bastante más profunda: las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial continúan existiendo, pero las relaciones de poder que durante décadas determinaron su funcionamiento están sometidas a una presión creciente. La ONU sigue siendo el principal espacio multilateral del planeta, pero dentro de sus paredes se enfrentan concepciones muy diferentes sobre la soberanía, el derecho internacional, la guerra, los recursos estratégicos, la tecnología y el futuro del orden mundial.

Durante el debate general intervinieron 194 delegaciones, entre ellas 113 jefes de Estado y de Gobierno. La Presidencia de la Asamblea situó precisamente como tema de la sesión la necesidad de “restaurar la confianza” y gestionar una transformación mundial que afecta simultáneamente a la geopolítica, la economía, la tecnología y las instituciones internacionales. El secretario general António Guterres describió el momento como una reconfiguración del poder mundial en la que las instituciones continúan ancladas en una época diferente.

La contradicción entre el lenguaje diplomático y la realidad internacional estuvo presente durante toda la semana. Mientras prácticamente todos los gobiernos hablaban de paz, las escenas que ocuparon los titulares estuvieron protagonizadas por guerras, amenazas militares, petróleo, rutas estratégicas, sanciones económicas, disputas por la soberanía y una creciente lucha por el control de las nuevas tecnologías. La Asamblea General terminó funcionando así como una especie de espejo en el que aparecieron reflejadas las tensiones de un mundo que todavía conserva las instituciones del viejo orden, pero en el que cada vez más países cuestionan la distribución del poder que esas instituciones heredaron.

Los escaños vacíos cuando Netanyahu comenzó a hablar

Benjamin Netanyahu subió a la tribuna el 24 de septiembre para defender la actuación de Israel y responder a las crecientes críticas internacionales por la guerra de Gaza. Antes incluso de que comenzara su intervención, decenas de delegados abandonaron la sala. Netanyahu respondió calificándolos de “cobardes morales” y pidió que quienes compartieran esa posición abandonaran también el hemiciclo. Reuters confirmó el abandono masivo, mientras imágenes de la sesión mostraron numerosos asientos vacíos.

La escena tuvo una enorme fuerza política porque no eran manifestantes situados en las calles de Nueva York, sino representantes de Estados miembros de Naciones Unidas que decidían no permanecer en la sala durante el discurso del primer ministro israelí. Un recuento publicado posteriormente situó en 76 los países cuyos representantes no estuvieron presentes durante la intervención, aunque conviene señalar que esa cifra incluye tanto delegaciones que abandonaron la sala como países cuyos representantes ya no estaban en ella; por eso, para describir estrictamente el acto de protesta, la formulación más segura es hablar de “decenas de delegaciones”.

Entre los países europeos que sí participaron en el boicot estuvieron España y Eslovenia. Otros países europeos permanecieron en sus asientos, al igual que Estados Unidos y varias de las principales potencias occidentales. La distribución de quienes abandonaron la sala y quienes decidieron permanecer en ella mostró así una división política que tampoco puede reducirse a una simple fractura entre Israel y sus adversarios: numerosos países de África, Asia, Oriente Medio y América Latina expresaron su rechazo a la política israelí, mientras buena parte de Europa mantuvo a sus representantes dentro del hemiciclo.

No sería correcto presentar a todas las delegaciones que se marcharon como integrantes de un mismo bloque político. Sus gobiernos tienen intereses diferentes y mantienen posiciones distintas ante el conflicto. Pero sí resulta significativo que la protesta alcanzara una dimensión internacional tan amplia y que, entre los países que participaron, aparecieran Estados con relaciones diplomáticas muy diversas con Israel. La imagen de la sala vaciándose se convirtió, por sí misma, en una representación gráfica del creciente aislamiento internacional de la política del Gobierno de Netanyahu.

La cuestión palestina ofreció, además, otra de las escenas más reveladoras de la Asamblea. Mahmoud Abbas no pudo viajar a Nueva York después de que Estados Unidos negara o revocara los visados necesarios a representantes palestinos. La Asamblea General aprobó el 17 de septiembre una resolución por 152 votos a favor, tres en contra —Estados Unidos, Israel y Paraguay— y cuatro abstenciones, que permitió al presidente palestino intervenir mediante una declaración pregrabada. La propia resolución recordó las obligaciones establecidas en el acuerdo de 1947 entre Naciones Unidas y Estados Unidos sobre la sede de la organización, que establece que no deben imponerse impedimentos al tránsito de representantes hacia y desde Naciones Unidas.

Cuando llegó el momento de la intervención, Abbas habló efectivamente desde una grabación. El representante palestino introdujo el vídeo y el presidente de la Asamblea concedió posteriormente la palabra al mandatario palestino. Abbas señaló que, por segundo año consecutivo, la delegación palestina había sido privada de los visados necesarios para participar físicamente en la Asamblea.

La imagen resultaba difícil de ignorar: mientras el primer ministro israelí ocupaba físicamente la tribuna de Naciones Unidas, el presidente palestino intervenía desde una pantalla porque el país anfitrión había impedido que su delegación estuviera presente. No hace falta compartir todas las posiciones políticas de Abbas para comprender la contradicción. Naciones Unidas proclama la igualdad soberana de los Estados y la universalidad del derecho internacional, pero su sede se encuentra en territorio estadounidense y Washington conserva una capacidad decisiva sobre el acceso a su propio territorio.

La cuestión palestina volvió a colocar así delante de las cámaras uno de los problemas estructurales del sistema multilateral: la distancia que puede existir entre la igualdad jurídica proclamada por las instituciones internacionales y las relaciones de poder que determinan en la práctica quién dispone de mayor capacidad de presión.

Trump, Irán y el estrecho de Ormuz

Si los escaños vacíos mostraron el aislamiento político de Netanyahu, el episodio iraní permitió contemplar otra dimensión del poder internacional: aquella en la que las amenazas militares, los intereses económicos y la negociación diplomática se desarrollan simultáneamente.

Donald Trump utilizó su intervención ante Naciones Unidas para lanzar una de las amenazas más contundentes de toda la Asamblea contra Irán. Pero mientras desde la tribuna estadounidense se endurecía el discurso, los canales diplomáticos seguían abiertos. La delegación iraní permaneció en Nueva York para participar en conversaciones indirectas mediadas por Qatar, en las que aparecían cuestiones relacionadas con el conflicto, el programa nuclear y el estrecho de Ormuz. La posterior decisión estadounidense de ordenar la salida anticipada de la delegación iraní mostró hasta qué punto aquellas negociaciones estuvieron rodeadas de tensiones y desconfianza.

Ormuz introdujo además una dimensión económica que resulta imposible separar de la política militar. Durante la Asamblea, Irán planteó que el estrecho podía ser reabierto en un plazo de siete días si se cumplían determinadas condiciones establecidas en el entendimiento alcanzado entre ambas partes. La propuesta fue transmitida mediante mediadores qataríes y estuvo vinculada a las conversaciones sobre la situación regional. Posteriormente, Irán insistió en que la reapertura dependía del cumplimiento de esas condiciones y no constituía una concesión unilateral.

La importancia de Ormuz explica por qué esta cuestión trascendió rápidamente el ámbito estrictamente militar. Por ese estrecho circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado mundial, de manera que una interrupción prolongada del tráfico marítimo tiene consecuencias sobre los precios energéticos, las cadenas de suministro y la economía internacional.

La situación permitió comprobar hasta qué punto la geopolítica y la economía están unidas. Mientras los dirigentes hablan de seguridad nacional, soberanía y amenazas militares, detrás de esas palabras aparecen rutas comerciales, energía y materias primas cuya importancia afecta directamente al funcionamiento de la economía capitalista mundial. Ormuz no es solamente un estrecho marítimo situado entre Irán y Omán; es uno de los principales corredores energéticos del planeta y, por tanto, un espacio en el que confluyen intereses económicos, militares y estratégicos de las grandes potencias.

El episodio iraní mostró así una de las características más contradictorias del actual sistema internacional: incluso cuando dos Estados se amenazan públicamente con una escalada militar, los intereses económicos y estratégicos pueden obligarlos a mantener abiertos los canales de negociación. La paz, en estas circunstancias, no aparece únicamente como un principio diplomático, sino también como una necesidad material para preservar las rutas comerciales de las que depende buena parte de la economía mundial.

Trump y Delcy Rodríguez: cuando los enemigos vuelven a sentarse

Otra de las imágenes más sorprendentes de la semana fue protagonizada por Donald Trump y Delcy Rodríguez.

La presidenta encargada de Venezuela llegó a Nueva York después de la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en enero. Su participación en la Asamblea formó parte de la nueva etapa diplomática que Caracas y Washington estaban intentando construir y estuvo acompañada de conversaciones sobre elecciones, deuda, energía y recuperación económica. Rodríguez afirmó ante la Asamblea que Venezuela celebraría elecciones como parte de un proceso hacia una “democracia plena”, aunque no fijó una fecha concreta.

El contexto hacía que el encuentro con Trump resultara extraordinario. Washington y Caracas habían mantenido durante años una relación marcada por sanciones, enfrentamientos políticos y acusaciones cruzadas. Ahora, después de una transformación radical del escenario venezolano, representantes de ambos gobiernos volvían a sentarse frente a frente para negociar. El propio Trump y Rodríguez mantuvieron un breve encuentro al margen de la Asamblea, mientras funcionarios estadounidenses señalaban que se habían discutido cuestiones políticas y la reestructuración de la deuda venezolana.

La fotografía no puede separarse de los intereses materiales que rodean a Venezuela. Petróleo, deuda, recuperación económica, inversión y recursos naturales forman parte de cualquier negociación sobre el futuro del país. La diplomacia internacional tiene precisamente esa característica: los adversarios que durante años se presentan como irreconciliables pueden terminar negociando cuando las circunstancias políticas y económicas cambian.

La semana venezolana produjo otra escena significativa cuando Delcy Rodríguez se acercó a Pedro Sánchez dentro del propio hemiciclo. Rodríguez se levantó de su asiento, recorrió parte de la sala y se dirigió hacia el lugar donde se encontraba la delegación española. Sánchez estaba pendiente de su teléfono; ambos se saludaron y mantuvieron una breve conversación. Según fuentes de La Moncloa, Rodríguez le pidió poder seguir hablando sobre la situación de Venezuela y Sánchez respondió que España estaba comprometida con el futuro de la región. No se trató de una reunión formal, pero sí de un gesto que permitió visualizar la voluntad de mantener abierto un canal político.

Precisamente por su carácter informal, aquella escena resulta interesante. Las relaciones diplomáticas no siempre se construyen exclusivamente alrededor de mesas oficiales, con declaraciones previamente redactadas y cámaras esperando el apretón de manos. También pueden comenzar con un encuentro improvisado dentro de los propios asientos de una Asamblea en la que, mientras los gobiernos mantienen públicamente posiciones enfrentadas, sus representantes buscan espacios para hablar.

Lula y la disputa por la soberanía latinoamericana

La cuestión venezolana conectó con uno de los discursos latinoamericanos más significativos de la Asamblea: el de Luiz Inácio Lula da Silva.

El presidente brasileño afirmó que “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie” y denunció la injerencia extranjera en los procesos políticos latinoamericanos. Lula habló de las “tentaciones hegemónicas”, criticó la división del mundo en zonas de influencia y calificó de anacrónicas las incursiones neocoloniales en busca de recursos estratégicos. También defendió que el pueblo venezolano debe decidir su propio destino sin injerencias externas.

Pero el discurso de Lula contenía también una crítica directa a Nicaragua. Después de defender la autodeterminación de los pueblos, afirmó que “Nicaragua no resolverá sus problemas impidiendo que la oposición se presente a las elecciones”. La declaración forma parte de la posición expresada por el presidente brasileño ante la Asamblea y no debemos ocultarla si queremos realizar una lectura rigurosa de aquella intervención.

Precisamente porque ambas afirmaciones aparecen juntas, el discurso de Lula permite abordar una cuestión compleja desde una perspectiva de izquierdas. Una posición internacionalista no tiene por qué convertir a ningún Gobierno en intocable ni asumir que toda crítica procedente del exterior constituye automáticamente una conspiración. Los gobiernos pueden ser sometidos a crítica política y los pueblos tienen derecho a debatir y transformar sus propios sistemas políticos.

La cuestión diferente es quién tiene derecho a intervenir en esos procesos desde fuera. Defender la soberanía nacional no significa afirmar que todos los gobiernos actúan correctamente; significa rechazar que una potencia extranjera pueda decidir qué fuerzas políticas deben recibir apoyo, qué gobiernos deben ser reconocidos o qué modelo político debe imponerse a otro pueblo. Una cosa es el derecho de una sociedad a cuestionar a sus propias autoridades y otra muy diferente es convertir los procesos políticos de otros países en escenarios de presión geopolítica.

Esta distinción resulta especialmente importante en América Latina, una región marcada históricamente por golpes de Estado, operaciones encubiertas, intervenciones militares, sanciones económicas y presiones políticas de las grandes potencias. La defensa de la soberanía no puede quedar reservada a los gobiernos que nos gustan; si se convierte en un principio selectivo, deja de ser un principio.

La intervención de Lula tuvo precisamente el interés de colocar ambas cuestiones en la misma mesa: el rechazo a la injerencia extranjera y la crítica a las restricciones internas que afectan a la participación política. Para una izquierda internacionalista, ambas preocupaciones pueden coexistir sin necesidad de convertirlas en argumentos contradictorios.

África reclama dejar de ser espectadora

La reivindicación latinoamericana encontró un eco inmediato en África.

El presidente de la Asamblea General, Khalilur Rahman, reclamó una reforma urgente del Consejo de Seguridad y utilizó una frase que resumió buena parte de la reivindicación africana: “Africa needs to be at the table, not on the menu”, África necesita estar en la mesa y no en el menú. La Presidencia de la Asamblea volvió a citar esta expresión al hacer balance de la semana de alto nivel.

La frase tiene una carga política evidente porque resume una reclamación histórica. África continúa sin disponer de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad, pese a su peso demográfico, económico y político y a su papel central en numerosas cuestiones tratadas por Naciones Unidas.

La reivindicación africana no consiste únicamente en ocupar una silla adicional. Tiene que ver con quién decide sobre las guerras, las sanciones, las intervenciones y las operaciones internacionales que afectan directamente al continente. La estructura actual del Consejo continúa reflejando en buena medida el equilibrio de poder establecido al final de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido conservan el derecho de veto, mientras África reclama una representación permanente.

La República Democrática del Congo volvió a plantear durante la Asamblea la posición africana de obtener dos puestos permanentes con derecho de veto mientras este mecanismo exista, además de dos puestos no permanentes adicionales. La reivindicación está vinculada al Consenso de Ezulwini y a la Declaración de Sirte, que constituyen la posición común africana sobre la reforma del Consejo.

La pregunta que plantea esta situación afecta al conjunto del sistema multilateral. ¿Cómo puede pedirse a los países del Sur Global que confíen plenamente en unas instituciones cuya estructura de decisión continúa reflejando un equilibrio de poder nacido en 1945? La reivindicación africana no es, por tanto, una cuestión secundaria de protocolo diplomático. Forma parte de la disputa por la democratización de las relaciones internacionales.

La silla vacía de Sudán

Sudán ofreció otra de esas escenas que permiten comprender las contradicciones del sistema.

El general Abdel Fattah al-Burhan, jefe del Ejército sudanés, no pudo viajar a Nueva York después de que Estados Unidos retuviera su visado. Según fuentes citadas por Reuters, la decisión estaba relacionada con la negativa de las autoridades sudanesas a aceptar una propuesta estadounidense de alto el fuego de 90 días.

El Gobierno sudanés denunció que impedir la participación de su dirigente violaba las obligaciones internacionales del país anfitrión, mientras Estados Unidos cuestionaba la legitimidad constitucional de los actores enfrentados en la guerra sudanesa.

No es necesario defender políticamente a Burhan para comprender la paradoja. Naciones Unidas aspira a ser un espacio universal en el que los Estados puedan presentar sus posiciones y negociar, pero la Asamblea General se celebra físicamente en territorio de una potencia que dispone de capacidad para controlar el acceso a su propio territorio.

La cuestión vuelve a remitir a la misma tensión que apareció en el caso palestino: la igualdad jurídica entre Estados convive con una realidad internacional profundamente desigual en términos económicos, militares y políticos.

La inteligencia artificial entra en la lucha por el poder

Cuando parecía que la Asamblea había concentrado toda su atención en guerras y conflictos diplomáticos, apareció una cuestión que hace pocos años habría parecido alejada de una cumbre internacional: la inteligencia artificial.

Según el balance oficial de la Presidencia de la Asamblea, más del 60 % de los oradores mencionaron la inteligencia artificial durante el debate general. La cifra resulta significativa porque muestra hasta qué punto una tecnología que hace apenas unos años ocupaba un lugar marginal en las discusiones diplomáticas se ha convertido en una cuestión central de la política internacional.

El debate no se limitó a las posibilidades de la nueva tecnología. Los países en desarrollo plantearon quién diseña estas herramientas, quién controla los datos, quién obtiene sus beneficios y quién soportará los riesgos derivados de su utilización.

La cuestión es fundamentalmente política y económica. La inteligencia artificial necesita enormes cantidades de energía, centros de procesamiento, semiconductores, datos, infraestructura y capital. Una parte considerable de esos recursos está concentrada en un número reducido de países y grandes empresas tecnológicas.

Por ello, varios países del Sur Global reclamaron una participación mucho mayor en la elaboración de las normas que gobernarán la inteligencia artificial. La República Democrática del Congo defendió que los países en desarrollo puedan participar en la definición de sus reglas y reclamó mecanismos de creación de capacidades para impedir que la brecha digital termine convirtiéndose también en una brecha de inteligencia.

La disputa por el poder mundial ya no se desarrolla únicamente alrededor de territorios, petróleo o minerales. También se desarrolla alrededor de los datos, los chips, la infraestructura digital y los sistemas de inteligencia artificial. Durante siglos, controlar territorios y materias primas permitió acumular riqueza y poder; en el siglo XXI, controlar las infraestructuras tecnológicas que condicionarán buena parte de la economía puede producir una concentración de poder de dimensiones comparables. La discusión sobre la inteligencia artificial es, por tanto, también una discusión sobre soberanía tecnológica y sobre quién tendrá capacidad para decidir cómo se utilizarán unas tecnologías que afectarán a sociedades enteras.

Una ONU que necesita recuperar la confianza

Todas estas escenas ocurrieron dentro de una institución que atraviesa su propia crisis.

El lema de esta Asamblea era “Restoring trust, managing transformation: A United Nations that delivers for all”, restaurar la confianza y gestionar la transformación para construir unas Naciones Unidas que cumplan para todos. El propio presidente de la Asamblea había señalado al inaugurar el nuevo periodo de sesiones que la organización necesitaba recuperar la confianza pública en un momento marcado por guerras, crisis humanitarias, cambio climático y transformaciones tecnológicas.

António Guterres, por su parte, presentó el momento como una reconfiguración del poder mundial y reclamó un multilateralismo capaz de someter el poder a las reglas y al derecho internacional. En su intervención situó entre los grandes desafíos del presente la guerra, la desigualdad, la crisis climática y la inteligencia artificial.

La ONU continúa siendo indispensable precisamente porque el mundo se ha vuelto más conflictivo. Sin embargo, su capacidad para resolver esos conflictos depende de Estados que poseen capacidades muy diferentes y, en última instancia, de un Consejo de Seguridad en el que cinco potencias conservan el derecho de veto.

Ahí aparece una de las grandes contradicciones del sistema. Cuanto más necesita el planeta una institución multilateral capaz de contener los conflictos, más evidente resulta que esa institución no dispone de herramientas suficientes para actuar con independencia de las grandes potencias. La reforma del Consejo de Seguridad, la representación africana, la cuestión palestina y la capacidad de hacer cumplir el derecho internacional no son asuntos separados: forman parte de una misma discusión sobre la legitimidad y la democratización del orden mundial.

Un mundo que ya no acepta con la misma facilidad las viejas reglas

La sucesión de acontecimientos ocurridos durante esta 81.ª Asamblea General permite observar un sistema internacional en el que el viejo orden todavía conserva una enorme capacidad de poder, pero encuentra cada vez más dificultades para presentar sus reglas como universales e incuestionables.

Estados Unidos continúa disponiendo de una capacidad económica, militar y financiera extraordinaria. Sus alianzas siguen siendo poderosas y su influencia sobre las instituciones internacionales continúa siendo considerable. Pero al mismo tiempo, América Latina reclama mayor autonomía, África exige una representación acorde con su peso político, los países del Sur Global reclaman participar en la definición de las reglas tecnológicas y diferentes Estados cuestionan abiertamente que las grandes potencias puedan intervenir unilateralmente en los asuntos de otros países.

Esto no significa que el mundo que está emergiendo vaya a ser automáticamente más justo. La aparición de nuevos centros de poder no elimina las desigualdades económicas ni impide que las grandes potencias continúen defendiendo sus propios intereses. Un orden verdaderamente multipolar no debería limitarse a sustituir una hegemonía por otra, sino avanzar hacia unas relaciones internacionales en las que la soberanía y el derecho internacional tengan un carácter universal y no dependan de la posición económica o militar de cada Estado.

Desde una perspectiva de izquierdas, ese debería ser uno de los debates centrales. La alternativa al imperialismo no puede consistir simplemente en cambiar el nombre de la potencia dominante, del mismo modo que la multipolaridad no garantiza por sí misma una sociedad internacional más igualitaria. La cuestión fundamental es si los pueblos tendrán mayor capacidad para decidir sobre sus recursos, sus instituciones y sus modelos políticos, y si los Estados podrán relacionarse entre sí sin que las diferencias de poder económico y militar se conviertan en un derecho permanente a intervenir en los asuntos de los demás.

Esta discusión adquiere especial importancia cuando se observa la relación entre política y economía que apareció durante toda la Asamblea. En Palestina, la guerra y la posición de las grandes potencias condicionan la capacidad de Naciones Unidas para hacer cumplir sus propias resoluciones; en Irán, una ruta por la que circula una parte esencial de la energía mundial se convierte en una pieza de la negociación militar; en Venezuela, petróleo, deuda, elecciones y relaciones internacionales aparecen inseparablemente unidos; en África, la ausencia de representación permanente en el Consejo de Seguridad mantiene una estructura de poder heredada de otra época; y en la inteligencia artificial, los datos, la energía, los semiconductores y el capital empiezan a determinar quién tendrá capacidad para establecer las reglas del futuro.

Las escenas de esta Asamblea permiten, por tanto, leer la transformación del mundo desde varios ángulos. Las delegaciones que abandonaron la sala durante el discurso de Netanyahu expresaron el creciente rechazo internacional a la política israelí en Gaza; la intervención de Abbas desde una pantalla volvió a poner sobre la mesa la contradicción entre la universalidad de Naciones Unidas y las restricciones impuestas por el país anfitrión; las amenazas contra Irán y las negociaciones paralelas sobre Ormuz demostraron que la confrontación militar y la diplomacia pueden avanzar simultáneamente; el encuentro entre Trump y Delcy Rodríguez recordó que incluso adversarios profundamente enfrentados pueden terminar negociando cuando cambian las relaciones de fuerza; el breve acercamiento de Delcy a Sánchez mostró que los canales diplomáticos pueden reconstruirse incluso después de años de tensión; Lula combinó la defensa de la soberanía latinoamericana con una crítica concreta a Nicaragua; África volvió a exigir que no se decida sobre su futuro sin su participación; y la inteligencia artificial confirmó que la próxima disputa por el poder mundial tendrá también un componente tecnológico decisivo.

Lo importante de estas escenas no reside únicamente en su valor anecdótico. Su verdadera relevancia aparece cuando se observan las relaciones que las unen. En todas ellas vuelve a aparecer la misma pregunta sobre quién tiene capacidad para imponer condiciones y quién dispone de margen suficiente para rechazarlas. Esa es, en buena medida, la disputa que está atravesando actualmente el sistema internacional.

La ONU continúa siendo necesaria porque no existe ninguna otra institución capaz de reunir en un mismo espacio a prácticamente todos los Estados del planeta. Pero para recuperar credibilidad necesita afrontar precisamente las contradicciones que la Asamblea ha vuelto a poner delante de las cámaras: una estructura de poder que todavía conserva rasgos de 1945, un Consejo de Seguridad en el que cinco Estados mantienen el veto, una relación conflictiva entre soberanía nacional e intervención externa y una creciente desigualdad en el acceso a los recursos económicos y tecnológicos que determinarán el futuro.

La transformación del equilibrio mundial tampoco garantiza que las relaciones internacionales vayan a ser más justas. China, Rusia, India, Brasil, los países africanos y otras potencias emergentes pueden contribuir a limitar la hegemonía estadounidense, pero todos ellos tienen también intereses propios y ninguno está exento de contradicciones. Por eso, desde una perspectiva antimperialista, el objetivo no debería ser reemplazar una hegemonía por otra, sino avanzar hacia un sistema en el que ningún Estado pueda convertir su superioridad militar, económica o tecnológica en un privilegio para decidir por los demás.

Las pequeñas escenas de la 81.ª Asamblea General permiten entender precisamente esa transición. El viejo orden internacional continúa teniendo una enorme capacidad de resistencia, pero ya no consigue imponer con la misma facilidad la idea de que sus jerarquías son naturales e inmutables. Cada vez más países reclaman soberanía, representación, autonomía económica y capacidad para participar en las decisiones que afectan a su futuro.

La pregunta que deja esta Asamblea no es, por tanto, quién ganó aquella semana en Nueva York. Lo verdaderamente decisivo será determinar si la transformación del equilibrio mundial puede abrir paso a unas relaciones internacionales más democráticas o si simplemente producirá una nueva distribución de las mismas estructuras de dominación. La respuesta dependerá de la capacidad de los pueblos y de los Estados del Sur Global para defender su soberanía, construir relaciones de cooperación y exigir que el multilateralismo deje de ser únicamente un lenguaje diplomático y se convierta en una práctica efectiva de igualdad entre naciones.



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lunes, 28 de septiembre de 2026

La Solidaridad Europea con la Revolución Sandinista presente en la Fiesta del PCE para acercar Nicaragua y la Revolución Sandinista

Rivas Vaciamadrid, 27 de septiembre de 2026. La Fiesta del Partido Comunista de España (PCE) ha vuelto a celebrarse este fin de semana en Madrid, reuniendo durante tres jornadas a organizaciones políticas, sindicales y sociales, colectivos, asociaciones y personas vinculadas a diferentes ámbitos de la izquierda y de los movimientos sociales. La 49ª edición, celebrada los días 25, 26 y 27 de septiembre ha reunido a varios miles de personas en unas jornadas de formación, lucha y festividad, combinando el debate político con la cultura, la música, la gastronomía, la solidaridad y diferentes espacios de encuentro, información y participación. Entre los principales asuntos abordados han estado la situación internacional, los derechos humanos, la vivienda, la unidad de acción de la izquierda y el futuro del movimiento obrero.

En este espacio de encuentro y solidaridad internacionalista ha estado presente el Comité Europeo de Solidaridad con la Revolución Popular Sandinista (CES-RPS), que ha instalado un stand informativo desde el que se ha acercado información sobre la actualidad de Nicaragua, el proceso revolucionario sandinista y el trabajo que desarrolla el movimiento europeo de solidaridad con Nicaragua. La presencia del CES-RPS ha permitido mantener un contacto directo con numerosas personas interesadas en conocer la situación del país centroamericano, intercambiar información y dar a conocer las distintas iniciativas que se están desarrollando desde Europa.

Uno de los principales ejes de la actividad del stand ha sido la campaña «NICARAGUA SE RESPETA», impulsada por el CES-RPS desde 2024 para recuperar en el debate público europeo una cuestión que continúa pendiente: el cumplimiento de la sentencia dictada por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya el 27 de junio de 1986, en el caso Nicaragua contra Estados Unidos. La campaña plantea la necesidad de que las sentencias de los tribunales internacionales sean cumplidas y reclama que EEUU  asuma las reparaciones establecidas por la Corte por los daños ocasionados a Nicaragua durante la guerra de agresión de los años ochenta. En el marco de la Fiesta, el CES-RPS ha continuado recogiendo firmas de apoyo a esta iniciativa y explicando sus objetivos a quienes se han acercado al stand.

La actividad desarrollada durante la Fiesta no se ha limitado a la información política. También ha servido para acercar a las personas asistentes una experiencia de economía solidaria vinculada directamente con Nicaragua, poniendo a la venta café producido por pequeñas cooperativas y familias campesinas nicaragüenses. El café comercializado por ESPANICA forma parte de un proyecto que busca establecer una relación directa entre las organizaciones productoras y las personas consumidoras, reduciendo las cadenas tradicionales de intermediación y permitiendo que una mayor parte del valor generado revierta en las propias comunidades productoras. De esta manera, la adquisición de este café en espacios de solidaridad no se plantea únicamente como el consumo de un producto nicaragüense, sino también como una forma concreta de apoyar a las familias campesinas organizadas en cooperativas y un modelo de relaciones comerciales basado en la economía social, la solidaridad y el comercio justo.

El puesto del Comité ha contado también con información turística sobre Nicaragua, con propuestas de rutas y destinos que permitan a las personas interesadas conocer directamente el país, su naturaleza, su patrimonio, su cultura y gastronomía. Desde el Comité se plantea el turismo como otra vía de acercamiento a Nicaragua y, al mismo tiempo, como una oportunidad para que la presencia de visitantes contribuya de manera real a la economía local, generando ingresos directos para familias, pequeños emprendimientos, comunidades y proyectos vinculados al territorio. Se trata de promover un turismo responsable que permita conocer Nicaragua y que, a través del gasto realizado por los visitantes, contribuya a que una parte de los beneficios repercuta positivamente en la economía nicaragüense.

En este marco, el CES-RPS ha aprovechado también estas jornadas para dar a conocer el XI Encuentro Europeo de Solidaridad con la Revolución Popular Sandinista, que tendrá lugar en Italia este año. El Encuentro reunirá nuevamente a comités, asociaciones, colectivos y personas solidarias con Nicaragua procedentes de diferentes países europeos, con el objetivo de compartir experiencias, analizar la situación de Nicaragua y coordinar nuevas iniciativas de solidaridad y defensa de la Revolución Popular Sandinista. Entre los asuntos que se abordarán estará la continuidad de la campaña «NICARAGUA SE RESPETA», junto al fortalecimiento de la información y la comunicación sobre Nicaragua, la recuperación de la memoria del internacionalismo y la coordinación del trabajo de los distintos comités.

La presencia del CES-RPS en la Fiesta del PCE se enmarca en un trabajo que pretende combinar información, solidaridad, cooperación, lucha comunicacional y defensa del derecho internacional, manteniendo en Europa espacios de conocimiento y debate sobre la actualidad de Nicaragua y llevando su voz a nuevos espacios de encuentro social y político. La participación en estas jornadas permite además establecer nuevos contactos con organizaciones, colectivos y personas interesadas en la realidad latinoamericana, fortalecer los vínculos entre quienes forman parte del movimiento europeo de solidaridad con Nicaragua y seguir construyendo nuevas iniciativas de apoyo a la Revolución Popular Sandinista. La Fiesta ha sido, una vez más, un espacio para encontrarse, informar y continuar fortaleciendo la solidaridad con Nicaragua.



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viernes, 25 de septiembre de 2026

Nicaragua contra Alemania en La Haya en defensa del pueblo Palestino: el proceso continúa...


Por Javier Huerta

Mientras sobre Gaza continúan cayendo bombas, mientras cuerpos quedan sepultados entre las ruinas, familias palestinas siguen desplazándose entre edificios destruidos y refugios precarios, y niños quedan huérfanos sin comprender por qué su mundo se ha convertido en un paisaje de muerte y destrucción, a miles de kilómetros de distancia se desarrolla otra batalla, de naturaleza muy diferente, pero profundamente relacionada con esa realidad. En el Palacio de la Paz de La Haya, Nicaragua y Alemania han llevado ante la Corte Internacional de Justicia una disputa que coloca en el centro una cuestión de enorme trascendencia: qué responsabilidad puede tener un Estado cuando proporciona apoyo y material militar a otro Estado en medio de graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Entre el 7 y el 10 de septiembre de 2026, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) escuchó durante cuatro jornadas los argumentos de Nicaragua y Alemania. Pero los jueces no estaban juzgando todavía el fondo de las acusaciones. Lo que estaba en juego era una cuestión previa: determinar si las objeciones presentadas por Berlín deben impedir que el procedimiento continúe o si, por el contrario, Nicaragua podrá llevar sus reclamaciones a una fase posterior en la que la Corte pueda examinarlas en profundidad. Las audiencias terminaron el 10 de septiembre, pero el procedimiento continúa. Ahora corresponde a la Corte deliberar y decidir sobre las objeciones preliminares de Alemania. La fecha en que se dará a conocer públicamente esa decisión todavía no ha sido anunciada.

Para entender por qué Nicaragua ha llegado nuevamente hasta La Haya hay que retroceder hasta marzo de 2024, cuando presentó formalmente una demanda contra Alemania bajo el nombre oficial de “Presuntas violaciones de ciertas obligaciones internacionales con respecto al Territorio Palestino Ocupado”. Nicaragua sostiene que Alemania ha incumplido obligaciones derivadas de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio y del derecho internacional humanitario, entre ellas las relacionadas con la prevención del genocidio y el respeto de los Convenios de Ginebra. En su demanda, Managua cuestiona el apoyo político, financiero y militar alemán a Israel, incluidas las exportaciones de material militar, y también la suspensión de financiación a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, UNRWA. Alemania rechaza las acusaciones y ha planteado objeciones tanto sobre la jurisdicción de la Corte como sobre la admisibilidad de determinadas reclamaciones. El litigio se encuentra ahora precisamente en esa fase preliminar.

La relación entre Nicaragua y Palestina, sin embargo, viene de mucho antes de la actual guerra de Gaza. Tiene raíces que atraviesan buena parte del siglo XX y que están vinculadas a las luchas anticoloniales y de liberación nacional que marcaron aquella época. El artículo “Nicaragua y la causa palestina”, escrito por Stephen Sefton, recupera parte de esa memoria histórica. Allí aparecen episodios como la figura de Ghadeer Abu Sneineh, palestino nacido en Colombia que, según las fuentes recogidas por Sefton y otros autores, se incorporó a las fuerzas de Sandino y Tras el asesinato del general en 1934, tuvo que huir de Centroamérica y viajó a Palestina, donde se incorporó activamente a la Gran Revuelta Árabe de 1936 para combatir el Mandato Británico y la colonización de su tierra de origen.. El investigador y escritor Martín Alejandro Martinelli también ha recuperado gran parte de esta dimensión histórica de los vínculos entre las luchas nicaragüense y palestina.

Aquellos vínculos se profundizaron durante las décadas posteriores. El Frente Sandinista de Liberación Nacional estableció relaciones con organizaciones palestinas y, en los años setenta, la solidaridad adquirió incluso una dimensión internacionalista directa. Militantes sandinistas recibieron entrenamiento junto a fuerzas palestinas y algunos participaron en acciones vinculadas a la lucha palestina. Entre ellos estuvieron Patricio Argüello Ryan y Juan José Quezada. Argüello murió el 6 de septiembre de 1970 durante una operación vinculada a la lucha palestina. Son episodios que hoy pueden parecer lejanos, pero ayudan a comprender por qué Palestina no aparece en la política exterior nicaragüense como una cuestión coyuntural surgida después de octubre de 2023.

La llegada del FSLN al poder en 1979 convirtió aquella relación militante en una relación política, diplomática y de cooperación. Yasser Arafat visitó Managua en julio de 1980, y Nicaragua estableció relaciones con Palestina ese mismo año. Durante las décadas siguientes se desarrollaron intercambios en distintos campos y Managua mantuvo su respaldo al derecho del pueblo palestino a la autodeterminación y a disponer de un Estado. En 2010 Nicaragua rompió relaciones diplomáticas con Israel después del ataque contra la flotilla internacional que intentaba llevar ayuda humanitaria a Gaza. En 2013, el entonces ministro de Relaciones Exteriores palestino, Riad Malki, visitó Nicaragua para profundizar los vínculos entre ambos pueblos, mientras que en 2018 se acordó una cooperación entre la Agencia de Cooperación Internacional de Palestina y el Ministerio de Salud nicaragüense para fortalecer la formación profesional en técnicas quirúrgicas. Esta relación de solidaridad tuvo también una nueva expresión con la visita de Leila Khaled a Nicaragua en 2024, durante los actos conmemorativos del 45.º aniversario de la Revolución Popular Sandinista. Nicaragua desde los actos de celebración busco defender y proyectar, a nivel inernacional la causa y la voz del pueblo palestino, y a su vez, con la presencia de Palestina en Nicaragua, reconocian el buen trabajo desarrollado por la Nicaragua sandinista y su apuesta por construir mejores condiciones de vida, soberanía y futuro para su propio pueblo.

La historia también tiene otra cara. Durante la dictadura somocista, Israel mantuvo relaciones militares con el régimen de Anastasio Somoza, suministrándole armamento. Esa experiencia forma parte de la memoria política desde la que Managua interpreta hoy la situación palestina. Para Nicaragua, las luchas contra la intervención extranjera, el colonialismo y la dominación militar no son episodios separados, sino experiencias históricas conectadas. Esa perspectiva ayuda a entender la intensidad con la que el Gobierno nicaragüense ha reaccionado ante la destrucción de Gaza y explica también por qué ha decidido trasladar parte de esa confrontación al terreno jurídico internacional.

Nicaragua ya conocía ese camino. En 1984 llevó a Estados Unidos ante la Corte Internacional de Justicia por sus actividades militares y paramilitares contra Nicaragua. En su sentencia de 27 de junio de 1986, la CIJ concluyó que Estados Unidos había violado obligaciones derivadas del derecho internacional consuetudinario, entre ellas las relativas a la prohibición del uso de la fuerza, la no intervención, la soberanía y otras obligaciones internacionales. Aquella sentencia se convirtió en uno de los episodios más importantes de la historia jurídica internacional de Nicaragua y constituye un antecedente que ayuda a comprender por qué Managua vuelve ahora a utilizar la Corte como escenario para plantear una controversia frente a un Estado poderoso.

La diferencia fundamental es que ahora Nicaragua no demanda a Israel, sino a Alemania. Esa distinción resulta esencial. La demanda presentada el 1 de marzo de 2024 no pretende que la CIJ juzgue directamente las actuaciones de Israel, sino que examine las obligaciones internacionales que Nicaragua atribuye a Alemania por sus propias actuaciones. Alemania sostiene, entre otros argumentos, que determinadas cuestiones planteadas por Nicaragua no pueden ser resueltas sin abordar jurídicamente la conducta de Israel y que eso afecta a la jurisdicción y a la admisibilidad del caso. En el centro de esta discusión aparece también el denominado principio de Oro Monetario, una cuestión jurídica relacionada con los límites que tiene la Corte cuando la resolución de una controversia podría afectar a los derechos o responsabilidades de un tercer Estado que no es parte del procedimiento.

Y aquí aparecen las armas. Porque detrás de las discusiones sobre jurisdicción y admisibilidad existe una cuestión material que resulta imposible ignorar: qué exporta Alemania a Israel, cuándo lo hace y qué obligaciones tiene un Estado cuando autoriza la transferencia de material militar hacia una zona de guerra en la que existen graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Cuando Nicaragua presentó su demanda, incorporó al expediente datos sobre las autorizaciones alemanas. La propia CIJ recogió en su Orden de 30 de abril de 2024 que Alemania había autorizado en 2023 exportaciones de “material militar y armas de guerra” por más de 326 millones de euros, más de diez veces la cifra correspondiente a 2022. Nicaragua señaló además que casi 300 millones de euros correspondían a licencias de material militar concedidas desde el comienzo de la operación militar israelí en Gaza y que a comienzos de 2024 se habían concedido nuevas licencias por más de 9 millones de euros. Alemania, por su parte, sostuvo ante la Corte que la inmensa mayoría de las licencias concedidas desde el 7 de octubre de 2023 correspondían a la categoría de “otro material militar” y no a “armas de guerra”, y defendió que las autorizaciones se examinaban caso por caso.

La cuestión no quedó congelada en las cifras de 2024. Los datos oficiales del Bundestag muestran que Alemania continuó autorizando exportaciones de material militar a Israel durante 2025 y 2026. Entre noviembre de 2025 y marzo de 2026 se concedieron autorizaciones por unos 167,4 millones de euros, mientras que entre el 1 de abril y el 30 de junio de 2026 el Gobierno alemán autorizó exportaciones por unos 735,76 millones de euros. Esta última cifra requiere una lectura cuidadosa: el propio Gobierno alemán señaló que alrededor del 67% correspondía a un gran proyecto del sector naval y otro 21% a la cooperación entre empresas alemanas e israelíes relacionada con las necesidades de las Fuerzas Armadas alemanas; el resto correspondía a otros bienes militares y, según la respuesta oficial, no incluía armas de guerra. Se trata además de cifras provisionales y parte de la información está limitada por razones de seguridad.

Estos datos, por sí solos, no demuestran que Alemania haya violado el derecho internacional. Esa es precisamente una de las cuestiones que Nicaragua pretende que la Corte pueda examinar. Pero sí permiten entender por qué las transferencias de material militar ocupan un lugar central en el litigio. La discusión no gira únicamente alrededor de declaraciones políticas, sino de decisiones concretas de autorización y transferencia y de las obligaciones que el derecho internacional impone a los Estados cuando existe un riesgo de que ese material pueda ser utilizado para cometer graves violaciones.

La CIJ ya abordó una parte de esta cuestión en abril de 2024, cuando Nicaragua solicitó medidas provisionales para que Alemania suspendiera determinadas formas de asistencia militar a Israel, impidiera que el material ya entregado pudiera utilizarse para cometer graves violaciones del derecho internacional y retomara la financiación de UNRWA. La Corte decidió, por 15 votos contra uno, que las circunstancias existentes entonces no requerían la adopción de las medidas provisionales solicitadas. Pero hay una precisión fundamental: aquella decisión no resolvió el fondo del caso. La propia Corte dejó claro que la decisión no prejuzgaba su jurisdicción sobre el fondo, la admisibilidad de la demanda ni las cuestiones sustantivas planteadas por Nicaragua. Al mismo tiempo, recordó a todos los Estados las obligaciones internacionales relacionadas con la transferencia de armas a las partes de un conflicto armado para evitar el riesgo de que esas armas fueran utilizadas en violación de los Convenios de Ginebra.

Dos años después, aquella advertencia sigue teniendo relevancia. Porque mientras los jueces discuten sobre jurisdicción, admisibilidad y responsabilidad internacional, en Gaza la realidad no se ha detenido. El informe de OCHA del 11 de septiembre de 2026 señalaba que los ataques aéreos israelíes y otros ataques continuaban golpeando zonas pobladas, provocando víctimas, daños materiales y nuevos desplazamientos. Según el Ministerio de Salud de Gaza, citado por OCHA, 35 palestinos fueron reportados muertos y 104 heridos entre el 2 y el 9 de septiembre. El mismo informe situaba en 1.358 los fallecidos y 4.541 los heridos desde el anuncio del alto el fuego del 10 de octubre de 2025, además de otros 160 fallecimientos incorporados posteriormente al registro tras la identificación de las víctimas.

Pero las cifras no cuentan por sí solas la dimensión humana de lo que está ocurriendo. OCHA señalaba también que los hogares encabezados por mujeres se han duplicado desde octubre de 2023 y alcanzan aproximadamente 86.000 familias, casi una de cada cuatro familias de Gaza. El acceso al agua continúa siendo extremadamente precario: el organismo de Naciones Unidas señalaba que el 91% de los hogares evaluados sufrían una inseguridad hídrica moderada o alta. En esas condiciones, hospitales, centros de salud, plantas de agua y otros servicios esenciales siguen dependiendo de recursos que llegan de forma insuficiente y sometidos a enormes restricciones.

Es en esta realidad donde la controversia jurídica adquiere toda su dimensión. Nicaragua sostiene que Alemania tiene obligaciones internacionales propias y que la Corte puede examinarlas sin convertir a Israel en parte del procedimiento. Alemania sostiene, entre otras cosas, que determinados aspectos de las reclamaciones de Nicaragua no pueden ser examinados de la manera planteada y que Israel constituye un elemento indispensable para resolver cuestiones fundamentales del litigio. La discusión sobre el principio de Oro Monetario se sitúa precisamente en ese terreno. No es un simple tecnicismo: afecta a los límites de la jurisdicción de la Corte y a la posibilidad de que un Estado sea juzgado por sus propias obligaciones cuando la controversia está relacionada con la conducta de un tercero que no participa en el proceso.

Las audiencias de septiembre fueron, por tanto, una etapa decisiva, pero no una sentencia. Alemania defendió sus objeciones durante la primera ronda del 7 de septiembre y volvió a intervenir el día 9. Nicaragua respondió el 8 y presentó sus argumentos finales el 10 de septiembre. Al concluir las audiencias, la propia CIJ confirmó que el procedimiento había entrado en la fase de deliberación. Todavía no existe una sentencia sobre el fondo y la Corte tampoco ha declarado que Alemania haya cometido las violaciones que Nicaragua le atribuye.

Sobre estas audiencias resulta especialmente interesante el análisis publicado el 17 de septiembre por el jurista costarricense Nicolás Boeglin, titulado “Exportar armas hacia Israel ¿como si nada pasara en Gaza? Audiencias públicas en La Haya en el marco de la demanda Nicaragua c. Alemania por complicidad”. Su texto permite seguir con detalle los argumentos jurídicos planteados durante las jornadas de La Haya y situar el litigio dentro del debate internacional sobre las transferencias de armas a Israel.

También resulta útil recuperar, antes de las audiencias, el artículo de Becca Renk Foster, “Nicaragua alzará de nuevo su voz en favor de Palestina ante la CIJ”, publicado en agosto de 2026. Aquel texto explicaba el contexto de las nuevas audiencias y recordaba precisamente la experiencia de Nicaragua ante la Corte en el caso contra Estados Unidos. Y el trabajo de Stephen Sefton, “Nicaragua y la causa palestina”, publicado en septiembre, permite completar la dimensión histórica que rodea al actual litigio: desde los primeros vínculos entre revolucionarios nicaragüenses y palestinos hasta las relaciones diplomáticas, la cooperación y la posición mantenida por Managua durante las últimas décadas.

¿Y qué ocurre ahora? La respuesta es más sencilla que todo lo que se ha discutido en la sala, aunque sus consecuencias pueden ser importantes. La Corte debe deliberar y decidir sobre las objeciones preliminares de Alemania. La fecha de lectura pública de esa decisión todavía no ha sido anunciada. Si la Corte acepta objeciones que impidan continuar con determinadas reclamaciones, el procedimiento podría quedar limitado o terminar en esta fase. Si las rechaza total o parcialmente, el caso podrá avanzar hacia una etapa posterior en la que las partes deberán discutir el fondo de las acusaciones. Por ahora, ninguna de esas posibilidades debe presentarse como un resultado anticipado.

Por eso las audiencias de septiembre no deberían convertirse en una supuesta victoria definitiva de Nicaragua ni en una derrota definitiva de Alemania. Lo que ha terminado es una etapa del procedimiento; no el litigio. Lo que sí ha quedado sobre la mesa es una cuestión que trasciende a ambos gobiernos: hasta dónde llegan las obligaciones de un Estado que suministra o autoriza material militar cuando ese material puede terminar siendo utilizado en un conflicto en el que existen graves denuncias de violaciones del derecho internacional humanitario.

Y aquí aparecen las dos grandes preguntas que deberían quedar abiertas mucho más allá de los abogados y los jueces de La Haya.

La primera es la responsabilidad de los Estados que suministran armas cuando existe un riesgo grave de que esas armas sean utilizadas para cometer violaciones del derecho internacional. ¿Dónde comienza y dónde termina la responsabilidad de quien fabrica, autoriza, exporta, financia o facilita material militar? ¿Puede un Estado limitarse a afirmar que cada licencia ha seguido sus procedimientos nacionales o el derecho internacional exige una evaluación más profunda cuando las circunstancias sobre el terreno muestran un riesgo grave para la población civil? La propia CIJ recordó en 2024 que los Estados tienen obligaciones respecto de la transferencia de armas a las partes de un conflicto armado. Si el procedimiento llega al fondo, una de las cuestiones será precisamente determinar el alcance jurídico de esas obligaciones.

La segunda pregunta es todavía más amplia: qué hacen los gobiernos del mundo cuando la destrucción y la muerte de la población palestina continúan y millones de personas reclaman en distintos países que se detenga la violencia y se proteja a la población civil. No se trata solamente de lo que ocurra dentro de una sala de la CIJ. Se trata de saber qué significado tienen las declaraciones de defensa del derecho internacional cuando, al mismo tiempo, continúan las operaciones militares, los desplazamientos, la destrucción de viviendas e infraestructuras y la muerte de civiles. Se trata de saber qué mecanismos políticos, diplomáticos, económicos y jurídicos están dispuestos a utilizar los gobiernos ante una situación que Nicaragua y otros actores califican de genocidio y ante unas denuncias de graves violaciones que continúan siendo documentadas por organismos internacionales.

Porque mientras los gobiernos intercambian notas diplomáticas y los abogados preparan alegatos, el pueblo palestino sigue sufriendo y siguen muriendo personas. Esa realidad no puede quedar convertida en el telón de fondo de un procedimiento judicial. Es el motivo por el que la discusión sobre las armas, las responsabilidades y el derecho internacional tiene consecuencias concretas sobre vidas humanas.

Nicaragua ha decidido llevar esa discusión hasta La Haya. Lo hizo en marzo de 2024, después de décadas de vínculos con Palestina y después de haber utilizado anteriormente la misma Corte para enfrentarse jurídicamente a Estados Unidos. En 2026 ha vuelto a situar ante los jueces una cuestión incómoda para cualquier sistema internacional que pretenda hacer valer unas mismas reglas para todos: si el derecho internacional establece obligaciones para los Estados, esas obligaciones deben ser examinadas también cuando afectan a aliados estratégicos y a transferencias de material militar.

La respuesta todavía no está escrita. Primero tendrá que decidirla la Corte en relación con las objeciones preliminares de Alemania. Después, si el procedimiento continúa, llegará el momento de discutir el fondo. Y solamente entonces podrá conocerse qué establecerá jurídicamente la CIJ sobre las responsabilidades concretas denunciadas por Nicaragua.

Mientras tanto, Palestina sigue siendo una realidad viva, no un expediente. Y Nicaragua sigue sosteniendo ante la comunidad internacional que la solidaridad con el pueblo palestino no puede quedarse únicamente en declaraciones. La pregunta que queda sobre la mesa ya no es solamente qué ocurrirá con Nicaragua contra Alemania. La pregunta es qué significa realmente el derecho internacional cuando quienes están en juego son las vidas de miles de personas y cuando el mundo lleva años reclamando que esa muerte termine.


Nicaragua contra Alemania en La Haya en defensa del pueblo Palestino: el proceso continúa…

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domingo, 20 de septiembre de 2026

La ONU entre expectativas y realidad

Por Fabrizio Casari

Por unos días, el mundo vuelve a reunirse bajo el mismo techo. El 22 de septiembre comienza el debate de la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, que se desarrollará hasta el 29 de septiembre. El tema de esta sesión es tan ambicioso como retórico: «Restoring trust, managing transformation: a United Nations that delivers for all»: reconstruir la confianza, gestionar la transformación, hacer de la ONU una organización capaz de actuar para todos.

Será la última sesión dirigida por António Guterres, cuyo mandato termina el 31 de diciembre de 2026. El proceso para elegir al próximo secretario general está en curso y el nombramiento final requiere la recomendación del Consejo de Seguridad y, por tanto, de hecho, el acuerdo de las cinco potencias con derecho de veto.

Ucrania, Oriente Medio, Sudán y otras crisis estarán inevitablemente entre los principales temas de las intervenciones de los líderes y de las reuniones bilaterales. Cabe esperar sobre todo declaraciones políticas, más que decisiones capaces de abrir vías decisivas para resolver las crisis internacionales.

Guerras, crisis energética y climática: la 81.ª Asamblea General pondrá en escena todas las contradicciones de un orden internacional que ya no consigue gestionar sus propias crisis y que elige las guerras militares y comerciales, financieras y diplomáticas contra el Sur Global y el Este para mantenerse al frente del planeta.

La ONU llega a esta Asamblea con una paradoja evidente: sería más necesaria que nunca, pero parece más débil que nunca. Occidente, con la guerra en Ucrania por un lado y el genocidio de los palestinos y la expansión colonial sionista por otro, demuestra su doble rasero respecto al Derecho Internacional: con los enemigos se aplica y con los amigos se interpreta.

El elefante en la habitación sigue siendo la cuestión de las cuestiones: ¿cómo hacer eficaces a las Naciones Unidas en la prevención de las crisis, en su gestión y en los procesos diplomáticos necesarios para reducir los conflictos?

El Consejo de Seguridad sigue condicionado por el derecho de veto de sus cinco miembros permanentes. Una parte creciente del mundo reclama que las instituciones internacionales reflejen finalmente los equilibrios del siglo XXI y no los de 1945. India, África, América Latina, el mundo árabe y muchas otras realidades desean una reforma de la representación internacional, y esta no puede considerarse una simple disputa diplomática.

Como proponía la Reforma concebida por el padre Miguel D’Escoto Brockmann, nicaragüense y sandinista, durante el período en el que fue presidente de la Asamblea General (2008), solo una inversión de los roles entre la Asamblea y el Consejo podría proporcionar criterios de democracia y funcionalidad al futuro de la ONU. Es una cuestión democrática y, al mismo tiempo, de realismo político.

Por eso, el tema de la Reforma de las Naciones Unidas, y en particular el de la relación entre la Asamblea General y el Consejo de Seguridad, debe ser incluido en la agenda lo antes posible. Si no por una cuestión de justicia y de lectura objetiva de las transformaciones planetarias producidas después de Yalta, al menos por la evidencia palpable del estancamiento en el que se encuentra la organización y que la hace, ante la prueba de los conflictos, completamente ineficaz.

La 81.ª sesión de los trabajos presenta también una evidencia simbólica de su ineficacia: la prohibición de participación en los trabajos impuesta por Estados Unidos a Mahmoud Abbas, presidente palestino. El episodio es mucho más que un incidente diplomático. Por tanto, según Estados Unidos, se puede hablar de Palestina, pero solo en ausencia de los palestinos.

La Asamblea General reaccionó autorizando a Abbas y a otros representantes palestinos de alto nivel a participar a distancia. La decisión fue aprobada con 152 votos a favor, 3 en contra y 4 abstenciones.

Por tanto, por un lado, la ONU afirma que los representantes del Estado de Palestina deben poder participar en sus trabajos. Por otro, la sede de la Organización se encuentra en el territorio de un Estado que puede impedirles llegar hasta ella. Pero si el acceso a la sede de la organización universal depende de la voluntad del país que la alberga, ¿qué autonomía le queda a la ONU?

Estados Unidos es el país anfitrión de la ONU, pero no es el «propietario» de la ONU ni tiene el poder de decidir quién puede participar en sus trabajos. Asumió, mediante el Acuerdo de Sede de 1947 (Headquarters Agreement), obligaciones internacionales específicas precisamente para evitar que la jurisdicción territorial impidiera a la ONU funcionar. El artículo XI se refiere al acceso al distrito de las Naciones Unidas: la obligación asumida por Estados Unidos es no imponer impedimentos al tránsito hacia o desde la sede a las personas invitadas por la ONU para actividades oficiales.

Precisamente mientras el imperio unipolar de orientación anglosajona se encamina hacia la fase definitiva de su crisis política, ética, económica y militar, el papel de las Naciones Unidas debería reconsiderarse como una urgencia histórica.

Ochenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, ante una tercera que corre el riesgo de pasar de escenarios regionales a escenarios globales, la pregunta decisiva que la ONU debería plantearse es: ¿qué arquitectura política puede hacer posible una paz basada en los derechos, la seguridad y la autodeterminación?

Ucrania

Con respecto a Ucrania, la ONU se encuentra ante la contradicción entre ambiciones occidentales y realidad. La guerra solo puede terminar mediante una combinación de alto el fuego, negociación, garantías de seguridad y acuerdos políticos, y la búsqueda de una paz posible no puede dejar de contemplar algunas condiciones básicas.

Occidente, que preparó, financió y llevó adelante esta guerra por medio de los ucranianos, debe comprender que la expansión hacia el Este de la OTAN ha terminado; que no puede pensar en declarar a Rusia como enemigo al que infligir una derrota estratégica y después intentar rodearla sin que Moscú reaccione; y que el tema de una arquitectura de seguridad euroasiática debe abordarse también y, sobre todo, teniendo en cuenta la seguridad que Rusia reclama.

Irán

Aún más delicada será la cuestión iraní. La derrota militar de la coalición entre Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí está determinando un escenario inédito y, al mismo tiempo, una gravísima crisis energética debido a la guerra, que mantiene cerrados los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb.

No existe ninguna posibilidad de acuerdo sin la salida de Estados Unidos de la zona que se extiende desde el mar Rojo hasta el golfo Pérsico. Deben promoverse y apoyarse, en cambio, el acercamiento entre Riad y Teherán iniciado con la mediación china que permitió la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países, hoy los dos dentro del área de los BRICS.

El diálogo entre Irán, Arabia Saudí, Omán y los Emiratos Árabes Unidos es necesario para devolver el golfo Pérsico a la soberanía de los países que lo habitan.

No solo guerras

El programa oficial de la Asamblea contiene cuestiones que están lejos de ser secundarias: el derecho al desarrollo, la crisis climática y la transición posible, el aumento del nivel del mar, la prevención de las pandemias, la lucha contra el racismo y el desarme nuclear, la atención a la IA, seguridad alimentaria, sanitaria, energética, climática y laboral.

Pero ¿qué significa hablar de transición ecológica y de desarrollo si los países con economías emergentes son boicoteados por una red de sanciones y amenazas militares del Norte y aquellos de ellos más endeudados que se ven obligados a destinar enormes recursos al servicio de la deuda en lugar de destinarlos a la sanidad y la educación? ¿Qué significa prepararse para la próxima pandemia si el acceso a los medicamentos y a las tecnologías sigue siendo profundamente desigual?

Uno de los elementos más importantes de la actual crisis de la ONU es la creciente distancia entre la arquitectura institucional del mundo y la realidad del propio mundo. ¿Quién decide sobre las guerras? ¿Quién decide sobre las sanciones? ¿Quién decide sobre el uso de la fuerza? ¿Quién puede bloquear una decisión respaldada por la mayoría? Si la ONU debe sobrevivir, tarde o temprano tendrá que afrontar estas preguntas.

No es un tema que pueda posponerse indefinidamente. La tentación podría ser mirar a la ONU únicamente a través de sus contradicciones: las guerras que no consigue detener, los vetos del Consejo de Seguridad, las declaraciones que a menudo no producen consecuencias. Pero sería un error concluir que, porque la ONU es imperfecta, es inútil. Es exactamente lo contrario. Cuanto más multipolar se vuelve el mundo, más necesita instituciones comunes.

Necesita reformas profundas: una mayor representatividad del Consejo de Seguridad, el fortalecimiento de la Asamblea General, el respeto efectivo del derecho internacional, una financiación adecuada y una participación más fuerte de los países del Sur Global.

Nacida en un mundo de unos 4.000 millones de personas, hoy, cuando nos acercamos a los 8.000 millones, debe ser actualizada y revalorizada, ya que es, por definición, el organismo que representa a toda la comunidad internacional.

Pero debe ser devuelta a una democratización efectiva que, teniendo en cuenta el peso demográfico, económico y territorial de sus miembros en los procesos de toma de decisiones, represente la expresión política del Sur Global y de todo ese mundo que emerge a pesar de que las botas imperiales intenten aplastar sus legítimas aspiraciones. Esta es la verdadera partida que se juega en Nueva York.

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