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jueves, 29 de octubre de 2026

Ante las elecciones: ¿qué debe exigir la clase trabajadora a la izquierda?

Derechos, justicia social y un proyecto económico al servicio de las mayorías.

Por Javier Huerta

En el artículo anterior planteábamos la necesidad de recuperar la participación política frente al desencanto, la abstención y la pérdida de confianza en las instituciones. Pero votar no puede convertirse en un acto de confianza ciega ni en un cheque en blanco. La izquierda debe ofrecer un proyecto reconocible, defender los intereses de la mayoría social y comprometerse con transformaciones concretas.

La clase trabajadora necesita algo más que discursos sobre justicia social. Necesita políticas que mejoren sus condiciones de vida, reduzcan las desigualdades y permitan recuperar el control democrático sobre una economía que, con demasiada frecuencia, funciona en beneficio de una minoría. Por eso, también debemos preguntarnos qué exigimos a las organizaciones que dicen representarnos y qué estamos dispuestos a reclamarles cuando no cumplen.

1. Empleo, salarios y vivienda dignos

El trabajo debe garantizar una vida digna. La izquierda debe defender salarios suficientes para afrontar el coste de la vida, empleo estable, negociación colectiva y condiciones laborales seguras. También debe reforzar la inspección de trabajo, combatir el fraude y la precariedad y garantizar que los derechos laborales se cumplan, no solo que figuren en las leyes.

La vivienda constituye otra de las grandes preocupaciones de la mayoría social. No podemos aceptar que el acceso a un hogar dependa cada vez más de la capacidad económica de las familias o de la rentabilidad que esperan obtener los propietarios. Es necesario ampliar de forma sostenida el parque público de alquiler, movilizar suelo público, limitar los abusos del mercado y combatir la especulación inmobiliaria. La vivienda debe cumplir su función social y dejar de ser tratada exclusivamente como un activo financiero.

Estas políticas deben prestar especial atención a la juventud, que encuentra enormes dificultades para emanciparse, y a las familias trabajadoras con menores ingresos, pensionistas y personas en situación de vulnerabilidad.

2. Servicios públicos fuertes y universales

La sanidad, la educación, las pensiones y los servicios de atención a la dependencia son derechos fundamentales y pilares de igualdad. Su calidad depende de una financiación suficiente, de plantillas adecuadas y de una gestión orientada al interés general.

La izquierda debe comprometerse con la reducción de las listas de espera, el fortalecimiento de la atención primaria, la mejora de las condiciones del personal sanitario, la educación pública y gratuita desde las primeras etapas, y una atención a la dependencia que no recaiga principalmente sobre las familias, especialmente sobre las mujeres.

También debe defender unas pensiones públicas dignas y garantizar que las personas con discapacidad, la infancia y quienes atraviesan situaciones de pobreza o exclusión reciban los recursos y la atención necesarios.

No basta con proclamar la defensa de los servicios públicos: hay que establecer objetivos, destinar recursos y evaluar los resultados. Cada servicio que se deteriora abre la puerta a que quienes pueden pagarlo recurran al sector privado, mientras el resto recibe una atención cada vez más limitada. La igualdad exige servicios públicos de calidad para toda la población.

3. Fiscalidad justa y redistribución de la riqueza

Los derechos sociales necesitan financiación. Por eso, una política de izquierdas debe abordar de frente la desigualdad fiscal y garantizar que quienes más riqueza y capacidad económica poseen contribuyan proporcionalmente más al sostenimiento de la sociedad.

Es necesario combatir el fraude y la evasión fiscal, revisar los privilegios y beneficios que no tengan una justificación social y asegurar que grandes patrimonios y grandes empresas no dispongan de mecanismos para eludir sus responsabilidades.

La ciudadanía debe saber cómo se recaudan y cómo se utilizan los recursos públicos. Una fiscalidad progresiva, acompañada de transparencia y control del gasto, permite financiar servicios universales, inversiones y políticas redistributivas. No se trata de recaudar por recaudar, sino de distribuir de manera más justa la riqueza que genera el conjunto de la sociedad.

4. Recuperar el control público de los sectores estratégicos

Uno de los debates que la izquierda no debería eludir es el de la propiedad y el control de los sectores esenciales de la economía. ¿Tiene sentido que servicios imprescindibles para la vida cotidiana dependan exclusivamente de intereses privados y de la búsqueda de beneficios? ¿Debe la ciudadanía aceptar que decisiones fundamentales sobre energía, agua, transporte o infraestructuras queden sometidas a criterios empresariales?

La intervención pública debe ser una herramienta real cuando el mercado no garantiza el interés general. Esto puede implicar crear empresas públicas, recuperar concesiones, remunicipalizar servicios o, cuando esté justificado, nacionalizar sectores estratégicos. La Constitución española contempla, en su artículo 128, la subordinación de toda la riqueza al interés general y permite reservar al sector público recursos o servicios esenciales, especialmente en situaciones de monopolio.

No se trata de nacionalizar indiscriminadamente ni de suponer que toda empresa pública funciona automáticamente mejor. Se trata de estudiar dónde la titularidad y la gestión públicas pueden garantizar mejor el acceso universal, precios asequibles, inversiones a largo plazo y decisiones orientadas a las necesidades colectivas.

Para ello hacen falta financiación, gestión profesional, transparencia, auditorías independientes y participación de trabajadores y usuarios. La propiedad pública debe ir acompañada de control democrático y rendición de cuentas. El objetivo no es sustituir un interés privado por una burocracia sin control, sino poner recursos esenciales al servicio de la sociedad.

5. Una economía al servicio de las mayorías

La izquierda necesita un proyecto económico que vaya más allá de administrar las desigualdades existentes. Debe impulsar una política industrial capaz de crear empleo de calidad, fortalecer sectores productivos, fomentar la investigación y la innovación y afrontar la transición energética sin trasladar sus costes a las familias trabajadoras.

Las ayudas y los recursos públicos destinados a empresas deben estar vinculados a compromisos verificables: creación y mantenimiento de empleo, respeto a los derechos laborales, inversión productiva y retorno social. No puede ser que la sociedad asuma los riesgos mientras los beneficios se privatizan.

También es necesario favorecer la economía social, las cooperativas y la participación de los trabajadores en las decisiones empresariales. Una economía más democrática requiere que quienes generan la riqueza tengan mayor capacidad para decidir sobre su destino.

6. Una izquierda que cumpla y rinda cuentas

Todo este programa necesita organizaciones políticas capaces de recuperar la confianza de la ciudadanía. Para ello, la izquierda debe escuchar a los trabajadores, sindicatos, movimientos sociales y asociaciones vecinales, sin limitarse a buscar su apoyo durante las campañas electorales.

Debe presentar compromisos claros, explicar sus decisiones y publicar periódicamente qué medidas ha aplicado, cuáles siguen pendientes y qué obstáculos han impedido cumplirlas. La responsabilidad política no termina el día de las elecciones: debe mantenerse durante toda la legislatura.

También debe estar dispuesta a rectificar cuando una política no funciona y a reconocer sus errores. La defensa de los derechos sociales exige coherencia entre lo que se promete y lo que se hace desde las instituciones.

Un programa de exigencias, no un cheque en blanco

La clase trabajadora no necesita que la izquierda le pida confianza indefinidamente. Necesita que se gane esa confianza con políticas que mejoren las condiciones de vida, reduzcan las desigualdades y redistribuyan el poder económico.

Exigir salarios dignos, vivienda asequible, servicios públicos de calidad, una fiscalidad justa y el control democrático de los sectores estratégicos no son demandas aisladas. Forman parte de un mismo proyecto: poner la economía y las instituciones al servicio de las mayorías sociales.

Votar sigue siendo una herramienta importante, pero la participación democrática no puede limitarse a depositar una papeleta cada cuatro años. También significa organizarse, movilizarse, defender derechos y exigir responsabilidades a quienes reciben nuestro apoyo.

La izquierda debe recuperar su capacidad de representar los intereses de la clase trabajadora y ofrecer un horizonte de transformación. Y la ciudadanía debe conservar su capacidad de exigir, fiscalizar y presionar para que ese compromiso se convierta en realidad. Porque los derechos conquistados nunca están garantizados para siempre: se defienden y se amplían mediante la organización y la lucha colectiva.


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Nicaragua, el paradigma del café


Por Fabrizio Casari

No cabe duda de que el mundo atraviesa una fase extremadamente convulsa. Tampoco cabe duda de que se trata de la más convulsa desde la posguerra hasta hoy, dado que está atravesado por 60 conflictos, golpeado por una crisis estructural del sistema capitalista de orientación financiera y marcado por el retroceso constante de la influencia del sistema dominante unipolar. La crisis se ha vuelto global ante la escasez energética provocada por el saqueo mediante el cual Estados Unidos intenta imponer que los recursos energéticos internacionales se destinen al mantenimiento de su modelo. Un modelo en crisis ética, política y económica por la deuda más elevada del planeta y por una profunda fractura social, que permite que las 500 empresas más ricas del mundo prosperen mientras 40 millones de estadounidenses sobreviven con índices por debajo de la pobreza.

La crisis golpea sobre todo a Occidente, pero es evidente que las consecuencias sobre la cadena de valor del comercio global de importación y exportación terminan afectando a casi todos. Sin embargo, en un contexto mundial en el que el crecimiento en torno al 1,5 % constituye el dato más extendido, y en el que incluso economías tradicionalmente consideradas entre las más sólidas del mundo luchan por evitar el crecimiento cero o incluso la recesión, Nicaragua, a su escala, lleva 19 años registrando un crecimiento importante tanto en términos relativos como absolutos.

Así lo ha destacado sin rodeos Ovidio Reyes, presidente del Banco Central: en 2025, el crecimiento del PIB fue del 4,9 %, por encima de las previsiones. En el primer semestre de 2026, los indicadores macroeconómicos y microeconómicos han señalado una trayectoria similar. La economía muestra señales de dinamismo y estabilidad al mismo tiempo, el comercio mantiene su actividad y las inversiones crecen un 18 %, lo que impulsa aún más el desarrollo.

El café sigue siendo uno de los pilares fundamentales de las exportaciones. Hay más de 252.000 manzanas cultivadas, 55.000 familias que viven de esta actividad y más de 500.000 puestos de trabajo directos e indirectos generados en las zonas rurales. Si en 2025 las exportaciones de café generaron 918,4 millones de dólares, las proyecciones para 2026 apuntan a una cifra aún mayor: en los primeros seis meses se alcanzaron los 691 millones de dólares.

Estos resultados se han obtenido precisamente gracias a la construcción de infraestructuras viales que, como señala Reyes, han facilitado el transporte de trabajadores y mercancías desde las explotaciones agrícolas hasta los puertos. Todo ello reduce los costes y aumenta la eficiencia productiva. Lo mismo puede decirse de la extensión del suministro eléctrico a todo el país, que constituye una enorme fuente de riqueza para la agroindustria, así como de la construcción continua de hospitales y centros de salud.

La producción y la comercialización del café se convierten así en un paradigma del modelo de crecimiento que integra el desarrollo de las infraestructuras, el bienestar de la población y el incremento de los ingresos. Es uno de los ejemplos más significativos de cómo el desarrollo integral del país se refleja en cada uno de los sectores que componen su economía.

Sin embargo, el aspecto más importante no reside en los datos concretos en sí mismos, sino en cómo el crecimiento macroeconómico repercute en la microeconomía; dicho de otro modo, en cómo el aumento de la riqueza nacional se traduce también en una mejora del bienestar de las familias. Estas se benefician, ante todo, de la estabilidad de los precios, que, incluso cuando los ingresos aumentan de forma limitada, permite incrementar indirectamente el poder adquisitivo al evitar que suban los precios de los productos de primera necesidad.

Precisamente para proteger este poder adquisitivo y, al mismo tiempo, salvaguardar el equilibrio presupuestario y vigilar las espirales inflacionarias - la inflación se sitúa en el 2,8 %, por debajo de la media del continente - la estabilidad de los precios constituye un aspecto fundamental de este panorama positivo. Gracias a ella, cada año una proporción mayor de la población puede acceder a bienes de consumo de los que antes estaba total o parcialmente excluida.

¿Revolución de la economía, economía de la Revolución

Aquí reside el sentido profundo de la economía social que inspira el sistema de bienestar vigente en Nicaragua. La combinación del apoyo directo mediante la gratuidad de los servicios sociales y las subvenciones al gasto en energía y transporte, junto con el mantenimiento de los precios, constituye la fórmula para una transmisión eficaz entre la microeconomía y la macroeconomía, entre la riqueza del país y la riqueza de sus habitantes.

No se trata de algo obvio, puesto que las principales economías del mundo capitalista de orientación neoliberal tienen precisamente en la escandalosa discordancia entre el crecimiento del PIB y el empobrecimiento de los sectores más desfavorecidos de la población su resultado más evidente.

Para ilustrarlo, imaginemos a tres personas y tres pollos sobre la mesa para comer: la economía liberal diría que cada uno tiene un pollo, pero si uno de los tres se come dos, otro se quedará sin nada. Y eso es exactamente lo que ocurre en las economías neoliberales, porque la transferencia neta de recursos de la riqueza pública a los bolsillos privados incrementa exponencialmente tanto el empobrecimiento de las clases medias y bajas como el enriquecimiento adicional y desmesurado de las clases altas.

En definitiva, el aumento de la riqueza casi nunca significa una mejora del bienestar de las clases desfavorecidas, porque el principio de la acumulación no significa nada sin el de la redistribución.

En Nicaragua, en cambio, la historia es completamente distinta, porque destinar el 65 % del PIB a la lucha contra la pobreza significa actuar en la dirección opuesta a la del liberalismo: la riqueza acumulada gracias al crecimiento económico se transfiere desde el Estado hacia los sectores más necesitados.

Esto permite poner en práctica un principio de justicia de matriz socialista y cristiana, así como un modelo económico keynesiano de orientación socialista, que contempla el aumento del poder adquisitivo de la población como mecanismo generador de la demanda interna. Esta genera una mayor circulación de dinero y propicia una mayor oferta, que a su vez permite crear más empleo, distribuir más riqueza y aumentar el consumo.

Por supuesto, no todo es tan automático ni está exento de incertidumbres. Las fluctuaciones de los precios de las materias primas en los mercados internacionales no pueden dejar de afectar a Nicaragua. Sin embargo, la dirección que ha tomado desde 2007 el modelo socioeconómico sandinista, gracias al papel de dirección política de la economía y de regulación del mercado, ha protegido al país de las distorsiones y las injusticias típicas de las economías liberales.

Estas últimas, por el contrario, plantean la exclusión del Estado de los mecanismos fundamentales de la economía y reducen su función a la gestión normativa y administrativa, dejando la gestión económica en manos de una improbable autorregulación del mercado, como si este fuera un organismo capaz de auto disciplinarse y no, por su propia naturaleza, un generador de privilegios, desigualdades, abusos e injusticias: la señal más clara de un desarrollo distorsionado.

La atención prestada a la protección de las cuentas públicas, incluso dentro de un modelo que prevé destinar la mayor parte del PIB a los sectores más desfavorecidos, ha servido para reparar la destrucción provocada por 16 años de liberalismo desenfrenado, a los que siguieron diez años de guerra y décadas de dictadura somocista.

Y precisamente en un contexto de gasto social tan elevado, esta política se ha traducido en la capacidad de mantener la inflación bajo control - estancada en el 2,8 % - y, al mismo tiempo, garantizar un desarrollo lo más equilibrado y armonioso posible entre las distintas regiones del país, con aceleraciones evidentes, pero nunca temerarias, permitiendo así mantener el equilibrio de las cuentas generales.

La apuesta ganadora del sandinismo ha sido negarse a aceptar para Nicaragua y los nicaragüenses el destino de un país subdesarrollado, rico en alimentos, pero con un pueblo hambriento, con una economía rural al servicio de los latifundios y humillante para los campesinos, gestionada por un Estado de ínfima categoría y con niveles altísimos de corrupción.

La paz, motor del desarrollo

También resulta evidente que el crecimiento de la producción y de las exportaciones está estrechamente vinculado al contexto general. Un contexto en el que la paz constituye el requisito indispensable para sembrar, cosechar, distribuir y comercializar el café, al igual que cualquier otro producto.

El General Avilés, Jefe del pueblo uniformado, ha recordado que el Ejército de Nicaragua ha desplegado a 3.000 efectivos para proteger la paz y la tranquilidad de los ciudadanos y productores en toda la zona, y que la condición para seguir mejorando la producción reside en la estrecha colaboración entre el Ejército, la Policía y los productores, unidos en el esfuerzo por construir una Nicaragua cada vez más orientada al crecimiento económico y al bienestar de la población.

En efecto, la paz es una palabra que encierra varios significados. La paz no solo es deseable porque reduce o elimina los conflictos y garantiza plenamente la tranquilidad, sino también porque genera estabilidad de manera directa. Y la estabilidad es precisamente el factor decisivo que incentiva las inversiones de capital nacional y extranjero en la producción y comercialización de productos agrícolas.

Por tanto, la estabilidad del entorno geográfico en el que se encuentran las grandes plantaciones agrícolas del país repercute de inmediato en la producción y, en consecuencia, en los volúmenes, los destinos, la comercialización y los ingresos que de ella se derivan, así como en la economía nacional.

El desafío de la pacificación nacional se ha superado. Así lo demuestran no solo los índices extraordinariamente bajos de criminalidad en el conjunto del continente, sino también la afirmación contundente de la estabilidad interna frente a cualquier intento de desestabilizar el marco político y constitucional del país.

Una Nicaragua que ha saldado las cuentas con el pasado y que ahora se proyecta hacia el futuro. Mirando hacia adelante, pero siempre con los pies en la tierra.



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miércoles, 28 de octubre de 2026

DECLARACIÓN FINAL DEL XI ENCUENTRO EUROPEO DE SOLIDARIDAD CON LA REVOLUCIÓN POPULAR SANDINISTA





Brescia, Italia, 23-25 de octubre de 2026

¡Por la paz, la soberanía de los pueblos y la solidaridad internacionalista!

Las organizaciones, colectivos y personas participantes en el XI Encuentro Europeo de Solidaridad con la Revolución Popular Sandinista, procedentes de distintos territorios de Europa: Euskal Herria, Zaragoza, Asturias y Catalunya (Estado Español), Alemania, Dinamarca, Suecia, Francia, Italia y Bélgica. Nos reunimos en Brescia, Italia para rendir homenaje al compañero internacionalista Dino Verderio por su solidaridad con Nicaragua y su compromiso de defensa de la Revolución Sandinista. Y tras tres días de trabajo, coordinación, talleres, ponencias y reencuentros, DECLARAMOS:

Ante el agravamiento de las guerras imperialistas y las agresiones militares, hacemos nuestro el llamamiento a la paz defendido por Nicaragua ante la 81.ª Asamblea General de la ONU, donde el canciller Valdrack Jaentschke presentó el pronunciamiento de su país en favor de la paz global, la erradicación de la pobreza y un orden internacional multipolar.

Defendemos la cooperación entre naciones y reconocemos a los BRICS como una expresión del fortalecimiento del Sur Global y de la búsqueda de relaciones internacionales más justas, basadas en la soberanía, la igualdad y el desarrollo compartido.

Expresamos nuestra solidaridad con el pueblo palestino, denunciamos el genocidio, la ocupación y la destrucción de Gaza, y exigimos el fin de la violencia, la entrada de ayuda humanitaria y el reconocimiento de los derechos nacionales palestinos. Felicitamos a Nicaragua por su demanda ante la Corte Internacional de Justicia contra Alemania, en la que denuncia presuntos incumplimientos de obligaciones internacionales relacionados con su complicidad con Israel en el genocidio con el pueblo palestino.

Reafirmamos también nuestra solidaridad con el pueblo iraní frente a los ataques militares de EEUU e Israel y exigimos el cese de las hostilidades y el respeto a su soberanía.

En Venezuela, continuamos denunciando el secuestro de su presidente constitucional Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores, por EEUU y exigimos su inmediata liberación. Denunciamos la intervención norteamericana, defendemos la soberanía venezolana y felicitamos al pueblo bolivariano por la experiencia de las comunas, impulsada desde la etapa de Hugo Chávez, como proyecto de organización popular, participación directa y construcción del poder comunitario. Apostamos por su fortalecimiento como vía para afrontar las presiones externas y defender la independencia nacional.

Reiteramos nuestra solidaridad con Cuba y exigimos el fin del criminal bloqueo estadounidense, denunciando sus graves consecuencias económicas y sociales, así como la crisis energética y los prolongados apagones que afectan a la población.

Nicaragua se aproxima al vigésimo aniversario de la segunda etapa de la Revolución Popular Sandinista, que se cumplirá en Enero del 2027 y por ello queremos reconocer las transformaciones desarrolladas desde 2007 en ámbitos fundamentales para el bienestar del pueblo nicaragüense:

  1. Sanidad. Nicaragua ha pasado de 33 hospitales en 2006 a 79, con 43 nuevos hospitales construidos desde 2007. También se han ampliado los centros de salud, la atención comunitaria y los servicios médicos en zonas rurales.
  2. Educación. Destacamos la gratuidad de la enseñanza pública, en todas las etapas de la educación, la ampliación de centros educativos y el acceso a la formación técnica y universitaria. En 2025, el programa Universidad en el Campo (UNICAM) acercaba la educación superior a 38.153 personas mediante siete universidades públicas.
  3. Infraestructura y comunicaciones. La red de carreteras pavimentadas ha pasado de 2.044 kilómetros en 2007 a 5.740 en 2026, junto con la construcción y rehabilitación de caminos y puentes que mejoran la comunicación entre comunidades y regiones productivas.
  4. Vivienda digna. Entre 2007 y 2025 se construyeron o mejoraron 151.395 viviendas, mediante programas sociales dirigidos especialmente a familias de bajos ingresos.
  5. Electrificación, energías renovables y agua potable. La cobertura eléctrica pasó de cerca del 54 % en 2007 a más del 99,7 % en febrero de 2026. Las fuentes renovables aportan alrededor del 73 % de la generación eléctrica, mientras que la cobertura de agua potable supera el 95 %.
  6. Reducción de la extrema pobreza. Reconocemos el impulso de los 40 programas orientados a la restitución de derechos de la población nicaragüense y la mejora de su calidad de vida. Entre ellos destacamos el Plan Techo, Hambre cero y Usura Cero. Estas medidas, junto con la inversión social y el apoyo a las familias, forman parte de los esfuerzos para mejorar las condiciones de vida y reducir la pobreza. Actualmente Nicaragua dedica el 65,4% del presupuesto para combatir la pobreza.

Felicitamos al pueblo de Nicaragua por las reformas institucionales, así como todas las iniciativas jurídicas y políticas que sean destinadas a garantizar la paz y el desarrollo de Nicaragua, la defensa de su soberanía. Y defendemos su derecho a decidir soberanamente su modelo de desarrollo. Reivindicamos la participación popular, la independencia nacional y la protección frente a las injerencias extranjeras.

Denunciamos la campaña de desinformación, así como las iniciativas de intervención y medidas coercitivas unilaterales y presión, impulsadas desde EEUU y determinadas instancias europeas.

El CES-RPS continuará desarrollando su trabajo de lucha comunicacional, para combatir el bloqueo mediático y dar a conocer las transformaciones de la Revolución Sandinista. Asimismo, seguiremos impulsando la campaña internacional «NICARAGUA SE RESPETA», que exige el cumplimiento de la sentencia de la CIJ del 27 de junio de 1986.

La solidaridad internacionalista significa defender los derechos de las clases trabajadoras, los servicios públicos, la justicia social y la autodeterminación de los pueblos. Frente a la guerra y la dominación, defendemos la paz, la cooperación y el derecho de cada nación a construir su propio futuro.

Agradecemos al gobierno de Nicaragua por su reconocimiento al institucionalizar el 28 de abril como día nacional del héroe internacionalista para honrar a hombres y mujeres de distinta nacionalidad que apoyaron y siguen apoyando las luchas por la paz, la soberanía y justicia del país.

¡Por la paz, la justicia social y un mundo multipolar!
¡Viva la solidaridad internacionalista!
¡Nicaragua se respeta!
¡Viva la Revolución Popular Sandinista!




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lunes, 19 de octubre de 2026

Crece la rebelión social en Europa : vivienda, salarios y servicios públicos en el centro del descontento


Por Javier Huerta

Juventud y clase trabajadora frente a un sistema que bloquea sus expectativas de futuro


Las protestas que recorren Francia, España, Bélgica, Portugal, Italia y Albania expresan un malestar social con raíces comunes, pero también responden a conflictos nacionales distintos. El encarecimiento de la vida, la precariedad, las dificultades para acceder a una vivienda y el deterioro de los servicios públicos alimentan una contestación que pone en cuestión las prioridades económicas y políticas de los gobiernos.

Desde finales de septiembre, miles de estudiantes, trabajadores y otros sectores sociales han salido a las calles de distintas ciudades europeas para denunciar unas condiciones de vida cada vez más difíciles. Las movilizaciones no responden a una convocatoria única ni cuentan con una dirección compartida, pero coinciden en problemas que atraviesan buena parte del continente: salarios que pierden capacidad adquisitiva, vivienda inaccesible, educación pública bajo presión y servicios esenciales que no siempre responden a las necesidades de la población.

La coincidencia temporal no convierte estas protestas en un movimiento europeo unificado. Francia vive una crisis que comenzó en los centros educativos y se extendió hacia otras reivindicaciones sociales; en España y Portugal, la vivienda concentra buena parte de la indignación; en Bélgica confluyen las protestas sindicales contra los ajustes presupuestarios y las movilizaciones estudiantiles; en Italia se combinan las demandas económicas con el rechazo a las guerras; y en Albania, las protestas juveniles se han transformado en un desafío directo al Gobierno de Edi Rama.

El hilo conductor es material: cada vez resulta más difícil que el empleo, la formación y el esfuerzo individual garanticen unas condiciones de vida dignas. Para la juventud, emanciparse y acceder a una vivienda se convierte en una carrera de obstáculos; para muchas familias trabajadoras, los gastos esenciales absorben una parte creciente de los ingresos; y para quienes dependen de la educación, la sanidad y otros servicios públicos, los recortes amenazan derechos que condicionan sus oportunidades.

La cuestión política de fondo es quién soporta el coste de esta situación. Cuando los gobiernos justifican los ajustes en nombre de la estabilidad presupuestaria, la competitividad o la reducción de la deuda, las decisiones sobre qué se financia y qué se recorta distribuyen de manera desigual sus consecuencias. Las protestas están obligando a discutir esas prioridades, aunque sus participantes no compartan necesariamente un mismo diagnóstico ni una estrategia común.

Francia: de las aulas deterioradas a una crisis social y política

En Francia, las movilizaciones comenzaron a finales de septiembre entre estudiantes de secundaria que denunciaban la falta de profesorado, las aulas masificadas, las instalaciones deterioradas y las dificultades de acceso a la educación superior. Las protestas se extendieron desde los centros educativos a las calles y sumaron a sindicatos, trabajadores y activistas. A las reivindicaciones educativas se incorporaron el encarecimiento de la vida, el precio de los combustibles y la pérdida de poder adquisitivo.

La jornada del 17 de octubre marcó una escalada. Según el Ministerio del Interior francés, más de 550.000 personas participaron en las manifestaciones de ese sábado. La movilización incluyó concentraciones pacíficas, pero también enfrentamientos, incendios y saqueos en distintas ciudades. En Limoges fue incendiado el ayuntamiento y se registraron daños en numerosos comercios. El 19 de octubre, las autoridades contabilizaban alrededor de 2.400 detenciones durante el fin de semana y más de 3.000 establecimientos dañados o saqueados, cifras oficiales que deben entenderse como un balance provisional de los incidentes.

La dimensión de los disturbios ha desplazado parte del debate hacia la seguridad y el orden público. Sin embargo, los actos de violencia no explican por sí solos el origen de la movilización ni permiten atribuir una misma conducta al conjunto de quienes han protestado. La falta de docentes, el deterioro de los centros y las barreras económicas para continuar los estudios son problemas concretos que afectan a miles de estudiantes, independientemente de los enfrentamientos protagonizados por determinados grupos.

La educación pública tiene una dimensión de clase evidente. Las familias con recursos pueden recurrir a centros privados, clases particulares o alternativas que compensen las deficiencias del sistema; quienes dependen exclusivamente de la enseñanza pública tienen menos margen para hacerlo. Cuando se deteriora la calidad educativa o se restringe el acceso a los estudios superiores, las desigualdades económicas existentes pueden reproducirse y ampliarse.

El Gobierno francés ha anunciado que incorporará a unos 3.000 docentes cualificados, pero aún no se comprometido a un aumento sustancial de la financiación escolar. La limitada capacidad presupuestaria del Ejecutivo dificulta una respuesta amplia al malestar. Al mismo tiempo, los sindicatos han anunciado nuevas movilizaciones contra los recortes y en favor de los salarios, mientras algunos grupos estudiantiles han llamado a volver a las calles el 24 de octubre.

La crisis francesa revela así una contradicción: se exige a la juventud que se forme y construya su futuro, pero las instituciones que deberían garantizar esa posibilidad no siempre cuentan con los recursos necesarios. Cuando esa frustración se combina con el encarecimiento de la vida y la incertidumbre laboral, una protesta inicialmente educativa puede convertirse en una contestación social más amplia.

España: la vivienda convierte la precariedad en un problema colectivo

En España, la vivienda se ha consolidado como uno de los principales focos de conflicto social. El 3 de octubre se celebraron manifestaciones en alrededor de cincuenta ciudades para reclamar medidas contra los alquileres abusivos, la especulación y los desahucios. La convocatoria adquirió una especial repercusión tras conocerse el caso de una mujer de 87 años desalojada en Madrid después de que un fondo de inversión aumentara un 230 % el alquiler de su vivienda.

El caso puso rostro a un problema que afecta a generaciones distintas. Según datos citados por The Guardian, los alquileres en España han aumentado aproximadamente un 80 % en una década. El encarecimiento obliga a muchas personas jóvenes a compartir vivienda durante más años, retrasa la emancipación y fuerza a familias trabajadoras a destinar una proporción creciente de sus ingresos a mantener un hogar. Para quienes tienen salarios bajos o pensiones reducidas, una subida del alquiler puede poner en peligro la estabilidad residencial incluso después de años viviendo en el mismo lugar.

La contradicción está en la propia función económica de la vivienda. Para quien necesita un hogar, es una condición básica de seguridad y autonomía; para quien acumula propiedades o invierte en el mercado inmobiliario, puede ser una fuente de rentabilidad. La presión de los alquileres turísticos, la concentración de viviendas en manos de grandes propietarios y la especulación pueden intensificar esa tensión, aunque su peso concreto varía según la ciudad y el mercado local.

La crisis no se resuelve únicamente con ayudas individuales si los precios continúan creciendo por encima de los ingresos. Las subvenciones pueden aliviar situaciones urgentes, pero, sin una oferta suficiente de vivienda asequible y medidas eficaces contra los abusos, parte de esa ayuda puede terminar absorbida por el propio mercado. Por eso las manifestaciones han reclamado cambios estructurales y una intervención pública capaz de garantizar que el acceso a la vivienda no dependa exclusivamente de la capacidad de pago.

La cuestión de clase es directa: quienes viven de su salario destinan una parte de sus ingresos a pagar un alquiler, mientras los propietarios obtienen ingresos por ese mismo gasto. Esa relación no convierte a todos los propietarios en actores idénticos ni explica por sí sola cada variación de los precios, pero permite entender por qué la vivienda genera un conflicto distributivo. La movilización plantea si las políticas públicas deben priorizar la rentabilidad inmobiliaria o el derecho de la población a disponer de un hogar estable.

Bélgica: los sindicatos contra los ajustes y los estudiantes por el acceso a la educación

En Bélgica, las protestas han tenido dos frentes relacionados, pero diferenciados. El 9 de octubre, alrededor de 30.000 personas participaron en una marcha en Bruselas vinculada a una huelga nacional contra los recortes presupuestarios del Gobierno. La convocatoria partió de los dos principales sindicatos del país: la organización socialista FGTB/ABVV y la cristiana CSC/ACV.

Las centrales sindicales denunciaron unas medidas que, a su juicio, trasladan a trabajadores, pensionistas y hogares de bajos ingresos el peso de la reducción del déficit público. El Gobierno defendió la necesidad de ajustes para evitar que la deuda y los costes de financiación impongan una carga mayor a las generaciones futuras. El desacuerdo no gira únicamente en torno a la necesidad de equilibrar las cuentas, sino a quién debe asumir el coste y qué servicios o prestaciones quedan expuestos a los recortes.

Durante la jornada hubo enfrentamientos entre la policía y grupos de manifestantes, con incendios y daños a bienes públicos. Reuters informó de 21 personas detenidas o arrestadas, entre ellas 13 menores. Sin embargo, la marcha sindical en sí transcurrió mayoritariamente de forma pacífica, según la información policial.

Las protestas estudiantiles constituyen un segundo frente. Comenzaron a principios de octubre en Lieja y se extendieron a Bruselas, donde el 17 de octubre se manifestaron varios centenares de jóvenes. Los estudiantes denunciaron el aumento de los costes educativos, las aulas masificadas y las reformas que temen que dificulten el acceso a la enseñanza superior. Las movilizaciones se produjeron en un contexto de presión presupuestaria sobre los servicios públicos y de preocupación por las oportunidades de las generaciones jóvenes.

La relación entre ambos conflictos es significativa, aunque no debe confundirse a sus convocantes ni sus demandas. Los sindicatos cuestionan las consecuencias sociales de los ajustes; los estudiantes advierten de que el encarecimiento de la educación puede convertir el origen económico en un factor aún más determinante para acceder a los estudios superiores. En ambos casos, las decisiones presupuestarias repercuten de manera desigual sobre quienes dependen de los salarios y los servicios públicos.

Las pancartas de la jornada sindical condensaron esa conexión entre educación y clase: «Me he saltado clase para defender a la clase», recogió Reuters entre las consignas de los participantes. La frase resume una preocupación compartida: el acceso a la educación y la protección de las condiciones laborales no son asuntos aislados, sino elementos centrales de las oportunidades sociales.

Portugal: vivienda inaccesible y pérdida de poder adquisitivo

En Portugal, la manifestación convocada en Lisboa el 17 de octubre por la Confederación General de los Trabajadores Portugueses (CGTP-IN) reunió demandas relacionadas con los salarios, las pensiones, la vivienda y el coste de la energía y los combustibles. El conflicto residencial también se hizo visible en los campamentos levantados en espacios públicos: personas que reclamaban una respuesta a la falta de viviendas asequibles instalaron tiendas de campaña en Lisboa y Oporto.

Según la información publicada por Al Jazeera, los precios de la vivienda en Portugal se han más que duplicado desde 2017, mientras que los alquileres de los nuevos contratos han experimentado un crecimiento similar. La comparación debe entenderse con precisión: los precios de compraventa y los de los nuevos alquileres son indicadores distintos, pero ambos apuntan a una presión intensa sobre quienes buscan una vivienda.

La subida de los precios coincide con la preocupación por unos salarios que no siempre permiten cubrir los gastos básicos. Cuando el alquiler, los alimentos, la energía y el transporte absorben la mayor parte de los ingresos, las familias tienen cada vez menos margen para afrontar imprevistos. Para la juventud, esa presión dificulta la emancipación; para quienes tienen empleos precarios, salarios modestos o pensiones limitadas, aumenta el riesgo de pobreza y exclusión residencial.

Los campamentos no resuelven la crisis, pero hacen visible una contradicción que las estadísticas pueden presentar de forma abstracta: hay personas para quienes disponer de una vivienda estable se ha convertido en un objetivo difícil de alcanzar, incluso cuando trabajan. El problema no se reduce a la falta de esfuerzo individual. También depende de la evolución del mercado, de la disponibilidad de vivienda asequible y de las decisiones políticas sobre el uso del suelo y la función social del parque residencial.

La protesta de la CGTP-IN sitúa la vivienda dentro de una agenda más amplia de defensa de los ingresos y las condiciones de vida. Esa conexión es importante porque el coste residencial no puede analizarse al margen de los salarios: un alquiler puede resultar inasumible no solo porque aumente, sino porque los ingresos de quien lo paga no crecen al mismo ritmo. La reivindicación de vivienda asequible está, por tanto, estrechamente ligada a la lucha por unas condiciones laborales y unas pensiones dignas.

Italia: el coste de la vida y el rechazo a las guerras

Italia vivió el 17 de octubre movilizaciones contra el encarecimiento de la vida y las guerras. En Milán, una marcha que comenzó de forma pacífica terminó con enfrentamientos entre algunos manifestantes y la policía, incendios y daños en establecimientos. También se registraron incidentes en otras ciudades, entre ellas Bolonia. La cobertura de la jornada recogió demandas relacionadas con mejores salarios, pensiones, vivienda, combustible y servicios públicos.

El contexto económico contribuye a explicar el malestar, aunque no basta por sí solo para explicar las decisiones de cada participante. Associated Press informó de que la inflación italiana había alcanzado el 4,2 % en septiembre, frente al 3,8 % registrado en la eurozona. Ese diferencial no demuestra que la inflación sea la causa única de las protestas, pero ilustra la presión que sufren los hogares cuando suben los precios y los ingresos no avanzan al mismo ritmo.

La preocupación por el coste de la vida se enlaza con el estado de los servicios públicos y con las condiciones de empleo. Los salarios determinan la capacidad de afrontar gastos esenciales; las pensiones condicionan la seguridad económica de las personas mayores; y el acceso a la vivienda afecta a la autonomía de quienes comienzan su vida laboral. Cuando esos elementos se deterioran simultáneamente, el malestar puede superar el ámbito de una reivindicación concreta y convertirse en una crítica más amplia a las prioridades gubernamentales.

Las consignas contra las guerras añaden una dimensión política e internacional. Parte de los manifestantes reclama que los recursos públicos se orienten a mejorar las condiciones de vida, en lugar de destinarse a políticas militares que consideran prioritarias para los gobiernos. Esa crítica expresa una disputa sobre el gasto público, pero no permite afirmar que todos los participantes compartan la misma posición sobre los conflictos internacionales o las alianzas militares.

También en Italia es esencial distinguir las demandas sociales de los episodios de violencia. Los daños y enfrentamientos forman parte de los hechos que deben consignarse, pero no justifican atribuir una misma conducta a toda la manifestación ni convertir los disturbios en una explicación suficiente de la protesta. La aparición del denominado Oct. 17 Movement, que anunció su intención de mantener movilizaciones periódicas. Su continuidad permitirá valorar si el malestar se traduce en una organización estable o queda limitado a convocatorias puntuales.

Albania: el descontento estudiantil se convierte en una crisis de legitimidad

En Albania, las protestas han adquirido un carácter directamente antigubernamental. Desde mediados de octubre, miles de jóvenes se han concentrado en Tirana y otras ciudades para exigir la dimisión del primer ministro, Edi Rama. Las movilizaciones denuncian la corrupción, la falta de oportunidades laborales y las deficiencias educativas. También se relacionan con meses de oposición a un controvertido proyecto turístico de lujo en la costa, respaldado por Jared Kushner, y a las circunstancias en que se habría transferido el terreno destinado a su desarrollo.

El 16 de octubre las protestas se habían extendido más allá de la capital y los estudiantes consideraban agotadas las vías de movilización pacífica después de meses sin respuestas satisfactorias. En los enfrentamientos se produjeron daños materiales, incendios y choques con la policía. Al día siguiente, se uso gases lacrimógenos, cañones de agua y proyectiles que parecían ser balas de goma. El jefe de la policía comunicó que más de mil personas habían sido detenidas y que 388 habían sido procesadas, según el balance difundido durante las protestas. Esas cifras corresponden a las autoridades y deben atribuirse expresamente a ellas.

El conflicto urbanístico requiere una distinción importante. El terreno del proyecto estaba relacionado con una persona buscada por tráfico de drogas, pero también señaló que no había pruebas de que Kushner hubiera cometido irregularidades. La controversia forma parte del contexto político de las movilizaciones, pero no debe transformarse en una acusación no demostrada contra el empresario ni sustituir el conjunto de las reivindicaciones estudiantiles.

El 18 de octubre, Rama rechazó las exigencias de dimisión y sostuvo que las protestas amenazaban la trayectoria de Albania hacia la Unión Europea, en lugar de poner en peligro a su Gobierno. La declaración refleja el intento del Ejecutivo de presentar la crisis en términos de estabilidad política e integración europea. Para los manifestantes, sin embargo, la legitimidad de las instituciones también depende de su capacidad para ofrecer oportunidades, combatir la corrupción y garantizar servicios públicos adecuados.

La situación albanesa difiere de la de los países donde la vivienda o los salarios dominan las convocatorias. Aquí, la exigencia de dimisión del Gobierno ocupa un lugar central. Aun así, las reivindicaciones materiales son inseparables de la crisis política: la falta de empleo, la calidad de la educación y la percepción de que las oportunidades dependen de redes de poder condicionan las expectativas de una generación. Cuando las instituciones no responden a esas demandas, la frustración económica puede transformarse en una crisis de confianza en el sistema político.

Una crisis social común, pero no una revuelta europea unificada

Las movilizaciones de estas semanas no constituyen una revuelta coordinada ni responden a un programa único. Sus convocantes, demandas inmediatas y formas de protesta varían de un país a otro. Francia vive una crisis educativa que se ha extendido a otros problemas sociales; España y Portugal concentran buena parte de sus protestas en la vivienda; Bélgica combina la oposición sindical a los ajustes con las reivindicaciones estudiantiles; Italia reúne demandas económicas y rechazo a las guerras; y Albania atraviesa una crisis política en la que los estudiantes exigen la dimisión del primer ministro.

Pero esas diferencias no impiden identificar una experiencia compartida: el esfuerzo individual ofrece cada vez menos garantías de estabilidad. La formación no asegura un empleo digno; tener trabajo no garantiza poder pagar una vivienda; y los servicios públicos pueden resultar insuficientes precisamente para quienes más dependen de ellos. No todos los países presentan el mismo nivel de precariedad ni las mismas causas, pero las protestas muestran que amplios sectores de la población perciben una distancia creciente entre las promesas de progreso y sus condiciones cotidianas.

Una perspectiva de clase permite conectar esos conflictos sin borrar sus particularidades. La vivienda es una necesidad para quien busca un hogar y un activo rentable para quien invierte en propiedades; el salario es el sustento de quien trabaja y un coste que las empresas intentan contener; la educación amplía las oportunidades, pero pierde capacidad igualadora cuando el acceso depende cada vez más de los recursos familiares. Estas relaciones no explican automáticamente cada protesta, pero ayudan a comprender por qué dificultades aparentemente individuales adquieren una dimensión colectiva.

También es necesario evitar una lectura idealizada de las movilizaciones. La coincidencia de reivindicaciones materiales no significa que todos los participantes compartan una orientación política, ni que las protestas conduzcan necesariamente a soluciones igualitarias. El descontento puede fortalecer la solidaridad entre trabajadores, estudiantes y otros sectores populares, pero también puede ser aprovechado por fuerzas que desvíen la responsabilidad hacia las personas migrantes o hacia otros grupos vulnerables. La orientación futura dependerá de la capacidad de los movimientos para formular demandas concretas, sostener la organización y disputar políticamente las causas de la crisis.

La dimensión internacionalista consiste en reconocer que estos problemas desbordan las fronteras y que la solidaridad entre quienes los sufren puede fortalecer sus reivindicaciones. No basta con señalar que hay protestas simultáneas: es necesario comparar las políticas que las alimentan, identificar qué sectores soportan los costes y examinar las alternativas que permitirían ampliar los derechos sociales. Esa tarea exige, además, escuchar a los propios protagonistas y distinguir sus demandas de las interpretaciones que se hacen desde fuera.

La disputa por los recursos públicos atraviesa varios de los conflictos descritos. En Bélgica, los sindicatos rechazan ajustes que consideran perjudiciales para trabajadores y pensionistas; en Francia, la falta de docentes evidencia las limitaciones de la financiación educativa; en Italia, las consignas contra las guerras cuestionan las prioridades del gasto; y en Portugal y España, la crisis residencial plantea hasta qué punto las instituciones están dispuestas a intervenir en un mercado que deja a muchas personas fuera. No se trata de problemas idénticos, pero todos obligan a discutir qué necesidades se consideran prioritarias y quién paga las consecuencias de las decisiones económicas.

La respuesta de los gobiernos será determinante. Tratar el conflicto exclusivamente como un problema de orden público puede contener temporalmente las protestas, pero no resuelve las condiciones que las alimentan. Las medidas duraderas deberán evaluarse por sus resultados: acceso real a una vivienda asequible, salarios suficientes, educación accesible, servicios públicos con recursos adecuados y garantías para quienes viven de su trabajo. Sin cambios en esas condiciones, el descontento difícilmente desaparecerá.

La extensión de las movilizaciones tampoco garantiza por sí sola una transformación política. Para que la indignación se convierta en una fuerza capaz de modificar las condiciones de vida hacen falta organización, continuidad y objetivos concretos. Lo que estas protestas ya han conseguido es hacer visible que la imposibilidad de pagar un alquiler, la pérdida de poder adquisitivo o el deterioro de la educación no son meros fracasos individuales: son problemas sociales que exigen respuestas colectivas.

La pregunta que queda abierta es si los gobiernos europeos atenderán esas demandas mediante cambios materiales o si tratarán de recuperar la estabilidad sin alterar las prioridades que han contribuido al malestar. La respuesta no se medirá en declaraciones, sino en las condiciones de vida que experimenten quienes hoy salen a la calle. Y será ahí, en la capacidad de transformar la protesta en derechos efectivos, donde se comprobará el alcance real de esta oleada de movilización.




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