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domingo, 20 de septiembre de 2026

Colombia: la larga guerra por la tierra, la riqueza y el poder

Por Javier Huerta

Una historia de violencia, exclusi贸n y excepcionalidad para comprender la Colombia de hoy

Del asesinato de Gait谩n al regreso de la mano dura: tierra, oligarqu铆a, capitalismo, militarizaci贸n y dependencia de Estados Unidos

Colombia vuelve a encontrarse ante una de esas encrucijadas hist贸ricas en las que la palabra democracia corre el riesgo de quedarse demasiado peque帽a para explicar la realidad. El pa铆s mantiene elecciones, Congreso, partidos, tribunales y una Constituci贸n que reconoce derechos fundamentales, pero detr谩s de esa arquitectura institucional permanece una historia marcada por la concentraci贸n de la tierra, la desigualdad econ贸mica, la violencia pol铆tica, el desplazamiento campesino, el paramilitarismo, el narcotr谩fico, la intervenci贸n estadounidense y la persecuci贸n de quienes han intentado construir una alternativa pol铆tica y social al poder tradicional. La llegada a la Presidencia de Abelardo de la Espriella el 7 de agosto de 2026 abre ahora una nueva etapa caracterizada por el fortalecimiento de las pol铆ticas de seguridad, la suspensi贸n de buena parte de las negociaciones con organizaciones armadas y un acercamiento especialmente estrecho a Estados Unidos. El propio Gobierno presenta este giro como una recuperaci贸n de la autoridad del Estado y de la seguridad nacional; desde otros sectores se advierte del riesgo de regresar a una l贸gica en la que el conflicto social y territorial se aborda fundamentalmente desde la militarizaci贸n. La cuesti贸n de fondo, sin embargo, es mucho m谩s profunda: ¿qu茅 democracia puede consolidarse cuando las estructuras econ贸micas y territoriales que alimentaron durante d茅cadas la violencia contin煤an sin resolverse?

Para entender la Colombia de 2026 hay que regresar necesariamente al 9 de abril de 1948, cuando el asesinato de Jorge Eli茅cer Gait谩n desencaden贸 el Bogotazo y abri贸 una de las etapas m谩s traum谩ticas de la historia contempor谩nea del pa铆s. Gait谩n hab铆a construido un discurso de movilizaci贸n popular que cuestionaba los privilegios de las 茅lites tradicionales y hablaba directamente a unas mayor铆as campesinas y trabajadoras excluidas del poder. Su asesinato no cre贸 por s铆 solo la violencia colombiana, pero se convirti贸 en el s铆mbolo de la ruptura de una posibilidad pol铆tica y en el comienzo de una etapa de enfrentamientos que acabar铆a con decenas de miles de muertos. La llamada La Violencia mostr贸 hasta qu茅 punto la disputa pol铆tica estaba entrelazada con la propiedad de la tierra y el control territorial. El posterior Frente Nacional, establecido entre liberales y conservadores entre 1958 y 1974, consigui贸 cerrar parcialmente la confrontaci贸n entre las dos grandes fuerzas tradicionales, pero lo hizo mediante un sistema de alternancia pactada que dej贸 fuera a buena parte de las fuerzas pol铆ticas y sociales que no encajaban en aquel acuerdo. En ese terreno de exclusi贸n nacieron y crecieron las guerrillas de las d茅cadas siguientes, entre ellas las FARC y el ELN, mientras el Estado desarrollaba una doctrina de seguridad profundamente influida por la l贸gica de la Guerra Fr铆a.

Pero reducir la historia colombiana a un enfrentamiento entre guerrillas y Estado ser铆a ocultar una parte fundamental del problema. La cuesti贸n agraria ha sido uno de los grandes motores estructurales del conflicto. El Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha documentado c贸mo la disputa por la tierra, el desplazamiento forzado, el despojo, la actuaci贸n de actores armados y las econom铆as ilegales se encuentran profundamente relacionados con la configuraci贸n territorial del pa铆s. Y los datos del 煤ltimo gran censo agropecuario analizado por Oxfam permiten observar la dimensi贸n de esa desigualdad: el 1 % de las explotaciones agr铆colas concentra el 81 % de la tierra, mientras el 99 % restante se reparte apenas el 19 %. Las explotaciones de menos de diez hect谩reas representan el 81 % del total, pero ocupan solamente el 5 % de la superficie. No se trata, por tanto, de una desigualdad abstracta. Se trata de qui茅n posee el suelo, qui茅n controla los territorios, qui茅n decide qu茅 se produce, qui茅n puede acceder al cr茅dito, qui茅n tiene capacidad para invertir y qui茅n puede permanecer en el campo. En una sociedad donde millones de campesinos han sufrido desplazamientos y donde la propiedad rural contin煤a extraordinariamente concentrada, la tierra sigue siendo una cuesti贸n econ贸mica, pol铆tica y de poder de clase.

Es en este escenario donde debe analizarse el fen贸meno paramilitar. Las estructuras paramilitares no fueron simplemente otro actor armado m谩s dentro de una guerra interminable. El Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha documentado su capacidad para convertirse en reguladores de la vida social y econ贸mica de numerosos territorios y ha se帽alado la necesidad de investigar sus v铆nculos con sectores estatales, pol铆ticos y econ贸micos legales, as铆 como el papel del narcotr谩fico y el despojo de tierras. En diferentes regiones, la violencia sirvi贸 para expulsar comunidades, destruir organizaciones campesinas, sindicales e ind铆genas, imponer controles territoriales y modificar las relaciones de propiedad. La historia colombiana demuestra as铆 que la violencia no siempre fue una anomal铆a al margen de la econom铆a: en determinados territorios se convirti贸 tambi茅n en un mecanismo para reorganizar el poder econ贸mico y social.

La tragedia de la Uni贸n Patri贸tica constituye otro cap铆tulo imprescindible. Surgida en el contexto de los intentos de negociaci贸n entre el Estado y las FARC durante los a帽os ochenta, la UP trat贸 de convertir la participaci贸n pol铆tica en una alternativa a la confrontaci贸n armada. El resultado fue uno de los episodios m谩s graves de persecuci贸n pol铆tica de la historia reciente colombiana: miles de militantes, dirigentes, candidatos y simpatizantes fueron asesinados, desaparecidos o expulsados de sus territorios. La experiencia dej贸 una herida que todav铆a condiciona la relaci贸n de amplios sectores de la izquierda colombiana con las instituciones. Porque para entender el concepto de “democracia en estado de sitio” no basta con preguntarse si existen elecciones. Hay que preguntarse tambi茅n qu茅 ocurre cuando una parte de la sociedad intenta organizarse pol铆ticamente para disputar el poder econ贸mico y territorial establecido.

Durante las d茅cadas siguientes, el narcotr谩fico, la expansi贸n paramilitar y la insurgencia contribuyeron a profundizar una guerra que dej贸 millones de v铆ctimas. Y en ese escenario apareci贸 con enorme fuerza otro protagonista: Estados Unidos. Plan Colombia, presentado como una estrategia contra el narcotr谩fico y posteriormente vinculado tambi茅n a la lucha contrainsurgente y al fortalecimiento institucional, convirti贸 a Colombia en uno de los principales receptores de asistencia estadounidense en Am茅rica Latina. Seg煤n el Congressional Research Service, entre los a帽os fiscales 2000 y 2016 la financiaci贸n estadounidense vinculada a Plan Colombia y sus estrategias posteriores super贸 los 10.000 millones de d贸lares a trav茅s de programas del Departamento de Estado y del Departamento de Defensa. Para Washington, Colombia se convirti贸 en un socio estrat茅gico en materia de seguridad regional. Para numerosos sectores cr铆ticos, aquella relaci贸n consolid贸 una concepci贸n militarizada de los problemas sociales y pol铆ticos colombianos. En cualquier caso, los datos permiten afirmar que la relaci贸n militar y estrat茅gica entre ambos Estados no es una circunstancia coyuntural de 2026: tiene m谩s de dos d茅cadas de continuidad.

La Constituci贸n de 1991 abri贸 una nueva etapa y reconoci贸 derechos, mecanismos de participaci贸n y una concepci贸n m谩s amplia del Estado social de derecho. Sin embargo, la nueva arquitectura constitucional convivi贸 con la persistencia de la violencia, la desigualdad territorial y la expansi贸n de las econom铆as ilegales. El Acuerdo de Paz firmado en 2016 entre el Estado y las FARC volvi贸 a colocar la cuesti贸n agraria en el centro del debate mediante la Reforma Rural Integral y abri贸 una oportunidad hist贸rica para atacar algunas de las causas estructurales del conflicto. Pero la implementaci贸n fue lenta, desigual y objeto de fuertes disputas pol铆ticas. Mientras tanto, numerosos firmantes de la paz y dirigentes sociales continuaron siendo asesinados.

La llegada de Gustavo Petro a la Presidencia en 2022, primer presidente procedente de la izquierda en la historia contempor谩nea del pa铆s, modific贸 el escenario pol铆tico. Su proyecto de “paz total”, las reformas sociales y la apuesta por avanzar en la distribuci贸n y formalizaci贸n de tierras representaron una ruptura respecto a d茅cadas de predominio de los sectores tradicionales. Esa ruptura, sin embargo, no signific贸 la desaparici贸n de las estructuras econ贸micas que hab铆an condicionado hist贸ricamente al Estado colombiano. El Gobierno Petro tuvo que desenvolverse dentro de un aparato estatal complejo, enfrent贸 oposici贸n pol铆tica, conflictos institucionales y problemas de gesti贸n y tampoco logr贸 resolver las m煤ltiples violencias territoriales. No hubo una transformaci贸n revolucionaria de las relaciones de propiedad, sino un intento de reforma desde las instituciones existentes. Precisamente por eso resulta importante no confundir la experiencia del primer Gobierno de izquierda con la desaparici贸n del poder econ贸mico de las 茅lites tradicionales.

Uno de los terrenos donde esa disputa puede observarse con mayor claridad es precisamente la tierra. En los 煤ltimos d铆as del Gobierno Petro, la Agencia Nacional de Tierras inform贸 de la entrega o formalizaci贸n de m谩s de 61.000 hect谩reas en 25 departamentos, destinadas a campesinos, comunidades ind铆genas, afrodescendientes y organizaciones pesqueras. M谩s all谩 de la valoraci贸n pol铆tica que pueda hacerse de aquella pol铆tica, el dato demuestra que la cuesti贸n agraria segu铆a siendo una de las grandes batallas pendientes cuando termin贸 el mandato. El nuevo Gobierno recibe, por tanto, un pa铆s donde la propiedad de la tierra contin煤a extraordinariamente concentrada y donde cualquier reforma territorial afecta directamente a intereses econ贸micos consolidados.

Sobre ese escenario lleg贸 al poder Abelardo de la Espriella, con un discurso centrado en seguridad, autoridad, lucha contra el narcotr谩fico, control territorial y fortalecimiento de las fuerzas de seguridad. Durante sus primeras semanas de Gobierno, la seguridad pas贸 a ocupar un lugar central en la comunicaci贸n oficial, mientras se fueron abandonando las mesas de negociaci贸n abiertas durante la etapa anterior. El cambio no es solamente discursivo. El 19 de septiembre, El Pa铆s describ铆a la nueva etapa como un abandono de la pol铆tica de “paz total” en favor de una estrategia de mayor confrontaci贸n militar, respaldada por el nuevo marco de seguridad impulsado junto a Estados Unidos. Seg煤n esa informaci贸n, se han cerrado mesas con grupos como disidencias de las FARC, Clan del Golfo y Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, mientras el Gobierno plantea una ley de “acogimiento” basada en el sometimiento a la justicia y no en una negociaci贸n pol铆tica.

La violencia contra quienes ejercen liderazgo social tampoco desapareci贸 con el cambio presidencial. El registro de INDEPAZ contabilizaba, con corte al 11 de septiembre de 2026, 108 l铆deres, lideresas y defensores de derechos humanos asesinados durante el a帽o, 89 masacres y 11 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Desde enero de 2016 hasta esa misma fecha, el acumulado registrado por el organismo ascend铆a a 1.998 l铆deres y defensores asesinados, 783 masacres y 524 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Estos n煤meros no permiten atribuir autom谩ticamente al Gobierno iniciado en agosto todos los asesinatos ocurridos durante 2026, pero s铆 muestran la dimensi贸n de una violencia estructural que el nuevo Ejecutivo ha heredado y que ahora pretende abordar prioritariamente desde una pol铆tica de seguridad m谩s dura.

El giro adquiere todav铆a mayor dimensi贸n cuando se observa la relaci贸n con Washington. El 8 de septiembre de 2026, despu茅s de reunirse con el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, De la Espriella declar贸 que Colombia quer铆a consolidarse nuevamente como “principal socio de seguridad hemisf茅rica” de Estados Unidos. En ese encuentro propuso desarrollar el denominado “Plan Patriota Siglo XXI”, que incluye la modernizaci贸n de aviones, radares, drones, helic贸pteros, sistemas antidrones, defensa a茅rea, movilidad, inteligencia, ciberdefensa y fuerzas especiales. El 13 de septiembre, la propia Presidencia present贸 los acuerdos alcanzados con Estados Unidos bajo la denominaci贸n de “Acuerdos de Barranquilla”, articulados alrededor de tres objetivos: “reconstruir la patria, recuperar la econom铆a y blindar el hemisferio”. La Presidencia ha definido esta nueva relaci贸n como una asociaci贸n estrat茅gica y ha reivindicado expl铆citamente la alianza hist贸rica entre ambos pa铆ses.

Desde una lectura antiimperialista, la importancia de estos acontecimientos no reside 煤nicamente en qui茅n ocupa actualmente la Casa de Nari帽o. Lo fundamental es observar la continuidad hist贸rica: Plan Colombia ayer, nuevas estructuras de cooperaci贸n militar hoy; dependencia estrat茅gica de Washington ayer, “principal socio de seguridad” hoy. Cambian los nombres, las tecnolog铆as y los escenarios geopol铆ticos, pero permanece la centralidad de Colombia dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense en Am茅rica Latina. El debate, por tanto, no deber铆a limitarse a determinar si un determinado avi贸n, radar o sistema de inteligencia es eficaz contra una organizaci贸n armada. Tambi茅n debe preguntarse qu茅 modelo de Estado y de relaciones internacionales se est谩 construyendo, qu茅 recursos p煤blicos se destinan a la seguridad frente a las necesidades sociales y hasta qu茅 punto las prioridades estrat茅gicas de Washington terminan condicionando las pol铆ticas nacionales.

Existe adem谩s un elemento que puede parecer secundario, pero que tiene una enorme importancia democr谩tica: el control de la informaci贸n y de los aparatos de inteligencia del Estado. El antiguo Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, arrastra una historia de interceptaciones ilegales, persecuci贸n y abusos que todav铆a forma parte de la memoria pol铆tica colombiana. La cuesti贸n de sus archivos vuelve ahora a cobrar actualidad precisamente cuando el nuevo Gobierno controla esos fondos documentales. Su apertura, conservaci贸n y tratamiento son fundamentales para conocer episodios todav铆a no esclarecidos y para garantizar que la memoria de las v铆ctimas no quede subordinada a los intereses pol铆ticos de cada Gobierno. La democracia no consiste 煤nicamente en celebrar elecciones; tambi茅n significa permitir que una sociedad pueda conocer qu茅 hicieron sus instituciones cuando actuaron clandestinamente contra ciudadanos, organizaciones sociales, periodistas o adversarios pol铆ticos.

Incluso las primeras decisiones institucionales del nuevo Ejecutivo muestran que la disputa por el control del Estado no se limita al terreno militar. La destituci贸n del director del DANE, Ricardo Valencia, apenas tres semanas despu茅s de su nombramiento, abri贸 un debate sobre la autonom铆a t茅cnica del organismo estad铆stico. El Gobierno argument贸 que Valencia incumpli贸 directrices presidenciales sobre comunicaci贸n p煤blica, mientras que antiguos responsables del DANE cuestionaron las posibles consecuencias para la independencia y credibilidad de la instituci贸n. En un pa铆s donde las cifras de empleo, pobreza, desigualdad y crecimiento tienen una importancia decisiva para evaluar las pol铆ticas p煤blicas, la autonom铆a de los organismos que producen informaci贸n oficial constituye tambi茅n una cuesti贸n democr谩tica.

Todo esto permite comprender mejor qu茅 puede significar hablar de “democracia en estado de sitio” en Colombia. No significa afirmar que el pa铆s haya dejado de ser formalmente una democracia ni que exista una dictadura cl谩sica. Significa se帽alar una contradicci贸n hist贸rica: instituciones democr谩ticas que conviven con enormes desigualdades materiales; elecciones que se celebran mientras dirigentes sociales son asesinados; derechos constitucionales que coexisten con comunidades desplazadas; una econom铆a moderna que convive con una concentraci贸n extraordinaria de la propiedad rural; y un Estado que proclama soberan铆a mientras mantiene una alianza militar y estrat茅gica extraordinariamente estrecha con la principal potencia mundial.

La cuesti贸n de fondo vuelve as铆 al lugar donde comenz贸 buena parte de esta historia: la tierra y el poder. Mientras el 1 % de las explotaciones controle el 81 % de la tierra agr铆cola, mientras existan comunidades campesinas e ind铆genas disputando el control de sus territorios, mientras las econom铆as ilegales compitan con el Estado por corredores estrat茅gicos y mientras los grandes intereses econ贸micos tengan una capacidad de influencia muy superior a la de millones de trabajadores y campesinos, la violencia colombiana no podr谩 explicarse 煤nicamente como un problema policial o militar. El propio Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha se帽alado la relaci贸n hist贸rica entre tierra, conflicto, actores armados, narcotr谩fico, desplazamiento y despojo.

Por eso, la nueva etapa abierta con De la Espriella plantea una pregunta que va mucho m谩s all谩 de las cifras diarias de capturas, incautaciones o operaciones militares. ¿Puede resolverse una crisis hist贸rica de desigualdad y exclusi贸n mediante una pol铆tica basada fundamentalmente en la fuerza? La respuesta depender谩 de qu茅 otras pol铆ticas acompa帽en a esa estrategia: reforma rural, empleo digno, educaci贸n p煤blica, sanidad, vivienda, presencia civil del Estado, protecci贸n efectiva de las comunidades y garant铆as para la participaci贸n pol铆tica. Si la seguridad se convierte 煤nicamente en militarizaci贸n, el riesgo es volver a reproducir una vieja din谩mica en la que las causas sociales del conflicto quedan ocultas detr谩s de la respuesta armada.

Colombia ha demostrado durante d茅cadas que la violencia puede modificar gobiernos, territorios y relaciones de poder, pero tambi茅n que la violencia por s铆 sola nunca ha resuelto las contradicciones que la alimentan. La historia de Gait谩n, de La Violencia, del Frente Nacional, de las guerrillas, del paramilitarismo, de la Uni贸n Patri贸tica, de Plan Colombia y del Acuerdo de Paz forma parte de una misma secuencia hist贸rica en la que la disputa por la tierra, la riqueza y el poder pol铆tico ha sido una constante. El nuevo Gobierno puede cambiar las prioridades del Estado, reforzar la alianza con Washington y apostar por una estrategia de mayor confrontaci贸n, pero ninguna de esas decisiones elimina las estructuras que dieron origen a buena parte del conflicto.

Y ah铆 se encuentra probablemente la verdadera batalla democr谩tica de Colombia: no solamente qui茅n gobierna desde Bogot谩, sino qui茅n tiene capacidad real para decidir sobre la tierra, la riqueza, los territorios y el futuro del pa铆s. Una democracia que pueda ser ejercida plenamente por campesinos, trabajadores, pueblos ind铆genas, comunidades afrodescendientes, estudiantes, organizaciones populares y movimientos sociales exige algo m谩s que depositar una papeleta cada cuatro a帽os. Exige que organizarse no sea una sentencia de muerte, que reclamar tierra no convierta a nadie en objetivo, que defender el territorio no sea considerado una amenaza y que la soberan铆a nacional no quede subordinada a las necesidades estrat茅gicas de ninguna potencia.

La historia colombiana demuestra que cada vez que una parte de la sociedad ha intentado transformar esas relaciones de poder, la respuesta de los sectores dominantes ha sido intensa. Tambi茅n demuestra que las sociedades cambian cuando las mayor铆as dejan de aceptar que la desigualdad, la violencia y la exclusi贸n sean consideradas parte inevitable del paisaje. La Colombia de 2026 vuelve a encontrarse ante esa contradicci贸n: una democracia formalmente viva, pero atravesada por desigualdades y violencias que cuestionan su contenido real. Lo que est谩 en juego no es solamente la pol铆tica de seguridad de un nuevo presidente, sino el tipo de sociedad que Colombia quiere construir despu茅s de d茅cadas de guerra, concentraci贸n de la riqueza, intervenci贸n extranjera y resistencia popular.

En ese sentido, la pregunta fundamental contin煤a siendo la misma que atraviesa toda la historia contempor谩nea colombiana: ¿democracia para qui茅n, seguridad para qui茅n y propiedad de qui茅n?




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s谩bado, 19 de septiembre de 2026

Los Vargas Llosa, el fujimorismo y el nuevo Per煤 de Trump: cuando el neoliberalismo se encuentra con la ultraderecha

Por Javier Huerta


Hay apellidos que forman parte de la historia pol铆tica de un pa铆s hasta el punto de convertirse en aut茅nticos s铆mbolos de una determinada 茅poca. En el Per煤 contempor谩neo, Vargas Llosa y Fujimori representan dos de esos apellidos. Durante d茅cadas estuvieron enfrentados y llegaron a encarnar proyectos pol铆ticos que parec铆an irreconciliables dentro del campo de la derecha peruana. En 1990, Mario Vargas Llosa concurri贸 a las elecciones presidenciales al frente del Frente Democr谩tico, defendiendo un programa de profundas reformas econ贸micas basado en la liberalizaci贸n, la apertura de la econom铆a y una reducci贸n sustancial de la intervenci贸n del Estado. Frente a 茅l apareci贸 Alberto Fujimori, un candidato hasta entonces pr谩cticamente desconocido para buena parte de las 茅lites pol铆ticas y econ贸micas del pa铆s, que acabar铆a imponi茅ndose en las urnas. Lo que vino despu茅s marcar铆a profundamente la historia peruana: el autogolpe de 1992, la concentraci贸n del poder, la corrupci贸n y las graves violaciones de derechos humanos cometidas durante su r茅gimen. Vargas Llosa se convirti贸 entonces en uno de los principales adversarios intelectuales del fujimorismo. Sin embargo, tres d茅cadas despu茅s, aquella antigua frontera pol铆tica se ha desdibujado hasta pr谩cticamente desaparecer. El hijo del hombre que se enfrent贸 electoralmente a Alberto Fujimori se prepara ahora para representar en Washington al Gobierno de su hija, Keiko Fujimori, precisamente cuando Lima estrecha sus relaciones pol铆ticas y de seguridad con la Administraci贸n de Donald Trump.

La evoluci贸n pol铆tica de Mario Vargas Llosa ayuda a comprender c贸mo se ha producido este desplazamiento. El escritor no comenz贸 su trayectoria en la derecha. Durante su juventud mantuvo posiciones de izquierda y lleg贸 a simpatizar con la Revoluci贸n cubana, pero su posterior ruptura con el castrismo y su evoluci贸n intelectual le llevaron hacia el liberalismo pol铆tico y econ贸mico. A partir de los a帽os ochenta se convirti贸 en uno de los principales defensores latinoamericanos de las pol铆ticas de mercado, la propiedad privada, la reducci贸n del papel econ贸mico del Estado y la apertura de las econom铆as nacionales. Su candidatura presidencial de 1990 fue la expresi贸n pol铆tica de esa transformaci贸n. A partir de entonces, Vargas Llosa pas贸 a ser una de las figuras intelectuales m谩s influyentes del liberalismo latinoamericano, participando activamente en los debates pol铆ticos de la regi贸n y respaldando durante a帽os proyectos que defend铆an la aplicaci贸n de pol铆ticas econ贸micas neoliberales. Pero aquella evoluci贸n continuar铆a. Con el paso del tiempo, su oposici贸n a la izquierda fue adquiriendo una importancia cada vez mayor y sus alianzas pol铆ticas comenzaron a aproximarle a sectores conservadores que ya no representaban 煤nicamente el viejo liberalismo econ贸mico. Su apoyo a Jair Bolsonaro en Brasil, a Jos茅 Antonio Kast en Chile y a otras candidaturas de la derecha radical latinoamericana mostr贸 hasta qu茅 punto hab铆a cambiado el espacio pol铆tico en el que se mov铆a. Lo significativo no es solamente la trayectoria individual del escritor, sino un fen贸meno mucho m谩s amplio: una parte del antiguo liberalismo latinoamericano ha terminado encontrando espacios de coincidencia con las nuevas derechas radicales, incorporando a su defensa del mercado posiciones mucho m谩s duras en materia de seguridad, inmigraci贸n, identidad, orden p煤blico y confrontaci贸n con la izquierda.

El cambio resulta especialmente revelador cuando se observa la relaci贸n con el fujimorismo. Durante a帽os Vargas Llosa sostuvo una oposici贸n frontal a Alberto Fujimori y posteriormente a su hija Keiko. Sin embargo, en 2021, ante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo, el escritor pidi贸 votar por la candidata de Fuerza Popular. El argumento utilizado entonces fue que, frente a Castillo, hab铆a que optar por Fujimori como alternativa para impedir el avance de la izquierda. Aquella decisi贸n cerr贸 una de las grandes contradicciones de su trayectoria pol铆tica: quien hab铆a construido buena parte de su identidad p煤blica enfrent谩ndose al fujimorismo termin贸 respaldando electoralmente a su principal heredera pol铆tica. Despu茅s de su muerte, esa aproximaci贸n no desapareci贸 con 茅l. 脕lvaro Vargas Llosa asumi贸 p煤blicamente el respaldo a Keiko Fujimori durante las elecciones de 2026, llegando a sostener que su padre probablemente tambi茅n habr铆a apoyado su candidatura. El movimiento adquiri贸 una dimensi贸n institucional cuando Keiko Fujimori anunci贸 que 脕lvaro Vargas Llosa ser铆a propuesto como embajador del Per煤 en Estados Unidos. Si el proceso diplom谩tico culmina formalmente, ser谩 precisamente el hijo de aquel candidato presidencial que en 1990 se enfrent贸 a Alberto Fujimori quien representar谩 en Washington al Gobierno de la hija de su antiguo adversario.

La fotograf铆a pol铆tica adquiere todav铆a mayor significado por el momento en que se produce. El anuncio del futuro embajador coincide con una ofensiva diplom谩tica del Gobierno peruano para estrechar sus relaciones con Estados Unidos y con la visita a Lima del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio. Durante esa visita, Keiko Fujimori confirm贸 la incorporaci贸n del Per煤 al denominado Escudo de las Am茅ricas, iniciativa promovida por Washington para reforzar la cooperaci贸n entre distintos gobiernos del continente en materia de seguridad y lucha contra las organizaciones criminales transnacionales. La medida ha sido presentada por el Gobierno peruano como una respuesta necesaria ante el crecimiento del crimen organizado y como una forma de mejorar la cooperaci贸n internacional, pero se produce dentro de un contexto geopol铆tico mucho m谩s amplio. La Administraci贸n Trump est谩 tratando de recuperar espacio pol铆tico y estrat茅gico en Am茅rica Latina, al mismo tiempo que observa con creciente preocupaci贸n la expansi贸n de la presencia econ贸mica de China en la regi贸n. Per煤 ocupa una posici贸n especialmente importante en esta disputa debido a sus relaciones comerciales con China y a la importancia estrat茅gica adquirida por el puerto de Chancay. De esta manera, la nueva relaci贸n con Washington no puede contemplarse 煤nicamente desde la perspectiva de la lucha contra el narcotr谩fico o la delincuencia: forma parte tambi茅n de una pugna por la influencia econ贸mica, pol铆tica y estrat茅gica en el Pac铆fico latinoamericano.

El Gobierno de Keiko Fujimori est谩 construyendo buena parte de su discurso alrededor de la seguridad y de la necesidad de recuperar la autoridad del Estado frente al crimen organizado. En un pa铆s que arrastra una profunda crisis institucional y una percepci贸n creciente de inseguridad, ese discurso encuentra un terreno especialmente favorable. El problema aparece cuando la respuesta a la criminalidad comienza a traducirse en una ampliaci贸n permanente de las facultades de las fuerzas de seguridad, una reducci贸n de los controles sobre su actuaci贸n o una utilizaci贸n cada vez m谩s amplia de instrumentos excepcionales. En julio de 2026, por ejemplo, fue promulgada una reforma que ampl铆a la competencia de la justicia militar y policial sobre determinados delitos cometidos por integrantes de las Fuerzas Armadas y la Polic铆a, incluso en circunstancias que afectan a civiles. Organizaciones como Amnist铆a Internacional y Human Rights Watch han expresado preocupaci贸n por las consecuencias que este tipo de reformas pueden tener para la investigaci贸n y persecuci贸n de posibles violaciones de derechos humanos. La Comisi贸n Interamericana de Derechos Humanos tambi茅n ha advertido sobre actuaciones que pueden afectar a la independencia judicial. Estas advertencias adquieren un significado especial en Per煤 porque la historia reciente del pa铆s est谩 marcada precisamente por los abusos cometidos bajo gobiernos que utilizaron la lucha contra el terrorismo y la defensa del orden p煤blico como justificaci贸n para ampliar el poder de los aparatos estatales de seguridad.

No se trata de negar la existencia del crimen organizado ni la necesidad de combatirlo. Per煤 se enfrenta a problemas reales de violencia, narcotr谩fico, extorsi贸n y penetraci贸n de organizaciones criminales, y cualquier gobierno tiene la obligaci贸n de proteger a la poblaci贸n. La cuesti贸n pol铆tica es otra: qu茅 instrumentos utiliza el Estado para hacerlo y cu谩les son los l铆mites que est谩 dispuesto a respetar. La experiencia hist贸rica demuestra que la seguridad puede convertirse en una herramienta pol铆tica extraordinariamente poderosa cuando se presenta como una cuesti贸n absoluta frente a la cual cualquier garant铆a democr谩tica aparece como un obst谩culo. Ese fue uno de los mecanismos utilizados durante el fujimorismo de los a帽os noventa, aunque el contexto actual sea diferente y no pueda establecerse una equivalencia autom谩tica entre ambos periodos. Precisamente por ello resulta necesario observar con atenci贸n la evoluci贸n de las instituciones, el papel concedido a las Fuerzas Armadas y a la Polic铆a, las reformas judiciales y la utilizaci贸n pol铆tica del discurso de la mano dura.

El paralelismo con la experiencia fujimorista tampoco puede reducirse a la cuesti贸n de la seguridad. Existe una dimensi贸n econ贸mica que resulta fundamental para comprender la continuidad de determinadas pol铆ticas. El r茅gimen de Alberto Fujimori consolid贸 en los a帽os noventa un modelo econ贸mico basado en la apertura de los mercados, las privatizaciones, la reducci贸n de la intervenci贸n estatal y la atracci贸n de capital extranjero. Aquel proceso transform贸 profundamente la econom铆a peruana y dej贸 una estructura neoliberal que, con diferentes gobiernos y matices, ha sobrevivido durante d茅cadas. Las fuerzas pol铆ticas que se han sucedido en el poder han discutido sobre numerosas cuestiones, pero el modelo econ贸mico fundamental ha demostrado una extraordinaria capacidad de permanencia. El debate actual se desarrolla, por tanto, sobre una estructura que contin煤a concediendo un enorme peso a la inversi贸n privada y al mercado, mientras amplios sectores sociales siguen reclamando respuestas frente a la desigualdad, la precariedad y la debilidad de los servicios p煤blicos. El neoliberalismo no desapareci贸 con Fujimori; se convirti贸 en parte estructural del sistema pol铆tico y econ贸mico peruano.

Lo que est谩 cambiando ahora es la forma de proteger y reforzar ese modelo en un contexto pol铆tico mucho m谩s polarizado. Las derechas latinoamericanas de las 煤ltimas d茅cadas han aprendido que ya no basta con defender las privatizaciones, la liberalizaci贸n econ贸mica o la reducci贸n del Estado. Las nuevas derechas incorporan un discurso mucho m谩s agresivo contra la izquierda, los movimientos sociales y las pol铆ticas redistributivas, al tiempo que convierten la seguridad, la autoridad y la defensa del orden en elementos centrales de su identidad. Es una combinaci贸n que puede observarse, con caracter铆sticas diferentes, en varios pa铆ses de la regi贸n y que mantiene una relaci贸n cada vez m谩s estrecha con determinadas corrientes de la derecha estadounidense. En este nuevo escenario, Trump no representa simplemente una referencia electoral para los conservadores latinoamericanos, sino un modelo pol铆tico que combina nacionalismo, proteccionismo selectivo, confrontaci贸n con la izquierda, endurecimiento de las pol铆ticas migratorias, fortalecimiento del aparato de seguridad y una pol铆tica exterior destinada a recuperar la primac铆a estadounidense en el hemisferio.

La Administraci贸n Trump est谩 intentando reconstruir precisamente esa influencia. La seguridad constituye uno de los instrumentos principales, pero detr谩s de ella existe una agenda geopol铆tica m谩s amplia. Washington quiere fortalecer sus alianzas con gobiernos considerados pr贸ximos, aumentar la cooperaci贸n militar y policial, contener la influencia de China y recuperar capacidad de intervenci贸n pol铆tica en una regi贸n donde durante las 煤ltimas d茅cadas otros actores han ganado espacio. La nueva pol铆tica estadounidense hacia Am茅rica Latina est谩 encontrando interlocutores especialmente receptivos entre los gobiernos de derecha que comparten la preocupaci贸n por la expansi贸n de China y que consideran la cooperaci贸n con Estados Unidos una herramienta para combatir el crimen organizado. La incorporaci贸n de Per煤 al Escudo de las Am茅ricas encaja en esa estrategia y sit煤a a Lima dentro de una red de cooperaci贸n regional impulsada directamente desde Washington.

La cuesti贸n de China resulta especialmente relevante para entender el inter茅s estadounidense por Per煤. Durante los 煤ltimos a帽os, China se ha convertido en uno de los principales socios comerciales del pa铆s y su presencia en infraestructuras estrat茅gicas ha crecido considerablemente. El puerto de Chancay, construido con participaci贸n de la empresa china COSCO Shipping Ports, es el ejemplo m谩s visible. Para Per煤, la relaci贸n econ贸mica con China tiene una importancia indiscutible; para Washington, la expansi贸n de la presencia china en el Pac铆fico sudamericano constituye un desaf铆o estrat茅gico. El Gobierno de Keiko Fujimori no ha roto sus relaciones econ贸micas con Pek铆n, pero su decisi贸n de profundizar el v铆nculo pol铆tico y de seguridad con Estados Unidos introduce una nueva dimensi贸n en el equilibrio internacional peruano. La disputa entre Washington y Pek铆n se proyecta as铆 sobre un pa铆s que se encuentra en una posici贸n econ贸mica y geogr谩fica especialmente sensible.

En este escenario es donde el nombramiento de 脕lvaro Vargas Llosa adquiere un significado que va mucho m谩s all谩 de su condici贸n de embajador. Su trayectoria familiar representa una parte de la evoluci贸n de las 茅lites intelectuales de la derecha latinoamericana: del liberalismo cl谩sico al neoliberalismo y, posteriormente, a una aproximaci贸n cada vez mayor a las nuevas derechas conservadoras. Su llegada a Washington como representante de un Gobierno fujimorista que est谩 estrechando sus v铆nculos con Trump convierte esa evoluci贸n en una imagen pol铆tica dif铆cil de ignorar. El apellido Vargas Llosa, que durante d茅cadas fue asociado a la oposici贸n al fujimorismo, aparece ahora integrado en el proyecto internacional del nuevo fujimorismo. La contradicci贸n hist贸rica no es menor, porque revela hasta qu茅 punto las antiguas divisiones dentro de la derecha peruana han quedado subordinadas a una nueva confrontaci贸n pol铆tica en la que el principal enemigo com煤n es la izquierda y en la que la alianza con Washington vuelve a ocupar un lugar central.

Esta transformaci贸n tambi茅n obliga a revisar una idea que durante mucho tiempo se present贸 como incuestionable: que liberalismo econ贸mico y autoritarismo pol铆tico pertenecen necesariamente a campos diferentes. La historia latinoamericana demuestra que pueden coexistir y que, en determinados momentos, las 茅lites econ贸micas pueden considerar 煤til un Estado fuerte para garantizar la estabilidad del modelo econ贸mico. Eso no significa que todo liberal sea autoritario ni que cualquier gobierno que defienda pol铆ticas de mercado termine necesariamente recurriendo a pr谩cticas autoritarias. Significa que la defensa del mercado y la defensa de las libertades pol铆ticas no son autom谩ticamente la misma cosa, y que la experiencia peruana de los a帽os noventa constituye uno de los ejemplos m谩s claros de c贸mo ambas dimensiones pueden separarse.

El Per煤 actual se encuentra ante una situaci贸n diferente, pero algunas de aquellas tensiones vuelven a aparecer bajo nuevas formas. El Gobierno de Keiko Fujimori combina la defensa de un modelo econ贸mico consolidado durante d茅cadas con un discurso de autoridad y seguridad cada vez m谩s marcado, mientras refuerza su relaci贸n estrat茅gica con Estados Unidos. En paralelo, distintos organismos internacionales han expresado preocupaci贸n por determinadas reformas relacionadas con la justicia, las fuerzas de seguridad y la independencia institucional. No ser铆a correcto afirmar que todas estas medidas convierten autom谩ticamente al Per煤 en una dictadura ni que el pa铆s reproduce exactamente el r茅gimen de Alberto Fujimori. Pero tampoco resulta razonable ignorar las se帽ales que generan preocupaci贸n cuando el fortalecimiento del poder ejecutivo, la ampliaci贸n de las competencias de las fuerzas de seguridad y el debilitamiento de determinados controles institucionales aparecen simult谩neamente.

La historia de los Vargas Llosa permite observar esta transformaci贸n desde una perspectiva particularmente reveladora. Mario Vargas Llosa pas贸 de la izquierda de su juventud al liberalismo y termin贸 apoyando a candidatos situados en la derecha radical. Despu茅s de su muerte, su hijo 脕lvaro se ha convertido en uno de los apoyos p煤blicos de Keiko Fujimori y est谩 llamado a ocupar un puesto clave en Washington. Mientras tanto, la presidenta peruana profundiza la relaci贸n con una Administraci贸n estadounidense que est谩 tratando de reorganizar las alianzas pol铆ticas y de seguridad del continente. Lo que hace treinta a帽os parec铆a una contradicci贸n —Vargas Llosa y Fujimori enfrentados— hoy aparece como una convergencia pol铆tica dentro de una derecha peruana que ha cambiado profundamente.

No estamos simplemente ante la historia de una familia ni ante una reconciliaci贸n entre dos viejos adversarios. Lo que se est谩 produciendo es una transformaci贸n de las derechas latinoamericanas en la que el viejo programa neoliberal permanece, pero se combina cada vez m谩s con discursos de orden, seguridad, nacionalismo y confrontaci贸n frontal con la izquierda. El fujimorismo peruano se inserta en esa corriente mientras busca estrechar sus relaciones con Washington y participar en la arquitectura de seguridad que la Administraci贸n Trump est谩 impulsando en Am茅rica Latina. Y los Vargas Llosa, que durante d茅cadas representaron una de las expresiones intelectuales m谩s conocidas del liberalismo latinoamericano, han terminado ocupando un espacio dentro de esa misma convergencia.

Per煤 vuelve as铆 a convertirse en un laboratorio pol铆tico de enorme importancia para Am茅rica Latina. El pa铆s deber谩 afrontar simult谩neamente la inseguridad, la desigualdad, la crisis de representaci贸n, la debilidad de sus instituciones y la presi贸n de una disputa geopol铆tica cada vez m谩s intensa entre Estados Unidos y China. La respuesta que est谩 ofreciendo el Gobierno de Keiko Fujimori pasa por reforzar la seguridad, consolidar el modelo econ贸mico heredado del ciclo neoliberal y estrechar la alianza con Washington. El problema que queda abierto es si ese camino permitir谩 resolver las profundas fracturas sociales del pa铆s o si terminar谩 profundizando un modelo en el que la autoridad del Estado se fortalece mientras las causas sociales de la desigualdad y la exclusi贸n permanecen intactas.

La fotograf铆a de este nuevo Per煤 resulta, en ese sentido, tremendamente significativa. Keiko Fujimori ocupa la Presidencia; Marco Rubio llega a Lima para reforzar la cooperaci贸n con Washington; Trump intenta recuperar el control estrat茅gico de Am茅rica Latina; China mantiene una posici贸n econ贸mica fundamental en el pa铆s; y 脕lvaro Vargas Llosa se prepara para representar al Gobierno peruano ante Estados Unidos. Los protagonistas han cambiado respecto a 1990, pero los grandes conflictos contin煤an atravesando la pol铆tica peruana: neoliberalismo frente a demandas sociales, seguridad frente a derechos, soberan铆a frente a dependencia y un pa铆s situado en medio de una disputa geopol铆tica que vuelve a convertir a Am茅rica Latina en un escenario prioritario para Washington.

Y quiz谩 sea precisamente ah铆 donde se encuentre la mayor paradoja de esta historia. El apellido Vargas Llosa naci贸 pol铆ticamente enfrentado al fujimorismo y termina formando parte de su nueva arquitectura de poder internacional. Aquella derecha que en otros tiempos aparec铆a dividida entre liberalismo y fujimorismo parece haber encontrado hoy un enemigo com煤n y una nueva referencia internacional. La Administraci贸n Trump ofrece el marco geopol铆tico; el neoliberalismo proporciona buena parte de la estructura econ贸mica; el fujimorismo aporta su tradici贸n pol铆tica y su discurso de autoridad; y los Vargas Llosa aportan una legitimidad intelectual construida durante d茅cadas en defensa del liberalismo latinoamericano.

El Per煤 de 2026 est谩 escribiendo, por tanto, un nuevo cap铆tulo de una vieja historia. Una historia en la que las derechas cambian de nombre, renuevan sus discursos y modifican sus alianzas, pero contin煤an disputando el control del Estado y del modelo econ贸mico. Esta vez, con Washington mirando hacia Lima y con un Vargas Llosa dispuesto a ocupar el lugar de embajador que simboliza, quiz谩 mejor que cualquier discurso, la extraordinaria transformaci贸n de la derecha peruana durante las 煤ltimas d茅cadas.



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lunes, 1 de junio de 2026

Nicaragua y la solidaridad norteamericana

Por Stephen Sefton

Las luchas revolucionarias alrededor del mundo siempre han inspirado admiraci贸n y apoyo entre los movimientos populares de los pa铆ses capitalistas occidentales. La aut茅ntica opini贸n progresista occidental defiende los ideales de la igualdad entre las personas, la hermandad entre las naciones, la no agresi贸n y la autodeterminaci贸n de los pueblos. En cambio, desde la perspectiva de las antidemocr谩ticas 茅lites gobernantes occidentales, los procesos revolucionarios son una doble amenaza. En primer lugar desaf铆an el poderoso dominio pol铆tico y econ贸mico sobre el mundo mayoritario de la c煤pula empresarial y financiera occidental. En segundo lugar, las revoluciones exitosas ofrecen modelos de una sociedad m谩s justa que responde a las aspiraciones y necesidades de las mayor铆as y no a los mezquinos intereses de una peque帽a, avara 茅lite.

En el caso de los Estados Unidos norteamericanos, el Triunfo de la Revoluci贸n Popular Sandinista en 1979 dividi贸 la opini贸n p煤blica del pa铆s que estaba poniendo atenci贸n al desenlace de la insurrecci贸n en Nicaragua. Mientras los sectores m谩s reaccionarios apoyaban la barbarie de la dictadura somocista, el consenso entre los sectores liberales y progresistas apoyaba su derrocamiento. La llegada al gobierno norteamericano en enero 1981 del fan谩tico anti-Comunista Ronald Reagan se帽al贸 nuevas pol铆ticas reaccionarias cada vez m谩s agresivas hacia los movimientos revolucionarios de Am茅rica Latina. Para Centroam茅rica, el resultado era una intensificaci贸n de la intervenci贸n militar yanqui en la regi贸n, lo cual en Nicaragua tom贸 la forma de una cruel guerra terrorista contra el pueblo, acompa帽ada por un s谩dico bloqueo econ贸mico.

En la vida p煤blica norteamericana en ese per铆odo, el espacio pol铆tico y medi谩tico, aun en las limitadas formas posibles dentro de la plutocracia norteamericana, fue mucho mayor que ahora. Durante la d茅cada de los a帽os 1980s, el movimiento norteamericano de la solidaridad con Nicaragua y su Revoluci贸n Popular Sandinista pod铆a influir hasta cierto punto en los procesos pol铆ticos y en la formaci贸n de la opini贸n p煤blica de una manera que desde hace m谩s de treinta a帽os ha llegado a ser progresivamente menos factible. Y era en ese tiempo de la guerra en Nicaragua que la solidaridad norteamericana floreci贸 entre muchos de los sectores progresistas de la sociedad estadounidense. 

El compa帽ero Brian Willson es el ejemplo paradigm谩tico sin par del amor a Nicaragua y su Revoluci贸n desplegada por la solidaridad norteamericana. Este a帽o en la Asamblea Nacional, Brian explic贸 c贸mo sus experiencias en Vietnam y Nicaragua le ayud贸 a perder el miedo de tener miedo y coment贸, “No es heroico. Es seguir la empat铆a de tu coraz贸n… para m铆, el pueblo de Nicaragua es heroico, como lo es el pueblo de Vietnam. Me inspir贸 a unirme a ellos en la lucha contra el imperialismo occidental liderado por Estados Unidos”. El sentir de Brian es com煤n a muchos activistas de la solidaridad norteamericana que conoc铆an a Nicaragua durante la guerra terrorista impuesta por el presidente Reagan y han logrado transmitir ese amor a Nicaragua a nuevas generaciones de j贸venes de su pa铆s.  

El reconocido abogado y activista por la Paz, Dan Kovalik quien vino a Nicaragua a la edad de 19 a帽os en 1987, dice,"Ser testigo del coraje y la perseverancia del pueblo nicarag眉ense frente a la implacable guerra de terror de Estados Unidos contra ellos me inspira incluso hasta el d铆a de hoy”. El Dr. Arnold Matlin, incansable en su apoyo a Nicaragua durante 49 a帽os, recuerda que, “Mi primer viaje a Nicaragua fue en enero de 1988, durante la guerra. Descubr铆 que Nicaragua es un pa铆s que lucha por mantener su independencia contra un ej茅rcito de mercenarios apoyados por Estados Unidos. Decid铆 en ese momento que Nicaragua era una naci贸n a la que quer铆a llamar mi segundo pa铆s”.

El compa帽ero Jeffrey Higgins segu铆a desde muy joven el desarrollo de la lucha revolucionaria sandinista y la guerra terrorista contra el pueblo nicarag眉ense y comenta, “...el ejemplo sandinista se me hab铆a grabado y pens茅 que deb铆a hacer m谩s. En mi caso, el momento lleg贸 en 1987 cuando me convert铆 en colaboradora internacionalista en El Salvador con el FMLN. Entonces, como el ejemplo dado por Cuba ha sido una inspiraci贸n para que muchos den un paso al frente y sean contados, fue y es la Revoluci贸n Sandinista la que me inspira a m铆”. Para casi todos las y los activistas de la solidaridad norteamericana, el ejemplo de compromiso con el desarrollo humano de las familias nicarag眉enses es inextricable del enf谩tico ejemplo de la defensa de la soberana dignidad nacional de Nicaragua.

La compa帽era B谩rbara Larcom cuenta de su visita a Nicaragua en 1989, cuando visit贸 a San Juan de Limay y qued贸 en la casa de una familia reci茅n desplazada de su comarca por un ataque terrorista. “El estado de 谩nimo que sent铆 entonces de casi todas y todos fue de esperanza y determinaci贸n: que juntos estaban trabajando para crear un pa铆s donde las personas se cuidaran unas a otras y trabajaran para satisfacer las necesidades de todas y todos. El 19 de julio, en Managua, asistimos a la celebraci贸n del d茅cimo aniversario del Triunfo… La energ铆a y el entusiasmo eran contagiosos, y sucumb铆 al amor eterno por el pa铆s y su gente”. De la misma manera, la compa帽era Susan Lagos recuerda, “Cuando vine a Nicaragua en 1987 con Maestros por la Paz, me enamor茅 de los nicarag眉enses y su esp铆ritu Revolucionario, feroz en su defensa contra el imperio estadounidense, que ha tratado de controlar Nicaragua y sus recursos”.

La compa帽era Kathy Hoyt viv铆a en Matagalpa antes del Triunfo de 1979. Ella atend铆a como trabajadora social a muchas ni帽as y ni帽os desnutridos. Ella recuerda que, en ese entonces, m谩s de 60% de las y los ni帽os en Nicaragua padec铆an de desnutrici贸n. Kathy comenta, “despu茅s de que triunf贸 la Revoluci贸n en 1979, trabaj茅 como trabajadora social y de salud... pesaba y med铆a a los ni帽os cada mes y los ve铆a recuperarse de la desnutrici贸n. En esos primeros a帽os de la revoluci贸n, la desnutrici贸n infantil fue pr谩cticamente eliminada”. La compa帽era Nan McCurdy quien vino a Nicaragua en 1985 y viv铆a en San Juan de Limay durante m谩s de tres a帽os, dice “Apoyo al Gobierno de Reconciliaci贸n y Unidad Nacional porque es un ejemplo para el mundo de lo que significa ser una naci贸n soberana, una naci贸n antiimperialista. Ver este ejemplo es especialmente crucial para los pa铆ses peque帽os que a煤n est谩n bajo la bota de los Estados Unidos”.

Durante los 17 a帽os de desgobierno neoliberal desde 1990 hasta 2007, la solidaridad internacional con Nicaragua manten铆a valiosos niveles de respaldo moral y de solidaridad pr谩ctica para combatir la constante guerra psicol贸gica norteamericana y mantener vivas las relaciones de hermandad entre los pueblos. Muchas compa帽eras y compa帽eros norteamericanos lucharon con solidez moral, astucia pol铆tica y prudencia sensata ante el constante divisionismo promovido por desleales ex-sandinistas que ten铆an mucha influencia maligna en la opini贸n extranjera. Los acontecimientos de 2018 demostraron la solidaridad genuina de cientos de valiosas activistas norteamericanos con aut茅nticos principios revolucionarios y un verdadero amor para Nicaragua y la Revoluci贸n Sandinista. 

Como coment贸 el compa帽ero Stansfield Smith, “Sab铆a lo suficiente como para saber que... Estados Unidos solo quiere  derrocar a los gobiernos de los pa铆ses que est谩n llevando a cabo programas progresistas, defienden su soberan铆a nacional y no est谩n bajo el dominio del imperio estadounidense”. Las y los activistas de la solidaridad ven claramente la innegable realidad de la exitosa transformaci贸n de Nicaragua por la Revoluci贸n Popular Sandinista liderada por el Comandante Daniel y la Compa帽era Rosario. 

La compa帽era Jill Clark-Gollub nota que “Nicaragua es un ejemplo de dignidad y humanismo en un mundo que carece de valores humanos; es un oasis de paz y prosperidad en un mundo tumultuoso. Es un lugar en donde las mujeres, los j贸venes, los campesinos, los trabajadores y los y las afrodescendientes e ind铆genas conquistan m谩s derechos cada d铆a. Pero Nicaragua no mira solamente hacia adentro, sino que levanta su voz en el escenario mundial para defender lo correcto”. El destacado compa帽ero escritor Roger Harris ha observado “Es hermoso ver a la Juventud Sandinista conectarse con una revoluci贸n considerablemente mayor que ellos al celebrar las canciones de la revoluci贸n. Es dif铆cil no enamorarse de la tierra de lagos y volcanes. Para nosotros, los internacionalistas, Nicaragua es una inspiraci贸n y una visi贸n de lo que puede ser una buena sociedad”.

La compa帽era Susan Lagos, quien vive en Ciudad Dar铆o, asevera, “Bajo el gobierno del FSLN con Daniel Ortega y Rosario Murillo, he visto con mis propios ojos las ruinas del terremoto de Managua de 1972 transformadas en una hermosa ciudad moderna con parques, estadios y pistas modernas… Cualquiera en su sano juicio preferir铆a vivir aqu铆 en paz en lugar de en los EE.UU., donde los servicios p煤blicos est谩n en ruinas, los costos de atenci贸n m茅dica y educaci贸n son fuera de alcance y la gente vive con miedo bajo un gobierno constantemente en guerra”.

La escritora y activista por la paz Gloria Guillo comparte el criterio de Susan. Gloria comenta, “Si m谩s gente estadounidense entendiera el 茅xito de Nicaragua, esperar铆an m谩s de nuestro propio liderazgo en Washington. Creo que esta es la verdadera raz贸n por la que Washington ve a Nicaragua como una amenaza y por la que impone en su contra medidas coercitivas econ贸micas ilegales tan da帽inas. Nuestros l铆deres tienen miedo de que nos demos cuenta de lo que ellas y ellos dejan de hacer por nosotros en nuestro pa铆s en comparaci贸n con  lo que el gobierno de Nicaragua hace por su pueblo”. De igual manera el compa帽ero Michael Boudreau, quien vive en Carazo, declara, “Ser铆a dif铆cil encontrar otro gobierno que haya hecho tanto por su pueblo como el gobierno sandinista de Nicaragua. No se me ocurre nada m谩s importante que promover, apoyar y defender la Revoluci贸n Sandinista y el actual gobierno sandinista, porque representa lo mejor de nosotras y nosotros y, adem谩s, una verdadera resistencia al imperialismo estadounidense”.

Muchos de las y los compa帽eros de la solidaridad norteamericana acompa帽aban las elecciones nacionales de 2021. El compa帽ero Rick Sterling de la organizaci贸n Veteranos por la Paz recuerda, “Fue impresionante observar los protocolos, procedimientos y dignidad de la gran cantidad de ciudadanos nicarag眉enses que votaron con orgullo. Esto fue durante la crisis del COVID-19 y todos llevaban mascarilla, procediendo con calma en un proceso muy claro y transparente... En cada lugar de votaci贸n hab铆a representantes de los diferentes partidos. En resumen, observ茅 una elecci贸n clara y limpia…  Nicaragua es bella, acogedora y, en comparaci贸n a otros pa铆ses, muy segura”.

B谩rbara Larcom comparte los sentimientos de admiraci贸n y cari帽o para Nicaragua y su revoluci贸n “He seguido inspir谩ndome en la esperanza y determinaci贸n de los sandinistas, fomentando la participaci贸n de todos para construir un pa铆s en el que las personas puedan prosperar y desarrollarse como seres humanos. Nicaragua es incre铆ble! Vivo en los Estados Unidos, donde anhelamos este mismo progreso: el florecimiento de la atenci贸n m茅dica universal y la educaci贸n universal y la unidad entre las personas, acompa帽ado de un plan decidido ahora en progreso para erradicar la pobreza. Es un hermoso ejemplo para todos nosotras y nosotros”.

La compa帽era Becca Renk vive en Ciudad Sandino donde ha promovido actividades de desarrollo comunitario durante m谩s de 25 a帽os. Dice “No puedo expresar con palabras el alivio, la esperanza y el orgullo que uno siente simplemente por vivir en una sociedad donde el gobierno tiene la voluntad pol铆tica de atender a su poblaci贸n y combatir la pobreza. El solo hecho de estar aqu铆 en Nicaragua es un gran cambio de paradigma para m铆 luego de crecer toda mi ni帽ez en el imperio, e incluso un cuarto de siglo despu茅s, uno siente que hay mucho que aprender… es un honor ser aceptado aqu铆 en este pa铆s y siempre atesoro la oportunidad de poder vivir aqu铆”.

La destacada escritora y activista incansable del Black Alliance for Peace, Margaret Kimberley, ha escrito que “...ver por m铆 mismo que podr铆a existir un estado socialista en este hemisferio donde casi todas las naciones se doblegan ante nuestro pa铆s, EE.UU, ha sido un soplo de aire fresco. Visitar Nicaragua revitaliz贸 mi determinaci贸n de luchar contra los dictados del capitalismo y el imperialismo. Lo que se nos dice que no puede existir, en realidad existe en Nicaragua”.

Veterano escritor y activista por la paz Fred Morris consta como se mud贸 a Nicaragua con su familia en 2007 y como “...nos hemos regocijado de c贸mo el gobierno sandinista ha dedicado un esfuerzo incre铆ble a satisfacer las necesidades de la mayor铆a empobrecida. Desde el primer momento la educaci贸n es gratuita. ¡Han construido m谩s de 40 hospitales!!... Aparte de nacionalizar la atenci贸n m茅dica; construyeron m谩s de 100 hospicios de maternidad. Las mujeres tienen m谩s derechos en Nicaragua hoy que en todos los pa铆ses excepto los escandinavos…En 2021 me convert铆 con orgullo en ciudadano de Nicaragua”.

Muchas de las personas norteamericanas que han decidido hacer sus vidas en Nicaragua han recibido el privilegio de la ciudadan铆a nicarag眉ense.  La compa帽era Nan McCurdy comenta, “Tengo el honor de ser ciudadana nicarag眉ense, gracias a nuestros Copresidentes Daniel Ortega y Rosario Murillo. Y ahora tengo una nieta de siete meses que es nicarag眉ense… Una de las razones m谩s importantes por las que apoy贸 al Gobierno de Reconciliaci贸n y Unidad Nacional es porque es un ejemplo para el mundo de lo que significa ser una naci贸n soberana, una naci贸n antiimperialista. Este ejemplo es especialmente crucial para los pa铆ses peque帽os que a煤n est谩n bajo la bota de los Estados Unidos”.

La activista pol铆tica Sarah Flounders tambi茅n valora el gran ejemplo del gobierno Sandinista en  Nicaragua, “He estado muy consciente de los asombrosos logros de Nicaragua, aun bajo las continuas medidas coercitivas de los Estados Unidos, las cuales tienen la intenci贸n de frustrar el desarrollo y la modernizaci贸n de Nicaragua… El desarrollo no es un proceso pasivo. Nicaragua tiene cientos de iniciativas a nivel de base… No importa a qui茅n le pregunt茅,  todas y todos contaron el mont贸n de  cambios y mejoras concretas…  Eso es orgullo nacional y orgullo colectivo. El gobierno sandinista / FSLN avanza con gran determinaci贸n. Una visita a Nicaragua da nueva energ铆a a todos los que luchan y se organizan por el cambio para un mundo mejor”.

Nicaragua acoge de manera generosa y humilde todos los gestos de la solidaridad norteamericana, ejemplificado por la entrega heroica del hermano Brian Willson, celebrado hace poco en la Asamblea Nacional en un Acto que expres贸 la aut茅ntica dignidad del alma nicarag眉ense. De la misma manera nuestro Copresidente Comandante Daniel coment贸 en 2021, “Hay muchos norteamericanos que son Amigos de los Pueblos, que nos escriben, que nos dan Solidaridad, y a esos Hermanos norteamericanos les decimos: Gracias, ustedes honran al Pueblo norteamericano…”.  Y nuestra Copresidenta Compa帽era Rosario resalta el aporte esencial de la solidaridad cuando saluda “a nuestr@s Compa帽er@s y Herman@s de la Hermosa, Intensa, Solidaridad, esa Gran Fraternidad que lucha y vence, que hemos, luchado y estamos venciendo, creando Junt@s un Mundo Nuevo, Mejor, de Alegr铆a, Justicia, Trabajo, Amistad. Un Mundo de Paz, Paz, Paz...!”.


Fuente:
https://nuevaya.com.ni/opinion-ya/nicaragua-y-la-solidaridad-norteamericana/

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lunes, 27 de abril de 2026

EEUU NO BUSCA LA PAZ CON IR脕N, SINO SU DESTRUCCI脫N

Por Augusto Zamora

El fin, por ahora, de los criminales ataques contra la Rep煤blica Isl谩mica de Ir谩n (RII), la tregua existente y el incierto proceso de negociaci贸n en marcha no debe interpretarse como el fin del conflicto que enfrenta a Ir谩n con los pa铆ses agresores, EEUU e Israel. Aunque se llegara a firmar un acuerdo de paz, los hechos demuestran sobradamente que los acuerdos, para EEUU, desde el siglo XIX carecen de obligatoriedad y, por tanto, pueden ser rotos o desconocidos en cualquier momento. Trump retir贸 a EEUU del tratado nuclear con Ir谩n, firmado en 2015, echando por tierra en minutos a帽os de negociaciones. EEUU tambi茅n se retir贸 de todos los tratados sobre control de armamentos firmados con la URSS y prolongados con Rusia, como Estado sucesor, adem谩s de retirarse de decenas de organismos internacionales. Desde los propios or铆genes de EEUU, los tratados internacionales son instrumentales, no obligatorios. Firmar acuerdo con EEUU no garantiza nunca nada. Quien crea lo contrario se pierde.
El conflicto que enfrenta a Israel con todos sus vecinos, pero, muy particularmente, con Ir谩n, es existencial. El r茅gimen sionista tiene como objetivo adquirir su “espacio vital” (el lebensraun nazi), que es ocupar toda Palestina y, para lograrlo, debe destruir a los palestinos como pueblo. El genocidio en Gaza no es hecho puntual, sino una etapa m谩s para ampliar su ‘lebensraun’. Ese objetivo cuenta con el apoyo irrestricto de EEUU y de pa铆ses europeos como Alemania y Francia. Busca, igualmente, destruir a los pa铆ses vecinos y, con el apoyo de EEUU y la complicidad vergonzante de los pa铆ses 谩rabes, someter Oriente Medio y Pr贸ximo a los dictados del sionismo y de EEUU. Hagan memoria sobre el destino del llamado “eje de resistencia” al sionismo. Egipto, vendido a EEUU y Arabia Saudita por 1.500 millones de d贸lares anuales. Iraq, Libia y Siria destruidos por ataques armados y operaciones secretas, hasta el colapso de esos Estados. Del “eje de resistencia” s贸lo que Ir谩n como Estado y los movimientos que apoya.
Desde su fundaci贸n, en 1948, el Estado sionista no ha cesado de ocupar territorio palestino y no cesar谩 de hacerlo. La nueva invasi贸n de L铆bano y la pretensi贸n de crear una ‘franja de seguridad’ vaci谩ndola de libaneses busca -aunque no lo digan- crear condiciones para anexionarse dicha franja, como hicieron con los Altos del Gol谩n. Detr谩s de todo eso est谩 el delirio nazionista de establecer un -imposible- ’Gran Israel’ invadiendo el vecindario. Quien quiera creer lo contrario o se enga帽a o no entiende.
En el otro lado se encuentran el pueblo palestino, Ir谩n y los movimientos afines. Todos ellos defienden la creaci贸n de un Estado palestino y el fin del r茅gimen sionista. No hay forma, en las presentes -y futuras- circunstancias, de encontrar arreglo a esa contradicci贸n, que se ha agudizado al extremo tras el genocidio y destrucci贸n de Gaza.
Lo que se pueda firmar como ‘acuerdo de paz’ entre Ir谩n y EEUU ser谩 m谩s una tregua que un acuerdo real. Prueba de ello es que Trump ha ordenado la construcci贸n de miles de misiles THAAD y Tomahawk, entre otros, para suplir los empleados en la agresi贸n contra Ir谩n. Adem谩s, est谩 solicitando triplicar su cantidad, tanto para surtir de misiles suficientes al Estado sionista, como para llenar los arsenales de EEUU. En dos a帽os, como m谩ximo, seg煤n calculan expertos, EEUU dispondr铆a de un arsenal enorme. En otras palabras, ganado tiempo, EEUU estar铆a en mejores condiciones para intentar destruir Ir谩n, destruyendo lo que crean que deban destruir para alcanzar ese objetivo. Quien crea que EEUU busca un acuerdo real con Ir谩n ignora lo que es EEUU y, peor a煤n, desconoce, voluntaria o idiotamente, el peso del lobby sionista/evang茅lico ah铆.
El Ej茅rcito de EEUU ha solicitado 745,7 millones de d贸lares para adquirir 96 sistemas lanzacohetes m煤ltiples Himars, multiplicando por doce la financiaci贸n inicial, seg煤n los documentos presupuestarios del Pent谩gono. Seg煤n esos documentos, para el a帽o fiscal 2026, que finaliza el 30 de septiembre, hab铆a destinados 煤nicamente 61,5 millones de d贸lares, para adquirir s贸lo seis unidades. Ahora, el Ej茅rcito quiere ampliar las reservas de Himars hasta las 617 unidades. Hay que retroceder a 2023 para encontrar una cantidad similar. Ese a帽o se destinaron 672 millones de d贸lares a los Himars, incluidos 516 millones para reponer los sistemas transferidos al r茅gimen ukronazi. El Pent谩gono tambi茅n tiene solicitados 2.700 millones de d贸lares para lanzadores terrestres MRC, usados por los misiles Tomahawk y SM-6. En suma, EEUU prepara otra guerra, y no ser谩 para ocupar Groenlandia ni contra Rusia. Su destino m谩s seguro es Ir谩n.
Tres factores han sido determinantes para que EEUU haya buscado un alto al fuego. El primero fue el agotamiento de sus arsenales, ante la inesperada resistencia de Ir谩n. El 23 de abril, seg煤n una 煤ltima evaluaci贸n publicada por el Centro de Estudios Estrat茅gicos e Internacionales (CSIS), el ej茅rcito de EEUU “agot贸 sus reservas de misiles cr铆ticos hasta niveles peligrosos durante la guerra de siete semanas contra Ir谩n, lo que gener贸 un riesgo a corto plazo que podr铆a dejar al pa铆s vulnerable”. Si los agresores hubieran dispuesto de armamento suficiente, la guerra habr铆a continuado.
El segundo factor es el econ贸mico. El cierre del estrecho de Ormuz y los ataques -merecidos- de Ir谩n a la infraestructura energ茅tica de los pa铆ses del golfo, estaban desencadenando una crisis energ茅tica que, en primer lugar, se iba a llevar por delante a los principales aliados de EEUU, es decir a la Europa atlantista, Jap贸n y Corea del Sur. El rechazo atlantista a apoyar la agresi贸n yanqui/sionista contra Ir谩n ten铆a una profunda raz贸n econ贸mica. Si la guerra hubiera continuado, la crisis energ茅tica habr铆a podido desatar una crisis en una mayor铆a de econom铆as del mundo, pero, en primer t茅rmino, entre los aliados de EEUU. La pr贸rroga del cese al fuego es respuesta a la agon铆a econ贸mica y al ahogo financiero de las petromonarqu铆as. El 19 abril pasado, Emiratos 脕rabes Unidos inici贸 conversaciones con EEUU para obtener respaldo financiero, seg煤n informara el diario Wall Street Journal. Y la crisis apenas comienza, pues desde el inicio de la agresi贸n contra Ir谩n la fuga de capitales y empresas ha sido cotidiana.
El tercer factor es la insospechada resistencia de Ir谩n y su asombroso arsenal misil铆stico. Podr铆a ocurrir que la capacidad militar demostrada de Ir谩n sea el detonante de una tercera -y casi definitiva- agresi贸n contra este pa铆s. Vamos a explicarnos. El Estado genocida sionista ha sufrido en vivo y directo el poder militar y tecnol贸gico de Ir谩n, cuyos misiles causaron da帽os terribles a entidad sionista. Ser铆a ingenuo no pensar que el poder iran铆 no ha causado una preocupaci贸n existencial entre los sionistas. Tendr谩n ya considerado que, si Ir谩n, con todo y las enormes sanciones que ha sufrido, ha podido desarrollar el poderoso armamento del que ha hecho gala, ¿qu茅 no podr铆a desarrollar con una econom铆a reconstruida y con apoyo de Rusia, China y Corea del Norte? La paz beneficiar铆a grandemente a Ir谩n, pero ser铆a fatal para el ente sionista. Si destruir Ir谩n ha sido objetivo de dicho ente, tras el fracaso de la agresi贸n, pasar谩 a ser objetivo esencial. No se detendr谩 hasta lograr que EEUU lance un tercer y aniquilador ataque contra Ir谩n.
Si en Ir谩n entienden la hondura del juego, el 煤nico medio de garantizar su sobrevivencia ser铆a desarrollando como sea el arma nuclear. Porque, as铆 como Ir谩n ha demostrado su fuerza y resiliencia, esa fuerza y resiliencia habr谩 multiplicado el temor, en el ente sionista, a un Ir谩n cada d铆a m谩s potente econ贸mica, militar y tecnol贸gicamente. De esa guisa, una tercera agresi贸n estar铆a cantada, y esta vez en manada, de forma similar a lo que le ocurri贸 al Iraq de Sadam Husein. EEUU y el ente sionista no ir铆an solos. En esa tercera agresi贸n, no lo duden, participar铆an la OTAN, las petromonarqu铆as del golfo P茅rsico y todos los t铆teres que EEUU pueda arrastrar, al estilo Afganist谩n.
Desde esa perspectiva adquiere tu verdadero sentido la exigencia de EEUU y el ente sionista, de pretender despojar a Ir谩n de todas, absolutamente todas, sus reservas de uranio enriquecido. S贸lo privando a Ir谩n de dicho uranio se garantizar铆a que Ir谩n quede imposibilitado de desarrollar un arma nuclear y -asegurada esta imposibilidad-, podr铆an EEUU y su cohorte planificar una tercera y definitiva guerra de agresi贸n, para aniquilar de ra铆z a la rep煤blica isl谩mica y desmantelar Ir谩n como pa铆s, dividi茅ndolo a su antojo. En Ir谩n parece que lo est谩n entendiendo. As铆, el presidente Pezeshkian defendi贸 que ning煤n actor externo tiene derecho a privar al pa铆s de sus derechos nucleares. El 26 de abril, se filtr贸 la 煤ltima propuesta de Ir谩n a EEUU: reabrir el estrecho de Ormuz y poner fin a la guerra y posponer para una etapa posterior las negociaciones nucleares. Nos dejar铆a sorprendidos que EEUU pueda aceptar esa propuesta, pues la idea de EEUU (mejor dicho, del ente sionista) es lo opuesto: el uranio enriquecido a cambio de ¿paz? Recuerden Libia. Gadafi, para agradar a Occidente, se desarm贸. ¿Qu茅 pas贸 luego?...
El destino del uranio enriquecido es el nudo de la cuesti贸n y la posici贸n de EEUU sobre este tema ser谩 la se帽al de lo que piense a futuro. Si insiste a muerte en que Ir谩n entregue su uranio, es porque est谩 considerando un tercer y definitivo ataque. Si opta por una posici贸n m谩s sensata y aceptable para Ir谩n, es que la posibilidad de este tercer ataque se aleja. Por dem谩s, si algo demostr贸 Ir谩n en la guerra impuesta por el eje gringo/sionista es que dispone de tecnolog铆a suficiente para fabricar misiles capaces de ser dotados de ojivas nucleares. Dicho de otra forma, Ir谩n ha demostrado que posee la tecnolog铆a necesaria para fabricar misiles de largo y medio alcance con capacidades m煤ltiples. Disponiendo de uranio enriquecido suficiente, estar铆a en capacidad de fabricar en meses ojivas nucleares. En caso de necesitar una mano amiga, ah铆 est谩 Corea del Norte, cuyos ingenieros ense帽aron a los iran铆es c贸mo se construyen fortalezas subterr谩neas.

Por 煤ltimo, se帽alamos que la agresi贸n contra Ir谩n puede entenderse como un ensayo de la casi inevitable guerra entre EEUU y China (y Rusia) por el control del Pac铆fico. Pero ese es otro tema, para otro d铆a calendario.


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