Cap铆tulo I
El mundo que termina
De Bol铆var a los BRICS: por qu茅 la Asamblea naci贸 en un momento decisivo de la historia
«La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres; es inexorable decreto del destino.»Sim贸n Bol铆var
Hubo un tiempo en que se proclam贸 el fin de la historia. Tras la desaparici贸n de la Uni贸n Sovi茅tica, numerosos centros de poder pol铆tico, econ贸mico y acad茅mico aseguraron que el modelo liberal occidental hab铆a alcanzado una victoria definitiva. Se anunciaba una era de estabilidad, prosperidad y democracia universal bajo un orden internacional encabezado por una 煤nica superpotencia. Para algunos analistas, el siglo XXI ser铆a el siglo de la consolidaci贸n del mundo unipolar.
La historia, sin embargo, raras veces sigue el guion escrito por los vencedores.
Tres d茅cadas despu茅s, ese orden muestra profundas grietas. La expansi贸n de China como potencia econ贸mica y tecnol贸gica, el fortalecimiento de Rusia como actor estrat茅gico, la emergencia de nuevas econom铆as en Asia, 脕frica y Am茅rica Latina, el crecimiento de los BRICS+, la crisis del multilateralismo tradicional, las guerras prolongadas en distintas regiones del planeta y el uso cada vez m谩s frecuente de sanciones econ贸micas como instrumento de presi贸n internacional evidencian que el equilibrio de poder est谩 cambiando. El mundo no ha llegado al final de la historia; ha entrado en una nueva etapa de disputa por su futuro.
En ese escenario debe entenderse la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberan铆a de Nuestra Am茅rica, celebrada en Caracas en diciembre de 2025. Quien la interprete 煤nicamente como un encuentro impulsado por el Gobierno venezolano habr谩 comprendido solo una parte de su significado. La Asamblea fue, ante todo, la expresi贸n de una inquietud que recorre amplios sectores del Sur Global: la necesidad de que los pueblos organizados tengan voz propia en la construcci贸n del nuevo orden internacional.
Durante d茅cadas, las grandes decisiones sobre la econom铆a mundial, la seguridad colectiva, el comercio o la gobernanza global se concentraron en organismos donde el peso pol铆tico de las grandes potencias ha sido determinante. Sin embargo, mientras esas instituciones muestran crecientes dificultades para responder a las transformaciones del siglo XXI, han comenzado a surgir nuevas formas de articulaci贸n entre Estados, regiones y movimientos sociales. La ampliaci贸n de los BRICS, el fortalecimiento de espacios como la CELAC o la Uni贸n Africana y el renovado inter茅s por la cooperaci贸n Sur-Sur forman parte de una misma tendencia: la b煤squeda de un sistema internacional menos concentrado y m谩s representativo de la diversidad del mundo.
La Asamblea de Caracas se inserta en ese proceso, aunque desde una perspectiva diferente. No fue una cumbre presidencial ni una reuni贸n diplom谩tica. Fue un espacio de convergencia entre organizaciones populares, sindicatos, movimientos campesinos, pueblos ind铆genas, colectivos juveniles, redes de solidaridad, intelectuales y comunicadores provenientes de diversos pa铆ses. Su aspiraci贸n no consist铆a en negociar tratados internacionales, sino en construir una agenda com煤n desde la sociedad organizada para defender la paz, la soberan铆a y la integraci贸n de los pueblos.
Reducir esa iniciativa a la pol铆tica interna venezolana ser铆a desconocer una larga tradici贸n hist贸rica que atraviesa Am茅rica Latina desde las luchas por la independencia.
Un sue帽o que atraviesa dos siglos
Mucho antes de que existieran la Organizaci贸n de las Naciones Unidas, el Movimiento de Pa铆ses No Alineados o los BRICS, Sim贸n Bol铆var comprendi贸 que la independencia pol铆tica de las nuevas rep煤blicas ser铆a fr谩gil si cada una recorr铆a su camino en soledad. El Congreso Anficti贸nico de Panam谩 de 1826 fue el primer gran intento de construir una comunidad pol铆tica latinoamericana capaz de defender su soberan铆a frente a las potencias de la 茅poca.
Aquella iniciativa fracas贸 por las divisiones internas y por la presi贸n de intereses externos. Sin embargo, dej贸 sembrada una idea que contin煤a recorriendo la historia continental: la unidad no es 煤nicamente un ideal moral; es una necesidad geopol铆tica.
D茅cadas despu茅s, Jos茅 Mart铆 profundizar铆a esa intuici贸n al advertir sobre los riesgos del expansionismo estadounidense. En su ensayo Nuestra Am茅rica, publicado en 1891, llam贸 a construir una identidad propia, capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a sus ra铆ces. Su c茅lebre afirmaci贸n, «Patria es humanidad», sintetiza una concepci贸n del internacionalismo basada en la solidaridad entre los pueblos y no en la imposici贸n de unos sobre otros.
Mart铆 tambi茅n dej贸 una advertencia que conserva plena vigencia:
«Inj茅rtese en nuestras rep煤blicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras rep煤blicas.»
En una 茅poca marcada por la globalizaci贸n econ贸mica, la revoluci贸n digital y la concentraci贸n del poder tecnol贸gico, esa reflexi贸n adquiere un nuevo significado. Integrarse al mundo no implica renunciar a la soberan铆a cultural, econ贸mica o pol铆tica. Por el contrario, exige fortalecerla.
A comienzos del siglo XX, esa misma tradici贸n emancipadora encontr贸 una nueva expresi贸n en Augusto C茅sar Sandino. Frente a la ocupaci贸n militar estadounidense de Nicaragua, Sandino transform贸 una lucha nacional en una causa latinoamericana. Comprendi贸 que la defensa de la soberan铆a de un pa铆s peque帽o solo pod铆a sostenerse mediante la solidaridad internacional y la conciencia de pertenecer a una misma comunidad hist贸rica.
Su ejemplo trascendi贸 las fronteras nicarag眉enses. No fue 煤nicamente un jefe guerrillero; fue un pensador pol铆tico que vincul贸 la independencia nacional con la dignidad de los pueblos. Cuando afirmaba que «no vendo ni me rindo», no expresaba 煤nicamente una decisi贸n personal. Resum铆a una 茅tica de resistencia frente a cualquier forma de dominaci贸n extranjera.
No es casual que, d茅cadas despu茅s, el Frente Sandinista de Liberaci贸n Nacional recuperara su legado como uno de los pilares de la Revoluci贸n Popular Sandinista. Desde esa tradici贸n pol铆tica, Daniel Ortega ha reivindicado en distintos foros internacionales la continuidad del pensamiento de Bol铆var, Mart铆 y Sandino, defendiendo la integraci贸n latinoamericana y la cooperaci贸n Sur-Sur como herramientas para preservar la independencia de la regi贸n frente a las nuevas formas de hegemon铆a. M谩s all谩 de las distintas valoraciones que suscita su liderazgo, esa reivindicaci贸n forma parte del debate contempor谩neo sobre el lugar de Am茅rica Latina en un mundo en transformaci贸n.
La Asamblea de Caracas se inscribe precisamente en esa larga secuencia hist贸rica. No surge de la nada ni responde 煤nicamente a una coyuntura pol铆tica. Es heredera de una tradici贸n que ha buscado, durante m谩s de dos siglos, convertir la unidad latinoamericana en una fuerza capaz de influir en el escenario internacional.
Del antiimperialismo hist贸rico al mundo multipolar
El siglo XX ampli贸 esa tradici贸n m谩s all谩 de Am茅rica Latina. La Conferencia de Bandung, celebrada en Indonesia en 1955, reuni贸 por primera vez a pa铆ses de Asia y 脕frica decididos a construir una voz propia frente a la l贸gica de la Guerra Fr铆a. Aquel encuentro abrir铆a el camino al Movimiento de Pa铆ses No Alineados y consolidar铆a la idea de que el Sur Global pod铆a actuar como un sujeto pol铆tico con intereses comunes.
Pocos a帽os despu茅s, la Conferencia Tricontinental de La Habana, impulsada en 1966, profundiz贸 esa visi贸n al reunir movimientos de liberaci贸n de Asia, 脕frica y Am茅rica Latina. All铆, el internacionalismo dej贸 de ser una consigna para convertirse en una pr谩ctica pol铆tica concreta.
Fidel Castro resumir铆a esa concepci贸n en una idea que marcar铆a a varias generaciones de militantes: la solidaridad no consiste en compartir lo que sobra, sino en compartir el destino de quienes luchan por su emancipaci贸n. Esa filosof铆a inspir贸 buena parte de la cooperaci贸n internacional desarrollada por Cuba en 谩mbitos como la salud, la educaci贸n y la formaci贸n t茅cnica.
Durante las primeras d茅cadas del siglo XXI, la creaci贸n del ALBA-TCP, la UNASUR y la CELAC retom贸, con distintos matices, esa b煤squeda de integraci贸n regional. M谩s recientemente, la expansi贸n de los BRICS ha abierto un nuevo escenario internacional en el que econom铆as emergentes reclaman una mayor participaci贸n en la gobernanza mundial y cuestionan la concentraci贸n del poder financiero y pol铆tico heredada del final de la Guerra Fr铆a.
Caracas: mucho m谩s que la sede de un encuentro
Cuando el comandante Hugo Ch谩vez afirmaba que el siglo XXI ser铆a "el siglo del retorno de los pueblos a la pol铆tica", muchos interpretaron aquella idea como una consigna asociada exclusivamente al proceso bolivariano. Dos d茅cadas despu茅s, el escenario internacional parece demostrar que esa reflexi贸n trascend铆a las fronteras venezolanas. Desde Am茅rica Latina hasta 脕frica, desde Asia hasta Oriente Medio, los pueblos vuelven a ocupar un lugar central en la disputa por el rumbo del mundo.
Por esa raz贸n, la elecci贸n de Caracas como sede de la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberan铆a de Nuestra Am茅rica no respondi贸 煤nicamente a criterios log铆sticos o diplom谩ticos. Venezuela representa, para unos, un s铆mbolo de resistencia frente a las pol铆ticas de sanciones y aislamiento internacional; para otros, un pa铆s inmerso en profundas controversias pol铆ticas internas. Ambas realidades forman parte del debate contempor谩neo y no deben ocultarse. Sin embargo, limitar el an谩lisis a esa controversia impedir铆a comprender el significado m谩s amplio del encuentro.
Desde el triunfo de la Revoluci贸n Bolivariana en 1999, Venezuela ha impulsado numerosos mecanismos de integraci贸n regional. La creaci贸n de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra Am茅rica (ALBA-TCP), Petrocaribe, la participaci贸n activa en la fundaci贸n de la CELAC y el impulso a diversas iniciativas de cooperaci贸n Sur-Sur respondieron a una concepci贸n de la pol铆tica internacional que privilegiaba la complementariedad frente a la competencia y la solidaridad frente a la subordinaci贸n.
En ese marco, Caracas se convirti贸 durante a帽os en un espacio de encuentro para movimientos sociales, organizaciones campesinas, sindicatos, intelectuales, redes de solidaridad y representantes de pueblos ind铆genas de distintos continentes. La Asamblea de diciembre de 2025 constituye una continuidad de esa tradici贸n.
Pero tambi茅n responde a un fen贸meno nuevo.
Durante los 煤ltimos a帽os, la pol铆tica internacional ha dejado de estar determinada exclusivamente por los Estados. Las grandes corporaciones tecnol贸gicas administran enormes vol煤menes de informaci贸n; los fondos de inversi贸n condicionan econom铆as nacionales; las plataformas digitales influyen sobre la opini贸n p煤blica; los conflictos comerciales afectan la estabilidad pol铆tica de regiones enteras; y la inteligencia artificial comienza a modificar la forma en que se produce el conocimiento.
En ese escenario, numerosos movimientos populares consideran que la defensa de la soberan铆a ya no puede limitarse al 谩mbito militar o diplom谩tico. Debe abarcar tambi茅n la econom铆a, la comunicaci贸n, la ciencia, la tecnolog铆a y la cultura.
Ese diagn贸stico recorri贸 toda la Asamblea.
Los pueblos toman la palabra
Las cifras sobre la participaci贸n var铆an seg煤n las fuentes consultadas. Los organizadores informaron de la presencia de centenares de delegados procedentes de decenas de pa铆ses de Am茅rica Latina, el Caribe, 脕frica, Asia, Europa y Norteam茅rica. M谩s all谩 del n煤mero exacto, existe un hecho indiscutible: la diversidad de actores presentes.
En Caracas coincidieron organizaciones campesinas, movimientos obreros, redes de mujeres, juventudes, pueblos ind铆genas, juristas, parlamentarios, acad茅micos, artistas, comunicadores populares, colectivos ecologistas y organizaciones defensoras de los derechos humanos desde una perspectiva antiimperialista.
La presencia de delegaciones procedentes de Cuba, Nicaragua, Bolivia, Colombia, Brasil, M茅xico, Argentina, Honduras, Chile, Sud谩frica, Palestina, China, Rusia y otros pa铆ses confirm贸 la voluntad de construir un espacio de di谩logo que trascendiera las fronteras latinoamericanas.
M谩s que una reuni贸n de dirigentes pol铆ticos, la Asamblea busc贸 convertirse en un lugar de encuentro entre experiencias diversas de organizaci贸n popular.
Ese aspecto constituye, probablemente, una de sus principales novedades.
Durante d茅cadas, la integraci贸n latinoamericana dependi贸 casi exclusivamente de la voluntad de los gobiernos. Cada cambio electoral alteraba prioridades, debilitaba instituciones y paralizaba numerosos proyectos regionales. La Asamblea parte de otra l贸gica: fortalecer los v铆nculos permanentes entre las organizaciones sociales para que la cooperaci贸n no dependa exclusivamente de los ciclos pol铆ticos nacionales.
Es una apuesta de largo plazo.
Y precisamente por ello representa uno de los desaf铆os m谩s ambiciosos del encuentro.
Una paz inseparable de la justicia
Uno de los aspectos m谩s relevantes de los debates fue la redefinici贸n del concepto de paz.
Para las organizaciones reunidas en Caracas, la paz no puede reducirse a la ausencia de guerras.
Una sociedad sometida al hambre, a la pobreza, al bloqueo econ贸mico, al saqueo de sus recursos naturales o a la dependencia tecnol贸gica dif铆cilmente puede considerarse una sociedad en paz.
Esa concepci贸n recuerda una afirmaci贸n de Fidel Castro pronunciada ante las Naciones Unidas:
"La paz no es solamente la ausencia de guerra; la paz es tambi茅n el respeto al derecho de los pueblos a existir y desarrollarse."
Esa idea atraves贸 buena parte de las intervenciones.
No se habl贸 煤nicamente de conflictos armados.
Se habl贸 de desigualdad.
De deuda externa.
De colonialismo financiero.
De monopolios tecnol贸gicos.
De concentraci贸n medi谩tica.
De crisis clim谩tica.
De migraciones forzadas.
De acceso desigual a las vacunas.
De inteligencia artificial.
De soberan铆a alimentaria.
En otras palabras, la Asamblea propuso ampliar el concepto tradicional de seguridad internacional incorporando dimensiones sociales, econ贸micas, ambientales y culturales.
El significado pol铆tico de la Asamblea
Los grandes medios internacionales apenas dedicaron espacio a este encuentro. Para muchos observadores, pas贸 pr谩cticamente inadvertido.
Sin embargo, la historia demuestra que numerosos procesos pol铆ticos de gran trascendencia comenzaron lejos de los titulares.
El Congreso Anficti贸nico convocado por Bol铆var no transform贸 inmediatamente Am茅rica Latina.
La Conferencia de Bandung tampoco alter贸 el equilibrio internacional de un d铆a para otro.
El Movimiento de Pa铆ses No Alineados necesit贸 a帽os para consolidarse como una referencia del Sur Global.
La historia rara vez cambia de direcci贸n en un solo acontecimiento.
Lo hace mediante la acumulaci贸n de iniciativas, debates y organizaciones que, con el tiempo, terminan modificando la correlaci贸n de fuerzas.
Quiz谩 la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberan铆a de Nuestra Am茅rica deba entenderse precisamente desde esa perspectiva.
No como un punto de llegada.
Sino como un punto de partida.
Como el intento de articular una red internacional de organizaciones populares en un momento en que el sistema internacional atraviesa una de las mayores transformaciones desde el final de la Guerra Fr铆a.
Todav铆a es pronto para saber cu谩l ser谩 su alcance.
Ning煤n proceso hist贸rico ofrece garant铆as.
Pero existe una ense帽anza que atraviesa dos siglos de luchas latinoamericanas.
Bol铆var imagin贸 una Am茅rica unida cuando las guerras de independencia a煤n no hab铆an concluido.
Mart铆 comprendi贸 que la libertad pol铆tica exig铆a tambi茅n independencia cultural y econ贸mica.
Sandino convirti贸 la defensa de la soberan铆a en una bandera continental.
Fidel transform贸 el internacionalismo en una pr谩ctica concreta de solidaridad entre los pueblos.
Y desde la Revoluci贸n Sandinista, Daniel Ortega ha insistido en que la integraci贸n latinoamericana sigue siendo una condici贸n indispensable para preservar la independencia frente a las nuevas formas de dominaci贸n.
La Asamblea de Caracas recoge ese legado diverso. No pretende reproducir mec谩nicamente las experiencias del pasado, sino adaptarlas a un mundo marcado por la revoluci贸n tecnol贸gica, la disputa geoecon贸mica y el surgimiento de nuevos centros de poder.
Si lograr谩 o no consolidarse como un actor relevante depender谩 de su capacidad para trascender las declaraciones y construir organizaci贸n, cooperaci贸n y acci贸n pol铆tica permanente.
Porque la historia ense帽a una lecci贸n que los pueblos de Nuestra Am茅rica han aprendido una y otra vez: la soberan铆a nunca ha sido una concesi贸n de los poderosos. Siempre ha sido una conquista de quienes decidieron organizarse para defenderla.








