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domingo, 7 de diciembre de 2025

La Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberanía de Nuestra América. Capítulo III El internacionalismo del siglo XXI

Capítulo III

El internacionalismo del siglo XXI

¿Puede la organización de los pueblos influir en la construcción de un mundo multipolar?

«Los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas.»
José Martí

Durante demasiado tiempo se quiso convencer al mundo de que la historia había llegado a su destino final. Tras la desaparición de la Unión Soviética se proclamó la superioridad definitiva de un único modelo político, económico y cultural. La globalización neoliberal fue presentada como un fenómeno inevitable y las instituciones internacionales surgidas tras la Segunda Guerra Mundial parecían destinadas a administrar indefinidamente un orden dominado por una sola potencia.

Tres décadas después, esa certeza se ha desvanecido.

La emergencia de China como actor económico y tecnológico, la recuperación de Rusia como potencia militar, el ascenso de India, el creciente protagonismo de África, la ampliación de los BRICS+, la búsqueda de mecanismos financieros alternativos al dólar y la consolidación de nuevos espacios de cooperación regional indican que el mundo transita hacia una estructura más compleja y disputada. No existe todavía un nuevo equilibrio; existe una transición. Y, como toda transición histórica, está llena de tensiones, incertidumbres y contradicciones.

La Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberanía de Nuestra América nació precisamente en ese escenario. Su mayor aporte no radica únicamente en los documentos aprobados ni en las resoluciones adoptadas. Su importancia consiste en haber planteado una pregunta que pocas veces ocupa el centro del debate internacional: ¿puede la sociedad organizada convertirse en un sujeto activo de la construcción del nuevo orden mundial?

Tradicionalmente, la geopolítica ha sido narrada como una historia protagonizada por Estados, ejércitos y grandes potencias. Los pueblos aparecen con frecuencia como espectadores o víctimas de decisiones tomadas desde arriba. La Asamblea invierte esa lógica. Propone que sindicatos, movimientos campesinos, organizaciones juveniles, pueblos indígenas, colectivos de mujeres, redes de solidaridad y centros de pensamiento construyan una agenda internacional propia, complementaria —aunque no subordinada— a la diplomacia de los Estados.

Esa aspiración conecta con una tradición profundamente latinoamericana.

Simón Bolívar comprendió que la independencia política solo tendría futuro si las nuevas repúblicas actuaban de manera concertada. José Martí advirtió que la verdadera libertad exigía independencia cultural y capacidad para pensar desde nuestra propia realidad. Augusto C. Sandino convirtió la defensa de la soberanía en una causa continental frente a la intervención extranjera. Fidel Castro transformó el internacionalismo en una práctica concreta de cooperación entre pueblos. Y el sandinismo, desde el triunfo de la Revolución Popular de 1979, ha mantenido la integración latinoamericana y la no injerencia como ejes permanentes de su discurso político.

Daniel Ortega ha insistido en diversos encuentros del ALBA-TCP en que el legado de Bolívar, Martí, Sandino y Fidel debe servir de base para una integración capaz de resistir las nuevas formas de dominación económica, financiera y tecnológica. Más allá de las distintas valoraciones sobre su gobierno, esa apelación a una memoria histórica compartida forma parte del imaginario político de una parte significativa del movimiento latinoamericanista contemporáneo.

Sin embargo, el internacionalismo del siglo XXI enfrenta desafíos que aquellos líderes nunca conocieron.

Ya no basta con defender la soberanía territorial.

También es necesario discutir quién controla los datos, las plataformas digitales, la inteligencia artificial, los minerales estratégicos, las rutas marítimas, las cadenas de suministro, la producción de alimentos y los sistemas financieros internacionales.

En otras palabras, la disputa por la soberanía ha dejado de librarse exclusivamente sobre los mapas. Se desarrolla también en los servidores informáticos, en los mercados energéticos, en los laboratorios científicos y en los algoritmos que organizan el flujo global de la información.

Por eso la Asamblea otorgó tanta importancia a la llamada soberanía cognitiva. Quien depende completamente del conocimiento producido por otros termina dependiendo también de sus intereses, de sus prioridades y de su visión del mundo. Defender la capacidad de producir ciencia, cultura, tecnología y comunicación propias deja de ser un asunto académico para convertirse en una cuestión de independencia.

En este punto, el Manifiesto de Caracas va más allá de la denuncia. Propone construir una Alianza Mundial de los Pueblos con capacidad para articular redes internacionales, fortalecer la cooperación entre organizaciones populares y disputar la agenda global desde una perspectiva de paz, soberanía y justicia social. También plantea institucionalizar la Asamblea mediante una Mesa Permanente de Coordinación con sede en Caracas, con el propósito de dar continuidad al trabajo iniciado en diciembre de 2025.

Naturalmente, estas propuestas enfrentan enormes desafíos.

La historia latinoamericana está llena de proyectos integracionistas que despertaron grandes expectativas y posteriormente perdieron impulso debido a cambios de gobierno, crisis económicas o diferencias estratégicas. El propio ideal bolivariano quedó inconcluso. La UNASUR sufrió un prolongado debilitamiento. La CELAC avanza a ritmos desiguales. Incluso el ALBA ha debido adaptarse a un contexto regional muy distinto del que existía en la primera década del siglo XXI.

La Asamblea no está exenta de esos riesgos.

Su credibilidad dependerá menos de la fuerza de sus declaraciones que de su capacidad para generar cooperación concreta, promover espacios de formación, impulsar campañas internacionales y mantener una articulación permanente entre organizaciones de distintos continentes.

Existe además otro reto fundamental.

Si el mundo camina hacia una estructura multipolar, ello no significa automáticamente que avanzará hacia un orden más justo.

La multipolaridad describe una distribución del poder.

La justicia internacional depende de cómo ese poder sea ejercido.

Es posible imaginar un mundo con varias potencias que continúe reproduciendo desigualdades, intervenciones, bloqueos y relaciones de dependencia. Por eso la Asamblea insiste en que la paz debe construirse sobre principios de igualdad soberana, cooperación y respeto al derecho internacional, y no únicamente sobre un cambio en la correlación de fuerzas entre Estados.

Aquí aparece la principal aportación política del encuentro.

Frente a un escenario dominado por la competencia geopolítica, la Asamblea reivindica la cooperación entre los pueblos como un factor capaz de influir sobre las decisiones internacionales. Puede discutirse la viabilidad de esa propuesta. Puede cuestionarse su alcance. Pero resulta difícil negar que responde a una preocupación compartida por amplios sectores del Sur Global: la necesidad de que la voz de las sociedades organizadas tenga un lugar en el debate sobre el futuro del planeta.

Quizá dentro de algunos años la Asamblea de Caracas sea recordada como una iniciativa más entre tantas otras surgidas durante esta etapa de transición mundial. O quizá la historia la sitúe junto a aquellos encuentros que, sin ocupar grandes titulares en su momento, terminaron inaugurando nuevas formas de cooperación internacional.

Nadie puede afirmarlo con certeza.

Lo que sí sabemos es que las grandes transformaciones nunca comenzaron cuando parecían inevitables. Comenzaron cuando hubo mujeres y hombres capaces de imaginar un horizonte distinto y organizarse para hacerlo posible.

Bolívar lo hizo cuando América seguía luchando por su independencia.

Martí lo hizo cuando defendió una Nuestra América libre de toda tutela imperial.

Sandino lo hizo enfrentando la ocupación extranjera.

Fidel convirtió esa tradición en una práctica internacional de solidaridad.

Y los pueblos reunidos en Caracas, en diciembre de 2025, intentaron proyectar ese legado hacia un siglo marcado por la inteligencia artificial, la disputa tecnológica y la reorganización del poder mundial.

Si lo conseguirán o no dependerá del tiempo.

Pero hay una enseñanza que atraviesa todo este dossier y que conserva plena vigencia.

Los imperios cambian.

Las potencias ascienden y declinan.

Los sistemas internacionales se transforman.

Lo que permanece es la voluntad de los pueblos de defender su derecho a decidir su propio destino.

Esa voluntad fue el verdadero protagonista de la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberanía de Nuestra América.

Y quizá sea también uno de los signos más reveladores del mundo que comienza a nacer.


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