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miércoles, 17 de diciembre de 2025

La Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberanía de Nuestra América.Capítulo II La paz como trinchera

Capítulo II

La paz como trinchera

Soberanía, guerra cognitiva y el Manifiesto de Caracas

«Patria es humanidad.»
José Martí

Si el primer capítulo de este dossier intentó responder por qué la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberanía de Nuestra América nació en un momento decisivo para el sistema internacional, este segundo propone una pregunta aún más importante: ¿de qué paz hablaban los delegados reunidos en Caracas?

La respuesta obliga a abandonar la definición convencional que identifica la paz con la simple ausencia de guerra. Para las organizaciones participantes, la paz fue presentada como un proceso inseparable de la justicia social, la autodeterminación de los pueblos y el respeto efectivo al derecho internacional. No se trataba de una formulación retórica. Era el eje político que daba sentido a todos los debates.

En un mundo donde las guerras ya no se libran únicamente con ejércitos, sino también mediante sanciones económicas, bloqueos financieros, campañas de desinformación, ciberataques y disputas tecnológicas, la defensa de la paz adquiere un significado mucho más amplio que el tradicional.

Esa idea quedó reflejada en el Manifiesto de Caracas, aprobado al cierre de la Asamblea. El documento sostiene que la paz no puede construirse sobre la desigualdad, la ocupación, el hambre o la negación de la soberanía de los pueblos. Desde esa perspectiva, denuncia las medidas coercitivas unilaterales, el uso político de las sanciones económicas y la instrumentalización de la información como mecanismos de presión internacional.

No todos compartirán ese diagnóstico. Existen gobiernos y analistas que consideran las sanciones un instrumento legítimo de política exterior frente a determinadas violaciones del derecho internacional. Sin embargo, la Asamblea defendió una posición distinta: sostuvo que esas medidas terminan afectando principalmente a las poblaciones civiles y erosionan los principios de igualdad soberana entre los Estados. Esa diferencia de enfoques atraviesa hoy uno de los grandes debates de la política internacional.

La paz como conquista de los pueblos

El Manifiesto afirma que la paz no es una concesión de las grandes potencias, sino una conquista permanente de los pueblos organizados. Esa idea recorre toda la tradición emancipadora latinoamericana.

José Martí comprendió que la independencia no podía limitarse a la expulsión del colonialismo. También exigía construir una conciencia propia, capaz de resistir nuevas formas de dominación. De ahí que escribiera que «trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra». En el siglo XXI, esa frase adquiere una vigencia extraordinaria. Las trincheras ya no son únicamente territoriales; también son culturales, tecnológicas y comunicacionales.

Fidel Castro desarrolló esa misma idea desde otra perspectiva. En múltiples intervenciones internacionales insistió en que la paz solo podía sostenerse sobre la justicia y la cooperación entre los pueblos. Para la diplomacia cubana, el internacionalismo nunca fue entendido como una política de influencia, sino como una práctica concreta de solidaridad. Esa concepción estuvo presente en Caracas cuando numerosas delegaciones reivindicaron el derecho de los pueblos a cooperar libremente, sin presiones externas.

También la tradición sandinista apareció de manera recurrente. Augusto C. Sandino afirmaba que la soberanía no se negocia porque constituye la expresión misma de la dignidad nacional. Décadas más tarde, Daniel Ortega retomó esa idea al sostener, en diversos foros regionales, que la integración latinoamericana debía construirse sobre el legado de Bolívar, Martí, Sandino y Fidel, entendiendo la unidad como una herramienta para preservar la independencia frente a las nuevas formas de dominación económica y política.

La Asamblea hizo suya esa lectura histórica. Para muchos de sus participantes, la paz solo puede consolidarse cuando los pueblos tienen capacidad real para decidir sobre sus recursos, sus instituciones y su modelo de desarrollo.

La guerra ya no tiene un solo rostro

Uno de los aportes más interesantes de la Asamblea fue la reflexión sobre las transformaciones de la guerra en el siglo XXI.

Durante buena parte del siglo XX, la agresión contra un Estado era identificada con una invasión militar o un conflicto armado convencional. Hoy ese panorama ha cambiado profundamente.

Las medidas coercitivas unilaterales, las operaciones financieras, la presión sobre los mercados energéticos, el control de las cadenas de suministro, los bloqueos tecnológicos, la manipulación de redes sociales y las campañas de desinformación forman parte de lo que muchos analistas denominan guerra híbrida o guerra multidimensional.

Los delegados reunidos en Caracas sostuvieron que estas modalidades buscan debilitar la capacidad de decisión de los Estados sin recurrir necesariamente al uso directo de la fuerza militar. En ese contexto, la soberanía deja de ser un concepto exclusivamente territorial para abarcar la economía, la tecnología, la producción científica, la alimentación, la energía y la comunicación.

Fue precisamente en este punto donde apareció uno de los conceptos más innovadores debatidos durante la Asamblea: la soberanía cognitiva.

Según esta perspectiva, ningún pueblo puede considerarse plenamente libre si depende por completo de plataformas tecnológicas, algoritmos, centros de datos o sistemas de información controlados desde el exterior. La disputa por el conocimiento, la inteligencia artificial y los flujos globales de información constituye hoy un componente esencial de la soberanía.

Esta reflexión conecta con un fenómeno evidente: nunca antes la humanidad había producido tanta información y, al mismo tiempo, nunca había existido una concentración tan elevada del poder para distribuirla, jerarquizarla o invisibilizarla.

Por ello, la Asamblea propuso fortalecer redes de comunicación popular, cooperación tecnológica y producción de conocimiento desde el Sur Global. No se trataba únicamente de crear nuevos medios de comunicación, sino de disputar el derecho de los pueblos a narrar su propia historia y a interpretar el mundo desde sus propias realidades.

Ese debate, probablemente uno de los menos difundidos por la prensa internacional, constituye también uno de los más relevantes para comprender las transformaciones geopolíticas del siglo XXI.

Palestina: cuando el derecho internacional se pone a prueba

Si hubo un tema que atravesó emocional y políticamente la Asamblea fue Palestina. No apareció como un asunto más de la agenda internacional, sino como el ejemplo más dramático de una pregunta que recorrió todas las intervenciones: ¿existe un derecho internacional que se aplique por igual a todos los pueblos o su aplicación depende de la correlación de fuerzas entre las grandes potencias?

Las delegaciones coincidieron en que el conflicto palestino representa una prueba decisiva para la credibilidad del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Las referencias a Gaza fueron constantes. Se denunciaron las miles de víctimas civiles, la destrucción de hospitales, escuelas e infraestructuras esenciales, así como el desplazamiento forzado de amplios sectores de la población.

Para los participantes, Palestina dejó de ser únicamente una causa de solidaridad para convertirse en el símbolo de una discusión mucho más amplia: la vigencia del derecho internacional, el respeto a la Carta de las Naciones Unidas y la necesidad de que las normas internacionales se apliquen con criterios universales y no selectivos.

La defensa del pueblo palestino fue presentada como una causa inseparable de la defensa de todos los pueblos sometidos a ocupación, bloqueo o injerencia externa. Esa posición enlazó con una larga tradición del internacionalismo latinoamericano, que durante décadas expresó su solidaridad con los procesos de descolonización en África, Asia y Oriente Medio.

En ese contexto volvió a escucharse una idea que había acompañado a varias generaciones de luchadores latinoamericanos: la solidaridad internacional no es un gesto de caridad; es el reconocimiento de que las luchas por la dignidad humana están profundamente conectadas.

Del diagnóstico a la organización

Uno de los riesgos habituales de muchos encuentros internacionales es que concluyen con declaraciones solemnes que rara vez se traducen en acciones concretas. Consciente de ello, la Asamblea intentó dar un paso adicional.

El Manifiesto de Caracas no fue concebido únicamente como una declaración política, sino como una hoja de ruta para fortalecer la cooperación entre organizaciones populares de distintos continentes.

Entre los principales compromisos asumidos destacan:

  • consolidar la Asamblea como un espacio permanente de articulación internacional;
  • fortalecer redes de comunicación popular para enfrentar la concentración mediática y la desinformación;
  • promover campañas internacionales contra las medidas coercitivas unilaterales y los bloqueos económicos;
  • profundizar la cooperación entre organizaciones sociales de América Latina, África, Asia y otras regiones del Sur Global;
  • impulsar iniciativas de formación política, intercambio cultural y cooperación científica;
  • expresar solidaridad activa con los pueblos sometidos a ocupación, agresión militar o sanciones económicas.

Quizá el acuerdo de mayor alcance fue la decisión de que la Asamblea no terminara con el cierre del encuentro. La intención expresada por los organizadores fue convertirla en un mecanismo estable de coordinación, capaz de mantener iniciativas comunes más allá de la coyuntura.

Ese propósito refleja una enseñanza aprendida por numerosos movimientos sociales latinoamericanos: los procesos de integración difícilmente sobreviven si dependen exclusivamente de la voluntad de los gobiernos. Necesitan una base social organizada que les otorgue continuidad.

El desafío de construir un internacionalismo para el siglo XXI

La palabra internacionalismo posee una larga historia política. Durante el siglo XIX estuvo ligada al movimiento obrero; en el siglo XX acompañó las luchas anticoloniales y los procesos de liberación nacional. Hoy, en un mundo profundamente transformado por la globalización económica y la revolución digital, ese concepto vuelve a plantear nuevas preguntas.

¿Puede existir un internacionalismo capaz de responder a desafíos como la inteligencia artificial, la crisis climática, las migraciones masivas o la concentración del poder tecnológico?

La Asamblea respondió afirmativamente.

Pero propuso un internacionalismo diferente al de otras épocas.

No basado en la confrontación entre bloques ideológicos cerrados.

Sino en la cooperación entre pueblos diversos que comparten la defensa de la paz, la soberanía y un orden internacional más equilibrado.

En esa concepción, el diálogo entre América Latina, África y Asia adquiere una importancia estratégica. Ya no se trata únicamente de relaciones diplomáticas entre gobiernos, sino de construir vínculos permanentes entre universidades, sindicatos, organizaciones campesinas, movimientos juveniles, colectivos culturales y centros de investigación.

La ampliación de los BRICS, el fortalecimiento de la cooperación Sur-Sur y la creciente participación de países emergentes en la economía mundial fueron interpretados durante la Asamblea como señales de un cambio estructural en la distribución del poder internacional.

Sin embargo, varios participantes advirtieron que la multipolaridad, por sí sola, no garantiza un mundo más justo.

Un sistema con varios centros de poder puede reproducir desigualdades si no incorpora mecanismos efectivos de cooperación, respeto al derecho internacional y participación de los pueblos.

Esa reflexión constituye uno de los aportes políticos más interesantes del encuentro.

No basta con sustituir una hegemonía por otra.

El desafío consiste en construir relaciones internacionales basadas en la igualdad soberana, la cooperación y el beneficio mutuo.

Una mirada crítica

Todo análisis serio debe reconocer también los desafíos que enfrenta esta iniciativa.

La historia latinoamericana registra numerosos esfuerzos de integración que despertaron enormes expectativas y posteriormente se debilitaron debido a cambios de gobierno, diferencias estratégicas o dificultades institucionales.

La propia Asamblea deberá demostrar que posee capacidad para trascender el entusiasmo inicial y convertirse en un espacio de coordinación permanente.

Otro desafío será preservar su pluralidad.

La riqueza del encuentro residió precisamente en la diversidad de organizaciones participantes. Mantener esa amplitud, evitando que el proyecto quede identificado exclusivamente con un gobierno o una corriente política determinada, será decisivo para su legitimidad y proyección internacional.

Desde una perspectiva internacionalista de izquierda, esa pluralidad no constituye una debilidad.

Es una condición indispensable.

Bolívar soñó con una América unida respetando la diversidad de sus pueblos.

Martí defendió una identidad latinoamericana abierta al mundo pero consciente de sus propias raíces.

Sandino convirtió la dignidad nacional en patrimonio de toda Nuestra América.

Fidel entendió que la solidaridad solo tiene sentido cuando respeta la independencia de cada pueblo.

Y desde la Revolución Popular Sandinista, Daniel Ortega ha insistido en que la integración latinoamericana debe construirse desde el reconocimiento mutuo de la soberanía y la no injerencia.

La Asamblea intentó recoger esa tradición, adaptándola a una época marcada por desafíos que ninguno de aquellos líderes pudo conocer: inteligencia artificial, plataformas digitales, concentración tecnológica, cambio climático y disputas por minerales estratégicos.

Más que una reunión, un síntoma de época

Quizá el mayor error sería analizar la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberanía de Nuestra América únicamente como un acontecimiento celebrado en Caracas.

Su importancia reside en otra parte.

Expresa el intento de diversos movimientos sociales de construir herramientas políticas para intervenir en una transición histórica cuyo desenlace permanece abierto.

No sabemos cómo será el orden internacional dentro de veinte años.

Tampoco sabemos qué instituciones lo representarán.

Lo que sí parece evidente es que el modelo surgido tras el final de la Guerra Fría atraviesa un proceso de transformación acelerada.

En ese contexto, la Asamblea constituye una señal de que los pueblos del Sur Global no desean limitarse a observar esos cambios.

Aspiran a participar en ellos.

Como escribió José Martí, «hacer es la mejor manera de decir».

La Asamblea representa precisamente eso: la decisión de pasar del diagnóstico a la organización.

No resolverá por sí sola las enormes contradicciones del sistema internacional.

No eliminará las guerras.

No pondrá fin a las desigualdades.

Pero recuerda una verdad que atraviesa toda la historia de Nuestra América: ninguna transformación profunda comenzó cuando parecía posible; comenzó cuando hubo mujeres y hombres capaces de organizarse para hacerla posible.

Y quizá sea esa, más que cualquier declaración o manifiesto, la principal enseñanza política que dejó Caracas en diciembre de 2025.

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