Hay momentos en la historia en que el mundo parece moverse con una lentitud desesperante. Y hay otros en los que los acontecimientos se precipitan hasta alterar, en pocos a帽os, el equilibrio geopol铆tico construido durante d茅cadas. La tercera d茅cada del siglo XXI pertenece, sin duda, a esta segunda categor铆a. El sistema internacional atraviesa una transformaci贸n de enorme magnitud: la hegemon铆a unipolar surgida tras la desaparici贸n de la Uni贸n Sovi茅tica muestra signos evidentes de agotamiento, mientras nuevas potencias econ贸micas y pol铆ticas disputan espacios de influencia en un escenario cada vez m谩s complejo e incierto.
Las guerras en Ucrania y Oriente Medio, el genocidio que sufre el pueblo palestino en Gaza, el ascenso de China como potencia global, la ampliaci贸n de los BRICS+, la creciente utilizaci贸n de sanciones econ贸micas como instrumento de presi贸n pol铆tica, las disputas por el control de los recursos estrat茅gicos y la acelerada revoluci贸n tecnol贸gica configuran un panorama internacional profundamente distinto al de hace apenas dos d茅cadas. No se trata 煤nicamente de una confrontaci贸n entre Estados. Es tambi茅n una disputa entre modelos de desarrollo, concepciones de la democracia, sistemas econ贸micos y formas de entender las relaciones internacionales.
En ese contexto debe situarse la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberan铆a de Nuestra Am茅rica, celebrada en Caracas entre el 9 y el 11 de diciembre de 2025. Reducir aquel encuentro a una iniciativa promovida por el Gobierno venezolano ser铆a quedarse en la superficie de los acontecimientos. M谩s all谩 de qui茅n impuls贸 la convocatoria, la Asamblea expres贸 una inquietud que recorre buena parte del Sur Global: la necesidad de construir nuevos espacios de articulaci贸n pol铆tica entre movimientos sociales, organizaciones populares, intelectuales, sindicatos, campesinos, pueblos ind铆genas y redes de solidaridad internacional para intervenir activamente en la configuraci贸n del mundo que est谩 emergiendo.
No es casual que el encuentro haya pasado pr谩cticamente desapercibido para los grandes conglomerados medi谩ticos occidentales. La atenci贸n informativa suele concentrarse en las cumbres de las grandes potencias, en las reuniones de organismos financieros internacionales o en las alianzas militares. Mucho menos espacio reciben aquellos procesos que intentan fortalecer el protagonismo pol铆tico de los pueblos organizados. Sin embargo, si algo demuestra la historia latinoamericana es que muchas de las transformaciones m谩s profundas no comenzaron en los despachos gubernamentales, sino en la organizaci贸n social y en la capacidad de los pueblos para construir proyectos colectivos.
La Asamblea de Caracas debe entenderse precisamente desde esa perspectiva.
Una tradici贸n hist贸rica de resistencia e integraci贸n
La idea de reunir a los pueblos de Am茅rica Latina para debatir su destino com煤n no naci贸 en diciembre de 2025. Tiene ra铆ces profundas que atraviesan m谩s de dos siglos de historia.
Cuando Sim贸n Bol铆var convoc贸 el Congreso Anficti贸nico de Panam谩 en 1826, comprend铆a que las j贸venes rep煤blicas reci茅n independizadas dif铆cilmente podr铆an preservar su soberan铆a si permanec铆an aisladas. Su proyecto de integraci贸n continental fue derrotado por las divisiones internas y por los intereses de las potencias emergentes, pero dej贸 sembrada una idea que recorrer铆a toda la historia latinoamericana: la unidad constituye una condici贸n indispensable para la independencia efectiva.
D茅cadas despu茅s, Jos茅 Mart铆 advert铆a que "trincheras de ideas valen m谩s que trincheras de piedra". Su reflexi贸n sigue teniendo una sorprendente vigencia en una 茅poca en la que las disputas geopol铆ticas ya no se libran 煤nicamente mediante ej茅rcitos, sino tambi茅n a trav茅s de plataformas digitales, conglomerados medi谩ticos, sistemas financieros y tecnolog铆as de la informaci贸n.
Durante el siglo XX esa tradici贸n integracionista encontr贸 nuevas expresiones. La Revoluci贸n Cubana convirti贸 el internacionalismo en uno de sus principios fundamentales. La Conferencia Tricontinental celebrada en La Habana en 1966 reuni贸 movimientos de liberaci贸n de Asia, 脕frica y Am茅rica Latina bajo la convicci贸n de que las luchas contra el colonialismo y el imperialismo formaban parte de un mismo proceso hist贸rico. Posteriormente, el Movimiento de Pa铆ses No Alineados intent贸 construir una voz propia frente a la l贸gica bipolar de la Guerra Fr铆a, mientras que a finales del siglo XX y comienzos del XXI surgieron espacios como el Foro de S茫o Paulo, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra Am茅rica (ALBA-TCP), la CELAC y otros mecanismos de integraci贸n regional.
La Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberan铆a de Nuestra Am茅rica recoge parte de ese legado hist贸rico. No pretende sustituir a los organismos intergubernamentales existentes, sino complementarlos desde una l贸gica diferente: la articulaci贸n entre organizaciones populares. Esa diferencia resulta fundamental. Mientras los mecanismos tradicionales dependen de los cambios de gobierno y de las prioridades de los Estados, la Asamblea aspira a construir una red de cooperaci贸n sostenida por movimientos sociales, sindicatos, organizaciones campesinas, colectivos juveniles, pueblos ind铆genas, intelectuales y comunicadores.
Es una apuesta ambiciosa. Tambi茅n enfrenta enormes desaf铆os. Pero expresa una preocupaci贸n compartida por numerosos sectores progresistas del mundo: la integraci贸n no puede descansar exclusivamente en acuerdos diplom谩ticos; necesita ra铆ces sociales profundas.
Caracas como escenario pol铆tico
La elecci贸n de Venezuela como sede tampoco fue casual.
Desde la llegada de la Revoluci贸n Bolivariana al poder en 1999, Caracas se ha convertido en un espacio habitual para encuentros internacionales vinculados al pensamiento antiimperialista, la integraci贸n regional y la solidaridad entre los pueblos. Durante m谩s de dos d茅cadas, el pa铆s ha promovido iniciativas como el ALBA-TCP, Petrocaribe y diversos congresos internacionales sobre comunicaci贸n, antifascismo, paz y soberan铆a.
Al mismo tiempo, Venezuela se ha transformado en uno de los principales escenarios de la confrontaci贸n geopol铆tica contempor谩nea. Las sanciones econ贸micas impuestas por Estados Unidos y algunos de sus aliados, los intentos de aislamiento diplom谩tico, el reconocimiento internacional de gobiernos paralelos durante determinados periodos y la intensa disputa medi谩tica en torno al proceso pol铆tico venezolano convirtieron al pa铆s en un laboratorio de las nuevas formas de confrontaci贸n internacional.
Precisamente por ello, muchos participantes interpretaron la Asamblea como una respuesta pol铆tica frente a esa realidad. La paz, sostuvieron reiteradamente las delegaciones presentes, no puede construirse mientras existan bloqueos econ贸micos, medidas coercitivas unilaterales o intervenciones externas destinadas a condicionar las decisiones soberanas de los Estados.
Esa afirmaci贸n no estuvo exenta de controversia. Diversos gobiernos occidentales y organizaciones de derechos humanos mantienen fuertes cr铆ticas hacia la situaci贸n pol铆tica venezolana y cuestionan la legitimidad de algunas iniciativas impulsadas por el Ejecutivo de Caracas. Ignorar ese debate ser铆a una simplificaci贸n. Sin embargo, tambi茅n es cierto que una parte significativa de los movimientos sociales participantes comparti贸 la idea de que las sanciones econ贸micas castigan principalmente a las poblaciones y constituyen un instrumento de presi贸n incompatible con el principio de autodeterminaci贸n de los pueblos.
M谩s all谩 de las diferentes valoraciones sobre el proceso venezolano, la Asamblea puso sobre la mesa una discusi贸n de alcance mucho mayor: ¿puede hablarse de un orden internacional basado en normas comunes cuando las sanciones unilaterales, las intervenciones militares selectivas o la aplicaci贸n desigual del derecho internacional forman parte habitual de la pol铆tica global?
Una convocatoria internacional
Las cifras sobre la participaci贸n var铆an seg煤n las fuentes consultadas. Los organizadores hablaron de centenares de delegados procedentes de m谩s de medio centenar de pa铆ses, mientras otras informaciones se refirieron espec铆ficamente a la presencia de representantes de alrededor de treinta naciones latinoamericanas y caribe帽as. M谩s all谩 del dato exacto, existe consenso en que la convocatoria reuni贸 una amplia diversidad de organizaciones provenientes de Am茅rica Latina, el Caribe, 脕frica, Asia, Europa y Norteam茅rica.
Participaron movimientos campesinos, centrales sindicales, organizaciones ind铆genas, colectivos feministas, redes juveniles, plataformas de solidaridad internacional, juristas, parlamentarios, comunicadores populares, acad茅micos y representantes de diversas expresiones de la sociedad civil organizada. Entre las organizaciones presentes destacaron la Asociaci贸n Americana de Juristas, el Movimiento por la Paz, la Soberan铆a y la Solidaridad entre los Pueblos (MOPASSOL), redes de intelectuales latinoamericanos, organizaciones culturales y colectivos comprometidos con la defensa del derecho internacional y la integraci贸n regional.
M谩s all谩 de las diferencias ideol贸gicas o nacionales, exist铆a un denominador com煤n: la convicci贸n de que el mundo atraviesa una etapa de transici贸n hist贸rica y que los movimientos populares no pueden limitarse a observar pasivamente esos cambios. Deben organizarse para influir en ellos.
En ese sentido, la Asamblea no fue concebida como un simple foro de debate. Desde su sesi贸n inaugural qued贸 claro que la intenci贸n era mucho m谩s ambiciosa: sentar las bases de un movimiento internacional permanente capaz de coordinar iniciativas pol铆ticas, culturales y comunicacionales entre organizaciones del Sur Global.
La propia idea de permanencia constituye uno de los aspectos m谩s relevantes del encuentro. No se trataba 煤nicamente de intercambiar diagn贸sticos durante tres d铆as, sino de construir mecanismos estables de cooperaci贸n que permitieran responder colectivamente a los desaf铆os de una 茅poca marcada por profundas transformaciones geopol铆ticas.
Ese prop贸sito qued贸 reflejado en las distintas mesas de trabajo, donde comenzaron a perfilarse los grandes ejes que atravesar铆an toda la Asamblea: la defensa de la paz, la soberan铆a de los pueblos, la integraci贸n regional, la batalla por la comunicaci贸n, la justicia clim谩tica, los derechos de los migrantes, la solidaridad con Palestina y la necesidad de avanzar hacia un orden internacional m谩s equilibrado y multipolar.
Pero quiz谩 el debate m谩s novedoso no gir贸 煤nicamente en torno a la geopol铆tica tradicional. Los participantes sostuvieron que las guerras del siglo XXI ya no se libran exclusivamente con ej茅rcitos o armamento convencional. Tambi茅n se combaten mediante el control de la informaci贸n, las plataformas digitales, los sistemas financieros y la capacidad para construir relatos capaces de legitimar determinadas pol铆ticas internacionales.
Ese diagn贸stico abrir铆a paso a uno de los conceptos m谩s discutidos durante la Asamblea: la soberan铆a cognitiva, una idea que resume buena parte de las preocupaciones pol铆ticas de los movimientos sociales reunidos en Caracas y que constituye, probablemente, uno de los aportes m谩s originales del encuentro.
La Soberan铆a
Si hubo un concepto que atraves贸 pr谩cticamente todas las mesas de trabajo de la Asamblea fue el de soberan铆a. Pero no la soberan铆a entendida 煤nicamente como la defensa de las fronteras nacionales o la integridad territorial de los Estados. Los debates desarrollados en Caracas partieron de una premisa mucho m谩s amplia: en el siglo XXI la independencia de los pueblos depende tambi茅n de qui茅n controla la econom铆a, la tecnolog铆a, las finanzas, la producci贸n de alimentos, los recursos naturales y, cada vez con mayor intensidad, la informaci贸n.
Esta visi贸n supone una ruptura con las concepciones cl谩sicas de las relaciones internacionales. Durante buena parte del siglo XX las amenazas a la soberan铆a eran identificadas casi exclusivamente con invasiones militares, golpes de Estado o intervenciones directas. Hoy, sin embargo, numerosos movimientos sociales consideran que las formas de dominaci贸n se han diversificado. Las sanciones econ贸micas, la especulaci贸n financiera, el control de las cadenas globales de suministro, la dependencia tecnol贸gica, el monopolio de las plataformas digitales y la concentraci贸n medi谩tica forman parte de un mismo entramado de poder que condiciona la capacidad de decisi贸n de muchos pa铆ses.
Fue en ese contexto donde cobr贸 fuerza una de las ideas m谩s novedosas del encuentro: la soberan铆a cognitiva.
Los participantes sostuvieron que las guerras contempor谩neas no se libran 煤nicamente sobre el terreno. Se desarrollan tambi茅n en el espacio informativo. Las grandes plataformas digitales, los algoritmos, la inteligencia artificial, los conglomerados medi谩ticos y las campa帽as de desinformaci贸n son hoy instrumentos capaces de moldear percepciones, justificar sanciones, legitimar intervenciones o deslegitimar procesos pol铆ticos. No se trata de una teor铆a conspirativa, sino de una constataci贸n compartida por numerosos investigadores de la comunicaci贸n y de las relaciones internacionales: la informaci贸n se ha convertido en un recurso estrat茅gico.
Desde esta perspectiva, la defensa de la soberan铆a exige construir capacidades propias de producci贸n de conocimiento, comunicaci贸n y desarrollo tecnol贸gico. La propuesta de crear una red internacional de medios populares y plataformas de comunicaci贸n alternativa respondi贸 precisamente a esa preocupaci贸n. El objetivo no era 煤nicamente difundir otra narrativa, sino garantizar que los pueblos dispongan de herramientas para contar su propia historia sin depender exclusivamente de los grandes centros de producci贸n informativa.
Esta reflexi贸n resulta particularmente relevante para Am茅rica Latina, una regi贸n donde hist贸ricamente la concentraci贸n de los medios de comunicaci贸n ha estado estrechamente vinculada a grupos econ贸micos con enorme capacidad de influencia pol铆tica. La democratizaci贸n de la comunicaci贸n apareci贸 as铆 como una condici贸n necesaria para profundizar la democracia misma.
La discusi贸n sobre la soberan铆a cognitiva estuvo estrechamente ligada a otro de los ejes de la Asamblea: la defensa del derecho internacional frente al uso creciente de las medidas coercitivas unilaterales. Las delegaciones denunciaron que las sanciones econ贸micas aplicadas fuera del marco de las Naciones Unidas constituyen una forma de presi贸n pol铆tica cuyos efectos recaen principalmente sobre la poblaci贸n civil. Venezuela, Cuba, Nicaragua, Ir谩n y otros pa铆ses fueron citados como ejemplos de esa realidad.
Desde luego, la cuesti贸n de las sanciones contin煤a siendo objeto de un intenso debate internacional. Sus defensores sostienen que representan un mecanismo de presi贸n frente a gobiernos acusados de violar derechos humanos o quebrantar principios democr谩ticos. Sus detractores argumentan que, en la pr谩ctica, terminan agravando las condiciones de vida de millones de personas y vulnerando el principio de no injerencia en los asuntos internos de los Estados. La Asamblea se aline贸 claramente con esta segunda interpretaci贸n y reclam贸 su eliminaci贸n como condici贸n para avanzar hacia una paz duradera.
Otro de los momentos de mayor contenido pol铆tico fue la expresi贸n de solidaridad con el pueblo palestino. La guerra en Gaza ocup贸 un lugar destacado en las intervenciones de numerosas delegaciones, que denunciaron la destrucci贸n masiva de infraestructura civil, la crisis humanitaria y la incapacidad de la comunidad internacional para hacer cumplir de manera efectiva el derecho internacional humanitario. Para los participantes, Palestina simboliza uno de los mayores desaf铆os del orden internacional contempor谩neo: la existencia de normas universales cuya aplicaci贸n parece depender, con demasiada frecuencia, de la correlaci贸n de fuerzas entre las potencias.
La Asamblea interpret贸 ese conflicto como un recordatorio de que la paz no puede separarse de la justicia. No basta con reclamar el cese de las hostilidades si no se abordan las causas estructurales que las originan. Esa misma l贸gica fue extendida a otras regiones del planeta, donde la pobreza, la desigualdad, el saqueo de recursos naturales o las intervenciones externas alimentan escenarios de violencia persistente.
Las discusiones no se limitaron, sin embargo, al diagn贸stico. Uno de los principales resultados del encuentro fue la aprobaci贸n del Manifiesto de Caracas por la Paz, la Soberan铆a y la Verdad de los Pueblos, concebido como una hoja de ruta para la acci贸n pol铆tica de la Asamblea. M谩s que una declaraci贸n protocolaria, el documento expresa una visi贸n del mundo. Afirma que la paz solo puede sostenerse sobre la justicia social; reivindica el derecho de los pueblos a decidir libremente su destino; rechaza las sanciones econ贸micas unilaterales y toda forma de injerencia extranjera; denuncia el resurgimiento del fascismo y del racismo en distintas regiones; llama a fortalecer la cooperaci贸n Sur-Sur y propone consolidar una red permanente de articulaci贸n entre movimientos sociales, organizaciones populares y espacios de integraci贸n regional.
Uno de los compromisos m谩s significativos fue precisamente la decisi贸n de que la Asamblea no terminara con la clausura del encuentro. Caracas fue propuesta como sede permanente de un proceso de coordinaci贸n internacional destinado a mantener intercambios, campa帽as de solidaridad, iniciativas culturales y mecanismos de cooperaci贸n pol铆tica. En un tiempo en que la fragmentaci贸n suele imponerse sobre la organizaci贸n colectiva, la voluntad de construir una estructura estable constituye, por s铆 misma, un hecho pol铆tico relevante.
Ahora bien, un an谩lisis serio tambi茅n exige preguntarse por los desaf铆os de esta iniciativa. La historia latinoamericana est谩 llena de proyectos de integraci贸n que despertaron grandes expectativas y que posteriormente perdieron impulso por cambios de gobierno, diferencias ideol贸gicas o dificultades institucionales. La propia Asamblea deber谩 demostrar en los pr贸ximos a帽os que puede trascender la l贸gica del acontecimiento y convertirse en un actor con capacidad real de articulaci贸n. Ello depender谩, en buena medida, de su autonom铆a, de su pluralidad interna y de su capacidad para incorporar voces diversas del campo popular sin quedar reducida a la agenda de un solo gobierno o de una sola organizaci贸n pol铆tica.
Desde una perspectiva internacionalista de izquierda, esa es quiz谩 la principal tarea pendiente. El internacionalismo nunca ha consistido en la adhesi贸n acr铆tica a un Estado o a un liderazgo determinado. Su esencia radica en la solidaridad entre los pueblos, en la defensa de la autodeterminaci贸n y en la convicci贸n de que los problemas fundamentales de nuestro tiempo —la desigualdad, la guerra, la crisis clim谩tica, la concentraci贸n de la riqueza o la revoluci贸n tecnol贸gica— no pueden resolverse dentro de las fronteras nacionales. Exigen formas nuevas de cooperaci贸n y de organizaci贸n internacional.
En ese sentido, la Asamblea de Caracas recupera una intuici贸n presente en las mejores tradiciones emancipadoras de Am茅rica Latina: la unidad no debe entenderse como uniformidad, sino como convergencia de luchas. Bol铆var imagin贸 una confederaci贸n de rep煤blicas; Mart铆 habl贸 de "Nuestra Am茅rica" frente a las pretensiones hegem贸nicas; Sandino convirti贸 la soberan铆a en una causa continental; Fidel Castro defendi贸 el internacionalismo como un deber revolucionario; Hugo Ch谩vez insisti贸 en que la integraci贸n deb铆a construirse desde la solidaridad y no desde la competencia. La Asamblea se reconoce heredera de ese legado, aunque deba adaptarlo a un escenario profundamente distinto, marcado por la digitalizaci贸n, la inteligencia artificial, la disputa tecnol贸gica y la emergencia de nuevos polos de poder.
Es leg铆timo que existan discrepancias sobre algunos de sus planteamientos o sobre el papel desempe帽ado por el Gobierno venezolano en la organizaci贸n del encuentro. La cr铆tica forma parte del debate democr谩tico. Pero reducir la Asamblea a esas controversias impedir铆a comprender su verdadero alcance. Lo ocurrido en Caracas refleja una tendencia m谩s amplia: la b煤squeda, por parte de numerosos movimientos sociales del Sur Global, de espacios propios de coordinaci贸n en un momento en que el orden internacional atraviesa una transformaci贸n acelerada.
Quiz谩 todav铆a sea pronto para saber si esta iniciativa lograr谩 consolidarse como un referente estable del internacionalismo contempor谩neo. La historia no concede victorias anticipadas ni garantiza el 茅xito de ning煤n proyecto colectivo. Sin embargo, tambi茅n ense帽a que las grandes transformaciones comienzan muchas veces como ideas que parecen prematuras. Nadie pod铆a prever, en los primeros congresos obreros del siglo XIX, el alcance que adquirir铆a el movimiento sindical internacional. Tampoco era evidente, en la Conferencia de Bandung de 1955, que aquel encuentro abrir铆a el camino al Movimiento de Pa铆ses No Alineados. Los procesos hist贸ricos necesitan tiempo para revelar toda su dimensi贸n.
Lo que s铆 puede afirmarse es que la Asamblea de los Pueblos por la Paz y la Soberan铆a de Nuestra Am茅rica expres贸 una inquietud compartida por amplios sectores del mundo: la convicci贸n de que la paz no puede sostenerse sobre la desigualdad, que la soberan铆a pierde contenido cuando las decisiones fundamentales quedan subordinadas a intereses externos y que la integraci贸n entre los pueblos constituye una condici贸n indispensable para enfrentar los desaf铆os de un siglo marcado por profundas mutaciones geopol铆ticas.
En un escenario donde resurgen el militarismo, las pol铆ticas de bloques y las tensiones entre grandes potencias, la reuni贸n de Caracas record贸 una verdad que con frecuencia queda relegada en los an谩lisis internacionales: la historia no la escriben 煤nicamente los gobiernos ni los ej茅rcitos. Tambi茅n la construyen los pueblos cuando deciden organizarse, debatir y actuar colectivamente. Quiz谩 ese sea, m谩s all谩 de cualquier declaraci贸n final, el legado pol铆tico m谩s importante de la Asamblea: haber reivindicado que el internacionalismo sigue siendo una herramienta vigente para quienes creen que otro orden mundial no solo es necesario, sino tambi茅n posible.
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