Rojo, marxista, comunista, internacionalista, revolucionario, antifascista, antiimperialista, anticapitalista, antipatriarcal. Y, por cierto, defensor de la lucha de la clase obrera.
Hay cosas que no deber铆an necesitar explicaci贸n, pero que, en los tiempos que corren, conviene recordar en voz alta. Ser de izquierdas no es una moda, una pose ni una etiqueta que se coloca uno para quedar bien. Es una forma de entender la sociedad, de interpretar sus injusticias y de posicionarse ante ellas.
Por si no lo sabes, d茅jame que te lo aclare: soy de izquierdas. Y lo digo sin complejos, sin pedir permiso y sin pedir perd贸n.
Soy de izquierdas porque no acepto que la riqueza de unos pocos se construya sobre la precariedad de millones. Porque me indigna que trabajar no garantice una vida digna, que la vivienda se convierta en un lujo y que los servicios p煤blicos se deterioren mientras se nos repite que no hay dinero suficiente. Porque no considero natural que quienes m谩s necesitan la protecci贸n de la sociedad sean, tantas veces, quienes menos reciben de ella.
La desigualdad no es una fatalidad inevitable. Es tambi茅n consecuencia de decisiones pol铆ticas, estructuras econ贸micas y relaciones de poder que pueden y deben cuestionarse.
Soy rojo, marxista y comunista
Soy marxista porque considero imprescindible analizar qui茅n posee los medios de producci贸n, qui茅n controla la riqueza y c贸mo se distribuyen los beneficios del trabajo. No basta con contemplar las consecuencias de la desigualdad: hay que examinar sus causas.
Soy comunista porque aspiro a una sociedad en la que la explotaci贸n de unas personas por otras deje de ser el motor de la econom铆a, en la que las necesidades colectivas importen m谩s que la acumulaci贸n ilimitada de beneficios y en la que la dignidad humana no dependa del saldo bancario.
No significa cerrar los ojos ante los errores, las contradicciones o los abusos cometidos por reg铆menes que se proclamaron comunistas. La cr铆tica y la autocr铆tica son necesarias. Ninguna bandera, partido o dirigente est谩 por encima de los derechos humanos ni debe quedar exento de rendir cuentas.
Pero tampoco acepto que se utilice la historia para desacreditar cualquier aspiraci贸n de justicia social, mientras se presentan las injusticias del sistema econ贸mico actual como si fueran inevitables.
Defender una alternativa al capitalismo no es dejar de pensar: es atreverse a pensar que las cosas pueden organizarse de otra manera.
La conciencia de clase no se negocia
La clase trabajadora sigue levant谩ndose cada ma帽ana para sostener el mundo. Trabaja en las f谩bricas, en el campo, en los hospitales, en las escuelas, en el transporte, en los comercios y en miles de empleos imprescindibles que rara vez reciben el reconocimiento que merecen.
Sin embargo, a menudo se pretende que quienes viven de su salario compartan los intereses de quienes viven de acumular capital. Se nos invita a admirar a los poderosos, a competir individualmente y a interpretar los problemas colectivos como fracasos personales.
Frente a eso, reivindico la conciencia de clase: comprender que muchos de nuestros problemas no son exclusivamente individuales y que la organizaci贸n colectiva es una herramienta fundamental para defender nuestros derechos.
Las vacaciones, las pensiones, la jornada laboral limitada, la negociaci贸n colectiva y tantas otras conquistas no fueron regalos de los poderosos. Fueron fruto de la organizaci贸n, la movilizaci贸n y la lucha de generaciones de trabajadores y trabajadoras.
Los derechos no aparecen por arte de magia. Se conquistan, se ejercen y se defienden. Y cuando se abandona esa defensa, pueden retroceder.
Por eso reivindico el sindicalismo, la solidaridad y la movilizaci贸n social. Porque frente al poder organizado del dinero, la clase trabajadora necesita conciencia, unidad y capacidad para decidir sobre su propio futuro.
Internacionalista, Antifascista, antiimperialista y antipatriarcal
Soy antifascista porque no acepto el autoritarismo, la persecuci贸n de quienes piensan diferente ni la deshumanizaci贸n de colectivos enteros. La memoria hist贸rica no es un estorbo: es una advertencia sobre lo que ocurre cuando el odio, la intolerancia y el desprecio por la democracia se convierten en herramientas pol铆ticas.
Soy internacionalista y antiimperialista porque ning煤n pueblo deber铆a vivir sometido a la voluntad de una potencia extranjera ni convertirse en pieza de una disputa por intereses econ贸micos o estrat茅gicos. Defiendo la soberan铆a y la autodeterminaci贸n de los pueblos, aplicando esos principios con coherencia, sin dobles raseros y sin conceder impunidad a ning煤n gobierno.
La solidaridad internacionalista no puede depender de qui茅n ondea una bandera. Los derechos humanos deben protegerse siempre, tambi茅n cuando las v铆ctimas pertenecen a pueblos con los que no compartimos ideolog铆a.
Soy antipatriarcal porque no puede existir una sociedad verdaderamente libre mientras persistan la violencia machista, la discriminaci贸n y la desigual distribuci贸n del poder y de los cuidados. La igualdad no es un a帽adido a la justicia social: es una parte inseparable de ella.
Y soy solidario con quienes sufren discriminaci贸n por su orientaci贸n sexual o identidad de g茅nero. Ninguna emancipaci贸n ser谩 completa si deja a personas atr谩s.
Revolucionario es no resignarse
Me reconozco tambi茅n en las tradiciones sandinista, bolivariana y fidelista, vinculadas a distintas experiencias de transformaci贸n social y soberan铆a latinoamericana. Reconocer esa herencia no significa convertir a sus dirigentes en figuras intocables ni renunciar a examinar cr铆ticamente sus decisiones.
La izquierda necesita memoria, pero tambi茅n honestidad. Necesita ideales, pero igualmente propuestas concretas, participaci贸n popular y respeto por la dignidad de las personas.
Ser revolucionario no consiste 煤nicamente en pronunciar grandes palabras. Tambi茅n significa defender la sanidad y la educaci贸n p煤blicas, luchar por salarios dignos, organizarse en el sindicato, combatir la precariedad y reclamar una vivienda accesible. Significa trabajar cada d铆a para transformar aquello que consideramos injusto.
La indignaci贸n es necesaria, pero no suficiente. Hace falta compromiso, organizaci贸n y voluntad de construir alternativas.
Y, por cierto: ¡viva la lucha de la clase obrera!
No me averg眉enza decir que soy de izquierdas. Me avergonzar铆a acostumbrarme a la injusticia, aceptar la desigualdad como algo natural o mirar hacia otro lado cuando se vulneran los derechos de quienes tienen menos poder.
No creo tener todas las respuestas ni considero infalible a nadie por compartir mis ideas. Pero tengo claras mis convicciones: la dignidad por encima del beneficio, los derechos por encima de los privilegios y la solidaridad por encima del individualismo que nos quiere aislados y enfrentados.
No pido que todo el mundo piense como yo. Exijo, eso s铆, que podamos defender nuestras ideas, debatirlas y luchar por ellas sin complejos. Porque la pol铆tica no deber铆a ser un espect谩culo de consignas vac铆as, sino una herramienta para decidir qu茅 sociedad queremos construir.
Y yo quiero una sociedad en la que nadie tenga que vivir de rodillas para que otros vivan de pie; en la que trabajar no sea sin贸nimo de precariedad; en la que los derechos no dependan de la riqueza y en la que la justicia social no sea una promesa electoral, sino una realidad cotidiana.
Por eso soy de izquierdas. Por eso reivindico mis ideas. Por eso creo en la fuerza de la organizaci贸n colectiva.
Porque la historia no la escriben 煤nicamente quienes mandan, sino tambi茅n quienes se levantan para cambiar las cosas.
Y mientras haya explotaci贸n, desigualdad e injusticia, seguir谩 siendo necesario organizarse, resistir y luchar.
¡Viva la clase trabajadora! ¡Viva la solidaridad entre los pueblos! ¡Y viva la lucha de la clase obrera!