Por Javier Huerta
Rojo, marxista, comunista, internacionalista, revolucionario, antifascista, antiimperialista, anticapitalista, antipatriarcal. Y, por cierto, defensor de la lucha de la clase obrera.
Hay cosas que no deberían necesitar explicación, pero que, en los tiempos que corren, conviene recordar en voz alta. Ser de izquierdas no es una moda, una pose ni una etiqueta que se coloca uno para quedar bien. Es una forma de entender la sociedad, de interpretar sus injusticias y de posicionarse ante ellas.
Por si no lo sabes, déjame que te lo aclare: soy de izquierdas. Y lo digo sin complejos, sin pedir permiso y sin pedir perdón.
Soy de izquierdas porque no acepto que la riqueza de unos pocos se construya sobre la precariedad de millones. Porque me indigna que trabajar no garantice una vida digna, que la vivienda se convierta en un lujo y que los servicios públicos se deterioren mientras se nos repite que no hay dinero suficiente. Porque no considero natural que quienes más necesitan la protección de la sociedad sean, tantas veces, quienes menos reciben de ella.
La desigualdad no es una fatalidad inevitable. Es también consecuencia de decisiones políticas, estructuras económicas y relaciones de poder que pueden y deben cuestionarse.
Soy rojo, marxista y comunista
Soy marxista porque considero imprescindible analizar quién posee los medios de producción, quién controla la riqueza y cómo se distribuyen los beneficios del trabajo. No basta con contemplar las consecuencias de la desigualdad: hay que examinar sus causas.
Soy comunista porque aspiro a una sociedad en la que la explotación de unas personas por otras deje de ser el motor de la economía, en la que las necesidades colectivas importen más que la acumulación ilimitada de beneficios y en la que la dignidad humana no dependa del saldo bancario.
No significa cerrar los ojos ante los errores, las contradicciones o los abusos cometidos por regímenes que se proclamaron comunistas. La crítica y la autocrítica son necesarias. Ninguna bandera, partido o dirigente está por encima de los derechos humanos ni debe quedar exento de rendir cuentas.
Pero tampoco acepto que se utilice la historia para desacreditar cualquier aspiración de justicia social, mientras se presentan las injusticias del sistema económico actual como si fueran inevitables.
Defender una alternativa al capitalismo no es dejar de pensar: es atreverse a pensar que las cosas pueden organizarse de otra manera.
La conciencia de clase no se negocia
La clase trabajadora sigue levantándose cada mañana para sostener el mundo. Trabaja en las fábricas, en el campo, en los hospitales, en las escuelas, en el transporte, en los comercios y en miles de empleos imprescindibles que rara vez reciben el reconocimiento que merecen.
Sin embargo, a menudo se pretende que quienes viven de su salario compartan los intereses de quienes viven de acumular capital. Se nos invita a admirar a los poderosos, a competir individualmente y a interpretar los problemas colectivos como fracasos personales.
Frente a eso, reivindico la conciencia de clase: comprender que muchos de nuestros problemas no son exclusivamente individuales y que la organización colectiva es una herramienta fundamental para defender nuestros derechos.
Las vacaciones, las pensiones, la jornada laboral limitada, la negociación colectiva y tantas otras conquistas no fueron regalos de los poderosos. Fueron fruto de la organización, la movilización y la lucha de generaciones de trabajadores y trabajadoras.
Los derechos no aparecen por arte de magia. Se conquistan, se ejercen y se defienden. Y cuando se abandona esa defensa, pueden retroceder.
Por eso reivindico el sindicalismo, la solidaridad y la movilización social. Porque frente al poder organizado del dinero, la clase trabajadora necesita conciencia, unidad y capacidad para decidir sobre su propio futuro.
Internacionalista, Antifascista, antiimperialista y antipatriarcal
Soy antifascista porque no acepto el autoritarismo, la persecución de quienes piensan diferente ni la deshumanización de colectivos enteros. La memoria histórica no es un estorbo: es una advertencia sobre lo que ocurre cuando el odio, la intolerancia y el desprecio por la democracia se convierten en herramientas políticas.
Soy internacionalista y antiimperialista porque ningún pueblo debería vivir sometido a la voluntad de una potencia extranjera ni convertirse en pieza de una disputa por intereses económicos o estratégicos. Defiendo la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, aplicando esos principios con coherencia, sin dobles raseros y sin conceder impunidad a ningún gobierno.
La solidaridad internacionalista no puede depender de quién ondea una bandera. Los derechos humanos deben protegerse siempre, también cuando las víctimas pertenecen a pueblos con los que no compartimos ideología.
Soy antipatriarcal porque no puede existir una sociedad verdaderamente libre mientras persistan la violencia machista, la discriminación y la desigual distribución del poder y de los cuidados. La igualdad no es un añadido a la justicia social: es una parte inseparable de ella.
Y soy solidario con quienes sufren discriminación por su orientación sexual o identidad de género. Ninguna emancipación será completa si deja a personas atrás.
Revolucionario es no resignarse
Me reconozco también en las tradiciones sandinista, bolivariana y fidelista, vinculadas a distintas experiencias de transformación social y soberanía latinoamericana. Reconocer esa herencia no significa convertir a sus dirigentes en figuras intocables ni renunciar a examinar críticamente sus decisiones.
La izquierda necesita memoria, pero también honestidad. Necesita ideales, pero igualmente propuestas concretas, participación popular y respeto por la dignidad de las personas.
Ser revolucionario no consiste únicamente en pronunciar grandes palabras. También significa defender la sanidad y la educación públicas, luchar por salarios dignos, organizarse en el sindicato, combatir la precariedad y reclamar una vivienda accesible. Significa trabajar cada día para transformar aquello que consideramos injusto.
La indignación es necesaria, pero no suficiente. Hace falta compromiso, organización y voluntad de construir alternativas.
Y, por cierto: ¡viva la lucha de la clase obrera!
No me avergüenza decir que soy de izquierdas. Me avergonzaría acostumbrarme a la injusticia, aceptar la desigualdad como algo natural o mirar hacia otro lado cuando se vulneran los derechos de quienes tienen menos poder.
No creo tener todas las respuestas ni considero infalible a nadie por compartir mis ideas. Pero tengo claras mis convicciones: la dignidad por encima del beneficio, los derechos por encima de los privilegios y la solidaridad por encima del individualismo que nos quiere aislados y enfrentados.
No pido que todo el mundo piense como yo. Exijo, eso sí, que podamos defender nuestras ideas, debatirlas y luchar por ellas sin complejos. Porque la política no debería ser un espectáculo de consignas vacías, sino una herramienta para decidir qué sociedad queremos construir.
Y yo quiero una sociedad en la que nadie tenga que vivir de rodillas para que otros vivan de pie; en la que trabajar no sea sinónimo de precariedad; en la que los derechos no dependan de la riqueza y en la que la justicia social no sea una promesa electoral, sino una realidad cotidiana.
Por eso soy de izquierdas. Por eso reivindico mis ideas. Por eso creo en la fuerza de la organización colectiva.
Porque la historia no la escriben únicamente quienes mandan, sino también quienes se levantan para cambiar las cosas.
Y mientras haya explotación, desigualdad e injusticia, seguirá siendo necesario organizarse, resistir y luchar.
¡Viva la clase trabajadora! ¡Viva la solidaridad entre los pueblos! ¡Y viva la lucha de la clase obrera!

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