Entrada destacada
martes, 23 de septiembre de 2014
lunes, 22 de septiembre de 2014
DOCUMENTAL: "De La Servidumbre Moderna"
De la Servidumbre Moderna - Jean Francois Brient from Teotl Nahualli on Vimeo.
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domingo, 21 de septiembre de 2014
viernes, 19 de septiembre de 2014
PELICULA: "la estrategia del caracol" (1993)
Los inquilinos de La Casa Uribe van a ser desalojados porque el propietario el Dr. Holgu铆n (V铆ctor Mallarino, una persona adinerada prepotente) quiere que sea declarada Bien de Inter茅s Cultural del Casco Hist贸rico de Bogot谩 aunque con otros planes en verdad. Los inquilinos burlan la orden de desalojo gracias al desparpajo e ingenio de Romero, un h谩bil abogado, y de Jacinto, un viejo anarquista espa帽ol exiliado, ambos inquilinos de La Casa Uribe. Defendiendo el edificio contra jueces y polic铆as, planean una original estrategia ideada y dirigida por Jacinto. La lucha contra los especuladores y los corruptos est谩 perdida antes de empezar, pero los vecinos est谩n dispuestos a hacer lo que sea para defender su dignidad.
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jueves, 18 de septiembre de 2014
DOCUMENTAL: "Miss Escaparate"
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La s煤per Venus (Cortometraje)
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martes, 16 de septiembre de 2014
V铆ctor Jara: cuando tambi茅n quisieron asesinar la cultura
Hay muertes que pretenden acabar con una vida y terminan convirti茅ndose, contra la voluntad de quienes las provocaron, en una parte inseparable de la memoria de un pueblo. La de V铆ctor Jara pertenece a esa categor铆a. Cuando los militares lo detuvieron en septiembre de 1973, lo llevaron al entonces Estadio Chile, lo torturaron y finalmente lo asesinaron, no estaban solamente acabando con la vida de un cantante y director teatral. Estaban atacando a un hombre profundamente comprometido con una determinada idea de Chile, con una cultura que hab铆a decidido mirar hacia los trabajadores, los campesinos, los pobladores y los sectores populares, y con un movimiento art铆stico que hab铆a dejado de considerar la canci贸n como un simple entretenimiento para convertirla tambi茅n en una forma de expresi贸n social y pol铆tica.
V铆ctor Jara hab铆a llegado a ese lugar mucho antes de convertirse en s铆mbolo. Nacido en 1932, formado en el teatro y posteriormente convertido en uno de los principales exponentes de la Nueva Canci贸n Chilena, construy贸 una obra que beb铆a de las tradiciones populares de Chile y de Am茅rica Latina, pero que al mismo tiempo buscaba nuevas formas de expresi贸n. No fue un artista que apareciera de repente junto a la Unidad Popular. Su trayectoria ven铆a de antes y estaba relacionada con un proceso cultural mucho m谩s amplio que durante los a帽os sesenta transform贸 profundamente la m煤sica popular chilena. La Nueva Canci贸n recuper贸 repertorios, instrumentos y tradiciones del folclore, pero tambi茅n incorpor贸 nuevas preocupaciones sociales y pol铆ticas. En 1969, V铆ctor Jara gan贸 el Primer Festival de la Nueva Canci贸n Chilena con Plegaria a un labrador, acompa帽ado por Quilapay煤n, consolid谩ndose como una de las figuras centrales de aquel movimiento.
Aquella transformaci贸n cultural no puede separarse de los cambios que estaba experimentando la sociedad chilena. En las universidades, en las pe帽as, en los sindicatos, en las poblaciones y en los espacios donde se reun铆an trabajadores y estudiantes se estaba produciendo una intensa circulaci贸n de ideas, canciones y experiencias. La cultura popular comenzaba a ocupar espacios que durante mucho tiempo hab铆an estado reservados a otras formas de expresi贸n. La canci贸n hablaba de la tierra, del trabajo, de la pobreza, de la memoria hist贸rica, de las luchas obreras y campesinas, de la dignidad y de la esperanza. La cultura dejaba de ser 煤nicamente una cuesti贸n est茅tica y pasaba a formar parte de una sociedad que discut铆a abiertamente qu茅 pa铆s quer铆a construir.
V铆ctor Jara entendi贸 ese proceso y decidi贸 formar parte de 茅l. Su compromiso con la Unidad Popular no fue una simple adhesi贸n electoral. Particip贸 en sus campa帽as, colabor贸 con el proceso pol铆tico que llev贸 a Salvador Allende a la presidencia y, desde 1971, trabaj贸 como artista estable de la Vicerrector铆a de Extensi贸n y Comunicaciones de la Universidad T茅cnica del Estado. All铆 desarroll贸 una actividad que conectaba directamente la creaci贸n art铆stica con la universidad, los trabajadores y los sectores populares. Su concepci贸n del arte estaba muy lejos de la idea de una cultura encerrada en espacios elitistas. Para V铆ctor Jara, la cultura ten铆a que encontrarse con la gente y formar parte de la vida colectiva.
Su trayectoria teatral resulta especialmente importante para comprenderlo. Antes de convertirse internacionalmente en el V铆ctor Jara de las canciones, hab铆a desarrollado una reconocida carrera como actor y director, vinculada a la renovaci贸n del teatro chileno. El escenario y la canci贸n fueron para 茅l dos formas diferentes de una misma preocupaci贸n: acercar el arte a la realidad social. Por eso resulta insuficiente recordarlo 煤nicamente como cantautor. V铆ctor Jara fue un creador m煤ltiple, y precisamente esa dimensi贸n explica mejor por qu茅 su figura termin贸 siendo tan inc贸moda para quienes pretend铆an imponer una ruptura radical con la cultura pol铆tica y social que hab铆a acompa帽ado a la Unidad Popular.
El golpe de Estado no solamente interrumpi贸 un Gobierno. Interrumpi贸 tambi茅n un proceso cultural que llevaba a帽os construy茅ndose. Las universidades fueron intervenidas, los espacios de creaci贸n y encuentro quedaron sometidos al control militar, numerosos artistas fueron detenidos, otros tuvieron que marchar al exilio y determinadas expresiones culturales fueron perseguidas o censuradas. La Nueva Canci贸n Chilena, que hab铆a adquirido una enorme fuerza durante los a帽os anteriores, qued贸 brutalmente golpeada. Quilapay煤n se encontraba en Francia e Inti-Illimani en Italia cuando ocurri贸 el golpe, y ambos grupos terminar铆an desarrollando desde el exilio una intensa actividad de denuncia y solidaridad con Chile. Otros artistas fueron detenidos o tuvieron que abandonar el pa铆s. El movimiento no desapareci贸, pero su desarrollo en Chile fue violentamente interrumpido y buena parte de su continuidad tuvo que producirse fuera de sus fronteras.
En ese contexto hay que situar la detenci贸n de V铆ctor Jara. El 11 de septiembre acudi贸 a la Universidad T茅cnica del Estado, donde trabajaba, a pesar de la situaci贸n que atravesaba el pa铆s. All铆 qued贸 atrapado junto a estudiantes, profesores y trabajadores. Al d铆a siguiente, las tropas entraron en el recinto y lo llevaron detenido al Estadio Chile junto a decenas de personas. All铆 fue separado de otros prisioneros y sometido a torturas antes de ser asesinado. Durante a帽os la dictadura intent贸 construir una versi贸n que ocultara la responsabilidad de los hechos, pero los testimonios recogidos por las investigaciones posteriores desmontaron aquella explicaci贸n. El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos recoge que las investigaciones establecieron que V铆ctor Jara fue detenido en la Universidad T茅cnica del Estado y trasladado al Estadio Chile, donde fue torturado y asesinado.
La violencia ejercida contra 茅l tuvo, adem谩s, un significado que iba m谩s all谩 de su persona. El cuerpo del artista se convirti贸 en uno de los objetivos de la represi贸n porque representaba una determinada relaci贸n entre cultura y sociedad. V铆ctor Jara no era un observador externo de los conflictos de su tiempo. Hab铆a cantado junto a los trabajadores, hab铆a recorrido barrios populares, hab铆a participado en actividades de la Unidad Popular y hab铆a puesto su oficio al servicio de un proyecto pol铆tico que pretend铆a ampliar el acceso de las mayor铆as a la educaci贸n y a la cultura. La violencia contra 茅l pretend铆a imponer tambi茅n una frontera: hab铆a cosas que pod铆an cantarse y cosas que no; historias que pod铆an recordarse e historias que deb铆an desaparecer; artistas que pod铆an expresarse y otros cuya voz deb铆a ser silenciada.
El ataque a la cultura, sin embargo, hab铆a comenzado incluso antes del asesinato de V铆ctor Jara. El movimiento cultural que acompa帽贸 a la Unidad Popular hab铆a desarrollado una concepci贸n de la creaci贸n art铆stica profundamente ligada a la participaci贸n popular. La canci贸n, el teatro, el muralismo, la poes铆a, el cine y otras expresiones formaban parte de una cultura que pretend铆a disputar el espacio p煤blico. La propia Cantata Popular Santa Mar铆a de Iquique, interpretada por Quilapay煤n y estrenada en 1970 en el entonces Estadio Chile, recuperaba una masacre obrera ocurrida en 1907. El pasado de los trabajadores entraba as铆 en los escenarios y en los hogares de miles de personas. Recordar tambi茅n era una forma de disputar qui茅n ten铆a derecho a contar la historia de Chile.
Por eso la represi贸n cultural de la dictadura no puede entenderse 煤nicamente como censura. Fue tambi茅n una operaci贸n destinada a romper los espacios colectivos que hab铆an permitido que determinadas ideas circularan. Las pe帽as fueron perseguidas, las universidades intervenidas, las organizaciones sociales desarticuladas y numerosos artistas tuvieron que marcharse. La cultura que hab铆a acompa帽ado las movilizaciones populares fue empujada hacia el exilio o hacia la clandestinidad. La investigaci贸n de la Biblioteca Nacional sobre la Nueva Canci贸n Chilena muestra precisamente c贸mo, despu茅s del golpe, el movimiento continu贸 desarroll谩ndose fuera de Chile debido al exilio de muchos de sus integrantes, mientras dentro del pa铆s surg铆an nuevas formas musicales, como el Canto Nuevo, que recog铆an parte de aquella herencia.
La dictadura pod铆a cerrar locales, prohibir canciones, intervenir universidades y expulsar artistas, pero exist铆a un problema que no pod铆a resolver con decretos: las canciones ya hab铆an sido aprendidas por miles de personas. Las voces de V铆ctor Jara, Violeta Parra, Quilapay煤n, Inti-Illimani, Isabel Parra, 脕ngel Parra y tantos otros ya formaban parte de la memoria colectiva. La cultura no pod铆a ser eliminada simplemente porque se prohibiera su circulaci贸n oficial. Pod铆a ser perseguida, pero segu铆a viviendo en las casas, en los recuerdos, en las reuniones clandestinas, en los discos escondidos y, posteriormente, en las grabaciones que llegaban desde el extranjero.
El exilio convirti贸 adem谩s a la cultura chilena en una herramienta internacional de denuncia. Inti-Illimani desarroll贸 buena parte de su trayectoria posterior desde Italia; Quilapay煤n lo hizo desde Francia. Los artistas exiliados recorrieron Europa y Am茅rica Latina, participaron en actos de solidaridad y llevaron consigo una parte del Chile que la dictadura pretend铆a silenciar. Sus canciones fueron escuchadas por personas que quiz谩 nunca hab铆an pisado Chile y que, sin embargo, comenzaron a conocer la historia de la Unidad Popular, la represi贸n y la resistencia. La dictadura hab铆a intentado expulsar aquella cultura de Chile y termin贸 ayudando, parad贸jicamente, a convertirla en una voz internacional contra el propio r茅gimen.
V铆ctor Jara se convirti贸 as铆 en una presencia que trascendi贸 ampliamente su propia obra. Su nombre apareci贸 en escenarios, universidades, sindicatos, organizaciones de solidaridad y manifestaciones de todo el mundo. Su figura acompa帽贸 a los exiliados y a quienes desde otros pa铆ses denunciaban la dictadura. El hombre que hab铆a sido silenciado f铆sicamente continu贸 hablando a trav茅s de sus grabaciones y de las generaciones que siguieron interpretando sus canciones. La paradoja hist贸rica es evidente: quienes lo asesinaron pretend铆an imponer el silencio y terminaron contribuyendo a que su voz atravesara las fronteras de Chile.
Pero ser铆a un error convertir a V铆ctor Jara exclusivamente en un m谩rtir. Antes que s铆mbolo fue un artista. Y recuperar su memoria significa tambi茅n volver a su trabajo, a su concepci贸n del teatro, a su relaci贸n con el folclore, a su preocupaci贸n por los trabajadores y a su voluntad de llevar la creaci贸n art铆stica a sectores que durante mucho tiempo hab铆an sido considerados 煤nicamente consumidores de cultura y no protagonistas de ella. Su legado no consiste 煤nicamente en recordar c贸mo muri贸, sino tambi茅n en comprender c贸mo vivi贸 y qu茅 quiso hacer con su oficio.
Ah铆 reside buena parte de la vigencia de su figura. En una 茅poca en la que la cultura vuelve a convertirse en terreno de disputa pol铆tica, recordar a V铆ctor Jara obliga a preguntarse qu茅 lugar ocupa el arte en una sociedad. ¿Debe limitarse a entretener? ¿Puede hablar de las injusticias? ¿Puede ponerse del lado de quienes no tienen voz? ¿Puede contribuir a organizar la memoria colectiva? Para V铆ctor Jara esas preguntas no eran ejercicios te贸ricos. Las respondi贸 con su propia trayectoria. Fue actor, director, cantante, compositor, trabajador de la cultura y militante. No separ贸 artificialmente su condici贸n de artista de su compromiso con la sociedad en la que viv铆a.
Y quiz谩 por eso su asesinato conserva una fuerza que supera el paso del tiempo. No consiguieron matar aquello que V铆ctor Jara representaba. La dictadura pudo asesinar al hombre, destruir parte de los espacios culturales de la 茅poca y obligar a miles de artistas al exilio, pero no consigui贸 borrar la relaci贸n que una generaci贸n hab铆a construido entre cultura, memoria y transformaci贸n social. La Nueva Canci贸n Chilena continu贸, dentro y fuera del pa铆s. El Canto Nuevo recogi贸 parte de aquella tradici贸n. Los m煤sicos exiliados siguieron cantando. Las organizaciones de solidaridad mantuvieron viva la denuncia. Y nuevas generaciones volvieron a escuchar aquellas canciones.
Han pasado los a帽os desde aquel septiembre en que el golpe militar intent贸 cerrar una etapa de la historia chilena a sangre y fuego. En ese tiempo, V铆ctor Jara dej贸 de pertenecer solamente a Chile para convertirse en una referencia internacional de la cultura popular y de la resistencia. Su nombre est谩 unido para siempre a una 茅poca, pero su obra no qued贸 congelada en ella. Cada vez que una nueva generaci贸n escucha sus canciones, las interpreta o pregunta qui茅n fue aquel hombre que decidi贸 poner su guitarra y su teatro al lado de los trabajadores y del pueblo, vuelve a abrirse una parte de aquella historia.
Por eso, al recordar a V铆ctor Jara, no basta con repetir que fue asesinado por la dictadura. Hay que recordar por qu茅 su voz resultaba tan inc贸moda para quienes quer铆an imponer el silencio. Porque hablaba de la gente com煤n, porque recuperaba historias que otros prefer铆an olvidar, porque entend铆a la cultura como un espacio de participaci贸n y porque cre铆a que el arte pod铆a estar del lado de quienes luchaban por transformar su realidad.
La dictadura quiso matar a V铆ctor Jara y quiso destruir la cultura que 茅l representaba. No consigui贸 ninguna de las dos cosas. A V铆ctor Jara no pudieron devolverle la vida, pero tampoco pudieron impedir que su obra continuara viajando de generaci贸n en generaci贸n. Y quiz谩 esa sea la mejor manera de entender su legado: all铆 donde una canci贸n vuelve a ser cantada, all铆 donde la cultura vuelve a ponerse al servicio de la memoria y all铆 donde un pueblo reclama el derecho a contar su propia historia, V铆ctor Jara sigue estando presente.
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domingo, 14 de septiembre de 2014
DOCUMENTAL: "Los Amos del Dinero"
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viernes, 12 de septiembre de 2014
Pel铆cula: Comandante Alfonso Cano: "Moral de Combate" - FARC-EP Documentales
DOCUMENTAL: "El negocio del diablo".
- Duraci贸n: El video tiene una duraci贸n total de 21:16 minutos.
- Contenido: temas como el tr谩fico de armas, la explotaci贸n de recursos naturales en pa铆ses en desarrollo o las crisis financieras globales.
parte 3
DOCUMENTAL: "Insurgencia por la paz" - Delegaci贸n de Paz FARC-EP
Datos t茅cnicos:
Direcci贸n, gui贸n y entrevistas: Guillermo Planel
Camar贸grafos: Guillermo Planel, Dante Gastaldoni , Leyda Napoles Viant
Producci贸n local en La Habana, Cuba: Leyda Napoles Viant
Estilo de Fotograf铆a y documentaci贸n: Dante Gastaldoni
Voz en off Portugu茅s: Ronaldo Rosas
Voz en off espa帽ol: Gabriella Lavarello
Subt铆tulos Portugu茅s: Daniel PLANEL
Revisi贸n de subt铆tulos en portugu茅s: Reyes Santos de S谩
Transcripci贸n de las entrevistas: Guillermo PLANEL, Indiana nomma, Christina Lugarinho
Asesor铆a jur铆dica: Jos茅 Henrique Camello (Camello Esp铆nula y abogados)
Agradecimientos por la entrevista a Pepe Mujica: Jos茅 Luiz Planel, Mima, Negro Zabala
Im谩genes cortes铆a de FARC-EP: Material sin editar - Im谩genes de la guerrilla en la monta帽a y "Francia 24 Reporteros - Colombie: La marche des sans fin FARC"
Medios y Comunicaci贸n: Enfoque integrado Comunicaci贸n
Entrevista al director de este documental:
http://www.youtube.com/watch?v=M86jE7...
M谩s informaci贸n - sitio web en portugu茅s: http://www.anf.org.br/pre-estreia-do-...
jueves, 11 de septiembre de 2014
Salvador Allende y el Chile que quiso aprender a gobernarse desde abajo
Cuando se habla de la Unidad Popular y de los a帽os de Salvador Allende, la historia suele comenzar y terminar en La Moneda. All铆 estaba el presidente, all铆 se tomaban decisiones y all铆 terminaron concentr谩ndose las im谩genes del golpe del 11 de septiembre de 1973. Sin embargo, durante aquellos tres a帽os ocurri贸 algo que desborda las paredes del Palacio presidencial y que resulta imprescindible para comprender tanto la fuerza que lleg贸 a adquirir el proceso como el miedo que despert贸 entre quienes ve铆an amenazados sus privilegios. Mientras el Gobierno intentaba transformar las estructuras econ贸micas desde las instituciones del Estado, miles de trabajadores, campesinos, pobladores, estudiantes y mujeres comenzaron a organizarse en sus lugares de trabajo y en sus barrios para resolver problemas concretos, defender las conquistas alcanzadas y, en muchos casos, participar directamente en decisiones que hasta entonces hab铆an estado reservadas a empresarios, propietarios, administraciones y autoridades. El Chile de la Unidad Popular no fue 煤nicamente un pa铆s gobernado desde La Moneda; fue tambi茅n un pa铆s que empez贸 a preguntarse si pod铆a gobernarse desde abajo.
La llegada de Salvador Allende a la Presidencia en 1970 hab铆a abierto un escenario nuevo, pero las transformaciones que se produjeron durante la Unidad Popular no pueden atribuirse exclusivamente a las medidas impulsadas por el Gobierno. El programa de la coalici贸n de izquierdas encontr贸 una sociedad que llevaba d茅cadas acumulando luchas obreras, campesinas y populares y que contaba con organizaciones capaces de convertir las decisiones pol铆ticas en movilizaci贸n social. La reforma agraria hab铆a comenzado antes de Allende y continu贸 avanzando con mayor profundidad durante su Gobierno; las organizaciones sindicales ten铆an una larga tradici贸n de lucha y en las ciudades se hab铆a desarrollado un movimiento de pobladores que reclamaba vivienda y mejores condiciones de vida. Sobre aquella experiencia previa se construy贸 una din谩mica en la que sectores populares comenzaron a considerar que las transformaciones no pod铆an limitarse a esperar las decisiones de las instituciones, sino que deb铆an defenderse y desarrollarse en los espacios donde se produc铆a y se reproduc铆a la vida social.
Uno de los lugares donde esa din谩mica adquiri贸 mayor fuerza fueron las f谩bricas. La pol铆tica de nacionalizaciones y de ampliaci贸n del 谩rea social de la econom铆a traslad贸 a muchos centros de trabajo una discusi贸n que hasta entonces hab铆a estado fundamentalmente en manos de propietarios y administradores: qu茅 se produc铆a, qui茅n tomaba las decisiones y para qui茅n deb铆a funcionar la empresa. Pero la participaci贸n obrera no se reduc铆a a ocupar un puesto dentro de los mecanismos establecidos por el Gobierno. En determinados momentos, los trabajadores tuvieron que enfrentarse a situaciones que no estaban previstas en ning煤n programa pol铆tico. Cuando algunos empresarios intentaron paralizar sus actividades o se produjeron problemas de abastecimiento y distribuci贸n, los trabajadores de distintas industrias ocuparon f谩bricas, organizaron turnos, garantizaron la producci贸n y buscaron mecanismos para mantenerlas funcionando. Aquellas experiencias no fueron homog茅neas ni respondieron a una 煤nica estrategia pol铆tica, pero demostraron que una parte del movimiento obrero estaba adquiriendo una capacidad de intervenci贸n que iba mucho m谩s all谩 de la negociaci贸n salarial tradicional.
Fue en ese contexto donde aparecieron los cordones industriales, una de las experiencias m谩s significativas de organizaci贸n popular de la Unidad Popular. Los cordones agrupaban a trabajadores de distintas empresas de una misma zona y permit铆an coordinar acciones y respuestas frente a problemas que ya no pod铆an resolverse exclusivamente dentro de cada f谩brica. Su importancia estaba precisamente en esa capacidad de coordinaci贸n territorial: una f谩brica dejaba de ser una unidad aislada y pasaba a formar parte de una red de centros de trabajo conectados con otros. Durante la crisis provocada por el paro patronal de octubre de 1972, estas organizaciones adquirieron una especial relevancia. Los trabajadores tuvieron que buscar soluciones para mantener la producci贸n y el abastecimiento, organizar transportes y defender los centros de trabajo frente a intentos de paralizaci贸n. La experiencia dej贸 una huella profunda porque mostr贸 que, cuando determinadas estructuras econ贸micas intentaban detener el pa铆s, exist铆a una parte de la sociedad que pod铆a organizarse para impedirlo.
Aquello planteaba una cuesti贸n que acabar铆a adquiriendo una enorme importancia pol铆tica: si los trabajadores eran capaces de mantener funcionando una f谩brica cuando sus propietarios intentaban paralizarla, ¿hasta d贸nde deb铆a llegar su capacidad para decidir sobre ella? La pregunta no ten铆a una respuesta com煤n dentro de la izquierda chilena. Exist铆an diferencias profundas entre quienes defend铆an profundizar r谩pidamente la construcci贸n del poder popular y quienes consideraban necesario mantener el proceso dentro de los l铆mites institucionales que hab铆an permitido llegar al Gobierno. Tambi茅n exist铆an distintas posiciones respecto a la relaci贸n entre los cordones industriales, los sindicatos, los partidos pol铆ticos y el Estado. No todos los trabajadores pensaban igual ni todos los cordones persegu铆an los mismos objetivos. Pero precisamente ah铆 reside su importancia hist贸rica: el poder popular no fue una estructura perfectamente organizada ni un proyecto terminado, sino un proceso contradictorio en el que miles de personas comenzaron a experimentar nuevas formas de participaci贸n y organizaci贸n.
La cuesti贸n del abastecimiento llev贸 esa misma l贸gica a los barrios. A medida que se agravaban las dificultades econ贸micas, conseguir alimentos y productos b谩sicos se convirti贸 en un problema pol铆tico de primer orden. Las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios, las JAP, adquirieron entonces un papel relevante en numerosos sectores populares. Su funci贸n estaba relacionada con la distribuci贸n y el control de determinados productos esenciales, pero su significado fue m谩s amplio porque introdujeron en la vida cotidiana una forma de organizaci贸n colectiva que permit铆a a los vecinos afrontar problemas que no pod铆an resolverse individualmente. En un contexto de escasez, especulaci贸n, acaparamiento y conflicto pol铆tico, organizar el abastecimiento significaba tambi茅n disputar qui茅n controlaba la distribuci贸n de los bienes b谩sicos. Las JAP no fueron simplemente una herramienta administrativa del Gobierno; en muchos lugares se convirtieron en espacios de participaci贸n vecinal y de movilizaci贸n pol铆tica, aunque su funcionamiento y su grado de autonom铆a variaron considerablemente de una zona a otra.
En ese terreno, adem谩s, las mujeres desempe帽aron un papel fundamental. Con frecuencia, los relatos tradicionales sobre la Unidad Popular han situado a los trabajadores industriales y a los dirigentes pol铆ticos en el centro de la escena y han dejado en segundo plano a quienes sosten铆an buena parte de la vida cotidiana de los barrios. Pero las dificultades de abastecimiento hicieron que miles de mujeres participaran directamente en las organizaciones vecinales, en las JAP y en las redes comunitarias. Al mismo tiempo, las mujeres de sectores populares no fueron 煤nicamente receptoras de las pol铆ticas sociales impulsadas por el Gobierno; participaron activamente en la organizaci贸n de sus comunidades y en la defensa de sus condiciones de vida. Esa participaci贸n resulta especialmente significativa porque demostraba que la pol铆tica pod铆a salir de los espacios tradicionalmente considerados pol铆ticos y entrar en la cocina, el mercado, la escuela, el barrio y la comunidad. Organizar la alimentaci贸n de una familia en medio de una crisis econ贸mica pod铆a convertirse tambi茅n en una forma de intervenci贸n pol铆tica.
Algo parecido ocurri贸 en el campo. La reforma agraria hab铆a comenzado a帽os antes, pero durante la Unidad Popular se aceler贸 el proceso de expropiaci贸n de grandes propiedades y se fortalecieron las organizaciones campesinas. Para miles de trabajadores rurales, la transformaci贸n de la estructura de propiedad de la tierra significaba dejar atr谩s relaciones sociales profundamente arraigadas y disputar el control de una riqueza que durante generaciones hab铆a estado concentrada en manos de grandes propietarios. La tierra no era solamente un medio de producci贸n; determinaba relaciones de poder, dependencia y autoridad en amplias zonas rurales. La incorporaci贸n de los campesinos a la organizaci贸n pol铆tica y econ贸mica del proceso de transformaci贸n contribuy贸 a ampliar el escenario de la lucha social m谩s all谩 de las ciudades y de las f谩bricas. All铆 donde durante d茅cadas hab铆an mandado los grandes propietarios, comenzaban a aparecer organizaciones campesinas que reclamaban un papel propio en las decisiones sobre la tierra y la producci贸n.
En las ciudades, mientras tanto, el movimiento de pobladores expresaba otra de las grandes contradicciones de la sociedad chilena. Miles de familias viv铆an en condiciones precarias y luchaban por acceder a una vivienda digna, y las ocupaciones de terrenos hab铆an formado parte de una larga tradici贸n de movilizaci贸n popular. Durante los a帽os de la Unidad Popular, las organizaciones de pobladores adquirieron una mayor capacidad de presi贸n y participaci贸n. Los barrios populares dejaron de ser contemplados exclusivamente como lugares donde el Estado deb铆a ejecutar pol铆ticas sociales y comenzaron a convertirse en espacios donde los propios habitantes discut铆an y organizaban soluciones. La vivienda, el transporte, el abastecimiento, la educaci贸n y las condiciones sanitarias se transformaron en asuntos colectivos. En aquellas experiencias aparec铆a nuevamente la misma pregunta que recorr铆a las f谩bricas: ¿deb铆an los sectores populares limitarse a reclamar al Estado o pod铆an convertirse en protagonistas directos de las decisiones que afectaban a sus propias comunidades?
La importancia de estas experiencias no reside en idealizarlas. La Unidad Popular estuvo atravesada por fuertes contradicciones y el movimiento popular chileno tampoco constituy贸 un bloque homog茅neo. Exist铆an diferencias entre socialistas y comunistas, entre partidos y organizaciones sociales, entre quienes defend铆an una profundizaci贸n inmediata del proceso y quienes consideraban prioritario preservar las alianzas pol铆ticas y la institucionalidad. Los propios cordones industriales manten铆an relaciones complejas con las estructuras sindicales tradicionales y con los partidos de la izquierda. En algunos casos, la presi贸n desde abajo entraba en tensi贸n con las decisiones del Gobierno. En otros, las organizaciones populares reclamaban una velocidad de transformaci贸n que las instituciones no estaban en condiciones de asumir. Aquellas contradicciones forman parte de la historia y no deber铆an ocultarse para construir una imagen rom谩ntica de la Unidad Popular. Precisamente porque el proceso estaba vivo, tambi茅n estaba lleno de debates sobre su direcci贸n y sobre el tipo de sociedad que deb铆a construirse.
Lo que resulta indiscutible es que, entre 1970 y 1973, amplios sectores de la poblaci贸n chilena comenzaron a adquirir una experiencia pol铆tica diferente. No se trataba 煤nicamente de votar cada cuatro a帽os ni de participar en las estructuras tradicionales de los partidos. Para muchas personas, la pol铆tica empez贸 a significar organizar el trabajo, defender una f谩brica, distribuir alimentos, reclamar una vivienda, ocupar una tierra, coordinar un barrio o discutir colectivamente sobre las necesidades de la comunidad. La democracia comenz贸 a adquirir una dimensi贸n social que iba m谩s all谩 de las instituciones representativas. Ese proceso era especialmente relevante para una izquierda que entend铆a que la transformaci贸n socialista no pod铆a limitarse a cambiar el Gobierno, sino que deb铆a modificar tambi茅n las relaciones de poder existentes en la econom铆a y en la vida cotidiana.
Y precisamente por eso aquellas organizaciones fueron vistas con creciente preocupaci贸n por quienes se opon铆an a la Unidad Popular. El conflicto ya no se desarrollaba exclusivamente entre partidos pol铆ticos. Una parte importante de la sociedad estaba empezando a organizarse de manera aut贸noma alrededor de sus intereses de clase y de sus necesidades inmediatas. Cuando los trabajadores manten铆an abiertas las f谩bricas, cuando los campesinos reclamaban la tierra, cuando los pobladores ocupaban terrenos y cuando los vecinos se organizaban para garantizar el abastecimiento, la disputa pol铆tica adquir铆a una dimensi贸n que afectaba directamente a las relaciones de propiedad y al funcionamiento cotidiano del capitalismo chileno. La cuesti贸n dej贸 de ser simplemente qui茅n ocupaba el Gobierno y pas贸 a ser qui茅n ten铆a capacidad efectiva para decidir sobre la producci贸n, la distribuci贸n y las condiciones de vida.
La reacci贸n de las clases propietarias no puede entenderse al margen de ese proceso. Los sectores empresariales y las fuerzas pol铆ticas conservadoras no se enfrentaban solamente a las pol铆ticas de un Gobierno de izquierdas, sino a una movilizaci贸n social que amenazaba con alterar las relaciones tradicionales de poder. En octubre de 1972, durante el paro patronal que intent贸 paralizar el pa铆s, la capacidad de organizaci贸n de los trabajadores y de los sectores populares mostr贸 hasta qu茅 punto la sociedad chilena hab铆a cambiado. La respuesta popular consigui贸 mantener en funcionamiento una parte importante de la actividad econ贸mica, pero tambi茅n hizo evidente que el conflicto hab铆a llegado a un punto en el que las instituciones existentes ten铆an dificultades crecientes para contenerlo.
Durante 1973, esa tensi贸n se hizo cada vez m谩s profunda. La confrontaci贸n pol铆tica se traslad贸 a las calles, los enfrentamientos aumentaron y la posibilidad de una salida militar dej贸 de ser una amenaza lejana. El intento de golpe del 29 de junio, conocido como Tanquetazo, confirm贸 que determinados sectores de las Fuerzas Armadas estaban dispuestos a intervenir. Mientras tanto, la polarizaci贸n continuaba aumentando y las posibilidades de encontrar una salida pol铆tica se reduc铆an. Para la derecha y para sectores empresariales, la movilizaci贸n popular se hab铆a convertido en una amenaza que deb铆a ser contenida. Para una parte de la izquierda, por el contrario, aquellas organizaciones constitu铆an la 煤nica garant铆a de que las conquistas alcanzadas no fueran revertidas. Entre ambas posiciones se encontraba un Gobierno que intentaba mantener abierta una v铆a institucional al socialismo mientras las condiciones pol铆ticas y econ贸micas se deterioraban r谩pidamente.
Cuando los militares finalmente tomaron el poder el 11 de septiembre, una de las primeras tareas de la dictadura consisti贸 precisamente en destruir las estructuras organizativas que hab铆an permitido aquella movilizaci贸n. Los trabajadores fueron perseguidos en sus centros de trabajo, las organizaciones pol铆ticas fueron prohibidas, los sindicatos sufrieron una profunda intervenci贸n y miles de dirigentes sociales fueron detenidos, torturados, asesinados o enviados al exilio. La represi贸n alcanz贸 tambi茅n a campesinos, pobladores, estudiantes y organizaciones comunitarias. No se trataba 煤nicamente de castigar a quienes hab铆an ocupado cargos pol铆ticos; hab铆a que desarticular una sociedad que hab铆a aprendido durante aquellos a帽os a organizarse y a reclamar capacidad de decisi贸n. La dictadura comprendi贸 que para consolidar el nuevo orden no bastaba con controlar La Moneda: era necesario recuperar el control de las f谩bricas, los campos, los barrios y las organizaciones sociales.
Por eso la historia del golpe tambi茅n puede leerse desde esos lugares donde se hab铆a desarrollado el poder popular. La Moneda fue bombardeada, pero la represi贸n no termin贸 en el Palacio presidencial. Lleg贸 a las f谩bricas donde los obreros hab铆an organizado la producci贸n, a los campos donde los campesinos hab铆an reclamado la tierra, a los barrios donde los pobladores hab铆an construido sus propias organizaciones y a las comunidades donde las mujeres hab铆an participado en la defensa del abastecimiento. El golpe no busc贸 煤nicamente cambiar un Gobierno; busc贸 modificar la relaci贸n de fuerzas que se hab铆a construido en la sociedad chilena durante d茅cadas y que la Unidad Popular hab铆a contribuido a acelerar.
Medio siglo despu茅s, aquellas experiencias siguen siendo una de las partes m谩s interesantes y menos comprendidas de la historia de la Unidad Popular. No porque los cordones industriales, las JAP, las organizaciones campesinas o los movimientos de pobladores constituyeran una revoluci贸n acabada, ni porque todas sus experiencias fueran exitosas, sino porque mostraron algo que contin煤a teniendo una enorme importancia para cualquier proyecto emancipador: las transformaciones profundas no pueden depender 煤nicamente de quienes ocupan las instituciones del Estado. Necesitan de una sociedad organizada, capaz de intervenir sobre su propia realidad y de defender colectivamente aquello que considera suyo.
Quiz谩 茅sa sea una de las grandes lecciones que dej贸 aquel Chile. Allende lleg贸 a La Moneda por las urnas, pero la fuerza social que permiti贸 que su proyecto pudiera avanzar se encontraba tambi茅n fuera de las instituciones. Estaba en los trabajadores que se organizaban en las f谩bricas, en los campesinos que luchaban por la tierra, en los pobladores que reclamaban una vivienda, en las mujeres que sosten铆an las redes de abastecimiento y en miles de personas que empezaron a descubrir que participar en pol铆tica pod铆a significar algo mucho m谩s profundo que depositar una papeleta.
La historia termin贸 de manera tr谩gica. Los aviones bombardearon La Moneda, los militares ocuparon las calles y la dictadura inici贸 una represi贸n destinada a borrar la experiencia de la Unidad Popular y a imponer un nuevo orden pol铆tico, econ贸mico y social. Pero si cincuenta a帽os despu茅s seguimos hablando de aquellos a帽os no es 煤nicamente porque Salvador Allende haya pronunciado sus 煤ltimas palabras desde el Palacio presidencial. Seguimos hablando de Chile porque durante un breve per铆odo una parte importante de su poblaci贸n intent贸 transformar la democracia en algo m谩s que una forma de elegir gobernantes: intent贸 convertirla en una pr谩ctica cotidiana de participaci贸n, organizaci贸n y poder popular.
Ese intento fue derrotado por las armas. Sus organizaciones fueron perseguidas y muchas de las personas que las hab铆an construido pagaron un precio terrible. Sin embargo, la experiencia permanece como parte de la memoria de las luchas populares latinoamericanas. No como un modelo perfecto que deba repetirse mec谩nicamente, sino como una experiencia hist贸rica llena de posibilidades, contradicciones y preguntas todav铆a abiertas. Una de ellas contin煤a siendo especialmente inc贸moda para cualquier sociedad dominada por grandes concentraciones de poder econ贸mico: ¿qu茅 ocurre cuando quienes durante generaciones fueron considerados 煤nicamente trabajadores, campesinos, pobladores o consumidores comienzan a descubrir que tambi茅n pueden organizarse y decidir?
En el Chile de la Unidad Popular, miles de personas comenzaron a ensayar una respuesta. Lo hicieron desde una f谩brica, desde un campo, desde una poblaci贸n, desde una organizaci贸n vecinal o desde una mesa donde hab铆a que decidir c贸mo conseguir los alimentos que faltaban. No ten铆an un manual para construir aquel poder. Lo fueron aprendiendo mientras caminaban. Y quiz谩 por eso, cuando hoy se recuerda aquel proceso, conviene mirar durante un momento hacia otro lado de La Moneda: hacia los lugares donde un pueblo comenz贸, con sus aciertos y sus errores, a aprender que gobernarse tambi茅n pod铆a significar tomar en sus propias manos una parte de su destino.
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