Entrada destacada

Mostrando entradas con la etiqueta Salvador allende. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salvador allende. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de septiembre de 2023

Chile, 11 de septiembre de 1973: el día que el imperialismo y las clases dominantes decidieron por la fuerza


Por Javier Huerta


A 50 años del golpe de Estado contra Salvador Allende

El 11 de septiembre de 1973, Chile dejó de ser durante muchos años una excepción dentro de una América Latina acostumbrada a los golpes militares, las dictaduras y la intervención de Estados Unidos. Aquel día, las Fuerzas Armadas bombardearon el Palacio de La Moneda y pusieron fin, mediante la fuerza, al Gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende. El mundo conoció las imágenes de un palacio presidencial en llamas, de militares ocupando las calles de Santiago y de un presidente que había decidido permanecer en su puesto mientras los militares exigían su renuncia. Pero cincuenta años después, reducir aquellos acontecimientos a la caída de un Gobierno democrático sería quedarse en la superficie de lo ocurrido. Lo que se estaba dirimiendo en Chile era mucho más profundo: quién debía controlar las riquezas del país, qué papel debía desempeñar la clase trabajadora en la economía, hasta dónde podía llegar la soberanía nacional frente a los intereses de las grandes compañías extranjeras y, sobre todo, si era posible avanzar hacia una sociedad socialista utilizando las instituciones democráticas. El golpe de Estado no fue solamente la sustitución de Salvador Allende por Augusto Pinochet; fue la ruptura violenta de un proceso político y social y el comienzo de una transformación económica que convertiría a Chile en uno de los grandes laboratorios del neoliberalismo.

Salvador Allende había llegado a la Presidencia en noviembre de 1970 al frente de la Unidad Popular, una coalición formada por diferentes fuerzas de la izquierda chilena. Su proyecto pretendía avanzar hacia el socialismo por una vía propia, utilizando la legitimidad electoral y las instituciones existentes al mismo tiempo que se ampliaba la participación popular y se transformaban sectores fundamentales de la economía. Aquella experiencia tenía una importancia que trascendía las fronteras chilenas. Después del triunfo de la Revolución Cubana, América Latina había demostrado que era posible romper con la dependencia política y económica de Estados Unidos, pero la experiencia chilena planteaba una cuestión diferente: un dirigente marxista había llegado a la Presidencia mediante elecciones y pretendía utilizar el poder institucional para modificar las relaciones económicas existentes. La nacionalización del cobre, la profundización de la reforma agraria, la ampliación del área de propiedad social y las medidas destinadas a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y de los sectores populares afectaban directamente a intereses económicos muy concretos. La Unidad Popular no estaba intentando simplemente administrar mejor el capitalismo chileno; estaba cuestionando quién debía poseer y controlar una parte sustancial de los recursos y de la riqueza producida en el país.

En ese conflicto, el cobre ocupaba un lugar central. Chile poseía una de las mayores reservas cupríferas del planeta y durante décadas buena parte de su gran minería había estado controlada por compañías estadounidenses, entre ellas Anaconda y Kennecott. La nacionalización aprobada por el Congreso chileno en julio de 1971, con un respaldo político extraordinariamente amplio, fue presentada por el Gobierno de Allende como la recuperación para Chile de una riqueza que debía servir al desarrollo nacional. Para los sectores populares significaba recuperar una fuente fundamental de ingresos y soberanía; para las empresas afectadas suponía la pérdida de importantes intereses económicos. La cuestión adquiría además una dimensión internacional porque la nacionalización afectaba directamente a capitales estadounidenses en un momento en que Washington consideraba cualquier avance de gobiernos socialistas en América Latina como una amenaza estratégica. El conflicto económico, por tanto, no puede separarse de la disputa política: la defensa de los recursos nacionales frente a las multinacionales se convirtió en uno de los principales terrenos de confrontación entre la Unidad Popular y quienes pretendían impedir que el proceso continuara avanzando.

La respuesta de Estados Unidos no fue una reacción improvisada después del golpe, sino una política desarrollada durante años. Los documentos desclasificados por el propio Gobierno estadounidense han permitido reconstruir los esfuerzos de la Administración de Richard Nixon para impedir que Allende llegara a la Presidencia y, una vez que lo hizo, para debilitar a su Gobierno. La Casa Blanca y la CIA apoyaron a sectores de la oposición, financiaron actividades políticas y medios de comunicación contrarios a la Unidad Popular y mantuvieron una intensa actividad destinada a crear condiciones favorables para el aislamiento y la desestabilización del Gobierno chileno. Henry Kissinger, entonces una de las figuras centrales de la política exterior estadounidense, compartía la preocupación de Nixon ante la posibilidad de que la experiencia chilena pudiera convertirse en un ejemplo para otros países. La documentación oficial estadounidense muestra asimismo la importancia que tuvieron las presiones económicas y los contactos con sectores de las Fuerzas Armadas chilenas, aunque la existencia de esta intervención no debe confundirse con la afirmación, históricamente mucho más difícil de demostrar, de que Washington dictó directamente cada una de las operaciones militares del 11 de septiembre. Lo que sí está documentado es que Estados Unidos trabajó para impedir la consolidación del proyecto de la Unidad Popular y que consideró su derrota un objetivo estratégico.

El caso de ITT permite comprender hasta qué punto los intereses de las grandes empresas y la política exterior estadounidense podían entrelazarse. International Telephone and Telegraph era una poderosa multinacional estadounidense con importantes intereses en Chile y, después de que el Gobierno de Allende avanzara en la nacionalización de sus activos, la compañía mantuvo contactos con responsables políticos estadounidenses y con personas vinculadas a los servicios de inteligencia. Las investigaciones realizadas posteriormente en Estados Unidos sacaron a la luz aquellos esfuerzos y contribuyeron a mostrar que el conflicto chileno no podía entenderse únicamente como una disputa entre partidos políticos. Detrás de las posiciones que se enfrentaban había intereses económicos concretos y una pugna por el control de sectores estratégicos de la economía. En ese sentido, Chile ofrecía una imagen especialmente clara de una realidad que se repetiría en diferentes momentos de la historia latinoamericana: cuando un Gobierno intenta recuperar para el Estado o para la sociedad recursos considerados estratégicos por el capital transnacional, la disputa deja de ser exclusivamente nacional y pasa a afectar directamente a los intereses de las grandes potencias económicas.

Mientras se desarrollaba esa presión exterior, la confrontación dentro de Chile se hizo cada vez más intensa. El país atravesaba una situación económica complicada, con inflación, dificultades de abastecimiento, conflictos laborales y una creciente polarización política. El Gobierno cometió errores y tuvo fuertes discrepancias internas sobre la velocidad y la profundidad con la que debía avanzar el proceso, mientras la oposición parlamentaria y los sectores empresariales fueron endureciendo su estrategia. Las huelgas patronales, los problemas de distribución y las acciones destinadas a dificultar el funcionamiento de la economía contribuyeron a agravar una situación ya muy deteriorada. Sería, sin embargo, una simplificación convertir todos aquellos problemas en el resultado exclusivo de una conspiración extranjera o, en el extremo contrario, atribuirlos únicamente a la incompetencia de la Unidad Popular. Lo ocurrido fue el resultado de una combinación de contradicciones económicas, decisiones políticas, enfrentamientos dentro de la izquierda, oposición organizada de las clases propietarias y una intervención estadounidense que está ampliamente documentada. En medio de aquella crisis, la lucha por el poder dejó de desarrollarse únicamente en las instituciones y pasó progresivamente a las calles, las fábricas, los campos y los cuarteles.

El 29 de junio de 1973, el llamado Tanquetazo mostró hasta qué punto la amenaza militar se había convertido en una posibilidad real. Las Fuerzas Armadas comenzaban a aparecer como el instrumento mediante el cual podía romperse el equilibrio institucional que había permitido la existencia del Gobierno de la Unidad Popular. La situación se agravó durante las semanas siguientes y el 23 de agosto Augusto Pinochet asumió la jefatura del Ejército. Pocas semanas después, en la mañana del 11 de septiembre, las Fuerzas Armadas iniciaron la operación destinada a derrocar a Allende. El presidente llegó a La Moneda y se negó a abandonar el cargo. Desde allí dirigió sus últimos mensajes al pueblo chileno mientras los militares rodeaban el Palacio y exigían su rendición. A través de Radio Magallanes, Allende pronunció unas palabras que terminarían convirtiéndose en uno de los testimonios políticos más importantes de la historia latinoamericana del siglo XX. Sabía que las posibilidades de resistir militarmente eran prácticamente inexistentes, pero también sabía que abandonar La Moneda significaba aceptar la legitimidad de quienes estaban destruyendo el orden constitucional.

El bombardeo comenzó poco después. Los aviones de la Fuerza Aérea atacaron La Moneda mientras el edificio era defendido por un pequeño grupo de personas que permanecía junto al presidente. Salvador Allende murió ese mismo día en el interior del Palacio; las investigaciones oficiales posteriores determinaron que se había suicidado durante el golpe. La precisión sobre las circunstancias de su muerte no cambia la naturaleza política de lo ocurrido. Allende fue derrocado por una acción militar contra un Gobierno constitucional y, con él, fue destruida la experiencia de la Unidad Popular. Durante los años siguientes, la dictadura de Pinochet persiguió sistemáticamente a quienes habían participado en aquel proceso, encarceló y torturó a miles de personas, ejecutó y desapareció a opositores y obligó a muchos otros a marchar al exilio. Los centros de detención y tortura y el Estadio Nacional se convirtieron en símbolos de una represión cuyo objetivo no era únicamente eliminar a dirigentes políticos, sino desarticular las organizaciones sociales y populares que podían oponerse al nuevo orden.

Sin embargo, la dimensión represiva del golpe fue acompañada por una transformación económica de enorme alcance. Esta cuestión resulta imprescindible para comprender qué intereses terminaron imponiéndose después del 11 de septiembre. La dictadura no se limitó a restaurar el poder político de las clases dominantes; creó las condiciones para modificar profundamente el modelo económico chileno. Antes incluso del golpe había comenzado a elaborarse un programa conocido como “El Ladrillo”, en el que economistas vinculados a la Universidad Católica y posteriormente relacionados con la Escuela de Chicago planteaban una profunda liberalización de la economía. Después de la toma del poder por los militares, varios de aquellos economistas pasaron a ocupar puestos de responsabilidad y sus propuestas comenzaron a aplicarse con una intensidad que habría resultado mucho más difícil de imponer en un sistema democrático sometido al debate parlamentario y a la presión de sindicatos, organizaciones sociales y movimientos populares.

Los llamados Chicago Boys encontraron en la dictadura el escenario político que necesitaban para llevar adelante su programa. A partir de mediados de los años setenta se desarrolló una política de shock que incluyó fuertes recortes del gasto público, liberalización de precios, reducción de aranceles, apertura al comercio internacional, privatización de empresas estatales y una profunda transformación del sistema financiero. Las reformas posteriores afectaron también a la seguridad social, a los servicios públicos y a la legislación laboral. En 1980 se estableció además un nuevo sistema de pensiones basado en cuentas individuales administradas por entidades privadas, uno de los elementos que terminarían convirtiendo al modelo chileno en una referencia internacional para los defensores del neoliberalismo. El discurso hablaba de libertad económica y modernización, pero aquella transformación se estaba realizando bajo una dictadura que había eliminado las libertades políticas, perseguido a los sindicatos y reducido drásticamente la capacidad de organización de los trabajadores. La liberalización económica avanzaba al mismo tiempo que se restringía la libertad política, y esa coincidencia no puede considerarse un detalle secundario cuando se analiza el origen del modelo chileno.

El resultado fue una profunda modificación de las relaciones de poder construidas durante décadas. La dictadura destruyó buena parte de las estructuras políticas y sindicales que habían constituido la base de resistencia de los sectores populares y, simultáneamente, impulsó la privatización de importantes activos y la retirada del Estado de numerosas áreas de la economía. El capitalismo chileno salió transformado de aquel proceso y el país pasó a convertirse en un referente para quienes defendían la apertura de los mercados y la reducción del papel económico del Estado. Décadas después, Chile sería presentado internacionalmente como ejemplo del éxito de las políticas neoliberales, pero esa imagen ocultaba una parte esencial de su origen: el laboratorio económico fue construido bajo las condiciones políticas creadas por un régimen militar que había eliminado por la fuerza a quienes podían organizar una oposición efectiva a aquellas reformas.

Por eso resulta insuficiente recordar el 11 de septiembre de 1973 únicamente como la fecha en que un grupo de generales decidió tomar el poder. El golpe debe ser entendido dentro de una confrontación social mucho más amplia. La Unidad Popular había puesto sobre la mesa cuestiones que afectaban directamente a la estructura de clases de Chile: la propiedad de la tierra, el control de los recursos naturales, el papel de las empresas extranjeras, la participación de los trabajadores en la economía y la capacidad del Estado para intervenir en sectores estratégicos. Frente a ese proyecto se encontraron las clases propietarias, importantes sectores empresariales, fuerzas políticas conservadoras y una potencia imperial que veía con preocupación la posibilidad de que el socialismo pudiera avanzar mediante las urnas. La intervención estadounidense no explica por sí sola toda la historia chilena, del mismo modo que los errores de la izquierda no pueden utilizarse para borrar la responsabilidad de quienes decidieron destruir la democracia mediante las armas. Ambas dimensiones forman parte de una historia compleja en la que los intereses de clase y los intereses geopolíticos terminaron convergiendo.

Cincuenta años después, Salvador Allende continúa siendo una figura inseparable de aquella disputa. Su importancia no reside en presentarlo como un dirigente sin contradicciones ni errores, sino en reconocer la dimensión histórica del intento que encabezó. La Unidad Popular trató de demostrar que las mayorías podían utilizar las instituciones democráticas para disputar el poder económico a quienes lo habían concentrado durante generaciones. Fue derrotada, pero su derrota no convirtió en falsa la pregunta que había planteado. Al contrario, la experiencia chilena permite comprender que democracia y economía no pueden contemplarse como espacios completamente separados y que la existencia de elecciones no garantiza por sí misma que las relaciones económicas fundamentales de una sociedad estén sometidas a la voluntad popular.

El golpe de Chile fue también una advertencia para toda América Latina. Estados Unidos demostró que no estaba dispuesto a aceptar fácilmente experiencias que cuestionaran su hegemonía continental, mientras las clases dominantes demostraron que podían recurrir a la fuerza cuando consideraban amenazados sus intereses fundamentales. El desenlace chileno tuvo además una enorme influencia internacional porque el modelo económico implantado posteriormente sería estudiado, admirado y reproducido en otros lugares. La combinación de dictadura política y liberalización económica convirtió a Chile en un precedente fundamental para la expansión internacional del neoliberalismo durante las décadas siguientes.

Recordar a Allende cincuenta años después significa, por tanto, mirar más allá de la imagen del presidente frente a La Moneda. Significa recuperar la historia de los trabajadores y campesinos que sostuvieron la Unidad Popular, de quienes participaron en los cordones industriales y en las organizaciones populares, de quienes defendieron la soberanía sobre el cobre y de quienes fueron perseguidos después del golpe. Significa recordar a las víctimas de la dictadura y también analizar qué intereses económicos se beneficiaron de la derrota de aquel proceso. Y significa reconocer que el 11 de septiembre de 1973 no fue un episodio aislado de la Guerra Fría, sino uno de los momentos decisivos de la historia latinoamericana en el que imperialismo, capitalismo y lucha de clases se encontraron en un mismo escenario.

Salvador Allende murió en La Moneda mientras defendía la legitimidad de un Gobierno elegido por el pueblo chileno. Augusto Pinochet consiguió ocupar el Palacio y permanecer en el poder durante diecisiete años, pero la dictadura no pudo hacer desaparecer aquello que había intentado enterrar bajo las bombas y la represión. La memoria de la Unidad Popular sobrevivió al régimen militar y, con ella, sobrevivió también la pregunta por la posibilidad de construir una sociedad diferente. Cinco décadas después, esa pregunta continúa formando parte de las luchas de los pueblos de América Latina y de quienes siguen entendiendo el internacionalismo no como una palabra del pasado, sino como la defensa de la soberanía, la justicia social y el derecho de cada pueblo a decidir su propio destino.

El 11 de septiembre de 1973 las Fuerzas Armadas tomaron La Moneda, pero aquel día no terminó la historia de Salvador Allende. Su legado quedó ligado para siempre a una experiencia que intentó abrir un camino propio hacia el socialismo y que fue destruida cuando los intereses económicos y políticos que se sentían amenazados decidieron que las urnas ya no eran suficientes. Cincuenta años después, recordar Chile significa no olvidar quién perdió la democracia, quién sufrió la represión y qué modelo económico nació de aquella derrota. También significa comprender por qué la memoria de Allende continúa siendo una bandera para quienes, desde América Latina y desde otros lugares del mundo, siguen defendiendo que la soberanía de los pueblos debe estar por encima de los intereses del capital.





Siguenos en twitter:
https://twitter.com/DifusionRebelde
 


jueves, 6 de agosto de 2015

(VIDEO) Histórico diálogo entre Fidel Castro y Salvador Allende (Completo)

Histórico diálogo entre Fidel Castro y Salvador Allende

Por estos días la televisión pública argentina difundió El Diálogo de América, charla en noviembre de 1971 entre el líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, y el extinto presidente Salvador Allende, durante la visita de tres semanas realizada por el primero a Chile. 
Una información de Prensa Latina señala que filmado por el cineasta Álvaro Covacevich y con la participación, como entrevistador, del destacado periodista chileno y asesor personal de Allende, Augusto Olivares, El Diálogo de América fue estrenado mundialmente en París en abril de 1972 como testimonio de la lucha por el proceso chileno.

Hace referencia a que el diario argentino Página 12 recuerda que sus presentadores entonces fueron el fallecido escritor y poeta chileno Pablo Neruda y el actor Marcel Marceau.

Este documental, restaurado por la televisión pública argentina fue difundido por primera vez en el país, tras ser recuperado recientemente entre el patrimonio de Covacevich, quien luego del golpe militar de 1973 se exilió en México.

La distendida conversación tuvo lugar en los jardines de la casa presidencial, en la cual temas como la llamada Vía chilena, emprendida por la Unidad Popular (UP) para encaminar las transformaciones en el país, o la decisiva participación de la clase obrera en los procesos de cambio en una y otra sociedad, fueron analizados por ambos estadistas.

También se refirieron a los principales obstáculos enfrentados por la UP para llevar adelante su programa, y por la Revolución cubana para lograr su supervivencia y avanzar.

Estos obstáculos, precisó Allende en aquel entonces, nacen de una oligarquía con bastante experiencia que defiende muy bien sus intereses y tiene el respaldo del imperialismo.

En el caso de Cuba, Fidel Castro indicó que el principal obstáculo era de orden exterior, y mencionó al imperialismo norteamericano, que ejerce, dijo, una formidable oposición, utilizando para ello armas políticas, económicas y militares, pese a lo cual no tiene -aseguró- la más remota posibilidad de aplastar a la Revolución.

 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Salvador Allende y el Chile que quiso aprender a gobernarse desde abajo


Por Javier Huerta


Cuando se habla de la Unidad Popular y de los años de Salvador Allende, la historia suele comenzar y terminar en La Moneda. Allí estaba el presidente, allí se tomaban decisiones y allí terminaron concentrándose las imágenes del golpe del 11 de septiembre de 1973. Sin embargo, durante aquellos tres años ocurrió algo que desborda las paredes del Palacio presidencial y que resulta imprescindible para comprender tanto la fuerza que llegó a adquirir el proceso como el miedo que despertó entre quienes veían amenazados sus privilegios. Mientras el Gobierno intentaba transformar las estructuras económicas desde las instituciones del Estado, miles de trabajadores, campesinos, pobladores, estudiantes y mujeres comenzaron a organizarse en sus lugares de trabajo y en sus barrios para resolver problemas concretos, defender las conquistas alcanzadas y, en muchos casos, participar directamente en decisiones que hasta entonces habían estado reservadas a empresarios, propietarios, administraciones y autoridades. El Chile de la Unidad Popular no fue únicamente un país gobernado desde La Moneda; fue también un país que empezó a preguntarse si podía gobernarse desde abajo.

La llegada de Salvador Allende a la Presidencia en 1970 había abierto un escenario nuevo, pero las transformaciones que se produjeron durante la Unidad Popular no pueden atribuirse exclusivamente a las medidas impulsadas por el Gobierno. El programa de la coalición de izquierdas encontró una sociedad que llevaba décadas acumulando luchas obreras, campesinas y populares y que contaba con organizaciones capaces de convertir las decisiones políticas en movilización social. La reforma agraria había comenzado antes de Allende y continuó avanzando con mayor profundidad durante su Gobierno; las organizaciones sindicales tenían una larga tradición de lucha y en las ciudades se había desarrollado un movimiento de pobladores que reclamaba vivienda y mejores condiciones de vida. Sobre aquella experiencia previa se construyó una dinámica en la que sectores populares comenzaron a considerar que las transformaciones no podían limitarse a esperar las decisiones de las instituciones, sino que debían defenderse y desarrollarse en los espacios donde se producía y se reproducía la vida social.

Uno de los lugares donde esa dinámica adquirió mayor fuerza fueron las fábricas. La política de nacionalizaciones y de ampliación del área social de la economía trasladó a muchos centros de trabajo una discusión que hasta entonces había estado fundamentalmente en manos de propietarios y administradores: qué se producía, quién tomaba las decisiones y para quién debía funcionar la empresa. Pero la participación obrera no se reducía a ocupar un puesto dentro de los mecanismos establecidos por el Gobierno. En determinados momentos, los trabajadores tuvieron que enfrentarse a situaciones que no estaban previstas en ningún programa político. Cuando algunos empresarios intentaron paralizar sus actividades o se produjeron problemas de abastecimiento y distribución, los trabajadores de distintas industrias ocuparon fábricas, organizaron turnos, garantizaron la producción y buscaron mecanismos para mantenerlas funcionando. Aquellas experiencias no fueron homogéneas ni respondieron a una única estrategia política, pero demostraron que una parte del movimiento obrero estaba adquiriendo una capacidad de intervención que iba mucho más allá de la negociación salarial tradicional.

Fue en ese contexto donde aparecieron los cordones industriales, una de las experiencias más significativas de organización popular de la Unidad Popular. Los cordones agrupaban a trabajadores de distintas empresas de una misma zona y permitían coordinar acciones y respuestas frente a problemas que ya no podían resolverse exclusivamente dentro de cada fábrica. Su importancia estaba precisamente en esa capacidad de coordinación territorial: una fábrica dejaba de ser una unidad aislada y pasaba a formar parte de una red de centros de trabajo conectados con otros. Durante la crisis provocada por el paro patronal de octubre de 1972, estas organizaciones adquirieron una especial relevancia. Los trabajadores tuvieron que buscar soluciones para mantener la producción y el abastecimiento, organizar transportes y defender los centros de trabajo frente a intentos de paralización. La experiencia dejó una huella profunda porque mostró que, cuando determinadas estructuras económicas intentaban detener el país, existía una parte de la sociedad que podía organizarse para impedirlo.

Aquello planteaba una cuestión que acabaría adquiriendo una enorme importancia política: si los trabajadores eran capaces de mantener funcionando una fábrica cuando sus propietarios intentaban paralizarla, ¿hasta dónde debía llegar su capacidad para decidir sobre ella? La pregunta no tenía una respuesta común dentro de la izquierda chilena. Existían diferencias profundas entre quienes defendían profundizar rápidamente la construcción del poder popular y quienes consideraban necesario mantener el proceso dentro de los límites institucionales que habían permitido llegar al Gobierno. También existían distintas posiciones respecto a la relación entre los cordones industriales, los sindicatos, los partidos políticos y el Estado. No todos los trabajadores pensaban igual ni todos los cordones perseguían los mismos objetivos. Pero precisamente ahí reside su importancia histórica: el poder popular no fue una estructura perfectamente organizada ni un proyecto terminado, sino un proceso contradictorio en el que miles de personas comenzaron a experimentar nuevas formas de participación y organización.

La cuestión del abastecimiento llevó esa misma lógica a los barrios. A medida que se agravaban las dificultades económicas, conseguir alimentos y productos básicos se convirtió en un problema político de primer orden. Las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios, las JAP, adquirieron entonces un papel relevante en numerosos sectores populares. Su función estaba relacionada con la distribución y el control de determinados productos esenciales, pero su significado fue más amplio porque introdujeron en la vida cotidiana una forma de organización colectiva que permitía a los vecinos afrontar problemas que no podían resolverse individualmente. En un contexto de escasez, especulación, acaparamiento y conflicto político, organizar el abastecimiento significaba también disputar quién controlaba la distribución de los bienes básicos. Las JAP no fueron simplemente una herramienta administrativa del Gobierno; en muchos lugares se convirtieron en espacios de participación vecinal y de movilización política, aunque su funcionamiento y su grado de autonomía variaron considerablemente de una zona a otra.

En ese terreno, además, las mujeres desempeñaron un papel fundamental. Con frecuencia, los relatos tradicionales sobre la Unidad Popular han situado a los trabajadores industriales y a los dirigentes políticos en el centro de la escena y han dejado en segundo plano a quienes sostenían buena parte de la vida cotidiana de los barrios. Pero las dificultades de abastecimiento hicieron que miles de mujeres participaran directamente en las organizaciones vecinales, en las JAP y en las redes comunitarias. Al mismo tiempo, las mujeres de sectores populares no fueron únicamente receptoras de las políticas sociales impulsadas por el Gobierno; participaron activamente en la organización de sus comunidades y en la defensa de sus condiciones de vida. Esa participación resulta especialmente significativa porque demostraba que la política podía salir de los espacios tradicionalmente considerados políticos y entrar en la cocina, el mercado, la escuela, el barrio y la comunidad. Organizar la alimentación de una familia en medio de una crisis económica podía convertirse también en una forma de intervención política.

Algo parecido ocurrió en el campo. La reforma agraria había comenzado años antes, pero durante la Unidad Popular se aceleró el proceso de expropiación de grandes propiedades y se fortalecieron las organizaciones campesinas. Para miles de trabajadores rurales, la transformación de la estructura de propiedad de la tierra significaba dejar atrás relaciones sociales profundamente arraigadas y disputar el control de una riqueza que durante generaciones había estado concentrada en manos de grandes propietarios. La tierra no era solamente un medio de producción; determinaba relaciones de poder, dependencia y autoridad en amplias zonas rurales. La incorporación de los campesinos a la organización política y económica del proceso de transformación contribuyó a ampliar el escenario de la lucha social más allá de las ciudades y de las fábricas. Allí donde durante décadas habían mandado los grandes propietarios, comenzaban a aparecer organizaciones campesinas que reclamaban un papel propio en las decisiones sobre la tierra y la producción.

En las ciudades, mientras tanto, el movimiento de pobladores expresaba otra de las grandes contradicciones de la sociedad chilena. Miles de familias vivían en condiciones precarias y luchaban por acceder a una vivienda digna, y las ocupaciones de terrenos habían formado parte de una larga tradición de movilización popular. Durante los años de la Unidad Popular, las organizaciones de pobladores adquirieron una mayor capacidad de presión y participación. Los barrios populares dejaron de ser contemplados exclusivamente como lugares donde el Estado debía ejecutar políticas sociales y comenzaron a convertirse en espacios donde los propios habitantes discutían y organizaban soluciones. La vivienda, el transporte, el abastecimiento, la educación y las condiciones sanitarias se transformaron en asuntos colectivos. En aquellas experiencias aparecía nuevamente la misma pregunta que recorría las fábricas: ¿debían los sectores populares limitarse a reclamar al Estado o podían convertirse en protagonistas directos de las decisiones que afectaban a sus propias comunidades?

La importancia de estas experiencias no reside en idealizarlas. La Unidad Popular estuvo atravesada por fuertes contradicciones y el movimiento popular chileno tampoco constituyó un bloque homogéneo. Existían diferencias entre socialistas y comunistas, entre partidos y organizaciones sociales, entre quienes defendían una profundización inmediata del proceso y quienes consideraban prioritario preservar las alianzas políticas y la institucionalidad. Los propios cordones industriales mantenían relaciones complejas con las estructuras sindicales tradicionales y con los partidos de la izquierda. En algunos casos, la presión desde abajo entraba en tensión con las decisiones del Gobierno. En otros, las organizaciones populares reclamaban una velocidad de transformación que las instituciones no estaban en condiciones de asumir. Aquellas contradicciones forman parte de la historia y no deberían ocultarse para construir una imagen romántica de la Unidad Popular. Precisamente porque el proceso estaba vivo, también estaba lleno de debates sobre su dirección y sobre el tipo de sociedad que debía construirse.

Lo que resulta indiscutible es que, entre 1970 y 1973, amplios sectores de la población chilena comenzaron a adquirir una experiencia política diferente. No se trataba únicamente de votar cada cuatro años ni de participar en las estructuras tradicionales de los partidos. Para muchas personas, la política empezó a significar organizar el trabajo, defender una fábrica, distribuir alimentos, reclamar una vivienda, ocupar una tierra, coordinar un barrio o discutir colectivamente sobre las necesidades de la comunidad. La democracia comenzó a adquirir una dimensión social que iba más allá de las instituciones representativas. Ese proceso era especialmente relevante para una izquierda que entendía que la transformación socialista no podía limitarse a cambiar el Gobierno, sino que debía modificar también las relaciones de poder existentes en la economía y en la vida cotidiana.

Y precisamente por eso aquellas organizaciones fueron vistas con creciente preocupación por quienes se oponían a la Unidad Popular. El conflicto ya no se desarrollaba exclusivamente entre partidos políticos. Una parte importante de la sociedad estaba empezando a organizarse de manera autónoma alrededor de sus intereses de clase y de sus necesidades inmediatas. Cuando los trabajadores mantenían abiertas las fábricas, cuando los campesinos reclamaban la tierra, cuando los pobladores ocupaban terrenos y cuando los vecinos se organizaban para garantizar el abastecimiento, la disputa política adquiría una dimensión que afectaba directamente a las relaciones de propiedad y al funcionamiento cotidiano del capitalismo chileno. La cuestión dejó de ser simplemente quién ocupaba el Gobierno y pasó a ser quién tenía capacidad efectiva para decidir sobre la producción, la distribución y las condiciones de vida.

La reacción de las clases propietarias no puede entenderse al margen de ese proceso. Los sectores empresariales y las fuerzas políticas conservadoras no se enfrentaban solamente a las políticas de un Gobierno de izquierdas, sino a una movilización social que amenazaba con alterar las relaciones tradicionales de poder. En octubre de 1972, durante el paro patronal que intentó paralizar el país, la capacidad de organización de los trabajadores y de los sectores populares mostró hasta qué punto la sociedad chilena había cambiado. La respuesta popular consiguió mantener en funcionamiento una parte importante de la actividad económica, pero también hizo evidente que el conflicto había llegado a un punto en el que las instituciones existentes tenían dificultades crecientes para contenerlo.

Durante 1973, esa tensión se hizo cada vez más profunda. La confrontación política se trasladó a las calles, los enfrentamientos aumentaron y la posibilidad de una salida militar dejó de ser una amenaza lejana. El intento de golpe del 29 de junio, conocido como Tanquetazo, confirmó que determinados sectores de las Fuerzas Armadas estaban dispuestos a intervenir. Mientras tanto, la polarización continuaba aumentando y las posibilidades de encontrar una salida política se reducían. Para la derecha y para sectores empresariales, la movilización popular se había convertido en una amenaza que debía ser contenida. Para una parte de la izquierda, por el contrario, aquellas organizaciones constituían la única garantía de que las conquistas alcanzadas no fueran revertidas. Entre ambas posiciones se encontraba un Gobierno que intentaba mantener abierta una vía institucional al socialismo mientras las condiciones políticas y económicas se deterioraban rápidamente.

Cuando los militares finalmente tomaron el poder el 11 de septiembre, una de las primeras tareas de la dictadura consistió precisamente en destruir las estructuras organizativas que habían permitido aquella movilización. Los trabajadores fueron perseguidos en sus centros de trabajo, las organizaciones políticas fueron prohibidas, los sindicatos sufrieron una profunda intervención y miles de dirigentes sociales fueron detenidos, torturados, asesinados o enviados al exilio. La represión alcanzó también a campesinos, pobladores, estudiantes y organizaciones comunitarias. No se trataba únicamente de castigar a quienes habían ocupado cargos políticos; había que desarticular una sociedad que había aprendido durante aquellos años a organizarse y a reclamar capacidad de decisión. La dictadura comprendió que para consolidar el nuevo orden no bastaba con controlar La Moneda: era necesario recuperar el control de las fábricas, los campos, los barrios y las organizaciones sociales.

Por eso la historia del golpe también puede leerse desde esos lugares donde se había desarrollado el poder popular. La Moneda fue bombardeada, pero la represión no terminó en el Palacio presidencial. Llegó a las fábricas donde los obreros habían organizado la producción, a los campos donde los campesinos habían reclamado la tierra, a los barrios donde los pobladores habían construido sus propias organizaciones y a las comunidades donde las mujeres habían participado en la defensa del abastecimiento. El golpe no buscó únicamente cambiar un Gobierno; buscó modificar la relación de fuerzas que se había construido en la sociedad chilena durante décadas y que la Unidad Popular había contribuido a acelerar.

Medio siglo después, aquellas experiencias siguen siendo una de las partes más interesantes y menos comprendidas de la historia de la Unidad Popular. No porque los cordones industriales, las JAP, las organizaciones campesinas o los movimientos de pobladores constituyeran una revolución acabada, ni porque todas sus experiencias fueran exitosas, sino porque mostraron algo que continúa teniendo una enorme importancia para cualquier proyecto emancipador: las transformaciones profundas no pueden depender únicamente de quienes ocupan las instituciones del Estado. Necesitan de una sociedad organizada, capaz de intervenir sobre su propia realidad y de defender colectivamente aquello que considera suyo.

Quizá ésa sea una de las grandes lecciones que dejó aquel Chile. Allende llegó a La Moneda por las urnas, pero la fuerza social que permitió que su proyecto pudiera avanzar se encontraba también fuera de las instituciones. Estaba en los trabajadores que se organizaban en las fábricas, en los campesinos que luchaban por la tierra, en los pobladores que reclamaban una vivienda, en las mujeres que sostenían las redes de abastecimiento y en miles de personas que empezaron a descubrir que participar en política podía significar algo mucho más profundo que depositar una papeleta.

La historia terminó de manera trágica. Los aviones bombardearon La Moneda, los militares ocuparon las calles y la dictadura inició una represión destinada a borrar la experiencia de la Unidad Popular y a imponer un nuevo orden político, económico y social. Pero si cincuenta años después seguimos hablando de aquellos años no es únicamente porque Salvador Allende haya pronunciado sus últimas palabras desde el Palacio presidencial. Seguimos hablando de Chile porque durante un breve período una parte importante de su población intentó transformar la democracia en algo más que una forma de elegir gobernantes: intentó convertirla en una práctica cotidiana de participación, organización y poder popular.

Ese intento fue derrotado por las armas. Sus organizaciones fueron perseguidas y muchas de las personas que las habían construido pagaron un precio terrible. Sin embargo, la experiencia permanece como parte de la memoria de las luchas populares latinoamericanas. No como un modelo perfecto que deba repetirse mecánicamente, sino como una experiencia histórica llena de posibilidades, contradicciones y preguntas todavía abiertas. Una de ellas continúa siendo especialmente incómoda para cualquier sociedad dominada por grandes concentraciones de poder económico: ¿qué ocurre cuando quienes durante generaciones fueron considerados únicamente trabajadores, campesinos, pobladores o consumidores comienzan a descubrir que también pueden organizarse y decidir?

En el Chile de la Unidad Popular, miles de personas comenzaron a ensayar una respuesta. Lo hicieron desde una fábrica, desde un campo, desde una población, desde una organización vecinal o desde una mesa donde había que decidir cómo conseguir los alimentos que faltaban. No tenían un manual para construir aquel poder. Lo fueron aprendiendo mientras caminaban. Y quizá por eso, cuando hoy se recuerda aquel proceso, conviene mirar durante un momento hacia otro lado de La Moneda: hacia los lugares donde un pueblo comenzó, con sus aciertos y sus errores, a aprender que gobernarse también podía significar tomar en sus propias manos una parte de su destino.

Siguenos en twitter:
https://twitter.com/DifusionRebelde
 


martes, 13 de septiembre de 2011

Chile: La verdadera muerte de Salvador Allende. Gabriel García Marquez

Gabriel García Márquez
CubaDebate


Allende murió en un intercambio de disparos con una patrulla. Luego todos los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil

Artículo escrito en septiembre de 2003, al cumplirse tres décadas del golpe militar en Chile, con el siguiente titulo: "La verdadera muerte de un Presidente"


 A la hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad.

La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa.

La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder.
Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un Presidente sin poder.

Resistió durante seis horas con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás.

El periodista Augusto Olivares que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la asistencia pública.
Hacia las cuatro de la tarde el general de división Javier Palacios, logró llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de Dragones Chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando.

Llevaba en la cabeza un casco de minero y estaba en mangas de camisa, sin corbata y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.

Allende conocía al general Palacios. Pocos días antes le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso, que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los EE.UU. Tan pronto como lo vió aparecer en la escalera, Allende le gritó: Traidor y lo hirió en la mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esa patrulla. Luego todos los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil.

La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que la Sra. Hortencia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.

Había cumplido 64 en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible.

Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros, y era de una galantería un poco a la antigua, con esquelas perfumadas y encuentros furtivos.

Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que el se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.

El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre.

Nota de La Haine: A pesar de estas y otras opiniones autorizadas, el cineasta chileno Patricio Guzmán, autor de la inolvidable "La batalla de Chile", presenta en su último documental, "Salvador Allende", una visión deformada de la historia, según la cual el presidente se habría suicidado. La película muestra una versión de la vida y el pensamiento del presidente asesinado que más parece encargada por el gobierno de la Concertación. El objetivo vendría a ser el de cerrar un capítulo de la historia, mostrando a un Allende "equidistante" del comunismo y del capitalismo, y cargando las culpas en la "extrema izquierda".