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domingo, 19 de abril de 2026

Abril, memoria y soberanía: la construcción de la paz en Nicaragua

Por Javier Huerta


Abril en Nicaragua es el mes donde se cruzan las heridas y las victorias, donde el pueblo vuelve a mirarse a sí mismo y a decir, con claridad y sin titubeos, que la paz no se negocia, no se mendiga y no se impone desde fuera: se defiende, se construye y se sostiene desde la conciencia colectiva. Por eso, la declaración del 19 de abril como Día Nacional de la Paz no es un gesto simbólico vacío, sino una afirmación profundamente política y profundamente popular: el reconocimiento de que Nicaragua decidió, en medio de la adversidad, apostar por la vida, por la estabilidad y por el derecho irrenunciable a vivir en tranquilidad.

Hablar de la paz en Nicaragua implica entenderla como una conquista histórica. No es la paz de los silencios impuestos ni la paz de las élites acomodadas, sino la paz de los pueblos que han resistido invasiones, intervenciones, guerras y agresiones sistemáticas. Es la paz que nace de la dignidad y que se sostiene en la soberanía. Es la paz que tiene nombre de pueblo y rostro de comunidad. En ese sentido, abril deja de ser únicamente el recuerdo de los intentos de ruptura y se convierte en la reafirmación de una victoria política y moral frente a quienes apostaron por el caos, la violencia y la desestabilización en 2018.

Aquellos acontecimientos no pueden analizarse al margen de los intereses que históricamente han intentado someter a Nicaragua. Desde la perspectiva sandinista, lo ocurrido fue un intento de golpe suave, una operación que buscaba fracturar la institucionalidad, paralizar la economía y sembrar el miedo como herramienta de dominación. Sin embargo, lo que encontraron fue un pueblo con memoria, un Estado con capacidad de respuesta y una cultura política profundamente arraigada en la defensa de la soberanía. Hoy, cuando se afirma que el golpismo está derrotado, no se trata de una consigna vacía, sino de una lectura histórica: el proyecto de desestabilización fracasó porque subestimó la conciencia del pueblo nicaragüense.

La paz que hoy vive Nicaragua, por tanto, no es ingenua. Es una paz consciente, vigilante, que entiende que la estabilidad es un bien que debe protegerse todos los días. En ese proceso, el Gobierno Sandinista ha asumido un papel central, no como un actor distante, sino como una expresión organizada de esa voluntad popular. La paz se ha convertido en eje transversal de las políticas públicas, en fundamento del modelo de desarrollo y en condición indispensable para el progreso económico y social.

Porque no hay desarrollo posible sin paz. No hay crecimiento económico sostenido en medio del caos. No hay bienestar social si la incertidumbre domina la vida cotidiana. La recuperación económica que Nicaragua ha experimentado tras los daños provocados en 2018 no puede entenderse sin la consolidación de la estabilidad. Los indicadores de crecimiento, la reactivación productiva y la confianza en el país están directamente vinculados a la capacidad de garantizar orden, seguridad y gobernabilidad. En este sentido, la paz deja de ser un concepto abstracto y se convierte en un factor concreto de desarrollo.

Pero la visión sandinista va más allá de lo económico. La paz se concibe como un derecho colectivo, inseparable de la justicia social. No basta con la ausencia de conflicto; es necesario construir condiciones de vida dignas para todos. De ahí el énfasis en un modelo de desarrollo integral y sostenible, donde la salud, la educación, la vivienda y el trabajo no son privilegios, sino derechos garantizados. El sistema de salud gratuito, por ejemplo, no es solo una política social: es una expresión concreta de esa paz que se traduce en bienestar, en atención digna, en la certeza de que la vida está protegida.

De igual manera, la seguridad ciudadana en Nicaragua ha sido reconocida como una de las más sólidas de la región. Este dato no es menor. En un contexto latinoamericano marcado por altos niveles de violencia, el hecho de que los nicaragüenses puedan vivir con tranquilidad en sus comunidades es una evidencia palpable de que la paz no es un discurso, sino una realidad cotidiana. Estudios que miden la percepción ciudadana ubican al país entre aquellos donde las personas reportan mayores niveles de paz personal, lo que refuerza la idea de que la estabilidad institucional se refleja directamente en la vida diaria.

Esta construcción de paz también tiene un rostro profundamente humano y transformador en la participación de las mujeres. El modelo sandinista ha colocado la equidad de género como un pilar fundamental, no solo por razones de justicia, sino porque entiende que no puede haber paz verdadera en una sociedad marcada por la desigualdad. La presencia activa de las mujeres en la vida política, económica y social del país es parte de ese proceso de transformación que busca construir una Nicaragua más justa, más inclusiva y más cohesionada.

En este mismo horizonte se inscribe la defensa de la soberanía como condición indispensable para la paz. No hay paz sin autodeterminación. No hay estabilidad si el país está expuesto a presiones externas o a dinámicas que buscan debilitar su integridad territorial. La reciente legislación sobre territorios fronterizos responde a esta lógica: proteger el territorio es proteger la paz. No se trata de medidas aisladas, sino de una estrategia coherente que entiende que la seguridad nacional es un componente esencial del bienestar colectivo.

Desde esta perspectiva, la paz no se reduce al ámbito interno. Nicaragua ha proyectado en el escenario internacional una posición firme en defensa de la soberanía de los pueblos, del derecho internacional y de la no injerencia. En un mundo atravesado por conflictos, intervenciones y desigualdades, la voz de Nicaragua se levanta para reivindicar la necesidad de un orden global más justo. Esta postura no es retórica; es coherente con su propia historia y con su experiencia de resistencia. La lucha por la paz, entonces, trasciende las fronteras y se convierte en un compromiso con la humanidad.

Abril, como mes de la paz, sintetiza todas estas dimensiones. Es memoria, pero también es proyecto. Es recordatorio de lo que se enfrentó, pero sobre todo afirmación de lo que se ha construido. La institucionalización del 19 de abril como Día Nacional de la Paz es, en esencia, un acto de soberanía simbólica: el pueblo nicaragüense decide cómo narrar su historia, decide qué valores colocar en el centro de su identidad y decide, sobre todo, cuál es el camino a seguir.

En esa decisión hay una claridad profunda: la paz es el pilar fundamental del desarrollo. Sin paz no hay trabajo digno, no hay inversión, no hay futuro. Con paz, en cambio, se abren posibilidades, se fortalecen las comunidades y se construye un horizonte de esperanza. La unidad nacional, tantas veces invocada, encuentra en la paz su punto de encuentro. No como uniformidad, sino como coincidencia en lo esencial: la defensa de la vida, de la estabilidad y de la dignidad.

Desde una visión sandinista, la paz no es neutral. Tiene contenido político, tiene dirección histórica y tiene un sujeto claro: el pueblo. Es una paz que se construye con participación, con organización y con conciencia. Es una paz que no olvida, pero que tampoco se queda atrapada en el pasado. Es una paz que mira hacia adelante, que se proyecta como proyecto de nación.

Hoy, cuando Nicaragua reafirma su compromiso con la paz en este abril cargado de significado, lo hace desde la certeza de haber resistido y de estar avanzando. La estabilidad alcanzada, el crecimiento económico sostenido, los niveles de seguridad ciudadana, la ampliación de derechos sociales y la defensa firme de la soberanía son presentados como evidencias de un modelo que, más allá de las críticas, ha logrado consolidar un escenario de tranquilidad y desarrollo.

En un mundo donde la paz suele ser frágil y efímera, Nicaragua se presenta como un país que ha decidido convertirla en política de Estado y en cultura de vida. Esa es la apuesta, ese es el desafío y esa es la convicción que atraviesa este tiempo histórico. Abril no es solo un mes: es la reafirmación de que la paz, conquistada con esfuerzo y defendida con firmeza, es el camino sobre el cual se construye el presente y se proyecta el futuro de la nación.

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lunes, 16 de febrero de 2026

Nicaragua, todo por la paz

por: Fabrizio Casari

Toda sociedad es fruto del modelo social y político que la diseña, pero todas, sin excepción, tienen en la paz interna la condición indispensable para su desarrollo. La paz, sin embargo, no es solo ausencia de guerra, sino también compartir y reconocimiento mutuo entre los distintos actores políticos. Y, como en cualquier parte del mundo, tampoco en Nicaragua puede confundirse la libertad de opinión con la libertad de subversión.

La primera es la sal de la democracia - sea formal o sustancial - y se apoya en el respaldo popular y en las reglas del sistema. La segunda es la tumba de la democracia. La libertad puede conducir a la construcción de una opción política alternativa, a la formación de organizaciones de múltiples orientaciones, pero todo se sostiene únicamente si ocurre dentro del marco del mandato constitucional, con la observancia de las leyes y el respeto de lo dispuesto por los códigos civil, penal y administrativo que establecen los límites de la contienda política.

Dos son las condiciones para que pueda delinearse un desarrollo: la paz y la democracia, con la segunda que no puede existir en ausencia de la primera. La paz no conduce necesariamente a la democracia, pero la democracia, sin paz, simplemente no puede existir. La adhesión a tales condiciones nunca puede presentarse como una mordaza, como una represión preventiva, como si fuera un impedimento a la circulación de ideas y programas distintos de los que gobiernan. Al contrario, es precisamente el respeto a lo previsto por las leyes que sostienen la estructura jurídica de la nación lo que garantiza el ejercicio de la crítica propio de una democracia.

En la Nicaragua de este tercer milenio se persigue la democracia salvaguardándola antes que declamándola. Fuera de la trayectoria histórico-política nicaragüense, discutirla sería una cuestión abstracta y sin relevancia. La reconciliación nacional, antes que cualquier otro objetivo, ha tenido y tiene el de permitir la paz y forjar un destino compartido de nación.

Y puesto que el texto solo tiene valor si se inserta en un contexto, hablar de paz y democracia en Nicaragua requiere términos, referencias, comparaciones y paralelos propios de la historia del país. Cada país tiene su historia y las diferencias no pueden reducirse a un único patrón: un poco como sucede con las lenguas de raíces etimológicas similares, donde algunas palabras se parecen, pero la fonética luego induce a equívocos y errores de comprensión.
Las lecciones de la historia
La historia dice que en Nicaragua, con la excepción de la cesión del poder por parte del FSLN tras las elecciones de 1990, la democracia nunca ha sido un proceso indoloro para el país: su afirmación siempre ha visto la oposición de la derecha. Desde la dictadura somocista hasta la guerra terrorista de los contras, llegando al intento de golpe de Estado de 2018, la democracia y la derecha nunca han sido amigas. En estas tres páginas negras de la historia nicaragüense hay varios elementos que se repiten, pero hay uno en particular: la indisposición de la derecha y de la oligarquía a reconocer como legítimo un gobierno que no esté al servicio de sus intereses.

El hilo negro que une el papel de la oligarquía nicaragüense en estas tres tremendas páginas de la historia nacional es el rechazo a aceptar las reglas del juego de una democracia plena. Tanto cuando esta se presentó en la modalidad liberadora y revolucionaria de los años ochenta, como en la de rescate socioeconómico, modernización del país y justicia social propia de los últimos 19 años. En los periodos históricos gobernados por el sandinismo, la derecha oligárquica ha alternado el rechazo al veredicto de las urnas con la solicitud de invasión extranjera.

El rechazo de las reglas democráticas es la verdadera seña de identidad de la derecha, históricamente indispuesta a reconocer la victoria política de sus antagonistas. La cuestión de la alternancia, que es sustancia de la democracia, encuentra así un obstáculo previo, representado por el ultraconservadurismo feudal del latifundio nicaragüense, que no tolera ser derrotado.
¿Por qué? Porque no cree que corresponda al pueblo decidir quién gobierna, sino al censo; no soporta la idea de un país independiente, considerando que ser colonia de Estados Unidos (quizás en calidad de favorita) es la máxima aspiración posible para Nicaragua. Por ello el sandinismo, que nace, lucha y vence para la defensa del pueblo y de la independencia nacional, resulta insoportable para la visión oligárquica.

La historia de Nicaragua cuenta, sin temor a desmentidos, que la oligarquía primero rindió pleitesía al somocismo y luego apoyó a los contras en los años ochenta, cuando utilizó su fuerza editorial y política para legitimar su agresión, mientras definía como dictadura al gobierno legítimo que era víctima de esa agresión.

En unos diez años, Nicaragua perdió su desarrollo potencial y a casi 50.000 de sus mejores hijos, quienes, como quienes combatieron contra el somocismo, defendieron el derecho a vivir en paz, su tierra, la soberanía de su país y la seguridad de su pueblo; todos elementos que, cualquiera sea su enfoque, son primordiales para la democracia, su premisa ineludible. Por ello el sandinismo y sus mártires deben considerarse los padres constituyentes del país.

Desde 2006, el mismo guion: los oligarcas decidieron no reconocer las victorias electorales del gobierno sandinista y comenzaron a estudiar cómo revertir el resultado de las urnas para impedir que el sandinismo gobernara. Al menos, no en paz. Así la deslegitimación de la institucionalidad del país y de su voluntad electoral. Para colmo de indecencia, se negaba el derecho del gobierno a gobernar, mientras se presentaban reivindicaciones de todo tipo llamándolas “diálogo”. Pero la existencia del reconocimiento recíproco es la base de cualquier diálogo: si no se reconoce al gobierno, ¿cómo se le puede pedir que dialogue? ¿Cómo se dialoga con quien no existe?

Los oligarcas no sometían sus actividades editoriales, asociativas y religiosas a leyes, normas y obligaciones, aun cuando sostenían su línea política subversiva. Con mayor descaro aún, exigían respeto para sus falsas ONG, auténtica cadena de distribución de dinero extranjero, que actuaban sin siquiera cumplir con las certificaciones de actividades obligadas por las mismas leyes (muchas de ellas, por cierto, redactadas durante los dieciséis años de su propio gobierno). Emblemático el caso de Cristiana Chamorro: el magistrado le pide cuentas por transferencias no trazadas de millones de dólares y la heredera oligarca responde que ya habló con la embajada de Estados Unidos, por lo tanto está en regla.

Tanto en los años ochenta como desde 2007, la derecha ha optado por confiar en Estados Unidos y no en los nicaragüenses. Pero recurrir a un Estado extranjero, en cualquier país del mundo, se considera alta traición. Organizar, gracias a financiación exterior, actividades políticas, editoriales, asociativas o de cualquier otro tipo para incidir en la política interna se considera “inteligencia con el enemigo” y se castiga en el ámbito civil y penal.
Democracia o subversivismo
La cuestión democrática, en la historia nicaragüense, es toda esta. A lo largo de su historia, la derecha oligárquica se ha caracterizado por expresar ese “subversivismo de las clases dirigentes” del que hablaba Antonio Gramsci. Pero esto no podía quedar impune. Si para la derecha la acción siempre se ha basado en la fuerza (económica, editorial, militar) y nunca en el Derecho, el sandinismo gobierna con el consenso popular y, en Derecho, se arroga el monopolio de la fuerza, que para cualquier gobierno, en cualquier parte del mundo, es una piedra angular inamovible.

La derecha en Nicaragua reconoce el voto popular solo si gana: si no gana con el voto, intenta la subversión armada. Esta es la diferencia sustancial con el sandinismo, que cedió democráticamente el poder en 1990, aun en unas elecciones como mínimo desiguales, y que, entre 1990 y 2006, cuando no tuvo los votos para ganar, pese a tener la fuerza, nunca intentó tomar por las armas lo que las urnas le negaban, aun cuando mediaron fraudes y maniobras concertadas entre socios centro y norteamericanos en calidad de “observadores”.

Por lo tanto, nadie puede dar lecciones de democracia al sandinismo, capaz de mantenerse dentro del cauce democrático aun teniendo razones para rechazarlo y la fuerza para subvertirlo. La elección siempre estuvo dictada no por la prevalencia del FSLN, sino por la de la paz, de la que Nicaragua siempre ha tenido desesperada necesidad. Se llama interés nacional y lo persigue quien se opone al interés de casta.

Las políticas son siempre la síntesis de intereses divergentes y el compromiso es la mediación entre impulsos contrapuestos. Pero para construir políticas se necesitan principios, que lo son precisamente porque no son negociables. Son las políticas las que deben basarse en los principios, no al revés.

La paz es uno de esos principios sagrados, no negociables, no sujetos a presiones internas ni externas. Para un país como Nicaragua, que ha conocido invasiones, guerras, terrorismo, agresiones externas, traiciones y un intento de golpe de Estado, la paz tiene un valor mayor que en cualquier otro lugar del mundo. Alterarla, amenazarla o condicionarla desde el exterior es uno de los peores crímenes. En una nación marcada por una historia de violencia, la paz asume un valor supremo. No es solo ausencia de guerra, sino dinámica de crecimiento, de progreso, de reducción constante de la pobreza. Es la paz alcanzada la que permite el progreso y la organización social indispensable para vivir con seguridad y prosperar. Es imposible prescindir de ella.

Pensar en imponer voluntades extranjeras en dirección contraria a la voluntad popular sería una ilusión fatal. No puede participar en el juego democrático quien ve en la democracia una amenaza para sus intereses de casta. Se llama principio de realidad. Tomar nota de los resultados de la democracia y respetarlos es el único camino posible para quien dice inspirarse en ella. No hay otros camino.


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miércoles, 18 de julio de 2018

Resolución del XXIV Encuentro del Foro de Sao Paulo sobre Nicaragua


Resolución del XXIV Encuentro del Foro de Sao Paulo sobre Nicaragua:

El XXIV Encuentro del Foro de Sao Paulo, reunido los días 15, 16 y 17 de julio de 2018, se pronuncia en relación a los sucesos que han tenido lugar desde el mes de abril en la hermana república de Nicaragua:

Rechazamos el injerencismo e intervencionismo extranjero del gobierno de Estados Unidos a través de sus agencias en Nicaragua, organizando y dirigiendo a la ultraderecha local para aplicar una vez más su conocida fórmula del mal llamado “golpe suave” para el derrocamiento de gobiernos que no responden a sus intereses, así como la actuación parcializada de los organismos internacionales subordinados a los designios del imperialismo, como es el caso de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Condenamos las acciones desestabilizadoras, violentas y terroristas de la derecha golpista que conforme a la misma estrategia aplicada en otros países como Venezuela, pretende desconocer el orden constitucional de Nicaragua al fracasar su objetivo inicial de derrocar al gobierno sandinista presidido por el Comandante Daniel Ortega Saavedra, que ha promovido el diálogo y el consenso como forma de superar la crisis planteada.

Denunciamos los graves actos de barbarie y violación a los derechos humanos cometidos por la derecha golpista y terrorista nicaragüense con la negación del derecho a la libre circulación, destrucción y quema de viviendas y edificios públicos, secuestros, torturas y asesinatos, así como el secuestro de ciudades enteras por las hordas criminales de grupos fascistas al servicio del imperialismo norteamericano, imponiendo el terror y la muerte entre sus habitantes y en particular, entre la población sandinista.

Reconocemos el legítimo derecho a la defensa ejercido por el gobierno sandinista frente a las agresiones perpetradas en su contra por los lacayos del imperio; legítima defensa que ha pretendido ser presentada por los medios de comunicación de la derecha como masacres contra el pueblo, así como pretenden presentar como presos políticos a los delincuentes criminales y toturadores capturados por las autoridades nicaragüenses.

Manifestamos nuestro profundo pesar por las muertes acaecidas como producto de la ola de violencia que ha azotado a Nicaragua, instaurada y alentada por los sectores reaccionarios afines al imperialismo norteamericano.Muertes que los medios de comunicación de la derecha han manipulado, presentándolas como producto de masacres perpetradas por las autoridades, cuando en realidad han sido consecuencia de enfrentamientos provocados por la derecha fascista, tal como queda demostrado con el hecho de que hay una cantidad similar de muertos entre las filas opositoras y las filas sandinistas, según reconocen los propios expertos enviados por la OEA.Mientras por su parte la CIDH – a pesar de su evidente parcialización en contra del gobierno – se ha visto obligada a reconocer que no ha habido prácticas de torturas contra los detenidos por la Policía Nacional, lo que contrasta con la actuación de los grupos golpistas en contra de las personas que han caído en sus manos.

Como consecuencia, apoyamos la continuación de las investigaciones y aclaración de todos los crímenes cometidos, así como la sanción de los responsables. En tal sentido destacamos el papel que viene desempeñando la Comisión de la Verdad.

Apoyamos las convocatorias realizadas por el gobierno de Nicaragua en favor de la paz y la superación de la situación a través del diálogo en el marco de la Constitución y las leyes.

Respaldamos al gobierno de Nicaragua por sus avances en el restablecimiento del orden, así como de los derechos del pueblo nicaragüense, violentados por los golpistas de la derecha, entre ello el derecho a la libre circulación.

Llamamos a todas las fuerzas progresistas y revolucionarias del mundo a fortalecer la solidaridad con la lucha del hermano pueblo de Nicaragua por el restablecimiento de la paz frente a los criminales intentos desestabilizadores de la oligarquía y la derecha proimperialista, sumándonos todos a la consigna #NicaraguaQuierePaz.

Dado en La Habana, Cuba, el día 17 de julio de 2018.


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