28 de Julio del 2026, 40 aniversario del paso a la inmortalidad de los compañeros Berndt Koberstein, Yvan Leyvraz, Joël Fieux, William Blandón y Mario Acevedo
La Nicaragua que encontraron después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el 19 de julio de 1979, era un país devastado por décadas de dictadura, pobreza y desigualdad. En las zonas rurales faltaban escuelas, centros de salud, viviendas, caminos, agua potable y electricidad. La Revolución abrió una tarea inmensa: reconstruir y, al mismo tiempo, llevar derechos y servicios a quienes habían permanecido durante generaciones en el abandono.
En ese proceso llegó una extraordinaria solidaridad internacional. Médicos, maestros, técnicos, constructores, estudiantes y trabajadores viajaron a Nicaragua para compartir conocimientos y esfuerzos. Entre ellos estaban tres europeos que terminarían vinculando para siempre sus nombres con el norte del país.
Berndt Koberstein, alemán de Friburgo, tenía 29 años cuando regresó a Nicaragua en abril de 1986. Era trabajador metalúrgico formado como mecánico industrial, sindicalista y militante comunista. Ya había estado en Nicaragua en 1984, integrado en la Brigada Carlos Fonseca, que colaboró en la instalación de una imprenta para la Juventud Sandinista.
En 1986 regresó a Wiwilí para trabajar en un proyecto de agua potable. Una conducción de unos siete kilómetros debía llevar agua desde un arroyo de montaña del cerro Kilambé hasta la población, sustituyendo el abastecimiento desde el río Coco, asociado a problemas sanitarios. La obra, apoyada desde Friburgo y Europa, era para él mucho más que una infraestructura. «Este es el trabajo más bello que he hecho en mi vida», escribió.
Yvan Leyvraz, suizo nacido en 1954, tenía 32 años. Era obrero de la construcción y había llegado a Nicaragua a comienzos de 1983. Dirigió brigadas de trabajo, participó en la construcción de un puente en Matagalpa y posteriormente impulsó brigadas suizo-nicaragüenses dedicadas a viviendas y proyectos comunitarios. En Wiwilí trabajó en la construcción de casas para familias campesinas y, desde 1986, en la zona de El Cuá-Bocay. Sus conocimientos incluían construcción, carpintería y electricidad, y los compartía con trabajadores nicaragüenses.
Joël Fieux, francés de 28 años, había llegado a Nicaragua en 1980 y decidió quedarse. Había estudiado micromecánica y trabajado en imprentas vinculadas a movimientos antiimperialistas y anticolonialistas en Francia. En Nicaragua participó en la Cruzada Nacional de Alfabetización, trabajó con campesinos del norte y puso sus conocimientos gráficos y técnicos al servicio del proceso revolucionario: instaló imprentas y equipos de comunicación y produjo materiales, afiches y mantas. Estaba casado con Fátima Herrera y tenía un hijo pequeño.
William Blandón Aguilar y Mario Acevedo eran nicaragüenses y formaban parte de la estructura local que hacía posible que aquellos proyectos fueran algo más que cooperación extranjera. Representaban, desde Nicaragua, otra parte inseparable de esta historia. Ellos no habían cruzado un océano; formaban parte del propio pueblo que estaba intentando transformar su realidad. La presencia conjunta de nicaragüenses e internacionalistas muestra precisamente qué significaba aquella solidaridad: no era una historia de personas que venían de fuera para hacer algo por los demás, sino una historia de compañeros que trabajaban juntos, cada uno desde su propia experiencia, para conseguir que las comunidades pudieran vivir mejor.
William, originario de San Miguelito, Río San Juan, era Secretario Zonal de Propaganda y Educación Política en Wiwilí y atendía territorios a lo largo del Río Coco. Mario, originario de Managua según fuentes de homenaje, formaba parte del Comité de Dirección Zonal del FSLN en Wiwilí y ejercía como Ejecutivo Zonal de Gobierno. No he encontrado en las fuentes consultadas edades fiables para ambos; prefiero no inventarlas.
Así, los cinco representaban algo esencial: la solidaridad no era una relación entre quienes daban y quienes recibían. Era trabajo compartido. Un suizo constructor, un alemán dedicado al agua, un francés ligado a la comunicación y la educación política, y dos nicaragüenses integrados en la organización local coincidían en una misma tarea: transformar las condiciones de vida de las comunidades.
Pero la Nicaragua que intentaban construir vivía al mismo tiempo una guerra. Mientras unos trabajaban para llevar agua, educación, salud, electricidad y proyectos productivos a comunidades, otros intentaban impedir que ese proceso pudiera consolidarse. La guerra de la Contra convirtió muchas zonas rurales en espacios de enorme peligro y afectó directamente a las poblaciones que precisamente necesitaban más ayuda.
Aquellos internacionalistas no desconocían completamente esa realidad. Habían elegido permanecer en un país que atravesaba una situación extraordinariamente difícil porque consideraban que abandonar a Nicaragua precisamente en aquel momento habría significado renunciar al sentido de su solidaridad.
Y llegó la mañana en que todo cambió. La mañana del 28 de julio de 1986.
Los cinco se encontraban en Wiwilí y emprendieron el desplazamiento hacia Matagalpa. No era un viaje ajeno a su trabajo: regresaban de una zona donde se desarrollaban proyectos de vivienda, agua potable y otras iniciativas sociales. Una referencia histórica señala además que estaban vinculados a estudios para gestionar nuevos proyectos de desarrollo destinados a cooperativas y pobladores rurales. La carretera atravesaba La Zompopera, un lugar que ya conocía la violencia de la guerra.
Hacia las 11:30 de la mañana, dos camionetas fueron atacadas. La primera consiguió atravesar el fuego; el segundo vehículo fue alcanzado. Los ocupantes intentaron resistir hasta la llegada de fuerzas del Ejército Popular Sandinista, pero Berndt, Yvan, Joël, William y Mario fueron asesinados.
La tragedia convirtió La Zompopera en un nombre inseparable de sus cinco vidas. Pero reducirlos al modo en que murieron sería permitir que la violencia contara toda su historia.
Cuando se lee hoy la frase de Berndt. Los "millones de sueños" a los que se refería no eran una metáfora vacía. Eran los sueños concretos de personas que querían vivir mejor, tener acceso a la educación, disponer de agua potable, contar con electricidad, recibir atención médica, poder trabajar y ofrecer a sus hijos unas oportunidades que sus padres nunca habían tenido. Esos eran los sueños que aquellos compañeros habían encontrado en Nicaragua y que habían decidido ayudar a hacer posibles.
Ellos no viajaron a Nicaragua para morir. Viajaron para trabajar, construir, enseñar, organizar, imprimir, llevar agua, levantar viviendas y acompañar a campesinos.
Por eso, cuarenta años después, la memoria de La Zompopera también puede mirarse desde otro lugar: desde las transformaciones que Nicaragua ha vivido y desde aquellas necesidades que poco a poco han dejado de ser sueños para convertirse en derechos y servicios concretos.
Los sueños que continuaron caminando
El retorno del FSLN al Gobierno en 2007 permitió retomar esos sueños y abrió una nueva etapa de políticas públicas centradas en ampliar infraestructuras y servicios. No significa que todos los problemas estén resueltos; todavía existen comunidades y familias con necesidades. Pero la transformación es visible.
La electrificación ofrece uno de los ejemplos más contundentes. Según los datos oficiales publicados por el Ministerio de Energía y Minas en 2026, la cobertura eléctrica nacional alcanzó el 99,73 %. Detrás de ese porcentaje hay una transformación enorme: 10.192 proyectos de electrificación y aproximadamente 11.201 kilómetros de redes de media y baja tensión, con actuaciones extendidas por los 15 departamentos, las dos regiones autónomas y los 153 municipios del país. La dimensión del cambio se aprecia todavía mejor cuando se recuerda que alrededor de 2006 la cobertura eléctrica nacional se encontraba en torno al 54 %.
Es difícil contemplar una cifra como el 99,73 % sin pensar en lo que significa para una familia concreta. No es simplemente que una bombilla pueda encenderse al caer la noche. Tener electricidad permite a un niño estudiar después de oscurecer, conservar alimentos y medicamentos, acceder a comunicaciones y tecnologías, utilizar herramientas y desarrollar pequeñas actividades productivas. Cuando la electricidad llega a una comunidad remota, cambia las posibilidades de sus habitantes y modifica la relación de esa comunidad con el resto del país.
Con el agua ocurre algo todavía más simbólico. Berndt trabajaba en Wiwilí para sustituir un abastecimiento precario. Hoy continúan ejecutándose grandes proyectos de agua potable y saneamiento. En 2025, por ejemplo, la ampliación del sistema de Jinotepe contemplaba 73,2 kilómetros de tuberías, cuatro tanques y doce pozos para mejorar el servicio de unas 10.800 familias. El Programa de Inversión Pública 2026 mantiene el agua potable, el alcantarillado y el saneamiento entre sus principales áreas de inversión.
También la educación muestra esa continuidad. En 2026, el Programa Integral de Nutrición Escolar alcanza a más de 1,2 millones de estudiantes, con distribución de alimentos para garantizar una merienda diaria en los centros educativos. Es una política distinta a la realidad que encontraron los internacionalistas, pero responde a la misma idea de fondo: que el lugar donde nace un niño no determine para siempre sus oportunidades.
En salud, la ampliación de la red pública continúa con nuevos hospitales, centros de salud y servicios especializados. En 2025 se programaron, entre otras obras, hospitales primarios en Corn Island, Granada y San Rafael del Sur, un centro regional de hemodiálisis en Estelí y nuevas prestaciones especializadas en el Hospital Vélez Paiz. La OPS también reconoce avances recientes en un modelo de salud preventivo, gratuito, familiar y comunitario.
No debemos convertir estas cifras en una historia sin contradicciones. Tampoco podemos saber qué habrían pensado Berndt, Yvan, Joël, William y Mario al contemplar la Nicaragua actual. Pero sí podemos afirmar algo más sencillo: muchos de los problemas concretos que encontraron —agua, vivienda, electricidad, educación, salud y aislamiento rural— han sido objeto de inversión y transformación, y algunos sueños que entonces parecían lejanos se han convertido en servicios concretos.
Ahí aparece el sexto protagonista de esta historia: Nicaragua. No como un personaje abstracto, sino como el pueblo y las comunidades donde aquellos cinco hombres trabajaron. Nicaragua fue el lugar donde sus caminos se encontraron, donde la solidaridad dejó de ser una palabra para convertirse en trabajo. Y donde nos encontraremos siempre un pueblo cálido, hospitalario y agradecido a toda la solidaridad internacionalista.
Cuarenta años después
Recordarlos es un deber, pero no solamente como un acto de homenaje, sino como un deber de memoria. Ellos tuvieron nombres, familias, oficios, proyectos y sueños. Y eligieron poner una parte de todo eso al servicio de otras personas, en un país que no era el suyo porque entendieron que la solidaridad también podía ser una forma concreta de compromiso en busca de un mundo más justo y humano.
COMITÉ EUROPEO DE SOLIDARIDAD CON LA REVOLUCIÓN POPULAR SANDINISTA
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