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domingo, 21 de junio de 2026

Cuba en la mira: la guerra cognitiva y el viejo fantasma del intervencionismo estadounidense

Por Javier Huerta

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible acción militar contra Cuba han vuelto a encender las alarmas en América Latina. Más allá de si se trata de una amenaza concreta, una maniobra electoral o una provocación calculada, el episodio obliga a reflexionar sobre algo mucho más profundo: la persistencia de una lógica imperial que, desde hace más de un siglo, considera a América Latina como un espacio de influencia natural de Washington.

En este contexto, las amenazas contra Cuba no pueden analizarse como un hecho aislado ni como una simple ocurrencia de Trump. Forman parte de una estrategia política, comunicacional y geopolítica donde la presión económica, la intimidación diplomática y la guerra cognitiva actúan como herramientas complementarias para condicionar la soberanía de los pueblos.

La confusión como arma de guerra

Cada cierto tiempo, Cuba vuelve a aparecer en el discurso político estadounidense como una amenaza, una anomalía o un problema por resolver. Cambian los presidentes, cambian los lenguajes y cambian los escenarios internacionales, pero la obsesión permanece. Desde la Enmienda Platt hasta las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible acción militar contra la isla, la historia parece repetirse con distintos rostros: la dificultad de Washington para aceptar la existencia de una nación latinoamericana que reclama el derecho a decidir su propio destino.

Las palabras de Trump han generado preocupación dentro y fuera de Cuba. Algunos las interpretan como una provocación electoral, otros como una demostración de fuerza dirigida a determinados sectores políticos de Estados Unidos. Sin embargo, centrar el debate únicamente en la figura del expresidente sería un error. La cuestión de fondo es mucho más profunda y tiene que ver con una larga tradición política que atraviesa administraciones republicanas y demócratas por igual: la convicción de que Estados Unidos posee el derecho de influir, condicionar o incluso determinar el rumbo político de aquellos países que considera estratégicos para sus intereses.

Una historia que se repite

La relación entre Estados Unidos y Cuba no comenzó con la Revolución de 1959 ni con la llegada de Fidel Castro al poder. Sus raíces se hunden mucho más atrás, en una historia marcada por la dificultad de Washington para aceptar una Cuba plenamente soberana. Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, Estados Unidos se presentó ante el mundo como el libertador de la isla frente al dominio colonial español. Sin embargo, aquella liberación pronto mostró sus límites. La Enmienda Platt, impuesta en 1901 bajo presión estadounidense, otorgó a Washington el derecho de intervenir militarmente en Cuba cuando considerara amenazados sus intereses y consolidó una relación profundamente desigual que incluía la cesión de territorios estratégicos como Guantánamo.

Aquella disposición jurídica no fue un episodio aislado, sino la expresión temprana de una doctrina que consideraba a América Latina como una zona natural de influencia estadounidense. Esta visión hundía sus raíces en la Doctrina Monroe de 1823, resumida en la célebre fórmula "América para los americanos", que con el paso del tiempo terminó interpretándose como el derecho de Washington a intervenir en los asuntos del continente cuando considerara amenazados sus intereses estratégicos. Cuba podía ser formalmente independiente, pero no completamente libre para decidir su propio destino.

Por primera vez, un gobierno latinoamericano desafiaba abiertamente la hegemonía de Washington a escasos kilómetros de sus costas. La respuesta llegó en abril de 1961, cuando la CIA organizó y financió la invasión de Bahía de Cochinos mediante una fuerza de exiliados cubanos entrenados para derrocar al nuevo gobierno revolucionario. La operación terminó en un fracaso histórico para Estados Unidos, pero dejó al descubierto algo mucho más importante: la disposición de la principal potencia mundial a intervenir cuando un proceso político escapa a su control.

Lejos de representar una excepción, Bahía de Cochinos formó parte de un patrón que se repetiría en distintos momentos y lugares del continente. En 1954, Estados Unidos impulsó el derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala. En 1965 intervino militarmente en República Dominicana. Durante las décadas de 1970 y 1980 respaldó o colaboró con dictaduras militares que asolaron buena parte de América Latina. La Operación Cóndor, coordinada entre diversos regímenes autoritarios sudamericanos, dejó miles de desaparecidos, presos políticos, torturados y asesinados bajo la bandera de la lucha anticomunista. Detrás de aquellos acontecimientos existía un mismo principio: impedir que surgieran proyectos políticos capaces de cuestionar los intereses estratégicos de Washington.

Por eso las amenazas actuales contra Cuba no pueden interpretarse como simples declaraciones coyunturales. Forman parte de una continuidad histórica que atraviesa generaciones y administraciones. Cambian los métodos, cambian los discursos y cambian las justificaciones, pero la lógica de fondo permanece sorprendentemente intacta.

La guerra cognitiva y la doble vara de Washington

En el siglo XXI, sin embargo, las formas de presión han evolucionado. Las guerras ya no se libran exclusivamente mediante invasiones militares o golpes de Estado. Hoy también se combaten a través de sanciones económicas, campañas mediáticas, operaciones psicológicas y estrategias de influencia destinadas a moldear la percepción pública.

Es en este contexto donde adquiere relevancia el concepto de guerra cognitiva. No se trata simplemente de difundir información falsa. La guerra cognitiva busca crear incertidumbre, generar miedo, saturar el debate público con mensajes contradictorios y erosionar la capacidad de las sociedades para distinguir entre hechos, interpretaciones y propaganda. Su objetivo es conquistar la mente antes que el territorio.

Trump ha convertido esta lógica en una herramienta habitual de comunicación política. Sus declaraciones ambiguas y provocadoras generan impacto inmediato, desplazan el debate hacia el terreno emocional y obligan a gobiernos, medios de comunicación y ciudadanos a reaccionar constantemente ante escenarios inciertos. Pero reducir este fenómeno a la personalidad de Trump sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente importante es que la incertidumbre se ha convertido en un instrumento de poder dentro de una estrategia más amplia de presión geopolítica.

La amenaza, incluso cuando no llega a concretarse, ya cumple una función política.

A ello se suma una herramienta que durante décadas ha demostrado ser tan eficaz como silenciosa: las sanciones económicas. El bloqueo impuesto contra Cuba constituye uno de los ejemplos más prolongados de coerción económica contemporánea. Durante más de sesenta años, la isla ha enfrentado restricciones comerciales, financieras y tecnológicas que han condicionado profundamente su desarrollo económico y social. Las dificultades para acceder a créditos internacionales, adquirir determinados bienes o establecer relaciones comerciales normales con numerosos países han tenido un impacto directo sobre la vida cotidiana de millones de cubanos.

Washington presenta estas medidas como instrumentos destinados a promover la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, resulta difícil ignorar una contradicción evidente. Si el objetivo es mejorar las condiciones de vida de la población cubana, ¿cómo justificar políticas que contribuyen precisamente a deteriorarlas? La lógica parece responder menos a una preocupación humanitaria que a una estrategia de desgaste destinada a generar presión interna sobre el gobierno de la isla.

Es aquí donde emerge con claridad la doble vara que caracteriza buena parte de la política exterior estadounidense. Estados Unidos se presenta frecuentemente como defensor global de la democracia, los derechos humanos y el orden internacional basado en normas. Sin embargo, a lo largo de su historia ha mantenido estrechas alianzas con monarquías absolutas, gobiernos autoritarios y regímenes responsables de graves violaciones de derechos humanos cuando estos resultaban funcionales a sus intereses geopolíticos.

La contradicción es difícil de ocultar. Washington condena determinadas vulneraciones de derechos fundamentales mientras guarda silencio ante otras. Defiende con firmeza su soberanía nacional frente a cualquier injerencia externa, pero cuestiona la de aquellos países que se niegan a alinearse con sus prioridades estratégicas. Exige respeto a las normas internacionales cuando estas favorecen sus intereses, mientras no duda en ignorarlas cuando las considera un obstáculo.

No se trata de una incoherencia accidental, sino de una forma de entender las relaciones internacionales donde los principios universales suelen quedar subordinados a los intereses de poder.

América Latina ante un desafío histórico

La discusión sobre Cuba trasciende ampliamente las fronteras de la isla. Cuba representa mucho más que un pequeño país del Caribe. Para millones de personas en América Latina simboliza la posibilidad —con todas sus contradicciones, aciertos y errores— de sostener un proyecto político independiente frente a la principal potencia del planeta. Esa dimensión simbólica explica en parte por qué sigue ocupando un lugar tan relevante en el imaginario político regional y por qué continúa siendo objeto de una presión tan persistente.

Cada amenaza de intervención, cada nueva sanción y cada intento de aislamiento envían un mensaje que va mucho más allá de La Habana. El mensaje es que la autonomía política sigue teniendo límites cuando entra en conflicto con determinados intereses geopolíticos. Por eso el debate no debería reducirse a la simpatía o antipatía que cada persona pueda sentir hacia el gobierno cubano. La cuestión central es otra: si una potencia extranjera tiene derecho a decidir qué gobiernos son legítimos y cuáles deben ser reemplazados.

Las declaraciones de Trump deben entenderse dentro de ese marco más amplio. No son simplemente una anécdota ni una excentricidad política. Son el reflejo de una visión del mundo que continúa considerando legítimo ejercer presión permanente sobre aquellos países que intentan seguir caminos propios.

La historia latinoamericana demuestra que las intervenciones externas rara vez han traído democracia, estabilidad o prosperidad duradera. Lo que sí han dejado con frecuencia son heridas profundas, dependencia económica, fracturas sociales y generaciones enteras marcadas por la violencia política.

Tal vez la pregunta no sea cuándo dejará Estados Unidos de intervenir, presionar o amenazar a los países de América Latina. Tal vez la verdadera pregunta sea cuándo América Latina terminará de convencerse de que su soberanía no puede depender de la autorización de ninguna potencia extranjera.

Porque la independencia no se pierde únicamente cuando desembarcan los marines. También se pierde cuando los pueblos aceptan que otros tienen derecho a decidir por ellos.

Y mientras esa lógica continúe vigente, la soberanía latinoamericana seguirá siendo una tarea pendiente, una conquista inacabada y uno de los grandes desafíos políticos de nuestro tiempo.

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viernes, 22 de mayo de 2026

Cuba, el gigante Raúl y el payaso Trump

Por Fabrizio Casari

* La acusación contra Raúl, ministro de Defensa de Cuba en 1996, carece de sentido desde el punto de vista jurídico. Es una acusación completamente política, reflejo de un odio y una sed de venganza por no haber podido ni sabido derrotar casi 70 años de socialismo cubano a solo 90 millas de sus costas.

La presunta imputación del general cubano Raúl Castro y el envío del portaaviones de propulsión nuclear Nimitz al Caribe, son las dos piezas de la partida que Trump pretende jugar contra Cuba. La isla socialista quizá le parezca la única vía de escape ante la enésima humillación militar sufrida en el Golfo Pérsico y, en cualquier caso, constituye un gesto debido a la comunidad cubano-estadounidense de Florida.

Esta comunidad cuenta con nada menos que 11 diputados, una poderosa capacidad de presión financiera y una red de vínculos con la galaxia neonazi en todo Estados Unidos, que resultó muy útil en la votación que devolvió a Donald Trump a la Casa Blanca, pero que hoy aparece desorientada y decepcionada por el gobierno del desequilibrado mandatario.

La acusación contra Raúl, ministro de Defensa de Cuba en 1996, carece de sentido desde el punto de vista jurídico. Es una acusación completamente política, reflejo de un odio y una sed de venganza por no haber podido ni sabido derrotar casi 70 años de socialismo cubano a solo 90 millas de sus costas. Pero veamos específicamente a qué se refiere formalmente.

Estamos en febrero de 1996, durante la administración Clinton, cuando el lobby cubano-estadounidense de Miami se moviliza para impedir hipotéticos y poco probables alivios del bloqueo contra Cuba. Ordena a José Basulto, colaborador de la CIA y jefe de la organización Hermanos al Rescate, llegar con dos avionetas turísticas a las costas cubanas y montar un espectáculo propagandístico. Cuba, sin embargo, como cualquier país del mundo, advierte que no tolerará nuevas incursiones ilegítimas en su espacio aéreo.

Las advertencias llegan directamente tanto al gobierno estadounidense, responsable por jurisdicción de lo que ocurre en los aeropuertos de EE. UU., como a la Administración Federal de Aviación, encargada de otorgar las autorizaciones necesarias para las operaciones aeroportuarias. Las autoridades estadounidenses comprenden perfectamente la situación y piden a los propietarios de aeronaves privadas que renuncien a volar hacia el espacio aéreo cubano si no cuentan con autorización expresa de las autoridades de la isla. La propia Casa Blanca invita a abstenerse de provocaciones. Pero en Miami cuentan con que Cuba reaccionará, y entonces la tensión internacional sería altísima, o bien no reaccionará con fuerza y, en consecuencia, el prestigio de la isla quedará seriamente golpeado.

El 24 de febrero tiene lugar la provocación en el cielo entre Miami y Cuba. Como establecen los procedimientos internacionales para los casos de violación del espacio aéreo, los pilotos cubanos advierten tres veces a la tripulación de las dos avionetas turísticas que deben regresar, pero no reciben respuesta. Ignoradas las tres advertencias, los aviones continúan hacia el espacio aéreo cubano y entonces dos MiG de la aviación militar abren fuego. Las dos aeronaves de los gusanos son derribadas.

No había muchas alternativas y Cuba ya había tenido ejemplos significativos de lo que significaba aplicar tolerancia política ante estas provocaciones: atentados de diversa naturaleza, entre ellos disparos contra bañistas en la playa de Varadero, agentes químicos arrojados sobre campos cultivados para envenenar los alimentos y una campaña de terror hecha de asesinatos, secuestros y bombas. Había llegado el momento de desmentir a quienes creían poder atacar a la isla impunemente.

Para quienes conocen la historia del terrorismo cubano-estadounidense contra Cuba, no hay mucho de nuevo ni en la acción de los gusanos ni en la reacción de las fuerzas de seguridad cubanas. Hermanos al Rescate o Alpha 66 son dos de las varias siglas pertenecientes a la galaxia de la FNCA que, bajo la mirada complaciente de la CIA y de las autoridades federales de Florida, se entrenan en los Everglades y organizan los atentados que se ejecutan en la isla.

Las agresiones terroristas se llevan a cabo desde los años sesenta, pero desde mediados de los años ochenta, con el nacimiento de la Fundación Nacional Cubano Americana, fundada por el fallecido Jorge Mas Canosa de acuerdo con el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan, los ataques desde el mar, los atentados en terrenos agrícolas y las bombas en los hoteles de la capital adquirieron continuidad operativa. El más famoso y sangriento de todos sigue siendo el de octubre de 1976, cuando José Posada Carriles y Orlando Bosch colocaron una bomba en un avión de Cubana de Aviación que explotó sobre el cielo de Barbados. Murieron todos los pasajeros y tripulantes, un total de 73 personas, entre ellas la selección nacional cubana de esgrima.

Algunos dijeron que lo ocurrido en febrero de 1996 significó una nueva victoria de los gusanos de Miami y un error de Cuba, pero es una lectura excesivamente politizada que ignora la dinámica histórica. En aquella circunstancia, Cuba no tenía muchas opciones: su rendición no habría sido recompensada con una hipotética mejora de las relaciones con Washington, sino que habría significado el fin de toda credibilidad política. Además, Estados Unidos nunca impuso el bloqueo y las posteriores sanciones en función de una mayor o menor flexibilidad negociadora de La Habana. El bloqueo es una mezcla de venganza histórico-política e intereses concretos que solo pueden ser erosionados mediante la rendición total del gobierno socialista y la devolución de la isla a Estados Unidos.

Por otra parte, para señalar la continuidad histórica del terrorismo contra Cuba ni siquiera hace falta retroceder demasiado en el tiempo. El 26 de febrero de este año, quizá para celebrar a su manera lo ocurrido a José Basulto y sus socios veinte años antes, hubo un nuevo intento – frustrado por una patrulla de la guardia costera cubana – de penetrar el territorio cubano con una lancha rápida. Supuestamente querían lanzar panfletos, pero a bordo viajaba un comando terrorista fuertemente armado que, al recibir la solicitud de identificación de la embarcación con bandera estadounidense y registrada en Miami, respondió abriendo fuego contra la Guardia Costera cubana. La reacción de los militares de La Habana fue rápida, precisa y letal: seis terroristas murieron, cuatro resultaron heridos y fueron arrestados, y la lancha fue confiscada.

En la embarcación había fusiles de asalto, pistolas, cócteles molotov, chalecos antibalas y uniformes para disfrazarse de personal militar cubano. Entre los arrestados figuraba Amijail Sánchez González, cuyo perfil de Facebook muestra imágenes de incendios en edificios y terrenos agrícolas de la isla. También fue detenido Duniel Hernández Santos, procedente igualmente de Estados Unidos, encargado de recibir en Villa Clara a los hombres y armas que viajaban en la lancha.

La FNCA es el centro organizativo y el terminal político, financiero y operativo de todo el terrorismo radicado en Florida, donde ejerce una presión política constante sobre los partidos y las instituciones estadounidenses, con las que comparte la obsesión criminal contra Cuba. La FNCA se mantiene viva gracias a fondos federales y donaciones privadas, además de una red de negocios y licencias comerciales favorecidas en distintos sectores, desde la construcción hasta el comercio y los servicios. También contribuyen a su enriquecimiento algunas medidas legislativas, como la ley del “pie mojado”, que permite a cualquier cubano obtener primero el estatus de refugiado y luego la ciudadanía, siempre que haya tocado suelo estadounidense, incluso llegando ilegalmente.

Con el nombramiento de Marco Rubio como secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional – un interinato inédito en la historia de Estados Unidos – el nivel de agresión contra Cuba ha alcanzado la cúspide institucional. Rubio, hijo de cubano-estadounidenses que huyeron de Cuba cuando aún gobernaban los estadounidenses a través del dictador Fulgencio Batista (uno de los tantos militares criminales colocados al mando de países latinoamericanos por Washington), es expresión directa de la FNCA, que siempre patrocinó su carrera política y logró su nombramiento.

Rubio es consciente de que su destino político – y quizá su propia supervivencia – está ligado al fin del sistema cubano. Su tarea consiste en forzar a Trump a adoptar medidas que puedan provocar la rendición del socialismo, llevando a la isla al límite, cercándola y privándola de bienes mediante todo tipo de operaciones comerciales coercitivas. Que lo logre o no, está por verse.

En la provocación actual de Trump no existe, como en otros escenarios, un verdadero diseño geopolítico: Cuba ya no determina desde hace tiempo la correlación de fuerzas en el continente. Se trata más bien, además del plano ideológico y de su fuerte componente simbólico, de recuperar el voto de la ultraderecha decepcionada con el magnate, acariciando una obsesión enfermiza alimentada por el odio y el deseo de venganza contra quienes han desafiado y derrotado durante décadas el dominio imperial sobre la isla. El objetivo es demostrar la imposibilidad de desafiar y vencer al imperio a las puertas de su casa. Se quiere borrar una isla grande como un mundo, que ha alimentado con su ejemplo a generaciones y países y que ha demostrado saber gestionar y defenderse, tanto de la fuerza, como del declive del imperio.

Son muchos los indicios de que ha comenzado el asalto definitivo contra el socialismo cubano. Pero incluso en una situación dramática, Cuba sabrá encontrar recursos y soluciones para resistir. Quien crea que es posible repetir lo ocurrido en Venezuela se equivoca por completo. Cuba es otra historia: su pueblo, su partido y su ejército son muy distintos.

Las consecuencias, en distintos niveles, de un ataque militar contra la isla, situada a solo 90 millas del territorio estadounidense – lo que también los hace vulnerables – son difíciles de imaginar, pero desde luego serían cualquier cosa menos un paseo de unas pocas horas. Además de los militares estadounidenses que no regresarían a casa y el enorme costo global de una aventura insensata, en Washington existe el temor a una emigración masiva en caso de conflicto armado, lo que supone de por sí un riesgo político elevadísimo para Estados Unidos. La Casa Blanca parece concentrada únicamente en sus nuevos salones de baile. Y deberá prepararse para bailar un Son combativo.


Fuente: 
https://nicaleaks.com/cuba-el-gigante-raul-y-el-payaso-trump/

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