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s谩bado, 19 de septiembre de 2026

Los Vargas Llosa, el fujimorismo y el nuevo Per煤 de Trump: cuando el neoliberalismo se encuentra con la ultraderecha

Por Javier Huerta


Hay apellidos que forman parte de la historia pol铆tica de un pa铆s hasta el punto de convertirse en aut茅nticos s铆mbolos de una determinada 茅poca. En el Per煤 contempor谩neo, Vargas Llosa y Fujimori representan dos de esos apellidos. Durante d茅cadas estuvieron enfrentados y llegaron a encarnar proyectos pol铆ticos que parec铆an irreconciliables dentro del campo de la derecha peruana. En 1990, Mario Vargas Llosa concurri贸 a las elecciones presidenciales al frente del Frente Democr谩tico, defendiendo un programa de profundas reformas econ贸micas basado en la liberalizaci贸n, la apertura de la econom铆a y una reducci贸n sustancial de la intervenci贸n del Estado. Frente a 茅l apareci贸 Alberto Fujimori, un candidato hasta entonces pr谩cticamente desconocido para buena parte de las 茅lites pol铆ticas y econ贸micas del pa铆s, que acabar铆a imponi茅ndose en las urnas. Lo que vino despu茅s marcar铆a profundamente la historia peruana: el autogolpe de 1992, la concentraci贸n del poder, la corrupci贸n y las graves violaciones de derechos humanos cometidas durante su r茅gimen. Vargas Llosa se convirti贸 entonces en uno de los principales adversarios intelectuales del fujimorismo. Sin embargo, tres d茅cadas despu茅s, aquella antigua frontera pol铆tica se ha desdibujado hasta pr谩cticamente desaparecer. El hijo del hombre que se enfrent贸 electoralmente a Alberto Fujimori se prepara ahora para representar en Washington al Gobierno de su hija, Keiko Fujimori, precisamente cuando Lima estrecha sus relaciones pol铆ticas y de seguridad con la Administraci贸n de Donald Trump.

La evoluci贸n pol铆tica de Mario Vargas Llosa ayuda a comprender c贸mo se ha producido este desplazamiento. El escritor no comenz贸 su trayectoria en la derecha. Durante su juventud mantuvo posiciones de izquierda y lleg贸 a simpatizar con la Revoluci贸n cubana, pero su posterior ruptura con el castrismo y su evoluci贸n intelectual le llevaron hacia el liberalismo pol铆tico y econ贸mico. A partir de los a帽os ochenta se convirti贸 en uno de los principales defensores latinoamericanos de las pol铆ticas de mercado, la propiedad privada, la reducci贸n del papel econ贸mico del Estado y la apertura de las econom铆as nacionales. Su candidatura presidencial de 1990 fue la expresi贸n pol铆tica de esa transformaci贸n. A partir de entonces, Vargas Llosa pas贸 a ser una de las figuras intelectuales m谩s influyentes del liberalismo latinoamericano, participando activamente en los debates pol铆ticos de la regi贸n y respaldando durante a帽os proyectos que defend铆an la aplicaci贸n de pol铆ticas econ贸micas neoliberales. Pero aquella evoluci贸n continuar铆a. Con el paso del tiempo, su oposici贸n a la izquierda fue adquiriendo una importancia cada vez mayor y sus alianzas pol铆ticas comenzaron a aproximarle a sectores conservadores que ya no representaban 煤nicamente el viejo liberalismo econ贸mico. Su apoyo a Jair Bolsonaro en Brasil, a Jos茅 Antonio Kast en Chile y a otras candidaturas de la derecha radical latinoamericana mostr贸 hasta qu茅 punto hab铆a cambiado el espacio pol铆tico en el que se mov铆a. Lo significativo no es solamente la trayectoria individual del escritor, sino un fen贸meno mucho m谩s amplio: una parte del antiguo liberalismo latinoamericano ha terminado encontrando espacios de coincidencia con las nuevas derechas radicales, incorporando a su defensa del mercado posiciones mucho m谩s duras en materia de seguridad, inmigraci贸n, identidad, orden p煤blico y confrontaci贸n con la izquierda.

El cambio resulta especialmente revelador cuando se observa la relaci贸n con el fujimorismo. Durante a帽os Vargas Llosa sostuvo una oposici贸n frontal a Alberto Fujimori y posteriormente a su hija Keiko. Sin embargo, en 2021, ante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo, el escritor pidi贸 votar por la candidata de Fuerza Popular. El argumento utilizado entonces fue que, frente a Castillo, hab铆a que optar por Fujimori como alternativa para impedir el avance de la izquierda. Aquella decisi贸n cerr贸 una de las grandes contradicciones de su trayectoria pol铆tica: quien hab铆a construido buena parte de su identidad p煤blica enfrent谩ndose al fujimorismo termin贸 respaldando electoralmente a su principal heredera pol铆tica. Despu茅s de su muerte, esa aproximaci贸n no desapareci贸 con 茅l. 脕lvaro Vargas Llosa asumi贸 p煤blicamente el respaldo a Keiko Fujimori durante las elecciones de 2026, llegando a sostener que su padre probablemente tambi茅n habr铆a apoyado su candidatura. El movimiento adquiri贸 una dimensi贸n institucional cuando Keiko Fujimori anunci贸 que 脕lvaro Vargas Llosa ser铆a propuesto como embajador del Per煤 en Estados Unidos. Si el proceso diplom谩tico culmina formalmente, ser谩 precisamente el hijo de aquel candidato presidencial que en 1990 se enfrent贸 a Alberto Fujimori quien representar谩 en Washington al Gobierno de la hija de su antiguo adversario.

La fotograf铆a pol铆tica adquiere todav铆a mayor significado por el momento en que se produce. El anuncio del futuro embajador coincide con una ofensiva diplom谩tica del Gobierno peruano para estrechar sus relaciones con Estados Unidos y con la visita a Lima del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio. Durante esa visita, Keiko Fujimori confirm贸 la incorporaci贸n del Per煤 al denominado Escudo de las Am茅ricas, iniciativa promovida por Washington para reforzar la cooperaci贸n entre distintos gobiernos del continente en materia de seguridad y lucha contra las organizaciones criminales transnacionales. La medida ha sido presentada por el Gobierno peruano como una respuesta necesaria ante el crecimiento del crimen organizado y como una forma de mejorar la cooperaci贸n internacional, pero se produce dentro de un contexto geopol铆tico mucho m谩s amplio. La Administraci贸n Trump est谩 tratando de recuperar espacio pol铆tico y estrat茅gico en Am茅rica Latina, al mismo tiempo que observa con creciente preocupaci贸n la expansi贸n de la presencia econ贸mica de China en la regi贸n. Per煤 ocupa una posici贸n especialmente importante en esta disputa debido a sus relaciones comerciales con China y a la importancia estrat茅gica adquirida por el puerto de Chancay. De esta manera, la nueva relaci贸n con Washington no puede contemplarse 煤nicamente desde la perspectiva de la lucha contra el narcotr谩fico o la delincuencia: forma parte tambi茅n de una pugna por la influencia econ贸mica, pol铆tica y estrat茅gica en el Pac铆fico latinoamericano.

El Gobierno de Keiko Fujimori est谩 construyendo buena parte de su discurso alrededor de la seguridad y de la necesidad de recuperar la autoridad del Estado frente al crimen organizado. En un pa铆s que arrastra una profunda crisis institucional y una percepci贸n creciente de inseguridad, ese discurso encuentra un terreno especialmente favorable. El problema aparece cuando la respuesta a la criminalidad comienza a traducirse en una ampliaci贸n permanente de las facultades de las fuerzas de seguridad, una reducci贸n de los controles sobre su actuaci贸n o una utilizaci贸n cada vez m谩s amplia de instrumentos excepcionales. En julio de 2026, por ejemplo, fue promulgada una reforma que ampl铆a la competencia de la justicia militar y policial sobre determinados delitos cometidos por integrantes de las Fuerzas Armadas y la Polic铆a, incluso en circunstancias que afectan a civiles. Organizaciones como Amnist铆a Internacional y Human Rights Watch han expresado preocupaci贸n por las consecuencias que este tipo de reformas pueden tener para la investigaci贸n y persecuci贸n de posibles violaciones de derechos humanos. La Comisi贸n Interamericana de Derechos Humanos tambi茅n ha advertido sobre actuaciones que pueden afectar a la independencia judicial. Estas advertencias adquieren un significado especial en Per煤 porque la historia reciente del pa铆s est谩 marcada precisamente por los abusos cometidos bajo gobiernos que utilizaron la lucha contra el terrorismo y la defensa del orden p煤blico como justificaci贸n para ampliar el poder de los aparatos estatales de seguridad.

No se trata de negar la existencia del crimen organizado ni la necesidad de combatirlo. Per煤 se enfrenta a problemas reales de violencia, narcotr谩fico, extorsi贸n y penetraci贸n de organizaciones criminales, y cualquier gobierno tiene la obligaci贸n de proteger a la poblaci贸n. La cuesti贸n pol铆tica es otra: qu茅 instrumentos utiliza el Estado para hacerlo y cu谩les son los l铆mites que est谩 dispuesto a respetar. La experiencia hist贸rica demuestra que la seguridad puede convertirse en una herramienta pol铆tica extraordinariamente poderosa cuando se presenta como una cuesti贸n absoluta frente a la cual cualquier garant铆a democr谩tica aparece como un obst谩culo. Ese fue uno de los mecanismos utilizados durante el fujimorismo de los a帽os noventa, aunque el contexto actual sea diferente y no pueda establecerse una equivalencia autom谩tica entre ambos periodos. Precisamente por ello resulta necesario observar con atenci贸n la evoluci贸n de las instituciones, el papel concedido a las Fuerzas Armadas y a la Polic铆a, las reformas judiciales y la utilizaci贸n pol铆tica del discurso de la mano dura.

El paralelismo con la experiencia fujimorista tampoco puede reducirse a la cuesti贸n de la seguridad. Existe una dimensi贸n econ贸mica que resulta fundamental para comprender la continuidad de determinadas pol铆ticas. El r茅gimen de Alberto Fujimori consolid贸 en los a帽os noventa un modelo econ贸mico basado en la apertura de los mercados, las privatizaciones, la reducci贸n de la intervenci贸n estatal y la atracci贸n de capital extranjero. Aquel proceso transform贸 profundamente la econom铆a peruana y dej贸 una estructura neoliberal que, con diferentes gobiernos y matices, ha sobrevivido durante d茅cadas. Las fuerzas pol铆ticas que se han sucedido en el poder han discutido sobre numerosas cuestiones, pero el modelo econ贸mico fundamental ha demostrado una extraordinaria capacidad de permanencia. El debate actual se desarrolla, por tanto, sobre una estructura que contin煤a concediendo un enorme peso a la inversi贸n privada y al mercado, mientras amplios sectores sociales siguen reclamando respuestas frente a la desigualdad, la precariedad y la debilidad de los servicios p煤blicos. El neoliberalismo no desapareci贸 con Fujimori; se convirti贸 en parte estructural del sistema pol铆tico y econ贸mico peruano.

Lo que est谩 cambiando ahora es la forma de proteger y reforzar ese modelo en un contexto pol铆tico mucho m谩s polarizado. Las derechas latinoamericanas de las 煤ltimas d茅cadas han aprendido que ya no basta con defender las privatizaciones, la liberalizaci贸n econ贸mica o la reducci贸n del Estado. Las nuevas derechas incorporan un discurso mucho m谩s agresivo contra la izquierda, los movimientos sociales y las pol铆ticas redistributivas, al tiempo que convierten la seguridad, la autoridad y la defensa del orden en elementos centrales de su identidad. Es una combinaci贸n que puede observarse, con caracter铆sticas diferentes, en varios pa铆ses de la regi贸n y que mantiene una relaci贸n cada vez m谩s estrecha con determinadas corrientes de la derecha estadounidense. En este nuevo escenario, Trump no representa simplemente una referencia electoral para los conservadores latinoamericanos, sino un modelo pol铆tico que combina nacionalismo, proteccionismo selectivo, confrontaci贸n con la izquierda, endurecimiento de las pol铆ticas migratorias, fortalecimiento del aparato de seguridad y una pol铆tica exterior destinada a recuperar la primac铆a estadounidense en el hemisferio.

La Administraci贸n Trump est谩 intentando reconstruir precisamente esa influencia. La seguridad constituye uno de los instrumentos principales, pero detr谩s de ella existe una agenda geopol铆tica m谩s amplia. Washington quiere fortalecer sus alianzas con gobiernos considerados pr贸ximos, aumentar la cooperaci贸n militar y policial, contener la influencia de China y recuperar capacidad de intervenci贸n pol铆tica en una regi贸n donde durante las 煤ltimas d茅cadas otros actores han ganado espacio. La nueva pol铆tica estadounidense hacia Am茅rica Latina est谩 encontrando interlocutores especialmente receptivos entre los gobiernos de derecha que comparten la preocupaci贸n por la expansi贸n de China y que consideran la cooperaci贸n con Estados Unidos una herramienta para combatir el crimen organizado. La incorporaci贸n de Per煤 al Escudo de las Am茅ricas encaja en esa estrategia y sit煤a a Lima dentro de una red de cooperaci贸n regional impulsada directamente desde Washington.

La cuesti贸n de China resulta especialmente relevante para entender el inter茅s estadounidense por Per煤. Durante los 煤ltimos a帽os, China se ha convertido en uno de los principales socios comerciales del pa铆s y su presencia en infraestructuras estrat茅gicas ha crecido considerablemente. El puerto de Chancay, construido con participaci贸n de la empresa china COSCO Shipping Ports, es el ejemplo m谩s visible. Para Per煤, la relaci贸n econ贸mica con China tiene una importancia indiscutible; para Washington, la expansi贸n de la presencia china en el Pac铆fico sudamericano constituye un desaf铆o estrat茅gico. El Gobierno de Keiko Fujimori no ha roto sus relaciones econ贸micas con Pek铆n, pero su decisi贸n de profundizar el v铆nculo pol铆tico y de seguridad con Estados Unidos introduce una nueva dimensi贸n en el equilibrio internacional peruano. La disputa entre Washington y Pek铆n se proyecta as铆 sobre un pa铆s que se encuentra en una posici贸n econ贸mica y geogr谩fica especialmente sensible.

En este escenario es donde el nombramiento de 脕lvaro Vargas Llosa adquiere un significado que va mucho m谩s all谩 de su condici贸n de embajador. Su trayectoria familiar representa una parte de la evoluci贸n de las 茅lites intelectuales de la derecha latinoamericana: del liberalismo cl谩sico al neoliberalismo y, posteriormente, a una aproximaci贸n cada vez mayor a las nuevas derechas conservadoras. Su llegada a Washington como representante de un Gobierno fujimorista que est谩 estrechando sus v铆nculos con Trump convierte esa evoluci贸n en una imagen pol铆tica dif铆cil de ignorar. El apellido Vargas Llosa, que durante d茅cadas fue asociado a la oposici贸n al fujimorismo, aparece ahora integrado en el proyecto internacional del nuevo fujimorismo. La contradicci贸n hist贸rica no es menor, porque revela hasta qu茅 punto las antiguas divisiones dentro de la derecha peruana han quedado subordinadas a una nueva confrontaci贸n pol铆tica en la que el principal enemigo com煤n es la izquierda y en la que la alianza con Washington vuelve a ocupar un lugar central.

Esta transformaci贸n tambi茅n obliga a revisar una idea que durante mucho tiempo se present贸 como incuestionable: que liberalismo econ贸mico y autoritarismo pol铆tico pertenecen necesariamente a campos diferentes. La historia latinoamericana demuestra que pueden coexistir y que, en determinados momentos, las 茅lites econ贸micas pueden considerar 煤til un Estado fuerte para garantizar la estabilidad del modelo econ贸mico. Eso no significa que todo liberal sea autoritario ni que cualquier gobierno que defienda pol铆ticas de mercado termine necesariamente recurriendo a pr谩cticas autoritarias. Significa que la defensa del mercado y la defensa de las libertades pol铆ticas no son autom谩ticamente la misma cosa, y que la experiencia peruana de los a帽os noventa constituye uno de los ejemplos m谩s claros de c贸mo ambas dimensiones pueden separarse.

El Per煤 actual se encuentra ante una situaci贸n diferente, pero algunas de aquellas tensiones vuelven a aparecer bajo nuevas formas. El Gobierno de Keiko Fujimori combina la defensa de un modelo econ贸mico consolidado durante d茅cadas con un discurso de autoridad y seguridad cada vez m谩s marcado, mientras refuerza su relaci贸n estrat茅gica con Estados Unidos. En paralelo, distintos organismos internacionales han expresado preocupaci贸n por determinadas reformas relacionadas con la justicia, las fuerzas de seguridad y la independencia institucional. No ser铆a correcto afirmar que todas estas medidas convierten autom谩ticamente al Per煤 en una dictadura ni que el pa铆s reproduce exactamente el r茅gimen de Alberto Fujimori. Pero tampoco resulta razonable ignorar las se帽ales que generan preocupaci贸n cuando el fortalecimiento del poder ejecutivo, la ampliaci贸n de las competencias de las fuerzas de seguridad y el debilitamiento de determinados controles institucionales aparecen simult谩neamente.

La historia de los Vargas Llosa permite observar esta transformaci贸n desde una perspectiva particularmente reveladora. Mario Vargas Llosa pas贸 de la izquierda de su juventud al liberalismo y termin贸 apoyando a candidatos situados en la derecha radical. Despu茅s de su muerte, su hijo 脕lvaro se ha convertido en uno de los apoyos p煤blicos de Keiko Fujimori y est谩 llamado a ocupar un puesto clave en Washington. Mientras tanto, la presidenta peruana profundiza la relaci贸n con una Administraci贸n estadounidense que est谩 tratando de reorganizar las alianzas pol铆ticas y de seguridad del continente. Lo que hace treinta a帽os parec铆a una contradicci贸n —Vargas Llosa y Fujimori enfrentados— hoy aparece como una convergencia pol铆tica dentro de una derecha peruana que ha cambiado profundamente.

No estamos simplemente ante la historia de una familia ni ante una reconciliaci贸n entre dos viejos adversarios. Lo que se est谩 produciendo es una transformaci贸n de las derechas latinoamericanas en la que el viejo programa neoliberal permanece, pero se combina cada vez m谩s con discursos de orden, seguridad, nacionalismo y confrontaci贸n frontal con la izquierda. El fujimorismo peruano se inserta en esa corriente mientras busca estrechar sus relaciones con Washington y participar en la arquitectura de seguridad que la Administraci贸n Trump est谩 impulsando en Am茅rica Latina. Y los Vargas Llosa, que durante d茅cadas representaron una de las expresiones intelectuales m谩s conocidas del liberalismo latinoamericano, han terminado ocupando un espacio dentro de esa misma convergencia.

Per煤 vuelve as铆 a convertirse en un laboratorio pol铆tico de enorme importancia para Am茅rica Latina. El pa铆s deber谩 afrontar simult谩neamente la inseguridad, la desigualdad, la crisis de representaci贸n, la debilidad de sus instituciones y la presi贸n de una disputa geopol铆tica cada vez m谩s intensa entre Estados Unidos y China. La respuesta que est谩 ofreciendo el Gobierno de Keiko Fujimori pasa por reforzar la seguridad, consolidar el modelo econ贸mico heredado del ciclo neoliberal y estrechar la alianza con Washington. El problema que queda abierto es si ese camino permitir谩 resolver las profundas fracturas sociales del pa铆s o si terminar谩 profundizando un modelo en el que la autoridad del Estado se fortalece mientras las causas sociales de la desigualdad y la exclusi贸n permanecen intactas.

La fotograf铆a de este nuevo Per煤 resulta, en ese sentido, tremendamente significativa. Keiko Fujimori ocupa la Presidencia; Marco Rubio llega a Lima para reforzar la cooperaci贸n con Washington; Trump intenta recuperar el control estrat茅gico de Am茅rica Latina; China mantiene una posici贸n econ贸mica fundamental en el pa铆s; y 脕lvaro Vargas Llosa se prepara para representar al Gobierno peruano ante Estados Unidos. Los protagonistas han cambiado respecto a 1990, pero los grandes conflictos contin煤an atravesando la pol铆tica peruana: neoliberalismo frente a demandas sociales, seguridad frente a derechos, soberan铆a frente a dependencia y un pa铆s situado en medio de una disputa geopol铆tica que vuelve a convertir a Am茅rica Latina en un escenario prioritario para Washington.

Y quiz谩 sea precisamente ah铆 donde se encuentre la mayor paradoja de esta historia. El apellido Vargas Llosa naci贸 pol铆ticamente enfrentado al fujimorismo y termina formando parte de su nueva arquitectura de poder internacional. Aquella derecha que en otros tiempos aparec铆a dividida entre liberalismo y fujimorismo parece haber encontrado hoy un enemigo com煤n y una nueva referencia internacional. La Administraci贸n Trump ofrece el marco geopol铆tico; el neoliberalismo proporciona buena parte de la estructura econ贸mica; el fujimorismo aporta su tradici贸n pol铆tica y su discurso de autoridad; y los Vargas Llosa aportan una legitimidad intelectual construida durante d茅cadas en defensa del liberalismo latinoamericano.

El Per煤 de 2026 est谩 escribiendo, por tanto, un nuevo cap铆tulo de una vieja historia. Una historia en la que las derechas cambian de nombre, renuevan sus discursos y modifican sus alianzas, pero contin煤an disputando el control del Estado y del modelo econ贸mico. Esta vez, con Washington mirando hacia Lima y con un Vargas Llosa dispuesto a ocupar el lugar de embajador que simboliza, quiz谩 mejor que cualquier discurso, la extraordinaria transformaci贸n de la derecha peruana durante las 煤ltimas d茅cadas.



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domingo, 21 de junio de 2026

Cuba en la mira: la guerra cognitiva y el viejo fantasma del intervencionismo estadounidense

Por Javier Huerta

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible acci贸n militar contra Cuba han vuelto a encender las alarmas en Am茅rica Latina. M谩s all谩 de si se trata de una amenaza concreta, una maniobra electoral o una provocaci贸n calculada, el episodio obliga a reflexionar sobre algo mucho m谩s profundo: la persistencia de una l贸gica imperial que, desde hace m谩s de un siglo, considera a Am茅rica Latina como un espacio de influencia natural de Washington.

En este contexto, las amenazas contra Cuba no pueden analizarse como un hecho aislado ni como una simple ocurrencia de Trump. Forman parte de una estrategia pol铆tica, comunicacional y geopol铆tica donde la presi贸n econ贸mica, la intimidaci贸n diplom谩tica y la guerra cognitiva act煤an como herramientas complementarias para condicionar la soberan铆a de los pueblos.

La confusi贸n como arma de guerra

Cada cierto tiempo, Cuba vuelve a aparecer en el discurso pol铆tico estadounidense como una amenaza, una anomal铆a o un problema por resolver. Cambian los presidentes, cambian los lenguajes y cambian los escenarios internacionales, pero la obsesi贸n permanece. Desde la Enmienda Platt hasta las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible acci贸n militar contra la isla, la historia parece repetirse con distintos rostros: la dificultad de Washington para aceptar la existencia de una naci贸n latinoamericana que reclama el derecho a decidir su propio destino.

Las palabras de Trump han generado preocupaci贸n dentro y fuera de Cuba. Algunos las interpretan como una provocaci贸n electoral, otros como una demostraci贸n de fuerza dirigida a determinados sectores pol铆ticos de Estados Unidos. Sin embargo, centrar el debate 煤nicamente en la figura del expresidente ser铆a un error. La cuesti贸n de fondo es mucho m谩s profunda y tiene que ver con una larga tradici贸n pol铆tica que atraviesa administraciones republicanas y dem贸cratas por igual: la convicci贸n de que Estados Unidos posee el derecho de influir, condicionar o incluso determinar el rumbo pol铆tico de aquellos pa铆ses que considera estrat茅gicos para sus intereses.

Una historia que se repite

La relaci贸n entre Estados Unidos y Cuba no comenz贸 con la Revoluci贸n de 1959 ni con la llegada de Fidel Castro al poder. Sus ra铆ces se hunden mucho m谩s atr谩s, en una historia marcada por la dificultad de Washington para aceptar una Cuba plenamente soberana. Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, Estados Unidos se present贸 ante el mundo como el libertador de la isla frente al dominio colonial espa帽ol. Sin embargo, aquella liberaci贸n pronto mostr贸 sus l铆mites. La Enmienda Platt, impuesta en 1901 bajo presi贸n estadounidense, otorg贸 a Washington el derecho de intervenir militarmente en Cuba cuando considerara amenazados sus intereses y consolid贸 una relaci贸n profundamente desigual que inclu铆a la cesi贸n de territorios estrat茅gicos como Guant谩namo.

Aquella disposici贸n jur铆dica no fue un episodio aislado, sino la expresi贸n temprana de una doctrina que consideraba a Am茅rica Latina como una zona natural de influencia estadounidense. Esta visi贸n hund铆a sus ra铆ces en la Doctrina Monroe de 1823, resumida en la c茅lebre f贸rmula "Am茅rica para los americanos", que con el paso del tiempo termin贸 interpret谩ndose como el derecho de Washington a intervenir en los asuntos del continente cuando considerara amenazados sus intereses estrat茅gicos. Cuba pod铆a ser formalmente independiente, pero no completamente libre para decidir su propio destino.

Por primera vez, un gobierno latinoamericano desafiaba abiertamente la hegemon铆a de Washington a escasos kil贸metros de sus costas. La respuesta lleg贸 en abril de 1961, cuando la CIA organiz贸 y financi贸 la invasi贸n de Bah铆a de Cochinos mediante una fuerza de exiliados cubanos entrenados para derrocar al nuevo gobierno revolucionario. La operaci贸n termin贸 en un fracaso hist贸rico para Estados Unidos, pero dej贸 al descubierto algo mucho m谩s importante: la disposici贸n de la principal potencia mundial a intervenir cuando un proceso pol铆tico escapa a su control.

Lejos de representar una excepci贸n, Bah铆a de Cochinos form贸 parte de un patr贸n que se repetir铆a en distintos momentos y lugares del continente. En 1954, Estados Unidos impuls贸 el derrocamiento del gobierno democr谩tico de Jacobo 脕rbenz en Guatemala. En 1965 intervino militarmente en Rep煤blica Dominicana. Durante las d茅cadas de 1970 y 1980 respald贸 o colabor贸 con dictaduras militares que asolaron buena parte de Am茅rica Latina. La Operaci贸n C贸ndor, coordinada entre diversos reg铆menes autoritarios sudamericanos, dej贸 miles de desaparecidos, presos pol铆ticos, torturados y asesinados bajo la bandera de la lucha anticomunista. Detr谩s de aquellos acontecimientos exist铆a un mismo principio: impedir que surgieran proyectos pol铆ticos capaces de cuestionar los intereses estrat茅gicos de Washington.

Por eso las amenazas actuales contra Cuba no pueden interpretarse como simples declaraciones coyunturales. Forman parte de una continuidad hist贸rica que atraviesa generaciones y administraciones. Cambian los m茅todos, cambian los discursos y cambian las justificaciones, pero la l贸gica de fondo permanece sorprendentemente intacta.

La guerra cognitiva y la doble vara de Washington

En el siglo XXI, sin embargo, las formas de presi贸n han evolucionado. Las guerras ya no se libran exclusivamente mediante invasiones militares o golpes de Estado. Hoy tambi茅n se combaten a trav茅s de sanciones econ贸micas, campa帽as medi谩ticas, operaciones psicol贸gicas y estrategias de influencia destinadas a moldear la percepci贸n p煤blica.

Es en este contexto donde adquiere relevancia el concepto de guerra cognitiva. No se trata simplemente de difundir informaci贸n falsa. La guerra cognitiva busca crear incertidumbre, generar miedo, saturar el debate p煤blico con mensajes contradictorios y erosionar la capacidad de las sociedades para distinguir entre hechos, interpretaciones y propaganda. Su objetivo es conquistar la mente antes que el territorio.

Trump ha convertido esta l贸gica en una herramienta habitual de comunicaci贸n pol铆tica. Sus declaraciones ambiguas y provocadoras generan impacto inmediato, desplazan el debate hacia el terreno emocional y obligan a gobiernos, medios de comunicaci贸n y ciudadanos a reaccionar constantemente ante escenarios inciertos. Pero reducir este fen贸meno a la personalidad de Trump ser铆a quedarse en la superficie. Lo verdaderamente importante es que la incertidumbre se ha convertido en un instrumento de poder dentro de una estrategia m谩s amplia de presi贸n geopol铆tica.

La amenaza, incluso cuando no llega a concretarse, ya cumple una funci贸n pol铆tica.

A ello se suma una herramienta que durante d茅cadas ha demostrado ser tan eficaz como silenciosa: las sanciones econ贸micas. El bloqueo impuesto contra Cuba constituye uno de los ejemplos m谩s prolongados de coerci贸n econ贸mica contempor谩nea. Durante m谩s de sesenta a帽os, la isla ha enfrentado restricciones comerciales, financieras y tecnol贸gicas que han condicionado profundamente su desarrollo econ贸mico y social. Las dificultades para acceder a cr茅ditos internacionales, adquirir determinados bienes o establecer relaciones comerciales normales con numerosos pa铆ses han tenido un impacto directo sobre la vida cotidiana de millones de cubanos.

Washington presenta estas medidas como instrumentos destinados a promover la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, resulta dif铆cil ignorar una contradicci贸n evidente. Si el objetivo es mejorar las condiciones de vida de la poblaci贸n cubana, ¿c贸mo justificar pol铆ticas que contribuyen precisamente a deteriorarlas? La l贸gica parece responder menos a una preocupaci贸n humanitaria que a una estrategia de desgaste destinada a generar presi贸n interna sobre el gobierno de la isla.

Es aqu铆 donde emerge con claridad la doble vara que caracteriza buena parte de la pol铆tica exterior estadounidense. Estados Unidos se presenta frecuentemente como defensor global de la democracia, los derechos humanos y el orden internacional basado en normas. Sin embargo, a lo largo de su historia ha mantenido estrechas alianzas con monarqu铆as absolutas, gobiernos autoritarios y reg铆menes responsables de graves violaciones de derechos humanos cuando estos resultaban funcionales a sus intereses geopol铆ticos.

La contradicci贸n es dif铆cil de ocultar. Washington condena determinadas vulneraciones de derechos fundamentales mientras guarda silencio ante otras. Defiende con firmeza su soberan铆a nacional frente a cualquier injerencia externa, pero cuestiona la de aquellos pa铆ses que se niegan a alinearse con sus prioridades estrat茅gicas. Exige respeto a las normas internacionales cuando estas favorecen sus intereses, mientras no duda en ignorarlas cuando las considera un obst谩culo.

No se trata de una incoherencia accidental, sino de una forma de entender las relaciones internacionales donde los principios universales suelen quedar subordinados a los intereses de poder.

Am茅rica Latina ante un desaf铆o hist贸rico

La discusi贸n sobre Cuba trasciende ampliamente las fronteras de la isla. Cuba representa mucho m谩s que un peque帽o pa铆s del Caribe. Para millones de personas en Am茅rica Latina simboliza la posibilidad —con todas sus contradicciones, aciertos y errores— de sostener un proyecto pol铆tico independiente frente a la principal potencia del planeta. Esa dimensi贸n simb贸lica explica en parte por qu茅 sigue ocupando un lugar tan relevante en el imaginario pol铆tico regional y por qu茅 contin煤a siendo objeto de una presi贸n tan persistente.

Cada amenaza de intervenci贸n, cada nueva sanci贸n y cada intento de aislamiento env铆an un mensaje que va mucho m谩s all谩 de La Habana. El mensaje es que la autonom铆a pol铆tica sigue teniendo l铆mites cuando entra en conflicto con determinados intereses geopol铆ticos. Por eso el debate no deber铆a reducirse a la simpat铆a o antipat铆a que cada persona pueda sentir hacia el gobierno cubano. La cuesti贸n central es otra: si una potencia extranjera tiene derecho a decidir qu茅 gobiernos son leg铆timos y cu谩les deben ser reemplazados.

Las declaraciones de Trump deben entenderse dentro de ese marco m谩s amplio. No son simplemente una an茅cdota ni una excentricidad pol铆tica. Son el reflejo de una visi贸n del mundo que contin煤a considerando leg铆timo ejercer presi贸n permanente sobre aquellos pa铆ses que intentan seguir caminos propios.

La historia latinoamericana demuestra que las intervenciones externas rara vez han tra铆do democracia, estabilidad o prosperidad duradera. Lo que s铆 han dejado con frecuencia son heridas profundas, dependencia econ贸mica, fracturas sociales y generaciones enteras marcadas por la violencia pol铆tica.

Tal vez la pregunta no sea cu谩ndo dejar谩 Estados Unidos de intervenir, presionar o amenazar a los pa铆ses de Am茅rica Latina. Tal vez la verdadera pregunta sea cu谩ndo Am茅rica Latina terminar谩 de convencerse de que su soberan铆a no puede depender de la autorizaci贸n de ninguna potencia extranjera.

Porque la independencia no se pierde 煤nicamente cuando desembarcan los marines. Tambi茅n se pierde cuando los pueblos aceptan que otros tienen derecho a decidir por ellos.

Y mientras esa l贸gica contin煤e vigente, la soberan铆a latinoamericana seguir谩 siendo una tarea pendiente, una conquista inacabada y uno de los grandes desaf铆os pol铆ticos de nuestro tiempo.

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viernes, 22 de mayo de 2026

Cuba, el gigante Ra煤l y el payaso Trump

Por Fabrizio Casari

* La acusaci贸n contra Ra煤l, ministro de Defensa de Cuba en 1996, carece de sentido desde el punto de vista jur铆dico. Es una acusaci贸n completamente pol铆tica, reflejo de un odio y una sed de venganza por no haber podido ni sabido derrotar casi 70 a帽os de socialismo cubano a solo 90 millas de sus costas.

La presunta imputaci贸n del general cubano Ra煤l Castro y el env铆o del portaaviones de propulsi贸n nuclear Nimitz al Caribe, son las dos piezas de la partida que Trump pretende jugar contra Cuba. La isla socialista quiz谩 le parezca la 煤nica v铆a de escape ante la en茅sima humillaci贸n militar sufrida en el Golfo P茅rsico y, en cualquier caso, constituye un gesto debido a la comunidad cubano-estadounidense de Florida.

Esta comunidad cuenta con nada menos que 11 diputados, una poderosa capacidad de presi贸n financiera y una red de v铆nculos con la galaxia neonazi en todo Estados Unidos, que result贸 muy 煤til en la votaci贸n que devolvi贸 a Donald Trump a la Casa Blanca, pero que hoy aparece desorientada y decepcionada por el gobierno del desequilibrado mandatario.

La acusaci贸n contra Ra煤l, ministro de Defensa de Cuba en 1996, carece de sentido desde el punto de vista jur铆dico. Es una acusaci贸n completamente pol铆tica, reflejo de un odio y una sed de venganza por no haber podido ni sabido derrotar casi 70 a帽os de socialismo cubano a solo 90 millas de sus costas. Pero veamos espec铆ficamente a qu茅 se refiere formalmente.

Estamos en febrero de 1996, durante la administraci贸n Clinton, cuando el lobby cubano-estadounidense de Miami se moviliza para impedir hipot茅ticos y poco probables alivios del bloqueo contra Cuba. Ordena a Jos茅 Basulto, colaborador de la CIA y jefe de la organizaci贸n Hermanos al Rescate, llegar con dos avionetas tur铆sticas a las costas cubanas y montar un espect谩culo propagand铆stico. Cuba, sin embargo, como cualquier pa铆s del mundo, advierte que no tolerar谩 nuevas incursiones ileg铆timas en su espacio a茅reo.

Las advertencias llegan directamente tanto al gobierno estadounidense, responsable por jurisdicci贸n de lo que ocurre en los aeropuertos de EE. UU., como a la Administraci贸n Federal de Aviaci贸n, encargada de otorgar las autorizaciones necesarias para las operaciones aeroportuarias. Las autoridades estadounidenses comprenden perfectamente la situaci贸n y piden a los propietarios de aeronaves privadas que renuncien a volar hacia el espacio a茅reo cubano si no cuentan con autorizaci贸n expresa de las autoridades de la isla. La propia Casa Blanca invita a abstenerse de provocaciones. Pero en Miami cuentan con que Cuba reaccionar谩, y entonces la tensi贸n internacional ser铆a alt铆sima, o bien no reaccionar谩 con fuerza y, en consecuencia, el prestigio de la isla quedar谩 seriamente golpeado.

El 24 de febrero tiene lugar la provocaci贸n en el cielo entre Miami y Cuba. Como establecen los procedimientos internacionales para los casos de violaci贸n del espacio a茅reo, los pilotos cubanos advierten tres veces a la tripulaci贸n de las dos avionetas tur铆sticas que deben regresar, pero no reciben respuesta. Ignoradas las tres advertencias, los aviones contin煤an hacia el espacio a茅reo cubano y entonces dos MiG de la aviaci贸n militar abren fuego. Las dos aeronaves de los gusanos son derribadas.

No hab铆a muchas alternativas y Cuba ya hab铆a tenido ejemplos significativos de lo que significaba aplicar tolerancia pol铆tica ante estas provocaciones: atentados de diversa naturaleza, entre ellos disparos contra ba帽istas en la playa de Varadero, agentes qu铆micos arrojados sobre campos cultivados para envenenar los alimentos y una campa帽a de terror hecha de asesinatos, secuestros y bombas. Hab铆a llegado el momento de desmentir a quienes cre铆an poder atacar a la isla impunemente.

Para quienes conocen la historia del terrorismo cubano-estadounidense contra Cuba, no hay mucho de nuevo ni en la acci贸n de los gusanos ni en la reacci贸n de las fuerzas de seguridad cubanas. Hermanos al Rescate o Alpha 66 son dos de las varias siglas pertenecientes a la galaxia de la FNCA que, bajo la mirada complaciente de la CIA y de las autoridades federales de Florida, se entrenan en los Everglades y organizan los atentados que se ejecutan en la isla.

Las agresiones terroristas se llevan a cabo desde los a帽os sesenta, pero desde mediados de los a帽os ochenta, con el nacimiento de la Fundaci贸n Nacional Cubano Americana, fundada por el fallecido Jorge Mas Canosa de acuerdo con el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan, los ataques desde el mar, los atentados en terrenos agr铆colas y las bombas en los hoteles de la capital adquirieron continuidad operativa. El m谩s famoso y sangriento de todos sigue siendo el de octubre de 1976, cuando Jos茅 Posada Carriles y Orlando Bosch colocaron una bomba en un avi贸n de Cubana de Aviaci贸n que explot贸 sobre el cielo de Barbados. Murieron todos los pasajeros y tripulantes, un total de 73 personas, entre ellas la selecci贸n nacional cubana de esgrima.

Algunos dijeron que lo ocurrido en febrero de 1996 signific贸 una nueva victoria de los gusanos de Miami y un error de Cuba, pero es una lectura excesivamente politizada que ignora la din谩mica hist贸rica. En aquella circunstancia, Cuba no ten铆a muchas opciones: su rendici贸n no habr铆a sido recompensada con una hipot茅tica mejora de las relaciones con Washington, sino que habr铆a significado el fin de toda credibilidad pol铆tica. Adem谩s, Estados Unidos nunca impuso el bloqueo y las posteriores sanciones en funci贸n de una mayor o menor flexibilidad negociadora de La Habana. El bloqueo es una mezcla de venganza hist贸rico-pol铆tica e intereses concretos que solo pueden ser erosionados mediante la rendici贸n total del gobierno socialista y la devoluci贸n de la isla a Estados Unidos.

Por otra parte, para se帽alar la continuidad hist贸rica del terrorismo contra Cuba ni siquiera hace falta retroceder demasiado en el tiempo. El 26 de febrero de este a帽o, quiz谩 para celebrar a su manera lo ocurrido a Jos茅 Basulto y sus socios veinte a帽os antes, hubo un nuevo intento – frustrado por una patrulla de la guardia costera cubana – de penetrar el territorio cubano con una lancha r谩pida. Supuestamente quer铆an lanzar panfletos, pero a bordo viajaba un comando terrorista fuertemente armado que, al recibir la solicitud de identificaci贸n de la embarcaci贸n con bandera estadounidense y registrada en Miami, respondi贸 abriendo fuego contra la Guardia Costera cubana. La reacci贸n de los militares de La Habana fue r谩pida, precisa y letal: seis terroristas murieron, cuatro resultaron heridos y fueron arrestados, y la lancha fue confiscada.

En la embarcaci贸n hab铆a fusiles de asalto, pistolas, c贸cteles molotov, chalecos antibalas y uniformes para disfrazarse de personal militar cubano. Entre los arrestados figuraba Amijail S谩nchez Gonz谩lez, cuyo perfil de Facebook muestra im谩genes de incendios en edificios y terrenos agr铆colas de la isla. Tambi茅n fue detenido Duniel Hern谩ndez Santos, procedente igualmente de Estados Unidos, encargado de recibir en Villa Clara a los hombres y armas que viajaban en la lancha.

La FNCA es el centro organizativo y el terminal pol铆tico, financiero y operativo de todo el terrorismo radicado en Florida, donde ejerce una presi贸n pol铆tica constante sobre los partidos y las instituciones estadounidenses, con las que comparte la obsesi贸n criminal contra Cuba. La FNCA se mantiene viva gracias a fondos federales y donaciones privadas, adem谩s de una red de negocios y licencias comerciales favorecidas en distintos sectores, desde la construcci贸n hasta el comercio y los servicios. Tambi茅n contribuyen a su enriquecimiento algunas medidas legislativas, como la ley del “pie mojado”, que permite a cualquier cubano obtener primero el estatus de refugiado y luego la ciudadan铆a, siempre que haya tocado suelo estadounidense, incluso llegando ilegalmente.

Con el nombramiento de Marco Rubio como secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional – un interinato in茅dito en la historia de Estados Unidos – el nivel de agresi贸n contra Cuba ha alcanzado la c煤spide institucional. Rubio, hijo de cubano-estadounidenses que huyeron de Cuba cuando a煤n gobernaban los estadounidenses a trav茅s del dictador Fulgencio Batista (uno de los tantos militares criminales colocados al mando de pa铆ses latinoamericanos por Washington), es expresi贸n directa de la FNCA, que siempre patrocin贸 su carrera pol铆tica y logr贸 su nombramiento.

Rubio es consciente de que su destino pol铆tico – y quiz谩 su propia supervivencia – est谩 ligado al fin del sistema cubano. Su tarea consiste en forzar a Trump a adoptar medidas que puedan provocar la rendici贸n del socialismo, llevando a la isla al l铆mite, cerc谩ndola y priv谩ndola de bienes mediante todo tipo de operaciones comerciales coercitivas. Que lo logre o no, est谩 por verse.

En la provocaci贸n actual de Trump no existe, como en otros escenarios, un verdadero dise帽o geopol铆tico: Cuba ya no determina desde hace tiempo la correlaci贸n de fuerzas en el continente. Se trata m谩s bien, adem谩s del plano ideol贸gico y de su fuerte componente simb贸lico, de recuperar el voto de la ultraderecha decepcionada con el magnate, acariciando una obsesi贸n enfermiza alimentada por el odio y el deseo de venganza contra quienes han desafiado y derrotado durante d茅cadas el dominio imperial sobre la isla. El objetivo es demostrar la imposibilidad de desafiar y vencer al imperio a las puertas de su casa. Se quiere borrar una isla grande como un mundo, que ha alimentado con su ejemplo a generaciones y pa铆ses y que ha demostrado saber gestionar y defenderse, tanto de la fuerza, como del declive del imperio.

Son muchos los indicios de que ha comenzado el asalto definitivo contra el socialismo cubano. Pero incluso en una situaci贸n dram谩tica, Cuba sabr谩 encontrar recursos y soluciones para resistir. Quien crea que es posible repetir lo ocurrido en Venezuela se equivoca por completo. Cuba es otra historia: su pueblo, su partido y su ej茅rcito son muy distintos.

Las consecuencias, en distintos niveles, de un ataque militar contra la isla, situada a solo 90 millas del territorio estadounidense – lo que tambi茅n los hace vulnerables – son dif铆ciles de imaginar, pero desde luego ser铆an cualquier cosa menos un paseo de unas pocas horas. Adem谩s de los militares estadounidenses que no regresar铆an a casa y el enorme costo global de una aventura insensata, en Washington existe el temor a una emigraci贸n masiva en caso de conflicto armado, lo que supone de por s铆 un riesgo pol铆tico elevad铆simo para Estados Unidos. La Casa Blanca parece concentrada 煤nicamente en sus nuevos salones de baile. Y deber谩 prepararse para bailar un Son combativo.


Fuente: 
https://nicaleaks.com/cuba-el-gigante-raul-y-el-payaso-trump/

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