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sábado, 20 de junio de 2026

La Unión Soviética y la derrota del fascismo: "85 años de la Gran Guerra Patria, la lección antifascista que Europa no debe olvidar"


Por Javier Huerta

Este junio del 2026 se cumplen 85 años del inicio de la Gran Guerra Patria, la lucha heroica librada por los pueblos de la Unión Soviética contra la invasión nazi entre 1941 y 1945. Aquella guerra, que constituyó el principal frente de la Segunda Guerra Mundial en Europa, no fue únicamente una confrontación militar entre Estados. Fue una batalla decisiva por el futuro de la humanidad, una lucha existencial contra el fascismo, el racismo, el colonialismo y la barbarie representados por el Tercer Reich.

En la madrugada del 22 de junio de 1941, la Alemania hitleriana lanzó la Operación Barbarroja, la mayor invasión militar de la historia. Más de tres millones de soldados, apoyados por miles de tanques, piezas de artillería y aviones, atravesaron las fronteras soviéticas con el objetivo de destruir la Unión Soviética, esclavizar a sus pueblos y convertir amplias regiones de Europa Oriental en colonias al servicio de la maquinaria nazi.

Hitler y sus generales estaban convencidos de que la campaña concluiría en pocas semanas. Tras las rápidas victorias obtenidas en gran parte de Europa occidental, los dirigentes del Tercer Reich creían que el Estado soviético se derrumbaría ante el empuje de la Alemania nazi. Se equivocaron.

La resistencia soviética alteró por completo los planes nazis. En diciembre de 1941, el Ejército Rojo frenó a las fuerzas alemanas a las puertas de Moscú, infligiendo la primera gran derrota estratégica a Hitler y desmontando el mito de la invencibilidad de la Wehrmacht. Poco después, la ciudad de Leningrado resistió cerca de 900 días de asedio, convirtiéndose en uno de los mayores símbolos de resistencia popular de toda la guerra. Sin embargo, sería en Stalingrado donde se produciría el gran punto de inflexión del conflicto. Entre 1942 y 1943, las tropas soviéticas cercaron y destruyeron al Sexto Ejército alemán, cambiando definitivamente el rumbo de la guerra. Meses después, la victoria soviética en Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia, acabó con la capacidad ofensiva del ejército nazi en el frente oriental.

Frente a la maquinaria de guerra más poderosa de su tiempo se levantó la resistencia de millones de trabajadores, campesinos, soldados, mujeres y jóvenes soviéticos que comprendieron que aquella guerra no era únicamente una cuestión de fronteras o intereses geopolíticos. Era una lucha por la supervivencia de sus pueblos y por la defensa de un proyecto social que el fascismo pretendía exterminar.

Para los pueblos de la Unión Soviética, aquella guerra fue mucho más que una campaña militar. Fue una lucha por la supervivencia nacional frente a un proyecto de conquista y exterminio que pretendía convertir amplias regiones del Este europeo en territorios coloniales sometidos al dominio nazi. La magnitud de aquella amenaza explica por qué la memoria de la Gran Guerra Patria continúa ocupando un lugar central en la conciencia histórica de millones de personas.

La victoria soviética transformó el curso de la historia. El frente oriental constituyó el escenario principal de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Fue allí donde Alemania concentró la mayor parte de sus fuerzas militares y donde sufrió sus pérdidas más devastadoras. Mientras otros frentes contribuyeron al esfuerzo aliado común, fue en territorio soviético donde se decidió fundamentalmente la suerte del Tercer Reich.

Fue en las estepas, bosques y ciudades de la Unión Soviética donde el nazismo sufrió sus principales derrotas. Fue el Ejército Rojo quien liberó amplias regiones de Europa del dominio nazi y quien finalmente izó la bandera de la victoria sobre las ruinas del Reichstag en Berlín en mayo de 1945.

Ningún país pagó un precio tan elevado por la derrota del fascismo como la Unión Soviética. Las estimaciones históricas sitúan en torno a 27 millones las víctimas soviéticas entre militares y civiles. Miles de ciudades, pueblos y aldeas fueron destruidos por la guerra y regiones enteras quedaron devastadas por la ocupación nazi. La victoria de 1945 fue también la victoria de un pueblo que soportó el mayor sacrificio humano de toda la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, ochenta y cinco años después, la memoria de aquella gesta sigue siendo objeto de disputas y tergiversaciones. En demasiadas ocasiones se minimiza el papel decisivo desempeñado por la Unión Soviética en la derrota del fascismo o se pretende reducir su contribución a una simple nota al pie de página de la historia. Frente a esos intentos de revisionismo histórico, resulta necesario reivindicar los hechos: sin el sacrificio de los pueblos soviéticos y sin la resistencia organizada de millones de comunistas y antifascistas en toda Europa, la derrota de Hitler habría sido impensable.

Durante décadas, buena parte de la cultura popular occidental ha tendido a presentar el desembarco de Normandía como el acontecimiento decisivo de la guerra, relegando a un segundo plano el papel desempeñado por el frente oriental. Sin restar importancia a la contribución de los aliados occidentales, los hechos históricos muestran que fue en territorio soviético donde el Tercer Reich sufrió sus principales derrotas militares y humanas. Reconocer este hecho no implica restar mérito a otros pueblos que combatieron al fascismo, sino situar los acontecimientos en su justa dimensión histórica.

Pero recordar la Gran Guerra Patria no es únicamente un ejercicio de memoria histórica. También es una reflexión sobre el presente. En una Europa donde vuelven a crecer fuerzas ultraderechistas, nacionalistas excluyentes y movimientos que cuestionan conquistas sociales y democráticas logradas durante décadas de lucha popular, las enseñanzas de la victoria sobre el fascismo adquieren una renovada actualidad.

La memoria como herramienta de combate

Ochenta y cinco años después del inicio de la Gran Guerra Patria, la principal lección que nos deja aquella gesta histórica no pertenece únicamente al pasado. También interpela directamente a nuestro presente.

La victoria sobre el fascismo no cayó del cielo. No fue fruto de la casualidad ni de una supuesta evolución natural de la historia. Fue conquistada mediante la organización popular, el sacrificio colectivo y el compromiso político de millones de personas que comprendieron que el fascismo representaba una amenaza existencial para los trabajadores, para las libertades democráticas y para el futuro de la humanidad.

Los pueblos soviéticos derrotaron al nazismo porque decidieron resistir. Porque entendieron que la neutralidad ante la barbarie favorece siempre a los opresores. Porque comprendieron que los derechos conquistados solo pueden defenderse mediante la movilización consciente de quienes se benefician de ellos.

Hoy, cuando en numerosos países europeos observamos el crecimiento de fuerzas ultraderechistas, xenófobas, racistas y reaccionarias, la memoria de la Gran Guerra Patria adquiere una nueva relevancia.

La historia demuestra que el fascismo nunca aparece de un día para otro. Crece progresivamente aprovechando las crisis económicas, el descontento social, el miedo y la desmovilización popular. Avanza cuando las fuerzas democráticas y progresistas renuncian a organizarse y a disputar la conciencia de la sociedad.

Por ello, recordar la victoria soviética no debe limitarse a la colocación de flores ante los monumentos o a la celebración de efemérides históricas. Debe servir para extraer enseñanzas útiles para nuestro tiempo.

La mejor forma de honrar a quienes combatieron en Moscú, Leningrado, Stalingrado, Kursk o Berlín es continuar defendiendo los valores por los que lucharon millones de antifascistas: la solidaridad entre los pueblos, la igualdad social, la justicia económica, la paz, la cooperación internacional y la defensa de los derechos de las mayorías trabajadoras.

La lucha política del siglo XXI no se libra en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Se libra en los centros de trabajo, en las universidades, en los barrios, en los sindicatos, en los movimientos sociales, en los medios de comunicación y en las instituciones democráticas. Se libra en el terreno de las ideas y de la organización popular.

La defensa de los valores antifascistas exige también participación democrática. La historia demuestra que la desmovilización de los sectores populares deja espacio al avance de proyectos reaccionarios. Por ello, la implicación ciudadana en la vida política, sindical, asociativa y electoral constituye una herramienta fundamental para defender y ampliar los derechos conquistados durante generaciones de lucha social. Ninguna conquista democrática puede preservarse si quienes se benefician de ella renuncian a participar activamente en su defensa.

El papel de los comunistas en la resistencia antifascista europea

La victoria sobre el fascismo no fue únicamente el resultado de grandes operaciones militares. También fue fruto de la resistencia organizada de millones de hombres y mujeres que, en los territorios ocupados, decidieron enfrentarse a la barbarie nazi.

En prácticamente todos los países europeos ocupados por el Tercer Reich, los comunistas desempeñaron un papel destacado en la organización de movimientos clandestinos, redes de sabotaje, guerrillas y estructuras de resistencia popular.

Desde Francia hasta Grecia, desde Italia hasta Yugoslavia, miles de militantes comunistas participaron en primera línea de la lucha contra el fascismo, pagando en muchos casos un precio extremadamente alto en forma de encarcelamientos, torturas y ejecuciones. Particularmente significativa fue la experiencia de Yugoslavia, donde los partisanos dirigidos por Josip Broz Tito lograron construir uno de los movimientos de resistencia más eficaces de toda Europa. Del mismo modo, en Italia, las Brigadas Garibaldi desempeñaron un papel fundamental en la lucha contra el régimen de Mussolini y la ocupación nazi, mientras que en Francia numerosos combatientes comunistas participaron activamente en la Resistencia.

La historia del antifascismo europeo también mantiene una estrecha relación con España. La Guerra Civil Española fue uno de los primeros escenarios de confrontación contra el fascismo internacional y miles de voluntarios de las Brigadas Internacionales acudieron a defender la legalidad republicana frente al golpe militar apoyado por Hitler y Mussolini. Tras la derrota de la República, numerosos exiliados españoles continuaron la lucha contra el fascismo integrándose en la Resistencia francesa y en otros movimientos de liberación europeos. Del mismo modo, la oposición antifranquista mantuvo durante décadas la defensa de los valores democráticos y antifascistas frente a la dictadura.

La propia Unión Soviética vio surgir una poderosa red de partisanos que actuó tras las líneas enemigas. Estos grupos llevaron a cabo operaciones de sabotaje contra infraestructuras militares, líneas ferroviarias y centros logísticos alemanes, dificultando enormemente las operaciones de ocupación.

Tras expulsar a las fuerzas nazis de su territorio, el Ejército Rojo participó decisivamente en la liberación de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria y otros países europeos sometidos por el Tercer Reich. Miles de soldados soviéticos murieron lejos de sus hogares durante estas operaciones, que culminaron con la batalla de Berlín y la derrota definitiva del régimen hitleriano.

Fascismo y poder económico: una alianza histórica

La llegada de Hitler al poder en 1933 no puede entenderse sin el apoyo de importantes sectores industriales, financieros y empresariales alemanes que veían en el movimiento nazi una herramienta para frenar el crecimiento del movimiento obrero organizado.

Las grandes organizaciones patronales y numerosos grupos empresariales consideraban que el nazismo podía garantizar la estabilidad de un sistema económico amenazado por la crisis y por el avance de las organizaciones obreras.

Frente a la economía de guerra nazi, la Unión Soviética demostró una extraordinaria capacidad de movilización productiva. Durante los primeros meses de la invasión, miles de fábricas fueron trasladadas desde las zonas amenazadas hacia los Urales, Siberia y Asia Central. Aquella gigantesca operación permitió mantener la producción industrial y garantizar el suministro de armamento al Ejército Rojo. La planificación económica y el esfuerzo colectivo de millones de trabajadores constituyeron un factor decisivo para la victoria sobre el fascismo.

Las lecciones de la Gran Guerra Patria para la Europa del siglo XXI

El antifascismo del siglo XXI debe responder al crecimiento de la extrema derecha con inteligencia política, organización y participación social.

La mejor respuesta frente al avance reaccionario no consiste únicamente en denunciar discursos de odio. También exige construir alternativas capaces de mejorar las condiciones materiales de vida de la mayoría social: empleo digno, vivienda accesible, servicios públicos de calidad, derechos laborales garantizados, igualdad efectiva y defensa de la paz.

Del mismo modo que las generaciones que derrotaron al fascismo comprendieron la importancia de organizarse y actuar colectivamente, las generaciones actuales tienen la responsabilidad de participar activamente en la vida democrática. La abstención, la apatía y la desmovilización nunca han favorecido a las mayorías trabajadoras. La defensa de los derechos sociales, de los servicios públicos y de las libertades democráticas exige una ciudadanía consciente, organizada y comprometida con la construcción de alternativas políticas capaces de frenar cualquier retroceso reaccionario.

La historia no se repite de forma mecánica, pero sí ofrece enseñanzas valiosas. Una de ellas es que ningún avance social está garantizado para siempre. Otra, que los pueblos organizados poseen una capacidad transformadora mucho mayor de la que a menudo imaginan.

La victoria sobre el fascismo pertenece a la historia. La construcción de una Europa más justa, democrática y solidaria pertenece al presente. Y su futuro dependerá, como entonces, de la capacidad de los pueblos para organizarse, participar y luchar por él.

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