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miércoles, 12 de enero de 2022

Pueblo Presidente: quince años de protagonismo popular en Nicaragua

Por Javier Huerta

Una aproximación al significado político e histórico de un concepto que, desde el retorno del Frente Sandinista al Gobierno en 2007, ha definido una manera de entender el poder, la participación ciudadana y la construcción de un proyecto nacional basado en la restitución de derechos y la soberanía.


Hay palabras que nacen para una campaña electoral y desaparecen cuando concluye el recuento de los votos. Otras, en cambio, sobreviven al paso del tiempo porque consiguen expresar una determinada visión de la historia y terminan convirtiéndose en parte de la identidad política de un pueblo. En Nicaragua, una de esas expresiones es "Pueblo Presidente". Quince años después del retorno del Frente Sandinista de Liberación Nacional al Gobierno, aquel concepto había dejado de ser una simple consigna para transformarse en uno de los pilares del discurso político de la Nicaragua contemporánea. Más que una frase, sintetizaba una forma distinta de entender el ejercicio del poder: la convicción de que el pueblo no debía limitarse a elegir periódicamente a sus gobernantes, sino participar activamente en la construcción del país, en la definición de sus prioridades y en la defensa de su soberanía.

Sin embargo, reducir el origen de esta idea al año 2007 sería desconocer una parte esencial de la historia nicaragüense. El concepto de Pueblo Presidente hunde sus raíces en una tradición política mucho más antigua, nacida de las luchas por la independencia y la justicia social que marcaron el siglo XX. Augusto C. Sandino no levantó las armas únicamente para expulsar la ocupación militar estadounidense; combatió porque entendía que Nicaragua debía recuperar el derecho a decidir libremente su destino, sin imposiciones extranjeras ni oligarquías subordinadas a intereses ajenos. Décadas después, Carlos Fonseca retomó ese legado al fundar el Frente Sandinista de Liberación Nacional, convencido de que la transformación del país solo sería posible si el pueblo dejaba de ser un espectador de la historia para convertirse en su principal protagonista. Esa concepción del sujeto popular como motor del cambio político atravesó toda la trayectoria del sandinismo y sobrevivió incluso a los años más difíciles de la derrota electoral de 1990.

Durante los dieciséis años de gobiernos neoliberales, Nicaragua experimentó profundas transformaciones económicas y sociales. La reducción del papel del Estado, las privatizaciones, el deterioro de numerosos servicios públicos y el incremento de las desigualdades alimentaron un creciente malestar entre amplios sectores de la población. Mientras los sucesivos gobiernos defendían la liberalización económica como única vía para el desarrollo, el Frente Sandinista reconstruía su proyecto político alrededor de una idea que con el tiempo se convertiría en una de sus principales señas de identidad: la restitución de derechos. No se trataba únicamente de regresar al poder, sino de recuperar para las mayorías el acceso a la salud, la educación, la producción, la energía, la vivienda y otros derechos que, según el discurso sandinista, habían sido debilitados durante la etapa neoliberal.

Cuando Daniel Ortega asumió nuevamente la Presidencia de la República el 10 de enero de 2007, el cambio que se anunciaba pretendía ir más allá de la alternancia política. El nuevo Gobierno presentó el inicio de una etapa definida por la reconciliación nacional, la lucha contra la pobreza y la construcción de un modelo de desarrollo cristiano, socialista y solidario, en el que el Estado recuperaría un papel activo en la promoción del bienestar colectivo. Fue en ese contexto cuando comenzó a consolidarse la expresión Pueblo Presidente, utilizada para transmitir la idea de que el centro de la acción política ya no debía situarse en las élites económicas o en los organismos financieros internacionales, sino en las familias trabajadoras, las comunidades rurales, las mujeres, los jóvenes y los pequeños productores que constituían la mayoría de la sociedad nicaragüense.

Desde entonces, la expresión fue adquiriendo una presencia cada vez mayor en los discursos oficiales, en los actos públicos y en la comunicación institucional. Pero su importancia no residía únicamente en su fuerza simbólica. El concepto aspiraba a describir un modelo de gobierno donde las políticas públicas se construían, según la narrativa oficial, desde las necesidades concretas de la población y con una fuerte participación de las comunidades. La creación de espacios de organización territorial, el fortalecimiento de los mecanismos comunitarios y la articulación entre instituciones públicas y organizaciones locales fueron presentados como expresiones prácticas de esa filosofía política. Gobernar con el pueblo y no simplemente para el pueblo pasó a ser una de las ideas recurrentes del discurso sandinista.

Esa visión encontró su traducción en un amplio conjunto de políticas sociales y económicas que marcaron la primera década y media del nuevo ciclo político. La recuperación de la gratuidad de la salud y de la educación públicas fue presentada como uno de los símbolos más visibles de la restitución de derechos. Programas como Hambre Cero, el Bono Productivo Alimentario, Usura Cero o las iniciativas dirigidas a fortalecer la economía familiar y campesina buscaron ampliar las oportunidades de miles de hogares tradicionalmente excluidos del acceso al crédito y a los recursos productivos. Al mismo tiempo, el país emprendió un importante esfuerzo de inversión pública en carreteras, electrificación, agua potable, hospitales, escuelas y universidades, con el objetivo de reducir las históricas desigualdades territoriales que durante décadas habían separado el Pacífico del interior y de las regiones del Caribe.

La lógica que articulaba todas estas iniciativas respondía a una misma narrativa política. El desarrollo no debía medirse exclusivamente por el crecimiento económico o por los indicadores macroeconómicos, sino por la capacidad del Estado para garantizar derechos, reducir la pobreza y crear condiciones para que las familias pudieran mejorar sus condiciones de vida. En ese sentido, el concepto de Pueblo Presidente pretendía expresar una forma de gobernar donde las personas dejaban de ser simples beneficiarias de políticas asistenciales para convertirse, al menos en el plano discursivo, en protagonistas de su propio desarrollo. Cada nueva escuela, cada centro de salud, cada vivienda entregada, cada comunidad electrificada o cada pequeño productor incorporado a un programa de apoyo era presentado como el resultado de una acción colectiva y no únicamente de una decisión administrativa.

Pero el significado del Pueblo Presidente trascendía el ámbito de las políticas sociales. También estaba estrechamente vinculado a la defensa de la soberanía nacional. La historia de Nicaragua ha estado marcada por intervenciones extranjeras, ocupaciones militares y constantes intentos de condicionar su vida política desde el exterior. Esa memoria histórica ha ocupado siempre un lugar central en la identidad del sandinismo. Por ello, el protagonismo popular no se entendía únicamente como participación en el desarrollo económico o en la gestión comunitaria, sino también como la capacidad de un pueblo para decidir libremente su destino sin aceptar imposiciones externas.

Los acontecimientos de 2018 reforzaron todavía más esa dimensión del discurso oficial. Mientras el Gobierno denunció que el país enfrentaba un intento de desestabilización promovido desde el exterior, la defensa de la paz y del orden constitucional pasó a integrarse plenamente en el significado político del Pueblo Presidente. Según esta interpretación, el pueblo no solo construía escuelas, hospitales o carreteras; también defendía la estabilidad institucional, protegía la convivencia y preservaba la independencia nacional frente a las presiones internacionales. La soberanía dejó de entenderse exclusivamente como un principio jurídico para convertirse en una responsabilidad compartida entre el Estado y la ciudadanía organizada.

Esta concepción no puede analizarse al margen del contexto latinoamericano de comienzos del siglo XXI. Diversos procesos políticos de la región reivindicaron nuevas formas de participación popular y cuestionaron el predominio de las recetas neoliberales aplicadas durante las décadas anteriores. Aunque cada experiencia respondió a realidades nacionales diferentes, todas compartían la aspiración de fortalecer el papel del Estado, ampliar los derechos sociales y recuperar márgenes de soberanía frente a los condicionamientos externos. En Nicaragua, el concepto de Pueblo Presidente adquirió una identidad propia al enlazar esa corriente latinoamericana con la tradición histórica del sandinismo y con el legado de Sandino y Carlos Fonseca.


Quince años después del retorno del Frente Sandinista al Gobierno, aquella expresión seguía ocupando un lugar central en la narrativa política del país. Sus defensores la consideran la síntesis de un modelo basado en la restitución de derechos, la participación popular y la defensa de la soberanía nacional. Sus críticos sostienen interpretaciones muy diferentes sobre su alcance y su aplicación práctica. Esa diversidad de lecturas forma parte del debate político nicaragüense y acompaña inevitablemente a cualquier concepto que aspire a definir un proyecto de país.

Lo que resulta difícil discutir es que Pueblo Presidente dejó de ser hace tiempo una simple consigna electoral. Durante estos quince años se convirtió en una categoría política mediante la cual el sandinismo explicó su forma de entender el Estado, el desarrollo y la participación ciudadana. En una nación cuya historia ha estado atravesada por intervenciones extranjeras, guerras, profundas desigualdades y permanentes luchas por la soberanía, esa expresión terminó simbolizando la aspiración de situar al pueblo en el centro de la vida nacional. Porque las revoluciones no solo transforman las instituciones, la economía o las leyes. También crean un lenguaje propio para nombrar el mundo que intentan construir. Y pocas expresiones resumen con tanta claridad el proyecto político desarrollado en Nicaragua desde enero de 2007 como aquella que proclama, con sencillez y con vocación histórica, que el verdadero presidente de la República debe ser siempre su pueblo.

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