miércoles, 11 de abril de 2012

Descubrir el valor de lo justo como clave en la Educación para el Desarrollo



Ismael Rojas Pozo*
Las mayores dificultades que tiene el ser humano para descubrir los valores residen en el habitual conformismo de quedarse en lo superficial y en lo cómodo. El valor ni se toca ni se ve, debe desvelarse con facultades verdaderamente humanas y así las complicaciones se multiplican. La justicia, principal valor social, es una cualidad que se encuentra en algunas acciones humanas, especialmente la de proyección pública. Descubrirla, hacerla y defenderla requiere un esfuerzo al que el ser humano nunca se ha acostumbrado como especie porque no nos viene de fábrica y los tiempos que vivimos no son precisamente los más propicios para desarrollarla. La educación es el único mecanismo que tenemos para despertar esa mirada humana hacia lo que hacemos, individual y colectivamente, para así ser lo más justo posible.

La Educación para el Desarrollo debe ser una herramienta formativa que despierte la conciencia humana, que la haga mirar a lo trascendental, a lo que no se toca, a lo verdaderamente humano. La sociedad es radicalmente injusta, pero al mismo tiempo tiene la posibilidad de dejar de serlo y ese movimiento hacia la justicia social depende en gran medida de la educación. La clave puede estar en despertar las conciencias más que en adoctrinar con la forma de conseguirla. Asuntos como la pobreza, la desigualdad de oportunidades, el hambre o la explotación infantil no pueden resultar neutras a una valoración humana.
JUSTICIA: VALOR SOCIAL
Un valor es la cualidad de un objeto o acción por el que sentimos aprecio o la consideramos buena. Consecuentemente, el valor ético es la cualidad de las acciones morales por la que entendemos que debemos hacerlas y son buenas. Estamos preparados por nuestras condiciones naturales para reconocer lo que valen las acciones morales y discernir, siguiendo unos criterios racionales, si son o no convenientes. Así nuestra condición humana valorativa sumada a la vida en sociedad hace que lo que hacemos sea considerado como bueno o malo en función de esos criterios, para decidir hacerlo por lo que vale. Esos criterios varían en el tiempo y también según las circunstancias sociales y culturales, pero siempre están y, por tanto, deben ser considerados y reflexionados. De esa forma, es obligación humana tener en cuenta los valores especialmente el de lo justo para considerar el valor de lo que hacemos.
La justicia ha estado siempre detrás de la organización social, es el valor por excelencia de lo público, lo fue en las primeras grandes civilizaciones de la antigüedad y fundamenta la vigente Declaración de los Derechos Humanos. Es, por tanto, un valor social que hay que argumentar y que hay que defender en consecuencia. No podemos renunciar a educar para que nuestra mente vea aquello que hace que una acción moral humana sea apreciable o despreciable. Desde muy antiguo ha sido un problema encontrar el equilibrio en el ser humano que se intuía en la naturaleza y seguimos en ello.
www.flickr.comLa naturaleza no es ni justa ni injusta, es como es, un todo ordenado en función de unas leyes. El ser humano tiene una segunda naturaleza, esencialmente libre, que le hace poder tomar decisiones ateniendo a sus consecuencias. Esa característica propia hace que pueda ser valorada como justa o injusta. Es ahí donde la reflexión busca el equilibrio, como lo hay de hecho en la naturaleza. Conseguirla es una labor humana de la que solo quien es libre tiene la responsabilidad de conseguirla. Por tanto la justicia es un valor social, una cualidad que hace que la sociedad sea conveniente y apreciable por su forma de ordenarse. El reto es legítimo y natural.
Una sociedad tiende a ser justa por naturaleza, aspira a tener orden, equilibrio y equidad. Si son los seres humanos quienes forman parte de esa sociedad habrá que atender a su esencia para definir la justicia. Una sociedad justa descansa en el respeto a la libertad de las personas y en garantizar la igualdad de oportunidades, todo lo que escape a esta concepción se sustenta en un ser humano alienado y determinado por el sistema, la justicia aquí no encuentra su sitio.
Una sociedad tendrá que dar a cada cual lo suyo, poseer el valor del reparto equitativo, ser equilibrada sin desigualdades que provoquen el abuso de unos contra otros. El valor de lo justo se mide también en cuanto se respetan las minorías, en el reparto de los recursos de la naturaleza, en el respeto a los derechos humanos como ley fundamental de cualquier otra ley y en la capacidad de garantizar las libertades individuales deducidas de nuestra condición de persona única e irrepetible. Ese es nuestro valor de lo justo.
LA JUSTICIA EN EL AULA
Habrá que empezar desde abajo, ser conscientes de que el orden natural del ser humano comienza con la educación. Es evidente que formando a personas libres y conscientes de los problemas de la sociedad es la única forma de alcanzar el objetivo de una sociedad justa.
El aula se comporta como un pequeño laboratorio social. Se juntan en un pequeño espacio todos esos elementos que reaccionan provocando risas, llantos, cooperaciones, injusticias, reuniones, votaciones, desencuentros, diferencias, intereses, incomodidades e incluso felicidad. Sería una ingenuidad no aprovecharlo para probar cosas, tropezarse y corregir errores, es el lugar desde el que mejorar la sociedad. El aula es el punto de partida.
Ese lugar está obligado a ser el laboratorio filosófico. Tiene una peculiaridad: quien experimenta es al mismo tiempo “reactivo”, lo que le da un matiz sugerente y creativo, los ingredientes son al mismo tiempo experimentador y experimentado. El alumnado choca, coopera, desea, comprende, asume y propone, mientras el docente participa de todo eso al mismo tiempo que sirve de gozne y de principal observador interesado, por tanto, su responsabilidad es máxima para que ese laboratorio dé lo mejor de sí.
La Educación para el Desarrollo depende, por tanto, de esa capacidad de experimentar la justicia en el aula, la mejor medida pedagógica para conseguir sus objetivos desde las primeras etapas de madurez. Debe provocarse lo suficiente para que los beneficios sociales de la justicia se sientan como buenos y provechosos por parte del alumnado. El docente tiene que manejar las riendas para que de forma natural se descubra en el aula lo que será conveniente después en la sociedad abierta en la que tocará vivir. Hay que ayudar a descubrir lo justo, al más puro estilo socrático, dejando que la razón encuentre contradicciones en situaciones de hambre, pobreza y desigualdades, pero que también las emociones fuercen la lucha por conseguir erradicarlas dejando el papel pasivo ante lo que circula delante de sus ojos. ENSEÑAR A PESCAR A QUIEN NO TIENE GANAS
Educar tiene una parte de transmisión y una de provocación. Es inevitable que haya que formar en determinados mínimos para que la persona se integre en la sociedad y pueda usar sus mecanismos, es algo así como enseñar una lengua, le estamos obligando a usarla aunque no haya tenido la oportunidad de elegirla. Pero además de esas herramientas conceptuales, democráticas y lingüísticas que hay que inculcar como base común, está la preparación para que sea una persona autónoma que actúe en función de sus criterios de una forma libre, creando valores. Si apostamos más por la parte doctrinal, estamos cercanos a un totalitarismo y si nos vencemos pedagógicamente por el lado creativo la consecuencia social será más parecida a una anarquía. Lo justo es lo equilibrado, el término medio, la proporción y encontrar ese punto virtuoso es responsabilidad del docente y obligación humana del discente. Encontrar la justicia social debe ser posible mediante un aprendizaje constructivo, haciendo que pesque por sí solo y no dándole terminado lo que es lo justo y lo que no. El joven debe comprender por sí mismo los fundamentos de los derechos humanos, manejar los valores como la paz, la libertad, la solidaridad como si hubiesen sido construidos por él mismo, que el respeto a los demás sea casi instintivo.
La ley educativa establece las condiciones para que su finalidad sea también la formación para la paz, el respeto a los derechos humanos, la vida en común, la cooperación y la solidaridad, el cuidado del medio ambiente y el desarrollo sostenible. Si es así, habrá que actuar en consecuencia para que la ciudadanía sea en el futuro más comprometida de lo que lo es ahora, más solidaria y más consciente de la importancia del respeto a los derechos humanos. El mundo global no es ni tan justo ni tan bueno, por tanto, el compromiso educativo debe ser el de hacer que se conozca el valor y se asuma como propia la importancia de hacer que la sociedad lo valga.
El problema está en las condiciones de trabajo de ese laboratorio. Jugando con la metáfora podemos decir que los instrumentos están oxidados, sus reactivos caducados y además orgullosos de ello. Descubrir el espíritu solidario y cooperativo en jóvenes que se mueven por conseguir un éxito personal y rápido en la vida no es tarea fácil. Hay una cultura del no-esfuerzo, del no-trabajo, de la reivindicación constante sin dar nada a cambio, de derechos sin deberes, un materialismo que mide las cosas en función del valor económico, lo que no ayuda nada a conseguir la conciencia necesaria que reflexione éticamente y valore. Esas condiciones previas con las que trabaja el docente tienen como consecuencia que sea complicado el objetivo.
Por eso el trabajo que hay que hacer es doblemente difícil. No solo hay que conseguir que el adolescente sea capaz de crear en su conciencia las necesidades de un mundo más justo, sino que hay que hacer que surja la actitud crítica ante las desigualdades que se producen a su alrededor, actuando en el aula para promover cambios suficientes, de forma creativa, en los valores y actitudes sociales. Hay que empezar por conseguir desarrollar el entorno más cercano en esas edades para poder aspirar a mejorar el mundo. La Educación para el Desarrollo es ese proceso pedagógico necesario para sensibilizar, formar, denunciar y comprometer a quienes formarán la sociedad mañana.
Por lo tanto, tenemos que ayudar a que libremente el discente sea quien desarrolle el valor, lo justo, que argumente por sí mismo por la conveniencia de la cooperación y la solidaridad. El descubrimiento tiene que ser natural, evidente e intuido, la única forma de que el valor sea realmente apropiado por la persona. Todo en un marco guiado por los derechos humanos, que son dados pero que necesariamente tienen que ser pensados, contando siempre con las dificultades de este laboratorio incómodo, que vive demasiado bien metido en su burbuja como para darse cuenta de que lo que ocurre fuera es también real. Con esto hay que sensibilizar creando experimentos reales, los más fieles posibles, que sean vividos en primera persona y que el adolescente pueda posicionarse como actor con en las dos caras de la desigualdad. La clave de la Educación para el Desarrollo en el aula tiene que estar en la capacidad de sentir la injusticia siendo el beneficiado y el perjudicado, solo con un ejercicio de empatía es posible el descubrimiento de lo injusto y el acercamiento a lo justo. Sin conciencia no puede haber reflexión.
POSIBILIDADES DE EDUCAR PARA EL DESARROLLO
No se trata de hacer una apuesta por la denuncia radical, porque sin una vivencia real esa denuncia pierde valor y se pasea por las aulas superficialmente. Debe ser más bien una muestra de lo que hay y un espacio de silencio para reflexionar. Las actuaciones en el aula deben motivar para que lo justo sea pensado como valor conveniente en el mundo global en el que vivimos, que define a las acciones que acompaña como equilibradas, proporcionadas, que da a cada cual lo suyo y que no discrimina ni limita libertad injustificadamente. Esas experiencias tienen que ser completadas con la acción solidaria en los círculos sociales más cercanos, complemento perfecto para que tengan significado las reflexiones.
Son muchas las propuestas pedagógicas que inundan nuestros escritorios que pueden servir de ayuda al docente para Educar para el Desarrollo, aunque ninguna tiene sentido sin su valor humano. Ese matiz lo motiva el docente y lo crea el alumnado. Una actividad pedagógica que quiera crear conciencia de la realidad social que existe en lugares con hambre, pobreza y desigualdades, no puede adoctrinar sobre lo que hay que hacer. El asunto es demasiado humano como para mostrar la solución, solo hay que enseñar a pescar lo justo.

*Ismael Rojas Pozo es profesor de Filosofía en Enseñanza Secundaria de la Junta de Andalucía y colaborador de Revista IES. www.anantes.net


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