Entre junio y agosto se concentran algunas de las fechas más importantes de uno de los acontecimientos políticos más relevantes del siglo XXI. El 14 de junio de 2013, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó cargos formales contra Edward Snowden por espionaje y robo de propiedad gubernamental. El 23 de junio, Snowden abandonó Hong Kong con destino a Moscú. El 2 de julio se produjo el escándalo internacional relacionado con el avión presidencial de Evo Morales. Finalmente, el 1 de agosto, Rusia le concedió asilo temporal.
Años después, el 2 de septiembre de 2020, un tribunal federal estadounidense concluiría que uno de los principales programas de vigilancia masiva revelados por Snowden era ilegal, cuestionando así una práctica cuya existencia había sido negada o minimizada durante años por las autoridades estadounidenses.
La historia ha resultado especialmente incómoda para Washington. Snowden fue perseguido, acusado de espionaje y presentado como una amenaza para la seguridad nacional. Sin embargo, parte de los programas que denunció terminaron siendo cuestionados por los propios tribunales estadounidenses. Durante años, el gobierno norteamericano defendió la legalidad de un sistema de vigilancia masiva que posteriormente fue considerado contrario a la legislación que supuestamente lo amparaba. La pregunta sigue siendo tan incómoda hoy como entonces: ¿quién actuó realmente al margen de la ley?
Pero Snowden no solo reveló un sistema de espionaje. Lo que destapó fue la existencia de una auténtica arquitectura global de poder basada en la vigilancia, la recopilación de información, el control de las comunicaciones y la capacidad de influir en procesos políticos más allá de las fronteras nacionales. Una estructura en la que participan agencias de inteligencia como la NSA y la CIA, organismos gubernamentales, contratistas tecnológicos, fundaciones políticas, programas de cooperación internacional, plataformas digitales y redes mediáticas. Cada una cumple funciones diferentes, pero todas forman parte de una misma lógica geopolítica: garantizar la capacidad de Estados Unidos para conocer, influir y defender sus intereses en cualquier región del planeta.
Cuando publiqué en febrero de 2014 el artículo «El caso Snowden y sus consecuencias para la geopolítica europea y las relaciones transatlánticas», advertía que aquellas revelaciones podían marcar un antes y un después en las relaciones internacionales. Trece años después, el tiempo ha demostrado que aquellas preocupaciones estaban plenamente justificadas.
Para releer el primer análisis de este tema en el 2014:
https://difusionrebelde.blogspot.com/2014/02/el-caso-snowden-y-sus-consecuencias.html
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