Por Javier Huerta
¿Debe Nicaragua ser compensada por Estados Unidos?
Una reflexión ética, histórica y política
Hablar de la deuda histórica entre Estados Unidos y Nicaragua no es solo una discusión jurídica o diplomática; es, ante todo, un debate ético y moral que interpela a la conciencia internacional. Aunque hoy no exista una obligación legal vigente que fuerce a Estados Unidos a pagar una indemnización, los hechos demostrados y reconocidos por la justicia internacional plantean una pregunta inevitable: ¿puede ignorarse un daño probado solo porque el tiempo y la política lo han enterrado?
Estados Unidos sí le debe a Nicaragua: una deuda ética que la historia no puede borrar
En 1986, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) emitió un fallo contundente: Estados Unidos violó la soberanía de Nicaragua al financiar, entrenar y apoyar a la “Contra”, un grupo armado responsable de asesinatos, sabotajes y destrucción sistemática de infraestructura civil y militar. No se trató de una acusación ideológica ni de propaganda política; fue una sentencia emitida por el máximo tribunal internacional, basada en pruebas documentadas.
La Contra no solo atacó objetivos militares. Sus acciones afectaron directamente a campesinos, trabajadores, mujeres y niños, destruyeron puentes, hospitales, escuelas, cooperativas agrícolas y redes energéticas. El objetivo no era únicamente militar: era desestabilizar un país entero, sumirlo en el miedo y en la ruina económica. Ese daño humano y material fue real, medible y reconocido.
Es cierto que la CIJ no fijó un monto específico de indemnización. Sin embargo, eso no invalida el principio central del derecho internacional: quien causa un daño, debe repararlo. Las estimaciones posteriores que hablaron de aproximadamente 17.000 millones de dólares reflejaban el costo acumulado de vidas perdidas, oportunidades truncadas y desarrollo frenado durante años de guerra impuesta.
Años después, en 1991, el gobierno nicaragüense decidió retirar el reclamo como parte de un proceso de normalización política con Estados Unidos. Desde el punto de vista legal, ese acto cerró el caso. Pero la legalidad no siempre equivale a justicia, y aquí es donde surge la reflexión más profunda.
¿Puede una decisión política borrar la responsabilidad ética de un Estado que financió una guerra contra otro país? ¿Puede el poder económico y geopolítico sustituir la reparación del daño causado? Si aceptamos que sí, entonces el derecho internacional se convierte en una herramienta débil, aplicable solo a los países pequeños y nunca a los poderosos.
Desde una perspectiva ética, Nicaragua debería ser compensada económicamente. No como un acto de caridad ni como una concesión política, sino como un reconocimiento de responsabilidad histórica. Las indemnizaciones no devuelven vidas ni borran el dolor, pero sí representan un gesto concreto de justicia, memoria y reparación.
Además, este caso plantea una reflexión más amplia: si la comunidad internacional permite que sentencias de la CIJ queden sin consecuencias reales cuando afectan a grandes potencias, ¿qué valor tienen entonces los principios de soberanía, no intervención y justicia internacional?
Hoy, el reclamo nicaragüense se utiliza principalmente como símbolo político y discurso histórico. No existe un proceso real para exigir el pago, y probablemente no lo habrá en el corto plazo. Sin embargo, que algo no sea legalmente exigible no significa que sea moralmente incorrecto exigirlo.
En conclusión, aunque Estados Unidos no esté obligado jurídicamente hoy a pagar esos 17.000 millones, sí existe una deuda ética y moral con el pueblo nicaragüense. Reconocerla y repararla sería no solo un acto de justicia histórica, sino también una señal de respeto al derecho internacional y a las víctimas de una guerra que nunca debió ocurrir.
La historia no prescribe. Y la justicia, aunque tarde, sigue siendo justicia.
Hay verdades incómodas que el poder intenta sepultar bajo el peso del tiempo, la diplomacia y el silencio. Una de ellas es clara: Estados Unidos sí le debe a Nicaragua, aunque hoy se intente negar esa responsabilidad amparándose en tecnicismos legales y decisiones políticas posteriores.
En 1986, la Corte Internacional de Justicia —el máximo órgano judicial del sistema internacional— determinó que Estados Unidos violó la soberanía nicaragüense al financiar, entrenar y dirigir a la Contra, un grupo armado que sembró muerte, terror y destrucción en el país. No fue una acusación ideológica ni una narrativa partidaria: fue un hecho probado y condenado por la justicia internacional.
La Contra asesinó a ciudadanos nicaragüenses, atacó poblaciones rurales, destruyó infraestructura civil y militar, minó puertos, saboteó la economía y dejó cicatrices profundas en una sociedad ya golpeada por décadas de dependencia y desigualdad. Es imposible hablar de ese periodo sin reconocer que el objetivo no era la “democracia”, como se dijo desde Washington, sino quebrar a un país por la fuerza, sin importar el costo humano.
Algunos argumentan que Estados Unidos no debe nada porque Nicaragua retiró su reclamo en 1991. Ese razonamiento puede funcionar en el plano jurídico, pero fracasa rotundamente en el plano ético. La justicia no desaparece porque un gobierno —en un contexto de presión política y económica— decida cerrar un caso. El daño no se borra con una firma, ni las víctimas dejan de existir porque convenga “pasar la página”.
Aceptar que una potencia puede causar miles de muertes, destruir un país y luego evadir toda reparación simplemente porque es poderosa, equivale a admitir que el derecho internacional solo existe para los débiles. Y si eso es así, entonces hablamos de un sistema profundamente injusto y selectivo.
Nicaragua debería ser compensada económicamente. No por revancha, no por propaganda, sino por un principio elemental: quien causa un daño, debe repararlo. Las estimaciones de miles de millones de dólares reflejan años de desarrollo perdido, generaciones marcadas por la guerra y una economía deliberadamente asfixiada desde el exterior.
Estados Unidos suele presentarse como defensor del orden internacional, de los derechos humanos y de la legalidad. Si ese discurso quiere ser creíble, debería empezar por asumir su responsabilidad histórica con Nicaragua. La justicia no es selectiva o no es justicia. Y la memoria de los pueblos no prescribe, aunque el poder lo intente.
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