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viernes, 11 de septiembre de 2015

El golpe de Chile de 1973, visto desde las mujeres


Por Javier Huerta

Cuando se habla del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, la historia suele aparecer contada desde los grandes nombres de la política, desde La Moneda, desde los cuarteles militares, desde los partidos y desde los grandes acontecimientos que marcaron aquel día. Salvador Allende, Augusto Pinochet, las Fuerzas Armadas, la Junta Militar, los dirigentes de la Unidad Popular, los Estados Unidos, las organizaciones empresariales y los partidos de la oposición ocupan buena parte de las páginas dedicadas a aquellos años. Pero existe otra historia que durante mucho tiempo quedó relegada a un segundo plano: la historia de las mujeres que vivieron aquel proceso político, participaron en él, se enfrentaron a él desde posiciones diferentes, sufrieron la represión y, posteriormente, desempeñaron un papel fundamental en la resistencia contra la dictadura.

Mirar el golpe desde las mujeres obliga, en primer lugar, a romper una imagen demasiado homogénea de la sociedad chilena. Las mujeres no estuvieron todas del mismo lado. Hubo mujeres militantes de la Unidad Popular, trabajadoras, campesinas, pobladoras, estudiantes, dirigentes sociales y políticas que participaron activamente en el proceso de transformación impulsado por el gobierno de Allende. Pero también hubo mujeres que se movilizaron contra la Unidad Popular y que tuvieron un papel importante en las protestas de la oposición, especialmente a través de las llamadas Marchas de las Cacerolas Vacías y del movimiento Poder Femenino. La movilización femenina fue, por tanto, un terreno de disputa política, atravesado por las diferencias de clase, de ideología y de posición social que existían en el Chile de aquellos años.

La presencia política de las mujeres tampoco comenzó con Salvador Allende. Durante las décadas anteriores habían construido organizaciones, participado en campañas por el sufragio, en movimientos sociales, en Centros de Madres, asociaciones vecinales y espacios sindicales y comunitarios. La Reforma Agraria, por ejemplo, abrió nuevos espacios de participación para las mujeres campesinas, aunque buena parte de la organización sindical del mundo rural continuó teniendo un fuerte predominio masculino. Los Centros de Madres, las juntas de vecinos y los programas de alfabetización fueron algunos de los ámbitos en los que muchas mujeres comenzaron a intervenir de manera más directa en los problemas colectivos de sus comunidades.

Durante los años de la Unidad Popular esa participación adquirió una dimensión todavía mayor. En 1973 existían alrededor de 20.000 Centros de Madres en todo Chile, con cerca de un millón de socias, una cifra que permite comprender hasta qué punto las mujeres formaban parte de una extensa red de organización social. Durante el gobierno de Allende, algunas de estas organizaciones reforzaron sus vínculos con las instituciones públicas y participaron en iniciativas relacionadas con la producción, la alimentación, la educación y las condiciones de vida de los sectores populares. La creación de la COCEMA, Coordinadora de Centros de Madres, buscó precisamente articular parte de aquella enorme red.

Aquella realidad es importante porque permite entender que la política también se hacía en lugares que durante mucho tiempo habían sido considerados secundarios. En la población, en el Centro de Madres, en la escuela, en la junta de vecinos, en las campañas de salud o en las iniciativas de abastecimiento, miles de mujeres estaban participando en cuestiones que afectaban directamente a la vida cotidiana. Para muchas de ellas, la política no consistía solamente en acudir a votar o asistir a una manifestación. Tenía que ver con conseguir alimentos, organizar una actividad comunitaria, mejorar las condiciones de una población, participar en una campaña de alfabetización o intervenir en las decisiones que afectaban a su familia y a su barrio.

Pero las mujeres también fueron protagonistas de la oposición a la Unidad Popular. La llamada Marcha de las Cacerolas Vacías del 2 de diciembre de 1971 se convirtió en una de las movilizaciones más conocidas de la oposición femenina. Posteriormente, el movimiento Poder Femenino consiguió reunir a mujeres de diferentes sectores sociales y convirtió la identidad de madre y dueña de casa en un argumento político contra el gobierno de Allende. La derecha chilena valoró aquellas movilizaciones como una herramienta importante de presión y desestabilización, y sus dirigentes mantuvieron vínculos estrechos con partidos opositores, pese a la imagen de autonomía que el movimiento proyectaba públicamente.

Conviene recordar este episodio sin caricaturas. Presentar a todas aquellas mujeres como simples instrumentos manipulados sería históricamente pobre y políticamente poco útil. Muchas tenían preocupaciones reales sobre la situación económica, el abastecimiento, el futuro de sus familias y la creciente polarización del país, aunque sus interpretaciones sobre las causas de aquellos problemas y las soluciones que defendían fueran radicalmente diferentes a las de las mujeres que apoyaban a la Unidad Popular. Al mismo tiempo, tampoco puede ignorarse que determinados sectores de aquella movilización fueron utilizados por las fuerzas políticas que buscaban derribar al gobierno constitucional y que la derecha consideró la movilización femenina una herramienta eficaz para generar oposición al gobierno.

La división política entre las mujeres chilenas revela precisamente la profundidad de la crisis que atravesaba el país. No existía una supuesta “naturaleza femenina” que situara a las mujeres fuera del conflicto político. Las mujeres estaban dentro de la lucha de clases, dentro de las diferencias ideológicas y dentro de las contradicciones que atravesaban Chile. Había mujeres de izquierdas y de derechas, mujeres de las clases populares y de las clases acomodadas, mujeres militantes y mujeres que no pertenecían a ningún partido. El golpe de Estado no cayó sobre una sociedad en la que las mujeres ocupaban un espacio neutral: cayó sobre una sociedad profundamente politizada y también sobre mujeres que habían participado activamente en ambos lados de aquella confrontación.

Y entonces llegó el 11 de septiembre.

Para muchas mujeres, aquel día significó la ruptura violenta de la vida cotidiana. Los bombardeos, los comunicados militares, el toque de queda y la ocupación de los espacios públicos fueron acompañados por una oleada de detenciones. Miles de hombres fueron llevados a lugares de reclusión como el Estadio Nacional, mientras sus esposas, madres, hijas y hermanas se concentraban en las inmediaciones tratando de averiguar qué había ocurrido con ellos. La represión transformó de un día para otro la vida de innumerables familias.

Muchas mujeres pasaron entonces de una posición de participación política a otra completamente diferente: la de buscar a los detenidos, averiguar dónde estaban, conseguir alimentos, visitar cárceles, acudir a instituciones religiosas, presentar recursos y enfrentarse a oficinas militares y policiales para obtener información. En muchos casos eran mujeres que hasta entonces habían desarrollado su actividad fundamentalmente en el hogar, en organizaciones sociales o en sus espacios de trabajo. La desaparición o detención de un marido, un hijo, un hermano o un padre las colocó directamente frente a las estructuras de la dictadura.

La represión también tuvo una dimensión específicamente dirigida contra las mujeres. Las investigaciones sobre la violencia política ejercida durante la dictadura han documentado la utilización sistemática de violencia sexual como método de tortura, practicada en numerosos centros de detención y por agentes de distintas ramas de los organismos represivos. No fue un fenómeno aislado ni una consecuencia accidental de la represión. Formó parte de las formas de violencia utilizadas contra mujeres detenidas por razones políticas.

Aquella violencia tenía además una dimensión profundamente política y patriarcal. El cuerpo de las mujeres fue utilizado como instrumento de castigo, humillación y sometimiento. La dictadura pretendía destruir a militantes, obtener información y sembrar terror, pero también actuaba sobre las ideas tradicionales acerca de la sexualidad, la maternidad y el papel que debía ocupar una mujer en la sociedad. La represión no solamente castigaba lo que una mujer había hecho políticamente; pretendía también recordarle cuál era el lugar que el poder consideraba que debía ocupar.

Sin embargo, la represión produjo una respuesta que probablemente los golpistas no habían previsto en toda su dimensión. Las mujeres comenzaron a organizarse para buscar a sus familiares, denunciar desapariciones y reclamar información. En torno a la Iglesia católica y a otras instituciones religiosas surgieron agrupaciones femeninas dedicadas a atender a las víctimas de la represión. También aparecieron comedores infantiles, ollas comunes, comités de cesantes y talleres que permitían obtener algunos ingresos en medio de una situación económica cada vez más difícil. Las arpilleras se convertirían en una de las expresiones más conocidas de aquella resistencia cotidiana.

La importancia de estas organizaciones no puede medirse solamente por el número de personas que participaron en ellas. Su verdadero valor estuvo en que crearon espacios de organización allí donde la dictadura intentaba imponer aislamiento y miedo. Una mujer que acudía a preguntar por un detenido descubría que había otras familias en la misma situación. Una madre que necesitaba alimentos encontraba a otras mujeres organizando una olla común. Una familiar de un desaparecido comenzaba a conocer a otras familias que también buscaban a sus seres queridos. La experiencia individual de la represión empezó a transformarse en una experiencia colectiva.

En ese proceso se encuentra una de las grandes historias políticas de la dictadura chilena. Muchas mujeres que habían comenzado organizándose para sobrevivir, encontrar alimentos o conocer el paradero de un familiar terminaron convirtiéndose en protagonistas de la lucha por los derechos humanos y contra la dictadura. La memoria de esas experiencias contribuyó posteriormente a la aparición de un movimiento feminista renovado. Según la documentación de Memoria Chilena, desde finales de los años setenta comenzaron a multiplicarse grupos que vinculaban la defensa de los derechos humanos con la crítica a la situación de las mujeres, y durante los años ochenta se desarrolló una nueva ola del movimiento feminista chileno.

Fue entonces cuando apareció una de las consignas más conocidas de aquel movimiento: “Democracia en el país y en la casa”. La frase condensaba una transformación política importante. Para aquellas mujeres, recuperar la democracia no podía limitarse a sustituir una dictadura por un gobierno elegido en las urnas. También había que cuestionar las relaciones de autoridad y subordinación existentes dentro de la sociedad y dentro de los propios hogares. La lucha contra el autoritarismo comenzó a relacionarse con la lucha contra la desigualdad de género.

Esta evolución demuestra que la historia de las mujeres durante la dictadura no puede reducirse a una historia de sufrimiento. También es una historia de organización, aprendizaje político y resistencia. Las mujeres crearon redes, conservaron documentos, recogieron testimonios, denunciaron desapariciones, organizaron protestas, sostuvieron comedores populares y participaron en las movilizaciones que, especialmente durante la década de 1980, fueron erosionando la capacidad del régimen para controlar la sociedad.

Y hay una continuidad que resulta especialmente significativa. Muchas de aquellas mujeres ya tenían experiencia organizativa anterior al golpe. Habían participado en Centros de Madres, campañas de salud, actividades comunitarias, distribución de alimentos, organizaciones vecinales y movilizaciones políticas. La propia memoria de las organizaciones de mujeres ha señalado cómo esas experiencias anteriores fueron recuperadas después de 1973. La dictadura quiso desarticular las redes sociales construidas durante décadas, pero parte de los conocimientos organizativos adquiridos por las mujeres sobrevivió a la represión.

También hubo mujeres que habían apoyado el golpe y que posteriormente participaron en estructuras del régimen. El poder militar supo aprovechar el discurso tradicional de la mujer como madre, cuidadora y garante del hogar. La dictadura creó en octubre de 1973 la Secretaría Nacional de la Mujer y desarrolló una política destinada a canalizar el apoyo femenino al nuevo régimen. El movimiento de mujeres de derechas que había participado en la oposición a Allende fue incorporado de distintas maneras a la estructura social y propagandística de la dictadura.

Esta dimensión resulta incómoda pero necesaria para comprender la historia completa. Las mujeres no fueron únicamente víctimas de la dictadura, pero tampoco fueron todas resistentes a ella. Algunas colaboraron con el régimen; otras lo combatieron; otras intentaron simplemente sobrevivir; muchas fueron pasando de una posición a otra a medida que experimentaban directamente la represión o las consecuencias sociales de la dictadura. La historia real es mucho más compleja que cualquier relato que quiera convertir a “las mujeres chilenas” en un sujeto político uniforme.

Lo que sí resulta evidente es que el golpe transformó profundamente la vida de las mujeres. Cambió sus relaciones familiares, sus posibilidades económicas, sus espacios de participación y su relación con la política. Muchas tuvieron que asumir responsabilidades que anteriormente habían compartido con sus parejas. Otras se convirtieron en proveedoras de sus hogares después de la detención, desaparición, muerte o exilio de sus compañeros. Las madres de detenidos desaparecidos iniciaron una búsqueda que, en muchos casos, duraría décadas. Las mujeres encarceladas llevaron consigo la experiencia de la tortura y de la prisión. Las pobladoras enfrentaron la cesantía y la precariedad mediante formas colectivas de subsistencia.

Por eso, cuando hoy recordamos el 11 de septiembre de 1973, no basta con mirar hacia La Moneda. Hay que mirar también las puertas de las cárceles, las colas frente a los lugares de detención, las poblaciones de Santiago, los campos donde las campesinas habían comenzado a participar en organizaciones, las universidades intervenidas, los Centros de Madres, las iglesias donde se recibía a familiares desesperados y las calles donde, años después, las mujeres volvieron a desafiar públicamente a la dictadura.

La historia del golpe vista desde las mujeres cambia también nuestra comprensión de lo que significa una dictadura. Una dictadura no solamente modifica las instituciones políticas. Entra en las casas, reorganiza las familias, altera las relaciones laborales, decide quién puede estudiar, quién puede reunirse, quién puede protestar y hasta qué puede decirse dentro de una cocina o de una población. Y precisamente por eso la resistencia tampoco se desarrolla únicamente en los grandes escenarios políticos. Puede aparecer en una olla común, en una visita a una cárcel, en una fotografía guardada durante años, en una denuncia presentada ante una institución internacional o en una mujer que decide salir a la calle a preguntar por un desaparecido.

Muchas de aquellas mujeres siguen formando parte de la memoria viva de Chile. Algunas buscaron durante décadas a familiares que nunca volvieron. Otras sobrevivieron a la prisión y la tortura. Algunas marcharon contra la dictadura. Otras participaron en organizaciones feministas. Otras conservaron documentos, fotografías y testimonios que hoy permiten reconstruir una historia que el régimen quiso borrar. Y muchas de ellas murieron sin conocer toda la verdad sobre sus seres queridos.

Recordarlas no significa construir una imagen idealizada de las mujeres chilenas ni ocultar las profundas diferencias políticas que existieron entre ellas. Significa reconocer que las mujeres fueron protagonistas de la historia chilena antes del golpe, durante la represión y en la resistencia posterior, aunque durante mucho tiempo los relatos políticos tradicionales las situaran en los márgenes.

El 11 de septiembre de 1973 también cambió sus vidas. Pero ellas cambiaron, a su vez, la historia de la resistencia. Allí donde la dictadura quiso imponer miedo aparecieron organizaciones; donde quiso imponer silencio surgieron testimonios; donde quiso aislar a las familias aparecieron redes de solidaridad; donde quiso devolver a las mujeres al espacio privado apareció una nueva generación de mujeres dispuestas a ocupar las calles.

Quizá esa sea una de las lecciones más profundas que deja este aniversario. La dictadura pudo imponer el silencio durante un tiempo, pero nunca consiguió que todas las mujeres callaran. Algunas buscaron a sus desaparecidos. Otras defendieron a sus hijos. Otras organizaron ollas comunes. Otras bordaron la memoria sobre una arpillera. Otras se hicieron feministas. Otras salieron a protestar. Otras conservaron durante décadas la fotografía de un familiar al que el Estado había hecho desaparecer.

Y cuando finalmente llegó el momento de volver a reclamar democracia, muchas de ellas ya no eran las mismas mujeres que habían vivido el golpe. Habían aprendido, en las circunstancias más duras, que la política también podía construirse desde abajo, desde los hogares, desde los barrios, desde las organizaciones y desde la memoria.

Por eso, mirar el golpe desde las mujeres no es añadir un capítulo secundario a la historia de Chile. Es ampliar la mirada hasta comprender que aquella tragedia atravesó todos los espacios de la sociedad y que, en medio de la represión, hubo mujeres que transformaron el dolor en organización y la pérdida en memoria. Algunas habían luchado por la Unidad Popular; otras habían combatido contra ella; muchas terminaron enfrentándose a la dictadura. Todas forman parte de una historia que no puede entenderse únicamente desde los nombres de los hombres que ocuparon La Moneda o los cuarteles.

Porque el Chile que fue derrotado el 11 de septiembre de 1973 también estaba compuesto por mujeres que habían aprendido a organizarse, a participar y a reclamar su lugar en la historia. Y precisamente por eso, cuando la dictadura intentó devolverlas al silencio y al ámbito privado, encontró que muchas de ellas ya habían aprendido algo que ningún golpe militar podía borrar: que también tenían derecho a decidir el destino de su país.



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