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domingo, 16 de agosto de 2026

Cien años de Fidel, sin Fidel, con Fidel

Por Fabrizio Casari

Hace cien años nació el Comandante en Jefe de la Revolución cubana, Fidel Castro Ruz, el estadista más grande del siglo XX que hizo de Cuba el primer territorio libre de las Américas. Hace 10 nos dejó físicamente para mudarse en nostalgia. La gigantesca estatua erigida en Managua recuerda el vínculo indisoluble entre las dos revoluciones. Un acto de reconocimiento y afecto en la Nicaragua revolucionaria, porque Fidel está en el olimpo de los grandes revolucionarios que cambiaron el curso de la historia. Una historia que fue capaz de anticipar, afrontar y dominar. Fue maestro y guía para todos aquellos que, en cualquier rincón de la tierra, hayan intentado hacer del mundo un lugar más justo y digno que el que tenían ante sus ojos.

Fidel es el patrimonio histórico y humano de Cuba y de los cubanos, pero no solamente de ellos. Se lo puede encontrar precisamente en la estatua erigida en la Avenida Bolívar de Managua, donde, a poca distancia, descansan los restos de Carlos Fonseca Amador y Tomás Borge. Pero en realidad, al igual que los dos fundadores del FSLN, Fidel está en cada calle, en cada aula y en cada hospital de Nicaragua, donde, si hoy pudiera caminar, comprobaría cómo aquello que se prometió se ha cumplido. Y se lo puede encontrar en las calles destruidas de Gaza y en las ciudades liberadas del Donbás como en los países de África que le deben parte de su libertad. Fidel fue y continúa siendo el ejemplo que cada uno de nosotros exhibe con orgullo al argumentar, protagonista del relato de los mejores ideales, de las mayores victorias, de nuestros sueños más hermosos.

Fidel solo supo vencer. Se había acostumbrado a la victoria al derrotar a Batista y a Estados Unidos, que lo apoyaba con la ayuda de la mafia ítalo-estadounidense. Desde su entrada el 1.º de enero de 1959, La Habana se convirtió en una ciudad cubana; Miami, en cambio, fue condenada a convertirse en el basurero de América, todavía incubadora de los restos de toda tiranía, cloaca que contiene toda náusea. Allí viven terroristas, contrarrevolucionarios y antiguos supuestos revolucionarios, aquellos que por dinero y ambición personal traicionaron todo y a todos: aquellos contra los que Fidel era implacable.

En Nicaragua como en Venezuela, como antes en Vietnam, las victorias fueron guiadas por líderes y comandantes que encontraron en Fidel al mejor amigo y al mejor consejero, aquel capaz de exaltar las cualidades y corregir los defectos de cada proceso político, que podía leer desde lejos como si estuviera inmerso en él y que, por más íntimamente involucrado que estuviera, sabía apartarse para observar las cosas desde la distancia adecuada. Era el padre de todo anhelo de libertad y el hermano de todos aquellos que luchaban por ella. Nada de lo que sugería podía ser subestimado, para bien o para mal: después de todo, lo que no sabía sobre revoluciones se podía escribir en el reverso de un sello postal.

Fidel es sinónimo de rebelión victoriosa, de esa extraordinaria matemática de los sueños que calcula el número de enemigos y su poder únicamente para comprender cómo derrotarlos. Enseñó a no tener miedo, a buscar en cada detalle, por pequeño que sea, la posibilidad de poner a nuestro favor incluso el escenario más problemático. Que, por poderoso y formidable que sea el opresor, los oprimidos son mayoría y pueden convertirse en el todo. Enseñó a creer que la batalla de las ideas es decisiva en la lucha por conquistar la justicia. A construir una sociedad diferente donde se pueda recorrer ese surco que separa la democracia formal de la sustancial, a no confundir el número de partidos con los índices de desarrollo. Recordó a todos que la diferencia entre independentismo y anexionismo también se expresa en el rechazo o la aceptación de la injerencia extranjera, y que las certificaciones de democracia otorgadas por el imperio poscolonial no tienen ningún valor, ni político ni ético.

Lo hizo señalando que los derechos son de todos y que la búsqueda de la igualdad es un presupuesto fundamental para definir qué es democracia y qué no lo es, convirtiendo a una isla en ejemplo global de independencia y dotándola de un extraordinario antídoto contra el veneno ideológico que se inocula desde fuera. Enseñó a leer la deuda del Sur global con las lentes adecuadas, aquellas que muestran la enorme expoliación de recursos de la que se apropia el Norte sin derecho alguno. A denunciar la insostenibilidad de un mundo en el que el 4 % de su población consume el 26 % de los recursos disponibles. Y, sobre todo, demostró al mundo entero cómo la palabra solidaridad es prólogo, desarrollo y epílogo del libro de los abrazos a escala global.

Se puede hablar de él y de sus hazañas, de su grandeza y de su carisma, leyendo sus palabras y observando sus acciones, nunca en contradicción entre sí. Se puede hablar de él como el mayor icono del Socialismo, artífice del renacimiento de Cuba y de su proyección internacional, que convirtió a la isla en la mayor reserva de fuerza moral y solidaridad con cada movimiento revolucionario, tanto en América Latina como en África. Enseñó que la defensa de la Patria no es solo nacionalismo, sino punto de partida del internacionalismo. La isla fue refugio y consuelo, laboratorio de ideas y principios, escuela del hacer y del pensar. No hay victoria revolucionaria o liberación nacional que se haya consolidado sin su contribución política, humana y también militar cuando fue necesario.

Estos años sin Fidel no han conseguido que nos acostumbremos a su ausencia. Imaginar el mundo, pensar cómo analizarlo e intentar cambiarlo no es lo mismo con Fidel que sin Fidel. Su ausencia nos privó de su extraordinaria capacidad de análisis e interpretación de los fenómenos, de su lucidez estratégica, de su grandeza política. Todos necesitamos reconstruir una teoría y una práctica de la transformación, y sería útil contar con su visión de futuro, con su capacidad para prever los procesos históricos y la dirección política que toman. Nos habría ofrecido una lectura de lo inmanente con otras categorías y otros paradigmas, sin sucumbir al encanto de esta supuesta modernidad ideológica que es la otra cara de la moneda de la rendición. Hoy, cuando el imperio en decadencia ha descubierto el paso del tiempo como un reloj de arena invertido que señala su final, hoy que el Sur parece querer mezclar todas sus lenguas para conseguir hablar con una sola voz, la presencia de Fidel habría sido fundamental.

Diez años después de sus exequias, resuena como memoria y, al mismo tiempo, como presente y futuro, la voz del Comandante Sandinista Daniel Ortega, quien, desde la Plaza de la Revolución de La Habana, frente a un millón de cubanos, preguntaba: «¿Dónde está Fidel?».

Estaba allí, residente de todas partes. Nunca se fue, Comandante Daniel. Los hombres como Fidel no se van un día precisamente porque no llegan un día. Están desde siempre y para siempre, independientemente del tiempo y de la biología, de los enemigos y los amigos, de la historia y de la crónica. Su existencia biológica es solo una parte de su existencia política. Están porque ese conjunto de hombres y pueblos, de circunstancias y condiciones que la historia se empeña en mezclar y que nosotros, por brevedad, llamamos destino, se cumple. Y esto lo han comprendido todos aquellos que saben que revolucionar el mundo es la única manera de salvarlo.

Por eso Fidel está en cada lugar donde hace falta, allí donde alguien lucha y se desvive por identificarse con el destino de todos. Está para quienes han elegido no abjurar de los ideales de justicia e igualdad, a quienes les brillan los ojos ante los humildes que se convierten en titulares de derechos. Está para quienes no han titubeado ante las oleadas reaccionarias, quienes no han retrocedido frente a las dificultades y no han traicionado a sus compañeros ni a su pueblo; para quienes no se han vendido al enemigo ni siquiera cuando este se presentó vestido con las ropas de la sensatez y la moderación. Está para quienes prefieren morir antes que arrodillarse y que no han renunciado a levantar su bandera de combate. Todos ellos son quienes pueden sentirse parte de su legado. Quienes tienen derecho a decir: «Yo soy Fidel».

Fidel estuvo, está y estará: porque, ante la inútil espera de la justicia divina, la justicia de los hombres tarde o temprano llega. Quizás tarde, pero llega. Y tiene su rostro.


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lunes, 4 de mayo de 2026

4 de mayo: Día de la Dignidad Nacional en Nicaragua — memoria, lucha y horizonte revolucionario

Por Javier Huerta

Cada 4 de mayo, Nicaragua no solo recuerda una fecha: reafirma una posición histórica frente al mundo. El Día de la Dignidad Nacional no es un acto ceremonial vacío ni una efeméride congelada en el pasado. Es, en esencia, una declaración viva de soberanía, una afirmación de que los pueblos no están condenados a obedecer designios ajenos ni a arrodillarse ante poderes externos. Es el eco persistente de una voluntad colectiva que ha sabido resistir, reinventarse y proyectarse hacia el futuro con vocación de justicia.

Hablar de dignidad nacional en Nicaragua es hablar de una historia marcada por la confrontación directa contra la intervención extranjera, el colonialismo moderno y las formas contemporáneas de dominación. Es hablar de una lucha que no ha sido lineal ni exenta de contradicciones, pero que ha tenido siempre un hilo conductor: la defensa irreductible del derecho del pueblo nicaragüense a decidir su destino.

La dignidad no es un concepto abstracto. Se materializa en la tierra que se defiende, en la cultura que se preserva, en las decisiones políticas que se toman sin tutelajes externos. En Nicaragua, esa dignidad ha sido puesta a prueba en múltiples ocasiones, desde las invasiones militares hasta las presiones económicas, mediáticas y diplomáticas que buscan condicionar su soberanía. Y sin embargo, cada intento de subordinación ha encontrado una respuesta: resistencia, organización y conciencia.

Este día invita a mirar más allá de las narrativas dominantes que reducen la historia latinoamericana a un conjunto de episodios aislados. Nicaragua representa, en muchos sentidos, un símbolo continental. Su lucha es parte de un proceso más amplio que atraviesa América Latina y el Caribe: la disputa por la autodeterminación frente a un sistema internacional que continúa reproduciendo desigualdades estructurales.

El carácter revolucionario de esta fecha no reside únicamente en los acontecimientos históricos que la originan, sino en su capacidad de interpelar el presente. ¿Qué significa hoy la dignidad nacional en un mundo globalizado, donde las formas de dominación ya no siempre son militares, sino financieras, tecnológicas y culturales? ¿Cómo se ejerce la soberanía cuando los centros de poder se desplazan y se reconfiguran constantemente?

La respuesta no puede ser pasiva. La dignidad exige acción. Exige una ciudadanía consciente, crítica y comprometida. Exige estructuras políticas capaces de defender los intereses colectivos frente a presiones externas. Pero también exige autocrítica, porque no hay verdadera dignidad sin justicia interna, sin equidad social, sin participación real del pueblo en las decisiones que afectan su vida cotidiana.

En este sentido, el Día de la Dignidad Nacional es también un llamado a profundizar los procesos emancipatorios. No basta con resistir; es necesario construir. Construir modelos económicos que prioricen el bienestar social por encima de la acumulación desmedida. Construir sistemas educativos que formen pensamiento crítico y no solo mano de obra. Construir una cultura política donde la dignidad no sea un discurso, sino una práctica cotidiana.

La dimensión internacionalista de esta fecha es fundamental. Nicaragua no está sola, ni lo ha estado nunca en su historia de lucha. La solidaridad entre los pueblos ha sido una herramienta clave frente a la adversidad. En un mundo donde las relaciones internacionales suelen estar mediadas por intereses geopolíticos y económicos, la solidaridad internacionalista representa una alternativa ética y política.

Ser solidario con Nicaragua no implica una adhesión acrítica ni una romantización de su realidad. Implica reconocer su derecho a la autodeterminación, denunciar las formas de injerencia externa y acompañar los procesos que buscan construir un orden más justo. Implica también establecer puentes entre luchas, entender que lo que ocurre en Nicaragua tiene resonancias en otras geografías.

La historia ha demostrado que ningún pueblo conquista su dignidad en aislamiento. Las victorias y derrotas de Nicaragua han estado entrelazadas con las de otros países de la región y del mundo. Desde las luchas antiimperialistas del siglo XX hasta los debates contemporáneos sobre soberanía y desarrollo, existe una red de experiencias compartidas que alimenta la conciencia colectiva.

Hoy, la solidaridad internacionalista debe adaptarse a los nuevos tiempos. Ya no se trata únicamente de apoyo político o diplomático, sino también de disputar el sentido común global. Las narrativas mediáticas, las plataformas digitales y los espacios culturales se han convertido en campos de batalla donde se construyen percepciones y legitimidades. Defender la dignidad de Nicaragua también implica cuestionar las representaciones simplificadas o interesadas que circulan sobre el país.

Pero la reflexión no puede quedarse en el plano externo. El Día de la Dignidad Nacional interpela también a la sociedad nicaragüense desde dentro. La dignidad está presente en las relaciones sociales, en las instituciones y en todas las oportunidades reales para todos los sectores de la población.

La dignidad nacional debe ser una experiencia compartida. Y para ello es imprescindible que se exprese en condiciones materiales de vida: acceso a salud, educación, trabajo digno, participación política. 

El 4 de mayo, por tanto, no debe ser entendido como un punto de llegada, sino como un punto de partida. Es una oportunidad para renovar compromisos, para evaluar avances y desafíos, para proyectar el futuro con una mirada crítica y transformadora. Es un recordatorio de que la historia no está escrita de antemano, y que cada generación tiene la responsabilidad de redefinir el significado de la dignidad.

En un contexto global marcado por crisis múltiples —económicas, climáticas, políticas—, la experiencia nicaragüense adquiere una relevancia particular. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de mundo queremos construir. ¿Un mundo donde unos pocos deciden por la mayoría, o un mundo donde los pueblos ejercen plenamente su soberanía?

La respuesta no es sencilla, pero el camino pasa, necesariamente, por la organización colectiva, la conciencia crítica y la solidaridad internacional. Nicaragua, con todas sus complejidades, sigue siendo un referente en esa búsqueda. No como un modelo perfecto, sino como un proceso en movimiento, lleno de tensiones, aprendizajes y posibilidades.

Quizás la reflexión más profunda que nos deja este día es que la dignidad no se hereda ni se decreta: se construye. Se construye en la resistencia, pero también en la propuesta. En la memoria, pero también en la imaginación. En la defensa del pasado, pero sobre todo en la capacidad de reinventar el futuro.

Así, el 4 de mayo en Nicaragua no es solo un día de conmemoración. Es un llamado permanente a la coherencia entre lo que se proclama y lo que se practica. A la construcción de un proyecto de país que no renuncie a su soberanía ni a su justicia social.

En última instancia, la dignidad nacional es inseparable de la dignidad humana. Y en un mundo donde millones de personas siguen enfrentando desigualdades, exclusiones y violencias, la lucha de Nicaragua resuena como parte de una causa más amplia: la de todos los pueblos que se niegan a aceptar la injusticia como destino.

Para el pueblo nicaragüense, este 4 de mayo no se apaga en la memoria, sino que se enciende en la acción cotidiana, en la firmeza de sus convicciones y en la continuidad de su proyecto histórico. La dignidad nacional es bandera viva en manos de quienes construyen soberanía con trabajo, conciencia y compromiso revolucionario. Desde la herencia de lucha del sandinismo, Nicaragua reafirma su derecho a existir sin tutelas, a avanzar con justicia social y a defender su independencia frente a cualquier forma de dominación. Es un pueblo que no retrocede, que transforma la adversidad en fuerza y que encuentra en la unidad y la solidaridad internacionalista la energía para seguir avanzando. Porque la dignidad no es solo resistencia: es victoria en marcha, es horizonte compartido y es la certeza de que los pueblos organizados siempre terminan escribiendo su propia historia.


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lunes, 27 de abril de 2026

Nunca Podrán Detener la Primavera»: Se Proclama en Nicaragua el Día del Héroe Internacionalista - Benjamín Linder: ¡Presente!

Por Becca Renk Foster


Bajo la carpa que da sombra en el patio del colegio, con la mirada fija y solemne al frente, se alinea una fila de niños que llevan camisetas con la imagen del norteamericano más famoso de este pueblo montañoso de Nicaragua. La foto de la camiseta no es de un cantante pop ni de una estrella de cine, sino de un flaco ingeniero eléctrico de Portland, Oregón: Benjamín Linder.

«Benjamín Linder: ¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!», gritan los niños, levantando sus pequeños puños en el aire para enfatizar que el espíritu de Benjamín Linder está hoy aquí con nosotros.

Benjamín Linder se trasladó a Nicaragua en 1983 para aportar sus habilidades a la Revolución Popular Sandinista. Era payaso y monociclista y trabajaba en el circo nacional. Como ingeniero, trabajó para llevar la electricidad a las zonas de guerra del norte de Nicaragua, donde la contrarrevolución financiada por Estados Unidos atacaba las aldeas en la oscuridad; la electricidad les proporcionaba mayor seguridad. Tras construir con éxito una central hidroeléctrica en El Cuá, Benjamín y sus compañeros comenzaron a trabajar en una nueva central en San José de Bocay, cerca de la frontera con Honduras.

El 28 de abril de 1987, Benjamín subió río arriba para tomar medidas para una presa con dos albañiles locales —Pablo Rosales, padre de cuatro hijos, y Sergio Hernández, padre de siete—, ambos voluntarios en el proyecto. Los tres fueron emboscados y asesinados por fuerzas contrarrevolucionarias.

Treinta y nueve años después, nuestro pequeño grupo, en representación de la Casa Ben Linder de Managua, ha viajado seis horas para honrar a estos héroes y mártires junto con los estudiantes, las familias, y autoridades locales en el Centro Escolar Benjamín Linder.

Día del Héroe Internacionalista

Al llegar a San José de Bocay en la noche del día anterior, nos enteramos de que la Asamblea Nacional acababa de declarar el 28 de abril Día del Héroe Internacionalista en Nicaragua. Es un honor poder compartir este momento de orgullo con la gente de Los Ángeles, el pueblo donde Benjamín fue asesinado, situado en lo alto de San José de Bocay, con unas vistas panorámicas del valle del río y las espectaculares montañas al fondo.

Juan Ramón Obregón Valdivia, el diputado de la Asamblea Nacional que representa a la región, está compartiendo el texto de la ley con los allí reunidos.

«Nicaragua ha sido bendecida con una legión de héroes y heroínas internacionalistas quienes, a lo largo de nuestra historia y en las distintas etapas de lucha por nuestra Soberanía, han asumido nuestros ideales y han defendido la Paz», lee.

«El hermano norteamericano Benjamín Linder, fue asesinado…convirtiéndose en un símbolo eterno de la lucha de los pueblos contra la injusticia. debemos conmemorar a todos nuestros héroes internacionalistas, reafirmando el vínculo indisoluble entre el Pueblo Nicaragüense y la Solidaridad Internacional, convirtiendo el ideal del internacionaliśmo en luz que guía la gesta por el progreso y la construcción de un futuro de Unidad y Paz», concluye el diputado.

Héroes Inesperados

Tras celebrar con bailes, discursos, poemas y piñatas, nos dirigimos a la presa que ahora alimenta la central hidroeléctrica, terminada en 1994 por APRODELBO, la organización que hoy suministra electricidad a 2.000 familias de la región. A continuación, caminamos a través del espeso bosque hasta el lugar donde fueron asesinados Benjamín, Pablo y Sergio.

De pie sobre las rocas en la quebrada, José Luís Olivas, jefe de la unidad de gestión ambiental de APRODELBO, habla de su heroísmo. Con sus gafas de montura metálica y los bolsillos de la camisa llenos de bolígrafos, Ben Linder no daba la impresión de ser valiente. Pero en el contexto de la guerra de la Contra, todo el mundo sabía que el simple hecho de intentar llevar la electricidad a las comunidades era motivo suficiente para que tu nombre acabara en una lista de muerte.

«En este entonces estaban los grupos armados financiados por el gobierno de los estados unidos», explica José Luís.

«El señor Ronald Reagan no quería que los nicaragüenses siguiéramos prosperando, nos quería ver enterrados en miseria y por eso financiaba la contrarrevolución».

Sin embargo, Benjamín y miles más como él siguieron trabajando para mejorar las vidas de las familias en las zonas rurales en guerra, aun sabiendo el riesgo personal que corrían.

«Lucharon por ver una comunidad organizada, ver jóvenes estudiando, ver médicos profesionales que son de la misma comunidad dando atención médica a la misma población», explica José Luís.

Cuenta la historia de Ambrosio Mogorrón Martínez, un enfermero vasco de España. Ambrosio, conocido como «El Doctorcito», también fue asesinado en Bocay, apenas un mes después de Benjamín. Se dirigía a llevar medicamentos a la comunidad cuando una mina antitanque de fabricación estadounidense detonó bajo su camioneta, matándolo a él y a otras nueve personas que lo acompañaban. El hospital primario de Bocay lleva el nombre de Ambrosio Mogorrón.

«Lastimosamente murieron estos internacionalistas, pero dejaron una semilla sembrada en buena tierra, y esa semilla ha germinado y esa semilla sigue creciendo aquí», concluye José Luís. «Por eso es que tenemos energía eléctrica, tenemos agua potable, tenemos hospitales, tenemos escuelas, tenemos universidades».

Nunca detendrán la primavera

Cuando vamos de salida, miramos una ranita sobre la piedra, justo arriba del punto donde dispararon a Ben a quemarropa. La rana es de un rojo vivo y negro, los colores de la Revolución Sandinista. Amablemente, va saltando de un lado a otro, dejándonos tomarle fotos. Un amigo me cuenta que, según la tradición indígena, Rana canta para traer la lluvia, simbolizando la nueva vida y la armonía.

Mientras bajamos la montaña, reflexiono sobre lo oportuno que es celebrar las contribuciones de nuestros internacionalistas caídos cuando ahora tantos de sus sueños para Nicaragua se han hecho realidad: la paz y seguridad, la educación gratuita, el servicio de salud gratuita, la vivienda digna, las buenas carreteras.

«Podrán arrancar todas las flores, pero jamás detendrán la primavera», cita la copresidenta de Nicaragua, Rosario Murillo, al anunciar el Día del Héroe Internacionalista. «Benjamín Linder, una flor allá en Bocay, una flor del pueblo nicaragüense…Luchamos por la paz, luchamos por la floración que deja la Paz, luchamos para vivir como hermanos…luchamos por la alegría, jamás detendrán la primavera».

En este 28 de abril, mientras celebramos el primer Día del Héroe Internacionalista, sabemos que la primavera ha llegado a Nicaragua.

Becca Renk Foster es originaria de Idaho, EE. UU. Lleva 25 años viviendo y trabajando en el desarrollo comunitario sostenible en Nicaragua. Coordina el trabajo de la Casa Benjamín Linder en Managua y forma parte de la Coalición de Solidaridad con Nicaragua.

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jueves, 16 de agosto de 2018

El hierro candente de Nicaragua: 92 días de furia

                                                                                               
Por Leandro Grille

La Revolución nicaragüense no fue la obra cumbre de un grupo de comandantes ni el truco deslumbrante de un prestidigitador que acabó con la tiranía dinástica de los Somoza. Fue el fruto de una larga y dolorosa lucha protagonizada por una multitud, fundamentalmente anónima, inspirada en la idea del héroe anticolonialista Augusto César Sandino, que echó a los yanquis de Nicaragua y murió traicionado. Durante los diez años que transcurrieron entre la victoria de julio de 1979 y las elecciones de 1990, en las que el Frente Sandinista cayera frente a la derecha, la contrarrevolución, organizada y financiada por Estados Unidos no otorgó ni un minuto de tregua a la epopeya revolucionaria, al punto de que aquel resultado electoral sólo puede explicarse por el anhelo mayoritario de los nicaragüenses de acabar con la guerra, incluso a costa de la derrota de un sueño.

Si es cierto que la oportunidad del poder y el desafío de conservarlo en mitad de una guerra amalgama a las fuerzas de los que lo ejercen, y suspende las contradicciones que albergan en su seno, más cierto aun es que la derrota es un hito removedor de la cual rara vez se sale unido. En 1990 el FSLN perdió la elección, la revolución fue desmantelada y el sandinismo ingresó en una terrible confrontación interna, nada extraña a la que atravesaron todos los movimientos políticos de la izquierda, ya no por haber perdido lo que se había ganado en su lugar, sino por el contenido traumático planetario que tuvo la caída del campo socialista en esta trinchera del pensamiento.

La escisión interna del sandinismo

Entre 1991 y 1995 dos corrientes antagónicas se disputaron la conducción del sandinismo, una de ellas de carácter dialoguista y renovador, de tendencia socialdemócrata, dirigida por Sergio Ramírez, y otra de carácter más confrontativo ortodoxo, de asumido marxismo, que dirigían Daniel Ortega y Tomás Borge. Entre los que se fueron del Frente Sandinista por esos años se cuentan algunos de los intelectuales más renombrados que participaron de la revolución, como Gioconda Belli, el poeta y religioso Ernesto Cardenal y el escritor Sergio Ramírez, que había sido hasta 1990 vicepresidente de Nicaragua.

Este último se fue del FSLN a principios de ese año, liderando a 29 de los 38 diputados del Frente, que abandonaron el partido con él, fundaron el Movimiento de Renovación Sandinista, se quedaron con las bancas y votaron una reforma constitucional que suprimió la Constitución revolucionaria aprobada en 1987, desoyendo el mandato del Frente Sandinista. Ciertamente, muchos de los nombres más reconocidos de la revolución apoyaron al MRS en las elecciones del año 1996, que impulsaba a Ramírez como candidato a la presidencia, pero este movimiento y sus cuadros tan prestigiosos obtuvieron en la elección presidencial 7.665 votos a presidente y  algo más de 20.000 votos a lista de legisladores, mientras que el FSLN de Daniel Ortega obtuvo cerca de 665.000 votos, que no fueron suficientes para ganar la elecciones, pero sí para dejar claro de qué lado estaba el pueblo sandinista en la batalla interna por su orientación.

Habiendo sido vencidos, el Frente Sandinista impulsó entre febrero y abril de 1990 una serie de leyes que serían conocidas luego como “leyes de la piñata”. En particular, las leyes 85 y 86, que estipulaban la transmisión de la propiedad de las viviendas que habían sido expropiadas y otorgadas por el Estado revolucionario y la legalización de viviendas y tierras ocupadas durante los años de revolución, muchas de las cuales habían pertenecido a la burguesía nicaragüense que se había ido masivamente a Miami. Estas leyes especiales favorecieron a cientos miles de  familias, aunque no por ello debe soslayarse que bajo el amparo de estas figuras legales se conocieron hechos de corrupción que involucraron a algunos dirigentes y exdirigentes sandinistas que se habrían quedado ellos mismos con propiedades. Sin embargo, estos hechos de corrupción no invalidan ni el propósito ni la oportunidad de la norma que permitió asegurar la vivienda obtenida por muchísimos nicaragüenses humildes beneficiados por la revolución.

A los que, sobre todo desde la izquierda, invocan a famosos referentes del sandinismo como si fueran los verdaderos representantes de su legado, que el pueblo sandinista, único tributario de su gloria, y protagonista excluyente de la peripecia revolucionaria, se quedó en el FSLN y le dio la espalda sistemáticamente a los nombres propios que intentaron enfrentarlo electoralmente, llámese Sergio Ramírez, Carlos Mejía Godoy, que fue candidato a vicepresidente por el Movimiento de Rescate del Sandinismo de Henry Lewites o Henry Ruiz, Modesto, uno de los nueve comandantes de la revolución.

Repasemos otra de las famosas “leyes de la piñata” del Frente Sandinista por su trascendencia histórica: la ley 89. En esta ley de abril de 1990, poco tiempo antes de entregar el poder, se le otorgó la autonomía a las universidades y en el artículo 55 de la norma se obligó al Estado a brindarle a estas un presupuesto no inferior al 6 por ciento del presupuesto general de ingresos de la República.

La relevancia política de esta ley no está dada sólo por su contenido, sino porque ambientó un movimiento impresionante de los estudiantes universitarios, organizados en la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua, que durante los 17 años que transcurrieron entre que el sandinismo entregó el gobierno y que lo recuperara mediante elecciones en 2007, exigieron el cumplimiento cabal de la obligación presupuestaria de 6 por ciento a una seguidilla de gobiernos neoliberales que hicieron todo por incumplirla. La UNEN es y ha sido siempre la organización estudiantil universitaria de Nicaragua y su persistencia movilizada tuvo mucho que ver con el retorno del Frente Sandinista al poder. En aquellas movilizaciones por el 6 por ciento no era extraño que fueran víctimas de represión e incluso el presidente de la UNEN perdió una pierna por un balazo en una movilización, en la que, además, otros dos estudiantes fueron asesinados por la represión. Recién cuando el FSLN recuperó el gobierno en 2007, el 6 por ciento fue reconocido y otorgado de acuerdo a la interpretación auténtica de la norma que habían hecho la Asamblea Nacional y la Corte Suprema, que favorecía los reclamos de la comunidad universitaria.

La reforma previsional y el estallido

Han pasado once años desde que Daniel Ortega volvió a la presidencia. En las últimas elecciones, del 6 de noviembre de 2016, la victoria de la fórmula integrada por Ortega y su esposa Rosario Murillo alcanzó el 72 por ciento de los votos con una participación de 68 por ciento de los habilitados. Más allá de las denuncias de fraude, ninguna tuvo relevancia para impugnar el resultado abrumador de la elección, por lo que los que insisten en que Ortega es un dictador simplemente están ignorando la contundencia del pronunciamiento de los nicaragüenses en las urnas. Para volver al gobierno, el sandinismo tejió alianzas con sectores que habían sido contrarrevolucionarios, y entre las más polémicas se cuenta el acercamiento a una parte de la Iglesia encabezada por el cardenal Miguel Obando y Bravo, fallecido este año, quien fuera durante los años de la revolución uno de los más férreos opositores del FSLN y patrocinante de la Contra. El acercamiento de Obando y Bravo a Ortega fue ferozmente criticado por la derecha, que lo odió durante sus últimos años de vida, como por una parte de la izquierda internacional y de los exsandinistas, que observaron en ese acercamiento una señal de la “desviación” de Ortega: una suerte de conversión mística que alienta Murillo y que incluyó la penalización del aborto como forma de obtener el favor del voto católico en un país de población muy creyente.

En los once años de gobierno sucedidos desde 2007, Ortega mantuvo también una buena relación con el Cosep, que es el consejo de la empresa privada nicaragüense, pero también con los trabajadores. De este modo, esta alianza tripartita, que no fue gratuita, permitió una década de estabilidad en un país con una economía muy frágil -la más pobre de América Latina, después de Haití- y un crecimiento económico espectacular sostenido en un promedio de 5 por ciento anual.

Junto a ello, el gobierno desarrolló varias decenas de programas sociales orientados a la población más humilde que redundaron en una franca disminución de la pobreza y en un aumento del salario mínimo y del ingreso medio muy superior al período neoliberal que lo precedió durante 17 años. Nicaragua se convirtió en el país más seguro de la región, con una tasa de delitos muy inferior a sus vecinos y, como indicador elocuente, un tasa de homicidios de seis por cada 100.000 personas, menor que el de Uruguay y seis veces más chico que sus países fronterizos.

Pero la alianza con los empresarios se rompió. El detonante fue la reforma del Instituto Nacional de Seguridad Social. Hace años que se sabía que la seguridad social atravesaba una situación crítica. El Fondo Monetario Internacional había previsto en su última visita que todo el sistema de pensiones colapsaría en 2019. Es que si durante el período posterior a la derrota de la revolución y hasta 2007, los beneficios de la seguridad social eran precarios, mínimos o inexistentes, con los gobiernos de Ortega la situación había cambiado mucho. Ahora mismo en Nicaragua la edad jubilatoria es de 60 años y apenas se exige una cotización formal de 750 semanas que, en términos concretos, no alcanza ni a los 15 años. Con esos años de aportes y esa edad se puede obtener una jubilación de acuerdo a los ingresos de la vida activa, pero incluso quienes no llegan a tenerlos, si prueban 250 semanas de aportes (cinco años), se hacen beneficiarios de una pensión reducida. Además, los beneficiarios de la seguridad social tienen derecho a múltiples estudios y tratamientos médicos no sólo en el país, sino también en el extranjero cuando no se realicen localmente. El FMI propuso una reforma que implicaba recortar las jubilaciones, aumentar la edad jubilatoria, incrementar el número de semanas aportadas requeridas y eliminar las pensiones reducidas. El gobierno de Ortega se opuso a ese proyecto bien típico del FMI y, por el contrario, impuso una reforma que aumentaba el aporte patronal de 19 por ciento a 22,5 por ciento, mientras que los aportes de los trabajadores se incrementaban sólo 0,75 por ciento, deduciéndose de las pensiones 5 por ciento para los gastos de salud.

Esta reforma previsional generó la ira de los empresarios, muy bien alimentada por los medios de comunicación que intentaron presentar el cambio como un perjuicio a los jubilados y pensionados, pero no de las organizaciones sindicales que conocían el contenido de un proyecto que era mucho más progresista que el programa de reforma previsional que impulsaba el empresariado en tándem con el FMI. A partir de allí y de la confusión que reinaba sobre la reforma del INSS, se producen algunas manifestaciones contrarias al decreto, y el involucramiento de estudiantes, en particular, estudiantes universitarios de clases media alta y alta contrarios a la dirigencia de la UNEN, que apoyaba la reforma. Los enfrentamientos entre jóvenes y estudiantes sandinistas que apoyaban la reforma y los opositores detonó la crisis. Ya desde el principio hubo muertos de los dos lados y aunque Ortega intentó detener la revuelta derogando el decreto cuatro días después haberlo emitido y convocando una mesa de diálogo con mediación de la Iglesia, la crisis escaló y escaló, naturalmente, porque el Diablo metió la cola.

92 días de furia

Si la represión inicial es injustificable, lo que motivó la renuncia de la directora nacional de la policía nicaragüense, exguerrillera sandinista que dirigía el cuerpo desde 2006 y que había llevado adelante una gestión muy importante para feminizar la fuerza, el estallido de violencia que terminó con la vida de cientos nicaragüenses dista de ser el resultado de una “masacre” del gobierno sobre los opositores. Durante 92 días se produjo una cantidad impresionante de hecho violentos en los que murieron tanto sandinistas como antisandinistas en cantidades similares. Se quemaron instituciones públicas, dependencias universitarias, municipios, alcaldías, edificios y hasta locales de medios de comunicación como las radios sandinistas Nueva Radio Ya o Radio Nicaragua y la opositora Radio Darío. Hubo francotiradores, secuestros de sandinistas, gente quemada, torturas bendecidas por curas opositores y una amplísima operación propagandística para presentar todos los hechos como una cruenta acción gubernamental contra un movimiento demócrata de autoconvocados y una así llamada Alianza Cívica para la Justicia y la Democracia, integrada por el consejo de la empresa privada, la cámara de comercio americana nicaragüense, las patronales rurales y el Movimiento 19 de abril de estudiantes de derecha, que incluso viajaron a Estados Unidos a reunirse con los referentes de la derecha republicana Marco Rubio e Ileana Ross Lehtinen, quienes promovieron en 2016 la “Nica Act”, una ley, aprobada en el Congreso, claramente injerencista que impide el financiamiento internacional del país.

El manual que siguió adelante luego de los enfrentamientos iniciales fue parecido al de Venezuela y el diálogo quedó en la nada cuando la Iglesia, que en teoría iba a actuar de mediadora, exigió la renuncia del presidente y el adelantamiento de las elecciones.

Para propiciar el diálogo, el gobierno aceptó acuartelar a la policía, pero lo violencia no cedió y hasta las comisarías fueron rodeadas durante semanas por manifestantes organizados y armados. También fueron incendiadas sedes de la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua, que se mantuvo siempre del lado del oficialismo. Finalmente, el sandinismo se propuso recuperar el control del país, con localidades enteras tomadas por fuerzas opositoras e inició una operación política y policial llamada “Caravana de la libertad”, que les permitió recuperar cada uno de los territorios, hasta que el martes 17 de julio se dio el operativo decisivo para tomar Monimbó, donde resistía el último bastión controlado por opositores violentos.

El 19 de julio el sandinismo organizó el 39 aniversario del triunfo de la revolución en una serie de actos gigantescos, el más importante de ellos en la Plaza de la Fe de Managua, ya con la sensación de haber recuperado el control total del país.

Es indiscutible que en los 92 días hubo actos de represión y actuaciones indefendibles de fuerzas progubernamentales, pero no es cierto que del otro lado hubiese un movimiento pacifista. Por el contrario, la violencia opositora, promovida por el empresariado y la derecha, con el auspicio de grandes medios de comunicación como La Prensa, el principal diario de Nicaragua, francamente derechista, y con financiamiento de Estados Unidos, siempre a la orden para desestabilizar países que no se alineen con sus designios, tienen una responsabilidad enorme con lo que sucedió en el país y con este intento real de derrocar a Ortega. El que no quiere ver la actuación del imperialismo y no quiere meterse en la complejidad de lo sucedido puede levantar su dedo acusador contra el líder del FSLN por todos los motivos que se le ocurran, al fin y al cabo nunca se sentirá solo en un mundo donde más de 95 por ciento de los medios de comunicación van a presentar al gobierno del FSLN como una tiranía sangrienta, pero la realidad es mucho más compleja y en Nicaragua en estos 92 días hubo un intento de golpe de Estado contra un gobierno electo con más de 70 por ciento de los votos.




Fuente:
http://www.ensartaos.com.ve/el-hierro-caliente-de-nicaragua/

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viernes, 4 de mayo de 2018

Nicaragua conmemora el Día de la Dignidad Nacional


Por Alex Hernández


  Hoy, Nicaragua conmemora la rebeldía de Augusto Nicolás Sandino, que desconoce la traición de los apátridas, e inicia su camino hacia el sol de la libertad, o hacia la muerte, que en su caso es alba, aurora, nacimiento y porvenir de luz. 
  
Bajo la sombra del Pacto del Espino Negro el General José María Moncada y el Secretario de Estados Unidos Henry Stimsom firman en 1927 la traición a Nicaragua.

El Pacto establece la creación de la Guardia Nacional y la intervención norteamericana y el General Sandino se reúsa a fírmalo y se rebela contra las tropas norteamericanas.

A Esta acción de patriotismo se conoce como el día de la Dignidad en Nicaragua.

El Pacto del Espino Negro contenía el desarme del General Sandino ofreciéndole 10 dólares por cada arma entregada.

La dignidad nacional se refleja en la construcción de un país y en la edificación del porvenir en paz y prosperidad.

Hace 91 años Nicaragua probó al mundo que el honor nacional no se humilla. El triunfo revolucionario de 1979 fue el fruto de esa Dignidad Nacional iniciada por el General Sandino.

 

Fuente