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lunes, 29 de abril de 2024

Los internacionalistas del amor: una solidaridad que Nicaragua nunca olvidará


Por Javier Huerta

El homenaje a quienes hicieron de Nicaragua una causa propia

Cuando sus nombres comenzaron a escucharse uno tras otro en el auditorio del Centro de Convenciones Olof Palme de Managua, no eran simplemente nombres. Eran vidas. Eran historias llegadas desde Estados Unidos, Suiza, Alemania, Francia, Italia, el País Vasco y muchos otros rincones del mundo que, un día, decidieron unir su destino al del pueblo nicaragüense.

El pasado 30 de abril, durante el acto nacional conmemorativo por el XII aniversario del paso a la inmortalidad del comandante Tomás Borge Martínez, Nicaragua volvió a detenerse para recordar a aquellos hombres y mujeres que hicieron de la solidaridad una forma de vida. En una ceremonia cargada de emoción, el recuerdo de Tomás Borge caminó de la mano del reconocimiento a quienes, desde otros países, llegaron para construir escuelas, levantar puentes, llevar electricidad, alfabetizar comunidades, compartir conocimientos y sembrar esperanza.

La vicepresidenta Rosario Murillo los definió con una expresión que resume como pocas el significado de aquella entrega: «los internacionalistas del amor». No era una frase retórica. Era la mejor manera de describir a quienes abandonaron la comodidad de sus hogares para compartir el destino de un pueblo que luchaba por salir adelante.

La Revolución Popular Sandinista despertó, desde su triunfo en julio de 1979, una de las mayores movilizaciones de solidaridad internacional que ha conocido América Latina. Miles de personas procedentes de decenas de países viajaron a Nicaragua convencidas de que la defensa de la justicia, la soberanía y la dignidad no entendía de fronteras.

Llegaron cuando el país afrontaba enormes desafíos. Mientras Nicaragua intentaba reconstruirse tras décadas de dictadura, la guerra impulsada por la contrarrevolución provocaba graves necesidades en la educación, la salud, la agricultura, las comunicaciones y las infraestructuras. Frente a esa realidad, miles de internacionalistas decidieron responder con trabajo, conocimientos y compromiso.

Muchos eran ingenieros, médicos, maestros, periodistas, arquitectos, agrónomos o estudiantes. Participaron en campañas de alfabetización, impulsaron proyectos agrícolas, colaboraron en la construcción de escuelas, centros de salud, caminos, puentes y sistemas de agua potable, llevaron electricidad a comunidades rurales y compartieron la vida cotidiana de las familias campesinas. No llegaron como observadores. Llegaron para trabajar.

Con el paso del tiempo, muchos descubrieron en Nicaragua una segunda patria. Aprendieron sus costumbres, hicieron amigos, compartieron alegrías y dificultades y asumieron los mismos riesgos que afrontaba el pueblo nicaragüense.

Entre los compañeros recordados durante el homenaje figuraba Benjamín Linder, el joven ingeniero estadounidense que llevó la electricidad a comunidades donde nunca antes había brillado una bombilla. También Maurice Demierre, cooperante suizo comprometido con el desarrollo agrícola; Bernd Koberstein, periodista alemán que cambió la comodidad de Europa por los caminos del norte de Nicaragua; Yvan Leyvraz, ingeniero suizo; Joël Fieux, agrónomo francés; Albrecht "Toño" Pflaum, Pierre Grosjean, el internacionalista vasco Ambrosio Mogorrón, Antonio Soldano Ferrer y tantos otros hombres y mujeres cuyos nombres forman ya parte inseparable de la historia de Nicaragua.

Muchos de ellos apenas habían superado la treintena. Tenían por delante carreras prometedoras, proyectos personales y una vida cómoda en sus países de origen. Sin embargo, eligieron otro camino. Decidieron poner sus conocimientos al servicio de un pueblo que apenas conocían, convencidos de que la solidaridad también podía cambiar el mundo.

Varios de aquellos internacionalistas fueron asesinados por fuerzas de la contrarrevolución mientras realizaban tareas completamente civiles. No empuñaban armas; llevaban herramientas, cuadernos, cámaras fotográficas, medicamentos o proyectos destinados a mejorar las condiciones de vida de las comunidades. Su compromiso los convirtió en objetivo de una guerra que pretendía sembrar el miedo y frenar el proceso de transformación que vivía Nicaragua.

Entre los asistentes al homenaje destacaban también reconocidos internacionalistas que han mantenido vivo ese compromiso durante décadas. Allí se encontraban Brian Willson, veterano activista estadounidense por la paz y la solidaridad con Nicaragua, acompañado por su esposa, así como Fred Morris, junto a otros compañeros llegados desde distintos países. Su presencia recordó que el internacionalismo no pertenece únicamente al pasado; sigue vivo en quienes continúan defendiendo la amistad y la cooperación entre los pueblos.

Durante su intervención, el presidente Daniel Ortega recordó que la mejor forma de honrar a quienes entregaron su vida era mantener vivos los principios que inspiraron su compromiso. «Tenemos que mantener vivos los valores de Benjamín Linder, los valores de Tomás, los valores de nuestros héroes y mártires de Nicaragua y del mundo», afirmó, vinculando la memoria de los internacionalistas con la defensa permanente de la solidaridad y la dignidad de los pueblos.

No fue casual que este homenaje tuviera lugar precisamente en el acto dedicado a Tomás Borge. Uno de los fundadores del Frente Sandinista siempre defendió que la solidaridad internacional era una fuerza capaz de unir a personas de culturas, idiomas y países distintos alrededor de una misma causa: la justicia.

El obispo y poeta Pedro Casaldáliga dejó escrita una frase que quizá explique mejor que cualquier discurso el significado de aquella historia compartida: «Los internacionalistas internacionalizan el amor.»

Eso hicieron. Internacionalizaron el amor mediante el trabajo, el esfuerzo y el compromiso. Lo sembraron en escuelas, cooperativas, hospitales, proyectos de electrificación, comunidades rurales y caminos de montaña. Lo sembraron, sobre todo, en la memoria de un pueblo que nunca olvidó que, cuando más lo necesitaba, llegaron hombres y mujeres de lugares lejanos dispuestos a compartir su destino.

Aquella tarde del 30 de abril volvieron a escucharse muchos de sus nombres. Benjamín, Maurice, Bernd, Yvan, Joël, Ambrosio, Antonio, Pierre, Toño… Cada uno con su propia historia. Cada uno con su propio sueño. Todos unidos por una misma convicción: que la solidaridad entre los pueblos es una de las expresiones más nobles del ser humano.

Y mientras sus nombres continúen pronunciándose con gratitud, seguirán formando parte de la historia de Nicaragua. Porque los internacionalistas del amor no pertenecen únicamente a los países donde nacieron. También pertenecen, para siempre, al corazón del pueblo nicaragüense.


VIDEO ACTO:





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