Por Javier Huerta
Desde una perspectiva solidaria con Nicaragua y la Revolución Sandinista, la estancia de Darío en Cataluña simboliza un puente de solidaridad entre pueblos que luchan por su dignidad cultural y justicia social. No es casualidad que, décadas después, el Gobierno nicaragüense y movimientos culturales propusieran convertir la casa donde vivió Darío en Barcelona en un museo en su honor, como gesto de reconocimiento a la fuerza poética y la fraternidad entre Nicaragua y España.
Desde una mirada catalana, solidaria con Nicaragua y la Revolución Sandinista, la estancia de Rubén Darío en Barcelona puede entenderse como un hito de fraternidad cultural entre el pueblo catalán y los pueblos de América Latina, especialmente Nicaragua, cuya identidad literaria y dignidad nacional Darío ayudó a forjar.
Rubén Darío llegó a Barcelona inicialmente como corresponsal del diario argentino La Nación, en 1898, en un momento de profundas transformaciones políticas y sociales tanto en España como en el mundo hispanoamericano. Barcelona, pujante ciudad moderna y cosmopolita, lo recibió como a un embajador de las letras hispanoamericanas y un puente de entendimiento entre culturas. En sus crónicas periodísticas describió la ciudad con admiración: sus Ramblas, el Paseo de Gracia, su dinamismo industrial y su apertura a corrientes europeas y progresistas, contrastando con otros ambientes más rígidos de la Península Ibérica.
En Nicaragua, en 1898, se atravesaba una etapa de importantes transformaciones políticas y sociales bajo el gobierno del presidente José Santos Zelaya, quien había llegado al poder en 1893 tras la Revolución Liberal. Este período se caracterizó por el intento de modernizar el país y romper con el prolongado dominio conservador que había marcado la vida política nicaragüense durante décadas. Esta situación marcaria y definiría el rumbo del país en los años siguientes.
En el ámbito económico, se impulsó la modernización de la infraestructura, con la construcción de ferrocarriles, puertos y líneas telegráficas, así como el crecimiento de la exportación del café, principal producto del país. Sin embargo, estos avances beneficiaron sobre todo a los sectores más acomodados, lo que generó desigualdades y descontento entre parte de la población.
Ese año, el pequeño Augusto C. Sandino no era más un niño campesino, "un chigüín", de apenas tres años que vivía en la Nicaragua rural. Su vida en ese momento se definía por la precariedad y la exclusión, habitando en el pueblo de Niquinohomo bajo el cuidado de su madre, Margarita Calderón, una humilde trabajadora del campo.
A esa corta edad, su identidad estaba marcada por ser un hijo "natural" no reconocido legalmente por su padre, el terrateniente Gregorio Sandino. Esta condición lo situaba en el estrato más bajo de la pirámide social, donde la supervivencia dependía del trabajo físico. Lejos de cualquier privilegio, el pequeño Sandino crecía en un entorno de privaciones económicas, siendo testigo y protagonista de la dura realidad del campesinado nicaragüense de finales del siglo XIX, donde su infancia estaba siendo moldeada por la desigualdad y el esfuerzo, vivencias que sembrarían en él una profunda sensibilidad hacia las injusticias sociales que combatiría en su vida adulta.
En política exterior, Zelaya promovía la idea de la unidad centroamericana, lo que provocó tensiones con países vecinos y con potencias extranjeras como los EE.UU. y Gran Bretaña, interesadas en la región por razones económicas y estratégicas. Aunque en 1898 Nicaragua mantenía cierta estabilidad, ya existían conflictos internos y oposición política que, con el tiempo, desembocarían en la caída del régimen en 1909.
En el corazón de la vida cultural barcelonesa de principios del siglo XX, Darío se movió en círculos modernistas y bohemios que abrazaban la innovación, la libertad artística y el compromiso social. Participó en tertulias de cafés emblemáticos como Els Quatre Gats, un lugar de encuentro de artistas e intelectuales del Modernisme catalán —donde coincidió con figuras como Santiago Rusiñol y Ramón Casas— y que se convirtió en una suerte de ágora para las ideas renovadoras de la época.
También acudió al Cafè Colón en la Plaza de Cataluña y se relacionó con intelectuales del Ateneu Barcelonès y de la Renaixença —movimiento cultural que reivindicaba la lengua y cultura catalanas— construyendo lazos con figuras como Joan Maragall, Antoni Rubió i Lluch, Pompeu Gener, Víctor Balagué, Àngel Guimerà, Apel·les Mestres, Jacint Verdaguer, Narcís Oller, Miquel dels Sants Oliver, Eugeni d’Ors, Carles Rahola o Josep Carner. Estas amistades ilustran cómo la Barcelona de entonces fue un crisol donde confluyeron aspiraciones modernistas, humanistas y sensibles a los procesos de emancipación cultural de otras latitudes.
Su estancia más prolongada, en 1914, representa un momento particularmente significativo: Darío llegó a alquilar una **“torre” de veraneo en la calle Ticià —hoy número 16 en el barrio de Els Penitents— que le ofreció el respiro creativo y espiritual que anhelaba. La casa, rodeada de jardín y huerto, con luz eléctrica, piano y tranquilidad, fue para él un refugio de inspiración y salud emocional, tal como lo expresó en cartas conservadas. En la fachada de ese inmueble una placa conmemorativa recuerda su paso por Barcelona y la importancia de su legado poético.
Desde esa residencia, Darío siguió moviéndose por la trama urbana de una Barcelona que era, para muchos catalanes, un símbolo de apertura al mundo. Visitó instituciones como el Institut d’Estudis Catalans —entonces en la Diputación Provincial, hoy Palacio de la Generalitat— y participó en actividades culturales que reforzaron un diálogo fecundo entre el pensamiento catalán y la sensibilidad latinoamericana.
Además de su estrecha relación con el ambiente literario, Darío mostró un profundo interés por las tensiones sociales y políticas de la ciudad: asistió a mítines obreros y se entrevistó con líderes sindicales, atraído por el auge obrero y las luchas por la justicia social que resonaban con sus propias preocupaciones humanistas.
Su legado —su palabra, sus amistades, sus crónicas— sigue siendo un ejemplo de cómo la cultura puede ser un acto de solidaridad y de encuentro entre naciones y luchas por la liberación y la dignidad humana.
- Identidad y Hermandad Cultural: Darío lideró una "revolución poética" que unificó las letras hispanas, eliminando la subordinación de América Latina respecto a España. Esta fraternidad intelectual hizo que, en los años 80, Nicaragua no fuera percibida en España como una nación ajena, sino como una patria hermana con una raíz cultural común.
- El Imaginario Antiimperialista: Durante su etapa española, Darío consolidó una firme postura contra el expansionismo de EE. UU. (plasmada en poemas como "A Roosevelt"), conectando con el sentimiento de la Generación del 98 que lamentaba la pérdida de sus colonias frente al mismo poder. El sandinismo recuperó este discurso en los 80, presentando su lucha como la continuación política de la resistencia cultural iniciada por Darío.

- Reconocimiento como Héroe Nacional: Al ser elevado a la categoría de Prócer de la Independencia Cultural y Héroe Nacional, Darío otorgó a la Revolución un aura de legitimidad histórica que atrajo a intelectuales y voluntarios españoles, quienes veían en el proceso sandinista la defensa de la soberanía y la identidad que el poeta siempre defendió.
- En resumen, la presencia de Darío en España construyó el puente emocional y político necesario para que la sociedad española se volcara en apoyo a Nicaragua, uniendo la vanguardia literaria del pasado con la vanguardia revolucionaria de los 80.
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