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martes, 27 de junio de 2017

La Haya contra el Imperio: Miguel d'Escoto y la batalla diplomática de un pueblo que se negó a arrodillarse


Por Javier Huerta

La mañana del 9 de abril de 1984, el Palacio de la Paz de La Haya no era consciente de que iba a convertirse en el escenario de uno de los mayores desafíos políticos que jamás hubiera recibido la primera potencia militar del planeta. Mientras funcionarios y diplomáticos recorrían con la rutina habitual los pasillos de la Corte Internacional de Justicia, una delegación de la pequeña Nicaragua revolucionaria depositaba una demanda contra los Estados Unidos de América. No era un gesto simbólico ni una operación propagandística. Era la decisión de un pueblo pobre, asediado por una guerra organizada desde el exterior, de exigir responsabilidades al país más poderoso del mundo por violar el Derecho Internacional. Aquel día, por primera vez en la historia contemporánea, el imperio era llamado a responder ante un tribunal internacional por su política de agresión contra un país latinoamericano. La imagen encerraba una enorme carga política: un Estado que apenas cinco años antes había derrotado a la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, heredando un país devastado por más de cuatro décadas de corrupción, dependencia y violencia, decidía enfrentarse no con bombarderos ni con divisiones blindadas, sino con argumentos jurídicos, con pruebas documentales y con la autoridad moral que otorga la defensa de la soberanía nacional.

En Washington la noticia fue recibida con una mezcla de irritación y desprecio. La Administración Reagan no concebía que un pequeño país centroamericano pudiera cuestionar públicamente la legitimidad de su política exterior. Durante décadas había sido Estados Unidos quien denunciaba a otros gobiernos, quien señalaba a los supuestos infractores del orden internacional y quien se arrogaba el derecho de decidir qué conflictos merecían la atención de la comunidad internacional. Ahora era él quien aparecía sentado, aunque tratara de evitarlo, en el banquillo de los acusados. No existía precedente semejante. Más allá del desenlace jurídico, Nicaragua había conseguido alterar el terreno de la confrontación. La guerra dejaba de librarse exclusivamente en las montañas de Jinotega, Matagalpa o Nueva Segovia para trasladarse también a los salones donde se discutía el sentido mismo del Derecho Internacional.

Aquella decisión no había nacido de la improvisación. Detrás de la demanda existían meses de trabajo político, jurídico y diplomático, y detrás de ese esfuerzo colectivo sobresalía una figura cuya desaparición, ocurrida apenas unas semanas antes de escribir estas líneas, obliga a revisar con serenidad su verdadero legado histórico. Miguel d'Escoto Brockmann no fue simplemente el canciller de la Revolución Sandinista. Fue el principal arquitecto de una diplomacia revolucionaria que comprendió que la defensa de Nicaragua no podía limitarse al terreno militar. Diversos testimonios y reconocimientos posteriores, entre ellos los realizados por instituciones académicas nicaragüenses y por protagonistas directos del proceso, coinciden en señalarlo como el gran promotor político de la decisión de acudir a la Corte Internacional de Justicia. No fue él quien redactó los argumentos jurídicos ni quien compareció como agente ante el tribunal, pero entendió antes que muchos que el imperialismo debía ser combatido también en el terreno donde menos cómodo se sentía: el de la legalidad internacional.

Cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional entró victorioso en Managua el 19 de julio de 1979 heredó mucho más que un Estado arruinado. Recibió una estructura económica dependiente, unas instituciones prácticamente inexistentes y una sociedad marcada por enormes desigualdades. La revolución no tardó en poner en marcha una de las campañas de alfabetización más extraordinarias de la historia latinoamericana, impulsó una profunda reforma agraria, amplió el acceso a la sanidad pública y comenzó a construir un modelo de participación popular desconocido hasta entonces en Nicaragua. Aquellas transformaciones despertaron un entusiasmo inmenso entre los sectores populares, pero también activaron todas las alarmas en Washington. Para la Administración estadounidense no era aceptable que un proceso revolucionario consolidara un proyecto independiente en el corazón de Centroamérica. La experiencia cubana seguía siendo una herida abierta en la estrategia hemisférica norteamericana y la posibilidad de una segunda revolución victoriosa resultaba intolerable para quienes seguían considerando América Latina como su área exclusiva de influencia.

Con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca en enero de 1981, esa hostilidad adquirió una dimensión mucho más agresiva. Bajo el lenguaje de la lucha contra el comunismo y la defensa de la democracia se articuló una compleja operación destinada a destruir la Revolución Sandinista. La Agencia Central de Inteligencia organizó, entrenó, financió y armó a la denominada Contra, integrada en buena medida por antiguos miembros de la Guardia Nacional somocista y otros grupos contrarrevolucionarios. Desde bases instaladas principalmente en Honduras se desarrolló una guerra de desgaste cuyo objetivo no consistía únicamente en derrotar militarmente al Ejército Popular Sandinista, sino en hacer inviable el proyecto revolucionario. Cooperativas agrícolas fueron incendiadas, maestros rurales asesinados, centros de salud atacados y poblaciones campesinas sometidas a un permanente clima de terror. Paralelamente, Estados Unidos impulsó un embargo comercial, desarrolló operaciones clandestinas de sabotaje y llegó incluso a minar los principales puertos nicaragüenses, poniendo en peligro la navegación internacional y violando normas básicas del Derecho del Mar.

En Managua nadie ignoraba la enorme desproporción de fuerzas. Nicaragua jamás podría responder militarmente a la mayor potencia del planeta. Pero precisamente esa realidad obligaba a pensar de otra manera. Daniel Ortega, coordinador de la Junta de Gobierno y posteriormente presidente de la República, comprendía que la revolución necesitaba combinar la resistencia armada con una ofensiva política internacional capaz de desenmascarar la verdadera naturaleza de la agresión estadounidense. Miguel d'Escoto compartía plenamente ese análisis. Desde la Cancillería comenzó a construir una intensa red de apoyos diplomáticos que abarcó gobiernos, movimientos de solidaridad, organizaciones religiosas, sindicatos, universidades y el Movimiento de Países No Alineados. Cada viaje, cada intervención en Naciones Unidas y cada encuentro con dirigentes extranjeros perseguía un mismo objetivo: demostrar que Nicaragua no era un escenario más de la Guerra Fría, sino un pueblo cuyo derecho a decidir libremente su futuro estaba siendo violentamente atacado.

Fue en ese contexto donde comenzó a tomar forma la idea de acudir a la CIJ. La propuesta respondía a una lógica profundamente política. Si Washington aceptaba someterse al tribunal y perdía, la Revolución Sandinista obtendría una victoria moral de enorme alcance. Si rechazaba la jurisdicción de la Corte o ignoraba una eventual sentencia condenatoria, quedaría igualmente al descubierto la doble moral con la que pretendía presentarse como garante del orden internacional mientras incumplía las normas cuando afectaban a sus propios intereses estratégicos. La iniciativa fue discutida en el seno de la dirección revolucionaria y encontró respaldo porque encajaba perfectamente con la concepción internacionalista del sandinismo: la defensa de la soberanía debía librarse simultáneamente en todos los terrenos posibles, desde las trincheras militares hasta las instituciones internacionales creadas tras la Segunda Guerra Mundial.

Una vez adoptada la decisión política comenzó un trabajo tan silencioso como extraordinario. El Gobierno nicaragüense era plenamente consciente de que una demanda de semejante trascendencia no podía sostenerse únicamente sobre denuncias políticas. Era imprescindible construir un caso jurídicamente impecable. Carlos Argüello Gómez fue designado agente de Nicaragua ante la CIJ y asumió la responsabilidad de coordinar la estrategia procesal. A su alrededor se reunió un equipo de algunos de los más prestigiosos especialistas en Derecho Internacional del momento. Entre ellos figuraba el profesor británico Ian Brownlie, considerado una autoridad mundial en la materia; Abram Chayes, profesor de la Universidad de Harvard y antiguo asesor jurídico del Departamento de Estado estadounidense; y otros expertos internacionales cuya participación desmontaba el intento de presentar la demanda como una simple maniobra propagandística del Gobierno Sandinista. Aquellos juristas trabajaron junto a especialistas nicaragüenses recopilando pruebas, analizando tratados, examinando precedentes y elaborando una argumentación destinada a demostrar que Estados Unidos había violado principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas, del Derecho Internacional consuetudinario y de múltiples normas aceptadas por la propia comunidad internacional.

Miguel d'Escoto seguía de cerca cada uno de aquellos pasos. No intervenía en la redacción técnica de los escritos procesales, pero comprendía que la batalla jurídica necesitaba una batalla política paralela. Mientras los abogados preparaban la demanda, el canciller multiplicaba los esfuerzos para internacionalizar el conflicto. En la Asamblea General de Naciones Unidas insistía en que Nicaragua no pedía privilegios ni un trato excepcional. Exigía simplemente que las normas internacionales fueran iguales para todos, también para quienes disponían de portaaviones, bases militares repartidas por todo el planeta y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. En una de sus intervenciones resumió con claridad el sentido de aquella estrategia al recordar que la paz solo podía construirse sobre el respeto al derecho de los pueblos y no sobre la imposición de la fuerza. Esa idea, sencilla en apariencia, encerraba una profunda carga revolucionaria. Por primera vez un gobierno latinoamericano no respondía al intervencionismo estadounidense únicamente con la denuncia política, sino con una ofensiva jurídica cuidadosamente preparada que pretendía obligar al imperio a justificar sus actos ante el mundo entero.

Cuando Carlos Argüello cruzó las puertas del Palacio de la Paz aquella mañana de abril de 1984 llevaba consigo mucho más que un expediente judicial. Llevaba el esfuerzo de miles de nicaragüenses que defendían la revolución en los campos, en las escuelas, en los hospitales y en las cooperativas; llevaba el trabajo de un reducido grupo de juristas convencidos de que el Derecho Internacional todavía podía convertirse en un instrumento al servicio de los pueblos; y llevaba también la convicción política de Miguel d'Escoto Brockmann de que la diplomacia revolucionaria debía dejar de ser un simple complemento de la acción militar para convertirse en uno de los frentes decisivos de la lucha contra el imperialismo. Ninguno de ellos sabía aún que dos años después la Corte Internacional de Justicia dictaría una sentencia que pasaría a la historia como una de las mayores derrotas morales sufridas por los Estados Unidos en todo el siglo XX.

Cuando la demanda fue admitida a trámite, la Administración Reagan comprendió que el problema ya no consistía únicamente en contener a la Revolución Sandinista dentro de las fronteras de Nicaragua. A partir de ese momento tendría que responder ante la opinión pública internacional por una política exterior que hasta entonces había intentado justificar mediante el lenguaje de la seguridad hemisférica y de la lucha contra el comunismo. Washington reaccionó como cabía esperar de una potencia acostumbrada a dictar las reglas del juego y no a someterse a ellas. Sus representantes cuestionaron la competencia de la Corte Internacional de Justicia, sostuvieron que el conflicto escapaba a su jurisdicción e intentaron convertir el procedimiento en un debate político donde el Gobierno Sandinista apareciera como un simple satélite de la Unión Soviética y de Cuba. Pero el terreno elegido por Nicaragua era otro. La Corte no estaba llamada a pronunciarse sobre modelos económicos, sistemas políticos o alianzas internacionales. Debía responder a una cuestión mucho más concreta y, precisamente por ello, mucho más incómoda para la Casa Blanca: si un Estado podía organizar, financiar y dirigir acciones militares contra otro Estado soberano violando los principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas.

Miguel d'Escoto insistía una y otra vez en que la revolución no acudía a La Haya movida por ninguna ilusión ingenua acerca del funcionamiento del orden internacional. Conocía demasiado bien las relaciones de poder que condicionaban a las instituciones surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. Sabía que Estados Unidos disponía del derecho de veto en el Consejo de Seguridad y que ninguna resolución que afectara seriamente a sus intereses prosperaría en ese órgano. Sin embargo, también sabía que el prestigio moral de una sentencia de la Corte Internacional de Justicia trascendía la capacidad coercitiva de los organismos internacionales. Si Nicaragua lograba demostrar jurídicamente la ilegalidad de la agresión estadounidense, la Administración Reagan quedaría despojada de la superioridad ética con la que pretendía justificar su política exterior. «No buscamos privilegios; exigimos igualdad ante el Derecho Internacional», repetía en numerosos foros, convencido de que aquella frase resumía el verdadero sentido de la batalla que estaban librando.

Mientras tanto, el trabajo desarrollado por Carlos Argüello y el equipo jurídico alcanzaba una dimensión extraordinaria. Cada documento debía resistir el escrutinio de algunos de los mejores especialistas del mundo. Cada afirmación necesitaba estar respaldada por pruebas sólidas. Informes sobre el minado de los puertos nicaragüenses, testimonios relativos a las operaciones de la Contra, documentos desclasificados, análisis jurídicos y precedentes internacionales fueron conformando un expediente cuya consistencia sorprendió incluso a muchos observadores que inicialmente contemplaban con escepticismo las posibilidades de Nicaragua. La presencia de juristas como Ian Brownlie o Abram Chayes otorgaba además una credibilidad difícilmente cuestionable. No eran propagandistas del sandinismo. Eran figuras de referencia en el Derecho Internacional que aceptaban participar porque entendían que el caso planteaba cuestiones fundamentales para el futuro de las relaciones entre los Estados.

Las audiencias celebradas en La Haya pusieron al descubierto una contradicción que perseguiría durante años a la política exterior estadounidense. El Gobierno que afirmaba defender el orden internacional basado en normas era incapaz de justificar jurídicamente muchas de las acciones desarrolladas contra Nicaragua. La Corte examinó con detalle el apoyo financiero, logístico y militar prestado a la Contra, el entrenamiento de fuerzas irregulares, las operaciones encubiertas dirigidas por la CIA y el minado de las aguas territoriales nicaragüenses. Frente al discurso político de Washington, el expediente mostraba hechos. Y frente a los hechos, el margen para la retórica era cada vez más reducido.

Cuando el 27 de junio de 1986 la CIJ hizo pública su sentencia, la noticia recorrió el mundo con una velocidad inesperada. El tribunal concluyó que los Estados Unidos habían violado el Derecho Internacional al recurrir al uso de la fuerza contra Nicaragua, al intervenir en sus asuntos internos y al incumplir obligaciones derivadas del derecho consuetudinario internacional. Ordenó el cese inmediato de esas actividades y estableció la obligación de reparar los daños ocasionados. No era una resolución ambigua ni una declaración política. Era una condena emitida por el principal órgano judicial de las Naciones Unidas contra la mayor potencia del planeta.

En Managua la noticia fue recibida como una victoria que trascendía ampliamente el terreno jurídico. Daniel Ortega declaró que la sentencia demostraba que la razón estaba del lado del pueblo nicaragüense. Miguel d'Escoto, con la serenidad que le caracterizaba, insistió en que el fallo pertenecía no solo a Nicaragua, sino a todos los pueblos que alguna vez habían sufrido la intervención de una potencia extranjera. En sus intervenciones evitó cualquier tono triunfalista. Sabía que la batalla estaba lejos de terminar. La fuerza de aquella sentencia dependería, en gran medida, de la capacidad de convertirla en una referencia permanente para la comunidad internacional.

La reacción de Ronald Reagan confirmó inmediatamente los cálculos realizados dos años antes por la dirección sandinista. Estados Unidos rechazó el fallo, negó la competencia de la Corte y anunció que no cumpliría una decisión que consideraba contraria a sus intereses nacionales. Poco después bloqueó en el Consejo de Seguridad cualquier intento de ejecutar la sentencia gracias al poder de veto del que disfrutaba como miembro permanente. Aquella actitud, lejos de disminuir el impacto político del proceso, terminó reforzando la tesis defendida por Nicaragua desde el principio. El problema nunca había sido la inexistencia de normas internacionales. El problema era que las grandes potencias pretendían situarse por encima de ellas cuando les resultaban incómodas.

Miguel d'Escoto comprendió inmediatamente que la victoria debía trasladarse al escenario donde EE.UU no podía recurrir al veto: la ONU. Allí comenzó una intensa ofensiva diplomática destinada a conseguir que la comunidad internacional exigiera el cumplimiento de la sentencia. Año tras año, una mayoría abrumadora de países votó resoluciones reclamando a Washington que respetara el fallo de la Corte Internacional de Justicia. Aunque aquellas resoluciones carecían de mecanismos ejecutivos, poseían un inmenso valor político. Mostraban el creciente aislamiento de la Administración Reagan y confirmaban que el relato construido por la diplomacia sandinista había conseguido romper el cerco propagandístico levantado por los grandes medios occidentales.

Aquella batalla diplomática no se libraba únicamente en los salones de Naciones Unidas. En universidades europeas, sindicatos latinoamericanos, organizaciones cristianas de base, movimientos de solidaridad y foros internacionales se discutía el significado de la sentencia. Intelectuales como Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez y Noam Chomsky denunciaban públicamente la agresión estadounidense. Brigadas internacionalistas seguían llegando a Nicaragua para colaborar en las campañas de alfabetización, en la construcción de viviendas, en las cooperativas agrícolas o en los programas de salud. La revolución había conseguido algo que ninguna operación militar podía garantizar: transformar su resistencia en una causa compartida por millones de personas repartidas por los cinco continentes.

No debe olvidarse que todo aquello ocurría mientras el pueblo nicaragüense continuaba soportando una guerra devastadora. La revolución seguía destinando enormes recursos a la defensa nacional mientras mantenía abiertas escuelas, hospitales y programas sociales. La Campaña Nacional de Alfabetización había reducido drásticamente el analfabetismo. La reforma agraria modificaba las estructuras tradicionales de propiedad. Miles de jóvenes participaban en tareas productivas y de organización comunitaria. Esa era la verdadera dimensión del conflicto. Estados Unidos no combatía únicamente a un gobierno. Combatía el ejemplo que representaba un pueblo decidido a demostrar que era posible construir un proyecto nacional independiente, orientado hacia la justicia social y ajeno a los dictados de Washington.

Por eso la figura de Miguel d'Escoto Brockmann adquiere hoy un relieve especial. Su fallecimiento, el pasado 8 de junio, ha privado a América Latina de uno de sus diplomáticos más coherentes y de uno de los grandes representantes de aquella generación que entendió la política internacional como una prolongación de las luchas por la emancipación de los pueblos. Sacerdote de la Teología de la Liberación, revolucionario por convicción y diplomático por responsabilidad histórica, nunca aceptó que la legalidad internacional fuera patrimonio exclusivo de los poderosos. Su paso por la Cancillería sandinista y años más tarde por la presidencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas estuvo guiado por una misma idea: un mundo donde el Derecho solo obliga a los débiles no puede llamarse verdaderamente justo.

Treinta y un años después de la sentencia de La Haya, el expediente Nicaragua contra Estados Unidos sigue siendo una referencia imprescindible para comprender las contradicciones del sistema internacional contemporáneo. Washington jamás pagó las indemnizaciones fijadas por la Corte. El poder militar continuó imponiendo límites al poder del Derecho. Pero quienes consideran que por ello la batalla fue inútil olvidan una enseñanza esencial de la historia. Hay victorias cuyo valor no reside únicamente en sus consecuencias materiales, sino en la verdad política que consiguen establecer para las generaciones futuras. Desde el 27 de junio de 1986 quedó escrito, con la autoridad del más alto tribunal internacional, que la agresión contra Nicaragua había sido ilegal. Ningún veto, ninguna campaña de propaganda y ningún manual de historia escrito al dictado de los vencedores podrá borrar ese hecho.

Quizá esa sea la mayor herencia de Miguel d'Escoto Brockmann y de la Revolución Sandinista. Enseñaron al mundo que un pueblo pequeño puede carecer de portaaviones, de misiles y de inmensos recursos económicos, pero nunca está desarmado cuando posee la dignidad suficiente para defender su soberanía. Nicaragua no llegó hasta La Haya porque dispusiera de grandes riquezas, influencia diplomática o capacidad militar para enfrentarse a los Estados Unidos. Llegó porque creyó, contra todo pronóstico, que existía un principio irrenunciable por el que merecía la pena librar todas las batallas: el derecho de un pueblo a decidir libremente su destino sin sufrir la intervención de ninguna potencia extranjera. Esa fue la verdadera victoria. Y esa es la memoria que Miguel d'Escoto nos deja como una obligación ética para las luchas del presente y del futuro.

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miércoles, 18 de junio de 2014

Discurso de Nicaragua en reunión G77+China

Nicaragua participó, con la representación del Padre Miguel D’Escoto, ex canciller de nuestro país y ex presidente de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), en la Cumbre del Grupo de los 77 y China (G77+China).


A continuación, reproducimos el discurso íntegro del Padre D’Escoto:
Discurso del Padre Miguel d´Escoto
Ministro-Asesor Presidencial
de Asuntos Internos de la Presidencia
de la República de Nicaragua
en la Cumbre del G77+China
15 de Junio del 2014

Queridísimo Hermano Presidente Constitucional del Estado Plurinacional de Bolivia, y Presidente también del G77+China y de esta Cumbre, Evo Morales Ayma; querid@s

Herman@s Jefes de Estado y de Gobierno, y Vicepresident@s de Países Miembros del G77+China; Primer@s Ministr@s, Canciller@s; Señor John Ashe, Presidente de la Asamblea General, Único Órgano Representativo de la Organización de Naciones Unidas, porque es el único que reúne a toda la Membresía; señor Ban Ki-Moon, Secretario General de la ONU; Jefes de Estado, Jefes de Delegación y otros Altos Funcionari@s congregados aquí en Santa Cruz, en esta Cumbre Extraordinaria para celebrar la Conmemoración del 50 Aniversario de nuestro importante Grupo, un Fraterno Saludo para tod@s.
Andando por 77 Países este Grupo fue fundado con 77 Miembros el 15 de Junio de 1964 con la memorable participación del Che Guevara, en Representación de la Heroica y Siempre Solidaria Hermana República de Cuba; hoy, 50 años después el Grupo de los 77 más China casi ha duplicado su Membresía, y cuenta con 133 Miembros.
En primer lugar, querid@s Herman@s, permítanme transmitirles el más cálido y cordial Saludo Revolucionario de parte del Comandante-Presidente Daniel Ortega Saavedra, quien por razones ajenas a su voluntad se vio imposibilitado a asistir personalmente, como hubiera querido, a esta Cumbre Extraordinaria, y delegó en este su humilde servidor el honor de representarlo.
Estoy personalmente muy feliz de encontrarme nuevamente en la Tierra de Túpac Katari, Bartolina Sisa, y el Héroe Mundial de la Madre Tierra, Presidente Evo Morales, Presidente de Bolivia y del Grupo de los 77. Personalmente a mí, durante mi Presidencia de la Sexagésima Tercera Sesión Ordinaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas me correspondió el honor, en representación de la Membresía de los cuales la inmensa mayoría le tienen un inmenso aprecio, en poner al Compañero Presidente Evo Morales la Medalla de Oro, reconociéndolo como Héroe Mundial de la Madre Tierra.
Para envidia del Imperialismo y de sus adláteres, ex-colonialistas europeos, universalmente considerados como los principales causantes de los letales problemas que acosan al Mundo hoy en día, es al Presidente Evo Morales Ayma, y no a las Potencias Imperiales ex-colonialistas, a quien se le reconoce como referencia mundial para el reto de salvar a nuestro Planeta y nuestra propia Especie, porque tiene la Ética necesaria y la Voluntad Política de actuar en conformidad con esa Ética.
Me correspondió también a mí el honor en aquella ocasión, de conferir el Reconocimiento de Héroe Mundial de la Solidaridad al Comandante Fidel Castro Ruz, Profeta Mayor de nuestra Patria Grande Indolatinoamericana-Afrocaribeña y, en forma póstuma conferir también el Reconocimiento de Héroe Mundial de la Justicia Social al Presidente Julius Nyerere, cuyo Proceso de Canonización ha sido iniciado por la Iglesia Católica, nombrándolo Siervo de Dios.
Señor Presidente, de llevarse a cabo ese Proceso, Nyerere sería el primer Jefe de Estado canonizado en muchos siglos; el primer Socialista, el primer Antiimperialista, y el primero en haber recibido la Orden Augusto C. Sandino en su Máximo Grado, todo lo cual ayudaría al Plan del Papa Francisco de cristianizar a la Iglesia Católica; es decir, de alejarla de todo lo que huela a Capitalismo y a Imperialismo, y convertirla en Portaestandarte en defensa de los pobres, marginados y excluidos; como también de la Justicia en general, Igualdad, Democracia Política y Económica, No Violencia, Amor, Complementariedad, Solidaridad y Paz... Ardua tarea, ¡indiscutiblemente lo apoyamos!
Señor Presidente, el Sistema Capitalista impuesto a la mayor parte del Mundo por el Imperialismo, incluso mediante el uso criminal de la fuerza y amenazas, nos ha llevado a una profunda crisis financiera, energética, climática, alimentaria, institucional, y de Modelo de Vida. Como Usted, Compañero Presidente, nos recordó en su Discurso del 8 de Enero de este año, al recibir la Presidencia del G77+ China, el Mundo sufre los efectos de esta debacle provocada por el Capitalismo, que convierte a la Madre Tierra, a nuestra Pachamama que mis ancestros nicaragüenses llamaban Tonanseng, y a las personas, en objeto de su despiadado dominio depredador.
En definitiva, estamos viviendo las desastrosas consecuencias de permitir que los asesinos y genocidas de siempre nos impongan un Modelo de Desarrollo que no puede más que llevarnos hacia donde nos 
está llevando... al caos, hambre y pobreza extrema.

Nos recuerda usted, Presidente, que los Tiempos de crisis son también Tiempos de oportunidades, son Tiempos de Transformación del Pensamiento y de las Ideas para construir un Mundo diferente. Los cambios necesarios nos exigen escuchar la Voz de la Conciencia de los Pueblos y su Espíritu crítico sobre las imposiciones del Imperialismo y del Colonialismo.
Nicaragua, como siempre, está totalmente de acuerdo con Usted, Compañero Presidente Evo. Basado en los Principios que Usted pregona, Compañero Presidente Evo, que son los mismos Principios y Valores de nuestra Revolución Popular Sandinista, el Gobierno de nuestro Comandante-Presidente Daniel Ortega Saavedra, con la firme Voluntad de seguir avanzando en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales de las Familias nicaragüenses, y de agilizar la Transformación integral del País, ha venido construyendo e implementando durante los últimos siete años un Modelo de Valores Cristianos, Ideales Socialistas y Prácticas Solidarias, que ha garantizado la Restitución de los Derechos al Pueblo nicaragüense como Protagonista fundamental en la construcción de una Sociedad de Consenso, más cohesionada y participativa en las principales Estrategias y Políticas de Lucha contra la Pobreza y la Desigualdad.
Un Modelo con más de 39 Programas Sociales, los cuales nos han permitido ir obteniendo paulatina y progresivamente importantes avances en la Lucha contra la Pobreza y la Pobreza Extrema; contra la Desigualdad, la Exclusión; contra el Hambre y la Desnutrición.
Aunque aún nos queda mucho, muchísimo por hacer para alcanzar el Sueño de Sandino, no es ningún triunfalismo reconocer que Nicaragua está hoy en el mejor momento de su Historia. El crecimiento económico continúa con mucho dinamismo alcanzando un promedio de 5% por tres años consecutivos, fortaleciendo la estabilidad macroeconómica, el crecimiento del empleo y la reducción de la pobreza.
Nicaragua cuenta actualmente con una cartera inversionista para los años 2012 al 2016, de 10.9 mil millones de dólares; las exportaciones se han duplicado y las inversiones se han incrementado 4.7% con respecto al año 2006. Sin embargo, para reducir más rápidamente la pobreza debemos crecer a tasas superiores al 8%; esto lo vamos trabajando con el fomento de la producción, el consumo, el comercio, y lo profundizaremos con Proyectos transformadores como el Gran Canal Interoceánico de Nicaragua, el cambio y ampliación de la Matriz Energética y el Complejo Industrial “El Supremo Sueño de Bolívar”, entre otros.
Según la Fundación Internacional para el Desafío Económico Global, FIDEG, un Centro privado con financiamiento de Holanda y Suiza, con Asistencia Técnica del Banco Mundial, que realiza encuestas en hogares nicaragüenses cada año, el dato de pobreza extrema que nos informan es menor que el de nuestro propio Gobierno, estimando ellos que la pobreza extrema ha sido reducida año con año... 9.7% en el año 2009, 9% en el año 2010, 8.2% en el año 2011, y 7.6% en el año 2012.
Nicaragua es un País pobre, y más que todo un País despojado; ha sido considerado como el más pobre en nuestra Patria Grande después de Haití. Aunque las cifras después del retorno del Comandante Daniel Ortega hayan ya podido cambiar esto, la verdad es que, con el derrocamiento de la dictadura dinástica somocista, impuesta y mantenida por el Imperialismo por casi medio siglo, Nicaragua quedó en una total y absoluta bancarrota.
En un artículo prolongado y publicado en el Washington Post, se describe muy bien hace algún tiempo los pormenores de la guerra económica-militar de Estados Unidos contra Nicaragua y sus consecuencias. Fue en esas circunstancias, señor Presidente, que Nicaragua tuvo la audacia de hacer lo que nadie antes jamás había hecho... Llevar a los Estados Unidos de América a la Corte Internacional de Justicia en La Haya.
Dicha Corte emitió la más contundente, la más fuerte condena a la Política Exterior de Estado alguno en la Historia del Derecho Internacional, exigiendo a Estados Unidos detener de inmediato sus acciones delictivas contra Nicaragua, y hacer reparaciones. Esa es la jerga de la Corte, que significa indemnizar por los daños causados a Nicaragua.
Estados Unidos resultó siendo el primer país, y hasta la fecha el único en ser oficial y legítimamente condenado de terrorismo, por el quebrantamiento de las Normas del Derecho Internacional Humanitario. Se convirtió también en el primer y único Estado Miembro de estar en total y absoluto desacato, tanto en cuanto a detener las acciones militares y paramilitares contra Nicaragua, cosa que no hizo hasta no instalar a doña Violeta Barrios de Chamorro en la Presidencia, como en cuanto a hacer reparaciones.
Tomando en cuenta que los intereses compuestos de la deuda pendiente y el lucro cesante de la misma, esa deuda ya anda bastante por encima de los 60,000 millones de dólares, cantidad que ayudaría mucho a sacar a Nicaragua de la pobreza en que aún se encuentra; pero Nicaragua no está de brazos cruzados esperando que el Imperialismo pague... ¡tendría que dejar de ser Imperialismo! lo que pretendíamos era desenmascararlo, mostrar al Imperio por lo que realmente es.
Nicaragua es el segundo País de la Región que más avanzó en materia de distribución del ingreso. Del 2005 al 2009 el Coeficiente GINI del ingreso experimentó una caída de 9.8%, solamente superado por Venezuela. Nicaragua es el País de América Latina y el Caribe que en términos porcentuales ha reducido más la desnutrición y el hambre entre los años 1990 y el año 2012.
De acuerdo con el Índice Mundial, la Desigualdad de Género en 2013, Nicaragua sube del lugar 90 en que estaba en el año 2007 al número 10 en el año 2013. La Unión Interparlamentaria en su Informe de Mujeres en Política 2014, señala que
Nicaragua encabeza la lista mundial de Mujeres con Cargos Ministeriales, es decir, con un 57.1%.
Nicaragua se ubica, según la Encuestadora MERCER, como el País con el menor costo de vida en América Latina y el Caribe; y un Estudio del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, sobre Seguridad Ciudadana, ubica a Nicaragua como el País más seguro de Centroamérica, y el sexto País más seguro de América Latina y el Caribe.
Nicaragua está basando su Estrategia para el Desarrollo en el aprovechamiento de su posición geográfica y de sus recursos hídricos. Para ello se está trabajando en el Proyecto del Gran Canal Interoceánico de Nicaragua, para que sea un centro logístico multimodal para el Comercio Regional y Mundial.
Este Proyecto establecerá una ruta complementaria al Canal de Panamá, y permitirá el acceso a los barcos más grandes que ya no podrán transitar por el Canal de Panamá a pesar de su ampliación. Este Proyecto además apunta a apoyar de manera trascendental los esfuerzos del Gobierno de Nicaragua en la Lucha contra la Pobreza, la Desigualdad y el Desempleo, teniendo impacto además a Nivel Regional, generando una mayor integración entre nuestros Pueblos.
Pero, para salir adelante no basta con las ingentes medidas que ya varios Países como Nicaragua han tomado... Hay que exorcizar al Mundo de todo lo que huela a Capitalismo e Imperialismo, y hay que reinventar una Organización de Naciones Unidas que sea realmente lo que dice ser, y sus Miembros realmente crean y respeten los Principios y Valores expresados en la Carta.
El pertenecer a una Organización significa eso... Creer y respetar los Valores y Principios de esa Organización. Un alacrán puede estar, por ejemplo, en mi ropa interior pero no pertenece allí, y su presencia más bien constituye un peligro. De igual manera pudiéramos decir, que Estados Unidos ha estado siempre en la Organización de Naciones Unidas, ¡pero nunca ha pertenecido, nunca ha creído en sus Principios Fundamentales! como por ejemplo el de la Igualdad Soberana de todos los Estados, y siempre ha cometido las más grandes infracciones contra las Normas de la Carta.
El Tribunal de Núremberg dejó claramente establecido que no hay mayor crimen que un Estado pueda cometer contra otro, que el crimen de agresión. No obstante, los Estados Unidos ha cometido, y sigue campantemente cometiendo las mayores agresiones en la Historia de la Humanidad.
El Holocausto Nazi fue espantoso y ciertamente condenable, pero debemos tomar conciencia que el perpetrado por los yanquis, con la complicidad de Israel, Reino Unido, Francia y la OTAN y otros, es infinitamente mayor; la diferencia es que, mientras el primero fue debidamente condenado y repudiado, el segundo se comete con una total y absoluta impunidad que llega casi a confundirse con aprobación.
Las guerras contra Irak, Afganistán, Libia y Siria son todas, únicas y exclusivamente guerras de agresión, genocidio al rojo vivo, terrorismo inigualable perpetrado por el criminal y farsante Imperio yanqui, que se llena la boca hablando de Derechos Humanos, de respetar el Derecho a la Autodeterminación de los Pueblos, y siempre encabeza la lista de los que más infringen esas Normas.
Yo casi me enfermo el otro día viendo en la televisión al Presidente Obama, de los Estados Unidos, refiriéndose a la Federación Rusa y su Política en Ucrania; y diciendo el Presidente Obama: “Yo no me explico por qué países poderosos se quieren entrometer en los asuntos internos de otros países más pequeños...” Casi, casi me enfermo allí mismo, ¡es increíble el cinismo a que han llegado!
Necesitamos unas Naciones Unidas que pueda y tenga la Voluntad Política de tomar todas las medidas necesarias dentro del marco de una no violencia activa y creativa, para poner en jaque al Imperio genocida. Hemos preparado una Propuesta de reinvención de la ONU que ya está en ocho idiomas, y pronto tendrá que empezar a discutirse entre los Jefes de Estado y de Gobierno.
No tenemos tiempo que perder, pues el Imperio ya tiene su alternativa a la Organización. No podemos dejarnos sorprender. Esa alternativa es nada menos que la Organización terrorista del Atlántico Norte, OTAN. La sigla se mantiene, pero el nombre, el cambio de nombre obedece a la metamorfosis que dejó claramente en evidencia en las guerras por la balcanización de la ex-Yugoeslavia.
Con la desaparición del Pacto de Varsovia, la OTAN, Organización del Tratado Atlántico Norte, perdió su justificación para seguir existiendo en cuanto a Organización para la legítima defensa colectiva como las contempladas en el Capítulo VII de la Carta en vigencia.
En la Nueva Carta que proponemos dentro de la reinvención de la ONU, la OTAN es explícitamente condenada como una Organización terrorista después de su actuación en Irak, Afganistán, y especialmente en Libia, y ahora en Siria. No cabría menos que esta rotunda e inequívoca condena a la OTAN y sus colaboradores.
Después de haber dicho estas cosas sobre la OTAN, y a pesar del cariño, ustedes probablemente están pensando, que a pesar del cariño personal que yo le tengo al Secretario General y que él sabe que le tengo, yo iba a señalar el lamentable Acuerdo suscrito con el Secretario General de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, con el propósito de estrechar los vínculos entre la ONU y la OTAN.
Aunque él es el Jefe de la burocracia de la Organización, mi Hermano el Secretario General no es democráticamente electo, y no tiene ningún derecho de hablar en nombre de la Membresía, y menos aún de suscribir con otras Organizaciones Acuerdos secretos... Pero eso dejémoslo, yo quiero dejarlo en el pasado, y mirar hacia adelante.
El hecho de la visita de Ban Ki-Moon a Bolivia, una visita relativamente larga para como suelen ser sus visitas en otros países, me parece un hecho excelente, y me hace estar un poco más optimista respecto al Futuro. Este maravilloso País, Bolivia, despierta en quienes lo visitan una maravillosa sensibilidad Ética, Espiritual, muy necesaria en estos días de tanta violencia y tanto terrorismo.
Recientemente se publicó un libro que yo considero el más importante sobre la Geopolítica Mundial Contemporánea, se titula “The Globalisation of NATO”, y es escrito por Mahdi Darius Nazemroaya. Dicho libro confirma todo lo que hemos dicho y afirmado sobre qué cosa es hoy en día la OTAN.
Para su propia sobrevivencia y la sobrevivencia también de la Especie Humana, el Mundo necesita una Organización que realmente crea en el Principio fundamental de la Igualdad Soberana de todos los Estados; y una Asamblea General capaz de emitir Resoluciones vinculantes, y dentro del marco de una No Violencia activa y creativa, capaz también de dictar medidas coercitivas capaces de obligar a su acatamiento. Pero al mismo tiempo, para lograr la reinvención de la ONU se necesita no solo Voluntad Política, se necesita también una Revolución Espiritual, no necesariamente religiosa, que incluya un cambio de mentalidad, una Nueva Visión, un Nuevo Corazón, una Nueva Sensibilidad.
Este concepto fue el más importante legado de Chávez, a quien yo llamo “San Chávez de América”, y es el que motiva a todos los Presidentes del ALBA a la creación de un Nuevo Paradigma de Civilización. Y es el que motivó siempre a Jesús de Nazaret... Promover un Sistema Político diferente al que él llamaba el Reino de este Mundo. Sustituir este por un Sistema Político basado en Equidad, Igualdad, Justicia, Compasión, Misericordia, Complementariedad, Amor, Solidaridad, y Paz. Por proclamar esos Ideales Políticos, extremadamente subversivos en un contexto imperialista, crucificaron a Jesús... Pena de muerte única y exclusivamente reservada para los anti-imperialistas.
La Propuesta para la reinvención de la ONU que pronto estaremos presentando a los Presidentes del ALBA, contempla la aprobación de cuatro Instrumentos que tendrán que ser sometidos por separado para su aprobación en la Asamblea General, cuando con la ayuda del G77+China y el Movimiento de los Países No Alineados, se hayan garantizado por lo menos unos 140 Votos entre los Jefes de Estado y de Gobierno.
Estos cuatro Instrumentos son: Primero, una nueva Carta; segundo, un nuevo Anexo; el primer Anexo hay que cambiarlo porque es el Estatuto de la Corte Internacional de Justicia, y hay cambios que hacerle especialmente en todo lo relacionado con la Jurisdicción y Competencia. Tercero, un Nuevo Anexo 2, que es el Estatuto para el Tribunal Internacional de Justicia Climática y Protección Ambiental, y que, para ser operativo ese nuevo Órgano Judicial, y que será el segundo Órgano Judicial en la ONU, estamos proponiendo que su Sede fuera y debería de ser en Cochabamba, Estado Plurinacional de Bolivia.
El cuarto Instrumento es la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra y de la Humanidad, que no sustituye sino que complementa y perfecciona la importantísima pero demasiada antropocéntrica Declaración Universal de los Derechos Humanos.
El Documento aprobado en la Inauguración de la Presidencia de Irán en el Movimiento de los No Alineados me inspira confianza; y el excelente ánimo que he estado percibiendo en esta Cumbre del G77+ China tan sabiamente liderada por nuestro gran Evo Morales Ayma, hasta las nego-ciaciones para lograr un excelente Documento Final, más el saber que el próximo Presidente de los No Alineados será nuestro queridísimo Hermano Nicolás Maduro, auténtico Hijo Espiritual de San Chávez de América, y con quien Nicaragua está en total y absoluta Solidaridad, me confirma que Dios bendecirá nuestros esfuerzos, si luchamos como corresponde luchar cuando el objetivo es algo tan grande como zafarnos de las garras del Imperialismo, por el Bien de todos los Pueblos del Mundo y de nuestra Madre Tierra; de la Vida y de la Paz.
Nuestra inquebrantable Solidaridad también con nuestra queridísima Cristina en nuestra Lucha por la recuperación de Las Malvinas; con Fidel, Raúl, y toda Cuba, por la recuperación de Guantánamo; con Evo, por la salida al mar de Bolivia; con Puerto Rico por su Independencia, y con los Hermanos de la República Árabe Saharaui Democrática, por su pronta Independencia.
Tenemos que unirnos monolíticamente, querid@s Herman@s, si realmente queremos el Bien Común de la Madre Tierra y de la Humanidad en general, y eso implica una férrea vinculación y coordinación entre G77+China y los NOAL. Solo así logra-remos reinventar las Naciones Unidas, y tener una Organización capaz de ayudarnos a enfrentar con efectividad las diferentes crisis convergentes que acosan a nuestro Mundo. Muchas gracias.

lunes, 9 de enero de 2012

Nicaragua: Padre Miguel D'Escoto escribe a Obama pidió a Obama, que su país deje de ser "terrorista, criminal y genocida". Por Javier Huerta

El expresidente de la Asamblea General de la ONU, y excanciller nicaragüense durante el primer Gobierno sandinista (1979-1990), Miguel D'Escoto, pidió hoy al gobernante de Estados Unidos, Barack Obama, que ese país deje de ser "terrorista, criminal y genocida".

El diplomático explica que durante su presidencia en la Asamblea General de la ONU (2008-2009), envió una carta personal al presidente de los EEUU deseándole que se convirtiera "no solo en una gran líder político" mundial, sino "en un líder ético-espiritual, siguiendo los pasos de Martin Luther King".

Y también en la carta le pide que debe de "estar a la altura de las exigencias de la paz y de la vida en estos tiempos tan difíciles", dijo.
La crítica de D'Escoto al Gobierno de Estados Unidos se suma a otras de otros funcionarios del gobierno del FSLN.

Además, el pasado 9 de diciembre el vicecanciller de Nicaragua, Manuel Coronel Kautz, afirmó que el Gobierno estadounidense comete "asesinatos con bombas por todos lados", aunque luego fue desautorizado por las autoridades nicaragüenses.
Desde julio pasado Estados Unidos permanece sin embajador en Managua, aunque la diplomática Phillys Powers ya está designada como su representante en Nicaragua

El Gobierno del GRUN, dirigido por el presidente Daniel Ortega, siempre ha denunciado públicamente la injerencia militar de Estados Unidos en otros países como Irak, Afganistan o Libia.


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Señor Presidente,

Cuando yo estaba de presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas (sep. 2008-sep. 2009) yo hice enmarcar un gran afiche con su fotografía y lo colgamos en el salón de recepción en la presidencia. El afiche tenía abajo, en grandes letras, la palabra HOPE.

También le envié una carta haciéndole saber lo mucho que me habían impresionado sus palabras en una suerte de cabildo abierto en Estrasburgo y como yo, de todo corazón, deseaba que usted no solo se convirtiera en un gran líder político, sino también en un líder ético-espiritual, siguiendo los pasos de Martin Luther King, Yes you can! Con la ayuda de Dios.

Todas esas lindas palabras, llenas de esperanza, han sido llevadas por el viento.

Estamos rezando por usted, Señor Presidente, y usted también debe rezar para que se le dé la fuerza espiritual para estar a la altura de las exigencias de la Paz y de la Vida en estos tiempos tan difíciles. Por favor, Señor Presidente, haga TODO lo que pueda para que Estados Unidos deje de ser el terrorista, criminal y genocida Imperio en que se ha convertido.

Amor y bendiciones,
su hermano,

Padre Miguel d’Escoto, M.M.