Una historia de violencia, exclusi贸n y excepcionalidad para comprender la Colombia de hoy
Del asesinato de Gait谩n al regreso de la mano dura: tierra, oligarqu铆a, capitalismo, militarizaci贸n y dependencia de Estados Unidos
Colombia vuelve a encontrarse ante una de esas encrucijadas hist贸ricas en las que la palabra democracia corre el riesgo de quedarse demasiado peque帽a para explicar la realidad. El pa铆s mantiene elecciones, Congreso, partidos, tribunales y una Constituci贸n que reconoce derechos fundamentales, pero detr谩s de esa arquitectura institucional permanece una historia marcada por la concentraci贸n de la tierra, la desigualdad econ贸mica, la violencia pol铆tica, el desplazamiento campesino, el paramilitarismo, el narcotr谩fico, la intervenci贸n estadounidense y la persecuci贸n de quienes han intentado construir una alternativa pol铆tica y social al poder tradicional. La llegada a la Presidencia de Abelardo de la Espriella el 7 de agosto de 2026 abre ahora una nueva etapa caracterizada por el fortalecimiento de las pol铆ticas de seguridad, la suspensi贸n de buena parte de las negociaciones con organizaciones armadas y un acercamiento especialmente estrecho a Estados Unidos. El propio Gobierno presenta este giro como una recuperaci贸n de la autoridad del Estado y de la seguridad nacional; desde otros sectores se advierte del riesgo de regresar a una l贸gica en la que el conflicto social y territorial se aborda fundamentalmente desde la militarizaci贸n. La cuesti贸n de fondo, sin embargo, es mucho m谩s profunda: ¿qu茅 democracia puede consolidarse cuando las estructuras econ贸micas y territoriales que alimentaron durante d茅cadas la violencia contin煤an sin resolverse?
Para entender la Colombia de 2026 hay que regresar necesariamente al 9 de abril de 1948, cuando el asesinato de Jorge Eli茅cer Gait谩n desencaden贸 el Bogotazo y abri贸 una de las etapas m谩s traum谩ticas de la historia contempor谩nea del pa铆s. Gait谩n hab铆a construido un discurso de movilizaci贸n popular que cuestionaba los privilegios de las 茅lites tradicionales y hablaba directamente a unas mayor铆as campesinas y trabajadoras excluidas del poder. Su asesinato no cre贸 por s铆 solo la violencia colombiana, pero se convirti贸 en el s铆mbolo de la ruptura de una posibilidad pol铆tica y en el comienzo de una etapa de enfrentamientos que acabar铆a con decenas de miles de muertos. La llamada La Violencia mostr贸 hasta qu茅 punto la disputa pol铆tica estaba entrelazada con la propiedad de la tierra y el control territorial. El posterior Frente Nacional, establecido entre liberales y conservadores entre 1958 y 1974, consigui贸 cerrar parcialmente la confrontaci贸n entre las dos grandes fuerzas tradicionales, pero lo hizo mediante un sistema de alternancia pactada que dej贸 fuera a buena parte de las fuerzas pol铆ticas y sociales que no encajaban en aquel acuerdo. En ese terreno de exclusi贸n nacieron y crecieron las guerrillas de las d茅cadas siguientes, entre ellas las FARC y el ELN, mientras el Estado desarrollaba una doctrina de seguridad profundamente influida por la l贸gica de la Guerra Fr铆a.
Pero reducir la historia colombiana a un enfrentamiento entre guerrillas y Estado ser铆a ocultar una parte fundamental del problema. La cuesti贸n agraria ha sido uno de los grandes motores estructurales del conflicto. El Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha documentado c贸mo la disputa por la tierra, el desplazamiento forzado, el despojo, la actuaci贸n de actores armados y las econom铆as ilegales se encuentran profundamente relacionados con la configuraci贸n territorial del pa铆s. Y los datos del 煤ltimo gran censo agropecuario analizado por Oxfam permiten observar la dimensi贸n de esa desigualdad: el 1 % de las explotaciones agr铆colas concentra el 81 % de la tierra, mientras el 99 % restante se reparte apenas el 19 %. Las explotaciones de menos de diez hect谩reas representan el 81 % del total, pero ocupan solamente el 5 % de la superficie. No se trata, por tanto, de una desigualdad abstracta. Se trata de qui茅n posee el suelo, qui茅n controla los territorios, qui茅n decide qu茅 se produce, qui茅n puede acceder al cr茅dito, qui茅n tiene capacidad para invertir y qui茅n puede permanecer en el campo. En una sociedad donde millones de campesinos han sufrido desplazamientos y donde la propiedad rural contin煤a extraordinariamente concentrada, la tierra sigue siendo una cuesti贸n econ贸mica, pol铆tica y de poder de clase.
Es en este escenario donde debe analizarse el fen贸meno paramilitar. Las estructuras paramilitares no fueron simplemente otro actor armado m谩s dentro de una guerra interminable. El Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha documentado su capacidad para convertirse en reguladores de la vida social y econ贸mica de numerosos territorios y ha se帽alado la necesidad de investigar sus v铆nculos con sectores estatales, pol铆ticos y econ贸micos legales, as铆 como el papel del narcotr谩fico y el despojo de tierras. En diferentes regiones, la violencia sirvi贸 para expulsar comunidades, destruir organizaciones campesinas, sindicales e ind铆genas, imponer controles territoriales y modificar las relaciones de propiedad. La historia colombiana demuestra as铆 que la violencia no siempre fue una anomal铆a al margen de la econom铆a: en determinados territorios se convirti贸 tambi茅n en un mecanismo para reorganizar el poder econ贸mico y social.
La tragedia de la Uni贸n Patri贸tica constituye otro cap铆tulo imprescindible. Surgida en el contexto de los intentos de negociaci贸n entre el Estado y las FARC durante los a帽os ochenta, la UP trat贸 de convertir la participaci贸n pol铆tica en una alternativa a la confrontaci贸n armada. El resultado fue uno de los episodios m谩s graves de persecuci贸n pol铆tica de la historia reciente colombiana: miles de militantes, dirigentes, candidatos y simpatizantes fueron asesinados, desaparecidos o expulsados de sus territorios. La experiencia dej贸 una herida que todav铆a condiciona la relaci贸n de amplios sectores de la izquierda colombiana con las instituciones. Porque para entender el concepto de “democracia en estado de sitio” no basta con preguntarse si existen elecciones. Hay que preguntarse tambi茅n qu茅 ocurre cuando una parte de la sociedad intenta organizarse pol铆ticamente para disputar el poder econ贸mico y territorial establecido.
Durante las d茅cadas siguientes, el narcotr谩fico, la expansi贸n paramilitar y la insurgencia contribuyeron a profundizar una guerra que dej贸 millones de v铆ctimas. Y en ese escenario apareci贸 con enorme fuerza otro protagonista: Estados Unidos. Plan Colombia, presentado como una estrategia contra el narcotr谩fico y posteriormente vinculado tambi茅n a la lucha contrainsurgente y al fortalecimiento institucional, convirti贸 a Colombia en uno de los principales receptores de asistencia estadounidense en Am茅rica Latina. Seg煤n el Congressional Research Service, entre los a帽os fiscales 2000 y 2016 la financiaci贸n estadounidense vinculada a Plan Colombia y sus estrategias posteriores super贸 los 10.000 millones de d贸lares a trav茅s de programas del Departamento de Estado y del Departamento de Defensa. Para Washington, Colombia se convirti贸 en un socio estrat茅gico en materia de seguridad regional. Para numerosos sectores cr铆ticos, aquella relaci贸n consolid贸 una concepci贸n militarizada de los problemas sociales y pol铆ticos colombianos. En cualquier caso, los datos permiten afirmar que la relaci贸n militar y estrat茅gica entre ambos Estados no es una circunstancia coyuntural de 2026: tiene m谩s de dos d茅cadas de continuidad.
La Constituci贸n de 1991 abri贸 una nueva etapa y reconoci贸 derechos, mecanismos de participaci贸n y una concepci贸n m谩s amplia del Estado social de derecho. Sin embargo, la nueva arquitectura constitucional convivi贸 con la persistencia de la violencia, la desigualdad territorial y la expansi贸n de las econom铆as ilegales. El Acuerdo de Paz firmado en 2016 entre el Estado y las FARC volvi贸 a colocar la cuesti贸n agraria en el centro del debate mediante la Reforma Rural Integral y abri贸 una oportunidad hist贸rica para atacar algunas de las causas estructurales del conflicto. Pero la implementaci贸n fue lenta, desigual y objeto de fuertes disputas pol铆ticas. Mientras tanto, numerosos firmantes de la paz y dirigentes sociales continuaron siendo asesinados.
La llegada de Gustavo Petro a la Presidencia en 2022, primer presidente procedente de la izquierda en la historia contempor谩nea del pa铆s, modific贸 el escenario pol铆tico. Su proyecto de “paz total”, las reformas sociales y la apuesta por avanzar en la distribuci贸n y formalizaci贸n de tierras representaron una ruptura respecto a d茅cadas de predominio de los sectores tradicionales. Esa ruptura, sin embargo, no signific贸 la desaparici贸n de las estructuras econ贸micas que hab铆an condicionado hist贸ricamente al Estado colombiano. El Gobierno Petro tuvo que desenvolverse dentro de un aparato estatal complejo, enfrent贸 oposici贸n pol铆tica, conflictos institucionales y problemas de gesti贸n y tampoco logr贸 resolver las m煤ltiples violencias territoriales. No hubo una transformaci贸n revolucionaria de las relaciones de propiedad, sino un intento de reforma desde las instituciones existentes. Precisamente por eso resulta importante no confundir la experiencia del primer Gobierno de izquierda con la desaparici贸n del poder econ贸mico de las 茅lites tradicionales.
Uno de los terrenos donde esa disputa puede observarse con mayor claridad es precisamente la tierra. En los 煤ltimos d铆as del Gobierno Petro, la Agencia Nacional de Tierras inform贸 de la entrega o formalizaci贸n de m谩s de 61.000 hect谩reas en 25 departamentos, destinadas a campesinos, comunidades ind铆genas, afrodescendientes y organizaciones pesqueras. M谩s all谩 de la valoraci贸n pol铆tica que pueda hacerse de aquella pol铆tica, el dato demuestra que la cuesti贸n agraria segu铆a siendo una de las grandes batallas pendientes cuando termin贸 el mandato. El nuevo Gobierno recibe, por tanto, un pa铆s donde la propiedad de la tierra contin煤a extraordinariamente concentrada y donde cualquier reforma territorial afecta directamente a intereses econ贸micos consolidados.
Sobre ese escenario lleg贸 al poder Abelardo de la Espriella, con un discurso centrado en seguridad, autoridad, lucha contra el narcotr谩fico, control territorial y fortalecimiento de las fuerzas de seguridad. Durante sus primeras semanas de Gobierno, la seguridad pas贸 a ocupar un lugar central en la comunicaci贸n oficial, mientras se fueron abandonando las mesas de negociaci贸n abiertas durante la etapa anterior. El cambio no es solamente discursivo. El 19 de septiembre, El Pa铆s describ铆a la nueva etapa como un abandono de la pol铆tica de “paz total” en favor de una estrategia de mayor confrontaci贸n militar, respaldada por el nuevo marco de seguridad impulsado junto a Estados Unidos. Seg煤n esa informaci贸n, se han cerrado mesas con grupos como disidencias de las FARC, Clan del Golfo y Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, mientras el Gobierno plantea una ley de “acogimiento” basada en el sometimiento a la justicia y no en una negociaci贸n pol铆tica.
La violencia contra quienes ejercen liderazgo social tampoco desapareci贸 con el cambio presidencial. El registro de INDEPAZ contabilizaba, con corte al 11 de septiembre de 2026, 108 l铆deres, lideresas y defensores de derechos humanos asesinados durante el a帽o, 89 masacres y 11 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Desde enero de 2016 hasta esa misma fecha, el acumulado registrado por el organismo ascend铆a a 1.998 l铆deres y defensores asesinados, 783 masacres y 524 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Estos n煤meros no permiten atribuir autom谩ticamente al Gobierno iniciado en agosto todos los asesinatos ocurridos durante 2026, pero s铆 muestran la dimensi贸n de una violencia estructural que el nuevo Ejecutivo ha heredado y que ahora pretende abordar prioritariamente desde una pol铆tica de seguridad m谩s dura.
El giro adquiere todav铆a mayor dimensi贸n cuando se observa la relaci贸n con Washington. El 8 de septiembre de 2026, despu茅s de reunirse con el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, De la Espriella declar贸 que Colombia quer铆a consolidarse nuevamente como “principal socio de seguridad hemisf茅rica” de Estados Unidos. En ese encuentro propuso desarrollar el denominado “Plan Patriota Siglo XXI”, que incluye la modernizaci贸n de aviones, radares, drones, helic贸pteros, sistemas antidrones, defensa a茅rea, movilidad, inteligencia, ciberdefensa y fuerzas especiales. El 13 de septiembre, la propia Presidencia present贸 los acuerdos alcanzados con Estados Unidos bajo la denominaci贸n de “Acuerdos de Barranquilla”, articulados alrededor de tres objetivos: “reconstruir la patria, recuperar la econom铆a y blindar el hemisferio”. La Presidencia ha definido esta nueva relaci贸n como una asociaci贸n estrat茅gica y ha reivindicado expl铆citamente la alianza hist贸rica entre ambos pa铆ses.
Desde una lectura antiimperialista, la importancia de estos acontecimientos no reside 煤nicamente en qui茅n ocupa actualmente la Casa de Nari帽o. Lo fundamental es observar la continuidad hist贸rica: Plan Colombia ayer, nuevas estructuras de cooperaci贸n militar hoy; dependencia estrat茅gica de Washington ayer, “principal socio de seguridad” hoy. Cambian los nombres, las tecnolog铆as y los escenarios geopol铆ticos, pero permanece la centralidad de Colombia dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense en Am茅rica Latina. El debate, por tanto, no deber铆a limitarse a determinar si un determinado avi贸n, radar o sistema de inteligencia es eficaz contra una organizaci贸n armada. Tambi茅n debe preguntarse qu茅 modelo de Estado y de relaciones internacionales se est谩 construyendo, qu茅 recursos p煤blicos se destinan a la seguridad frente a las necesidades sociales y hasta qu茅 punto las prioridades estrat茅gicas de Washington terminan condicionando las pol铆ticas nacionales.
Existe adem谩s un elemento que puede parecer secundario, pero que tiene una enorme importancia democr谩tica: el control de la informaci贸n y de los aparatos de inteligencia del Estado. El antiguo Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, arrastra una historia de interceptaciones ilegales, persecuci贸n y abusos que todav铆a forma parte de la memoria pol铆tica colombiana. La cuesti贸n de sus archivos vuelve ahora a cobrar actualidad precisamente cuando el nuevo Gobierno controla esos fondos documentales. Su apertura, conservaci贸n y tratamiento son fundamentales para conocer episodios todav铆a no esclarecidos y para garantizar que la memoria de las v铆ctimas no quede subordinada a los intereses pol铆ticos de cada Gobierno. La democracia no consiste 煤nicamente en celebrar elecciones; tambi茅n significa permitir que una sociedad pueda conocer qu茅 hicieron sus instituciones cuando actuaron clandestinamente contra ciudadanos, organizaciones sociales, periodistas o adversarios pol铆ticos.
Incluso las primeras decisiones institucionales del nuevo Ejecutivo muestran que la disputa por el control del Estado no se limita al terreno militar. La destituci贸n del director del DANE, Ricardo Valencia, apenas tres semanas despu茅s de su nombramiento, abri贸 un debate sobre la autonom铆a t茅cnica del organismo estad铆stico. El Gobierno argument贸 que Valencia incumpli贸 directrices presidenciales sobre comunicaci贸n p煤blica, mientras que antiguos responsables del DANE cuestionaron las posibles consecuencias para la independencia y credibilidad de la instituci贸n. En un pa铆s donde las cifras de empleo, pobreza, desigualdad y crecimiento tienen una importancia decisiva para evaluar las pol铆ticas p煤blicas, la autonom铆a de los organismos que producen informaci贸n oficial constituye tambi茅n una cuesti贸n democr谩tica.
Todo esto permite comprender mejor qu茅 puede significar hablar de “democracia en estado de sitio” en Colombia. No significa afirmar que el pa铆s haya dejado de ser formalmente una democracia ni que exista una dictadura cl谩sica. Significa se帽alar una contradicci贸n hist贸rica: instituciones democr谩ticas que conviven con enormes desigualdades materiales; elecciones que se celebran mientras dirigentes sociales son asesinados; derechos constitucionales que coexisten con comunidades desplazadas; una econom铆a moderna que convive con una concentraci贸n extraordinaria de la propiedad rural; y un Estado que proclama soberan铆a mientras mantiene una alianza militar y estrat茅gica extraordinariamente estrecha con la principal potencia mundial.
La cuesti贸n de fondo vuelve as铆 al lugar donde comenz贸 buena parte de esta historia: la tierra y el poder. Mientras el 1 % de las explotaciones controle el 81 % de la tierra agr铆cola, mientras existan comunidades campesinas e ind铆genas disputando el control de sus territorios, mientras las econom铆as ilegales compitan con el Estado por corredores estrat茅gicos y mientras los grandes intereses econ贸micos tengan una capacidad de influencia muy superior a la de millones de trabajadores y campesinos, la violencia colombiana no podr谩 explicarse 煤nicamente como un problema policial o militar. El propio Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha se帽alado la relaci贸n hist贸rica entre tierra, conflicto, actores armados, narcotr谩fico, desplazamiento y despojo.
Por eso, la nueva etapa abierta con De la Espriella plantea una pregunta que va mucho m谩s all谩 de las cifras diarias de capturas, incautaciones o operaciones militares. ¿Puede resolverse una crisis hist贸rica de desigualdad y exclusi贸n mediante una pol铆tica basada fundamentalmente en la fuerza? La respuesta depender谩 de qu茅 otras pol铆ticas acompa帽en a esa estrategia: reforma rural, empleo digno, educaci贸n p煤blica, sanidad, vivienda, presencia civil del Estado, protecci贸n efectiva de las comunidades y garant铆as para la participaci贸n pol铆tica. Si la seguridad se convierte 煤nicamente en militarizaci贸n, el riesgo es volver a reproducir una vieja din谩mica en la que las causas sociales del conflicto quedan ocultas detr谩s de la respuesta armada.
Colombia ha demostrado durante d茅cadas que la violencia puede modificar gobiernos, territorios y relaciones de poder, pero tambi茅n que la violencia por s铆 sola nunca ha resuelto las contradicciones que la alimentan. La historia de Gait谩n, de La Violencia, del Frente Nacional, de las guerrillas, del paramilitarismo, de la Uni贸n Patri贸tica, de Plan Colombia y del Acuerdo de Paz forma parte de una misma secuencia hist贸rica en la que la disputa por la tierra, la riqueza y el poder pol铆tico ha sido una constante. El nuevo Gobierno puede cambiar las prioridades del Estado, reforzar la alianza con Washington y apostar por una estrategia de mayor confrontaci贸n, pero ninguna de esas decisiones elimina las estructuras que dieron origen a buena parte del conflicto.
Y ah铆 se encuentra probablemente la verdadera batalla democr谩tica de Colombia: no solamente qui茅n gobierna desde Bogot谩, sino qui茅n tiene capacidad real para decidir sobre la tierra, la riqueza, los territorios y el futuro del pa铆s. Una democracia que pueda ser ejercida plenamente por campesinos, trabajadores, pueblos ind铆genas, comunidades afrodescendientes, estudiantes, organizaciones populares y movimientos sociales exige algo m谩s que depositar una papeleta cada cuatro a帽os. Exige que organizarse no sea una sentencia de muerte, que reclamar tierra no convierta a nadie en objetivo, que defender el territorio no sea considerado una amenaza y que la soberan铆a nacional no quede subordinada a las necesidades estrat茅gicas de ninguna potencia.
La historia colombiana demuestra que cada vez que una parte de la sociedad ha intentado transformar esas relaciones de poder, la respuesta de los sectores dominantes ha sido intensa. Tambi茅n demuestra que las sociedades cambian cuando las mayor铆as dejan de aceptar que la desigualdad, la violencia y la exclusi贸n sean consideradas parte inevitable del paisaje. La Colombia de 2026 vuelve a encontrarse ante esa contradicci贸n: una democracia formalmente viva, pero atravesada por desigualdades y violencias que cuestionan su contenido real. Lo que est谩 en juego no es solamente la pol铆tica de seguridad de un nuevo presidente, sino el tipo de sociedad que Colombia quiere construir despu茅s de d茅cadas de guerra, concentraci贸n de la riqueza, intervenci贸n extranjera y resistencia popular.
En ese sentido, la pregunta fundamental contin煤a siendo la misma que atraviesa toda la historia contempor谩nea colombiana: ¿democracia para qui茅n, seguridad para qui茅n y propiedad de qui茅n?
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