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domingo, 20 de septiembre de 2026

Colombia: la larga guerra por la tierra, la riqueza y el poder

Por Javier Huerta

Una historia de violencia, exclusi贸n y excepcionalidad para comprender la Colombia de hoy

Del asesinato de Gait谩n al regreso de la mano dura: tierra, oligarqu铆a, capitalismo, militarizaci贸n y dependencia de Estados Unidos

Colombia vuelve a encontrarse ante una de esas encrucijadas hist贸ricas en las que la palabra democracia corre el riesgo de quedarse demasiado peque帽a para explicar la realidad. El pa铆s mantiene elecciones, Congreso, partidos, tribunales y una Constituci贸n que reconoce derechos fundamentales, pero detr谩s de esa arquitectura institucional permanece una historia marcada por la concentraci贸n de la tierra, la desigualdad econ贸mica, la violencia pol铆tica, el desplazamiento campesino, el paramilitarismo, el narcotr谩fico, la intervenci贸n estadounidense y la persecuci贸n de quienes han intentado construir una alternativa pol铆tica y social al poder tradicional. La llegada a la Presidencia de Abelardo de la Espriella el 7 de agosto de 2026 abre ahora una nueva etapa caracterizada por el fortalecimiento de las pol铆ticas de seguridad, la suspensi贸n de buena parte de las negociaciones con organizaciones armadas y un acercamiento especialmente estrecho a Estados Unidos. El propio Gobierno presenta este giro como una recuperaci贸n de la autoridad del Estado y de la seguridad nacional; desde otros sectores se advierte del riesgo de regresar a una l贸gica en la que el conflicto social y territorial se aborda fundamentalmente desde la militarizaci贸n. La cuesti贸n de fondo, sin embargo, es mucho m谩s profunda: ¿qu茅 democracia puede consolidarse cuando las estructuras econ贸micas y territoriales que alimentaron durante d茅cadas la violencia contin煤an sin resolverse?

Para entender la Colombia de 2026 hay que regresar necesariamente al 9 de abril de 1948, cuando el asesinato de Jorge Eli茅cer Gait谩n desencaden贸 el Bogotazo y abri贸 una de las etapas m谩s traum谩ticas de la historia contempor谩nea del pa铆s. Gait谩n hab铆a construido un discurso de movilizaci贸n popular que cuestionaba los privilegios de las 茅lites tradicionales y hablaba directamente a unas mayor铆as campesinas y trabajadoras excluidas del poder. Su asesinato no cre贸 por s铆 solo la violencia colombiana, pero se convirti贸 en el s铆mbolo de la ruptura de una posibilidad pol铆tica y en el comienzo de una etapa de enfrentamientos que acabar铆a con decenas de miles de muertos. La llamada La Violencia mostr贸 hasta qu茅 punto la disputa pol铆tica estaba entrelazada con la propiedad de la tierra y el control territorial. El posterior Frente Nacional, establecido entre liberales y conservadores entre 1958 y 1974, consigui贸 cerrar parcialmente la confrontaci贸n entre las dos grandes fuerzas tradicionales, pero lo hizo mediante un sistema de alternancia pactada que dej贸 fuera a buena parte de las fuerzas pol铆ticas y sociales que no encajaban en aquel acuerdo. En ese terreno de exclusi贸n nacieron y crecieron las guerrillas de las d茅cadas siguientes, entre ellas las FARC y el ELN, mientras el Estado desarrollaba una doctrina de seguridad profundamente influida por la l贸gica de la Guerra Fr铆a.

Pero reducir la historia colombiana a un enfrentamiento entre guerrillas y Estado ser铆a ocultar una parte fundamental del problema. La cuesti贸n agraria ha sido uno de los grandes motores estructurales del conflicto. El Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha documentado c贸mo la disputa por la tierra, el desplazamiento forzado, el despojo, la actuaci贸n de actores armados y las econom铆as ilegales se encuentran profundamente relacionados con la configuraci贸n territorial del pa铆s. Y los datos del 煤ltimo gran censo agropecuario analizado por Oxfam permiten observar la dimensi贸n de esa desigualdad: el 1 % de las explotaciones agr铆colas concentra el 81 % de la tierra, mientras el 99 % restante se reparte apenas el 19 %. Las explotaciones de menos de diez hect谩reas representan el 81 % del total, pero ocupan solamente el 5 % de la superficie. No se trata, por tanto, de una desigualdad abstracta. Se trata de qui茅n posee el suelo, qui茅n controla los territorios, qui茅n decide qu茅 se produce, qui茅n puede acceder al cr茅dito, qui茅n tiene capacidad para invertir y qui茅n puede permanecer en el campo. En una sociedad donde millones de campesinos han sufrido desplazamientos y donde la propiedad rural contin煤a extraordinariamente concentrada, la tierra sigue siendo una cuesti贸n econ贸mica, pol铆tica y de poder de clase.

Es en este escenario donde debe analizarse el fen贸meno paramilitar. Las estructuras paramilitares no fueron simplemente otro actor armado m谩s dentro de una guerra interminable. El Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha documentado su capacidad para convertirse en reguladores de la vida social y econ贸mica de numerosos territorios y ha se帽alado la necesidad de investigar sus v铆nculos con sectores estatales, pol铆ticos y econ贸micos legales, as铆 como el papel del narcotr谩fico y el despojo de tierras. En diferentes regiones, la violencia sirvi贸 para expulsar comunidades, destruir organizaciones campesinas, sindicales e ind铆genas, imponer controles territoriales y modificar las relaciones de propiedad. La historia colombiana demuestra as铆 que la violencia no siempre fue una anomal铆a al margen de la econom铆a: en determinados territorios se convirti贸 tambi茅n en un mecanismo para reorganizar el poder econ贸mico y social.

La tragedia de la Uni贸n Patri贸tica constituye otro cap铆tulo imprescindible. Surgida en el contexto de los intentos de negociaci贸n entre el Estado y las FARC durante los a帽os ochenta, la UP trat贸 de convertir la participaci贸n pol铆tica en una alternativa a la confrontaci贸n armada. El resultado fue uno de los episodios m谩s graves de persecuci贸n pol铆tica de la historia reciente colombiana: miles de militantes, dirigentes, candidatos y simpatizantes fueron asesinados, desaparecidos o expulsados de sus territorios. La experiencia dej贸 una herida que todav铆a condiciona la relaci贸n de amplios sectores de la izquierda colombiana con las instituciones. Porque para entender el concepto de “democracia en estado de sitio” no basta con preguntarse si existen elecciones. Hay que preguntarse tambi茅n qu茅 ocurre cuando una parte de la sociedad intenta organizarse pol铆ticamente para disputar el poder econ贸mico y territorial establecido.

Durante las d茅cadas siguientes, el narcotr谩fico, la expansi贸n paramilitar y la insurgencia contribuyeron a profundizar una guerra que dej贸 millones de v铆ctimas. Y en ese escenario apareci贸 con enorme fuerza otro protagonista: Estados Unidos. Plan Colombia, presentado como una estrategia contra el narcotr谩fico y posteriormente vinculado tambi茅n a la lucha contrainsurgente y al fortalecimiento institucional, convirti贸 a Colombia en uno de los principales receptores de asistencia estadounidense en Am茅rica Latina. Seg煤n el Congressional Research Service, entre los a帽os fiscales 2000 y 2016 la financiaci贸n estadounidense vinculada a Plan Colombia y sus estrategias posteriores super贸 los 10.000 millones de d贸lares a trav茅s de programas del Departamento de Estado y del Departamento de Defensa. Para Washington, Colombia se convirti贸 en un socio estrat茅gico en materia de seguridad regional. Para numerosos sectores cr铆ticos, aquella relaci贸n consolid贸 una concepci贸n militarizada de los problemas sociales y pol铆ticos colombianos. En cualquier caso, los datos permiten afirmar que la relaci贸n militar y estrat茅gica entre ambos Estados no es una circunstancia coyuntural de 2026: tiene m谩s de dos d茅cadas de continuidad.

La Constituci贸n de 1991 abri贸 una nueva etapa y reconoci贸 derechos, mecanismos de participaci贸n y una concepci贸n m谩s amplia del Estado social de derecho. Sin embargo, la nueva arquitectura constitucional convivi贸 con la persistencia de la violencia, la desigualdad territorial y la expansi贸n de las econom铆as ilegales. El Acuerdo de Paz firmado en 2016 entre el Estado y las FARC volvi贸 a colocar la cuesti贸n agraria en el centro del debate mediante la Reforma Rural Integral y abri贸 una oportunidad hist贸rica para atacar algunas de las causas estructurales del conflicto. Pero la implementaci贸n fue lenta, desigual y objeto de fuertes disputas pol铆ticas. Mientras tanto, numerosos firmantes de la paz y dirigentes sociales continuaron siendo asesinados.

La llegada de Gustavo Petro a la Presidencia en 2022, primer presidente procedente de la izquierda en la historia contempor谩nea del pa铆s, modific贸 el escenario pol铆tico. Su proyecto de “paz total”, las reformas sociales y la apuesta por avanzar en la distribuci贸n y formalizaci贸n de tierras representaron una ruptura respecto a d茅cadas de predominio de los sectores tradicionales. Esa ruptura, sin embargo, no signific贸 la desaparici贸n de las estructuras econ贸micas que hab铆an condicionado hist贸ricamente al Estado colombiano. El Gobierno Petro tuvo que desenvolverse dentro de un aparato estatal complejo, enfrent贸 oposici贸n pol铆tica, conflictos institucionales y problemas de gesti贸n y tampoco logr贸 resolver las m煤ltiples violencias territoriales. No hubo una transformaci贸n revolucionaria de las relaciones de propiedad, sino un intento de reforma desde las instituciones existentes. Precisamente por eso resulta importante no confundir la experiencia del primer Gobierno de izquierda con la desaparici贸n del poder econ贸mico de las 茅lites tradicionales.

Uno de los terrenos donde esa disputa puede observarse con mayor claridad es precisamente la tierra. En los 煤ltimos d铆as del Gobierno Petro, la Agencia Nacional de Tierras inform贸 de la entrega o formalizaci贸n de m谩s de 61.000 hect谩reas en 25 departamentos, destinadas a campesinos, comunidades ind铆genas, afrodescendientes y organizaciones pesqueras. M谩s all谩 de la valoraci贸n pol铆tica que pueda hacerse de aquella pol铆tica, el dato demuestra que la cuesti贸n agraria segu铆a siendo una de las grandes batallas pendientes cuando termin贸 el mandato. El nuevo Gobierno recibe, por tanto, un pa铆s donde la propiedad de la tierra contin煤a extraordinariamente concentrada y donde cualquier reforma territorial afecta directamente a intereses econ贸micos consolidados.

Sobre ese escenario lleg贸 al poder Abelardo de la Espriella, con un discurso centrado en seguridad, autoridad, lucha contra el narcotr谩fico, control territorial y fortalecimiento de las fuerzas de seguridad. Durante sus primeras semanas de Gobierno, la seguridad pas贸 a ocupar un lugar central en la comunicaci贸n oficial, mientras se fueron abandonando las mesas de negociaci贸n abiertas durante la etapa anterior. El cambio no es solamente discursivo. El 19 de septiembre, El Pa铆s describ铆a la nueva etapa como un abandono de la pol铆tica de “paz total” en favor de una estrategia de mayor confrontaci贸n militar, respaldada por el nuevo marco de seguridad impulsado junto a Estados Unidos. Seg煤n esa informaci贸n, se han cerrado mesas con grupos como disidencias de las FARC, Clan del Golfo y Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, mientras el Gobierno plantea una ley de “acogimiento” basada en el sometimiento a la justicia y no en una negociaci贸n pol铆tica.

La violencia contra quienes ejercen liderazgo social tampoco desapareci贸 con el cambio presidencial. El registro de INDEPAZ contabilizaba, con corte al 11 de septiembre de 2026, 108 l铆deres, lideresas y defensores de derechos humanos asesinados durante el a帽o, 89 masacres y 11 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Desde enero de 2016 hasta esa misma fecha, el acumulado registrado por el organismo ascend铆a a 1.998 l铆deres y defensores asesinados, 783 masacres y 524 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados. Estos n煤meros no permiten atribuir autom谩ticamente al Gobierno iniciado en agosto todos los asesinatos ocurridos durante 2026, pero s铆 muestran la dimensi贸n de una violencia estructural que el nuevo Ejecutivo ha heredado y que ahora pretende abordar prioritariamente desde una pol铆tica de seguridad m谩s dura.

El giro adquiere todav铆a mayor dimensi贸n cuando se observa la relaci贸n con Washington. El 8 de septiembre de 2026, despu茅s de reunirse con el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, De la Espriella declar贸 que Colombia quer铆a consolidarse nuevamente como “principal socio de seguridad hemisf茅rica” de Estados Unidos. En ese encuentro propuso desarrollar el denominado “Plan Patriota Siglo XXI”, que incluye la modernizaci贸n de aviones, radares, drones, helic贸pteros, sistemas antidrones, defensa a茅rea, movilidad, inteligencia, ciberdefensa y fuerzas especiales. El 13 de septiembre, la propia Presidencia present贸 los acuerdos alcanzados con Estados Unidos bajo la denominaci贸n de “Acuerdos de Barranquilla”, articulados alrededor de tres objetivos: “reconstruir la patria, recuperar la econom铆a y blindar el hemisferio”. La Presidencia ha definido esta nueva relaci贸n como una asociaci贸n estrat茅gica y ha reivindicado expl铆citamente la alianza hist贸rica entre ambos pa铆ses.

Desde una lectura antiimperialista, la importancia de estos acontecimientos no reside 煤nicamente en qui茅n ocupa actualmente la Casa de Nari帽o. Lo fundamental es observar la continuidad hist贸rica: Plan Colombia ayer, nuevas estructuras de cooperaci贸n militar hoy; dependencia estrat茅gica de Washington ayer, “principal socio de seguridad” hoy. Cambian los nombres, las tecnolog铆as y los escenarios geopol铆ticos, pero permanece la centralidad de Colombia dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense en Am茅rica Latina. El debate, por tanto, no deber铆a limitarse a determinar si un determinado avi贸n, radar o sistema de inteligencia es eficaz contra una organizaci贸n armada. Tambi茅n debe preguntarse qu茅 modelo de Estado y de relaciones internacionales se est谩 construyendo, qu茅 recursos p煤blicos se destinan a la seguridad frente a las necesidades sociales y hasta qu茅 punto las prioridades estrat茅gicas de Washington terminan condicionando las pol铆ticas nacionales.

Existe adem谩s un elemento que puede parecer secundario, pero que tiene una enorme importancia democr谩tica: el control de la informaci贸n y de los aparatos de inteligencia del Estado. El antiguo Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, arrastra una historia de interceptaciones ilegales, persecuci贸n y abusos que todav铆a forma parte de la memoria pol铆tica colombiana. La cuesti贸n de sus archivos vuelve ahora a cobrar actualidad precisamente cuando el nuevo Gobierno controla esos fondos documentales. Su apertura, conservaci贸n y tratamiento son fundamentales para conocer episodios todav铆a no esclarecidos y para garantizar que la memoria de las v铆ctimas no quede subordinada a los intereses pol铆ticos de cada Gobierno. La democracia no consiste 煤nicamente en celebrar elecciones; tambi茅n significa permitir que una sociedad pueda conocer qu茅 hicieron sus instituciones cuando actuaron clandestinamente contra ciudadanos, organizaciones sociales, periodistas o adversarios pol铆ticos.

Incluso las primeras decisiones institucionales del nuevo Ejecutivo muestran que la disputa por el control del Estado no se limita al terreno militar. La destituci贸n del director del DANE, Ricardo Valencia, apenas tres semanas despu茅s de su nombramiento, abri贸 un debate sobre la autonom铆a t茅cnica del organismo estad铆stico. El Gobierno argument贸 que Valencia incumpli贸 directrices presidenciales sobre comunicaci贸n p煤blica, mientras que antiguos responsables del DANE cuestionaron las posibles consecuencias para la independencia y credibilidad de la instituci贸n. En un pa铆s donde las cifras de empleo, pobreza, desigualdad y crecimiento tienen una importancia decisiva para evaluar las pol铆ticas p煤blicas, la autonom铆a de los organismos que producen informaci贸n oficial constituye tambi茅n una cuesti贸n democr谩tica.

Todo esto permite comprender mejor qu茅 puede significar hablar de “democracia en estado de sitio” en Colombia. No significa afirmar que el pa铆s haya dejado de ser formalmente una democracia ni que exista una dictadura cl谩sica. Significa se帽alar una contradicci贸n hist贸rica: instituciones democr谩ticas que conviven con enormes desigualdades materiales; elecciones que se celebran mientras dirigentes sociales son asesinados; derechos constitucionales que coexisten con comunidades desplazadas; una econom铆a moderna que convive con una concentraci贸n extraordinaria de la propiedad rural; y un Estado que proclama soberan铆a mientras mantiene una alianza militar y estrat茅gica extraordinariamente estrecha con la principal potencia mundial.

La cuesti贸n de fondo vuelve as铆 al lugar donde comenz贸 buena parte de esta historia: la tierra y el poder. Mientras el 1 % de las explotaciones controle el 81 % de la tierra agr铆cola, mientras existan comunidades campesinas e ind铆genas disputando el control de sus territorios, mientras las econom铆as ilegales compitan con el Estado por corredores estrat茅gicos y mientras los grandes intereses econ贸micos tengan una capacidad de influencia muy superior a la de millones de trabajadores y campesinos, la violencia colombiana no podr谩 explicarse 煤nicamente como un problema policial o militar. El propio Centro Nacional de Memoria Hist贸rica ha se帽alado la relaci贸n hist贸rica entre tierra, conflicto, actores armados, narcotr谩fico, desplazamiento y despojo.

Por eso, la nueva etapa abierta con De la Espriella plantea una pregunta que va mucho m谩s all谩 de las cifras diarias de capturas, incautaciones o operaciones militares. ¿Puede resolverse una crisis hist贸rica de desigualdad y exclusi贸n mediante una pol铆tica basada fundamentalmente en la fuerza? La respuesta depender谩 de qu茅 otras pol铆ticas acompa帽en a esa estrategia: reforma rural, empleo digno, educaci贸n p煤blica, sanidad, vivienda, presencia civil del Estado, protecci贸n efectiva de las comunidades y garant铆as para la participaci贸n pol铆tica. Si la seguridad se convierte 煤nicamente en militarizaci贸n, el riesgo es volver a reproducir una vieja din谩mica en la que las causas sociales del conflicto quedan ocultas detr谩s de la respuesta armada.

Colombia ha demostrado durante d茅cadas que la violencia puede modificar gobiernos, territorios y relaciones de poder, pero tambi茅n que la violencia por s铆 sola nunca ha resuelto las contradicciones que la alimentan. La historia de Gait谩n, de La Violencia, del Frente Nacional, de las guerrillas, del paramilitarismo, de la Uni贸n Patri贸tica, de Plan Colombia y del Acuerdo de Paz forma parte de una misma secuencia hist贸rica en la que la disputa por la tierra, la riqueza y el poder pol铆tico ha sido una constante. El nuevo Gobierno puede cambiar las prioridades del Estado, reforzar la alianza con Washington y apostar por una estrategia de mayor confrontaci贸n, pero ninguna de esas decisiones elimina las estructuras que dieron origen a buena parte del conflicto.

Y ah铆 se encuentra probablemente la verdadera batalla democr谩tica de Colombia: no solamente qui茅n gobierna desde Bogot谩, sino qui茅n tiene capacidad real para decidir sobre la tierra, la riqueza, los territorios y el futuro del pa铆s. Una democracia que pueda ser ejercida plenamente por campesinos, trabajadores, pueblos ind铆genas, comunidades afrodescendientes, estudiantes, organizaciones populares y movimientos sociales exige algo m谩s que depositar una papeleta cada cuatro a帽os. Exige que organizarse no sea una sentencia de muerte, que reclamar tierra no convierta a nadie en objetivo, que defender el territorio no sea considerado una amenaza y que la soberan铆a nacional no quede subordinada a las necesidades estrat茅gicas de ninguna potencia.

La historia colombiana demuestra que cada vez que una parte de la sociedad ha intentado transformar esas relaciones de poder, la respuesta de los sectores dominantes ha sido intensa. Tambi茅n demuestra que las sociedades cambian cuando las mayor铆as dejan de aceptar que la desigualdad, la violencia y la exclusi贸n sean consideradas parte inevitable del paisaje. La Colombia de 2026 vuelve a encontrarse ante esa contradicci贸n: una democracia formalmente viva, pero atravesada por desigualdades y violencias que cuestionan su contenido real. Lo que est谩 en juego no es solamente la pol铆tica de seguridad de un nuevo presidente, sino el tipo de sociedad que Colombia quiere construir despu茅s de d茅cadas de guerra, concentraci贸n de la riqueza, intervenci贸n extranjera y resistencia popular.

En ese sentido, la pregunta fundamental contin煤a siendo la misma que atraviesa toda la historia contempor谩nea colombiana: ¿democracia para qui茅n, seguridad para qui茅n y propiedad de qui茅n?




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s谩bado, 19 de septiembre de 2026

Los Vargas Llosa, el fujimorismo y el nuevo Per煤 de Trump: cuando el neoliberalismo se encuentra con la ultraderecha

Por Javier Huerta


Hay apellidos que forman parte de la historia pol铆tica de un pa铆s hasta el punto de convertirse en aut茅nticos s铆mbolos de una determinada 茅poca. En el Per煤 contempor谩neo, Vargas Llosa y Fujimori representan dos de esos apellidos. Durante d茅cadas estuvieron enfrentados y llegaron a encarnar proyectos pol铆ticos que parec铆an irreconciliables dentro del campo de la derecha peruana. En 1990, Mario Vargas Llosa concurri贸 a las elecciones presidenciales al frente del Frente Democr谩tico, defendiendo un programa de profundas reformas econ贸micas basado en la liberalizaci贸n, la apertura de la econom铆a y una reducci贸n sustancial de la intervenci贸n del Estado. Frente a 茅l apareci贸 Alberto Fujimori, un candidato hasta entonces pr谩cticamente desconocido para buena parte de las 茅lites pol铆ticas y econ贸micas del pa铆s, que acabar铆a imponi茅ndose en las urnas. Lo que vino despu茅s marcar铆a profundamente la historia peruana: el autogolpe de 1992, la concentraci贸n del poder, la corrupci贸n y las graves violaciones de derechos humanos cometidas durante su r茅gimen. Vargas Llosa se convirti贸 entonces en uno de los principales adversarios intelectuales del fujimorismo. Sin embargo, tres d茅cadas despu茅s, aquella antigua frontera pol铆tica se ha desdibujado hasta pr谩cticamente desaparecer. El hijo del hombre que se enfrent贸 electoralmente a Alberto Fujimori se prepara ahora para representar en Washington al Gobierno de su hija, Keiko Fujimori, precisamente cuando Lima estrecha sus relaciones pol铆ticas y de seguridad con la Administraci贸n de Donald Trump.

La evoluci贸n pol铆tica de Mario Vargas Llosa ayuda a comprender c贸mo se ha producido este desplazamiento. El escritor no comenz贸 su trayectoria en la derecha. Durante su juventud mantuvo posiciones de izquierda y lleg贸 a simpatizar con la Revoluci贸n cubana, pero su posterior ruptura con el castrismo y su evoluci贸n intelectual le llevaron hacia el liberalismo pol铆tico y econ贸mico. A partir de los a帽os ochenta se convirti贸 en uno de los principales defensores latinoamericanos de las pol铆ticas de mercado, la propiedad privada, la reducci贸n del papel econ贸mico del Estado y la apertura de las econom铆as nacionales. Su candidatura presidencial de 1990 fue la expresi贸n pol铆tica de esa transformaci贸n. A partir de entonces, Vargas Llosa pas贸 a ser una de las figuras intelectuales m谩s influyentes del liberalismo latinoamericano, participando activamente en los debates pol铆ticos de la regi贸n y respaldando durante a帽os proyectos que defend铆an la aplicaci贸n de pol铆ticas econ贸micas neoliberales. Pero aquella evoluci贸n continuar铆a. Con el paso del tiempo, su oposici贸n a la izquierda fue adquiriendo una importancia cada vez mayor y sus alianzas pol铆ticas comenzaron a aproximarle a sectores conservadores que ya no representaban 煤nicamente el viejo liberalismo econ贸mico. Su apoyo a Jair Bolsonaro en Brasil, a Jos茅 Antonio Kast en Chile y a otras candidaturas de la derecha radical latinoamericana mostr贸 hasta qu茅 punto hab铆a cambiado el espacio pol铆tico en el que se mov铆a. Lo significativo no es solamente la trayectoria individual del escritor, sino un fen贸meno mucho m谩s amplio: una parte del antiguo liberalismo latinoamericano ha terminado encontrando espacios de coincidencia con las nuevas derechas radicales, incorporando a su defensa del mercado posiciones mucho m谩s duras en materia de seguridad, inmigraci贸n, identidad, orden p煤blico y confrontaci贸n con la izquierda.

El cambio resulta especialmente revelador cuando se observa la relaci贸n con el fujimorismo. Durante a帽os Vargas Llosa sostuvo una oposici贸n frontal a Alberto Fujimori y posteriormente a su hija Keiko. Sin embargo, en 2021, ante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo, el escritor pidi贸 votar por la candidata de Fuerza Popular. El argumento utilizado entonces fue que, frente a Castillo, hab铆a que optar por Fujimori como alternativa para impedir el avance de la izquierda. Aquella decisi贸n cerr贸 una de las grandes contradicciones de su trayectoria pol铆tica: quien hab铆a construido buena parte de su identidad p煤blica enfrent谩ndose al fujimorismo termin贸 respaldando electoralmente a su principal heredera pol铆tica. Despu茅s de su muerte, esa aproximaci贸n no desapareci贸 con 茅l. 脕lvaro Vargas Llosa asumi贸 p煤blicamente el respaldo a Keiko Fujimori durante las elecciones de 2026, llegando a sostener que su padre probablemente tambi茅n habr铆a apoyado su candidatura. El movimiento adquiri贸 una dimensi贸n institucional cuando Keiko Fujimori anunci贸 que 脕lvaro Vargas Llosa ser铆a propuesto como embajador del Per煤 en Estados Unidos. Si el proceso diplom谩tico culmina formalmente, ser谩 precisamente el hijo de aquel candidato presidencial que en 1990 se enfrent贸 a Alberto Fujimori quien representar谩 en Washington al Gobierno de la hija de su antiguo adversario.

La fotograf铆a pol铆tica adquiere todav铆a mayor significado por el momento en que se produce. El anuncio del futuro embajador coincide con una ofensiva diplom谩tica del Gobierno peruano para estrechar sus relaciones con Estados Unidos y con la visita a Lima del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio. Durante esa visita, Keiko Fujimori confirm贸 la incorporaci贸n del Per煤 al denominado Escudo de las Am茅ricas, iniciativa promovida por Washington para reforzar la cooperaci贸n entre distintos gobiernos del continente en materia de seguridad y lucha contra las organizaciones criminales transnacionales. La medida ha sido presentada por el Gobierno peruano como una respuesta necesaria ante el crecimiento del crimen organizado y como una forma de mejorar la cooperaci贸n internacional, pero se produce dentro de un contexto geopol铆tico mucho m谩s amplio. La Administraci贸n Trump est谩 tratando de recuperar espacio pol铆tico y estrat茅gico en Am茅rica Latina, al mismo tiempo que observa con creciente preocupaci贸n la expansi贸n de la presencia econ贸mica de China en la regi贸n. Per煤 ocupa una posici贸n especialmente importante en esta disputa debido a sus relaciones comerciales con China y a la importancia estrat茅gica adquirida por el puerto de Chancay. De esta manera, la nueva relaci贸n con Washington no puede contemplarse 煤nicamente desde la perspectiva de la lucha contra el narcotr谩fico o la delincuencia: forma parte tambi茅n de una pugna por la influencia econ贸mica, pol铆tica y estrat茅gica en el Pac铆fico latinoamericano.

El Gobierno de Keiko Fujimori est谩 construyendo buena parte de su discurso alrededor de la seguridad y de la necesidad de recuperar la autoridad del Estado frente al crimen organizado. En un pa铆s que arrastra una profunda crisis institucional y una percepci贸n creciente de inseguridad, ese discurso encuentra un terreno especialmente favorable. El problema aparece cuando la respuesta a la criminalidad comienza a traducirse en una ampliaci贸n permanente de las facultades de las fuerzas de seguridad, una reducci贸n de los controles sobre su actuaci贸n o una utilizaci贸n cada vez m谩s amplia de instrumentos excepcionales. En julio de 2026, por ejemplo, fue promulgada una reforma que ampl铆a la competencia de la justicia militar y policial sobre determinados delitos cometidos por integrantes de las Fuerzas Armadas y la Polic铆a, incluso en circunstancias que afectan a civiles. Organizaciones como Amnist铆a Internacional y Human Rights Watch han expresado preocupaci贸n por las consecuencias que este tipo de reformas pueden tener para la investigaci贸n y persecuci贸n de posibles violaciones de derechos humanos. La Comisi贸n Interamericana de Derechos Humanos tambi茅n ha advertido sobre actuaciones que pueden afectar a la independencia judicial. Estas advertencias adquieren un significado especial en Per煤 porque la historia reciente del pa铆s est谩 marcada precisamente por los abusos cometidos bajo gobiernos que utilizaron la lucha contra el terrorismo y la defensa del orden p煤blico como justificaci贸n para ampliar el poder de los aparatos estatales de seguridad.

No se trata de negar la existencia del crimen organizado ni la necesidad de combatirlo. Per煤 se enfrenta a problemas reales de violencia, narcotr谩fico, extorsi贸n y penetraci贸n de organizaciones criminales, y cualquier gobierno tiene la obligaci贸n de proteger a la poblaci贸n. La cuesti贸n pol铆tica es otra: qu茅 instrumentos utiliza el Estado para hacerlo y cu谩les son los l铆mites que est谩 dispuesto a respetar. La experiencia hist贸rica demuestra que la seguridad puede convertirse en una herramienta pol铆tica extraordinariamente poderosa cuando se presenta como una cuesti贸n absoluta frente a la cual cualquier garant铆a democr谩tica aparece como un obst谩culo. Ese fue uno de los mecanismos utilizados durante el fujimorismo de los a帽os noventa, aunque el contexto actual sea diferente y no pueda establecerse una equivalencia autom谩tica entre ambos periodos. Precisamente por ello resulta necesario observar con atenci贸n la evoluci贸n de las instituciones, el papel concedido a las Fuerzas Armadas y a la Polic铆a, las reformas judiciales y la utilizaci贸n pol铆tica del discurso de la mano dura.

El paralelismo con la experiencia fujimorista tampoco puede reducirse a la cuesti贸n de la seguridad. Existe una dimensi贸n econ贸mica que resulta fundamental para comprender la continuidad de determinadas pol铆ticas. El r茅gimen de Alberto Fujimori consolid贸 en los a帽os noventa un modelo econ贸mico basado en la apertura de los mercados, las privatizaciones, la reducci贸n de la intervenci贸n estatal y la atracci贸n de capital extranjero. Aquel proceso transform贸 profundamente la econom铆a peruana y dej贸 una estructura neoliberal que, con diferentes gobiernos y matices, ha sobrevivido durante d茅cadas. Las fuerzas pol铆ticas que se han sucedido en el poder han discutido sobre numerosas cuestiones, pero el modelo econ贸mico fundamental ha demostrado una extraordinaria capacidad de permanencia. El debate actual se desarrolla, por tanto, sobre una estructura que contin煤a concediendo un enorme peso a la inversi贸n privada y al mercado, mientras amplios sectores sociales siguen reclamando respuestas frente a la desigualdad, la precariedad y la debilidad de los servicios p煤blicos. El neoliberalismo no desapareci贸 con Fujimori; se convirti贸 en parte estructural del sistema pol铆tico y econ贸mico peruano.

Lo que est谩 cambiando ahora es la forma de proteger y reforzar ese modelo en un contexto pol铆tico mucho m谩s polarizado. Las derechas latinoamericanas de las 煤ltimas d茅cadas han aprendido que ya no basta con defender las privatizaciones, la liberalizaci贸n econ贸mica o la reducci贸n del Estado. Las nuevas derechas incorporan un discurso mucho m谩s agresivo contra la izquierda, los movimientos sociales y las pol铆ticas redistributivas, al tiempo que convierten la seguridad, la autoridad y la defensa del orden en elementos centrales de su identidad. Es una combinaci贸n que puede observarse, con caracter铆sticas diferentes, en varios pa铆ses de la regi贸n y que mantiene una relaci贸n cada vez m谩s estrecha con determinadas corrientes de la derecha estadounidense. En este nuevo escenario, Trump no representa simplemente una referencia electoral para los conservadores latinoamericanos, sino un modelo pol铆tico que combina nacionalismo, proteccionismo selectivo, confrontaci贸n con la izquierda, endurecimiento de las pol铆ticas migratorias, fortalecimiento del aparato de seguridad y una pol铆tica exterior destinada a recuperar la primac铆a estadounidense en el hemisferio.

La Administraci贸n Trump est谩 intentando reconstruir precisamente esa influencia. La seguridad constituye uno de los instrumentos principales, pero detr谩s de ella existe una agenda geopol铆tica m谩s amplia. Washington quiere fortalecer sus alianzas con gobiernos considerados pr贸ximos, aumentar la cooperaci贸n militar y policial, contener la influencia de China y recuperar capacidad de intervenci贸n pol铆tica en una regi贸n donde durante las 煤ltimas d茅cadas otros actores han ganado espacio. La nueva pol铆tica estadounidense hacia Am茅rica Latina est谩 encontrando interlocutores especialmente receptivos entre los gobiernos de derecha que comparten la preocupaci贸n por la expansi贸n de China y que consideran la cooperaci贸n con Estados Unidos una herramienta para combatir el crimen organizado. La incorporaci贸n de Per煤 al Escudo de las Am茅ricas encaja en esa estrategia y sit煤a a Lima dentro de una red de cooperaci贸n regional impulsada directamente desde Washington.

La cuesti贸n de China resulta especialmente relevante para entender el inter茅s estadounidense por Per煤. Durante los 煤ltimos a帽os, China se ha convertido en uno de los principales socios comerciales del pa铆s y su presencia en infraestructuras estrat茅gicas ha crecido considerablemente. El puerto de Chancay, construido con participaci贸n de la empresa china COSCO Shipping Ports, es el ejemplo m谩s visible. Para Per煤, la relaci贸n econ贸mica con China tiene una importancia indiscutible; para Washington, la expansi贸n de la presencia china en el Pac铆fico sudamericano constituye un desaf铆o estrat茅gico. El Gobierno de Keiko Fujimori no ha roto sus relaciones econ贸micas con Pek铆n, pero su decisi贸n de profundizar el v铆nculo pol铆tico y de seguridad con Estados Unidos introduce una nueva dimensi贸n en el equilibrio internacional peruano. La disputa entre Washington y Pek铆n se proyecta as铆 sobre un pa铆s que se encuentra en una posici贸n econ贸mica y geogr谩fica especialmente sensible.

En este escenario es donde el nombramiento de 脕lvaro Vargas Llosa adquiere un significado que va mucho m谩s all谩 de su condici贸n de embajador. Su trayectoria familiar representa una parte de la evoluci贸n de las 茅lites intelectuales de la derecha latinoamericana: del liberalismo cl谩sico al neoliberalismo y, posteriormente, a una aproximaci贸n cada vez mayor a las nuevas derechas conservadoras. Su llegada a Washington como representante de un Gobierno fujimorista que est谩 estrechando sus v铆nculos con Trump convierte esa evoluci贸n en una imagen pol铆tica dif铆cil de ignorar. El apellido Vargas Llosa, que durante d茅cadas fue asociado a la oposici贸n al fujimorismo, aparece ahora integrado en el proyecto internacional del nuevo fujimorismo. La contradicci贸n hist贸rica no es menor, porque revela hasta qu茅 punto las antiguas divisiones dentro de la derecha peruana han quedado subordinadas a una nueva confrontaci贸n pol铆tica en la que el principal enemigo com煤n es la izquierda y en la que la alianza con Washington vuelve a ocupar un lugar central.

Esta transformaci贸n tambi茅n obliga a revisar una idea que durante mucho tiempo se present贸 como incuestionable: que liberalismo econ贸mico y autoritarismo pol铆tico pertenecen necesariamente a campos diferentes. La historia latinoamericana demuestra que pueden coexistir y que, en determinados momentos, las 茅lites econ贸micas pueden considerar 煤til un Estado fuerte para garantizar la estabilidad del modelo econ贸mico. Eso no significa que todo liberal sea autoritario ni que cualquier gobierno que defienda pol铆ticas de mercado termine necesariamente recurriendo a pr谩cticas autoritarias. Significa que la defensa del mercado y la defensa de las libertades pol铆ticas no son autom谩ticamente la misma cosa, y que la experiencia peruana de los a帽os noventa constituye uno de los ejemplos m谩s claros de c贸mo ambas dimensiones pueden separarse.

El Per煤 actual se encuentra ante una situaci贸n diferente, pero algunas de aquellas tensiones vuelven a aparecer bajo nuevas formas. El Gobierno de Keiko Fujimori combina la defensa de un modelo econ贸mico consolidado durante d茅cadas con un discurso de autoridad y seguridad cada vez m谩s marcado, mientras refuerza su relaci贸n estrat茅gica con Estados Unidos. En paralelo, distintos organismos internacionales han expresado preocupaci贸n por determinadas reformas relacionadas con la justicia, las fuerzas de seguridad y la independencia institucional. No ser铆a correcto afirmar que todas estas medidas convierten autom谩ticamente al Per煤 en una dictadura ni que el pa铆s reproduce exactamente el r茅gimen de Alberto Fujimori. Pero tampoco resulta razonable ignorar las se帽ales que generan preocupaci贸n cuando el fortalecimiento del poder ejecutivo, la ampliaci贸n de las competencias de las fuerzas de seguridad y el debilitamiento de determinados controles institucionales aparecen simult谩neamente.

La historia de los Vargas Llosa permite observar esta transformaci贸n desde una perspectiva particularmente reveladora. Mario Vargas Llosa pas贸 de la izquierda de su juventud al liberalismo y termin贸 apoyando a candidatos situados en la derecha radical. Despu茅s de su muerte, su hijo 脕lvaro se ha convertido en uno de los apoyos p煤blicos de Keiko Fujimori y est谩 llamado a ocupar un puesto clave en Washington. Mientras tanto, la presidenta peruana profundiza la relaci贸n con una Administraci贸n estadounidense que est谩 tratando de reorganizar las alianzas pol铆ticas y de seguridad del continente. Lo que hace treinta a帽os parec铆a una contradicci贸n —Vargas Llosa y Fujimori enfrentados— hoy aparece como una convergencia pol铆tica dentro de una derecha peruana que ha cambiado profundamente.

No estamos simplemente ante la historia de una familia ni ante una reconciliaci贸n entre dos viejos adversarios. Lo que se est谩 produciendo es una transformaci贸n de las derechas latinoamericanas en la que el viejo programa neoliberal permanece, pero se combina cada vez m谩s con discursos de orden, seguridad, nacionalismo y confrontaci贸n frontal con la izquierda. El fujimorismo peruano se inserta en esa corriente mientras busca estrechar sus relaciones con Washington y participar en la arquitectura de seguridad que la Administraci贸n Trump est谩 impulsando en Am茅rica Latina. Y los Vargas Llosa, que durante d茅cadas representaron una de las expresiones intelectuales m谩s conocidas del liberalismo latinoamericano, han terminado ocupando un espacio dentro de esa misma convergencia.

Per煤 vuelve as铆 a convertirse en un laboratorio pol铆tico de enorme importancia para Am茅rica Latina. El pa铆s deber谩 afrontar simult谩neamente la inseguridad, la desigualdad, la crisis de representaci贸n, la debilidad de sus instituciones y la presi贸n de una disputa geopol铆tica cada vez m谩s intensa entre Estados Unidos y China. La respuesta que est谩 ofreciendo el Gobierno de Keiko Fujimori pasa por reforzar la seguridad, consolidar el modelo econ贸mico heredado del ciclo neoliberal y estrechar la alianza con Washington. El problema que queda abierto es si ese camino permitir谩 resolver las profundas fracturas sociales del pa铆s o si terminar谩 profundizando un modelo en el que la autoridad del Estado se fortalece mientras las causas sociales de la desigualdad y la exclusi贸n permanecen intactas.

La fotograf铆a de este nuevo Per煤 resulta, en ese sentido, tremendamente significativa. Keiko Fujimori ocupa la Presidencia; Marco Rubio llega a Lima para reforzar la cooperaci贸n con Washington; Trump intenta recuperar el control estrat茅gico de Am茅rica Latina; China mantiene una posici贸n econ贸mica fundamental en el pa铆s; y 脕lvaro Vargas Llosa se prepara para representar al Gobierno peruano ante Estados Unidos. Los protagonistas han cambiado respecto a 1990, pero los grandes conflictos contin煤an atravesando la pol铆tica peruana: neoliberalismo frente a demandas sociales, seguridad frente a derechos, soberan铆a frente a dependencia y un pa铆s situado en medio de una disputa geopol铆tica que vuelve a convertir a Am茅rica Latina en un escenario prioritario para Washington.

Y quiz谩 sea precisamente ah铆 donde se encuentre la mayor paradoja de esta historia. El apellido Vargas Llosa naci贸 pol铆ticamente enfrentado al fujimorismo y termina formando parte de su nueva arquitectura de poder internacional. Aquella derecha que en otros tiempos aparec铆a dividida entre liberalismo y fujimorismo parece haber encontrado hoy un enemigo com煤n y una nueva referencia internacional. La Administraci贸n Trump ofrece el marco geopol铆tico; el neoliberalismo proporciona buena parte de la estructura econ贸mica; el fujimorismo aporta su tradici贸n pol铆tica y su discurso de autoridad; y los Vargas Llosa aportan una legitimidad intelectual construida durante d茅cadas en defensa del liberalismo latinoamericano.

El Per煤 de 2026 est谩 escribiendo, por tanto, un nuevo cap铆tulo de una vieja historia. Una historia en la que las derechas cambian de nombre, renuevan sus discursos y modifican sus alianzas, pero contin煤an disputando el control del Estado y del modelo econ贸mico. Esta vez, con Washington mirando hacia Lima y con un Vargas Llosa dispuesto a ocupar el lugar de embajador que simboliza, quiz谩 mejor que cualquier discurso, la extraordinaria transformaci贸n de la derecha peruana durante las 煤ltimas d茅cadas.



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viernes, 11 de septiembre de 2026

La solidaridad internacional con Chile: cuando el mundo sali贸 a la calle


Por Javier Huerta


El 11 de septiembre de 1973 no solamente cambi贸 la historia de Chile. Las im谩genes de La Moneda en llamas, los comunicados de la Junta Militar, las detenciones masivas y las primeras noticias sobre la represi贸n provocaron una conmoci贸n que atraves贸 las fronteras. En distintos lugares de Europa y Am茅rica Latina comenzaron a organizarse manifestaciones, concentraciones, campa帽as de denuncia, recogidas de fondos y redes de acogida para los chilenos perseguidos. Lo que inicialmente pod铆a parecer una reacci贸n espont谩nea termin贸 convirti茅ndose en uno de los movimientos internacionales de solidaridad pol铆tica m谩s importantes de la d茅cada de 1970.

La solidaridad no apareci贸 de la nada. Antes del golpe ya exist铆an relaciones pol铆ticas, sindicales y culturales entre Chile y numerosos pa铆ses europeos. La experiencia de la Unidad Popular hab铆a despertado un enorme inter茅s entre sectores de la izquierda internacional, pero tambi茅n entre organizaciones sociales que ve铆an en el proceso chileno una experiencia singular: la posibilidad de avanzar hacia transformaciones socialistas utilizando mecanismos democr谩ticos. Despu茅s del 11 de septiembre, aquellas relaciones adquirieron otro significado. Ya no se trataba solamente de acompa帽ar un proceso pol铆tico que estaba desarroll谩ndose en Chile, sino de defender a un pueblo sometido a una dictadura y mantener abierta, desde fuera, la denuncia de lo que estaba sucediendo dentro del pa铆s.

Las primeras respuestas fueron extraordinariamente r谩pidas. El 22 de septiembre de 1973, apenas once d铆as despu茅s del golpe, una reuni贸n europea de organizaciones juveniles y estudiantiles celebrada en Par铆s reuni贸 a representantes de quince pa铆ses de Europa occidental y siete pa铆ses socialistas. De aquella reuni贸n salieron campa帽as de informaci贸n, manifestaciones, recogidas de dinero para la resistencia y llamamientos para crear comit茅s de solidaridad. Pocos d铆as despu茅s, entre el 29 y el 30 de septiembre, Helsinki acogi贸 una Conferencia Internacional de Solidaridad con el pueblo chileno que reuni贸 a representantes procedentes de diferentes tradiciones pol铆ticas y del movimiento internacional por la paz. La solidaridad con Chile comenzaba a adquirir una dimensi贸n internacional organizada cuando la dictadura apenas llevaba unas semanas en el poder.

Aquello tuvo una importancia pol铆tica que merece ser recordada. En plena Guerra Fr铆a, la solidaridad con Chile consigui贸 reunir en determinadas iniciativas a comunistas, socialistas, sindicalistas, organizaciones estudiantiles, movimientos por la paz, organizaciones cristianas y asociaciones de defensa de los derechos humanos. No todos compart铆an la misma concepci贸n del socialismo, ni la misma relaci贸n con la Uni贸n Sovi茅tica, ni siquiera la misma interpretaci贸n de cu谩l deb铆a ser el futuro de Chile. Pero exist铆a un punto de encuentro: la condena al golpe militar, la defensa de las libertades y la exigencia del fin de la represi贸n. La investigaci贸n hist贸rica ha se帽alado precisamente esta capacidad de la causa chilena para crear espacios de colaboraci贸n entre corrientes pol铆ticas que normalmente estaban separadas.

En Europa, adem谩s, aquella solidaridad se convirti贸 en una experiencia profundamente vinculada a la lucha antifascista. El golpe chileno se produjo cuando todav铆a estaban abiertas las heridas de las dictaduras de Espa帽a, Portugal y Grecia. Para muchos militantes europeos, Chile no era una tragedia distante, sino una advertencia. La ca铆da de la democracia chilena y la persecuci贸n de la izquierda pod铆an ser comprendidas dentro de una realidad internacional en la que el anticomunismo, el autoritarismo y la intervenci贸n contra los procesos de transformaci贸n social segu铆an formando parte de la pol铆tica internacional. Por eso, en determinados sectores de la izquierda europea, la solidaridad con Chile comenz贸 a relacionarse tambi茅n con la lucha contra las dictaduras del sur de Europa.

Italia constituye uno de los ejemplos m谩s importantes y, para nosotros, merece un espacio especial. Despu茅s del golpe, representantes de la Unidad Popular que se encontraban fuera de Chile comenzaron a establecer contactos con las fuerzas de la izquierda italiana. El 18 de septiembre, apenas una semana despu茅s del golpe, dirigentes de la Unidad Popular encabezados por Volodia Teitelboim participaron en Roma en iniciativas destinadas a movilizar a las fuerzas democr谩ticas italianas e internacionales. Poco despu茅s comenz贸 a organizarse en la capital italiana una estructura permanente de coordinaci贸n e informaci贸n de la Unidad Popular para Europa occidental. En noviembre, Jorge Arrate lleg贸 a Roma para asumir responsabilidades en aquel organismo, mientras la Associazione nazionale Italia-Cile, integrada por partidos de izquierda, sindicatos y personalidades italianas, se convert铆a en uno de los espacios importantes de aquella solidaridad.

Italia tambi茅n ser铆a protagonista de una experiencia pol铆tica de enorme relevancia: la colaboraci贸n entre distintas familias de la izquierda europea alrededor de la causa chilena. En julio de 1974 se celebr贸 en Par铆s la Conferencia Paneuropea de Solidaridad con Chile, impulsada fundamentalmente desde las izquierdas italiana y francesa, con participaci贸n de fuerzas comunistas y socialistas de distintos pa铆ses europeos. Aquella iniciativa ten铆a un significado que iba m谩s all谩 de la solidaridad humanitaria. Chile se estaba convirtiendo en un terreno com煤n para reconstruir espacios de cooperaci贸n internacional entre sectores de la izquierda que durante a帽os hab铆an mantenido importantes diferencias pol铆ticas.

Suecia ofrece otro ejemplo extraordinario. All铆 ya exist铆a un movimiento de solidaridad con Chile antes del golpe y, despu茅s de septiembre de 1973, la organizaci贸n creci贸 r谩pidamente. El movimiento sueco combin贸 la denuncia pol铆tica con la acogida de refugiados y con una intensa actividad social y cultural. El papel del embajador sueco Harald Edelstam, que ayud贸 a perseguidos pol铆ticos y utiliz贸 la embajada para proteger a personas amenazadas por la represi贸n, se convirti贸 en uno de los s铆mbolos m谩s conocidos de aquella respuesta internacional. Pero ser铆a injusto reducir la experiencia sueca a una figura diplom谩tica: detr谩s de ella existi贸 una amplia red de organizaciones, militantes y ciudadanos que hicieron de la solidaridad con Chile una pr谩ctica cotidiana.

La solidaridad tampoco se limit贸 a las grandes organizaciones pol铆ticas. Hubo sindicatos que organizaron campa帽as, estudiantes que ocuparon las calles, asociaciones que recogieron dinero, iglesias que ofrecieron espacios, periodistas que difundieron informaci贸n censurada, artistas que organizaron conciertos y familias que abrieron sus casas para recibir a personas que acababan de escapar de Chile. La investigaci贸n sobre Francia y Suecia muestra precisamente c贸mo las actividades culturales —carteles, exposiciones, conciertos, publicaciones y encuentros— se convirtieron en instrumentos de denuncia y de construcci贸n de redes internacionales. La solidaridad no fue solamente una declaraci贸n pol铆tica: fue tambi茅n trabajo cotidiano.

La m煤sica desempe帽贸 un papel extraordinario. La Nueva Canci贸n Chilena ya hab铆a alcanzado una dimensi贸n internacional antes del golpe y, despu茅s de 1973, artistas y grupos exiliados como Inti-Illimani y Quilapay煤n llevaron a escenarios europeos la memoria de la Unidad Popular y la denuncia de la dictadura. Sus canciones permitieron que personas que jam谩s hab铆an estado en Chile conocieran su historia, sus luchas y sus esperanzas. El exilio convirti贸 as铆 una parte de la cultura chilena en una herramienta internacional de resistencia. No fue casual que la dictadura intentara controlar y perseguir precisamente aquellos espacios culturales asociados a la izquierda y a la movilizaci贸n popular.

Tambi茅n fue decisiva la batalla por la informaci贸n. Durante los primeros meses de la dictadura exist铆a una enorme necesidad de conocer qu茅 estaba sucediendo realmente en Chile. Las organizaciones de solidaridad publicaron boletines, organizaron charlas, difundieron testimonios de exiliados y establecieron contactos con organizaciones internacionales. Amnesty International realiz贸 una misi贸n de investigaci贸n en Chile en 1973, una iniciativa que contribuy贸 a colocar la situaci贸n de los derechos humanos bajo la mirada de la opini贸n p煤blica internacional. La experiencia chilena ser铆a, de hecho, uno de los acontecimientos que contribuyeron al crecimiento de las redes transnacionales de defensa de los derechos humanos durante la d茅cada de 1970.

A medida que pasaban los a帽os, aquellas redes fueron adquiriendo mayor organizaci贸n. La Conferencia de Helsinki de 1973, la Conferencia Paneuropea de Par铆s de 1974 y otras iniciativas posteriores fueron construyendo una infraestructura internacional de solidaridad. En 1978, Madrid acogi贸 la Conferencia Mundial de Solidaridad con Chile, que represent贸 un nuevo momento de convergencia de aquellas redes europeas y latinoamericanas. Espa帽a, todav铆a bajo la dictadura franquista, adquir铆a as铆 un papel singular en una campa帽a internacional contra otra dictadura. La solidaridad con Chile tambi茅n comenz贸 a dialogar con las luchas democr谩ticas existentes en la propia Europa.

Hay algo especialmente importante en toda esta historia: los pueblos no tuvieron que esperar a que los gobiernos decidieran qu茅 posici贸n adoptar. Muchas veces fueron las organizaciones sociales las que presionaron a sus propios gobiernos para que condenaran a la Junta Militar, acogieran refugiados, rompieran determinadas relaciones o adoptaran medidas contra el r茅gimen. La movilizaci贸n internacional fue construyendo una presi贸n pol铆tica desde abajo que oblig贸 a numerosos gobiernos y parlamentos a posicionarse. En octubre de 1973, por ejemplo, el Parlamento Europeo aprob贸 una resoluci贸n reclamando el retorno de la democracia y el fin de las violaciones de los derechos humanos en Chile.

Y aqu铆 aparece quiz谩 la principal raz贸n por la que recuperar esta historia 53 a帽os despu茅s. La solidaridad internacional no derrib贸 por s铆 sola a la dictadura. No debemos convertir la historia en una leyenda en la que las manifestaciones europeas aparecen como la causa directa del final del r茅gimen. La realidad fue mucho m谩s compleja y la resistencia dentro de Chile result贸 fundamental. Pero tampoco podemos aceptar la idea contraria, seg煤n la cual aquellas campa帽as fueron meramente testimoniales. Ayudaron a proteger exiliados, a difundir informaci贸n, a mantener viva la denuncia, a generar recursos para organizaciones chilenas, a aislar pol铆ticamente a la dictadura y, sobre todo, a impedir que el r茅gimen consiguiera convertir la tragedia chilena en un asunto exclusivamente interno.

Por eso, cuando hoy hablamos de internacionalismo, conviene recordar que aquella solidaridad se construy贸 con recursos limitados y con enormes dificultades. No exist铆an las redes sociales, ni internet, ni las posibilidades actuales de comunicaci贸n instant谩nea. Hab铆a que imprimir un bolet铆n, organizar una reuni贸n, conseguir una sala, pegar carteles, convocar una manifestaci贸n, traducir documentos, enviar cartas, recoger dinero o viajar para explicar lo ocurrido. La solidaridad ten铆a rostro, tiempo, esfuerzo y compromiso militante. Y precisamente por eso consigui贸 crear v铆nculos que, en algunos casos, sobrevivieron durante d茅cadas.

Chile tambi茅n dej贸 una huella profunda en quienes participaron en aquellas campa帽as. La experiencia europea demuestra que la solidaridad internacional no funciona 煤nicamente en una direcci贸n. Europa ayud贸 a los chilenos perseguidos, pero Chile tambi茅n transform贸 pol铆ticamente a quienes se solidarizaron con Chile. Sus organizaciones, sus m煤sicos, sus militantes y sus exiliados llegaron a sindicatos, universidades, barrios y movimientos sociales europeos, aportando experiencias que despu茅s formar铆an parte de otras luchas contra el fascismo, el imperialismo y las dictaduras. La solidaridad termin贸 siendo, por tanto, un encuentro entre pueblos y no simplemente una relaci贸n entre quien ayuda y quien recibe ayuda.

Quiz谩 por eso merece la pena recuperar aquellas im谩genes de estudiantes marchando por las calles de Hamburgo pocos d铆as despu茅s del golpe, los comit茅s que aparecieron en distintas ciudades europeas, los trabajadores que hicieron campa帽as sindicales, los conciertos organizados para recaudar fondos, los exiliados que recorr铆an Europa explicando lo que estaba ocurriendo y las conferencias internacionales en las que hombres y mujeres de diferentes pa铆ses intentaban encontrar una respuesta com煤n. Aquello form贸 parte de una memoria internacionalista que no pertenece exclusivamente a Chile, porque fue construida tambi茅n por miles de personas de otros pueblos que entendieron que la derrota de la Unidad Popular no pod铆a ser recibida con silencio.

Cincuenta y tres a帽os despu茅s, cuando todav铆a existen intentos de relativizar el golpe, de presentar la dictadura como una inevitable respuesta al conflicto pol铆tico chileno o de convertir la memoria en una disputa partidista m谩s, recordar aquella solidaridad adquiere una dimensi贸n diferente. El 11 de septiembre de 1973 fue una derrota terrible para quienes hab铆an intentado construir una sociedad diferente, pero la dictadura descubri贸 desde sus primeros d铆as que Chile no estaba solo. Hab铆a pueblos, organizaciones, sindicatos, estudiantes, artistas, partidos pol铆ticos y personas an贸nimas dispuestas a salir a la calle para decir que aquello que estaba sucediendo no pod铆a ser aceptado.

La historia de Chile tambi茅n es, por tanto, la historia de quienes estuvieron junto a Chile sin haber nacido all铆. De quienes acogieron a un exiliado, imprimieron un bolet铆n, organizaron una manifestaci贸n, prestaron un local, cantaron una canci贸n, levantaron una pancarta o simplemente decidieron que no iban a permanecer indiferentes. En aquellos a帽os, la solidaridad internacional demostr贸 que una dictadura puede cerrar las fronteras de un pa铆s, pero no puede cerrar las fronteras de la solidaridad entre los pueblos.

Y quiz谩 sea esa la ense帽anza que merece ser recuperada hoy. No para convertir el pasado en una postal heroica, ni para idealizar todas las organizaciones que participaron en aquellas campa帽as, sino para recordar algo mucho m谩s concreto: cuando el pueblo chileno sufri贸 una de las grandes derrotas pol铆ticas de la historia latinoamericana contempor谩nea, hubo personas en muchos lugares del mundo que entendieron que la solidaridad tambi茅n era una forma de lucha. Salieron a las calles, abrieron sus organizaciones, acogieron a quienes llegaban perseguidos y mantuvieron viva una causa cuando dentro de Chile la represi贸n intentaba imponer el silencio.

Chile fue una causa internacional porque su tragedia fue entendida como una cuesti贸n universal: la defensa de la democracia, de la soberan铆a de los pueblos, de la libertad y de la posibilidad de construir sociedades diferentes. Y aquella solidaridad, nacida en las calles de Europa y de otros lugares del mundo inmediatamente despu茅s del golpe, sigue formando parte de la historia de Chile. Pero tambi茅n forma parte de la historia de quienes, desde otros pueblos, decidieron que frente al fascismo, la represi贸n y el imperialismo no bastaba con mirar. Hab铆a que organizarse, denunciar y estar al lado de quienes resist铆an.


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lunes, 7 de septiembre de 2026

Nicaragua y la causa palestina


Por Stephen Sefton 


En estos d铆as, entre el siete y el diez de septiembre, la Corte Internacional de Justicia abrir谩 sesiones para escuchar argumentos sobre el caso que Nicaragua ha llevado contra Alemania por su apoyo al genocidio sionista contra las familias palestinas en Gaza. Nicaragua argumenta que Alemania, al brindar apoyo pol铆tico, financiero y militar a Israel y por haber retirado financiamiento la Organizaci贸n delas Naciones Unidas de Obras P煤blicas y Socorro para los refugiados palestinos, "est谩 facilitando la comisi贸n del genocidio y, en cualquier caso, ha incumplido su obligaci贸n de hacer todo lo posible para prevenir la comisi贸n de genocidio".

Actualmente, la cifra oficial de las autoridades palestinas del n煤mero muertos por motivo de la agresi贸n armada israel铆 contra la poblaci贸n civil es alrededor de 74,000 personas identificadas. La cifra de personas muertas no incluye un n煤mero desconocido de personas desparecidas que quedan debajo de la enorme extensi贸n de los escombros de los incontables edificios destruidos por los despiadados bombardeos israel铆es. La gran mayor铆a de las personas muertas han sido mujeres, ni帽os y ni帽as.  Un informe de la ONU del pasado mes de junio report贸 m谩s de 20.000 ni帽os y ni帽as palestinos muertos y m谩s de 44.000 heridos desde octubre de 2023,  comentando que la "abrumadora escala y tasa de ni帽os muertos y heridos en Gaza no tiene paralelo en los conflictos modernos a nivel mundial".  

Fue en este contexto que Nicaragua inici贸 el proceso contra Alemania ante la CIJ el primero de marzo 2024, cuando ya estaba absolutamente clara la profundizaci贸n por el r茅gimen sionista de su campa帽a de masacre indiscriminada de miles de familias palestinas en Gaza. El caso de Nicaragua contra Alemania complementa el caso llevado ante la CIJ por el gobierno de Sud谩frica algunas semanas antes, directamente contra el estado israel铆 por motivo no solo de su genocidio en Gaza, sino tambi茅n por el ilegal sistema de apartheid aplicado durante d茅cadas en Palestina por las fuerzas de la ocupaci贸n israel铆. Tanto Nicaragua como Sud谩frica tienen lazos hist贸ricos entra帽ables con el pueblo lalestino desde sus respectivas luchas revolucionarias por la liberaci贸n nacional.

Los lazos hist贸ricos

En el caso de Nicaragua, desde su fundaci贸n en 1961 el Frente Sandinista de Liberaci贸n Nacional ha apoyado la causa palestina de m煤ltiples maneras. Entre sus m谩rtires en sus primeros a帽os de lucha fue el compa帽ero Selim Shible quien hab铆a militado como estudiante contra la dictadura somocista antes de integrarse al Frente Sandinista de Liberaci贸n Nacional. Su padre hab铆a sido forzado a migrar al extranjero, llegando a Nicaragua despu茅s de la muerte de sus padres a manos de la ocupaci贸n sionista en Palestina. Precisamente por motivo de la simpat铆a de su padre para el movimiento guerrillero palestino Al Fatah, formado en 1959, su familia hab铆a sido perseguida por el r茅gimen somocista. En 1964 a la edad de 20 a帽os, el joven Selim se integr贸 al FSLN y ayud贸 a establecer la guerrilla urbana en Managua antes de caer en acci贸n en 1967 a manos de la Guardia Nacional.

En ese momento hist贸rico la lucha palestina fue la m谩s clara expresi贸n de la lucha del mundo mayoritario contra el colonialismo e imperialismo occidental, ya que Israel fue respaldado por casi todos los poderes imperialistas norteamericanos y europeos. Gracias al apoyo de los pa铆ses occidentales, Israel pod铆a servir como apoyo a las dictaduras y gobiernos de derecha de Am茅rica Latina y el Caribe de tal manera que, en los a帽os 1970s, el r茅gimen somocista compraba casi todas sus armas de Israel. En cambio, Palestina ten铆a la solidaridad de todos los pueblos en lucha alrededor del mundo desde Cuba a Vietnam y la Corea Democr谩tica, a los pa铆ses africanos recientemente independientes y todos los movimientos de liberaci贸n nacional, incluyendo el Frente Sandinista en Nicaragua. As铆 que era natural que hubiera un intercambio y colaboraci贸n entre estos movimientos que compart铆an la misma lucha por la independencia de sus pa铆ses del dominio imperialista.

En el caso de Nicaragua, los lazos con Palestina incluyen la colaboraci贸n con el General Sandino del compa帽ero palestino Ghadeer Abu Sneineh, nacido en Colombia. El escritor Mart铆n Alejandro Martinelli ha notado como, despu茅s del asesinato de Sandino, el compa帽ero Ghadeer fue a Palestina para luchar contra la ocupaci贸n brit谩nica de su pa铆s en ese tiempo. En solidaridad con la Organizaci贸n por la Liberaci贸n de Palestina, revolucionarios sandinistas dieron sus vidas en la lucha armada para Palestina. Los compa帽eros Patricio Arg眉ello Ryan y Juan Jos茅 Quezada participaron en destacadas acciones guerrilleras del Frente Popular por la Liberaci贸n de Palestina, en una de las cuales el compa帽ero Patricio Arg眉ello cay贸 el 6 de septiembre de 1970. Docenas de militantes sandinistas recibieron entrenamiento militar con las fuerzas palestinas radicadas en el L铆bano y en Argelia para poder enfrentar a la altamente preparada Guardia Nacional somocista.

El gobierno revolucionario

En julio 1980, Yasser Arafat, el dirigente hist贸rico del pueblo palestino, visit贸 a Nicaragua para celebrar el triunfo de la Revoluci贸n Popular Sandinista del a帽o anterior. Los intercambios profesionales, en la medicina, la educaci贸n y la agricultura de la primera etapa de la revoluci贸n eran constantes pero fueron interrumpidos por los 17 a帽os de los gobiernos neoliberales sumisos a la pol铆tica exterior norteamericana. En la segunda fase de la Revoluci贸n desde enero 2007, nuestro gobierno ha insistido constantemente en el derecho del pueblo palestino a tener su propio estado basado en las normas del derecho internacional y con su capital en Jerusal茅n. En 2010, se cortaron las relaciones diplom谩ticas con Israel por motivo del ataque israel铆 contra una flotilla de la paz en que las fuerzas sionistas asesinaron diez de los activistas pacifistas civiles e hirieron a m谩s de treinta. 

En 2013, el compa帽ero Raid Malki, Ministro de Relaciones Exteriores de Palestina, visit贸 a Nicaragua y reafirm贸 las relaciones de solidaridad y cooperaci贸n entre ambos pueblos, “Yo he sentido el deseo sincero de seguir apoyando a la causa Palestina por parte del Comandante Presidente Daniel Ortega. Yo siento profundamente que el pueblo de Nicaragua sigue apoyando y quiere ver a Palestina como estado libre e independiente...Tenemos buena cooperaci贸n a nivel de nuestros embajadores en las Naciones Unidas, en diferentes organizaciones internacionales y nosotros queremos ver algo m谩s, por eso estoy aqu铆 como Canciller palestino, tratando de ver c贸mo podemos promover las relaciones para llevarlas a otros niveles de cooperaci贸n y apoyo”.

En diciembre de 2018 una delegaci贸n de la Agencia de Cooperaci贸n Internacional de Palestina acord贸 con nuestro Ministerio de Salud un intercambio profesional para reforzar la capacidad profesional en todas las diferentes t茅cnicas quir煤rgicas. Ministra Sonia Castro coment贸 “Eso es lo que hacen los pa铆ses hermanos, eso es lo que hacen los pa铆ses solidarios como Palestina, al cual Nicaragua le tiene un enorme reconocimiento por su valent铆a, por su dignidad y que somos hermanos en la lucha por los derechos de las mayor铆as”. En 2019 el compa帽ero Imad Zuhairi, director de la cooperaci贸n palestina coment贸, "Nosotros tenemos que apoyar a Nicaragua, siempre vamos a apoyar y vamos a hacerlo con nuestro capital y a fortalecer a Nicaragua a trav茅s de sus programas de apoyo, expresar nuestra solidaridad, pero m谩s importante es llevar la solidaridad a la pr谩ctica, implementando programas que son importantes, llevarlos al terreno".

Ha sido invariable y constante de parte del gobierno de nuestros Copresidentes Comandante Daniel y la Compa帽era Rosario su apoyo a una justa resoluci贸n del conflicto en Palestina. El pasado 29 de julio este a帽o, nuestro gobierno declar贸, “Desde esta Nicaragua Cristiana y Bendita, Patria Sagrada, respaldamos y apoyamos todos los esfuerzos encaminados a alcanzar el incuestionable Derecho del Pueblo Palestino a la Independencia, la Soberan铆a y la Autodeterminaci贸n, en base a las fronteras anteriores a 1967 con Jerusal茅n Este como su Capital, conforme lo establecido por el derecho internacional y las resoluciones de Naciones Unidas. El Pueblo Nicarag眉ense continuar谩 alzando su voz a favor de la Causa Palestina y clamando por Justicia y Paz, por la Libertad y Dignidad del Pueblo Palestino; la soluci贸n de dos Estados es una exigencia internacional y el 煤nico camino hacia la Paz Justa y Duradera”.

Solidaridad popular

El apoyo solidario del pueblo nicarag眉ense a la causa palestina tambi茅n ha sido constante. Al inicio de 2024 la Alcald铆a de Managua nombra la pista que va por los Barrios San Sebasti谩n y San Antonio en el Distrito 2 de la ciudad capital, la Pista Gaza y, el 9 de febrero inaugur贸 all铆 el Parque Palestina con una extensi贸n de unos 14 mil metros cuadrados lleno de 谩rboles y estatuas en honor a Palestina. La compa帽era Alcaldesa Reina Rueda enfatiz贸 el significado del parque, “honrando a ese pueblo luchador, heroico pueblo hermano de Palestina, estamos muy contentos con todo el equipo de trabajo de Palestina que viene trabajando con nuestro gobierno, porque la amistad es hist贸rica entre la Revoluci贸n Sandinista y ese pueblo hermano".

En la Asamblea Nacional, el compa帽ero diputado Wilfredo Navarro ha enfatizado la solidaridad de Nicaragua con Palestina ante la barbarie de la agresi贸n genocida israel铆. Explic贸 en 2024 como Gaza “Es tierra arrasada, hay una destrucci贸n total de la infraestructura porque adem谩s de poner el blanco de sus bombas sobre los ni帽os y las mujeres palestinas. Los israel铆es est谩n destruyendo toda la infraestructura. Les han destruido calles, carreteras, edificios, hospitales, ambulancias, centros de salud, escuelas, universidades, viviendas… Estos malvados con el apoyo del imperialismo est谩n poniendo en riesgo la paz y la seguridad mundial, porque en cualquier momento pudiera iniciarse una guerra nuclear que afectar铆a a todos los pueblos del mundo”.

El pueblo palestino reconoce la solidaridad de Nicaragua en la lucha para hacer una realidad un  Estado palestino con fronteras seguras y un territorio estable, libre de la agresi贸n sionista. El 19 de Julio 2024 la heroica compa帽era palestina Leila Khaled declar贸 en Managua, “Estoy muy orgullosa de vosotros hoy, orgullosa de que hab茅is elegido un Liderazgo que ha combatido al Imperialismo, al Colonialismo, que ha triunfado, y que triunfa hoy, hacia un rumbo de desarrollo. Estoy orgullosa de este Liderazgo... que ha denunciado a los asesinos de ni帽os y de beb茅s ante la Corte de Justicia Internacional, contra Alemania que da su apoyo a los asesinos… Saludo a este gran Liderazgo, fuerte, revolucionario, siempre triunfante. Nunca vamos a olvidar a este Pueblo y a todos los que nos han apoyado desde el inicio de los ataques contra Palestina. Porque sabemos que los Revolucionarios, los que aman la Libertad siempre apoyan a las Causas Justas”.

As铆 que al respaldar al pueblo palestino, la Nicaragua Cristiana, Socialista y Solidaria levanta la voz de la raz贸n y la humanidad y, a pesar de sus limitados recursos, act煤a para promover la Paz de una manera consecuente con los m谩s altos valores morales. Nuestro Comandante Daniel ha explicado, “Hemos logrado recuperar la Paz, y esta es una Victoria del Pueblo nicarag眉ense, que quiere la Paz, que ama la Paz, que defiende la Paz. Y l贸gicamente, si queremos la Paz para Nicaragua tambi茅n queremos la Paz para el Mundo, por eso hemos respaldado Iniciativas que se han tomado, en primer lugar dir铆a yo la m谩s urgente para que se detenga el genocidio en contra del Pueblo Palestino, donde incluso la Corte Internacional de Justicia se ha pronunciado con toda claridad”.

De igual manera nuestra Copresidenta Compa帽era Rosario en diferentes momentos ha dicho sobre la Solidaridad de Nicaragua con el Pueblo Palestino, “... nos hemos pronunciado en Naciones Unidas, contra el genocidio como desde siempre. Contra la pol铆tica de exterminio como desde siempre, como contra la pol铆tica que pretende dejar fuera de su propia Tierra al Pueblo Palestino…. Honor al Pueblo Palestino ! Rendimos Honor a su valent铆a, a su gallard铆a, a lo que sabemos que representan como Defensores de Derechos y de Justicia. Y en estos momentos en que se desata la furia de los que creen que pueden todo, rendimos Honores... Honor y Gloria al heroico Pueblo Palestino !”.



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