Cuando una propuesta de 2011 vuelve a interpelar al mundo en 2022
En 2011, Miguel d’Escoto Brockmann puso por escrito una propuesta que, lejos de limitarse a reclamar algunos cambios en la composici贸n del Consejo de Seguridad, planteaba una transformaci贸n mucho m谩s profunda de Naciones Unidas. Bajo el t铆tulo La reinvenci贸n de la ONU: una propuesta, el excanciller nicarag眉ense y expresidente de la Asamblea General defend铆a la necesidad de revisar las propias bases sobre las que se hab铆a construido el sistema multilateral despu茅s de la Segunda Guerra Mundial. Para d’Escoto, el problema no pod铆a reducirse a incorporar algunos nuevos Estados al Consejo de Seguridad ni a modificar parcialmente el reparto de sus puestos: era necesario abordar la concentraci贸n del poder internacional, recuperar el papel democr谩tico de la Asamblea General y construir unas Naciones Unidas capaces de responder a los grandes desaf铆os de un mundo que hab铆a cambiado profundamente desde 1945.
M谩s de una d茅cada despu茅s, en junio de 2022, aquella propuesta volvi贸 a ocupar un espacio en el debate acad茅mico e institucional en Nicaragua. La Universidad Nacional Aut贸noma de Nicaragua, Managua (UNAN-Managua) organiz贸 un homenaje a Miguel d’Escoto Brockmann en el que especialistas abordaron nuevamente su pensamiento y, entre los temas tratados, la denominada “Propuesta para la Reinvenci贸n de las Naciones Unidas”. El hecho de que un proyecto formulado en 2011 volviera a ser objeto de discusi贸n once a帽os despu茅s resulta significativo, especialmente en un escenario internacional marcado por profundas disputas geopol铆ticas, crisis econ贸micas, conflictos armados, desigualdades crecientes y una creciente discusi贸n sobre la capacidad real de las instituciones multilaterales para afrontar problemas que afectan al conjunto de la humanidad.
No se trata, por tanto, de recuperar el texto de d’Escoto 煤nicamente como un documento hist贸rico. Su propuesta permite volver a examinar una cuesti贸n que contin煤a abierta: ¿hasta qu茅 punto la estructura actual de Naciones Unidas responde al mundo existente y no al equilibrio de fuerzas de 1945? La propia ONU ha reconocido en diferentes momentos la necesidad de reformar sus 贸rganos y revitalizar la Asamblea General, mientras que los debates sobre la representaci贸n, la legitimidad y el funcionamiento del Consejo de Seguridad contin煤an formando parte de la agenda internacional. En ese contexto, las ideas de d’Escoto adquieren una dimensi贸n que trasciende su momento hist贸rico y permiten analizar desde otra perspectiva el problema de fondo: qui茅n tiene capacidad efectiva para tomar decisiones cuando est谩n en juego cuestiones que afectan a todos los pueblos.
La propuesta de d’Escoto part铆a de una premisa pol铆tica y jur铆dica especialmente relevante: la existencia de Naciones Unidas no garantiza por s铆 misma un orden internacional democr谩tico. La igualdad formal entre los Estados —un pa铆s, un voto en la Asamblea General— convive con una distribuci贸n profundamente desigual de las capacidades de decisi贸n dentro de la propia organizaci贸n. Su planteamiento buscaba precisamente intervenir sobre esa contradicci贸n, otorgando a la Asamblea General una autoridad mucho mayor y sometiendo los principales 贸rganos de Naciones Unidas a una estructura de mayor representaci贸n y rendici贸n de cuentas.
A once a帽os de la presentaci贸n de aquella propuesta y en un momento en que volv铆a a ser objeto de debate en Nicaragua, resulta pertinente recuperar sus principales planteamientos, situarlos en el contexto pol铆tico en el que fueron formulados y analizar qu茅 significaba realmente aquella llamada a “reinventar” las Naciones Unidas. No como una respuesta cerrada a todos los problemas del sistema internacional, sino como una propuesta pol铆tica e institucional que cuestionaba directamente la arquitectura del poder mundial.
Es desde esta perspectiva realizo este an谩lisis de la propuesta de Miguel d’Escoto Brockmann:
La necesaria Reinvenci贸n de la ONU
Hay instituciones que envejecen sin que nadie se atreva a discutir seriamente las razones de su agotamiento. Se mantienen en pie porque fueron levantadas sobre acontecimientos hist贸ricos de enorme trascendencia y porque alrededor de ellas se ha construido durante d茅cadas un entramado de intereses pol铆ticos, econ贸micos y diplom谩ticos que hace que cualquier intento de transformaci贸n parezca demasiado dif铆cil. Naciones Unidas pertenece, en buena medida, a esa categor铆a. Naci贸 en 1945, despu茅s de la mayor cat谩strofe b茅lica conocida hasta entonces, con la pretensi贸n de impedir que las guerras mundiales volvieran a repetirse y de establecer un sistema de seguridad colectiva basado en unas reglas aceptadas por los Estados. Pero aquella organizaci贸n naci贸 tambi茅n de una correlaci贸n de fuerzas determinada: la Segunda Guerra Mundial hab铆a terminado y cinco potencias vencedoras —Estados Unidos, Uni贸n Sovi茅tica, Reino Unido, Francia y China— quedaron instaladas como miembros permanentes del Consejo de Seguridad, con un privilegio que contin煤a hasta nuestros d铆as. Ocho d茅cadas despu茅s, el mundo ya no es aquel de 1945. Se desintegraron los imperios coloniales, surgieron decenas de nuevos Estados independientes, Am茅rica Latina consolid贸 su propia tradici贸n de defensa de la soberan铆a, 脕frica y Asia se convirtieron en actores fundamentales del sistema internacional y nuevas potencias econ贸micas y pol铆ticas alteraron profundamente el equilibrio mundial. Sin embargo, una parte esencial de la arquitectura institucional contin煤a respondiendo a aquel momento hist贸rico. Esa contradicci贸n estuvo en el centro del pensamiento de un nicarag眉ense que conoc铆a de primera mano las relaciones entre poder, soberan铆a y derecho internacional: el padre Miguel d’Escoto Brockmann.
D’Escoto no lleg贸 a las Naciones Unidas desde la diplomacia tradicional. Sacerdote de la Congregaci贸n Maryknoll, vinculado a la teolog铆a de la liberaci贸n, dirigente de la Revoluci贸n Popular Sandinista y ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua durante m谩s de diez a帽os, entre 1979 y 1990, hab铆a vivido en primera persona la confrontaci贸n entre un peque帽o pa铆s latinoamericano que defend铆a su derecho a decidir su propio destino y una superpotencia que pretend铆a conservar su capacidad de intervenci贸n sobre Centroam茅rica. Como canciller de la Nicaragua sandinista particip贸 en los procesos de paz de Contadora y Esquipulas y tuvo un papel destacado en la decisi贸n de llevar a Estados Unidos ante la Corte Internacional de Justicia en 1984 por su apoyo a las actividades militares y paramilitares contra Nicaragua. La Corte fall贸 posteriormente a favor de Nicaragua. Aquella experiencia resulta esencial para comprender su posterior visi贸n de Naciones Unidas: para d’Escoto, el derecho internacional no pod铆a reducirse a declaraciones solemnes mientras los Estados m谩s poderosos conservaran la capacidad material de imponer sus intereses por encima de las normas que formalmente deb铆an regir a todos. La cuesti贸n de fondo no era solamente jur铆dica. Era una cuesti贸n de poder.
Cuando el 4 de junio de 2008 fue elegido presidente del 63.潞 per铆odo de sesiones de la Asamblea General, d’Escoto lleg贸 a Nueva York con una idea que pronto se convirti贸 en el eje pol铆tico de su presidencia: democratizar las Naciones Unidas. No conceb铆a la Asamblea General como un escenario destinado a escuchar discursos una vez al a帽o, sino como el espacio en el que deb铆a expresarse la voluntad pol铆tica del conjunto de los Estados miembros. En noviembre de aquel a帽o fue extraordinariamente expl铆cito al afirmar que la democratizaci贸n de Naciones Unidas constitu铆a la prioridad de su presidencia y que era necesario devolver a la Asamblea General la autoridad que, a su juicio, le correspond铆a como 贸rgano m谩s representativo de la organizaci贸n. El problema que se帽alaba era una contradicci贸n evidente: cada Estado ten铆a un voto en la Asamblea, pero la capacidad efectiva para tomar determinadas decisiones fundamentales estaba concentrada en 贸rganos cuya estructura otorgaba un poder extraordinario a una minor铆a.
Esta contradicci贸n se hac铆a especialmente visible en el Consejo de Seguridad. D’Escoto consideraba que la estructura existente no respond铆a ya a la realidad del planeta y, durante el debate de 2008, lleg贸 a definir el Consejo como “fuera de 茅poca” y “alejado de la realidad”, reclamando una reforma que lo hiciera m谩s representativo y responsable ante el conjunto de los Estados miembros. Pero lo verdaderamente interesante de su planteamiento es que no reduc铆a el problema a una cuesti贸n de distribuci贸n geogr谩fica. No se trataba simplemente de conceder un asiento permanente a India, Brasil, un pa铆s africano o cualquier otra potencia emergente para que el viejo mecanismo continuara funcionando con nuevos protagonistas. Su cr铆tica iba mucho m谩s lejos: cuestionaba que una organizaci贸n que se presenta como expresi贸n del multilateralismo universal mantenga en su centro de poder una estructura que reserva a cinco Estados una posici贸n privilegiada y un instrumento capaz de bloquear decisiones del Consejo de Seguridad.
Ah铆 comienza a comprenderse la dimensi贸n pol铆tica de su propuesta. La cuesti贸n no era 煤nicamente qui茅n deb铆a sentarse en la mesa, sino qui茅n ten铆a derecho a decidir sobre la mesa. D’Escoto entend铆a que el problema de Naciones Unidas no pod铆a solucionarse exclusivamente ampliando el n煤mero de miembros del Consejo de Seguridad si no se modificaba al mismo tiempo la relaci贸n de poder entre la Asamblea General y ese Consejo. Durante su presidencia defendi贸 que la Asamblea deb铆a recuperar plenamente su papel como 贸rgano deliberativo, representativo y normativo y que era necesario restablecer el equilibrio entre los principales 贸rganos de la organizaci贸n. Cuando hablaba de democratizaci贸n, por tanto, no estaba empleando la palabra como una f贸rmula diplom谩tica. Estaba planteando una redistribuci贸n del poder institucional.
La experiencia hist贸rica de las 煤ltimas d茅cadas permite comprender por qu茅 esa cuesti贸n contin煤a siendo tan inc贸moda. El Consejo de Seguridad puede adoptar decisiones vinculantes, mientras que buena parte de las resoluciones de la Asamblea General expresan la posici贸n pol铆tica de la mayor铆a de los Estados pero no tienen el mismo car谩cter obligatorio. El resultado es una paradoja: el 贸rgano m谩s representativo no es necesariamente el que dispone de mayor capacidad para imponer decisiones, mientras que un 贸rgano mucho m谩s reducido concentra competencias decisivas en materia de paz y seguridad. Y dentro de ese 贸rgano reducido cinco potencias conservan el derecho de veto. Desde una perspectiva de izquierda, la cuesti贸n puede formularse de manera todav铆a m谩s directa: la desigualdad pol铆tica internacional no desaparece porque todos los Estados tengan formalmente soberan铆a jur铆dica si las estructuras institucionales contin煤an reproduciendo una jerarqu铆a material del poder.
D’Escoto llev贸 esta reflexi贸n mucho m谩s lejos despu茅s de abandonar la presidencia de la Asamblea General. En 2011 present贸 en Managua La reinvenci贸n de la ONU: una propuesta, un documento que no planteaba una simple reforma administrativa, sino una transformaci贸n mucho m谩s profunda de la arquitectura internacional. El proyecto inclu铆a una propuesta de nueva Carta de Naciones Unidas, reformas al funcionamiento de la Corte Internacional de Justicia, un proyecto de Tribunal Internacional de Justicia Clim谩tica y Protecci贸n Ambiental y una Declaraci贸n Universal del Bien Com煤n de la Madre Tierra y de la Humanidad. La amplitud del planteamiento demuestra que su preocupaci贸n nunca fue exclusivamente el funcionamiento del Consejo de Seguridad: lo que estaba cuestionando era el modelo de gobernanza internacional en su conjunto.
En esa propuesta aparece una de las ideas centrales de su pensamiento: la Asamblea General deb铆a convertirse en el verdadero centro pol铆tico de Naciones Unidas. El proyecto atribu铆a a la Asamblea un papel institucional superior y planteaba que fuera ella quien eligiera a los miembros del Consejo de Seguridad, al secretario general y a los magistrados de la Corte Internacional de Justicia, entre otros cargos. El Consejo dejar铆a de funcionar como un espacio dominado por una categor铆a de miembros permanentes y pasar铆a a estar integrado por Estados elegidos por la Asamblea, con una distribuci贸n regional. El sentido pol铆tico de esta arquitectura era evidente: sustituir una parte sustancial de los privilegios heredados de 1945 por una representaci贸n basada en el conjunto de los Estados miembros.
La propuesta contemplaba un Consejo de Seguridad de 24 miembros, elegidos por la Asamblea General y distribuidos entre las diferentes regiones del mundo. Los mandatos ser铆an limitados y desaparecer铆a la categor铆a de miembros permanentes tal como existe actualmente. El cambio no era menor. Significaba cuestionar el principio mismo de que determinados Estados pudieran disponer de un privilegio institucional permanente por haber sido las grandes potencias vencedoras de una guerra ocurrida varias generaciones atr谩s. D’Escoto entend铆a que la legitimidad del sistema internacional no pod铆a descansar eternamente sobre una fotograf铆a congelada de 1945 mientras la composici贸n pol铆tica, econ贸mica y demogr谩fica del planeta se hab铆a transformado radicalmente.
Pero aqu铆 conviene hacer una precisi贸n importante. Presentar su propuesta simplemente como una defensa de “quitar el veto” ser铆a empobrecerla. El veto era solamente una manifestaci贸n de un problema mayor: la concentraci贸n del poder internacional. Lo que pretend铆a era construir una arquitectura en la que el Consejo de Seguridad estuviera pol铆ticamente subordinado al 贸rgano que representa al conjunto de los Estados y en la que la Asamblea pudiera ejercer mecanismos efectivos de control. Su concepci贸n de la reforma part铆a de una idea democr谩tica: los 贸rganos que ejercen poder en nombre de la comunidad internacional deben responder ante esa comunidad internacional y no convertirse en espacios aut贸nomos dominados por las potencias que poseen mayor capacidad militar o econ贸mica.
La importancia de esta cuesti贸n puede apreciarse incluso en el lenguaje utilizado por el propio d’Escoto durante su presidencia. En noviembre de 2008 defendi贸 que la reforma del Consejo deb铆a convertirlo en un 贸rgano con legitimidad para actuar en nombre de todos los Estados miembros y reclam贸 que rindiera cuentas ante la Asamblea. Al mismo tiempo, defendi贸 una revitalizaci贸n de la propia Asamblea General. Para 茅l, ambas reformas formaban parte de un mismo proceso: no ten铆a sentido ampliar o modificar el Consejo si la Asamblea continuaba pol铆ticamente debilitada. La transformaci贸n deb铆a producirse “desde dentro”, modificando la relaci贸n entre los 贸rganos y no simplemente la apariencia externa de la organizaci贸n.
Este planteamiento adquiere todav铆a mayor relevancia cuando se observa el contexto en que d’Escoto ejerci贸 su presidencia. El mundo atravesaba en 2008 una crisis financiera que cuestion贸 muchos de los dogmas del neoliberalismo dominante. El sistema financiero internacional se tambaleaba, millones de personas comenzaban a sufrir las consecuencias sociales de una crisis originada en los grandes centros econ贸micos y las desigualdades acumuladas durante d茅cadas quedaban nuevamente expuestas. En su discurso de cierre del debate general de septiembre de 2008, d’Escoto describi贸 el sistema econ贸mico mundial como profundamente defectuoso y vincul贸 la crisis financiera con la necesidad de introducir cambios en la gobernanza global. Para un an谩lisis de izquierda, esta dimensi贸n resulta fundamental: la crisis de la ONU no puede separarse de la crisis de un sistema econ贸mico internacional en el que las decisiones que afectan a millones de personas est谩n fuertemente condicionadas por instituciones financieras y mercados cuya estructura de representaci贸n no coincide con el principio de igualdad soberana proclamado en Naciones Unidas.
De esta manera, la propuesta de d’Escoto rompe con una concepci贸n estrecha del multilateralismo. No se conforma con que los Estados se sienten juntos alrededor de una mesa. Pregunta qui茅n controla la mesa, qui茅n fija las reglas y qu茅 intereses terminan imponi茅ndose cuando las relaciones de fuerza entre los participantes son radicalmente desiguales. El problema es especialmente evidente para los pa铆ses del Sur Global. Durante d茅cadas, numerosos Estados conquistaron formalmente su independencia pol铆tica mientras continuaban dependiendo econ贸micamente de los antiguos centros coloniales o de nuevas estructuras financieras y comerciales. La descolonizaci贸n pol铆tica no siempre estuvo acompa帽ada por una verdadera emancipaci贸n econ贸mica. En ese sentido, la democratizaci贸n de Naciones Unidas que propon铆a d’Escoto formaba parte de una cuesti贸n mucho m谩s amplia: la lucha por democratizar las relaciones internacionales.
Por eso su propuesta institucional estaba acompa帽ada por una cr铆tica al modelo econ贸mico y por una concepci贸n ecol贸gica que, para la 茅poca en que fue formulada, resultaba especialmente avanzada. D’Escoto no consideraba el deterioro ambiental como un asunto secundario dentro de la agenda internacional. Lo vinculaba directamente con el modelo de desarrollo dominante y con una l贸gica econ贸mica que transforma la naturaleza en mercanc铆a y coloca la rentabilidad por encima de los l铆mites ecol贸gicos. De ah铆 que su propuesta incorporara una Declaraci贸n Universal del Bien Com煤n de la Madre Tierra y de la Humanidad, inspirada en buena medida en los debates latinoamericanos sobre los derechos de la naturaleza y en la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Clim谩tico y los Derechos de la Madre Tierra celebrada en Cochabamba en 2010. El planteamiento buscaba superar una concepci贸n puramente antropoc茅ntrica de los derechos y establecer una relaci贸n entre justicia social, protecci贸n ambiental y supervivencia colectiva.
La creaci贸n de un Tribunal Internacional de Justicia Clim谩tica y Protecci贸n Ambiental formaba parte de esa misma l贸gica. D’Escoto consideraba insuficiente que los Estados realizaran declaraciones sobre el cambio clim谩tico mientras no existieran mecanismos jur铆dicos capaces de establecer responsabilidades frente a determinados da帽os ambientales. El tribunal propuesto pretend铆a introducir una dimensi贸n judicial en la protecci贸n internacional del medio ambiente y ampliar la capacidad de Naciones Unidas para actuar ante da帽os graves contra los ecosistemas. La propuesta incorporaba adem谩s la cuesti贸n del ecocidio y situaba la protecci贸n de la Tierra dentro de una concepci贸n m谩s amplia de justicia internacional.
Esta dimensi贸n ambiental no debe separarse de su cr铆tica al capitalismo. D’Escoto entend铆a que la crisis ecol贸gica y la desigualdad social estaban relacionadas con una misma l贸gica de apropiaci贸n. Cuando la naturaleza se convierte exclusivamente en fuente de materias primas, cuando el agua, la tierra, los bosques o los minerales son tratados fundamentalmente como activos econ贸micos y cuando los costes ambientales recaen sobre poblaciones que no son las principales beneficiarias de la riqueza generada, la crisis ecol贸gica se convierte tambi茅n en una cuesti贸n de clase y de poder internacional. Su propuesta intentaba trasladar esa preocupaci贸n al coraz贸n mismo de Naciones Unidas, algo que hoy, en plena disputa mundial por los recursos estrat茅gicos y la transici贸n energ茅tica, adquiere una dimensi贸n geopol铆tica todav铆a mayor.
Lo mismo puede decirse de su defensa del conocimiento y de determinados bienes esenciales para la humanidad. La propuesta de d’Escoto cuestionaba que aquello que resulta imprescindible para la supervivencia colectiva pudiera quedar sometido sin l铆mites a la l贸gica de la apropiaci贸n privada. Su concepci贸n del bien com煤n ampliaba as铆 el campo de la discusi贸n: no se trataba solamente de distribuir mejor la riqueza producida por el sistema, sino de preguntarse qu茅 bienes deben quedar fuera de una l贸gica puramente mercantil. En un mundo en el que la tecnolog铆a, los datos, los minerales estrat茅gicos, el agua, las semillas y el conocimiento cient铆fico se han convertido en elementos centrales de la competencia geopol铆tica, aquella reflexi贸n resulta especialmente significativa.
Tambi茅n resulta revelador que la propuesta de d’Escoto intentara abrir las puertas de Naciones Unidas a actores sociales que normalmente permanecen alejados de sus centros de decisi贸n. El proyecto contemplaba, entre otras medidas, una relaci贸n institucional m谩s estrecha con organizaciones sociales y otorgaba un papel espec铆fico a movimientos campesinos. La idea de fondo era coherente con su concepci贸n de democracia internacional: si las decisiones adoptadas en los organismos internacionales tienen consecuencias directas sobre trabajadores, campesinos, pueblos ind铆genas y comunidades enteras, no parece suficiente que la democracia internacional se limite exclusivamente a las relaciones entre gobiernos. La soberan铆a popular deber铆a encontrar tambi茅n espacios dentro de las instituciones multilaterales.
Esta concepci贸n tiene profundas ra铆ces en la experiencia latinoamericana y, particularmente, en la tradici贸n pol铆tica de la Revoluci贸n Popular Sandinista. La Nicaragua de los a帽os ochenta convirti贸 la defensa de la soberan铆a, la autodeterminaci贸n y el derecho internacional en elementos centrales de su pol铆tica exterior, precisamente porque hab铆a experimentado de forma directa la intervenci贸n de una gran potencia. El litigio ante la Corte Internacional de Justicia contra Estados Unidos no fue una cuesti贸n meramente jur铆dica: represent贸 la apuesta de un peque帽o Estado por utilizar una instituci贸n internacional para enfrentar a una potencia militar infinitamente superior. D’Escoto conoc铆a, por tanto, la distancia que puede existir entre la igualdad jur铆dica proclamada por el derecho internacional y la desigualdad material existente entre los Estados.
Desde esa experiencia puede comprenderse mejor su desconfianza hacia la idea de una comunidad internacional gobernada 煤nicamente por las grandes potencias. Para d’Escoto, el multilateralismo ten铆a sentido precisamente si permit铆a a los pa铆ses peque帽os y medianos disponer de instrumentos para defender sus derechos frente a los m谩s poderosos. Si Naciones Unidas se limita a reproducir las relaciones de fuerza existentes fuera de ella, pierde buena parte de su raz贸n de ser. El derecho internacional solo puede convertirse en una herramienta de paz si existe una arquitectura institucional capaz de aplicarlo sin establecer una doble vara de medir seg煤n el poder pol铆tico, econ贸mico o militar del Estado implicado.
Y aqu铆 aparece una de las cuestiones m谩s inc贸modas de su propuesta: la relaci贸n entre derecho y poder. La historia contempor谩nea ha demostrado en numerosas ocasiones que una resoluci贸n internacional puede existir sobre el papel y, sin embargo, encontrar enormes dificultades para ser aplicada cuando afecta a los intereses de una gran potencia. D’Escoto conoc铆a esa realidad por la experiencia de Nicaragua y por ello no se conformaba con reclamar m谩s declaraciones. Su propuesta intentaba reforzar las instituciones capaces de convertir el derecho internacional en una herramienta efectiva. El problema que se帽alaba sigue siendo esencial: sin mecanismos de aplicaci贸n, el derecho corre el riesgo de convertirse en una norma que pesa de manera diferente dependiendo de qui茅n la infrinja.
Desde esta perspectiva, la propuesta de d’Escoto tambi茅n puede leerse como una cr铆tica temprana a la idea de que el orden internacional liberal construido despu茅s de la Segunda Guerra Mundial sea necesariamente equivalente a un orden democr谩tico. Naciones Unidas naci贸 con una enorme promesa universalista, pero su estructura nunca estuvo separada de las relaciones de poder de las grandes potencias. El Consejo de Seguridad es probablemente la expresi贸n m谩s evidente de esa contradicci贸n. No es una anomal铆a accidental que pueda explicarse 煤nicamente por errores de dise帽o; es el resultado de una decisi贸n pol铆tica adoptada en 1945 para garantizar que las principales potencias vencedoras aceptaran formar parte del sistema de seguridad colectiva. El problema es que aquella soluci贸n hist贸rica termin贸 convirti茅ndose en una estructura permanente de privilegio.
Por eso la propuesta de d’Escoto puede resultar inc贸moda incluso hoy. Obliga a distinguir entre multilateralismo y democratizaci贸n. No todo sistema multilateral es necesariamente democr谩tico. Los Estados pueden reunirse, negociar y alcanzar acuerdos y, al mismo tiempo, conservarse enormes desigualdades en la capacidad efectiva de decisi贸n. La verdadera democratizaci贸n internacional exige algo m谩s: que el poder institucional pueda ser sometido a mecanismos de representaci贸n, control y rendici贸n de cuentas.
Naturalmente, tambi茅n es necesario se帽alar los l铆mites de la propuesta. Pretender modificar la Carta de Naciones Unidas hasta eliminar la categor铆a de miembros permanentes y trasladar una parte sustancial del poder del Consejo de Seguridad a la Asamblea General no es una reforma sencilla. Los Estados que poseen actualmente posiciones privilegiadas dentro del sistema dif铆cilmente aceptar铆an de manera voluntaria una reducci贸n de sus prerrogativas. Y aqu铆 aparece una contradicci贸n que d’Escoto conoc铆a perfectamente: las mismas estructuras que deber铆an ser reformadas son las que concentran buena parte de la capacidad necesaria para bloquear la reforma. No basta, por tanto, con demostrar que un sistema es injusto para conseguir transformarlo. Hace falta una correlaci贸n de fuerzas internacional capaz de hacerlo posible.
Tampoco ser铆a correcto convertir hoy la propuesta de d’Escoto en una especie de programa cerrado que deba aceptarse 铆ntegramente. Algunas de sus soluciones necesitar铆an ser revisadas a la luz de la evoluci贸n del mundo durante los 煤ltimos quince a帽os. La tecnolog铆a, la inteligencia artificial, la transformaci贸n de las cadenas productivas, el ascenso econ贸mico de China, la aparici贸n de nuevas alianzas internacionales y la crisis clim谩tica han cambiado todav铆a m谩s el escenario. Pero precisamente por eso merece la pena regresar a su propuesta. No porque todas sus respuestas contin煤en siendo suficientes, sino porque sus preguntas se han vuelto todav铆a m谩s importantes.
Cuando d’Escoto termin贸 su presidencia de la Asamblea General en septiembre de 2009, dej贸 constancia de su convencimiento de que Naciones Unidas atravesaba una crisis profunda y de que las instituciones creadas en San Francisco estaban mostrando signos de agotamiento. Vincul贸 esa crisis tanto a la gobernanza pol铆tica como a la econ贸mica y defendi贸 la democratizaci贸n de la organizaci贸n, la revitalizaci贸n de la Asamblea General, la eliminaci贸n de las armas nucleares, la lucha contra la pobreza y el hambre, la protecci贸n del medio ambiente y la defensa del acceso universal a derechos b谩sicos. No estaba planteando una reforma aislada, sino una nueva concepci贸n de la gobernanza mundial.
Lo significativo es que, casi dos d茅cadas despu茅s, muchas de aquellas cuestiones contin煤an ocupando el centro de la agenda internacional. La reforma del Consejo de Seguridad sigue pendiente; Naciones Unidas contin煤a enfrent谩ndose a la dificultad de responder eficazmente ante grandes conflictos; Palestina contin煤a poniendo a prueba la credibilidad del derecho internacional; la crisis clim谩tica se ha agravado; la desigualdad econ贸mica sigue limitando las posibilidades de desarrollo de buena parte del Sur Global y la disputa por el control de la tecnolog铆a y de los recursos estrat茅gicos ha a帽adido nuevas dimensiones a la competencia entre potencias. La propia ONU continu贸 durante a帽os con las negociaciones intergubernamentales sobre la reforma del Consejo de Seguridad iniciadas durante el mandato de d’Escoto.
Es precisamente ah铆 donde la propuesta vuelve a adquirir actualidad pol铆tica. El debate contempor谩neo sobre la construcci贸n de un mundo multipolar no deber铆a reducirse a determinar qu茅 potencia sustituir谩 a Estados Unidos como principal centro de poder. Desde una perspectiva de izquierda, esa discusi贸n ser铆a insuficiente. Un mundo con varios centros de poder puede seguir siendo profundamente desigual si las relaciones econ贸micas contin煤an sometidas a la concentraci贸n de riqueza, si los recursos naturales permanecen bajo el control de grandes corporaciones, si los trabajadores contin煤an soportando las consecuencias de las crisis y si los pueblos del Sur siguen ocupando posiciones subordinadas dentro de la divisi贸n internacional del trabajo. La multipolaridad puede abrir espacios para romper el unilateralismo, pero la democratizaci贸n del sistema internacional exige ir m谩s all谩 de la simple redistribuci贸n del poder entre Estados.
Ese es quiz谩 el aspecto m谩s interesante de la propuesta de d’Escoto para el debate actual. Su planteamiento no puede interpretarse 煤nicamente como una reivindicaci贸n de Nicaragua frente a Estados Unidos, aunque su experiencia nicarag眉ense sea fundamental para entenderlo. Es una cr铆tica m谩s amplia a un sistema internacional construido sobre jerarqu铆as pol铆ticas, econ贸micas y militares. El problema no consiste 煤nicamente en que una potencia tenga demasiado poder; consiste en que el orden mundial permita que determinados actores acumulen capacidades extraordinarias mientras millones de personas afectadas por esas decisiones carecen de instrumentos efectivos para intervenir en ellas.
En ese sentido, La reinvenci贸n de la ONU fue mucho m谩s que un documento de reforma institucional. Fue una tentativa de responder a una pregunta que contin煤a sin resolver: ¿c贸mo construir una gobernanza mundial en la que la soberan铆a de los Estados, los derechos de los pueblos, la justicia social y la protecci贸n de la naturaleza no queden subordinados a la fuerza militar, al poder financiero y a la rentabilidad econ贸mica?
D’Escoto busc贸 su respuesta desde una tradici贸n pol铆tica muy concreta: el internacionalismo latinoamericano, la defensa de la soberan铆a nacional, la teolog铆a de la liberaci贸n, el pensamiento anticolonial y la experiencia de la Revoluci贸n Popular Sandinista. Pero la cuesti贸n que plante贸 trasciende ampliamente Nicaragua. Porque cuando una guerra amenaza con extenderse, cuando una poblaci贸n civil es sometida a una violencia que desaf铆a el derecho internacional, cuando una crisis clim谩tica golpea con mayor intensidad a quienes menos han contribuido a provocarla o cuando una crisis financiera termina siendo pagada por millones de trabajadores mientras quienes tomaron las decisiones conservan su riqueza, la pregunta vuelve a ser la misma: ¿qui茅n decide sobre el destino de la humanidad y ante qui茅n responde?
La respuesta de d’Escoto fue radical porque situ贸 el problema en el lugar donde realmente deb铆a situarse: en la estructura del poder. No bastaba con pedir a las grandes potencias que utilizaran responsablemente sus privilegios. Hab铆a que cuestionar la existencia misma de esos privilegios y construir instituciones donde la representaci贸n internacional tuviera consecuencias pol铆ticas reales. No bastaba con declarar derechos. Hab铆a que crear mecanismos capaces de defenderlos. No bastaba con hablar de protecci贸n ambiental. Hab铆a que modificar las reglas econ贸micas y jur铆dicas que permiten destruir ecosistemas en nombre del beneficio. No bastaba con proclamar la igualdad entre Estados. Hab铆a que construir instituciones que redujeran la desigualdad efectiva de poder.
Por eso recuperar hoy a Miguel d’Escoto no significa mirar hacia atr谩s con nostalgia. Significa volver a colocar sobre la mesa una discusi贸n que las grandes potencias han conseguido aplazar durante d茅cadas: qu茅 tipo de Naciones Unidas necesita el mundo y qu茅 tipo de orden internacional queremos construir cuando el viejo equilibrio de poder ya no corresponde a la realidad del planeta.
La propuesta de d’Escoto no lleg贸 a convertirse en una nueva Carta de Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad no fue sustituido por el modelo que planteaba, la Asamblea General no recibi贸 las competencias que 茅l defend铆a y tampoco se cre贸 el Tribunal Internacional de Justicia Clim谩tica que propon铆a. Pero su derrota institucional no convierte sus preguntas en irrelevantes. Al contrario, la persistencia de las mismas contradicciones que intent贸 abordar demuestra que el problema que identific贸 contin煤a sin resolverse.
Cuando hoy se habla de recuperar la confianza en Naciones Unidas, de hacerla capaz de actuar “para todos” o de reformar el sistema multilateral, conviene recordar que hace casi dos d茅cadas un sacerdote sandinista que hab铆a vivido en primera persona la lucha de un peque帽o pa铆s contra el poder imperial lleg贸 a una conclusi贸n inc贸moda: no era suficiente con reparar la vieja arquitectura internacional. Hab铆a que democratizarla desde sus cimientos.
Y quiz谩 esa sea la verdadera actualidad de Miguel d’Escoto.
No haber dejado una f贸rmula definitiva para el futuro, sino haber tenido el valor pol铆tico de formular una pregunta que todav铆a sigue abierta: si Naciones Unidas pretende representar a toda la humanidad, ¿por qu茅 su estructura de poder contin煤a reflejando, en buena medida, el mundo de 1945 y no el mundo que tenemos delante?
La respuesta a esa pregunta determinar谩, en buena medida, si el multilateralismo del siglo XXI ser谩 simplemente una nueva forma de administrar el viejo orden o si podr谩 convertirse en una herramienta para construir unas relaciones internacionales verdaderamente democr谩ticas, soberanas y orientadas al bien com煤n.
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